Textos, crónicas, su poesía y otros asuntos

La única hora

“LA ÚNICA HORA”, una novela de Alberto Hernández

Por Eduardo Casanova

La única hora

La única hora. Ediciones Estival (2016)

Aunque ya Alberto Hernández había incursionado en el terreno de la narrativa, se le conoce fundamentalmente como poeta, o como poeta que a veces hace crónica o ensayo con especial maestría. Es uno de los poetas venezolanos fundamentales de nuestro tiempo. Y ahora aparece como un muy buen novelista, autor de “La única hora”, Ediciones Estival, 2016, 149 pp.

“La única hora” no es la novela de un poeta, aunque en sus textos se nota claramente la presencia del poeta. Es una muy buena novela de un muy buen novelista, que además es un muy buen poeta. Es la narración de muchas circunstancias en las que los personajes son vitales. Es la peripecia de Ignacio e Ingrid, una pareja venezolana en el exilio, en Londres, y en ella entran y salen personajes ficticios como Guillermo Cabrera Infante, Wilfredo Carrizales, Horatio Nelson, Ambrose Bierce, Buda, etcétera, que se mezclan con otros que son mitad realidad y mitad ficción y con los que son ficción pura, lo que le da a la novela un encanto especial.

La anécdota, el tema, la trama, es, por decir lo menos, muy interesante. Narra la peripecia de una pareja de venezolanos (Ignacio Fuentes e Ingrid Paredes) radicados en Londres, que viven una dura experiencia vital. Ella, Ingrid, obsesionada por Buda, padece un extraño mal diagnosticado por un psiquiatra, un mal cercano a la esquizofrenia, que le produce xenoglosia, lo que a su vez la hace hablar en idiomas muy extraños y que pueden llevarla a perder del todo la sanidad mental. En la novela hay diálogos muy bien logrados, hay monólogo interior, hay erotismo muy bien logrado, hay varios de los más sabios recurso de la narrativa manejados con absoluta soltura por el autor, pero además hay algo que sorprende, como es la “materialización” de los personajes, que en un momento dado salen de las palabras para entrar en el reino de las imágenes. Algo parecido a lo que hizo Luigi Pirandello (1867-1936) en el teatro, en “Seis Personajes en busca de autor” (1920), que a su vez inspiró a Woody Allen para la película “La rosa púrpura de El Cairo” (1985). En ambos casos (Pirandello y Allen) los personajes “salen” de la escena (y de la pantalla) y se internan en un “mundo real” que no llega a ser real, sino que sigue siendo artificial. En la novela de AH los personajes, al salir de la palabra, adquieren otra dimensión y se convierten en imágenes, con lo que se logra un mundo original, único en la novelística contemporánea, que le agrega un gran valor a la novela. Y eso es lo que más me interesa y a lo que me referiré después.

El texto se inicia así: Desde la que parece ser la ausencia absoluta, Ingrid Paredes observa a todo el que entra a la habitación. Sentada en una vieja silla, la mujer tiene los ojos puestos en la ventana. Su silencio perturba. Su rostro pálido y en dudosa paz imanta a quien se acerca.

Ignacio Fuentes e Ingrid Paredes, que viven en Londres gracias a una beca, se mantienen en contacto permanente con el país que han dejado, como se puede ver en el diálogo que se escenifica en la página 13:

—Me llamaron de Venezuela, dice ella como si deletreara una canción.

—¿Qué pasó, otro golpe de estado?, pregunta Ignacio.

—No, algo peor: el Presidente está grave, afirma Ingrid.

—¿Qué tiene, gripe?

—No, cáncer.

—¡Coño¡

—Sí, coño y recoño. Eso retrasa muchas cosas. Están tomando previsiones por si se alborota el país. Nuestra remesa está en peligro. Tendremos que matar tigres, y hacerlo aquí en Londres es muy jodido.

—Bueno, te metes a puta y compartimos las ganancias.

—Carajo, tú de marico serías un fracaso. Con esa pinta. Y sin nalgas, para completar.

—No creo que el país se vaya a paralizar por la enfermedad del tipo.

—¿Y quién te dijo que Venezuela es un país? ¿No has oído del campamento que somos?

—Un corral mal alumbrado, querrás decir.

O en la página 50, en donde el lector asiste a los primeros síntomas de algo que aqueja a la protagonista, que en paralelo le ocurre también al país que han dejado al otro lado del océano:

Mientras veo el cortejo por televisión, Ingrid se pasea por la sala envuelta por una retahíla de voces que la acosan. Se las trata de quitar de encima con las manos como si fuesen mosquitos. Repite con ritmo acelerado algo que jamás entenderé. Se atropella con un silabeo incesante. Una letanía de sonidos dulces sale de su boca y choca con las paredes, con mi cara, con las ventanas cerradas. La gente empuja el ataúd por la amplia avenida militar. Banderas del país, retratos del difunto en traje de gala, vestido de verde, en ropa deportiva. Unas mujeres lloran. Unos hombres empinan botellas de licor y agua para soportar el calor de Caracas. Gritan consignas. Más de siete horas llevan de caminata. A la orilla del camino quedan algunas mujeres desmayadas. Deshidratadas por el esfuerzo, por el duelo, por un clima que se niega a ocultar el sol. Las banderas ondean sobre el sonido monocorde de un llanto que parece sometido a prueba por el sofoco tropical. En la vanguardia van los jefes de gobierno, ministros y cancerberos de mil ojos. Ingrid se coloca a mis espaldas y dice:

—Ya se lo llevan. Ya se lo llevan. Ya se lo llevan… Suenan trompetas y cañones. Pasan aviones a chorro como pájaros migratorios sobre la ciudad. La imagen de la gran avenida de Los Próceres se abre a la larga cola de gente.

Hasta aquí la novela es una obra de gran calidad, muy bien escrita, muy bien concebida, pero aún no se despega de lo normal en novelas bien escritas y bien concebidas. Hasta que en la página 115 empieza a producirse un fenómeno notable:

Ignacio no pasa de la página 198 desde que Ingrid es habitada por sus fantasmas. La oye hablar, reclamar, traducirle a algún personaje que la habita, advertir los pasos nerviosos de la mujer. Desde la habitación donde trata de leer sabe que la coincidencia no es gratuita. Las letras de La invención de la soledad de Paul Auster le saltan ante los ojos, se le confunden. Se le enredan, le lanzan piedras desde las líneas que saltan como caracoles envenenados. Cierra el libro en la página donde naufraga su lectura y trata de pensar en Ingrid y en lo que pasa en el libro. Observa la portada de la obra de Auster y ve una vieja fotografía del padre del novelista. Es el mismo hombre en cinco posiciones ante una mesa: dos de frente, dos de lado enfrentados y uno de espaldas. Es el mismo hombre con las manos supuestamente enlazadas (no se logran ver) en una sesión de espiritismo, pero también podría tratarse de cinco tipos jugando póker, sólo que la manera de vestir, el rostro estirado y hasta el peinado de los sujetos (del sujeto quintuplicado) hacen suponer que están en una reunión muy seria. Es una sala casi en penumbras. Sólo destacan los cuerpos debidamente ataviados, de corbatas elegantemente atadas al cuello, de pintas casi ilegibles. Saco a rayas y un silencio que convoca al misterio, a la ingrimitud, porque el hecho de que sean cinco los sujetos sus rostros delatan la misma identidad. (Primera y muy pequeña digresión: el término “ingrimitud” le habría encantado al gran filólogo polaco y argentino y venezolano Ángel Rosenblat, pero sigamos con lo que nos interesa).

Ese fenómeno, ese salirse de las palabras para entrar un poco a las imágenes, que es una degradación augusta, se convierte en el verdadero protagonista de la obra en la página 122, en el “(Capítulo ortopédico 2)”:

Esta vez me acerco a la puerta. Levanto la mano para tocar y concentro la mirada en un extraño insecto que choca contra mis lentes. Finalmente toco. Siento pasos en el interior de la casa. Voces. Ignacio abre la puerta:

—¿Sí?

—¿Ignacio?

—Sí.

—Soy quien te inventó.

—¿Siiií?

—Sí. Necesito hablar contigo.

—Si usted me inventó no tiene nada de qué hablar conmigo. Ya debe saber lo que pienso.

—Cierto.

—¿Por qué borró a Alonso de la historia?

—Estorbaba.

Pero nada de eso pasó. Me quedé con la mano extendida. No toqué a la puerta. Tuve temor de que Ingrid violentara la escena. Espanté el insecto que cayó sobre mi antebrazo derecho y me retiré de la puerta. Retrocedí hasta el muro y desde allí traté de mirar el interior del apartamento. Ignacio se paseaba por la sala. Miró hacia la calle y me vio, pero no me dio ninguna importancia. Bajó la persiana y me dejó solo en la calle, sin su mirada.

Volví a la puerta. Está vez toqué más fuerte.

—No quiero que vuelva a tocar a mi puerta. No compramos pantaletas.

—Ignacio, por favor, necesito hablar contigo.

—Yo no. Bastó con lo que le hizo a Alonso.

—Alonso no existía, sólo era parte de tu imaginación.

—De la suya. Usted nos hizo creer que existía.

Pero no. La mano se negó a cerrarse y a convertirse en puño. No toqué. Me separé una vez más y regresé al muro. Ignacio había abierto la ventana y me veía con una sonrisa cínica.

—¿Es que acaso no tiene nada qué hacer, señor AH?

—No, no soy AH. Soy un personaje que quiere hablar contigo.

—No hablo con personajes, retírese antes de que llame a Ingrid, quien se la tiene prometida.

Me retiré con la mirada puesta en la ventana. Dejé a Ignacio asomado mientras sonaba Elton John. Nikita reventaba los vidrios de la Unión Soviética y saltaba desnuda el Muro de Berlín.

