Textos, crónicas, su poesía y otros asuntos

crónicas del olvido.2

EL HABLA SECRETA

1.-

José Napoleón Oropeza

José Napoleón Oropeza es un incansable lector de poesía. Amanece con el espíritu pleno de imágenes que lo han convertido en una suerte de memoria andante. Mientras lee poesía viaja hacia la novela, navega en el cuento y se sume en los ensayos sobre diversos temas que deja en naufragio mientras el día se hace claridad sobre la tapa de los libros.

Hablamos de un creador que respira sobre los versos de otros. Su faena de escritor, su trabajo de buscador de asombros no lo limita, lo impulsa a ser más indagador. De ese esfuerzo gratificante, como él mismo lo ha dicho, ha nacido El habla secreta (Rostros y perfiles de la poesía venezolana del siglo XX), lanzado al público por la Dirección de Medios y Publicaciones de la Universidad de Carabobo, Valencia, 2011, en la Colección Sangre de Imprenta y la Serie Ensayo Plural. Con esta obra José Napoleón Oropeza se alzó con el Premio I Bienal Nacional de Literatura “Orlando Araujo” en el año 2001.

El habla secreta es el primer volumen que el novelista barinés residenciado en Valencia ha escrito, con la porfiada intención de terminar el segundo, con el cual redondeará sus trasnochos y desvelos por la palabra poética nacional. Se trata de un esfuerzo en el que Venezuela se convierte en una voz sonora, calificada y honda, producida por los hombres y mujeres que se han dedicado a labrar la palabra y hacerla brillar.

2.-

Incansable como es, ha estudiado con porfía madrugadora a Salustio González Rincones, José Antonio Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Vicente Gerbasi , Enriqueta Arvelo Larriva, Luz Machado, Ida Gramcko, Ana Enrique Terán, Juan Liscano, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Rafael José Muñoz, Ramón Palomares, Alfredo Silva Estrada, Víctor Valera Mora, Gustavo Pereira, Rafael Ángel Insausti, Eugenio Montejo, Luis Alberto Crespo, Teófilo Tortolero, José Barroeta, Pérez Só, Hanni Ossott, Alejandro Oliveros, Rafael Arráiz Lucca, Armando Rojas Guardia, Yolanda Pantin y a Harry Almela.

Una larga entrada da cuenta de la manera de fijar el rostro de la palabra poética. El Poema: morada de un instante se pasea por el origen, las sombras y las luces de la poesía desde los primeros tiempos hasta este ahora que se nos escapa de las manos, porque el tiempo –aunque suele detenerse un instante- vuela y se convierte en cenizas. Desde los presocráticos, quienes hicieron del universo un grano de arena, pasando por los elementos convertidos en imágenes, en revelaciones, hasta las teorías de la sustitución y la representación, este trabajo ahonda en los cambios, mutaciones o transformaciones hasta llegar al poema.

Cada poeta leído constituye un ensayo de fino tramado. Escrito como se escribe un poema, como se ensaya para decir de la poesía. No en vano José Napoleón Oropeza tuvo sus registros poéticos en sus inicios, plataforma que lo sostiene para entrar y salir de los autores con rigor y calidad expresiva.

Una breve nota nos ayuda a inclinarnos sobre este libro: “Cuando analizamos los códigos y comprendemos el significado de la imagen artística, el valor de la imagen en una pintura, de una escultura, o en un poema y comenzamos a penetrar su esencia, comprendemos cómo está estructurada la imagen. Valoramos el sentido de la transformación de los signos. Pero luego, sobre todo, de la creación de un universo no tan arbitrario como aparentemente pareciera”.

3.-

Este estudio de José Napoleón Oropeza ha sido poco difundido, razón por la cual mucha gente pregunta por él, sobre todo quienes están interesados en echarle un ojo a algunos autores que allí aparecen. Se impone en el futuro la reedición de este importante trabajo, toda vez que en los próximos meses debe aparecer el segundo volumen que involucra a otros poetas venezolanos.

El habla secreta, como lo dice el bello título, oculta y a la vez descubre para algunos lectores la densa atmósfera de una poesía que aún está por venir. En este viaje, porque todo libro lo es, encontramos muchos de los secretos que viven con las palabras, porque son palabras, silenciosas algunas, otras reveladoras de sonidos que sostienen el misterio de su invención.

Vila-Matas portátil (Un escritor ante la crítica)

Enrique Vila-Matas1

Personaje de autoficción, el novelista Enrique Vila-Matas se reinventa a diario a través de lo que lee. Escribe desde lo que lee, como le confesó a Juan Villoro. Se hace y le añade a su propia creación “la historia de su estilo”, para seguirle las huellas a la afirmación de Nabokov.

Vila-Matas portátil (Un escritor ante la crítica), Editorial Candaya, Barcelona, España, 2007, es una enciclopedia de lo que han dicho de su obra y más allá de su obra. Arduo trabajo realizado por Margarita Heredia, una curiosa investigadora mexicana, quien se encargó de la compilación, prólogo y edición. Cuenta Heredia que preparaba su tesis de licenciatura sobre el escritor catalán en la Universidad Autónoma de México. Para hacerse de materiales bibliográficos acerca del autor, hizo un viaje Madrid y se encerró un rato en la biblioteca de la Universidad Complutense, donde no encontró nada acerca del autor de París no se acaba nunca. Regresó a México y concluyó que más se sabía de Vila-Matas en su país que en el de origen del novelista. Y entonces, arreó. Ante la orfandad de páginas dedicadas a su objeto de estudio, Heredia se dedicó a recoger toda nota que tocara la narrativa del escritor mediterráneo. Así nació Vila-Matas portátil (Un escritor ante la crítica).

2

Pasado el trago del tortuoso periplo, Heredia logró incluir en el libro una Autobiografía caprichosa en la que Vila-Matas cuenta su relación con Colombia, toda vez que nació el mismo año que mataron a Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá. Sintió una suerte de revelación cuando se vio instalado en el escenario del crimen, lugar que dio origen a un odio que aún mancilla la dignidad de los colombianos. “Fue el primer acontecimiento político importante después de mi llegada al mundo”, dice de aquel año 1948. El Bogotazo forma parte, entonces, de la vida más honda de quien hoy recibe de los colombianos una especial deferencia.

Contada la vida a saltos en una hoja de papel leída en 2006 en el Hay Festival de Cartagena, Vila-Matas pasa a mirarse en su propia obra a través de una Breve autobiografía literaria. Cada uno de los libros descubre su historia. Vila-Matas —en pocas palabras— se pasea por los veintidós tomos de su biblioteca personal. Ahí están los volúmenes —todos— tratados por un numeroso grupo de escritores: narradores, ensayistas y críticos, los responsables de que Enrique Vila-Matas sea parada de una larga lectura, de un infrecuente y portátil acercamiento a un autor que ahora sí tiene quien lo lea, no sólo en España, sino en 26 diferentes idiomas. Razón por la cual es uno de los imprescindibles, uno de los que hacen falta y hasta revelan con la primera lectura las páginas que faltan por leer.

3

La lista de títulos propios nos toma y no nos deja: Mujer en el espejo contemplando el paisaje, La asesina ilustrada, Al sur de los párpados, Nunca voy al cine, Impostura, Historia abreviada de la literatura portátil, Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, El viajero más lento, Hijos sin hijos, El traje de los domingos, Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, Para acabar con los números redondos, El viaje vertical, Bartleby y compañía, desde la ciudad nerviosa, El mal de Montano, París no se acaba nunca, Aunque no entendamos nada, El viento ligero de Parma y Doctor Pasavento.

Libros que son estudiados por Roberto Bolaño, Roberto Brodsky, Javier Cercas, Ernesto Ayala-Dip, Pedro Domene, Ignacio Echevarría, Álvaro Enrigue, Rodrigo Fresán, Jorge Herralde, Jordi Llovet, Juan Antonio Masóliver Ródenas, Justo Navarro, Antonio Tabucchi, Juan Villoro, Soledad Puértolas, Joan de Sagarra, Fernando Valls, Sergio Pitol, Alan Pauls, Ignacio Vidal-Folch, entre otros, quienes ahondan en la obra de este prolífico narrador catalán.

4

Cierra el libro con una conversación entre Vila-Matas y el narrador mexicano Juan Villoro. Una breve muestra será suficiente:

“Juan Villoro: “Tanto Borges como tú escriben a partir de un texto previo que a veces no existe. Borges se asume como el corrector o el comentarista de una realidad que ya fue contada por alguien, un mundo que ya está más o menos narrado. Con erudición, con ironía, se acerca a esa realidad y la modifica. En ocasiones ese primer texto no existe. Borges inventa a un autor, inventa una literatura, inventa referentes, pero necesita actuar como comentarista, como el que llega después. De ahí la expresión de Alan Pauls segunda mano. El que escribe primero, el que hace el borrador, es otro autor. Me gustaría que hablaras de esta relación con la lectura como acto creativo. Muchos de tus libros han salido de cosas que has leído y que has convertido en historias a través del comentario crítico, del comentario irónico, o de situar a personajes que proceden de otros autores en otras circunstancias.

