Textos, crónicas, su poesía y otros asuntos

Perras páginas

«Actor y poema son lo que se ve, porque son cuerpos»

Juan Martins: existe una relación entre el proceso creador del poeta y el del actor. En tanto que ambos construyen su proceso poético (de)codificando la palabra. De acuerdo a esta afirmación, ¿qué puede decirnos en su condición de escritor y según la experiencia que adquirió como actor? ¿Podría usted establecer por lo demás una relación entre ambos géneros?
Alberto Hernández: Un personaje teatral es una metáfora, un sujeto virtual que se realiza en escena y llega como una verdad al espectador. La construcción de ese personaje exige un estudio de su adentro, así como de los gestos y desplazamientos de su devenir material. Esa misma construcción ocurre con el poema. El poema es un personaje que se crea en la medida en que va naciendo. Una vez escrito, vivo, es parte del lector. Es ya el lector, así como el personaje repasa la vida del espectador. El teatro como género es la acción frente a un ojo que lo reinventa. Como acción vitaliza el texto, lo dramatiza, lo metaforiza, lo oxigena. La poesía es palabra, voz cruda de un imaginario. Revela también el adentro para hacerse parte de quien lo comparte con el autor, el lector. De manera que existe una relación entre el actor y el texto poético o literario. Es más, con el texto diario del colectivo. Un poema puede ser teatro cuando el actor es capaz de respirar en escena y darle la fuerza dramática suficiente para que su contenido sea «visto» por el público.
JM: Debe el actor formalizar su discurso de manera que le permita reconocer(se) en los signos que el autor escribe y que luego debe (de)codificar para la representación actoral?
AH: Por supuesto, el teatro como doble rostro, en el que la palabra y el gesto fecundan su existencia, es una forma para desentrañar sus contenidos, el significado del mundo y la atmósfera exterior, el espacio visible, pero también el espacio interior. Un actor proyecta el otro del dramaturgo, pero también el yo de sus personajes. Se decodifica en la medida en que transita por el mismo discurso.
JM: ¿Cómo identifica una relación ente el poema (en tanto palabra escrita) y la representación del actor?
AH: Actor y poema son lo que se ve, porque son cuerpos. La poesía, al decir de Paz, es un estado del alma, mientras que el poema es la interpretación escrita de ese estado. Es decir, el poema es el esqueleto del sentir del poeta. Igual sucede con el actor. Éste interpreta la sensibilidad de un escritor que inventa un personaje. De modo que el actor es el cuerpo de un sujeto que le fue ajeno, pero que lo hace él en la medida en que lo estudia. El poema no es representación, como sí la poesía, mientras que el actor ejecuta una representación. El poema es inmanente. La poesía trascendente. El actor es inmanente. El personaje es trascendente.
JM: ¿Podríamos decir que el actor, en el momento de la representación, es autor de su propio lenguaje? De ser así, ¿cómo construye ese lenguaje?
AH: El actor es un lenguaje porque desarrolla una estrategia comunicacional. Es lenguaje. La manera de expresar el discurso verbal, su cuerpo mismo, sus movimientos, su sola presencia en escena revela una connotación, una re-creación del mundo.
Él no construye un lenguaje: se construye como tal desde otro lenguaje, desde los signos que le ha aportado el texto del dramaturgo. Para lograr concatenar lo que representa como sujeto en acción con el texto que ahora le pertenece, debe valerse de la codificiación, de los valores de él como actuante y de los del «parlamento». Es decir, existe entre ambos una relación axiológica. Una vez logrado este evento, el actor es auto de su propia existencia en escena.
JM ¿Considera que un dramaturgo debe formalizar en su discurso una poética para el actor. Es decir, un conjunto de signos verbales y no-verbales de manera que esto le permita al actor ir edificando su discurso en conjunto con el autor.
AH: Una poética del actor tiene como referencia lo antes mencionado. Es decir, una axiología, una ética en la que se cuestiona la realidad y se funda un nuevo universo. En esa medida debe saberse usuario de la palabra, de los signos verbales que dignificarán la presencia de su texto en acción. Así, el actor reelabora un discurso unido al dramaturgo. Un solo lenguaje que es la síntesis del teatro: la representación, para obtener de la mirada y sentimientos del público el asentimiento o el rechazo. Pero más allá de esto último, ya existe en escena un sujeto construido desde el dramaturgo para el actor, reconstructor de la palabra.

POÉTICA DEL DESATINO

                                                                                 Rosana Hernández Pasquier

 Comenzamos a acariciar la más reciente publicación del poeta Alberto Hernandez, bautizada con el nombre de Poética del Desatino. La misma fue publicada por Ediciones Estival, sello que dirige el escritor Juan Martins.

Creo que cada quien tiene un ritual o sus preferencias a la hora de entregarse al acto íntimo de leer. Me gusta tomar un humeante café negro. Un sorbo de café y me detengo en la portada.  Llama la atención que entre paréntesis se lee (Aforismos). Según algunos autores, los aforismos nunca coinciden con la verdad. Otros creen que son muchos los escritores que encuentran en él un camino para ocultarse o para deslumbrar con su capacidad de pensamiento.

Con este leve acercamiento comenzamos a adentrarnos en este libro. Entonces la palabra casa comenzó a elevarse como la morocota del sol en los albores del día. Vocablos, imágenes, sonoridades van edificando esta casa grande, esta ciudad nombrada Galina por el poeta Hernández, una urbe modelada “…por monosílabos, aforismos, oraciones entrecortadas que hablan de fracasos y se dice que hasta de borrosas melodías.” En el libro, como en la vida, se siente el trinar de las aves, el movimiento de las copas de los árboles. Lentamente el río atraviesa la hidrografía de las páginas o como dice Alberto “La voz de las aguas moja plenamente los cuerpos recién levantados.”  Nos preguntamos ¿Levantados? o resucitados por el verbo creador del hacedor que nos invita a entrar en su lar.  Y quien entra a Poética del Desatino, lee al profundo lector que escribe sus hojas. En la medida que avanzamos en ellas, afloran entre citas, acertados y deslumbrantes comentarios. Lo atinado, lo pertinente va por el borde del fracaso y la esperanza, la miseria y la trascendencia. Inmersos en esa amalgama nos adentramos en esta selva de la literatura, en este bosque de poesía, uncidos por la reunión, por la juntura, por la inminencia de lo escrito que nos re-crea con una brevedad fulminante que doblega. Cito al poeta: “Una autonomía imprecisa doblega a quien se deja narrar, porque en definitiva el lector es narrado mientras lee”

Esta Poética del Desatino es una también una travesía, un viaje que nos lega el placer del reconocimiento del otro. Esa capacidad de Alberto, un lujo, una garantía que cierra las puertas al olvido. Imposible no vernos. Desde las primeras páginas se levantan sus nombres: Bachelard, Rilke, Imre Kertész, Umbero Eco. Pero cuando llegamos a Iluminaciones, exultantes, queremos cantar, recitar los nombre de los otros , es decir de los muy nuestros, llamarlos con voz clara, como lo hiciera la poeta Edda Armas de quien tomo parte del párrafo de su presentación a esta obra prestado: Gerbasi, Gallegos, Meneses, Francisco de Quevedo, Jorge Luis Borges, Diógenes, Contramaestre, Rafael Cadenas, Liscano, Ezra Pound, Alfonso Reyes, Pepe Barroeta, Dulce María Loynaz, Juan Rulfo, Vallejo, Rimbaud, Carlos Augusto León, Georges Bataille, Luis Alberto Crespo, Pierre Reverdy, Juan Calzadilla, Juan Sánchez Peláez, Víctor Valera Mora, Teófilo Tortolero, Eugenio Montejo, Luis Barrios Cruz, Alejo Carpentier, Octavio Armand, Arnaldo Acosta Bello, Mario Briceño Iragorry, Garmendia, Teresa de la Parra, María Fernanda Palacios, Jaime Sabines, Alejandro Oliveros, Eliseo Diego. Sé que este salmo del reconocimiento nos salvará del mecanismo perverso de la indiferencia.

Al cerrar el libro, vuelvo a la portada, se lee (Aforismos), solo que ahora leo arcabuz, artefacto, o máquina de lanzar fulgures, sombras, soledades, sueños, complicidades, opiniones y sentencias que Alberto bautizó con el nombre de Poética del Desatino, o el tino de confeccionar una poética de las lecturas que le han aguijoneado y acompañado por largo tiempo en su estatura universal de poeta.

 La Estética de la Ironía en Poética del Desatino

“No podemos emplear con madurez el lenguaje hasta tanto no nos sintamos
espontáneamente a gusto en la ironía”
Kenneth Burke.