Lo que se acentúa y se reitera en las páginas 142 y 143:

—Estoy en Venezuela. Te llamo desde Barquisimeto. No puedo salir del país. Tengo la ciudad por cárcel. Me metí un peo con el gobierno y aquí estoy atrapado. Bajo investigación.

—Pero, ¿qué hiciste?

—La verdad es que no sé, porque este tipo no ha terminado de armar la historia. Sólo sé que he regresado porque estoy hablando contigo, pero no sé qué pasará conmigo. Este coño de madre es un dictador de mierda.

—¿A quién te refieres?

—Al pendejo que escribe esta vaina.

—Ah, bueno, eso lo sabemos. Mató a la pobre Ingrid y la convirtió en un fantasma demente y lujurioso.

—Lo de lujurioso me gusta.

—Deja la vaina, porque a mí me está llevando a la locura. En cualquier momento me encierra en una casa de dementes. He hecho cosas que nunca imaginé. Por ejemplo, tirar en un parque frente al palacio de la reina. Y no nos pasó nada. Increíble. Salimos de un mogote, yo con la pinga colgando e Ingrid con las tetas al aire. Y nadie nos vio. Y las calles abarrotadas de gente, de Minicoopers, Land Rovers y limusinas tomadas por rockeros melenudos por todos lados. ¿Qué te parece?

—Me parece de pinga, no tanto por la tuya. Es por decir, pana. No me imaginé que iba a borrar a Ingrid, a joderla como lo hizo.

—Sí, la convirtió en un estropajo. En una loca. Pero, dime, ¿qué pasa por allá?

—Nada, esta vaina está revuelta. Cadenas y más cadenas. Amenazas, corrupción, payasos engominados que se creen jurisconsultos recién salidos de un huevo, ley habilitante y la paja loca y pareja de una tal revolución que es más bien un baile de disfraces. Y la represión judicial, que es lo más tierno del gobierno.

Permítaseme en este punto una segunda breve digresión, o quizá no tan breve, que me permitirá profundizar algo más mi punto de vista. Cada vez que oigo a alguien decir que “una imagen vale más que mil palabras” pienso que debo revisar mi opinión acerca de la llamada pena capital, y pedir que se aplique sin piedad a quienes dicen tamañas necedades, en público o en privado. O que por lo menos se les corte la lengua para que no sigan hablando pistoladas. La realidad es estrictamente lo contrario: una palabra vale más que mil imágenes. Y una frase vale más que cien mil imágenes. Y una página escrita vale más que varios millones de imágenes. Y ni hablar de un libro. Es por eso por lo que, sin excepciones, todas las “adaptaciones” que se han hecho de libros a películas o a programas de televisión, especialmente si se trata de novelas, son muy inferiores a los originales. Y ahora permítaseme una digresión dentro de la digresión: el hombre primitivísimo, el de las Cuevas de Altamira y otros sitios, cuando coexistían en el planeta varias especies, como el Homo erectus, el Neandertal, el denisoviano, etcétera, dejó mensajes dibujados, imágenes, que hoy son interpretados de distintas maneras. No logró del todo su objetivo de contar algo, de decir algo, puesto que esos “algos” no son nada claros para nosotros, que éramos (o somos) los destinatarios. Mucho tiempo después empezó a combinar imágenes para dejar expresados contenidos, y así aparecieron los ideogramas y los jeroglíficos, usados por varias culturas antiguas. Posteriormente, quizá como derivación de los ideogramas y jeroglíficos, aparecieron los alfabetos. Definamos: un ideograma es un signo esquemático no lingüístico que trata de representar conceptos. A alguien se le ocurrió dibujar juntos un pez y una mano, y eso significaría pescar, y si se le agrega un ojo, significaría “yo pesco”, y si se le agrega una flecha hacia arriba, diría “yo pesqué”, y así sucesivamente, y así llegamos al Jeroglífico, que usaron los antiguos egipcios, los hititas, los mayas, etcétera, y que se basa en la representación de símbolos, no de valores fonéticos o alfabéticos, que fueron los que tiempo después los fenicios, los griegos, los romanos, los hebreos, los árabes y casi todo el mundo que logró avanzar hacia lo que es hoy la humanidad. La palabra “alfabeto” viene del griego ἀλφάβετον (alfábeton), que sale de las dos primeras letras griegas letras griegas (ἄλφα –alfa, α- y βῆτα –beta, β), que a su vez derivaron de las letras fenicias “alp” y “bet”, buey y casa, lo que se relaciona con los antiguos ideogramas. Pensemos ahora en el proceso cerebral de la lectura: los ideogramas y los jeroglíficos son imágenes, y van directamente a la zona del cerebro que procesa las imágenes y les da significados (pez, mano, ojo, flecha me dice, me recuerda, que pesqué). Pero si nadie me ha dicho que pez, mano, ojo, flecha, significa “pesqué”, me quedo en babia, sin saber lo que dice allí. En cambio en la escritura alfabética, veo una “y” junto a una “o”, luego un espacio, una “p”, una “e”, una “s”, una “q”, una “u” y una “e” con tilde, y sé que la combinación de “q” con “u” suena como una “k” y que el tilde significa que esa vocal está acentuada, además de ver, “oigo”, percibo que todo eso suena “yo pesqué” y así llego a la idea que se me quiso hacer ver. Veo, oigo, entiendo. Son varias las partes del cerebro que intervienen y millones de neuronas más las que trabajan. De modo que la lectura alfabética desarrolla la inteligencia, en tanto que la lectura de ideogramas no, o no tanto como la otra. En ese sentido, tenemos que aceptar que la lectura es mucho más importante que la visualización directa de imágenes que se da con el cine y la televisión, de donde se infiere que es absolutamente falso aquello de que una imagen vale más que mil palabras. Mil palabras enriquecen aumentan la inteligencia, una imagen embrutece, o por lo menos no aumenta la inteligencia. Fin de la digresión.