”Enrique Vila-Matas: Sí, el referente que mencionas de Borges es el más adecuado para lo que hablamos. Creo que se me puede definir como un lector que escribe. Cuando leo, ya quiero escribir aquello que estoy leyendo, aunque cambiándolo. Siempre que leo tengo tendencia a ser un crítico, un crítico literario de lo que estoy leyendo. Por eso siempre me he considerado un escritor que es al mismo tiempo un crítico…”. Vale.

 

Contrapastoral
Fragmentos sobre un libro que lee la noche

Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Pero no podía leer y eso lo puso triste.
Fue bajando un volumen tras otro, lo hojeaba y hasta descifró algunos títulos.
Más tarde se trepó a la escalera. Quería saber si los libros de arriba ocultaban algún secreto.

                                Elías Canetti (Auto de fe)

la muerte nada sabe de vos
tu pie tiene hierba debajo
y una sombra donde escribe
el mar del vacío
Juan Gelman (Dibaxu)
 
no tengu más nochi in lus ojus
no tengo más
nada
Clarisse Nikoidsky
 

 

img028 1.-

En uno de los innumerables sobresaltos sufridos por el poeta argentino Juan Gelman, la imagen del exilio lo sumó a la necesidad de escribir un poemario (Dibaxu, 1994) en ladino -sin ser sefardita- para abreviar en las sombras que han sido parte de su travesía por el mundo. Para estar cerca del judeoespañol que le inculcó los sonidos que usa para expresarse y para respirar. Judío de sangre mas no de conciencia, Gelman supo de los meandros de Clarisse Nikoidsky, de quien se desprendió un libro que llegó a las manos de Harry Almela y lo empujó a saberse parte de la diáspora, del exilio que jamás culmina, porque el exilio deja de ser en la inminencia del silencio absoluto, en la muerte, que también es un exilio, como los secretos.

2.-

Una contrapastoral es un contra rezo. Es una visión de lo terrible. Un rito que no es y es, un viaje que no se realiza, pero que ha dejado el camino trazado y pleno de escollos. Una muerte que nunca termina pero que no tiene nombre. Si alguien ambula por el mundo y silabea el paisaje, se hace paisaje. Pero si alguien pronuncia el nombre de otro, lo hace respirar, lo coloca en el lugar donde la vida implanta su comienzo.

El poema devela ese instante: existo porque tú me nombras. Es el momento del bautizo, el tiempo de extinguir la culpa, de imaginar la sangre que habrá de derramarse. Los símbolos que aquí se sienten no dejan espacio para silenciar el exilio, el olvido, el disparo o la puñalada. Almela se agrega al poeta argentino, mide la voz de Nikoidsky, la hace suya: advierte de una geografía perdida.

Si en los antiguos silencios hubo palabras, la bierva que crea, que inventa, nombra también lugares con vocablos por donde se entró al descreído paraíso. Un país que se extingue entre sus nombres. Un país que deja de ser. Un país que nace y se borra, porque ansina avlan y dejan la lengua a plena intemperie, en el papel rústico de los heredados, pero igual, siglos después, en la voz de los herederos. La poesía se sostiene en esa lengua y recrea los sonidos en quienes hablamos el español de hoy. Somos sefardíes en la medida en que sentimos que nos nombran o nos borran.

 

3.-

he visto pasar/ junto a las biervas/ follajes/ y demás tribulaciones// siete veces siete han sido/ las malgastaduras// siete veces siete

Y así, en la voz bíblica de Mateo, el número multiplicado, talmúdico, las veces del perdón, la ley celestial que rige los destinos del mundo.

Y la poesía, la desterrada de la boca de quienes han sido atropellados por el prócer atroz/ que te entretiene.

He aquí que alguien, la voz que me dice desde el vacío (soy el lector y a la vez el que oye), te hablo desde esta oscuridad/ para que no pierdas/ el sentido de la luz

¿Existe algún sentido? ¿Prosperan los designios del tal prócer que habla y no termina de hablar y como la serpiente adormece al que lo arroba?

 4.-

Entramos en la tensión verbal de Harry Almela:

el animal

baja la cabeza

 

hunde el hocico

en el lodazal

de su destino

 

lo pardo

de sus cerdas

llamadas por la muerte

 

la muerte

 que siempre le ocurre

a los otros

 Entonces me suena cerca la voz de Hannah Arendt: El proceso de la vida que impregna todo nuestro ser lo invade también, y aunque no usemos las cosas del mundo, finalmente también decaen, vuelven al total proceso natural del que fueron sacadas y contra el que fueron erigidas. Abandonada a sí misma o descartada del mundo humano, la silla volverá a ser madera, la madera se deshará y volverá a la tierra, de donde surgió el árbol que fue talado para convertirse en el material sobre el que trabajar y con el que construir.

El animal, se me ocurre, el mismo texto, la materia con que se elabora la imagen de la bestia, hunde parte de su cuerpo en el barro. Y entonces, la muerte, tan cerca de la tierra, tan cerca de la humedad de la desaparición. Ese exilio innegable cierra el ciclo y abre el otro: la muerte/ que siempre le ocurre/ a los otros mientras quienes ven el cuerpo a punto de ser tierra se ufanan de estar vivos. Mañana seremos silla abandonada, cuerpo pútrido, visto por otro vivo que también se cree eterno. Forma de destierro del Ser, La condición humana que la pensadora judía dejó para que la sintiéramos, la oliéramos en el desierto de la soledad más espantosa.

Decimos morir en otro, pero es el otro el que muere en nosotros, el que escapa de nosotros, se exilia de nosotros, se hace de otra tierra, de otra noche, de otro país desconocido.

5.-

¿Cuál palabra es verdadera? Dudemos de la bierva, de la voz que nos llama. La poesía sefardí ha viajado tanto con sus fardos, con sus diccionarios, con sus viejas palabras españolas, con sus noches a cuestas.

resguarda todo simulacro, se deja llevar por la pronunciación de quien come tierra y la mastica, sea cual sea el país que haya pisado. En este hoy del nuestro, no hay simulacro.

El autor de este libro se ha adueñado de las voces olvidadas, de las más viejas, las de los muertos que le hablan en la página en blanco. Y con el ladino que sigue su curso sabe de las humillaciones, por eso

te di lo que trajeron

desde lejos

(…)

trasegaste el alcohol

donde dejaste

el escupitajo

te di el mimbre de tus muebles

la cuerda que te ahorca (…)

Juan Gelman ya sabía de eso, como la misma poeta Clarisse Nikoidsky. La muerte, la imagen de la muerte, el nudo de la horca, el ahogo, la agonía numerosa, el abandono, el destierro, los hijos y nietos perdidos, hasta llegar a la lengua que lo hizo Otro, desde la mirada de una mujer que tenía el mismo tono, el mismo delirio. Sin embargo,

qué lejos queda el mundo

Y Almela se los acerca con estos poemas, con estos dolores, mientras

 atraviesas un abismo

entre siete montañas

 7.-

No es lengua de estos tiempos. No es vocablo de cábala para esta hora. Es bierva vieja, palabras antiguas que hacen poesía y regresan al lector a un lugar, a unos lugares donde fueron pisatarios. Donde fueron nombres y apellidos sospechosos.

La voz en segunda persona, en la persona que se quita de encima los misterios. Canta esa voz, ese vocablo en abandono: luchas por un refugio/ harapiento// calcinado/ en lenguas de fuego// el polvo amarillo/ se pega a todo/ a lus ojus/ las manus la boka// estás convencido/ de tus propios artilugios/ y ni siquiera puedes/ darte con un canto/ en tu boka.

¿Quién habla en esa persona, a quién interroga, a quién reafirma en medio del fuego y la miseria?

Alguien cruza el desierto. La sed, la revelación beduina, el poema que es el hilo del cual pende la vida. Alguien viaja al destierro, a los destierros. ¿Habrá regreso? ¿Tendrá sombra quien venga de retorno? ¿Tendrá huellas, piezes, dedos para arrastrar la tierra buscada? ¿Las palabras tienen país, tienen herencia, sangre que reclamar desde el cautiverio, desde la lejanía oscura, en silencio?

Un ojo advierte el miedo, el pánico. Una nación incendiada. No hay salvación.

8.-

Aurora Bernández lo llevó de la mano, a Gelman, hasta la poesía de la franco-bosnia Nikoidsky, de quien el poeta argentino extrajo la esencia de un libro que luego tituló Dibaxu (Debajo). Ambas lecturas se pasean por el tema amoroso, registran la intimidad personal a través de una lengua que a Gelman no le pertenecía, porque su herencia, por así decirlo, era el yiddish y no el sefardí. Pero como estaba en España, hizo de esos sonidos el objeto de una tradición tardía que se acomodó a la lengua de una cultura que aún respira en muchos países, sobre todo en Israel.