                                                                                                                 Alfonso Solano

I

En la creación literaria, el poeta, al igual que el filósofo, es polemista por excelencia. Su visión y sus sentencias son una clara exhortación por encender una verdad oculta o solapada que, en su momento de interiorización, vale decir aforístico, cobra un brillo enceguecedor inusitado. El arte del aforismo al ser abordado por un poeta lo obliga, por condición adjunta, a ser un “ apóstol del pesimismo de la fuerza” , entendiéndose aquí la fuerza como ente generador de vigor y no como una capacidad aplastante como bien nos acota Nietzsche en su polémica obra, por demás, conocida como“ EL Anticristo” (1). No obstante en Poética del desatino (Ediciones Estival, primera edición septiembre 2010) del poeta y periodista Alberto Hernández persiste, a lo largo de sus reflexiones e invocaciones, una voluntad de la Ironía vista desde la perspectiva de una dialéctica de la poiesis para afianzar un efecto estético que el mismo poeta perpetua con su verbo encendido y su brillante lucidez intelectual. Sin embargo, el enfoque irónico en esta poética subyace en su fruto oculto, en su verdad ingente, esa que nos acicatea y nos hace mirar adentro; la misma que no sólo contempla la razón  sino también el espíritu, producto de toda mente humana despierta e iluminada. “Algunas ironías se escriben para ser entendidas y la mayoría de los lectores lo lamentarán cuando no consigan entenderlas”, como bien nos advierte el catedrático e investigador Inglés Wayne C. Booth en su libro “Retórica de la Ironía” (Ediciones Altea, Taurus y Alfaguara S.A.Madrid, 1986). Más tarde, en la misma obra, el autor acota con asistida razón, que también la ironía “Es un término que puede representar una cualidad o don del hablante o el escritor de algo que pertenece a la obra y de algo que le sucede al lector u oyente” (Ob.cit.pág.14). Para este inminente catedrático de la universidad de Oxford, de todos los autores que han abordado este espinoso tema, el que mejor enfoca el asunto-según su opinión- en todas sus perspectivas es el filósofo de origen danés Soren Kierkegaard. En efecto, para este célebre filósofo padre de la corriente existencialista y autor, entre otras, de la obra: El Concepto de la Ironía (2), todos los tópicos y conceptos abstractos de una idea tienen una vida propia. Una dialéctica implícita, vale decir. Al igual que en poética del desatino de Alberto Hernández en donde estas ideas van esbozando una especie de realidad autónoma, al margen de sus citas, inflexiones e implicaciones históricas, siempre con una ironía per se  que precede al sentido. La “idea” en esta poética se hace un hecho, una vivencia, en la medida que el lector pueda navegar entre sus líneas y frases y, de esta manera, pueda asir su verdad intrínseca. El mismo poeta no los hace ver en sus “demiúrgicas”: “Esta palabra es la única que tengo. Vivo para que nadie sea mi asesino: los pasos que me siguen son los míos. Esta sombra me es ajena” (Pág.76).

II

Hay sobresaltos, una unidad en fuga, parafraseando al poeta A.S. Estrada, en ciertos pasajes de este libro que dirigen sus pasos por las sendas de la luz primaria de la certidumbre. En el capítulo intitulado Iluminaciones leemos, en clara alusión al verbo del enfant terrible Rimbaud, una reflexión acróstica sobre aquel célebre axioma de piel antológica y pies desgarbados que dice: “Venimos de la noche y hacía la noche vamos”. Sin embargo el poeta nos pulsa y nos interroga con una voz irónica, cubierta con la nieve de la lucidez: “Y aunque hacía la noche vamos, ¿Quién puede asegurar que la muerte es la única luz que le abre los ojos a los que se creen inmortales? Esto nos lleva a la prognosis del texto de Nietzsche en su libro El Anticristo-antes citado donde ésta y otras cuestiones de la inmortalidad del hombre, unidas a la fatalidad del vivir, permutan “la constancia en los tropiezos” y  nos niegan la mas terrible de las luces que “nos ciega en la salida”. En este texto se puede leer en el aforismo N` 13 lo siguiente:    “Apreciemos cabalmente el hecho de que nosotros mismos, los espíritus libres, somos ya una transmutación de todos los valores, una viviente y triunfante declaración de guerra a todos los antiguos conceptos de “verdadero” y “falso”…”

III

En poética del desatino existe una voluntad aforística, producto no de la confrontación o la interlocución directa con autores, pensadores y corrientes literarias, mas bien lo que predomina es un debate con la voluntad misma del verbo-pensamiento donde el poeta Hernández lo confronta, lo pone en evidencia en sus propias imprecaciones implícitas, en sus propias paradojas. En este sentido es contrario a lo que, desde hace algún tiempo, ha venido ensayando el gran poeta nuestro Rafael Cadenas en lo que el mismo ha llamado “Contestaciones”. Cadenas, al contrario de Hernández, “toma de él unos versos o un poema breve , o una frase célebre de un autor como si le estuvieran dirigidos a él y los contesta, ampliando y rebatiendo su contexto”(3). En poética del desatino, por el contrario, los vértigos, las fábulas, los ajustes de cuentas, las sospechas, los adjetivos, la estética de la soledad, las iluminaciones, las paradojas, las limitaciones y los sueños y otras reflexiones por el estilo denominados así por el propio autor, son una retórica lingüística que reafirma una voluntad del pensar, una voluntad del reflexionar, del filosofar en un espacio y tiempo que comulga con el espíritu de nuestra realidad moderna; son como una especie de hermenéutica  de la intertextualidad donde los signos del silencio y de la brevedad, de lo desasido y lo permanente son , a su vez, un encuentro profano con el despropósito carnal de nombrar lo inasible, el de caminar por círculos concéntricos en terrenos movedizos, no sin antes sentir el vértigo del suicida. Lo cual es completamente comprensible desde las alturas en donde nos encontramos casi por azar, a la hora de abordar los abismos insondables por donde nos conducen estas inflexiones, estas reflexiones que, en vez de desatinar, más bien atinan en una dirección clara y afanosa que persuade el espíritu y afina, en cierto modo, nuestro goce estético, espiritual e intelectual.

Evocando misterios y convocando voces afines, el poeta Hernández  nos recuerda que “un rasgo peculiar define a quien escribe desde la contemplación del tiempo, desde sus humedades” (pág.61) Nociones y fruiciones que nos acercan, sin duda, a un universo de imágenes y evocaciones cercanas a la transmutación de palabras, verbos y lenguajes, siempre rompiendo el silencio oscuro del sentido, siempre tocando la esfera infinita de la otredad contigua. Esta poética del desatino transmutará por fortuna, en el porvenir de su misteriosa razón de vida. El poeta pide su revelación en el lenguaje, y la libertad del poeta será siempre obedecer a este llamado del ser.

Notas

  1. F. Nietzsche. El Anticristo, editorial Edaf, Madrid. 1985.
  2. Sobre el concepto de ironía en constante referencia a Sócrates (en danés: Om Begrebet Ironimed stadigt Hensyntil Sócrates). Es la tesis universitaria de Soren Kierkegaard, la cual entregó en 1841. Esta tesis es la culminación de tres años de extenso estudio de Sócrates, desde los puntos de vista de Jenofonte, Aristófanes y Platón.
  3. Artículo aparecido en el diario Tal cual en el suplemento dominical “Literales”, 27 de Febrero de 2011, pág. 14.

Poética del desatino (Aforismos)

Efrén Barazarte

Gracias a una vieja costumbre de urdir en los significados, encuentro que las acepciones de la Real Academia de la Lengua van por un camino mientras que el artificio literario del poeta se le escapa entre risas. Es así  que llego a la palabra  Poética: Conjunto de principios o de reglas, explícitos o no, que observan un género literario o artístico, una escuela o un autor. Luego me detengo en la palabra desatinado que apunta hacia Falta de tino, tiento o acierto. || Locura, despropósito o error. Y por último la palabra aforismo que cuelga en la Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte. Y si uno se pone serio, bien circunspecto, sabe que un principio o regla, mientras más desatinada sea puede alejarse de la sentencia. Es por consiguiente, que este título desatinado de Alberto Hernández, juega como todo poeta a la destrucción de un lenguaje decoroso y formal para así convocarnos al goce o al sufrimiento de caminar con los ojos cerrados pero viendo bien claro un camino de revelaciones que sólo nosotros sus humildes lectores podemos descifrar.

Creo que Poética del desatino continúa una tradición renacentista del ensayo, de esa peculiar forma de pensar donde un tema se va gestando  para llegar a otro y que a su vez hayamos la revelación convocada por el escritor. La palabra es aquí el alimento que una vaca mastica lentamente, una suerte de cavilación y, a su vez, un  oprobio  de las formas convencionales del lenguaje.         Pero cuando digo la palabra ensayo, lo digo realmente para tratar de ensayar sobre el libro que se escapa a sí mismo, por aquello de ver el tema de la estupidez, la fealdad, el odio, el sueño, reflexiones sobre la poesía y su odio amoroso hacia el adjetivo que persigue al autor pero éste no deja que lo alcance. El lector podrá sentirse golpeado con un garrote pero luego de su caída, se levantará vigoroso de sentir que la (s) palabra(s) no se sostiene (n) en su (s) significado(s) sino en su(s) resonancia(s). El libro es una voz pero el lector viene siendo su eco. Es así que el poeta cristaliza su decir cuando invoca al poeta y crítico  Ezra Pound: Escribir poesía es como echar una lluvia de pétalos de rosas al Cañón de Colorado y esperar el eco. Supo Ezra Pound  que mientras los pétalos caían era posible oír todos los ruidos del mundo. El eco suena en el interior  de quien se atreva a esperar la caída. (p.52).

