Textos, crónicas, su poesía y otros asuntos

Alberto Hernández y la clase media en setenta poemas

In Uncategorized on julio 30, 2010 at 12:14 am

por Miguel Marcotrigiano

Entre las variopintas clasificaciones en las que se puede organizar a los poetas, hay una que en especial siempre ha captado mi atención: aquella que los divide en dos grupos con características distintivas en lo referente a cómo pueden ser percibidos por la crítica especializada, pero que esta nunca menciona porque definitivamente puede ser considerada ofensiva por estos aedos y por quienes los siguen. Por un lado están aquellos que, pese a ser conocidos por todos debido a su “fama” o a las invitaciones de que son objeto, o a ciertos premios “oficiales” y otros no tanto, o a razones más del azar o la amistad; lo cierto es que de una u otra manera, tenemos años escuchándolos como poetas que son, aunque su trabajo esporádicamente, muy esporádicamente, demuestre una calidad a toda prueba (lingüística, formal o en originalidad, por lo menos). Los otros que completan esta división, son poetas igualmente reconocidos como tal, digamos, por sus años de ejercicio, y que, a pesar de que la crítica y el público lector de poesía en general reconozcan la calidad de sus libros, permanecen en una suerte de anonimato debido a distintas razones.

A este último rubro pertenece Alberto Hernández, un poeta con una labor silenciosa, que no hace aspavientos, casi un desconocido. Yo, personalmente, supe de él cuando acudió a uno de los tantos proyectos editoriales alternativos de los noventa (Ediciones de la Casa de Asterión), que yo mismo coordinara, para publicar su Intentos y el exilio, de 1996.

Larga es la lista de libros hechos material (papel y tinta), del poeta que hoy nos convoca. Comienza con La mofa del musgo, publicado en el año 1980, y finaliza con estos 70 poemas… Todos sus libros editados hasta el 2008, están recogidos en El cielo cotidiano. Poesía en tránsito, del mismo 2008 publicado por la, para mí, legendaria Ediciones Mucuglifo.

No puedo decir que soy amigo personal de Alberto Hernández y esto me causa complacencia en este momento, pues pone en distancia la posibilidad de que mis palabras sean simple alabanza para el amigo que escribe. Me vanaglorio de que en mi trabajo Las voces de la Hidra. La poesía venezolana de los años 90 (Caracas/Mérida, 2002), la gran mayoría de poetas allí revisados los he conocido mediante su palabra lírica y no en persona, ya que esto me coloca en una posición privilegiada: puedo hacer uso de lo que yo estimo “objetividad”, aunque esta, en estado puro, no exista. Entonces, me complace doblemente escribir estas pocas líneas sobre el libro de un autor que valoro por su trabajo y no por las cervezas compartidas.

Pero volviendo al libro que nos ocupa, lo primero que se precisa decir es que su título nos lleva obligatoriamente a finales de la década del 70, cuando apareció 70 poemas stalinistas, del Chino Valera Mora, específicamente en 1979. Estos otros 70, los burgueses, obviamente dialogan con ese otro libro, a ratos de forma más enfática; por ejemplo, cuando leemos “Oficio impuro” (Hernández, pág. 16). Pero basar la lectura de este nuevo trabajo de Alberto Hernández sólo en este diálogo, constituiría un craso error. No sólo el tinte político y social es el tema que puede seguirse en una lectura que, en tal caso, resultaría incompleta.

El libro está organizado en cuatro partes: “Perfil de lujo”, “Otros asuntos”, “Poemas de un sujeto que sueña con tornillos” y “Epílogo”, cada una de las cuales posee diversa cantidad de textos (veintitrés, veintiséis, veintitrés y uno, respectivamente, para sumar setenta y tres poemas). La “trampa” numérica contenida en el título, derivará también en una trampa temática. “Burgués” o “stalinista”, son adjetivos acá para calificar lo mismo: al hombre de la sociedad, engañado no sólo por su creencia política, sino fracasado en la misma por su condición humana. Da igual que el burro sea negro o gris. Su esencia rebasa el color. Cabría decir: ¿sospechamos de un político por ser de izquierda o de derecha, o por el simple hecho de ser un político?

Lo cierto es que este 70 poemas burgueses es hijo de estos años, es engendrado por la sombra que hoy nos cubre. Un libro político, sí, en el mejor de los sentidos; y social, también con perspectiva positiva. Se sumergen los textos, y nos hunden con ellos, en una cotidianidad colectiva y personal, a un mismo tiempo. Y emergen luego, y nosotros junto a ellos, hechos poemas donde la banalidad es, a la vez, una virtud y una búsqueda.

El discurso que lo atraviesa va de la mano de una cierta frivolidad, presente en el individuo perteneciente a una sociedad que no termina de hacer pie. Su superficialidad denuncia por igual y mide con el mismo rasero al (son estos ejemplos actuales) opositor a un gobierno falsamente socialista, que está desesperado por valerse de su viveza para poder viajar al exterior y “raspar el cupo”, que al “patriota” rojo que se babea por pisar el mágico mundo de Disney, gastar un dinero que nunca ganó con su esfuerzo y desfallece por lograr una foto al lado de un desproporcionado ratón Mickey o de una pata Daisy. Individuos de una clase media cultivada a fuerza de costumbre o inventada de la noche a la mañana con el sudor… pero de los otros.