Harry Almela, a su vez, tomó de la mano estos referentes e hizo Contrapastoral (bid & co. editor, Caracas, 2014), un libro del desarraigo, un libro del dolor en el que no vacila decir que lo malo es lo que protege/ y crece poco a poco/ hasta la desembocadura

 témele a la casa

 

vigila la piedra

que te oculta

 

deslava la roca

hasta hacerla herida

en un patio que te salve

 

Detrás del poema, donde nace la duda y la certidumbre, dentro de él, arriba y abajo, está el temor al destierro: el destino manifiesto de una cultura que dejó su casa vacía, llena de sonidos, de ruidos temblorosos en búsqueda de la salvación, una insania que prevalece, que se ha afincado en la carne y en la mirada de los judíos desde que fundaron su mundo. Es la enfermedad que te hará invisible, dice Almela, y más tarde habla de la marca, de un lunar oscuro/ en la mejilla (…) hasta tu próxima muerte. ¿Qué hay debajo de él, detrás, dentro de quienes han recorrido todos los mundos y se han hecho un poema? ¿Qué queda de ellos, sin país, sin un trozo de país, en marco de oro? Queda el eco, la hoja sagrada, bíblica, talmúdica, la página en la que el pacto es una ofrenda.

en arca de alianza// soy a veces/ yaguaso colorado// línea azul en el horizonte/ cemeruco/ cimbrado

¿Quién habla aquí, quién destella sus palabras y las hace tan locales?

9.-

Este es un libro que no termina, como los textos sagrados. Como la vida de los perseguidos, como los paisajes ciegos.

Sombras, luces, cuerpos manchados, impostores, himnos, monstruos ocultos… Un libro que viaja entre las palabras de una voz que no se desgasta, que se alimenta de él mismo. Libro de extravíos, cartapacio de nombres donde quien pastorea busca la manada. Palabras no dichas, prohibidas. Una lectura que nos recorre

 cuando lo idéntico

sea carne de tu carne

 Un libro abierto para la noche, para ser cantado bajo la sombra, alejado de la luz que perturba. Un libro indicado contra el ritual, apartado de los demonios. Así,

 quien habita

detrás de mí

 

no es leviatán

 

10.-

La palabra se arrima al último lugar, a la última página, en la que alguien pronuncia a los griegos antiguos, en otro libro donde la sacralidad contiene personajes épicos, también algunos de ellos víctimas del destierro.

En definitiva, este es un libro para la palabra y de la palabra. De la palabra que ha sido expulsada. Y que hoy se nutre de los tantos viajes, de los tantos desvaríos de quienes ostentan el poder. Un libro para construir la carne del Ser: morada de las voces que se oyen y se reconstruyen con las primeras y últimas horas, en tiempos de tanta y difusa indigencia, como afirma el autor en una apostilla que nos respira cerca, tan cerca que nos vuelve difusos.

Este libro oculta algún secreto.

 

MORGUE Y OTROS POEMAS

1.-

BennLeo a Gottfried Benn en Morgue y otros poemas (Cinosargo, Chile 2012) y regreso a las páginas terribles de la novela de Maxence van der Meersch Cuerpos y almas (Plaza y Janés para el Círculo de Lectores, s/f) y me veo en el consultorio y sala de pacientes graves del médico venezolano Vicente Lecuna Torres en su Informe médico (Mondadori, Caracas 2006).

Me desvelan estas historias, no porque haya algún sesgo mórbido, alguna seducción doliente en mis desatinos como lector, sino por el recuerdo de haber estado en una morgue, en un tanatorio, de haber sido estudiante de medicina y haber visto, tocado y olido la presencia de la muerte, sus efluvios, los cuerpos fríos, pálidos, pero llenos de personalidad. Sucumbo ante estas lecturas porque me encuentro vivo ante el interior oscuro, líquido y misterioso de una humanidad abierta, suturada, mancillada por el bisturí y los hierros que la revisan, la registran, la hurgan, la bucean hasta encontrar el lugar donde comenzó a anunciarse el dolor y luego la patología que conduciría a la muerte a quien hoy, ante los ojos del científico, es carne silenciosa, como un poema que deja de leerse.

Leo a Gottfried Benn en la traducción de Daniel Rojas Pachas y me hundo en mí mismo, en la muerte que no conozco, en la del otro que es cuerpo abierto, cortado, sobre la mesa de disección. Suturado sin estética alguna. Leo unos poemas que hablan desde la muerte o desde los pasos más cercanos a ella, desde las vísceras de quien viaja en silencio hacia la nada. Desde la podredumbre, desde la fealdad de las enfermedades, pero sobre todo desde la conciencia de quien posa sobre el cadáver su mirada y descubre el mundo terrible de la soledad, porque de eso se trata: un cuerpo muerto es la expresión más precisa de la soledad, del silencio, del exilio.

2.-

Pero en Benn hay otros elementos, otras lecturas. Testigo y luego víctima de una guerra en la que participó como médico. Testigo porque estuvo en el sitio para socorrer cuerpos mutilados, cráneos destruidos, almas en vilo en medio de la sangre y la carne violentada. Y víctima porque lo que escribió no le fue permitido publicarlo por los aliados que derrotaron a los Nazis. Su ojo humano, más que su ojo clínico, estuvo allí, al lado de la vida y de la muerte, al lado de la agonía, al lado de lo feo y nada sublime, aunque la muerte puede ser sublime en tanto tragedia cantada, escrita desde el dolor o el sufrimiento.

Su poesía no es nada optimista. Es una poesía oscura por el trato del referente a escribir. Una poesía que lleva el peso de una realidad envolvente la sacudió y la hizo parte del mundo al convertirla en libros que años después llegaron a los lectores. Dueño de una escatología cercana al martirio, sus personajes, sus sombras rondan la metáfora y la limpian de oscuridad: es directo, usa el escalpelo y el bisturí verbal sin desviar la mirada. Despojado, sin imágenes que contemplen el lado doliente, la voz de Benn dice sin alterarse. Trabaja con las manos cubiertas de sangre, de esputos, de palabras convertidas en vísceras rotas, en músculos desprendidos, en sonidos que sacuden y dejan al lector golpeado.

3.-

“Réquiem” podría resumir todo lo anteriormente afirmado. En su lectura está toda la tensión del poeta, el canto vaciado sobre esa humanidad que vivió y murió en sus manos, sobre la mesa de operaciones o en el tanatorio. En los pasillos donde se amontonaban los cuerpos aporreados, heridos, moribundos, muertos, ingrávidos, apretujados, desolados.

Dos en cada camilla. Hombres y mujeres

en cruz. Hacinados, desnudos, pero sin dolor.

El cráneo abierto. El torso partido a la mitad. Los cuerpos

Pariendo por última vez.

Cada uno llena tres bacines; desde el cerebro hasta los

testículos.

(…)

El resto, en ataúdes, limpios recién nacidos;

piernas de hombre, torsos de niño, pelo de mujer.

Yo vi lo que engendraron dos que solían prostituirse,

algo yaciendo allí, como salido de un solo útero.

4.-

La traducción de Rojas Pachas ajusta otras en las que cierta opacidad no permite mirarse en los ojos hundidos de un cuerpo, de la ausencia, del poema que nos ladra en las manos, del texto que nos amarra al dolor del otro, a la muerte del otro, a la mirada del médico que luego escribe para no desaparecer con los cuerpos o almas que tocó.

 

ANTES LAS PIEDRAS HABLABAN

Petro** Larga historia la del libro. Desde los primeros días cuando las piedras hablaban, el hombre dejó escrito su destino. Los petroglifos aún contienen mensajes no traducidos, razón por la cual la escritura sigue siendo un maravilloso encuentro con el conocimiento.

**Desde la década de los noventa se celebra, oficialmente, el Día Mundial del Libro. España fue uno de los bastiones más importantes para que la UNESCO lo decretara.

Antes las piedras hablaban. Decían de las cosas que el hombre pensaba y soñaba. Las piedras respiraban con dibujos que el humano de aquellos tiempos tallaba en la superficie para que fuesen leídas bajo los astros, bajo el sol y la lluvia, en medio de una tormenta. Los petroglifos fueron los primeros libros creados para dejar la historia como herencia del futuro. Las piedras continúan diciendo: están allí a la vista de todos en montañas y museos. La gran paradoja: el libro del futuro también será como una piedra. El papel será sustituido por herramientas tecnológicas que se asemejan a un pedazo de roca por las características materiales de su presencia.

Más adelante, la madera fue el soporte de las palabras. De esa vieja tradición nos vienen las palabras biblos y liber, que significan “corteza interior de un árbol”. Por siglos la madera sirvió de superficie para la escritura de mensajes que aún se pueden observar en algunos museos arqueológicos del mundo. De la madera a la arcilla. De allí las tablas de Mesopotamia, las cuales se introducían en un horno, por allá por el tercer milenio a. de C. sumerios y asirios escribían sobre el barro cocido con un lápiz al que llamaban cálamo. Era una escritura en forma de cuña, por lo que dieron en llamarla escritura cuneiforme. Un importante hallazgo permitió informar acerca de más de 20 mil tablillas del siglo VII a. de C. en la biblioteca real donde los reyes de Asiria tenían talleres de copistas y de conservación. De modo que podemos hablar de una verdadera organización encargada de mostrar el pasado en el futuro.