Y ese es uno de los juegos inteligentes que hace Alberto Hernández, con su visión de poeta, de hombre que maneja con especial solvencia la palabra escrita, al fingir que la novela se convierte en cine, o en imágenes, cuando se cuela en la narración como “AH” y pone a sus personajes a decir que son personajes, que son creaciones de “AH”. Porque en realidad no lo son, aunque lo sean. Son imágenes creadas por el cerebro del lector al descifrar los signos, las letras, las palabras, las frases, que el autor puso allí para que el cerebro de cada lector haga su trabajo. Es, como ya dije, una treta del novelista para aumentar el interés del lector. Y lo logra.

En abusivo resumen, “La única hora” de Alberto Hernández convierte a su autor en uno de los mejores novelistas de nuestro tiempo, en uno de los más originales, de los más lúcidos, que hay que leer para estar al día.

 

Mérida. Venezuela, agosto de 2016.

Señor, Alberto Hernández/Autor de LA ÚNICA HORA

A esta hora, tras abrir el sobre que guardaba esta carta, sé que estará sorprendido, no imaginaba usted que en algún momento pudiera escribirle, ya que ha sido usted quien, desde la escritura, ha llevado el hilo de nuestras vidas en este exilio al que nos vimos obligados. Usted ha tejido, desde su reconocida experiencia como narrador la historia de Ignacio y la mía. Pese a las dudas de mi primo Alonso Eluard, nada le ha costado, supo imaginar, crear y manejar las diferentes situaciones de quienes, como nosotros, debimos dejar el cálido abrigo de la patria y la familia para buscar en otros espacios lo que no podíamos lograr en el nuestro. La beca de Ignacio fue un golpe de suerte que coincidió con el viaje de mi madre hacia lo eterno, por eso, Alberto, usted tomó por mí la decisión de emprender el viaje y la búsqueda de lo que en nuestro país se hacía imposible y así, de su mano, llegamos al frío Londres, con estos abrigos de lana, prestados o regalados por quienes en otros viajes habían logrado sus sueños. No se sorprenda usted de mi actual lucidez, no olvide que usted escribió a manera de capítulo final “La otra hora” y   ahora soy, digámoslo de alguna manera, libre…

Habiendo logrado la publicación de Ediciones Estival 2016, no había ya manera de hacer contacto entre nosotros y como está usted en nuestro país, nada mejor que una carta para volver a encontrarnos. No debe olvidar que usted me inició en esto de las correspondencias, cuando quiso que yo le escribiera a Buda, para alejarlo de mis sueños,   hora usted es el destinatario.

Le cuento que le escribo porque de pronto nos hemos visto bajo la escrutadora miradalectura de Miriam, a quien escuchamos hablar con su amiga, la también poeta Reyna Varela, sobre la nota que escribiría acerca de “La única hora”.

Estando entonces la novela en sus manos, la hemos acompañado en su nómada vida, y así, fuimos de bolso en bolso. En maletín o en la cartera nos ha ido llevando con ella en estos días y ha comentado, con su nieto Manú, acerca de nuestra situación, de ese escozor que nos da por el necesario empeño de aclimatarnos tras la decisión tomada. De ese corazón que, partido en dos, necesita pasear por las calles nuevas o entrar a los otros bares, para justificarnos ante amigos o quien lo requiera y le ha leído:

             “…Aquí, al menos el hambre y la nostalgia se pasan sin zancudos, sin cadenas televisivas  idiotas, sin crímenes horrendos, sin arrebatones, sin mariconerías revolucionarias, sin pistolas en el cuello…”

Ambos se rieron de tu ocurrente “…Al menos las moscas que nos visitan aquí, han pasado primero por la mesa de la Reina…”

 Hemos creído percibir cierto fervor cuando leyó: “…estudio en una biblioteca inmensa y con unos profesores sabios, de corbatín, medio chiflados, pero libres…” Y es que seguramente ella está al tanto de la pérdida de libertades que a diario se vive en nuestro país…

Ella ha constatado que Ignacio está entusiasmado,  él está viviendo su sueño: los poetas no lo abandonan, y sus sentimientos y afectos por lo y los propios siguen intactos.