Este libro tiene un autor mientras el autor escribe varios libros. Si uno encuentra el aforismo del comentario que viaja hacia la reflexión sobre el oficio de escribir poesía, encontramos también que el autor abre varias trochas. Y podemos llegar al juego que llega hacia la técnica del cuento breve llamado mini cuento:

El sombrero: Al quitárselo, todos los conejos invadieron al mundo.

Justicia: La vaca entró a una carnicería y rumió su dolor al ver en la nevera uno de sus solomos.

Lujuria: La rápida erección perturbó el descubrimiento de un nuevo planeta. (p.71)

Labios : Se besaron y pensaron que era para siempre. Murieron asfixiados. (p.72).

Por otra lado, hallamos la revelación de la alegoría que sentencia la crudeza del mundo desde un sentido de la parodia, propia de la sabiduría de un pensar humorístico. Por ejemplo:

Lengua: Órgano estratégico del partido de gobierno. Los mudos las prefieren sordas.

Poder: Larga sucesión de venganzas.

La poética propiamente dicha irrumpe en el libro. Coexiste un conjunto de certezas sobre el quehacer poético que bien pueden publicarse en libro aparte. -Esta afirmación rompe claro está el desatino pero de algo este lector debe escribir-. El poeta escribe, por ejemplo: Una herejía, creer que el silencio no está hecho de palabras. (p.59). (…). El poeta recrea una cita de Víctor Bravo: la literatura –recordemos a  Mallarmé – no se hace con buenas intenciones sino con la textura y la ensoñación de las palabras (62).

Desatinados y libres lectores:

Poética del desatino no es un libro sino un conjunto de libros que van cristalizándose. Es un rizoma que, subterráneamente, crece hacia distintas formas temáticas, donde un autor agrede a las palabras y las arroja a nuestro rostro como si estuviéramos frente al espejo. Usted tiene la libertad de hacer una mueca pero sabe de antemano su destino. El sentido de decir está en nosotros pero las palabras del escritor no tienen relación racional con el afuera, de ser así, se perdería el sentido lúdico del arte. Como diría una vez Charles Baudelaire: la poesía es un caos ordenado de los sentidos y alegóricamente halló que el desatino es la materia del lenguaje poético, de su imaginación que nos hace a fin de cuenta, humanos, terribles y sensibles. Antes de seguir escribiendo y con sabor amargo de vivir de un momento a otro una revolucionaria falla eléctrica, opto por plagiar este libro. Desatino se paga también con desatino: Terminar este libro significa comenzar desde la primera página  lo que la última no revela. Así, sin aspavientos, un aforismo es una muestra de timidez extrema, por eso el destino frecuenta con regularidad los actos de quien escribe y se hace el idiota. Sabe el lector que le han tendido una trampa, pero aún así, cae en ella.

Una lectura de Rosana Hernández Pasquier

PUERTAS DE GALINA

Esta es la más reciente publicación del poeta Alberto Hernández. Abro las hojas de esta puerta, que es el libro, y comienzo a recorrer espacios, a ver, a indagar por las hojas e intersticios de todas las puertas de esta ciudad construida con amalgama y andamiajes de poēsis, que es la forma de hacer manifestaciones de la belleza y de la estética o el arte de componer poemas. De este finísimo material es la arquitectura de esta ciudad bautizada por Alberto Hernández como Galina.

Como este entrañable amigo e imprescindible poeta nos enseñara, el paisaje es el ojo. Entra entonces por éste. Comienza a mirarnos, nos hace paisaje por dentro y de adentro sale otro paisaje, que aflora para re-crear la lectura que se convierte en este poema que es una y mil puertas que abrir. Más no son crípticas porque en la re-creación, el hacedor a dejado las claves o llaves para el ábrete sésamo que convoca quien a las Puertas de Galina se acerca.

En PUERTAS Y SILENCIO 2, en la página 7 Hernández pregunta: “¿Qué designios debo enfrentar ante la puerta abierta?  Y presiento que la respuesta es que todos nos están aguardando tras celosías y persianas para hacernos viajar por los vericuetos del subconsciente. Las puertas se abren en ese lugar donde habita la materia de los sueños, porque los recuerdos parecen lugares soñados. Cito al poeta: Las puertas abiertas del silencio en Salamanca, en Alcalá de Henares, en Calabozo, en Arnaldo Acosta Bello. Y en el claro oscuro que sale del despliegue de esas alas, se abren otras puertas en Villa de Cura, en Cuicas, en la puerta de la felicidad suprema que es mi sobrino Eduardo Alfonso.

Las Puertas de Galina no están de par de par. No. Leemos para vislumbrar. Vamos por hendijas. Quien escribe puso veladuras y filtros al paisaje y arquitectura de esta ciudad. Los poemas están confeccionados de silencios, sigilos. La sombra es quien nos hace. Cito, en el poema Puerta de Ceniza: Galina se tejió de sombras empujadas hacia el río Tiznados. Mas adelante en Hoja del Tiempo:solo la sombra dice de quien se estaciona en la noche bajo la alargada sílaba. En el poema Ojo Abierto: un animal de sombras/ un caballo en la raya de la hora/ lame mi cara. En Aljamía se lee: me han inventado/ en la sombra/ de la desobediencia. Luego en el poema Visillo: no hay bruma que pueda atajar la mirada: / vivimos sin puertas/ en este aquí de umbras: / separado del resto/ de voces.

Este poemario, como otros de Alberto, es un libro muy culto, que dice de las muchas lecturas, de los viajes literarios emprendidos por el autor en otras páginas. Así los nombres de Valery, Acosta Bello, Lezama Lima, Antonieta Flores, Eliseo Diego, Aly Pérez, Montejo, Barroeta, Cadenas, José Emilio Pacheco, Tortolero otros, se entrelazan en una trama, una urdimbre que expande hacia otras voces, buenas sombras del árbol de la palabra poética, a quienes el poeta hace un amoroso reconocimiento.

En el tránsito de los versos. Adentro, el espíritu permaneció en cantos. La lectura una salmodia de letanías: Puerta de Salamanca, Puerta de Lavapiés, Puerta de Ceniza. Expresan Jean Chevalier & Alain Gheerbrant en el Diccionario de los Símbolos que el paso de la tierra al cielo se efectúa por la puerta del sol, que simboliza la salida del cosmos, más allá de la condición individual. En este entrar y salir a espacios y tiempos cercanos y distantes, entrevistos y desconocidos, privilegio el pequeño formato de la publicación, logro de la editorial Memorias de Altagracia, en su colección Celacanto. Porque nos dice Julio Sánchez Trabalón: la puerta debe ser muy baja para que de este modo, el profano, al entrar al templo, se incline no sólo en signo de humildad, sino como muestra de la dificultad de paso del plano profano al iniciático.

Al pasar por las Puertas de Galina se abre un mundo de trasmutaciones donde quien entra cierra la puerta. Mientras el mundo se rompe bajo mis pies.

Rosana Hernández Pasquier

Tres libros de Alberto Hernández:

UN ESCRITOR DESBORDANTE

-Julio Jáuregui-

El subconsciente es un enemigo maravilloso que insensiblemente le va dando un sello a nuestra interioridad y, así, el lenguaje se vuelve una prolongación de la vida, de la permanencia y ya no importa lo que cuentas, muchos otros lo han contado antes, pero ahora tú has cambiado el juego de ese Yo escritor, le has dado tu propio sello, puedes jugar con la memoria, con tus sueños y así, disfrazado tras múltiples máscaras, te adueñas de la vida de tus personajes de ficción. Así se da el salto tan ansiado por los escritores donde no importa lo que cuentan, sino cómo lo cuentan.

Los deseos invocando situaciones que se disfrazan en un clima obsesivo, cercano a la muerte, tampoco es tan libre como se cree. ¿Quién conduce los hilos? ¿Y el tema? ¿Cómo se resuelve?

La realidad se vuelve huidiza, se oculta, se confunde, el universo se desdibuja, las ventanas no dan a ningún jardín, las puertas se abren al abismo, el lenguaje es el hilo que te mantiene en equilibrio en el borde mismo del precipicio.

EN BOCA AJENA es una antología poética (1980-2001) reediciones Presagios. Serie Faisán. México.

En ella, Alberto Hernández nos entrega una hermosa muestra del vasto camino que ha recorrido como poeta de fina sensibilidad y de cuidadoso trabajo con el lenguaje hasta levantar esa feliz escultura que constituye su obra poética.

Es notable seguir el camino de su mano y de su amor que de poemario a poemario va puliendo con esmero un estilo desbordado y tenso que se nutre de sucesos misteriosos, de presencias de la memoria, de amores desnudos y permanentes, toda una metáfora de la vida.

Alberto Hernández es un escritor con una sensibilidad tan a flor de piel que casi se podría oír el tumulto de voces que lo recorren y no lo dejan en paz. Voces entrañables y amorosas cuando recuerda y vuelve a transitar los lugares de su origen, cuando se encuentra con los familiares y amigos de toda la vida, cuando le canta a la rectitud y a la dignidad del ser humano. Pero también lo atormentan las voces ácidas y críticas cuando percibe la indiferencia y el olvido que va levantando un fino polvo que cubre lentamente las casas que nunca debieron derrumbarse, o cuando la vileza, el egoísmo humano, la indiferencia, la ambición conspiran lentamente en contra de un país tan generoso como el nuestro, destruyen gente admirable, seres humildes, artistas, personajes fieles a la dignidad y al amor que sostiene su quehacer diario.

Y esas voces y esa lucha salen a diario, a borbotones, en los artículos de Alberto, en su poesía, en sus cuentos, en su conversación diaria porque si se quedan adentro hacen daño y terminan por enloquecer al más aplomado de los creadores. Los ejemplos sobran. Que no se silencie esa voz.

CAMBIO DE SOMBRAS. Editorial Sobrevivientes Asociados. Ateneo de Guardatinajas. “Soñadores del río Tiznados”. Impreso en Maracay, 2001.

Se trata de un rico libro, una amplia recopilación de crónicas, recuerdos, anécdotas, reflexiones y amores. Alberto, aquí, se nos retrata de cuerpo entero. Un ser hecho para la bondad, la mano tendida que sabe reconocer la calidad y el valor de la mejor moral humana. Un poeta que ha sabido mantenerse erguido y nunca ha perdido el norte de los auténticos valores de nuestro país: sus paisajes, su ambiente natural, su gente, sus hombres y todo envuelto en un lujurioso lenguaje que hace de cada crónica, de cada recuerdo, de cada personaje, una auténtica joya donde se percibe, en forma dominante, su inmenso cariño por nuestra terredad, nuestros pueblos, su inmenso amor por todos los seres que en este país representan la dignidad, la inteligencia, la creatividad, la moral combativa e indoblegable donde transitan figuras como José Vicente Abreu, el Chino Valera Mora, Orlando Araujo, Efraín Hurtado, Ludovico Silva, José Lira Sosa, Alfredo Armas Alfonso y tantos otros.

Se siente la necesidad de dejar un testimonio que ha de perdurar por la calidad literaria que Alberto le confiere a cada trabajo,. Alberto abre sus inmensas alas y nos entrega, desde sus entrañas, los sitios que nunca mueren, los seres queridos que tampoco mueren, los recuerdos que siempre regresan porque por encima de las pequeñas circunstancias de la vida y de la muerte, siempre ha de permanecer el respeto, la admiración y el amor que todo lo envuelve.

Qué maravilla encontrar en esta Venezuela que en gran parte se envilece y se reduce, que sigan existiendo seres que permanecen erguidos y orgullosos de ser parte de esta tierra y no abandonan a sus amigos aunque hayan muerto hace años pero ellos siguen acompañándolo, conversando y echándose tragos, porque así es la entrañable amistad, la que nunca muere.

Quién puede dejar de hablar y discutir con Orlando Araujo, con el Chino Valera Mora, con Caupo, con Denzil Romero, con Armas Alfonzo y tantos otros que nos siguen acompañando, día a día, para que esta vida no sea tan gris y cerrada, en manos de seres tan opacos que han perdido la sensibilidad de su tierra y ya no oyen la voz de sus poetas.

VIRGINIDADES Y OTROS DESAFÍOS. Colección Las Armas Secretas. Publicado por The Latin American Writers Instittute/ Eugenio María de Hostos Community Collage of CUNY, Nueva Cork, Estados Unidos, 2000.

Este libro de cuentos cortos, en la línea de Fragmentos de la misma memoria, es de una calidad literaria realmente notable. Como ya lo anotamos con respeto al libro anterior, estos cuentos gozan de una anécdota y personajes perfectamente lineales o fraccionados pero lo fascinante es el lenguaje que envuelve toda la ficción en una atmósfera de gran riqueza imaginativa y lírica. Desde luego, Alberto Hernández que es ante todo poeta, está acostumbrado a trabajar la escritura por sobre todo, y así logra una ficciones que sin perder su interés anecdótico. Alcanza una altura estética difícil de asumir y que, en nuestra literatura de ficción, pocos narradores se interesan por alcanzar. La anécdota está. Sin ella no hay cuento pero esa cualidad totalizante entre lo narrado y el lenguaje, le otorga a esos minicuentos una cualidad fascinante.

Hasta los cuentos donde la muerte es una compañía constante, se alcanza un nivel sensible, trascendente y hasta feliz, gracias a la altura del lenguaje.

Alberto no puede liberarse de sus demonios sin aplastarlos sobre la página, sin exorcizarlos. El mismo ha confesado que le gusta y le ronda la locura y la muerte. Pero su desbordante imaginación y su incontrolable escritura nos sitúa, como lector, ante la situación de un inexplicable atractivo, sin puerta de salida.

Cervantes y Borges caminan siempre a su lado, a caballo o con bastón, pero es la poesía la que le otorga el salto milagroso que activa y corporiza unos cuentos asombrosos en los que se puede penetrar y gozar desde diversos códigos. Los personajes van surgiendo desde una fuerza o una debilidad interior realmente implacable y reincidente.

En el cuento “Balas de salva”, logra un juego de ficción dentro de la ficción, donde los personajes llena de asombro, perdiéndose todos los límites de la sensatez pues la imaginación crea su propio mundo, rondando la locura y jugando con la muerte.

La valoración estética de esta categoría de ficción se la dejamos a los críticos y a los entendidos en literatura que habrán de detenerse cuidadosamente en ella por los diversos valores que aportan a nuestra narrativa de ficción pues Alberto, quizás sin proponérselo pero con esa capacidad voraz e infatigable de creatividad, es un tipo de escritor que sorprende, frecuentemente deslumbra y aporta nuevos valores a nuestra narrativa.

Gracias a estas iniciativas editoriales, casi clandestinas pero que realizan un trabajo tan importante de divulgación, podemos llegar a diversas obras realmente valiosas que nos permiten pensar firmemente que, en este país, hay grandes reservas creativas que algún día nos han de proyectar como la Venezuela que podemos llegar a ser. Un país donde la inteligencia se mantiene muy en alto y donde sus artistas siguen trabajando sin reposo para alcanzar, algún día, los niveles de excelencia que laten en la mejor fibra de nuestros hombres de la cultura.

Bestias de superficie

LA HORA DIBUJADA

-Kristel Guirado-

Aunque conocía tres textos a través de la Revista Imagen del año 91, Bestias de superficie llega adulto a mis manos, gracias a ese “librito2 (como dice el poeta José Manuel Morgado) que publicara la Editorial La liebre libre. Por cierto, un hecho que nos extraña a muchos: ¿Alberto Hernández, el poeta Alberto Hernández, publicado en la Colección Cantos iniciales? Pero bueno, dejemos eso a los críticos de políticas editoriales, a nosotros lo que nos apasiona es la literatura, ese espacio donde se lee y se escribe, donde el hombre inventa un interlocutor para escuchar o para decir algo. Decir, por ejemplo, que no pensamos que Bestias de superficie sea el canto inicial de un poeta como

Alberto Hernández, pero sí estamos convencidos de que resulta una lectura iniciática para todo aquel que se anote en la aventura de leerlo. Ya no estamos frente al zoológico de metáforas donde un poeta nos dice: juguemos a que el animal sea “esto”, porque yo lo digo. Ahora la voz del poeta está prestada, casi el animal mismo habla y confiesa, si no fuera porque traicionaría, con ese acto, el único código que le es propio: el silencio.

La poesía, espacio de conocimiento, se hace voz en este poemario para desnudarnos al animal y mostrarnos la verdad, no de lo que pudo o podría ser, sino de lo que siempre ha sido.

Los animales, creados al principio de todo, entre los astros y la naturaleza, conocen el ritmo exacto de los primeros y losrencores que guarda la segunda. El hombre, oficiante de la muerte, no sabe de urdimbres y venganzas. No le interesa. Repito, no sabe.. la “solución del enigma del universo”,como refiere Ramos Sucre en su poema “La verdad”, sólo le interesó a un sabio astrónomo, estudioso de lo que sobre él se eleva, y por ello le fue revelado. Alberto Hernández, ¿qué te dijeron las golondrinas? ¿Cuál es el nombre del planeta que decreta el día, o acaso es la misma luna como dice Rosana Hernández Pasquier? ¿Dónde está dibujada la hora, en los ojos del sapo o del gato, en las manchas del felino o en la textura repetitiva de una tortuga?

Recorro Bestias de superficie una y otra vez, en espera de una respuesta, pero desde sus páginas los animales parecen murmurar, como a Poe una vez: Never more¡ Never more¡

(Diario El Periódico, Maracay, domingo 19 de diciembre de 1993)

EL POEMA DE LA CIUDAD

-fragmento-

-Rosana Hernández Pasquier-

Este es el nombre que le dio el poeta Alberto Hernández a su poemario publicado en el año 2003. La publicación exhibe los sellos de las editoriales alternativas que existen en el estado Aragua y una mexicana. La edición, hermosa y bien cuidada, deja ver un esmerado trabajo de las artes finales que estuvieron a cargo del poeta y editor Harry Almela.

(…)

Al leer este reciente poemario de Alberto, las palabras entran en dimensiones diferentes: ellas comienzan a decir de un brillo nuevo. Es así como Tapatapa, La Victoria, Güere dejan de ser palabras escritas en las vallas verdes de la autopista para convertirse en el camino del añil. O Azul llega el alma de este valle. Más adelante, el nombre de una fábrica patrimonial se convierte en el tiempo que emplaza la aproximación de una vaca, rumiante que más tarde llegará a nuestras mesas para posarse oro en arepas y panes. Calles, plazas, rincones se truecan en la hombría, un mar que se agosta en el pecho, toda la muerte o un recado sin voz en plena calle. Vemos estos nombres y otros y las fotos que arden en el blanco y negro de las páginas y nos reconocemos en la ciudad que somos todos, en la ciudad que, en la misma medida en que nos adentramos en la lectura, se adentra en lo más hondo y se queda allí atarugada entre pecho y espalda. Porque esta ciudad abandonada es difícil de engullir y la escritura del poeta Hernández parece que aclara pero después se nos nublan el entendimiento y el corazón de nostalgias. Porque cuando el poeta nos lleva hasta el poema “Circunvalación”, leemos: Honda es la soledad bajo el árbol que deshace la calle. A partir de ese verso cualquier cosa puede suceder porque no hay calle ni camino. Si la calle se deshace, todo se desmorona y ese afuera que entra por los ojos hace migajas nuestro interior. Tendremos que asirnos de las grietas para poder hacer el viaje y, el poeta, que sabe bien del aferrarse, nos sugiere las ranuras de las rockolas y dice que ésta son dos: una para emigrar hacia los recuerdos/ otra para prolongar la agonía en el fondo de los patios. Hay que apurar una moneda para que la música amaine la umbra en este tránsito de la memoria contenida en estos poemas, mientras la prostituta más vieja de la ciudad nos mira con sus ojos cansados de tiempo y promesas de oropel. Alberto Hernández en el poema “Plaza” la llamó Girardot y mientras en su seno se agita el vuelo de las palomas, ella se hace moruna en la escritura…nocturna de sol y luna/ árboles de sombra/ una puñalada basta,/ Girardot cae/ y silencia la herida.

La fronda de los árboles, el canto de los pájaros, la belleza del parque Henri Pittier, que llega hasta Maracay por El Castaño o por El Limón, atenúan el reguero que es la “ciudad jardín”, este espacio gobernado por bárbaros e indiferentes que han condenado a la ciudad sin piedad. Por ello, el poeta Alberto les enrostra el fuego de la desidia en el poema “Cuartel”, en el que se leen estos versos: Ha sabido de golpes de estado, traiciones y cobardías, proclamas, trompetas desafinadas./ La ciudad se uniforma en los cuarteles/ y se desnuda en las calles./ No hay homenajes,/ no hay vencedores./ Todos hemos sido derrotados. (…)

Fragmentos de la misma memoria

ESPACIO PARA MUCHOS ROSTROS

-Eduardo Casanova-

Empezaremos por decir que la narrativa y la poesía dejaron de existir para empezar a ser. Poco a poco los llamados “géneros literarios”, territorios inventados para su propia comodidad por los críticos o investigadores, se han ido desdibujando y confundiendo hasta dejar de existir.

¿Quién se atreve, en buena lid, a definir con absoluta precisión lo que es poesía, para diferenciarlo de la narrativa? ¿Quién puede convencer a alguien que sepa de literatura, de que un cuento se diferencia claramente de un ensayo o de lo que, para confundir más las cosas, se ha dado en llamar “poema en prosa”? ¿Quién puede trazar con precisión la línea que divide la poesía de la prosa? No ocurre, por lo menos por ahora, lo mismo, con quienes hacen literatura. Cuando nos referimos a personas y no a objetos, el poeta sigue siendo poeta, el narrador, narrador, y el ensayista, ensayista. Independientemente de que el poeta escriba excelentes cuentos, o el novelista haga ensayos estupendos o el ensayista sea capaz de escribir poesía de primera categoría. Y eso vale también cuando es una misma persona la que con igual solvencia escribe una estupenda novela, una oda a la mermelada de maní y un libro sensacional en el que se estudia la envidia del pene entre las pioneras de la narrativa oral. Sencillamente, al escritor hay que etiquetarlo tal como los entomólogos hacen con los insectos, y dejar claramente establecido que se trata de un novelista, un poeta, un ensayista, un periodista, un dramaturgo, un crítico o un orador sagrado.

Ese es, desde luego, el caso de Alberto Hernández (Calabozo, 1952), a quien seguiremos llamando, y con plena justicia, poeta, por sus varios libros de poesía, entre los que cabe destacar Última instancia (mención honorífica en el Concurso de la Casa de la Cultura de Maracay, 1985), Ojos de afuera (Premio Nacional del IPAS-ME, mención poesía, 1989) y Bestias de superficie (Premio de Poesía del Ateneo de El Tigre, 1992). Pero, tanto en Maracay, gracias a Umbra y a El Periódico, como en Caracas, por el Diario de Caracas, El Universal y El Nacional, todos hemos leído y admirado sus frecuentes trabajos de crítica e investigación. Y a partir de ahora tendremos que reconocer en él un formidable narrador, autor de uno de los libros más completos que se han publicado en esta parte del mundo, que lleva el título de Fragmentos de la misma memoria (Editorial Actum, Caracas, 1994), y que, por mor de lo que dijimos al comienzo, no podemos clasificar como libro de cuentos ni como libro de relataos ni como novela ni como poemario, porque los géneros literarios han desaparecido.

El primer texto –o capítulo- (El próximo silencio, pp., 11-12) es claramente cinematográfico. Describe en presente impersonal una escena en la que el narrador protagonista “es testigo de

un crimen”. En él hay referencias a un capítulo o texto anterior, inexistente, y, más que diálogos, tiene indicaciones de parlamentos y acotaciones para que el director, encargado de realizar el guión, decida entre una situación u otra.

En el segundo (Asunto de sombras, pp. 13-15) ya aparece una mujer con nombre propio, Lucrecia Lizar, que “ha disparado contra una sombra que se deslizaba por su cuarto”. Pero esta vez es un film ya realizado, puesto que al final “Suponemos –desde nuestras butacas- que expira”. Sólo el autor sabe si lo que hemos leído (o presenciado) es algo que ocurrió en la pantalla o en un apartamento vecino.

A partir del tercero (Senda de revelación, pp. 16-17) la mujer aparece con varios nombres: Lisa, Rita, Yara, Amparo, Elisa, Lucila, Leticia, Julia, Teresa, Alina, Helen, Diana, Ángela, Leda, Regina, etcétera. Un mismo rostro con muchas gracias en un juego caleidoscópico, o de ojo de boticario, o de modernísima “discoteca” de esas llenas de luces que varían con la música estridente, sólo que aquí no hay estridencias, sino referencias a Borges y Cortázar y Musil o a cualquier invención contemporánea que el autor ubica, deliberadamente, en donde no es fácil encontrarla. Es en esas muchísimas mujeres, que son una sola, en donde se determina la condición fragmentaria de la unidad narrativa. El protagonista, si lo hay, está diluido en una especie de no presencia. Es una novela, pero a la vez se trata de un libro de relatos que pueden leerse por separado, si se prefiere. En todo caso, se trata de textos logrados desde la más profunda interiorización del personaje, en la que el lector está inmerso en el narrador.

Como todos los buenos novelistas, especialmente los de los últimos decenios, Hernández crea en Fragmentos…un mundo propio, y hasta un espacio geográfico, Galina, que no es otro que el pueblo de Guardatinajas, junto al río Tiznados, cerca de Calabozo, en el Guárico que vio nacer a Alberto Hernández.

El lenguaje, aún cuando gráficamente se parece al de cualquier libro de cuentos o cualquier novela, es en realidad poesía, tan poesía como cualquiera de esos libros que han convertido a Alberto Hernández en un coleccionista de premios, muy merecidos y ganados a fuerza de talento, trabajo, constancia y poesía.

(Marzo 1997)

Ultima instancia

LO COTIDIANO ESCONDE SIEMPRE UN TERRITORIO SURREALISTA

-Julio Miranda-

Sé de Alberto Hernández lo que dice la contraportada: nació en Calabozo en 1952; ha publicado anteriormente dos poemarios: la mofa del musgo (1980) y Amazonía (1981); tiene tres inéditos que, como Última instancia, han recibido premios o menciones en diversos concursos.

Última instancia recoge una treintena de poemas desenfadados, ágiles, de libre –a veces demasiada- articulación, que se nutren parcialmente del imaginario massmediático –cine, comics, tv- y “surrealizan” adecuadamente lo cotidiano, o bien descubren lo zúrrela al paso –al filo- de los días. Alternan extensión y brevedad, y acuden a veces a notas de pie de página, ya en verso, ya en prosa.

Los comienzos suelen no tener desperdicio: “Esta tarde/ después de un cigarrillo/ bajaste los ojos y sorbiste el poema/ como una larga espera”; “hay una vieja tristeza de revista/ que hace hundir las nalgas de la mujer/ en el sillón alemán”; “te metes en este poema sin permiso/ y rompes todos mis relámpagos/ los muerdes/ y la noche limita mis palabras”; “soy la perfecta ama de casa/ entalco el corazón de mi hijo prehistórico”. Habría otros ejemplos. Sin embargo, temo que ciertos desarrollos carezcan de estricta necesidad y que el apunte inicial se desdibuje a veces, en aras del ritmo trepidante y la tentación de imágenes insólitas. Lo surrealista “escolar” amenaza también –aunque no pierda nunca un buen sentido del humor- en inicios como estos: “En el nacimiento de tu pelo comenzó la mentira/ con las palomas de la plaza/ (volví la espalda a esas palabras huecas/ pesadas de tarde y caca de santo en la catedral”, o: “Sonamos en la uña gigante/ de una monja que nos mira con bufanda”. De todos modos, la fuerza y la frescura se imponen, pese al desorden, en estos poemas que bordean siempre el delirio o se introducen en él con ganas y frecuentes aciertos. “Nalgas”, “Silencios”, “Progeny y TV”, “Ültima instancia” y los textos de la segunda parte dedicados a personajes familiares (el padre, la tía, la abuela) son redondos. Por otra parte, la surrealización de lo sociopolítico, como en “Surrealismo” –sobre Gómez- o su registro objetivo, casi testimonial, como en “Desnudo”, producen resultados francamente interesantes, perfectamente englobables en el tono de l conjunto y en su poética.