En Egipto usaron el papiro, así como el rey de Pérgamo, Eumenes, creó el pergamino. Los griegos y los romanos escribieron en cilindros, en rollos.

Los chinos escribían, aún lo hacen los artistas, sobre seda, con pinceles y pigmentos vegetales. También en muchas culturas se escribía sobre huesos, bronce, cerámicas y escamas. En la India, por ejemplo, lo hacían en hojas de palma seca. Y desde hace muchos decenios, el cuerpo humano ha sido soporte de escritura. Es decir, se le puede considerar como un libro gracias al tatuaje. Pero más allá de lo visual, la memoria humana ha sido considerada como un libro viviente.

Del cuerpo y el papel

Desde su aparición sobre la tierra el hombre ha usado el cuerpo para comunicarse. Cuando la oralidad aún no afloraba, usaba las señas con las manos, con las piernas, los ojos, las cejas, todo el rostro. Gruñidos y quejidos emergían de su interior para dar a significar algún malestar o alegría. La palabra articulada trajo los dialectos, las lenguas, los idiomas, que pasado todo el proceso arriba señalado llega con la imprenta de Gutenberg al papel.

El cuerpo quedó atrás, no como soporte de escritura, sino como preocupación significativa. Una vez usado el papel gracias a la tecnología, el libro se hace colectivo, se multiplica y los idiomas emergen para identificar culturas. La traducción facilitó el conocimiento de otros mundos, hasta hoy cuando la informática, la tecnología de punta, abre las puertas de nuevas posibilidades para el llamado libro electrónico, iPod y Ipad. O la tableta o tablet.

El cuerpo se integra al papel, se hace una relación melliza en la medida en que hombre y libro se encuentran: significado y significante, las caras de una sola moneda. La palabra, un universo.

Sobre este aspecto, los escritores Peter Greenway en su novela The Pillow Book, habla del cuerpo como portador de escrituras, de mensajes. Igualmente, Ray Bradbury, en su relato Farenheit 451, hace lo mismo.

Antecedentes de una fiesta

El 6 de febrero de 1926, el último rey de España, Alfonso XIII, le dio cuerpo al Decreto real para crear la Fiesta del Libro Español. Vicente Clavel Andrés, escritor valenciano, fue el de esta idea. La celebración se hizo tan importante que se arraigó en Barcelona y se movió por toda la provincia catalana, hasta que se fundió con el día del patrono, San Jorge (Diada de Sant Jordi), cuando se intercambian flores y libros entre parejas y amigos. Esta tradición produjo el propósito del Día Internacional del Libro el 23 de abril de 1993, cuando la UNESCO tomó la propuesta para celebrar el libro, defender los derechos de autor, fomentar la lectura, la industria editora y la protección de la propiedad intelectual.

Esta fecha recuerda, porque coinciden, los nacimientos de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, así como el de William Wordsworth y al muerte de Josep Pla.

Desde comienzos de este siglo, cada gran ciudad es tomada como Capital Mundial del Libro.

El libro: una nota

El libro revela su importancia porque contiene las palabras, los sonidos del universo. De allí nos viene la cultura. Se trata del instrumento que lleva en su interior no sólo el motivo de consulta, sino de aprendizaje, así como de divertimento. La ciencia, la tecnología, las humanidades, todo el conocimiento humano está en los libros. Las bibliotecas son consideradas por las sociedades civilizadas lugares sagrados, sitios donde el hombre, niños o adultos, puede encontrar sabiduría y paz. He allí su importancia.

Con la llegada de la tecnología más avanzada, se tiene la duda de si el libro de papel desaparecerá. Opiniones encontradas dan fe de que ambas propuestas seguirán vigentes, aunque las nuevas generaciones son poco dadas a enfrascarse en un libro de largo aliento por la rapidez del tiempo en que vivimos. No obstante, existen formas de acercar a los ciudadanos al libro, tanto al de papel o tradicional como al electrónico.

Sea como sea, el libro es una verdadera nota. Un placer que arroja saber y tranquilidad, angustias, alegrías y tristezas. Es decir, todos los sentimientos.

El mundo, el universo todo, está dentro de los libros. Inclusive, lo que no existe está en los libros. Celebrar su existencia es prolongar la civilización. Es hacer del humano una persona más cercana a su interior cálido, vivo y amable. Una sociedad sin libros sería una sociedad primitiva, más violenta que la que tenemos, más idiotizada que la que tenemos, más indolente que la que tenemos.

Celebrar cada año la presencia del libro nos aleja del martirio de la oquedad.

LAS EXTRAÑAS MINIFICCIONES DE PU SUNG-LING

1.-

PuEn cualquier vereda de China se tropieza el caminante con una breve historia. En cualquier camino del mundo, pero sobre todo en la extensa geografía material o espiritual del gran país de Asia, quien se adentre por sus campos y caseríos se verá atrapado por un relato, por un cuento, por una anécdota, por un sueño que se convierte en realidad. Por un bribón que quiere echar una broma y termina muerto por su propia broma.

En estas ficciones mínimas de Pu Sun-Ling, traducidas al español por el sinólogo venezolano Wilfredo Carrizales, el que lee, el que escudriña en las entrañas de cada nombre, de cada espacio geográfico, en cada situación, se ve involucrado y hasta se siente protagonista de las eventualidades reveladas a través de cada trozo que ocupa el espacio de una inteligencia antiquísima y rica en tradiciones orales.

El autor de este libro, quien vivió durante la dinastía Ching (1644-1911), nació en la provincia de Shantung, enclave humano al Este de China, de donde también son oriundos Sun-zu, Confucio y Mencio. Digamos entonces que estamos frente a un fabulador heredero de un denso material ficcional que lo hace merecedor de una traducción como la que ha realizado Wilfredo Carrizales.

Este trabajo fue hecho público por la editorial el perro y la rana a través de la Colección de Clásicos Los ríos profundos, en homenaje al escritor peruano José María Arguedas.

Carrizales hace una traducción limpia, impecable para los conocedores de ambas lenguas. Para quienes no hablamos chino pero sí español y lo escribimos, se trata de unas historias en verdad extrañas, extravagantes, hiperbólicas, a veces, sencillas, otras veces, pero la mayoría de ellas, de las veces, raras, estéticamente atractivas por la manera de decir de quienes participan en cada relato, por la forma de habla que usa el traductor, seguramente atendiendo a la frescura y sencillez con que el escritor chino las inventó o las vivió, porque algunas de ellas son tan cotidianas que nos dejan con las ganas de saber un poco más acerca de lo que podría o pudo haber pasado si la historia se alargara. En otras, el asombro, la sorpresa, el suspenso y la ironía nos zambullen en una atmósfera que invade todos los sentidos, sobre todo el visual, porque la narrativa de este chino es fotográfica, paisajística, pero también anímica, iluminada por la frecuencia del humor de algunos de sus personajes.

2.-

Una constante de los relatos de este libro, pero también de otros que hemos leído de autores de China, conforman un tejido en el que la ironía conduce a la tragedia. La muerte, por ejemplo, acude en auxilio del autor para matizar o darle más fuerza al final dela historia. Los chinos practican este tipo de creación, toda vez que tienen en la contemplación el recurso más cercano para aproximarse a la eternidad. O a lo que ellos creen es la eternidad. Para muchos en esa cultura la eternidad no existe, sólo una raya, una línea, un límite donde comienza el vacío, la paz, el silencio, la muerte. De allí que en estos relatos nos topemos con estas alusiones o afirmaciones: la voz del autor ironiza, hasta se burla, de quienes pasan por la tragedia, pero lo hacen con un humor ingenuo, soterrado, íntimo en el sentido de que no blasfeman. Aunque a veces la ironía va más allá de la blasfemia.

En el entendido de que la minificción es una suerte de entretenimiento, de diversión inteligente, el lector de estos cuentos, relatos, narraciones o ficciones no dejará de preguntarse por qué el autor recurre al final edulcorado, feliz, si se quiere llamar así, para parafrasear al traductor. Digo, entre líneas, hay una especie de maldad en estas aventuras. Una maldad recreativa, extraña, misteriosa, sobrenatural.

En este dinastía, pero centrados en el este autor, los temas son variados. Desde los abalorios de una magia festiva hasta los maltratos que sufrieron las mujeres en esa época. Nada le fue ajeno a Pun Sung-Ling.

3.-

Dos relatos ilustran algunas de las afirmaciones arriba mencionadas: “El enano” (p. 35), y “El piojo guardado”, (pág. 36), que a continuación reproduzco:

Durante la época del emperador Kang Xi existía un mago que portaba una caja de madera en cuyo interior había un enano, quien no medía más de dos chi.

Cuando la gente le regalaba dinero al mago, éste abría la caja y le ordenaba al enano que saliera. El enano ponía los pies fuera, cantaba una melodía y de nuevo se introducía en la caja.

Un día, cuando el mago arribó al distrito de Ye, el juez tomó posesión de la caja y le preguntó al enano por su origen. Al principio, el enano no osó hablar. Pero, luego, ante la presión del juez, empezó a explicarlo todo. Dijo que era miembro de una honorable familia y que un día, al regresar a su casa desde la escuela, el mago lo hechizó. Le había dado a beber una pócima que hizo que le empequeñecieran los brazos y las piernas. Después lo exhibió en muchos lugares.