Como debe suponer, Alberto, ella me ha descubierto en mi crisis y se ha interesado mucho en la causa de mi desequilibrio, ha seguido muy atenta el diagnóstico del Profesor Pescoe y tanto Ignacio como yo hemos creído ver que se alegraba con la visita que nos hiciera Wilfredo Carrizales, a quien reconoce como un buen poeta y muy estudioso de la cultura china. Ella bromea y dice que tal vez esto que me ocurre sea una coletilla de la extraña verborrea que ha acompañado la vida del país en los últimos años y que pude haberme contagiado vía satelital  con algunas de las tantas cadenas con las que tortura el régimen a los venezolanos y es que, al fin y al cabo, así como Ignacio, el pueblo venezolano poco entendía de los gritos y  amenazas proferidas, pero  yo, a diferencia de ellos,  no grito ni amenazo, es verdad que me pierdo en mí misma mientras intento lenguajes que me son extraños, mientras recito pasajes de lo que parecieran ser antiguas lecturas, y como yo, ha llegado a preguntarse si  seré acaso una versión latina de El  Quijote,  pero,  ¿habré leído tanto como Alonso Quijano y ahora, con el cambio de clima, de país, de todo, me deviene esta locura verbal como quiso simplificar  el término xenoglosis,  el Profesor  Pescoe? Pero eso, en todo caso debe haber ocurrido en otra vida, porque en esta,  lo mío es la ciencia, para nada lo literario.

Miriam ha seguido atenta a lo que ocurre con Buda y cree que él es un segundo plano de mi locura, que no es extraña, acaso lo que observa cualquiera en el país no es una forma de locura colectiva, como esa del desfile con el féretro del  difunto presidente, y ella ha recordado la duda generalizada acerca de la fecha de su muerte, de que si era un muñeco de cera o  no, todo envuelto en el más oscuro  fanatismo y derroche de recursos…

No escapa de la lectora,  su habilidad,  Alberto,  para crear una aparente independencia de los personajes que adivinan o llegan a presumir que conocen  sus intenciones, como autor, respecto a nuestros destinos, para llegar a ser una  especie de “pequeño dios impertinente”, como usted quiso que lo llamara Alonso, o el hecho de incluirse usted como uno más en la novela y acompañarnos por Londres y Paris y pretender ordenar esa locura que usted escribió como nuestra, quizás alivia así la carga de llevarla consigo y en sí desde hace tiempo….y si no, ¿qué otra cosa lo llevó a darle ese tinte  a mi vida, empeñado en buscar la raíz de la supuesta insania mental en mi infancia?  Por eso quise más de una vez que me borrara de su libro.

 Alberto,  debe saber que, a pesar de lo que quiso hacer conmigo como personaje, a  mí nunca me engañó, de mí no pudo esconderse, siempre supe de su acecho, por eso hoy quiero repetirle lo que hice que usted escribiera en algún momento: “Nadie puede hablar por mí. Nadie que no  me haya sorbido el cuerpo, que no me haya probado el sudor de la piel…”

Siento tanto cómo trató al final al pobre Ignacio: casi lo hace enloquecer, forzándolo a entenderme, a descifrarme, a convencerlo de mi muerte…obligándolo  con ese monólogo casi confesional de las últimas páginas. Allí estaban usted y Frost… Frost con sus verbos irregulares en sus poemas y usted… Usted con su malintencionado empeño, por eso sufre ahora de pesadillas,  por el remordimiento de haber hecho creer a algunos lectores que me orinaba en las pantaletas, que  acabé con mis muñecas y con Buda, y no, ellas siguen sobre el escaparate y aun  Buda existe para mí y yo lo escucho.

Mi amado y amoroso Ignacio, él cargó con sus dolores y con mi fantasma hasta la otra hora, esa, en la que le pedí que escribiera por mí esta carta.

-MIRIAM KASEN-

Ediciones Estival

Ediciones Estival

Querido Alberto:

Después de saludarte y desear que continúes con tu vital escritura, me tomo el atrevimiento de hacerte una recomendación: existe un narrador que ha escrito una novela que debes leer o volver a leer. Me he emocionado mucho con su lectura y por eso te hago esta sugerencia. El escritor en referencia vive en tu misma ciudad y escribe en El Periodiquito y se apellida Hernández. Te advierto que debe haber leído mucha poesía y en especial la tuya porque su texto está impregnado de ella. La he leído con emoción por varias razones: tiene una prosa elegante, de frases cortas y contundentes, rica en referencias literarias que dan cuenta del recorrido cultural de su autor y las usa como si ellas fueran piezas de un rompecabezas que calzan a la perfección. Convirtiendo el artefacto narrativo en meta literario. Es la historia de un viaje de dos personajes que se van a Londres, con todas sus vicisitudes que no vienen al caso, pero al mismo tiempo es la constatación del proceso de una locura, la de Ingrid. Y la expiación de Buda que lo observa todo desde la sombra de un árbol, quizás sea un símbolo religioso que se viene a pique en este siglo o en la convicción de alguno de sus personajes. No quisiera develarte la trama de la novela para que no pierdas interés en su lectura, pero te darás cuenta que está llena de situaciones que mantienen en vilo al lector por pretender averiguar cómo termina la historia. Quizás lo que más me ha gustado de ella sea el extraordinario humor que la atraviesa de principio a fin aspecto poco frecuente en nuestra literatura y que hace tan árida ciertas narraciones. Los diálogos fluyen de manera fresca y exaltan el relato. No soy crítico, apenas un lector obstinado y más recientemente un librero y escribo para no perecer, pero tengo la convicción de que cuando algo me gusta me lo anuncia mi ánimo. Y “La única hora” me atrapó y la disfruté. De manera que si te topas con el tal Hernández trasmítele mis sentimientos sobre su obra y dile que me gustaría celebrar en mi librería su presentación con un trago de guarapita porque como sabes la situación no da para más.

Un fuerte abrazo,

Alejandro Padrón.

Mérida, 30 de julio de 2016

Cómo vivir de memoria en una hora

 Wilson Prada

I     

  Cronos no deja de observar desde los ojos de quien lee y, como Dios, no cede un segundo más de vida al mortal ni un capítulo más  a una novela. Es él quién otorga la primera y la última luz y nos deja escoger la del transcurso como para darnos ventaja; llego a pensar que Cronos se alimenta de la incontinencia y la locura que regalan las décadas. Sí, llego a pensar que  es él quien determina la presencia de cada personaje en un capítulo de historia; por eso, Alberto Hernández se parece a Cronos o juega a ser él de vez en cuando. Más encorvado por el peso de millones de versos que habitan en sus ojos y mucho más delgado porque cada poemario le ha consumido la musculatura que había conformado con metáforas de las que se alimenta.

         Fue en Guardatinajas, recuerdo: el asunto viene de una confrontación en la que el griego barbudo llevó la peor parte. No hubo conteo de protección mientras llovían osos pintados en botellas ámbar. El veterano hijo de Gea cayó vencido a golpes de “Relatos Fascistas” y “Puertas de Galina”, entre otras obras que Alberto acuna con la punta de un lápiz guardado en una servilleta.

II

         Esta primera novela de Alberto Hernández está hecha de retazos de sueños y ciudades. De Caracas a Wilde, de Londres a los senos de Ingrid, de Paris a la ventana, de Madrid al espejo, de la cama ruidosa por la cabalgata nocturna a La calle Bermúdez en la que se acabaron los ocios y las maldiciones. “La única hora” (Junio de 2016) encaja en este tiempo a través de la imagen reiterada como afianzamiento del signo. Algunas visiones emergen como un GIF en el que la repetición visual es, más que una figura retórica, una “estrategia” estética,  es la vida fragmentada del mundo hecho astillas, los instantes detenidos de una memoria que huye de la linealidad histórica y de la idea de un todo invariable. Desde nuestro punto de vista se aleja del exceso de historia y se nos antoja como representaciones diacrónicas. Tal vez por eso, recorre sabiamente la temporalidad descolocando al lector como si intentara competir al pulso con el griego barbudo, como si buscara proteger la declaración de discontinuidad de Lyotard o saltar de una a otra imagen  al igual que en el “Retrato de un hombre invisible” de Auster.

III

         Cada uno de los breves capítulos semeja una esquirla de un álbum de pareja en la etapa más bella y desinhibida de sus años de exilio voluntario en el que afirman: “Aquí al menos el hambre y la nostalgia se pasan sin zancudos, sin cadenas televisivas idiotas, sin crímenes horrendos, sin arrebatones, sin mariconerías revolu­cionarias, sin pistolas en el cuello”; ellos habitan un espacio en el que “creen que el mundo llega hasta donde pisan sus pies” y en el que su naciente locura es la excusa para vestirse de literatura. Un espacio de luz, de tiempo detenido, de fotografías hechas a puro parpadeo. Allí Cada encuentro en la memoria es un lienzo de existencia, un retazo, un fragmento, una Dublinesca verdad de Vila-Matas quien disfrazado recorre las calles; un misterio vigilado por la presencia de Buda con una panza rellena de trapos y noticias cuyos ojos rasgados pretenden obturar mientras sonríe con los dientes helados por el frío del Támesis.