Por supuesto, no había otra forma de denunciar una realidad tal sino a través de unos signos ocultos en marcas comerciales, títulos de películas hollywoodenses o de canciones en inglés, fundamentalmente. ¿La forma del discurso?, la ironía o el amargo sarcasmo. Un poco de humor fino para poder trasegar la bilis que nos empaña el día. El día… el día a día que nos ocurre, que su burla de nosotros, que nos integra a la pantalla del televisor o del cine, desde donde somos rescatados por el poema. Este, siempre nos salva… o, al menos, nos cubre temporalmente. Nos protege de una intemperie tóxica que proviene más de nuestras entrañas y de nuestras almas, que de un exterior que creemos amenazante.

Saludo esta nueva publicación de Alberto Hernández que bid&co ha dado materia en papel, en una colección que –debemos decirlo– inscribe el nombre de este buen poeta, entre tantos otros poetas buenos. La posición del adjetivo, antes o después del sustantivo (es sabido por todos), a veces engalana, pero en otras oportunidades hace justicia.

Pza. Altamira/Festival de Lectura/22 de noviembre de 2014

Galina, su luz, sus puertas

Nicolás Soto

‘expliquai mes sophismes magiques avec l’hallucination des mots/Arthur Rimbaud

Los seres del privilegio avizoran universos ignotos y panoramas vedados al resto de los mortales. A través del sortilegio del pensamiento enarbolan hitos hasta entonces desconocidos. Pero, no nos pretendamos excluyentes. A lo mejor todos los humanos gozamos de algún privilegio inconfundible. El reto consistiría en proyectarlo y, así, lograr el reconocimiento del prójimo. Que se nos singularice en nuestro comercio específico es vocación y llamado.

Puertas de Galina es un recorrido a través de claroscuros, escalando umbrales, porque una puerta abre el temor / y el tiempo lo sabe. El verbo se convierte en un ariete de trashumancias, permitiéndonos aprehender geografías, ires y venires, tiempos y sueños, pesadillas y plasmas de nomadismo. Alberto Hernández lo resume en el último verso de su obra: El mundo se rompe bajo mis pasos.

Me desdigo. Excluyo ex profeso a los paladines de la ambición, a los alejandrosmagnos y napoleonesbonapartes de la Historia, galanes hidropónicos del derramamiento de sangre. ¡Llévatelos, Mandinga! Más bien reivindico a los héroes del conocimiento y a los paladines de la sensibilidad. Mi Olimpo incluye indistintamente a Galileo y a Leonardo, a Newton y a Shakespeare, a Madame Curie y a Marguerite Yourcenar, a Rafael Rangel y a José Antonio Ramos Sucre. ¿De eclecticismo acomodaticio hablamos? ¿O de visionarios de un Grial polivalente?

Asumamos, pues, la túnica del iluminado apto para mondar la esencia subrepticia de las cosas tangibles y de las inmanencias del espíritu, y habremos develado el misterio poético. ¿Por qué el talismán del verbo dota a los poetas de esa aura a ratos mítica (o mística), y otras veces más familiar que un amuleto doméstico?  La lengua, cualquier lengua en suma, se reviste mediante la poesía de donaires pertinaces para fungir de portal al gran idioma, según aseguraba Carlos Monsiváis.

He aquí a un poeta nuestro, Alberto Hernández, convidándonos a trasponer unos umbrales donde La resurrección entra y sale por los ojos/ de la estatua. Galina va y viene en un periplo de salmos, al garete de sombras castizas arrastradas desde el Medio Oriente y fluyendo, como punto de espasmo, como sombras empujadas hacia el río Tiznados.

Los pórticos van quedando atrás, uno tras uno, transfigurando desvelos y paisajes, desenhebrando melancolías, sudando agonías y conjurando a la bestia que agotó el hueso de la muerte. Ya consumidos los senderos, el rechinar de los goznes de los postigos secretos de Galina y Salamanca, en sucesión de silencios, nos permiten paladear el impudor del ethos poético de Alberto Hernández, puerta a puerta, verso a verso.

Yo sabía que Alberto Hernández pertenecía al cosmos de los visionarios. Cuando éramos monaguillos, allá en nuestra Valle de La Pascua natal, solía ensimismarse en mutismos desbordados. Al recobrar el habla, tras un aluvión de certeros latinazos impuestos por la liturgia romana de aquellos ayeres, Alberto nos guiaba en romerías de metáforas. El poeta de alto coturno en ciernes delataba precocidades: para hablar basta el silencio, / en sus pasos seguros, vibraciones. Poeta naciste, poeta morirás. Poeta de pasadizos y portones concediendo entrada a una atalaya irrebatible, muy tuya.

 

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