El juez dio la orden para que mataran al mago a palos.

(***)

Un lugareño m descansaba bajo la copa de un árbol. Atrapó a un piojo, lo envolvió con un papel y lo introdujo en un hueco del árbol.

Dos o tres años después pasó de nuevo por el mismo sitio. Recordó al piojo, miró dentro del hueco del árbol y observó el pedazo de papel con el cual lo había envuelto. Desplegó la envoltura de papel y apareció el piojo, mínimo como el afrecho. Lo colocó sobre la palma de la mano y comenzó a examinarlo. Tras un corto tiempo, la mano empezó a picarle y el piojo se fue hinchando . expulsó al piojo de su mano y se largó.

Sobre la palma de la mano donde había examinado al piojo le brotó un tumor. Día tras día el tumor se hacía más grande, hasta que al final el hombre feneció.

4.

La voz de traductor se escucha para expresar acerca del autor: “En los cuentos maravillosos de Pu Sung –Ling se ponen de manifiesto algunos muy importantes problemas sociales de su tiempo. La descripción del gobierno revela su lado oscuro y cruel, y, en especial, expone la corrupción de los funcionarios medios y bajos, quienes con frecuencia conspiraban con miembros de la nobleza para extorsionar y oprimir al pueblo común: lobos que devoraban a los débiles”. Nada nuevo bajo el sol: la corrupción es tan vieja como el mismo hombre.

Más adelante nos deja saber sobre el sufrimiento de las mujeres de mano de sus maridos, quienes se valían de matrimonios concertados para tener relación con niñas y jóvenes que podían ser hasta nietas de los esposos. Toda una cadena de crímenes que desnudan la vida política y social de su época.

Por estas páginas viajan personajes y costumbres, historias de denuncias, opresiones y dolores que contenían el universo de aquel mundo lejano, hoy puesto a la luz por estas traducciones de Carrizales.

Quedan ahora en manos de quienes puedan leerlas estas minificciones y hacerse de una parte de la cultura de ese país inmenso que se reparte en sus tonos por cada país económicamente civilizado. El rostro de China se aparece a cada instante en el silencio de una diáspora que ya ha comenzado a parecerse al final de los relatos de Pu Sung-Ling.

 

STRAVAGANZA, EL LIBRO DE UN SUEÑO

 

libro1.-

Entonces apareció ante mis ojos nocturnos la imagen de quien hubo de ser parte de mi sangre. De quien es parte de mis huesos. Una palabra atada al tiempo, al pasado y al futuro, a todas las revelaciones de la herencia. Una vieja palabra, dura, pedregosa y antigua: Loreto, suerte de raspadura en el alma. Uno de los apellidos de mi padre, pero que yo llevo oculto en algún lugar silencioso pero sólido y riguroso por los efectos de la costumbre de tenerlo siempre presente.

El sueño, el dolor en la herida de la espalda me hacía creer que una terrible insolación onírica había previsto los signos que servirían para escribir lo que otros muchos libros sobre la cama determinaran.

Digo, sin más extravíos: después de una casi prolongada convalecencia producto de una delicada operación de columna vertebral, comenzó a aparecer en mis sueños un inventario de las antiguas ruinas de Italia, trozos de poemas de Ungaretti, relatos de Passolini, canciones de Massimo Ranieri y Gabriela Ferri, caricias sonoras de Verdi, lenguaradas de Sofía Loren y olores de Pompeya en medio de una gran tragedia volcánica. Era tanta la soberanía de tales cosas que pasaron varios días para que hicieran acto de presencia los sonidos que hoy forman parte de este tomo. Este extravagante evento me condujo a pensar en la posibilidad de un libro que fuera concebido como un homenaje a la sangre, a los huesos y a la intemperie emocional de uno de mis apellidos en la nomenclatura de mi padre, Loreto. Y a tanto dio la pasión por escribirlo que, aún con la cicatriz fresca y punzante y las contracturas musculares, me senté a hilvanar los poemas que hoy están aquí frente a los lectores.

2.-

Luego apareció en escena una pregunta: ¿Y ahora qué hago con estos textos, con estos poemas italianos? Los días se arrastraron con la incertidumbre, hasta que recordé que tengo amigos también cercanos a la querida Italia de mi pasado genético y de ya lejanos viajes adolescentes por aquellas tierras, unos virtuales y otros en tren o por carretera. Recordé a mis primos hijos de un romano querido, mi tío Vincenzo Di Caro, pero también a Carlos Vitale, uno de los mejores traductores del español al italiano y del italiano al español.

En cosa de horas armé el libro y se lo mandé a mi amigo a Barcelona, España, donde vive. Lo leyó y me comunicó emocionado que ese libro había que publicarlo. Buscó a una traductora que forma parte de su equipo de trabajo, a Teresa Albasini Legaz, quien se encargó de hacer una bella y ajustada traducción al sonoroso idioma de Dante, Ungaretti y Montale. Y así llegó desde Milán esta edición verde que me hace sentir orgulloso de llevar tanta sangre revuelta en el cuerpo. Sangre y libro que circulan con la misma alegría y pasión con que soñé escribirlo.

He aquí entonces Stravaganza: un libro escrito en español que suena en italiano. Un libro escrito en este trópico absoluto, como escribió un día nuestro querido poeta Eugenio Montejo, traducido mientras nevaba un día en Europa y se congregaban los recuerdos de un apellido sobre la península itálica.

3.-

Esta crónica, en la que caben todas las novedades de sus lectores, advierte que tiene color personal. No se trata de un adviento, de una consagración primaveral ni mucho menos de un repertorio de divagaciones: es la escritura de un sueño, el nacimiento de un libro que como otros revisa y encuentra los lugares y sonidos del origen, de los orígenes, más allá de perturbaciones arrogantes. Es como dice Gerbasi: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”. En este espacio venimos de un lugar y hacia ese lugar vamos, pero a través de la poesía, de los afectos, de las heridas recientes y de las que ya se cerraron.

Vicente Gerbasi, nuestro poeta mayor, venezolano e italiano, padre y hermano de nuestras voces, está aquí, desde el Vibonati natal de aquel inmigrante hecho poesía, que también circula por nuestras venas.

SOBRE-VIVENCIA DE SOLES

 

Chedid1.-

Entre estornudos leo a Andrée Chedid. Entre sobresaltos del polvo, del viejo polvo de las páginas golpeadas por el tiempo, leo a la poeta nacida en El Cairo pero de sangre libanesa, traída a nuestros oídos gracias a la traducción de Alfredo Silva Estrada. Leo una poesía lejana que se aproxima en estas hojas olvidadas. Una poesía del cuerpo y del espíritu, de la tierra y el aire. Una poesía donde las imágenes permanecen y se mueven para seguir –como un eco- en la memoria.

Agachado, mientras buscaba en mi babel de papel un libro que ahora no recuerdo, volví a tropezarme con Sobre-vivencia de Soles (Ediciones Vertiente Continua, Caracas 1985), empresa editorial en la que Silva Estrada puso todo su empeño para traernos lo mejor de la poesía francesa contemporánea, francesa porque se escribió en Francia, pero de raíces árabes, orientales, arenosas, en este caso.

En Chedid se siente la fiesta del asombro. La vuelta a la inocencia. La poesía salta mientras el silencio se afinca más adelante. Se trata del silencio como sonido, como hoja de ruta de quien se pasea elegantemente por el aire textual y dice:

 

Te doy tres gaviotas

 

La pulpa de un fruto

El gusto de los jardines sobre las cosas

 

La verde estrella de un estanque

La risa azul de la barca

La fría raíz del junco

 

Te doy tres gaviotas

La pulpa de un fruto

 

Alba entre los dedos

Sombra entre las sienes

 

Te doy tres gaviotas

Y el gusto del olvido.

2.-

Un poema de Andrée Chedid hace que el lector regrese al comienzo. Provoca la ilusión de haber leído lo no escrito. Es así como la sensualidad, eso que le añade al cuerpo la sutileza de una voz, desvanece cualquier sospecha de facilismo: la poeta construye el texto con trabajo, como las abejas elaboran la miel. Su laboriosidad se nota en cada verso, en cada sonido colocado para destacar la presencia de un lector. Digo: el poema inventa al lector desde la grandeza del mismo poema. Quien lee sabe que será parte del poema. Quien sabe debe hacerse a la idea de que las palabras que repite ya son parte de su enjambre imaginario. De allí la sutileza, el yo trascendente que hace de la poesía de esta mujer un largo viaje por un mundo sin ataduras. Tal como ofrece éste que ahora pronunciamos:

No hay muros/ Te lo he dicho no hay muros// Estemos donde estemos canto y permanezco/ Estemos donde estemos el presente no tiene edad// Si me despierto con la aurora/Ya estás en mi vida// Estemos donde estemos las fuentes se liberan// El ancla no es del viaje/ Te lo digo.

Es decir, no hay sitio para no estar. La libertad, el amor, el tiempo…estaciones del texto que varían de acuerdo con la presencia de un yo limpio, transparente, hecho para la poesía. Por eso, ha llegado a afirmar: “descifrar detrás de las sombras”.

3.-

En Tierra y poesía, en los “Fragmentos” que contiene ese libro, teoriza y poetiza acerca del oficio que la impulsa a respirar. Escribe: “La poesía no es la presa del poema. / La poesía asedia y se colapsa. Dejándonos más grabados en la arcilla o más liberados de un anillo”.

Define y deja libre el pensar de quien duda: “La poesía sugiere. Por eso está, más de lo que uno cree, / cerca de la vida, -la vida que está siempre más acá del instante que golpea”.

Estas ideas que expresa la poeta nos sirven para confrontar la conducta de quienes creen que la poesía es un acto de inmediatez. Que se “aprende” a ser poeta. Pero no sólo eso, sino que se aprende en un día, como han expresado algunos invertebrados de talleres y canonjías ideológicas, propensos o activados por el populismo.

“La poesía es natural. / Es el agua de nuestra segunda sed”, de allí a la desmesura de ese enanismo fabricante de poetas, un salto mortal. La sed será eterna, porque la poesía jamás podrá instalarse en la nuca de quien la intenta adocenar.

4.-

El poema habla. La poesía silencia. El poema es visible. La poesía, un misterio. Pero también la poesía se sobrecoge, insta a ser ella desde ella misma, desde el dolor, desde la alegría, desde la ausencia, desde la distancia, desde la muerte, desde la tierra perdida. Desde el exilio. Entonces el poema se hace mirada hacia cualquier horizonte. Lo que muestra una ventana es la poesía, lo que nos falta. Lo que perdió la poeta, lo que dejó atrás.

Yo no creo en los naufragios. / Hay una máscara azul al fondo de todos los pozos; / Las portadoras de pan se suceden, / Las vidas se acuerdan de otras vidas.// Siempre quedará una ventana donde asomarse,/ Promesas por mantener,/ Un árbol donde apoyarse. // En algún sitio existe el rostro de nuestra tierra. / ¿Quién nos dirá su nombre?

Decirlo con ella: la crítica, la pasión por el verbo, para dejar sentado que la poesía no es un juego de abalorios ni de egos inflamados: “A veces la palabra/ atropella las rejas del lenguaje”.

Sí, a veces quienes creen llegarle a la poesía terminan chamuscados.

¿Quién que no sea podrá sobrevivir bajo este sol si lleva palabras que no conocen el silencio?

 

ASÍ EN LA VIDA COMO EN LOS LIBROS

Sael  1.-

Me vuelvo personaje con este libro. Escribo en primera persona para poder hacerme de los trece personajes que navegan en esta suerte de obsesión del narrador Sael Ibáñez, quien en esta oportunidad nos visita con Así en la vida como en los libros (bid & co. editor, Caracas 2013). Y afirmo que cada uno de ellos, los personajes, son un solo matizado por anécdotas y acertijos que divagan en la sensatez del que los lee y los recoge en la memoria. Quien escribió este libro ha escrito otros donde la atmósfera del destino incierto, o del destino cierto, porque toda incertidumbre conduce a la certeza, es la base para que la vida de los habitantes de sus páginas pueda expresarse.

Un ligero paseo por la bibliografía de nuestro autor me permite recordar que Descripción de un lugar, A través de una mirada, La noche es una estación y El club de los asesinatos particulares, entre otros, forman un mosaico que podría ser considerado como la novela de Sael Ibáñez.

En medio de los momentos procurados por una década de encierro en dos seminarios católicos, de sensaciones divinas, de imágenes retraídas por las sombras y el movimiento de una vela, por las oraciones y cavilaciones frente a imágenes y miedos, nuestro autor ha ordenado un imaginario donde lo místico, lo religioso y lo literario conforman un gran árbol en el que se resume una mitología personal: Sael Ibáñez es su propio personaje, más allá de que encontremos en la hojarasca de sus relatos referentes alejados de su entorno.

Los personajes de la narrativa de Ibáñez se reflejan en una constante: el destino, ese lugar que se describe y se borra, pero además que se mira de frente o de soslayo en medio de la noche o a través de los días forjados por la realidad: esa esfera en la que se mueven los modelos de Uno, el mismo, pero sobre todo Judas, quien se relata en la repetición icónica de la última cena de Da Vinci. Fue Cristo en una primera versión, pero el tiempo desfiguró su cara y luego se hizo el traidor, el destinatario de la pregunta de Jesús. Fue los dos personajes para la misma escena. Las dos caras de una existencia que se vio en el bien y en el mal.

Rubén Marichal pasa por el filtro de quien lo hace molde de un lector. La relación escritor/ crítico o lector configura el relato Uno y el mismo: Rubén busca drenar su angustia en un escritor importante, quien le aconseja que no se vuelva otro, “si puedes evitarlo”. Finalmente, casi se hacen uno, hasta que aparece la ruptura: no es posible que seamos uno si tú puedes ser tu uno, tu propio yo.

En Los cuentos de hadas no son contados en primera persona, un sujeto escritor se prenda de una mujer, de una mujer casada con un promotor de encuentros culturales. Susana Risky, la esposa de Héctor Caviglia, en la espesura de tantas reuniones, logra atrapar al personaje y lo cautiva, hasta el punto de llevarlo a escribir el relato que ella desea, o el relato que ella supone será ella. El joven escritor entiende que ha sido usado como un conejillo, hasta que se aleja y entiende que también del dolor se pueden revelar hallazgos. La mujer, el amor, la lealtad, la infidelidad, el mundo quebradizo. Una pregunta queda en el aire a mitad del cuento: “¿No será probable que venimos a este mundo para aprender un arte definitivo: el arte de saber ser débil?”.

2.-

He perdido la primera persona. La recupero ahora. Soy parte del libro. Soy el libro Ibáñez. Soy un engaño, un reflejo. Pero intento ser lector, no cómplice de los sujetos o fantasmas que hacen líneas en estas aventuras, sino de las historias que están detrás de la simulación, de la creación.

Un relato sin retorno fabrica a un tipo que lee su propio desarraigo. Un posible regreso a su interior. Vuelvo con él a ese lugar anunciado en las últimas líneas del cuento. Me creo un paisaje, pero como él es paisaje también intenta volver a su yo, a su misterio personal. A su realidad, a su ficción. De allí que al final afirme: “…comprendí que no hay lugar más lejano adonde marcharse que irse al fondo de sí mismo, a ese final de mundo donde solo convive uno consigo mismo. Ahí me fui, a la espera de que mi corazón se rompiera o se hiciera de bronce”. Desaparezco con la anécdota. Busco otra en Nicolás Petrini, otro escritor, otro lector quien se hace libro mientras lee. O mejor, “tuvo la familiar sensación de que era como si el autor escribiera para él o como si lo leído hasta ese momento pudo haber sido escrito por él mismo”. Cada vez que escribía veía su historia en otras páginas. En Todos los libros ni un libro, el personaje está signado por el azar: él es, pero lo que escribe no. Deja de escribir: abandona la afición, suerte de ambiente maldito que lo condena ser un ladrón de imágenes, de historias, de libros ajenos.

La fatalidad rodea a Frank. El pobre hombre pasa por nuestros ojos, por los míos. Pasa y se queda en su miedo: todo lo que escribe se convierte en realidad. No puede pensar mal de alguien porque ese alguien será sujeto de crisis, muertes, dolores, etc. Maldición que lo lleva, en el cuento Asesino de sí mismo, a ser su propia víctima. En un lapso de su vida encuentra la felicidad con una mujer, pero comienza ver detalles en ella, hasta que la borra de la existencia. Queda solo, aturdido y lo acosa una enfermedad que él mismo había imaginado en su deseo de desaparecer.

Es bueno decir que en la mayoría de los relatos de Sael Ibáñez el narrador participa como un apósito. Es decir, interviene en el destino o no de los personajes. Está entre el lector y la ficción. Ejemplos sobran: “El narrador, quien conoce al hombre…”, “El narrador imagina que debió de recordar…”, “El narrador acepta que él no pretendía…”. Digamos que es un narrador intruso, fisgón, entrometido, que guía o desvía los pasos de quienes respiran en sus materiales narrativos.

En Suertes trocadas se repite el tema: un hombre acosado por su vida secreta se llena de preguntas, cuyas respuestas o silencios lo llevan a la desgracia. Pero es en una Historia ficticia donde el hecho literario es el canon que vitaliza este libro: el azar, la casualidad y de nuevo el dolor. Edmundo Lara escribe un libro con un personaje femenino: Doris Izquierdo. Resulta que el personaje existe, sin él saberlo, con el mismo nombre, la misma fisonomía, el mismo modo de comportarse. Ella lee el libro, busca al autor y establece una relación física que lo trastoca, porque la realidad era un sueño. O el sueño era una realidad en la que dos sujetos se encuentran y se separan porque no son el molde que se creía, aunque ella haya afirmado: “La realidad es lo de menor. La hemos vivido durante algunas horas, pero el sueño es más largo y es lo que nos une”.

3.-

Qué manía perder la primera persona en esta madeja de relatos sobre escritores, sobre ficciones que arrastran la personalidad del lector. El club de los asesinatos particulares me regresa a una vieja lectura convertida en nota. Sael Ibáñez ya había publicado un libro con ese título y ha escogido el cuento que le dio nombre para incluirlo en este nuevo tomo. Decía hace tiempo de Thomas de Quincey por su conferencia Del asesinato considerado como una de las bellas artes, y también destacaba la influencia de otros textos de aquel viejo trabajo en el que las crueldades conforman el mapa ficcional. Un aspirante a ingresar a El Club de los Asesinatos Particulares habla con un Maestro en la materia. Le pide consejos. Finalmente el lector descubre a Ambrose Bierce como referente de la historia. El autor de El Diccionario del Diablo no habla, pero da a entender que aún ya ha llegado al estadio de cometer crímenes, crueldades, dolores. De allí su maestría en dar consejos acerca del oficio.

Castor Medianus, ya el apellido lo dice, transita la mediocridad. Es un escritor mediano. Su destino está marcado por “sus miserias y sinsabores”. En este relato el autor dialoga con el relato mismo: “Desdeñaba la claridad; aborrecía, si se quiere, todo lo apolíneo. Por el contrario, seguía como tantos al depredador de la mitología, al dios Dionisos. (Aquí y ahora se impone una aclaratoria: no estamos forzando alegremente el guión de este relato, como podría pensar el lector…”.

Así en la vida como en los libros, el texto que da nombre al volumen, es también un juego de imaginación en el que el narrador fija a un escritor que imita a los escritores que lee. Hasta que logra forjar un estilo propio. En medio de su labor, “él mismo llegó a apreciarse como un texto que comenzaba a ser escrito”. Animado por la religión, tuvo experiencias místicas que lo alejaron de “las francachelas y desmesuras” para dedicarse a la escritura, pero más le “interesaban los libros que el libro”. Una vez lograda cierta notoriedad, se fue un bar de mala muerte donde fue asesinado. Fue protagonista de una ficción que se hizo realidad a través de un navajazo.

El texto que cierra el libro de Sael Ibáñez, La máscara de mi vida, vuelve a la relación entre escritor y crítico. Tanto escribió el crítico sobre un escritor que el crítico fue el celebrado, mientras el escritor pasó a un segundo plano. El celebrado fue el crítico. El narrador, un simple espectador. El desprecio forma parte de esta historia.

Vuelvo a la primera persona para finalizar. Leído el libro, no dejo de pensar en esos personajes. No dejo de pasar por el trago amargo de la ficción convertida en realidad.

EMERGENCIAS

1.-

EmergenciasEntre Jorge Carrión y Juan Villoro se debaten 12 narradores jóvenes iberoamericanos. Entre esas dos experiencias se anuda este libro donde el cuento nada en aguas que se encuentran en un delta. Emergencias (Editorial Candaya, Barcelona, España, 2013) es una suerte de sala de atención en la que cada autor se somete a la auscultación de los lectores. O mejor, al diagnóstico de quienes se han quedado unas horas frente a sus páginas.

El catalán abre la puerta con un prólogo donde habla y teoriza sobre el cuento, mientras el mexicano cierra con el relato de su relación con Augusto Monterroso durante un taller en el que aprendió las trampas, técnicas, sabores y sinsabores de la literatura, en este caso del relato corto.

Así emergen Carolina Bruck (Argentina), Ramón Bueno Tizón (Perú), Wilmer Cabrera (Colombia),  Mariana Font (Uruguay), Antonio Galimany (Argentina), Carlos Gámez Pérez (España), Yannick García (España), Jari Malta (Uruguay), Mónica Ojeda (Ecuador), Álex Oliva (España), Eduardo Ruiz Sosa (México) y Tomás Sánchez Bellocchio (Argentina), quienes formaron parte del Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y cuyos profesores fueron Carrión y Villoro.

2.-

Este libro de reencuentros (porque en el pasado ya hubo encuentros exitosos) resume temáticamente una crisis, la del ser humano frente a sus propias realizaciones, frente a los referentes que lo copan y lo ocupan. De reencuentros porque, una vez más,  no es la primera vez que narradores –en este caso cuentistas- españoles y latinoamericanos se atan a un cordón umbilical para refrendar la lengua, para hacerla más cercana o para disipar distancias.

Emergencias es, como alguien afirmó, una urgencia, una aventura ficcional, diría yo, que abre la posibilidad de que emerjan de estas páginas uno o varios narradores que refundan la estirpe del contador de historias, que propicie una nueva navegación, un espacio nuevo en medio de los cambios que se han suscitado tanto en España como en América Latina. No es la misma España que catapultó al García Márquez de Cien años de soledad, a Fuentes, a Onetti, a Cortázar o al otrora joven Vargas Llosa, hoy en la cresta de la ola. América Latina no es la misma de esos prominentes nombres. Son dos países sumergidos en varios acentos que cuentan, relatan e historian sus crisis, sus angustias, sus distancias, sus diferencias y sus cercanías, pero también el poco conocimiento actual de uno y de otro. Emergencias porque la sala de atención precisa de alguien que diagnostique la necesidad de saber hacia dónde conduce cada uno su manera de decir, de escribir, de vivir o de morir. En este caso el protagonista para tal evento será el lector. He allí entonces el temario, variopinto, rico en posibilidades. Desde los problemas vecinales, familiares, conyugales, citadinos, urbanos, parroquiales, comunales, hasta las diferentes crisis que proponen las nuevas tecnologías y los asuntos puramente humanos, tan comunes como el hombre mismo.

3.-

Abrir y cerrar el libro, los ojos de estos relatos breves que inclinan al lector a sacudirse la modorra de otras costumbres, entre ellas la de verse el ombligo y hacerse el invisible a la hora de saberse españoles o americanos de habla española. Allí está la locura relatada por Eduardo Ruiz; la clase media como problema o los problemas de una clase que casi no es media, como lo establece Sánchez Bellocchio. La tragedia de la migración por asuntos económicos o culturales en la voz de Wilmer Cabrera. La crisis, el horror de quienes tienen que traspasar las fronteras de los Estados Unidos y sobrevivir en una sociedad complicada, según Bueno Tizón. La visión de mundo de Carolima Bruck a través de la pantalla del cine. El uso y abuso de las redes sociales vistos por Jari Malta. Carlos Gámez y su tratamiento de la televisión por cable. Yannick García y el enciclopedista Diderot. Mariana Font y la búsqueda insistente de nuevos referentes. Y así, una experiencia literaria que une dos aguas, dos turbulencias que a la larga terminarán haciéndose un delta de voces, de sorpresas, de crisis si la consideramos como posibles nuevas revelaciones, descubrimientos, decepciones o palpitaciones emocionales.

Una emergencia que tiene como pacientes a quienes esperan abrir con impaciencia la primera página y respirar profundo al llegar a la última.

¡QUÉ SERÍA DE NOSOTROS SIN SANCHO PANZA¡

Sancho

 1.- Me permite el amigo Alonso Quijano hablar en nuestro cómodo mayestático, por no sentirnos solos, toda vez que seguimos cabalgando con Sancho, el insigne escudero de quien continúa atravesado en la garganta de los déspotas. Y lo hacemos seguros de que este año cervantino para algo debe servir: Sancho sigue amenazado por el silencio de quienes sólo lo ven y lo sienten como el complemento de Don Quijote. Quienes así piensan, trasgreden la atmósfera de la lujosa dicotomía ofrecida por la obra máxima de nuestra lengua. Ciertamente, se complementan, por lo que nos lamentaríamos si Sancho Panza no hubiese alcanzado el grado de madurez que le hace falta a los lectores. ¡Qué sería de nosotros sin Sancho¡ Sin Panza no hay Quijote, al menos el que sabemos tenía en el del borrico el mejor de los interlocutores. En una lejana conversación con Buenaventura Piñero, en la llanura también manchega de Calabozo, de cuyo nombre me acuerdo todos los días, el desaparecido profesor del Pedagógico de Caracas comentó que la tensión dialéctica contenida en El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Cervantes supo darle cuerpo a la contradicción, que es donde radica el complemento. De modo que el escudero no sólo siguió a un desquiciado: supo depositar en el Caballero de la Triste Figura -ofrecimiento aparte de la gobernación de la ínsula Barataria- la comprensión de ese mundo visto por dos campesinos: uno letrado, agobiado mentalmente por el exceso de lecturas, otro “de poca sal en la mollera”, pero apegado a lo que sus ojos miraban. Piñero es autor del libro editado por el Pedagógico (Caracas, 1976), Devenir social de Sancho Panza, donde hace un estudio del escudero cervantino. Así como Don Quijote tiene quien le escriba, Sancho también ha merecido muchísimas páginas.

2.-

A veces es Sancho quien desde su silencio nos interroga, nos coloca en nuestro sitio. Hemos sido quijotes desde la mirada zoqueta de quienes se creen quijotes, sobre todo los que amagan y se sujetan la hebilla para sostenerse con la grasa abdominal los gases acumulados. Pero nada, Sancho nos pasea sin abrir la boca: mira de soslayo mientras talonea las costillas de su jumento. Don Quijote, por su parte, nubado el reseco seso, mira gigantes, se pelea con cabreros y venteros, se luce con un león y hasta se da el lujo de regresar de la locura para agradecerle a Sancho haberlo acompañado. Y en el tránsito de hechos anteriores, y aún mientras esta última parte ocurre, el escudero afina su “programa social”, con el cual haría gobierno justo para los labradores, “limpiar esta ínsula de todo género de inmundicias y de gente vagabunda, holgazana y mal entendida…la gente baldía y perezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Guardar sus preeminencias a los hidalgos…premiar a los virtuosos, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos”. Así, en esos diez días de gobierno “quitaré estas cosas de juego que a mí se me trasluce que son perjudiciales…”. Es decir, como afirma Buenaventura Piñero, Sancho era muy coherente con su dialéctica natural, de la cual ningún gobernante de aquellos y estos tiempos ha querido aprender. Los consejos democráticos de Don Quijote a su escudero bien valen ser libro Mantilla para los poderes del trópico, nido de zánganos y fabladores de pienso. “…que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres, que la hambre y la carestía. No hagas muchas pragmáticas; y si lo hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan”. Citado por Piñero, Lúdovik Osterc añade a tanto Quijote estudiado: “…el improvisado gobernador lleva a cabo tan sólo la parte progresista de su programa, y deja de cumplir con la parte conservadora –prerrogativas a los hidalgos y religiosos- convirtiéndola de tal suerte, en asunto puramente declarativo, que empero, desempeña papel de amparo a manera de las reiteraciones de ortodoxia, que Don Quijote se apresura a expresar después de cada una de sus arremetidas contra los sacerdotes frailes o la Iglesia en general”. Que no digan por allí los nuevos bachilleres que Sancho y su panita Alonso fueron domesticados por la sociología del desperdicio, porque esa no existía. De tanto leer libros se le secó el seso a Alonso Quijano, pero a punto de pasar a la inmortalidad se “sanchificó”, mientras el escudero se “quijotizó”. Es decir, la dicotomía fue sólo en el momento de la agonía, porque Sancho se quedó solo con las aventuras de su amo. Soñador, vagabundo en su justicia, sigue sobre su burrito, cabalgando con nosotros.

3.-

En el libro de Piñero, el autor destaca que “La simpleza de Sancho es harto conocida desde los inicios de su función como perspectiva literaria”, y cita la fuente cervantina: “La verdad sea, respondió Sancho, que yo no he leído ninguna historia jamás, porque no sé leer ni escribir” (capítulo “El devenir dialéctico”, pág. 59). Más adelante, el escudero, añade: “¡A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes”. Estas expresiones de Sancho Panza nos aproximan a la naturaleza del personaje, de quien el investigador apunta que a este sujeto literario “le acompaña su sentido natural, despierto y dócil –o “fócil” como se diría él mismo- amén de las alforjas repletas de sabiduría popular, desgranada en refranes”. Sobre Sancho una duquesa llegó a expresar: “…bien parece Sancho que habéis aprendido en la escuela de la misma cortesía. Bien parece, quiero decir, que os habéis criado a los pechos del señor Don Quijote, que debe ser la nata de los comedimientos”, o “vos tenéis razón Sancho, dijo la duquesa, que nace enseñado y de los hombres se hacen los obispos”. Esta idea precisa que Don Quijote estaba haciendo a Sancho en la medida de su sabiduría, de esa locura que lo hacía ver más allá de la realidad, es decir, de lo que sus ojos veían. Suerte de imaginario que pese a no ser creídos por el escudero terminaron sensibilizado y respetando los pasos del obstinado Alonso Quijano. Don campesinos, dos maneras de ver el mundo. La de Sancho desde la ignorancia libresca. La de Don Quijote desde la ignorancia de realidad, toda vez que había perdido el seso de tanta imaginación. Estas dos ignorancias se encuentran y hacen posible la existencia de dos sujetos literarios, de dos tesis filosóficas. En fin, Sancho Panza cabalga sin descanso al lado de su señor, con la mirada puesta en el paisaje de la realidad, advirtiendo al Caballero de la Triste Figura de las trampas que esa realidad pueda colocarle en los vericuetos de la fantasía. La locura es también la realidad que Sancho advierte desde su ingenuidad, desde la gobernación de su ánimo, de su lealtad. ¿Cuántas veces hemos sido sorprendidos por la sabiduría de nuestros sanchos, impuestos por los accidentes de la existencia y la naturaleza frente a quienes se revelan hacedores de fábulas? ¿Cuántas veces no descubrimos a nuestros abuelos afanosos en el tiempo de aquella realidad, envueltos por los misterios creados por ellos mismos? Muchas veces eran Sancho y Don Quijote en un solo cuerpo, en una sola memoria. ¿Qué habría sido de ellos sin el Sancho que llevaban en el alma? Entonces Don Quijote, la otra cara de su fabulación, cabalgaría solo, abandonado por la llanura de La Mancha de nuestra pobre nacionalidad, sin alguna Dulcinea que nos caliente la cama o la imaginación.

FRONTERA SIN CALAVERA PARA VER EL ANOCHECER

Nicanor ParraEn un viejo poema que gusta y regusta por su manera de decirnos que no tenemos razón o que ésta casi nunca llega a tiempo, el antipoeta chileno Nicanor Parra nos adentra en la sinrazón de un texto que lima y hace más áspera la realidad:

“Hay fantasmas y espectros en ambos casos/ en ambos casos corre mucha sangre/ sí señor/ hijos que se revelan contra sus progenitores/ etc., etc., / personaje difuso/ con + trazas de Hamlet que de Telémaco me parece a mí…” Aquí corto el poema para decir, para dirigirme a mis amigos, paisanos y hermanos de Colombia: romper relaciones diplomáticos o comerciales no significa haber roto los poemas que hemos escrito, que hemos sudado y sangrado. Significa que nuestros poemas estarán más llenos de angustia, de licores, de dioses, de sombras y luces, risas y tristezas. Será lo mismo, siempre es lo mismo. En ambos casos, Colombia y Venezuela, hemos sido la misma piel, la misma saliva de los amores, el mismo plasma de la herida, el mismo paso por la frontera. En ambos casos somos muertos que traspasamos la niebla de los Andes, a pie, en avión, a caballo o ateridos por la herencia de esos fantasmas y espectros que nos acosan. ¿Qué importa entonces que alguien, enfermo de notoriedad, de gloria de alkaseltzer nos rompa el mapa en la cara y quiera salir en carrera? Nada, siempre ha corrido mucha sangre en ambos casos, pero las cicatrices nos han hermanado. Es decir, nunca ha habido odio ni rabia que supere el miedo de quien sintió que Cúcuta y san Antonio del Táchira iban a caerse en trompadas. Personaje difuso quien se atreve a amenazar con tanques, con insultos, con la baba del terror, con la inquina de un veneno comprado en una esquina de dementes.

Y sigue el poeta en otro poema que no es el mismo pero que tiene el mismo pellejo agujereado:

“Basta mirar el sol/ a través de un vidrio ahumado/ para ver que la cosa va mal, / ¿o les parece a ustedes que va bien?// Yo propongo volver/ a los coches tirados por caballos/ al avión a vapor/ a los televisores de piedra// Los antiguos tenían razón: / hay que volver a cocinar a leña”.

En este tramojo verbal, donde quien grita desde una pantalla o desde una ventana palaciega que lo van a matar, que le van a quitar la camisa, que lo van a invadir, que le tienen miedo y a raíz de todo eso amenaza con dejar en enviar petróleo a su cliente mayor, que perseguirá a los opositores, que terminará definitivamente con Colombia. Mire usted, paisano, romper nada, que la frontera sigue intacta.

A todas estas, más allá del compañero Nicanor Parra y hermanados con el barro colombiano, el hombre que alza el puño se queda mudo ante la fuerza de los ríos, la brutal presencia de los truenos, la frecuente revelación de las mareas del Pacífico. Quédanos decir que estamos de acuerdo con la idea de que la frontera colombo-venezolana es parte de nuestra piel, de nuestros párpados, de nuestros genes.

No es Hamlet el que espera del otro lado con una calavera en la mano. Es un colombiano sonriente con una botella de ron, con una buena cerveza, con un tinto, con un abrazo para darle en la cara a la sinrazón.

La violencia forma parte de la demencia del poder. Quien quiere el poder de esa manera termina en silencio. Colombia y Venezuela somos hermanos siameses. Hijos del mismo vientre. Paridos con sangre y mucha fuerza. Nadie podrá romper ese cordón umbilical.

La boca del poder insultante jamás podrá deshacer el tejido de nuestra frontera terrenal y afectiva.

Con un poema basta para borrar los gritos, el miedo de quien se cree todopoderoso.

Hamlet, el de Shakespeare, el de Nicanor Parra, dejó la calavera a un lado. Ahora trae poemas, libros, cantos, danzas, palabras, muchas palabras para hacer posible lo que militares y abusadores no han podido lograr, que la amistad sea más sólida y fructífera.

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