IV

        Alberto ahora prueba el parto de esta novela que proclama la resignificacion de lo ubicable. Hace imposible el rastreo. El lector practica la ubicuidad a la vez que comparte una mesa que Ignacio ve como un damero de tragedias o un estante de conspiraciones.  Al fin nos muestra a Ingrid convertida en una sola mujer hecha de cien idiomas víctima de una xenoglosis que ni ella sabe con qué se come.  Ingrid es la libertad  rodeada de desnudez como Kiki de Montparnasse rodeaba a Man Ray.  Ahora que la he conocido, no sé si atajarla antes del vuelo;  no sé si -como interrogaba el cumanés-  será Diana en el baño desmayada en Ofelia; no sé del frío de un seno ante los monumentos ingleses. Pero a través de ella vivo los pezones que ametrallan transeúntes y, ¿Por qué no decirlo? me he enamorado de la novia de Ignacio Fuentes y no sé cómo decírselo pues él sólo vive en un libro que brilla en mi pantalla en un extraño PDF que Hernández puso en mis manos y en el que él determina el futuro laboral de cada personaje desde su omnipresencia, obligándolos a admitir que son personajes en préstamo que deben colaborar para no desaparecer.

         Afortunadamente, este autor peleó con Cronos; lo sé porque he visto algo de arena de reloj en sus nudillos. “La única hora” llega a mí  aún con la calidez del parto  y luego de leerla, decidí escribir sólo en las mañanas porque, como se pregunta el “Llorador latino”, uno de los escurridizos exiliados de la novela, “¿Quién llora los muertos en el desayuno?” Nadie.

La única hora, de Alberto Hernández

Jorge Gómez Jiménez

La arbitrariedad en los poderes públicos, el nepotismo descarado, la corrupción generalizada, la delincuencia despiadada, la inepta gestión de la economía, son algunas de las razones que han llevado a miles de venezolanos a buscar en otros países el futuro que el suyo les niega. El recurso humano de Venezuela lleva ya varios años drenándose hacia el exterior ante la imposibilidad de alcanzar una vida más o menos digna en la tierra que lo vio nacer.

Parte de esa dolorosa diáspora son Ingrid e Ignacio, la pareja protagonista de La única hora (Estival, 2016), de Alberto Hernández. Se han marchado a Londres para cursar unas maestrías, ella en biología y química y él en literatura inglesa. La primera parte de la novela discurre con el telón de fondo de la agonía de Hugo Chávez, de la que tienen noticia por la prensa y por el contacto con los afectos que se quedaron en Venezuela. Son profundamente venezolanos, bromean en venezolano y sus nostalgias son venezolanas, pero ya han decidido no volver a esa tierra a la que le recriminan haberles quitado parte de sus sueños:

Aquí al menos el hambre y la nostalgia se pasan sin zancudos, sin cadenas televisivas idiotas, sin crímenes horrendos, sin arrebatones, sin mariconerías revolucionarias, sin pistolas en el cuello, en la frente porque un matón de barrio te quiere quitar lo poco que cargas encima y además la vida (…). Ah, demasiada retórica pasada de moda, espías que te soban el hombro y hasta se toman un café contigo. Esa vaina no es revolución un coño.

Pero algo pasa. Después de un viaje a España, Ingrid enloquece. Ocurre de repente e Ignacio lo advierte desde el primer momento en la mirada de su mujer. Ingrid atravesará entonces realidades alternativas en las que recibirá instrucciones de un Buda o hablará en una mezcla de idiomas asiáticos mientras Ignacio tratará en vano de hacer que recobre la cordura.

Es cierto que cada uno de nosotros tiene su locura particular, pero avistar a través de ella el desequilibrio del otro nos aterroriza. Ignacio buscará un especialista en psiquiatría, otro en lenguas orientales —que es, a la sazón, el escritor y sinólogo venezolano Wilfredo Carrizales, a quien Hernández convierte en uno de sus personajes—, luchando contra la desesperanza ante la evidencia de que todo está perdido. “Tanta Ingrid aquí y yo solo”, se lamenta hacia el final de la novela.

Hernández intercambia con comodidad el papel de narrador con sus personajes.

Ingrid e Ignacio recorren caminos similares a los del Quijote. Don Quijote, loco de atar, se lleva en su locura al bueno de Sancho Panza, cuerdo con la cordura del hombre sencillo, y cuando al final de sus innúmeras aventuras, ya en lecho de muerte, don Alonso —ya no más don Quijote— se arrepiente de lo que llama “su necedad”, es Sancho quien le pide que vuelva a soñar con dulcineas y gigantes, pues “la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía”. Así Ignacio, el soñador de la pareja, el hombre que pasa el tiempo “estudiando las nubes”,  verá cómo Ingrid, la científica, la racional, se interna en fantasías inhóspitas de las que no regresará. Se intercambian así, en ese juego cervantino, los papeles: él será, para su loca, el último rasgo de cordura.

La interesante premisa de la obra viene matizada con la experimentación metaficcional: en algunos tramos Ingrid e Ignacio toman conciencia de ser personajes de una novela e incluso interactúan, no de buena gana, con el autor. Hernández, por otra parte, intercambia con comodidad el papel de narrador con sus personajes, pasando de primera a tercera persona cuando lo amerita la necesidad de recalcar el punto de vista correspondiente.

La única hora es la primera novela del escritor, periodista y docente Alberto Hernández (Calabozo, Guárico, 1952), autor de la avenida Crónicas del olvido de nuestra Ciudad Letralia.

La ficción en su espacio absoluto. “La única hora”, de Alberto Hernández.