(Última instancia. Editorial Sobrevivientes Asociados/ Calicanto. Villa de Cura, s.f. 1989).

Diario de Caracas. Caracas, 8 de octubre de 1989. (Lectores Valle de Aragua, la comarca visible)

LOS EMBUSTES URBANOS DE “MANÓN”

-Manuel Bermúdez-

En su libro Valles de Aragua, la comarca visible, el poeta Alberto Hernández escribe sobre un personaje popular de Turmero, Gregorio Rafael Farías, alias “Manón”, que vivía sólo para meterle embustes a los demás.

La jerga del embustero varía de acuerdo con los pueblos y el tiempo. Y nadie mejor que los escritores para atraparle la esencia de sus mentiras. Uslar Pietri, en sus cuentos “La mosca azul” y “El gallo”, pinta a José Gabino, ladrón de caminos, como un personaje que se hacía pasar como el gallero oficial del general Portañuelo. Y con ese cuento engañaba a mucha gente. Y la verdad era que su único oficio consistía en robarse un gallo, torcerle el cuello, desplumarlo y luego comérselo asado a la orilla del río.

José Gabino es un embustero rural. “Manón” es un embustero urbano que prefiere “meter sus cobas” sentado en un banco de la plaza Mariño de Turmero. Ya de 89 años de edad, “Manón” le contaba a Alberto: “Yo llevaba diariamente dos sacos de naranjas a la escuela de monjas. Había una novicia, manón, que me recibía el encargo todos los días. ¡Imagínate, de tanto verme se enamoró de mí¡ La novicia un día no pudo contenerse y me dijo: “Hoy cuelgo los hábitos, Manón, y me voy contigo”.

En su jerga de embustero, “Manón” no es pendejo y se inventa una historia, un relato que pueda ser verosímil, donde él es repartidos de naranjas. Luego ubica sus personajes en un escenario en el que exista una prohibición: la escuela de monjas o convento. Finalmente, se rompe la prohibición con la violación sorpresiva de un código. Y aparece el embustero como héroe. Pero “Manón” lo construye sobre dos soportes del relato, a quienes, por supuesto, involucra en la historia: el oyente, cuando le dice: “¡Imagínate, de tanto verme se enamoró de mí”, y la novicia, cuando ésta exclama: “hoy cuelgo los hábitos, Manón, y me voy contigo”.

Si uno, como oyente, se imagina el embuste o participa en la trampa del embustero, se hace cómplice de él y tiene que seguir creyéndole todos los embustes que vengan. Esta técnica y ese lenguaje, con el tiempo, se han ido perfeccionando, hasta el punto de llegar al “paquete chileno” y la publicidad. Pero estos discursos no tienen el encanto del discurso del embustero. Porque el primero es un engaño vulgar, y el segundo, un engaño sofisticado. En cambio, el embuste es una ficción efímera.

Cambios de sombras

Crónicas de un poeta a la intemperie

-Carlos Yusti-

El trabajo literario de Alberto Hernández es variado. Poeta, narrador y periodista. “Cambio de sombras” es más que un simple libro de crónicas debido a que Hernández explora todas las posibilidades del género.

Estas crónicas son un recorrido, con pasión incluida, por el vasto universo de lo literario entrelazado con la melodía especial de lo cotidiano, de esa minucia diaria donde los destellos líricos y bullicios se sobreponen al silencio opaco de los objetos, las vivencias y las personas. No es casual entonces que encontremos en algunas crónicas putas, poetas, casas abandonadas, sueños dispersos, pasiones rotas, amigos de trago y verso, delirios a media tarde. Hernández entreteje todo este andamiaje del mundo, en el que se mueve como un aventurero acucioso, con el hilo impecable de la literatura tanto escrita como leída y así tampoco es casualidad que estas crónicas tengan el filo exacto de lo poético lo que acrecienta su ineludible y cristalino encanto. Crónicas escritas con un estilo limpio en donde la metáfora es sobria, pero natural. Para muestra un fragmento:

“La muerte de una prostituta es como un silbido de un ángel. El revolotear de corsés, pantaleticas de todos los colores, medias y sostenes de posturas precipitadas, nos encontraron a Juancito Valiente y a mí en una habitación donde olía a nada, sin embargo, una especie de bálsamo nos hacía sentir vacíos, volátiles. Vuela un ángel, dijo Mery en un arranque de beatería burdelera.”

Los primeros cronistas españoles entonaron en sus escritos los acordes inquietante de lo mágico de un continente que tenían que nombrar para hacerlo realidad, de un continente que debían reseñar para darle coherencia a un mundo de locura maravillosa. Alberto Hernández, que aprendió bien la lección sobre los vaivenes de la crónica, también acuña mucha magia en sus crónicas, una magia huidiza en la hora del día a día. Estas crónicas reflejan el mundo, pero de alguna manera reflejan el mundo personal del poeta, sus enseres particulares para sacarle a la vida algunas metáforas y luego escribirlas con implacable maestría. Es acertado lo escrito por escrito por Elena Vera en su carta-prólogo a “Cambio de sombras”: “Tus crónicas me han conmovido porque ellas son el fruto de un espíritu cultivado, a través de ellas he podido asomarme a tu propio mundo. El mundo especial de un poeta”.

En fin este libro de crónicas de Hernández descubre al lector que en las minucias de la vida está la gran crónica de estos postmodernos días. Que el escritor, el poeta, el periodista se encuentra a la intemperie tratando de reseñar la vida que pasa. Acodado en la barra de un bar, sentado en un café, caminando por un bulevar y mirando/escuchando todo con ojos y oídos de asombro. El escritor es apenas un ciudadano de fatigas y soledades que escribe sobre el mundo que le rodea tratando de encontrar la metáfora luminosa que le sirva de lámpara en esta intemperie oscura y bituminosa que es vivir.


14/1/2004

Alberto Hernández o la crónica desde el exilio.

A propósito del poemario El poema de la ciudad (2003)

Luis Carlos Azuaje

“Nadie ha leído el poema de la ciudad

porque la ceguera es contagiosa”

A.H.

I. Ciudad: Esquina de la vocinglería

Alberto Hernández periodista, profesor y poeta guariqueño, o debiéramos decir aragüeño – pasaporte de ambas nacionalidades en el quicio de su producción intelectual: la primera, terruño de su existencia, y la segunda, lugar para el ejercicio de la crítica lesiva del escenario burocrático y otros inframundos – encuentra en este gentilicio incierto, la sustancia de una poética del desencanto y la contrariedad. Poeta, a quien la crítica le adeuda, pero quien ha alcanzado – subido sobre los hombros de grandes figuras de la poesía venezolana: Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Victor Valera Mora, Luis Alberto Crespo – asentarse en la cúspide de nuestro imaginario poético contemporáneo.

Su poética ha fundado un imaginario singular, a partir de la voz febril e insistente, que no panfletaria o comprometida. El compromiso es consigo mismo, pero con su ciudad, en tanto, el poeta se sabe habitante puntual de sus calles, sus plazas, barrios y cadalsos. “Comprometido” – nos recordaba Garmendia (citado en Kohut, K. 2004)- es la desviación semántica, el lost in translation, de la voz francesa engager que aludía con mayor acierto a la acepción “alistarse”.

El objetivo inmediato de la proposición sartreana tenía un cierto sentido de solidaridad gremial. La expresión del filósofo contenía un significado coloquial y urgente, a modo de alerta callejero dirigido a la conciencia del escritor en esa congestionada mitad del siglo. Pero resultó que la palabra “compromiso”, en castellano encierra más bien un sentido ético y legalista y tiene que ver muy de cerca con la obligación moral, la fe de la promesa empeñada, el contrato entre litigantes (p.28)

Alberto Hernández, poeta de la ciudad y sus copiosas batallas, poeta de la comarca visible, del conjuro de la tierra despojada, amo del valle, sabe de estas lides. Él advirtió temprano de esta maldición a los devotos: “Allá en el fondo de la casa hay un país que se marcha irremediablemente” (p.66). Pero hicimos caso omiso a sus palabras y ahora dormimos en baúles, deshuesados como pollos.

El trabajo de Alberto, no como periodista o político, ni siquiera como poeta o profesor, sino como ciudadano, como doliente, como niño en el parque, fue, simplemente, relatar lo que pasaba. Lo hizo llevando un tiempo natural de lo sucedido, y usó un lenguaje común para nombrar las cosas del mundo. Para ello nos dotó de un librito gris cuyas páginas se confunden con el asfalto, le bautizó El poema de la ciudad (2003), y aquí le celebramos y salimos armados con él a desgastar las calles y corromper los grandes palacios.

No es simple retórica o artilugio poético la alusión al relato; es, ciertamente, un recital de personajes y de imágenes vivas las que nos ofrenda el poeta: “Y entonces Epifanio Balza estrena el rostro de Carlos Gardel bajo las luces opacas de un candil” (p. 41). El tono narrativo brinda claridad y profundidad descriptiva al verso, que además se crece en musicalidad, cuanto que para narrar se hace imprescindible la incorporación del discurso espontáneo, natural de los hablantes. Recordemos que para hablar de la ciudad, hay que hacerlo desde sus personajes: los ciudadanos, sus jergas, sus vocablos, y aún más, sus motivos, sus enigmas.

El poeta vuelve al lugar común, despojado de temores, de vergüenza. Considera propicia la imprecación de orden: “si desando las calles de esta ciudad es porque anochezco entre sus ruinas”. Maracay, espacio referencial del poemario El poema de la ciudad (2003), ha sido homenajeada con la virtuosa palabra del aedo. Esta ciudad, como cualquier otra, encuentra en estos versos una experiencia factible, un encuentro con su realidad, savia de un tronco común. “La ciudad se uniforma en los cuarteles y se desnuda en las calles” (p. 81). Prédica que da cuenta de la diversidad y heterogeneidad de la ciudad, y de su naturaleza universal.

La ciudad es como la casa, dice Herrera (1986):

…es un cuerpo vivo en constante metamorfosis. Cuando la rutina parece detenerla para algunos, otros la sienten más vital y espléndida. Inagotable en sorpresas, nunca la conocemos completamente. Se huye de ella hacia el mar o la montaña, pero siempre se regresa. Con la gran ciudad, los ciudadanos mantenemos una amorosa relación de peleas y conciliaciones. (p. 105).

La mítica invocación a la montaña luce un atuendo tal vez lacónico o sumiso, pero no pasa desapercibida. Su silueta no merma ante el asombro de la lectura, así nos lo señala alguna de las voces del poema:

Pegada a la ciudad,

se entrega

al mar que la vigila (p. 72)

La atalaya observa cautelosa, bien arriba, en su labor shamánica, la impúdica ligereza y el afanado extravío de los hombres de esta ciudad, perdida en el ramaje y en la espesura, que no ha mucho tiempo que vienen ocultando las inocentes faenas de algunos personajes.

La poesía de Alberto Hernández descifra los secretos de la montaña y los derrama sobre la ciudad, a veces hay quien mira por sobre el hombro, con cierto dejo presuntuoso, mostrándose ajeno, inadvertido, indiferente. El poema oficia el encuentro entre el mar y la ciudad, con una conciencia única de ser parte de cada piedra de este feraz ejido. La brevedad es el éxito del poema. En ella se redime la fuerza evocadora de la palabra, precisa por veraz. Un encuentro irrepetible con la imagen sugestiva: el lector se adhiere a la ciudad tanto como la montaña y se entrega al mar del poema. El silencio hace mella en las altos rascacielos de adjetivos que se inclinan ante cualquier respiro.

Que estas líneas preliminares sirvan acaso de introducción al análisis del impulso poético en la obra del poeta Alberto Hernández, y que en su continuación se develen, con certidumbre de lacero, los arcanos de su poesía como fenómeno social, como evento particular del hombre en su inquietud, en su angustia de saber(se) esencial en su realidad de verdad, en su temple de ánimo, en su incesante preocupación por testimoniar su pertenencia a la tierra, dependerá en suficiente medida del acercamiento sincero, llano y desprovisto de ornamentos; acucioso, vivaz, suspicaz, alquímico, alegre o antojadizo, pero revelador, que de la materia misma se haga, sin otro método que la interpretación, llámese a esto hermenéutica si se prefiere.

II. Crónica ¿periodística o literaria?

La crónica es género que permite, sin tergiversar la verdad, que la subjetividad del autor se exprese en sumo grado. El escritor apartado de fórmulas y esquemas, da su visión de las cosas, manifiesta sus emociones, toma parte en lo que narra y no oculta sus simpatías, aunque pueda disfrazarlas (p. 111).

El punto más álgido de la poética de Alberto: el “exilio” o “autoexilio”, parece estar íntimamente vinculado a la forma expresiva que ha marcado sus producciones más recientes (Valles de Aragua, la comarca visible. 1999, Puertas de Galina. 2001, Slovenia. 2001 y El poema de la ciudad. 2003): “la crónica”. ¿Crónica periodística o literaria? Porque más allá del estrato donde se desenvuelva, la circunstancia mística, la razón fundamental, tienen un nombre tentativo: la crónica. Al estilo de los cronistas de indias, Alberto Hernández urde una poesía fundacional, poesía del asombro ante lo nuevo, lo desconocido. La crónica alude a sitios y nombres claves de una historia. El poeta descubre los personajes y momentos de un país, de una región desentendida, con su propia revelación, con su arte natural. Alberto Hernández se bebe la ciudad e invita a sus residentes al brindis.

Los términos – ahora – independientes de “periodismo, historia y literatura”, provienen de una dinastía común: el lenguaje. Historiar – además de investigar y dar a conocer – era una actividad literaria, que luego fue tomando un curso particular, dando forma así al discurso histórico, separado del discurso literario.

En el poemario El poema de la ciudad (2003), específicamente, se observa la relación de hechos en orden cronológico. Un orden que responde al ritmo interior del poema y que permite la inoculación del veneno mitificador del lenguaje literario, a la realidad tangible. El poema “Cura Don Carlos Castro”, sintetiza la hipótesis:

A esta hora menguada y de traiciones,

se lee en el calendario la fecha de un viaje hacia la muerte:

18 de Noviembre de 1814 (p. 20)

El poema versa sobre la traición a más de sesenta eclesiásticos, entre los que se hallaban los padres Castro y Zuloaga, originarios de este valle; víctimas de la cobardía de algunos presbíteros delatores y del recién comandante General Don José Tomás Boves y su insaciable odio a los criollos nobles y los blancos de Provincia, jóvenes patriotas.

El poeta destaca: “no hablaron de los enfermos y muertos que los días y las noches le vieron cargar mientras corrían los años 1804 a 1808, en su misión de Párroco de Maracay”(p. 20), como una réplica del dolor de esos días. Un entrañable esfuerzo por revivir una época cruenta, de repulsión y venganza; a las órdenes del que se hizo mentar “conquistador y pacificador de las Provincias”, confiado en su estandarte de defensor del pueblo, que opacaba en sumo, los títulos de ladrón y poseedor de mujeres.

Al poema le siguen “Santos Michelena, enero de 1848”, “López Aveledo”, “Codazzi 1841”, “Colegio Federal 1918”, entre otros, con la constante de nombres y fechas como encabezado, que impregnan de conciencia histórica la obra poética entera.

El relator de crónicas maneja los hilos de la trama, según su visión o apreciación del hecho, aportando – en la gran mayoría de los casos – credibilidad y valor estético a la crónica, a través de recursos expresivos y formas particulares de contar.

Referir de los bares como un bebedor más, habituado a los sabores y aromas del licor, es contar desde lo fenomenológico, desde la pura experiencia: “el Miaíto resuelve sus olores en la mirada ida de quien sabe que el día no tiene vuelta atrás” (p. 76). Wittgenstein (citado en Martínez, M. 2004) sintetiza la idea: “las palabras tienen su significado sólo en el flujo de la vida” (p.32). Ser ciudadano, es poseer un vínculo con la ciudad, con su gente. En estos términos, identidad es cosa natural y de gran valía. Así nace el compromiso con sus razones de vida, dentro de las cuales permanece intacta la tierra, el refugio, la casa.

La voz poética se traslada a diversas épocas, desde el siglo XV, siglo de la colonización, hasta el presente. Aún antes si volvemos la cara a los cadáveres insepultos de nuestros aborígenes, “al silencio bucólico de los huesos” (p. 38). Y cuando decimos presente, no especulamos, la poética de Alberto Hernández está recreando la historia de la ciudad jardín de Maracay, desde el quicio de la posmodernidad. Si no, que lo oficie “El Imparcial”, diario de temprana y profusa difusión en los anales de este valle: “los periodistas rasguñamos las teclas, mientras el gobierno allana la tarde”(p. 107). Propicia la voz demandante, voz lesiva y comunal. Membresía y carta de presentación del poeta. Parece que fuera suceso de hoy: “Los estudiantes incendian el mediodía en el pedagógico” (p.108) Y el poeta se repite en esos estudiantes heridos, engañados, ignorados. Lanza la piedra y revienta.

Esta edad encuentra desguarnecido al poeta. Le escruta desde su ventana omnisciente y le susurra una verdad, una verdad lacerante, de todos los días. El asunto posmoderno no es temario de reciente data, somos responsables de la degradación de nuestro proyecto de vida, aún de nuestro proyecto de sociedad. “El poema de la ciudad toca a su puerta, no le abra a un desconocido” (p. 105).

III. El exilio de la palabra

Ahora bien, un término de indudable trascendencia surge del compromiso del escritor consigo mismo y con su sociedad, este es “el exilio”, término profundamente doloroso. Aún 1973 golpea duro en las memorias de Chile. Y Cuba lo siente en sus entrañas, aunque enjabonen sus penas. El exilio no es una palabra, ni una estadística sino que es un vértigo, un mareo, un abismo. Pedro Grases (citado en Di Prisco, R. y Scocozza, A.  1998), señala:

El que llega a suelo de emigración, y en él puede establecerse, deja de ser desterrado, pues dispone de un punto de apoyo para estar en el mundo. O sea, adquiere una nueva tierra. Pero mantiene su condición de exiliado, hasta y tanto no se produce la adhesión espiritual, el arraigo o la entrega afectiva a una segunda sociedad. La patria para el desterrado ya no es el País, la Nación la termina uno por llevar sólo en el pasaporte: la patria en la lejanía de otros climas, otras gentes, otros lugares, es el terruño, el pueblo, la ciudad, la familia, en su sentido más amplio, los amigos, las piedras, el modo en que la gente te mira y te saluda; cuando todo esto sucede quiere decir que al destierro se está sumando el exilio dando como resultado la parálisis del espíritu. (p. 33)

La obra de Alberto Hernández es poesía nocturna, poblada de imágenes de lo apenas escrutado, de lo insondable. Manos que llegan al fondo de la hendidura por donde se cuelan las esperanzas. Mendaz poeta: en su oficio de ilusionista nos hace ver imágenes verosímiles de un país aséptico y perfumado, y en el sombrero negro, los roedores de la cruda inmundicia.

El exilio en la poesía de Alberto Hernández es un vacío, que rompe la paz interior del poema. Una necesidad, un vicio de decir. Decir desde el silencio, donde parece que nada ocurre, pero todo da vueltas en la estridente mañana. El poema descubre una palabra escondida, que se yergue perpetua en el momento menos esperado y azota las miradas de los incrédulos.

El poeta vive en el desarraigo, en tanto, no le satisface lo que ve a diario. Si el poeta calla (que es el equivalente a aliarse convenientemente con el que ostenta el poder), fenece. Deja de ser, en sí mismo. La poesía de Alberto Hernández es poesía del exilio. Recrea un mundo de malestar e incomodidad, al que acude paciente para remover sus cimientos. La insatisfacción del que se conoce abatido, cuando no vencido por la circunstancia, es obstinadamente peligrosa. Quiere decir, que hasta el poema acucia en sus silencios, en sus pausas.

Alberto, pertinaz poeta, inquiere en el pasado de un símbolo representativo para Maracay:  el tigre. Así se titula el poema. Desde la añoranza, del que le privan de su risa, de su expresión, pero resuelto a descubrir lo olvidado, asiente:  del tigre “nos quedan los colmillos y la piel pegada a un muro”(p. 68), sólo eso nos queda.

Del mismo modo, nos anuncia del “Cielo Cotidiano”: “Los sociólogos e iluminados se reconocen y hacen filosofía con las puñaladas y disparos de la ciudad” (p. 132). Pero el propio sujeto poético hace la salvedad: “(un poema no es salvación de nadie)” (p. 132).

Y esta ocasión de demandar, producto de una rémora existencial, es ante todo un acto de amor, de atención a lo propio, a la materia viva que nos nutre. Entonces, la crítica primero es a sí mismo, luego a su sociedad. Recordando a Sartre (1973. p. 55) “el hombre es responsable de sus actos”, y responsable de sus consecuencias. Por ello, preferimos llamarle “poesía responsable” (De Torre, G. 1974), en tanto, acto consciente del ser humano sensible. La palabra es hiriente, en tanto llegue al aludido. El exilio en la poesía de Alberto es autocrítica. Conciencia de los tumultos y escollos de la extraña patria.

Asistimos a una de las obras de notable significación en la poesía nacional contemporánea, cargada de matices de lo mundano, lo profano, la ciudad, el éxodo, el paisaje yerto e inconcluso y el desamor o las penurias del hombre. Nos unimos a la marcha de protesta que reclama la salvación de la poesía, roímos las páginas de ampulosos poemas, pretendiéndose promesas en su engaño infame. Las plazas, parques y calles de la ciudad nos vieron pasear y saludar a sus próceres erguidos sobre cera. Nos inmolamos por la verdad que resiste al poema y creímos ciegamente en la veracidad del aedo, como cultor de la excusa, de la gran mentira que mueve al mundo: la poesía.

Referencias Bibliográficas

  • Adorno, T. (1974). Industria cultural y sociedad de masas. Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela.
  • De Torres, G. (1974). Historia de las literaturas de vanguardia. Volumen III. Ediciones Guadarrama. Madrid, España.
  • Díaz-Plaja, G. (1972). Crónicas de indias. Salvat editores. Madrid, España..
  • Di Prisco, R. y Scocozza, A.  (1998). Ideología y ficción en el siglo XX. Ediciones La Casa de Bello. Caracas, Venezuela.
  • Gómez, F. (1996). La crítica literaria del siglo XX. Editorial EDAF. Madrid, España.
  • Hernández, A. (2001). En boca ajena. Ediciones Presagios. D. F. México
  • Hernández, A. (2003). El poema de la ciudad. Editorial Umbra. Caracas, Venezuela.
  • Hernández, A. (1999). Valles de Aragua, la comarca visible. Editorial Urbina. Maracay, Venezuela.
  • Herrera, E. (1986). La magia de la crónica. Ediciones de la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela. Caracas, Venezuela.
  • Jonson, S. Y Harriss, J. (1975). El reportero profesional. Editorial Trillas. D.F. México.
  • Lukacs, G. (1973). Sociología de la literatura. Ediciones Península. Barcelona, España.
  • Montoro, J. (1973). Periodismo y literatura. Ediciones Guadarrama. Madrid, España.
  • Sartre, J. (1973). El existencialismo es un humanismo. Editorial Sur. Buenos Aires, Argentina.
  • Torre De, G. (1974). Historia de las literaturas de vanguardia. Ediciones Guadarrama. Madrid, España.
  • Uslar-Pietri, J. (1970). Historia política de Venezuela. Editorial Mediterráneo. Madrid, España.
  • Kohut, K. (2004). Literatura Venezolana hoy. Historia nacional y presente urbano. Fondo Editorial de Humanidades UCV. Caracas, Venezuela.

Herrera, E

LA SELVA DE ALBERTO HERNÁNDEZ

-Irma Salas-

Reconstruir la violencia primitiva y paradisíaca de una turbulenta naturaleza, o bien nombrar esa naturaleza palpitante y ancestral expresada en un lenguaje efervescente de cándida belleza es lo que propone este sorprendente libro de Alberto Hernández, AMAZONIA (1).

Conforman el libro veintiséis poemas breves que en sí forman una unidad en los que fluye el redescubrimiento de un paisaje alucinante, abrupto, donde la selva forma un espeso follaje caótico de plenitud, nacimiento y muerte; la contemplación y la participación de este potencial mundo se transforma en instrumento exploratorio para apresar una realidad y en el rasgo más sobresaliente de esta poesía. en Amazonía las formas son articuladas por un lenguaje rítmico de fibrosa y exuberante densidad que trasciende lo evocatorio y se convierte en incesante medio revelador de una voz poética profunda y original.

Pero como ya lo sugerimos no es lo geográfico evocatorio la esencialidad creadora de esta poesía o digamos que lo geográfico es solamente una faceta de la temática contenida, un pretexto para entrar en densa y honda reflexión de un tiempo y de una existencia; lo paradisíaco como una aspiración de ser y estar. Surge entonces como un canto ancestral del alma, de la inocencia perdida, Amazonía.

La misma savia y deslumbradora sensualidad del tumultuoso paisaje del Amazonas corta y modela al poema en pura y rigurosa pieza. Todos los elementos inherentes de esta persistente floración se mezclan en una proyección devastadora y crean un ámbito de emotiva y turbadora latencia, donde lo mágico de una realidad se torna horizonte y desamparo. Las imágenes creadas por esta poesía tienen una relación disolvente de dolorosa huella de transformación y desintegración, es así como leemos en el siguiente poema:

Amazonas,

territorio de la pesadumbre,

donde emerge

el tiempo sus agujas.

Uñas

vociferan

y rasgan

oficios y tajos,

raudales y signos.

A través de la experiencia poética contenida en Amazonía, sentimos como subyace ese anhelo existencial por lo primordial, esa aspiración a modelar un mundo de lo natural, ávida de vida; la búsqueda de la tierra propicia para recobrar la unidad. Hay, pues, en esta proposición poética una revalorización vivificante y renovadora de un mundo que abarca y sedimenta en un lenguaje la clave de una posibilidad.

Pero la poesía genuina no se limita a espacios o a una geografía determinada; ella rompe todas las fronteras; todos estos elementos quedan sugeridos pero como conceptos abiertos, y esto es lo que apreciamos en Amazonía, que siendo una alegoría a una vasta naturaleza es también una fecunda indagación interior que remodela lo exterior. Sólo queremos agregar que la identificación de un mundo tan desbordante quizás conllevaría la elaboración de un lenguaje barroco, y en esta poesía sucede lo contrario, ella es la expresión de un lenguaje desmitificador.

(1)   Talleres Gráficos del centro de Capacitación Docente “El Mácaro”,Turmero, estado Aragua.

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