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Galina, su luz, sus puertas

In Uncategorized on julio 30, 2010 at 12:14 am

Nicolás Soto

‘expliquai mes sophismes magiques avec l’hallucination des mots/Arthur Rimbaud

Los seres del privilegio avizoran universos ignotos y panoramas vedados al resto de los mortales. A través del sortilegio del pensamiento enarbolan hitos hasta entonces desconocidos. Pero, no nos pretendamos excluyentes. A lo mejor todos los humanos gozamos de algún privilegio inconfundible. El reto consistiría en proyectarlo y, así, lograr el reconocimiento del prójimo. Que se nos singularice en nuestro comercio específico es vocación y llamado.

Puertas de Galina es un recorrido a través de claroscuros, escalando umbrales, porque una puerta abre el temor / y el tiempo lo sabe. El verbo se convierte en un ariete de trashumancias, permitiéndonos aprehender geografías, ires y venires, tiempos y sueños, pesadillas y plasmas de nomadismo. Alberto Hernández lo resume en el último verso de su obra: El mundo se rompe bajo mis pasos.

Me desdigo. Excluyo ex profeso a los paladines de la ambición, a los alejandrosmagnos y napoleonesbonapartes de la Historia, galanes hidropónicos del derramamiento de sangre. ¡Llévatelos, Mandinga! Más bien reivindico a los héroes del conocimiento y a los paladines de la sensibilidad. Mi Olimpo incluye indistintamente a Galileo y a Leonardo, a Newton y a Shakespeare, a Madame Curie y a Marguerite Yourcenar, a Rafael Rangel y a José Antonio Ramos Sucre. ¿De eclecticismo acomodaticio hablamos? ¿O de visionarios de un Grial polivalente?

Asumamos, pues, la túnica del iluminado apto para mondar la esencia subrepticia de las cosas tangibles y de las inmanencias del espíritu, y habremos develado el misterio poético. ¿Por qué el talismán del verbo dota a los poetas de esa aura a ratos mítica (o mística), y otras veces más familiar que un amuleto doméstico?  La lengua, cualquier lengua en suma, se reviste mediante la poesía de donaires pertinaces para fungir de portal al gran idioma, según aseguraba Carlos Monsiváis.

He aquí a un poeta nuestro, Alberto Hernández, convidándonos a trasponer unos umbrales donde La resurrección entra y sale por los ojos/ de la estatua. Galina va y viene en un periplo de salmos, al garete de sombras castizas arrastradas desde el Medio Oriente y fluyendo, como punto de espasmo, como sombras empujadas hacia el río Tiznados.

Los pórticos van quedando atrás, uno tras uno, transfigurando desvelos y paisajes, desenhebrando melancolías, sudando agonías y conjurando a la bestia que agotó el hueso de la muerte. Ya consumidos los senderos, el rechinar de los goznes de los postigos secretos de Galina y Salamanca, en sucesión de silencios, nos permiten paladear el impudor del ethos poético de Alberto Hernández, puerta a puerta, verso a verso.

Yo sabía que Alberto Hernández pertenecía al cosmos de los visionarios. Cuando éramos monaguillos, allá en nuestra Valle de La Pascua natal, solía ensimismarse en mutismos desbordados. Al recobrar el habla, tras un aluvión de certeros latinazos impuestos por la liturgia romana de aquellos ayeres, Alberto nos guiaba en romerías de metáforas. El poeta de alto coturno en ciernes delataba precocidades: para hablar basta el silencio, / en sus pasos seguros, vibraciones. Poeta naciste, poeta morirás. Poeta de pasadizos y portones concediendo entrada a una atalaya irrebatible, muy tuya.

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