 Omar Osorio Amoretti

 

   Para muchos, el nombre de Alberto Hernández (Guárico, 1952) aún es indisoluble de la poesía. Sin importar su prolongada producción en el área del periodismo (en la cual ha recibido este año la orden Analuisa Llovera por parte del Colegio Nacional de Periodistas del estado Aragua) o su reciente incursión en el cuento con Relatos fascistas (2012, Umbra / Ediciones de Lavapiés), el peso de una tradición lírica vasta y de calidad ha terminado por hacer sombra a una pluralidad de registros que el autor continúa desarrollando, tal y como podemos ver con la publicación de La única hora, hasta los momentos la primera obra novelesca y la segunda desde el punto de vista narrativo.

  Quizás el sustantivo que funcione como principio exegético globalizante de las casi ciento cincuenta páginas del texto se encuentre en la palabra “juego”. Es precisamente una experiencia lúdica la que vive el lector cuando, al principio de la historia, todo parece indicar que se está ante una trama de corte realista, con alusiones a eventos y personajes contemporáneos de la vida política nacional y un sustrato temático amoroso (por no decir romántico) y de pronto estos referentes le son timados al desnudar el tradicional, pero no por ello menos complejo, convencionalismo de lectura e instaurar en la narración una plena autoconciencia ficcional por parte de los protagonistas, los cuales no solo se saben entes de papel sino además conversan con el autor de la novela, lo agreden, lo interpelan. En ese momento en el que se caen las máscaras del artificio inventivo, Alberto Hernández establece una comunión activa con el receptor en donde los límites prácticos entre realidad y ficción se borran de manera temporal y obligan a este a forjar sus propios linderos, a formar parte del discurso que discurre en esas páginas y no descansar la mirada ni sus facultades intelectivas en la consecución de esa actividad desinteresada, casi gratuita, que se lleva a cabo con el libro. Tal vez ahí radique nuestro asombro a la mitad del relato, cuando el viraje era insospechado y a partir de ese momento se vuelve inevitable, y a su vez nuestra incapacidad de concluir artísticamente su decodificación, tan atentos como estuvimos a las sinuosidades de una historia maleable, proteica, casi acuosa. Solo la llegada del punto final nos permitirá ejecutar ese mutis tan anhelado y desde ahí tomar distancia del objeto para evaluar aquellas aristas estéticas no percibidas durante el proceso anterior.

  En ese sentido, la novela presenta dentro de los parámetros arriba mencionados un escenario donde, al decir de la famosa obra de Salvador Garmendia, las cosas ocurren en El único lugar posible. Llámese  imaginación, ficción, metaficción o literatura en tanto espacio autónomo de ejecución, solo ahí es posible congeniar la muerte de Chávez y un encuentro frente a frente con Guillermo Cabrera Infante en una biblioteca de Londres en pleno 2013 o encontrarse con personajes que mueren y vuelven a revivir por obra y gracia del espíritu laico (que, como sabemos, lo es toda voluntad creativa del autor). Con esto el absurdo, el uso estandarizado del lenguaje en todos los personajes, el sinsentido, lo irónico y la inverosimilitud presentes forman parte de lo necesariamente verosímil del texto, en una suerte de uso lógico de lo ilógico que potencia el juego proyectado por su creador desde el principio de este mundo potencial.

   No menos llamativo es el uso del lenguaje poético en la narración. Curtido en el empleo de imágenes sugerentes y asombrosamente exactas, no hay metáfora anodina ni símil desvencijado en sus párrafos, lo cual delata un trabajo de filigrana por parte de Hernández, quien lo ha llevado a la categoría del estilo, tal y como podría verse en la construcción de capítulos breves y frases lindantes con el aforismo.

   Con todo, percibimos cierta anomalía en la creación de la novela que nos hace caer en esa mala costumbre de la crítica ya señalada por Bolívar de entrar alabando para salir mordiendo, pues una vez pasado por el momento lúdico y finalizada la lectura, no creemos haber visto un principio rector claro desde el punto de vista macro. Tan solo observamos una vivencia movida de la anécdota, pero no nos quedó del todo claro qué sentido profundo podría esconder todo este acontecimiento literario ocurrido, con lo cual nos queda cierta sensación efímera al analizar el impacto de los contenidos del texto, la dimensión del proyecto estético ideado. Es, si se nos permite una vez más el uso del lenguaje figurado, la impresión de un instante donde las cosas terminan como comenzaron: sin crisis, sin tensiones de peso y de manera inesperada. Esto nos lleva a considerar que La única hora de Alberto Hernández es una buena novela de un mejor poeta al que, a juzgar por las últimas publicaciones realizadas, posiblemente volvamos a ver incursionando en este género.

La única hora/ Alberto Hernández/Ira edición, Junio 2016/Depósito legal: If0432016800894/ISBN: 978-980-12-8676-9/Editor Juan Martins/Diseño: Ediciones Estival & asociados

 

A %d blogueros les gusta esto: