POÉTICA DE NICASIO DUNO
1.-
¿En qué cuadro de Nicasio Duno no caben los duendes del poeta Rafael José Álvarez, si ambos, pintura y poema, son parte de un mismo misterio? ¿En qué instancia de la mirada es posible encontrar una inquieta criatura, si es cotidiana la travesura de salir y entrar de los libros y hacerse trazo y color en los cuadros de gran formato del pintor de Churuguara?
La noche cuelga de un árbol -del genésico- que Nicasio suele regar desde la ventana de su imaginario. Y así, entre la bruma y la fábula, el poeta Álvarez emerge pequeñito, lleno de luces para hacerse personaje del silencio del pintor, escondido en los bolsillos de alguien que vela desde el bosque la llegada de lo invisible.
Uno, a medio andar en la locura, se acerca a Sueño bajo la lluvia de oro, y un escalofrío emerge de la lectura de Trato con duendes, la crónica que el poeta falconiano registró luego de transitar por el mundo de quienes se dejan ver por los cercanos a la magia. Uno, ya de lleno en la locura, se pasea por el réquiem que oímos en Desde el sueño, y tratamos de huir de la mirada cerrada de quien sabe que la muerte es eso, cerrar los ojos e imaginar el resto del universo.
2.-
Cualquier noche es buena para ser gato. Cualquier instante es saludable para la fábula, para los rostros que nos miran mientras una muchacha se inclina sobre la foto de un hombre, vivo o muerto, pero amor al fin, sacudido por la distancia. Entonces, De la vela salen las imágenes de los santos es parte de una historia que aún se oye en los pueblos, en las esquinas de los caseríos y hasta en el alma de las grandes urbes, para que un solo hombre recuerde el pasado, y es suficiente.
Noche y fábula se juntan para fabricar la casa donde Locadia la iluminada lee las cartas de los ausentes, de los imaginados, de los despojados del abismo. ¿Cuántos sueños ha creado Nicasio Duno para llenar el mundo de imágenes, de grandes ventanas hacia lo imposible?
En verdad, nada es tan eficiente como un cuadro de Nicasio para arrancarse los desvaríos de la lucidez. Digamos que anda siempre asombrado porque ha presenciado el firmamento, el mismo de Y los peces llovían del cielo, revelación calculada, hecha precisión del alma y de la fabulación.
Y un poco más allá del muro, donde se recuestan los inventos, uno, el mismo y el otro de todas las miradas, se tropieza con Los que habitan en el agua: los duendes, las criaturas del poeta, el que flotó por encima de los árboles y se encontró en perfecto estado de salud bajo el buche de un gallo, que a la vez estaba bajo una nube.
3.-
Y como lo dijera Juan Calzadilla: “El espíritu legendario que encarna en los relatos fantásticos que circulan entre los pobladores de la Sierra de Coro tiene en la pintura de Duno, por momentos, a un cronista parecido al que la literatura encontró en los relatos de duendes de Rafael José Álvarez”. Ambos, pintor y poeta, relatan esos asuntos de la noche y la fábula: palabras atajadas por la niebla y contenidas por los colores de quien finalmente confiesa su andariega tentación ante el espesor del misterio.
4.-
Andamos, definitivamente, entre duendes. Pisamos las pequeñas huellas de sus andanzas nocturnas. Bien sabe Nicasio Duno traerlos a la realidad que nos consume. Y si bien es cierto que sólo somos sombra de nuestras flaquezas, también nos dilata la verdad de sabernos parte de un invento, de la envidiable fábula que los poetas de Falcón llevan con orgullo en las alforjas del imaginario de esa tierra. Por eso, y le sobra cielo y razón, Nicasio Duno se deja caer en un Edén, en cuyas aguas respira una naturaleza bulliciosa, musical, donde la Vigilia del búho blanco nos sacude del tiempo.
El “buen camino” de este pintor es el mismo que encontramos en la energía de sus colores, en las formas de su elevada amistad con la ensoñación.
Somos noche y fábula. Somos, independientemente de que seamos, duendes de nuestra propia desmemoria. ¿Cuántas veces salimos del olvido y nos extraviamos en un bosque? ¿Cuántas veces somos noche bajo el sol? ¿Cuantas veces no somos y dejamos una huella en el agua?
LOS OJOS DE ELOY TARAZONA
** Un antiguo rumor daba cuenta de un supuesto tesoro que había enterrado el perro guardián de Juan Vicente Gómez, quien habría sido hipnotizado por un reconocido mago contratado por Pérez Jiménez para que dijera el lugar donde estaba el codiciado tesoro.
** Tres Presidentes de la República se dieron a la tarea de buscar ese alijo para incorporarlo al Tesoro Nacional, pero hasta ahora nadie ha dicho nada acerca de todo esto. Se trata de un secreto bien guardado.
1.-
Los ojos de Eloy Tarazona penetraron en los del mago argentino Fassman, quien fuera contratado por dos colaboradores de Pérez Jiménez, Fortunato Herrera (“El Platinado”) y el coronel Pulido Barreto, para que hipnotizara al esbirro y perro fiel de Gómez y así ubicara el famoso y legendario tesoro que habría enterrado en algún lugar de Aragua, en el sitio donde tres coposos samanes vigilan en triángulo una urna llena de joyas, libras esterlinas, morocotas y barras de oro.
Según cuenta la leyenda, “el indio” Tarazona fue quien dejó medio loco al argentino. Se comenta que días después del intento del prestidigitador, el servidor de Gómez falleció, seguramente por el terrible esfuerzo que hizo para evitar que el mago entrara en su mente y le sacara el lugar donde el codiciado tesoro está aún enterrado. Hasta hoy, pese a los esfuerzos de López Contreras, Isaías Medina Angarita y del mencionado Pérez Jiménez por encontrar la fortuna de Tarazona, éste no ha sido ubicado.
¿Qué le habrá dicho Fassman a Eloy Tarazona cuando trató de hipnotizarlo en la terrible cárcel de El Obispo? El secreto se fue a la tumba con el esbirro venezolano.
2.-
La mitología venezolana acerca de tesoros enterrados ya forma parte de nuestra cultura. La creencia popular destaca que se debe rezar en el momento de desenterrar una botija o tinaja llena de oro, dejada por alguien que desde la otra vida sigue cuidando su pertenencia. Según se oye, la oración recorre las sombras de la noche: “Señor, de parte de Dios te pido que no me asustes ni espantes y dime más bien dónde está el entierro”. Luego de toparse con él, se le hace una misa y se pagan las respectivas promesas a quien un día enterró riquezas para convertirse en una especie de leyenda.
Se ha dicho de gente que ha encontrado tesoros gracias a una lucecita que se atraviesa en el camino, bajo un árbol o en una casa vieja. En cualquier sitio puede estar enterrado el futuro de quien tenga la suerte de ser convidado por un muerto a hacerse rico. También se comenta de quienes han muerto luego de inspirar los gases que emergen de las botijas. O de uno que fue asesinado porque la noche anterior confesó que iba a sacar un “entierro”, pero en el momento de hacerlo lo sorprenden y matan. Riquezas de la noche a la mañana han dejado pasmados a familiares y vecinos. “El muerto de la mata del ahorcado me dio el entierro”.
3.-
Pero el de Tarazona quedó como un problema económico o político, toda vez que impulsó a tres Presidentes a buscarlo. ¿Tenían en mente incorporarlo al Tesoro Nacional? Sea lo que haya sido, Eloy Tarazona le movió el piso a mucha gente. Todavía en Aragua se habla de esto, pese a que “el indio” se aseguró de que los enterradores no regresaran vivos a Maracay. La leyenda afirma que el colombiano los mató para que no dijeran el secreto. Es decir, esta historia ya forma parte del imaginario venezolano, pero los que están convencidos de que el tesoro existe, sueñan dar con el lugar para mitigar sus penas materiales. Pero ¿qué oración le rezarán a tan implacable muerto? De toparse con él, habrá que invocar también a Fassman, porque éste de alguna manera pudo acercarse a la conciencia de “el indio”, por lo que algo lo conoció. Si fue Tarazona quien hipnotizó al argentino, algún rastro quedó en el sureño. Pero tampoco estamos seguros. ¿Cuál de los dos muertos será el que recibirá las palabras del buscador? Creemos que Tarazona, porque el mago se fue con la cola entre las piernas. De modo que el esbirro de Gómez es un muerto de temer. ¿O será el Benemérito el poseedor del secreto? Tampoco sabemos. En todo caso, sería recomendable no seguir buscándolo, así la leyenda continúa y nos sentimos ricos los que aspiramos a hallarlo en algún lugar del país de esta tierra donde el dictador se aposentó e hizo de las suyas.
EL IMAGINARIO DEL ORIGEN
Vuelan fronteras de un país
cuyo falso centro está en nosotros
que quién sabe dónde estemos.
El norte está en el sur,
este y oeste se confunden,
el sur se pierde entre la bruma
y dentro lo más vivo es la mentira.
Ida Vitale
1.-
Del origen, la sombra que nos lleva y nos desaparece.
En un lugar se aventura el origen, inventamos el imaginario, el país o la mentira de un polvo de tierra sin peso. Las entrañas de la memoria transitan sin averiguar colores, la ortografía de los ríos o la religión del horizonte.
Se verifican los sonidos interiores, una frontera borrada a mano, la misma que se mueve con el tiempo, el perdido hace horas por la intransigencia y el desvío de la mirada.
De lejos colmamos el alma de tierra y grumo. Alistamos los recuerdos, sorteamos el lugar que habremos de tener hasta la muerte y dejamos atrás la lectura del que fuera inocente. ¿Dónde nos quedan los puntos cardinales? ¿En el poema, en la palma de la mano, en la pisada que ahueca en silencio?
Suficiencia la que nos embarga al retorno: los mismos pasos, la hartura de los espacios imaginados, el ave que herimos de una pedrada, el sabor del alimento y el agua derramada tantas veces para limpiarnos el cuerpo y la sombra.
Venimos de ninguna parte, de aquella que ignoramos o sabemos cierta en la confusión. Y nos instalamos incómodamente en un viaje de paisajes borrosos, los mismos que hacen cuadro con aquel “quién sabe dónde estemos”. Pero volvemos a la noche, al ámbito de la palabra y el sueño. Con Gerbasi redundamos y nos apeamos de la bestia mañosa. Venimos de tantas noches porque sabemos de muchas muertes. Las que nos sobran, las que a diario nos anuncian en las calles y callejones del miedo.
2.-
Cuando la muerte existe, ya
no existimos; cuando
existimos la muerte
no existe.
Epicuro.
Descreemos del sitio donde hemos caído. Para mirarnos de otra muerte, nos mordemos la carne. Regresamos mudos a la sombra del padre, a la mirada frágil de una mujer que destinó la vida a confirmar su conciencia épica.
Un ensayo peregrino del lugar donde brillan los huesos que dejaremos regados en el camino. Pulidos por los elementos, por la muerte que no existe, sin vernos el esqueleto. La muerte nos anda por la piel y nos olvida. Existimos en la tensión de la distancia: nos dejamos ir abrigados por ecos y susurros.
El árbol de la existencia cumple el ciclo del viento. Una lectura raigal: tenemos tierra en los ojos, el corazón es sólo una bomba que no siente. Sólo el lugar donde estuvimos por vez primera se atasca en la memoria, de allí el fuego impenitente de tornar el poema una revelación, un espejismo. Una mentira. Un país que no existe, como la muerte.
Sánchez Peláez lo hace mujer a través del aire, el agua y el olvido. Elena también vio la guerra en su propio terruño, y no tuvo corazón para extraérselo frente a la pila de cadáveres quemados. Hay dos mujeres: Elena y sus elementos y la Helena, la subastada, la rescatada, la griega.
Se imagina la muerte, la existimos en creer que ésta es. Merecemos, entonces, la agonía, para dejar constancia de que vamos al mismo lugar, al origen. Al morir nacemos desde la podredumbre.
3.-
¿Qué ojos no han mirado el sitio donde sólo es posible revelarnos como restos de barro, madera, vega sigilosa donde el animal acuático entorpece nuestro tránsito por la única confesión que no hacemos? Otro ha muerto en nuestro lugar, lo calumniamos en la caja del viaje, y nos miramos en los párpados cerrados de quien lleva carta de presentación a lo desconocido. La alteridad carga el recado: nos vamos al lugar dejado por el que silenciosamente “decidió” percibir primero el imaginario invisible.
¿Qué polvo nos percibe, el quevediano? De muerte enamorada estamos hechos. El lugar nos selecciona, nos revela sus adentros, donde sólo cabemos en silencio, atados a un bocado de tierra, a una bocanada de muerte, que es decir el silencio mordido por la mueca final. El lugar sigue allí, con los huesos de lo que callamos.
4.-
Donde quiera que vayas o vivas,
de modo sorpresivo o secreto,
algo llamará para llevarte
a un país más hermoso que es el tuyo,
a una ciudad tan hermosa que era casa.
Marco Antonio Campos.
Pero tendremos otros ojos para mirarnos, para desnudarnos y deshacernos de la desmemoria, de aquello que dejamos a un lado, lo que olvidamos en el quicio de una tarde y dejamos que el moho de las horas borrara de nuestro empequeñecido horizonte. Alguien se sienta en la misma silla de aquellos que no están, de aquellos que son sólo un pedazo de imagen en medio de la embriaguez o de la dulzura del sueño. De aquellos que se aparecen bajo el sol y caminan a nuestro lado. Finalmente, son calcinados por la luz, empujados hacia la sombra que se mueve bajo un árbol mudo y reseco.
Por esos lados está el lugar, el sitio que acumulamos en las sienes y amamos hasta aturdirnos. El sitio que no casi no frecuentamos, el mapa que se nos rompe a cada paso. El papel que nos nombra y nos confirma la legalidad en esta tierra que pisamos y maltratamos. El origen nos reclama. Nos limita: ya no somos de allí, de esa costra de tierra, de ese barro y germinación del día con que amanecemos…quedamos intactos en la vieja foto. Pero no somos los mismos. Hemos regresado al futuro. Allá, donde queda el estanque hay una sombra nominada por la boca de quien invisible pisa su propia ausencia.
En caso de andar de puntillas, queda saber si es posible acallar tanto silencio.
LA VOZ DEL HATO, ALFABETO DEL POLVO Y DEL BARRO
1.-
Una aproximación a la lexicología venezolana significa un igual acercamiento a las primeras resonancias del habla campesina, suscitadas en fundaciones productoras pecuarias del llano de nuestro país.
No es extraño, entonces, que con la casi desaparición de las etnias aborígenes ubicadas en nuestras planicies, los nuevos habitantes, los colonizadores, hayan destacado y movilizado grandes cantidades de ganado vacuno hacia estas tierras donde la inclemencia del período de lluvias y la agotadora temporada de sequía hicieron posible la presencia de las tres voces de nuestra cultura mestiza: blancos criollos y peninsulares, aborígenes y negros libertos. Todos ellos juntos de acuerdo con los estamentos de la relación de producción y las leyes que imperaban. Esclavos, libertos e indígenas sometidos por los blancos coparon la extensidad de la llanura para dedicarse a la cría de ganado, sobre todo de semovientes vacunos gracias a las virtudes de la geografía.
2.-
Nace entonces esa unidad enclave llamada hato que se corresponde con el hatajo de animales que cada conglomerado posee. Destinados a la producción de alimentos cárnicos, leche y sus derivados, los hatos venezolanos –como otros del continente- llegaron a ser posesiones determinantes para la fundación de un país que comenzó siendo rural, campesino.
Toda población maneja códigos materiales y espirituales. La palabra es un espíritu que se conjuga con la cultura material, o tiene, como afirma Saussure, las dos caras de una moneda, un significado y un significante.
El hato es portador, sus hombres, de un registro lingüístico que ha invadido toda la geografía. Es por ello que podemos afirmar que lo que se habla en las grandes polis tiene referencia en muchas de las primeras palabras encontradas o inventadas en la soledad de la llanura. Es decir, el discurso urbano tiene origen en los más humildes espacios campesinos.
3.-
Las ciudades pioneras en Venezuela eran simples haciendas, unidades productoras de caña, cacao y otros productos tropicales. De modo que la ciudad hablaba lo que consumía. La forma de expresarse del campesino de Higuerote, Barlovento o Cumaná era muy parecida a la forma de hablar del campesino caraqueño. Caracas era una hacienda elegante y aún lo sigue siendo, con las variantes que da la cultura urbana, la tecnología y las germanías propias de una polis contemporánea, caótica, desordenada y delictual. Como aparte, el habla de Nueva York, de la inicial ciudad de NY, era el acento del campesino inglés, con los sesgos de una minoría aborigen y negra. De allí ese arrastrado acento, metálico y chillón del inglés de esa ciudad. Igual sucedió en nuestro país, en nuestra América de habla española y portuguesa.
Todo acento, todo idioma con sus variantes regionales, debe ser enfocado desde la etnología para poder entender la multiplicidad de voces y la polisemia de sus contenidos.
El hato como centro de trabajo, de faena campesina, produjo sus propios códigos. De una riqueza extraordinaria derivó en productora de sintaxis, neologismos, jergas, cadencias que fueron acentuándose más con la llegada de otros conglomerados culturales.
4.-
Voces indias, negras y europeas: en síntesis, un diccionario que se extendió por toda la geografía nacional para unificar nuestra idiosincrasia lingüística. Así, el hato es un generador de vocablos y comportamientos verbales que llegó a ser superado por su propia producción; es decir, en muchas ciudades desarrolladas demográficamente aún se oyen vocablos y giros nacidos en los hatos apureños, guariqueños, barineses y cojedeños, los cuales ya forman parte de una cultura que sigue su curso progresivamente. No fue extraño entonces que nuestra gran literatura vocacional haya comenzado con Rómulo Gallegos, quien le colocó la marca a una manera de decir de una zona que expresa verbalmente una ética y un comportamiento.
5.-
Decir arriero no sólo significaba arrear el ganado, sino entender el estado de ánimo de la sabana. El biorritmo, el ritmo circadiano del llano. Un espíritu oculto estima posible el arreo. No todo llanero podía hacerse cargo de la madrina, la cabeza del arreo, y por ende del registro verbal de los hombres de este difícil oficio. Quien hablaba y cantaba para cumplir cabalmente la faena de desplazar el ganado de las partes bajas a las altas cuando las lluvias amenazaban.
Toda palabra es un espíritu y cada una tiene su historia, su conducta. En el llano las palabras comportan no sólo el significado y el significante, sino que contiene un desdoblamiento, un segundo yo, un ánima que como las voces griegas prometen un comportamiento: el miedo, la gracia, la divinidad, el misterio, pero sobre todo este último, porque el llano es palabra y también profundo silencio. La voz del llano se maja en la soledad.
6.-
La forma de hablar del llanero es profundamente telúrica: abarca los sueños y los misterios propios de las horas del día y de la noche. Un llanero puede ser víctima de alucinaciones a las tres de la tarde. Así como puede perder el rumbo con el canto de algún pájaro. O conseguir el camino con una leve brisa, que también contiene un corpus sintáctico. ¿O es que acaso el viento no “habla”?
La naturaleza crea sonidos que se transforman en palabras y en pausas. El ronquido con que se expresan muchos llaneros para señalar duda o sorpresa, es un aporte de los gruñidos zoológicos, de los ruidos del paisaje, de los movimientos del cuerpo producidos por el trabajo.
No es lo mismo soñar o hacer el amor en una cama bajo techo, que hacer lo mismo en un chinchorro y bajo las estrellas. Esa experiencia promete la proliferación de vocablos que seguramente multiplicarán una sindéresis ética, lingüística y psicológica. Indudablemente, incidirán en la manera de decir, de hablar y de sentir las palabras.
Suena a especulación: hacer la prueba podría significar llevar a cotidiana una manera muy especial de humanizarse animal bajo el cielo nocturno.
7.-
El imaginario, es decir, la memoria fabuladora, es un acento que estaciona una atmósfera en esa manera de decir y construir imágenes y contenidos significativos. No es lo mismo decir troja que alacena, por muy evidente que parezca. Decir troja significa haber estado estacionado en un tiempo, en un lugar donde el clima y hasta los olores particularizaron la forma de pronunciar la palabra. La troja contiene la seguridad del alimento, igual la sombra que muchas veces albergó el miedo de quienes sentían amenazadas sus vidas. Muchos inocentes y culpables se pusieron a buen resguardo de las hordas criminales de Boves. Ese significado: Lanza de Boves calificaba el comportamiento de un muchacho y sólo tiene sentido en el estado Guárico y en lagunas zonas muy reducidas de los llanos centrales. Tiene carácter familiar, doméstico.
De modo que así como comemos casabe, cachapas, sancocho, yuca, ocumo y pronunciamos los vocablos totuma, chácara, gurupera, quesera, cincho, enjalma, bozal, mandador, entre otros más, también somos capaces de asumir la ética de esas palabras por el origen que tienen. No es lo mismo decir busaca o chácara que decir morral, cartera o monedero. Palabras de este aquí. Palabras de aquel allá, cosmopolitas. Las primeras nos identifican y nos aportan una nacionalidad local, regional. Las segundas fortalecen la nacionalidad global. Tendríamos que hablar del hato como una nación creadora de palabra e imágenes que recorren el mundo gracias a su permanencia en el hablante venezolano, criollo.
Toda una teoría etnolingüística a ser elaborada para poder entender e interpretar los hallazgos diarios de este universo verbal que obligó a José Antonio De Armas Chitty a escribir el Diccionario del Hato (Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas 1966), aporte que debería ser incluido en las escuelas de nuestros estados llaneros.
“POEMAS PARA COMBATIR LA CALVICIE” Y OTROS PELOS EN LA LENGUA
(Muestra de antipoesía o Nicanor Parra promete un discurso)
1.-
Abro el libro. Un ataque de asma verbal me inclina sobre las páginas. Y allí está el peine empujando las letras hacia el cráneo desértico de una hoja de block recién arrancada de cuajo. Con sus líneas intactas y un Julio Ortega que intenta interpretar la voz de Nicanor Parra, el poeta revoltoso de Chile ha llenado de provocaciones el mundo y ha cubierto las paredes de América Latina con los graffitis de la amargura ajena. Se trata de un poeta paródico, signado por una locura que bebe el agua de un idioma como el español, fraseado por la lengua viperina de Cervantes y por los ganglios de Vallejo a la hora de hurgar y sacar a la sombra los recados de todos los demonios.
En un coloquio con su día a día, este Parra, el llamado Nicanor, hermano de Violeta, nos llena de inclinaciones ante precipicios y montañas. No en vano le cantó a la Cordillera de los Andes con una letanía propia de un cura desnudo en medio de la lluvia.
Ortega lo trae en el prólogo de Poemas para combatir la calvicie (Muestra de antipoesía), que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, la Universidad de Guadalajara y el Fondo de Cultura Económica de México entregaron como libro en 1993, y que hoy, a propósito del Premio Cervantes que Parra no fue a recoger porque necesita un año para escribir el texto que oirían los asistentes al evento, a los 98 años, se nos ocurre más antipoeta, más soliloquio, más contrapunto, más notación, más canción y más articulado al mapa de sus temblores nacionales.
2.-
Arrebatado por un humor cuantioso, sacado de la calle, de los rincones de los barrios, de las mismas academias, de los burdeles, de los confesionarios, de las casas de gobierno, en una inusitada precisión canónica, por decir que ha generado escuela y seguidores, fue impulsado con la acidez de sus textos a un tiempo para decir y a un tiempo para seguir diciendo mientras el peine va y viene sobre la cabeza pelada del Universo.
Tendría que preguntarle a la máquina de escribir de Nicanor Parra que el nieto llevó a Asturias para poder entender esa prédica permanente, moldeada de artefactos, poemas de emergencia, discursos, sermones, chistes, coplas, ecopoemas, hojas que llevan su apellido, trabajos prácticos y poco prácticos y hacerme a la idea de que navego en un poemario lleno de respuestas que nunca tuvieron preguntas porque no hacían falta. Y así, insatisfecho con el ritmo de su respiración, se desmintió y hasta se mintió para decirse y hablarse en una poesía que es antitodo o antídoto, pero que en el fondo, en lo más oscuro de su silencio, es poesía. Y mire que ha andado el hombre en medio de voces, de frases, rasgaduras, diálogos y monólogos. Tanto que nos deja pasmados como lectores y nos seduce con la cierta amargura de su destreza para demostrar que es tan feliz como una ostra, lo cual enorgullece a quien lo lee y lo estima o lo deja a un lado mientras el mundo se abre en manifiesto político, ecológico, crítico y hasta lacónico, por decirlo un poco con Ortega, quien lo desgrana y casi lo hace ver panteón nacional de no sabemos qué cosa y hasta de la poesía. Que vale decirlo con todas sus letras y pausas: Nicanor Parra no es calvo, pero es poeta y muchas veces no usa peine, pero sí escribe. Oral también es porque habla y cuando calla también es oral. Es decir, como cualquier poeta de trasnocho que corre para rebajar y mira la luna para no caer de bruces contra el asfalto que lo sostiene. Una bobada más. Abrigo la lectura de otro prólogo, el de Enrique Lafourcade, en el que afirma: “Humaniza lo solemne. Es su método. Le quita tontería a las cosas mediante lo cotidiano y directo, la voz coloquial, el dicho, el remoquete…”, y así en medio de un bochinche de voces, gritos y anuncios donde revisa fechas, países, candidatos al infierno…es un decir. Y también quien lo mide y lo medita, José M. Ibáñez-Langlois, quien lo presenta en sus Antipoemas, como el anterior en su Poesía política. Este Ibáñez dice: “Entre risas y acrobacias ha robado el fuego sacro donde lo ha encontrado, tomando a los simbolistas la música, a los surrealistas el sueño, y al hablar espontáneo de su pueblo la intuición”. Y así, es Nicanor Parra.
3.-
Sus Versos, los publicados en entrega ilustrada con fotografías de Daniel Vittet por la editorial Nascimiento, en un año que no aparece por ningún lado, Nicanor Parra le dice al lector: “Yo no permito que nadie me diga/ Que no comprende los antipoemas/ Todos deben reír a carcajadas.// Para eso me rompo la cabeza/ Para llegar al alma del lector.// Déjense de preguntas. / En el lecho de muerte/ Cada uno se rasca con las uñas.// Además una cosa:/ Yo no tengo ningún inconveniente/ En meterme en camisa de once varas”. Y lo hizo, se metió y salió bien librado. Hasta elegante.
Pero dejemos esos pasmos a un lado y volvamos a los Poemas para combatir la calvicie, porque, total, se trata de una recopilación de muchos de los textos que aparecen en los libros mencionados, y que hacen y deshacen en estas páginas donde el chileno sigue siendo chileno y donde en los “Artefactos” nos regala: “Revolución/ Revolución…cuántas contrarrevoluciones/ se cometen en tu nombre”, en una pregunta que anda de respuesta en respuesta. Y que nos afinca en este ahora donde saltan y cansan los que no tienen respuesta. También: “El pensamiento muere en la boca”. O: “Para ser Presidente hay que ser escupido previamente”. O éste: “…Y así fue como lo convirtieron en tonto útil de izquierda y en tonto inútil de derecha”. Como si nada. Y es mejor no seguir porque estos artefactos son herramientas de peligro. Así es Parra, da con porra. En “Acto sedicioso” canta: “el poeta se corta la venas/ en homenaje a su país natal”. Otros cobran.
Como si lo atajara, puesto que este texto lo escribió hace muchos años, digamos que en los 90, Nicanor Parra imaginó: “con este premio paso a la categoría/ de caballero de la triste figura: // donde me siente yo/ está la cabecera de la mesa caramba¡…”. Quién iba a creerlo.
Un poco más adelante en las mismas páginas dejó escrito: “Después el Rulfo sueña con el Nobel? / me pregunta al oído una prostituta/ como si yo fuera la Susana San Juan/ y ella el padre Rentería// y yo le respondo con otra pregunta:// si no se lo dieron a Rulfo/ por qué me lo van a dar a mí? Y se lo dieron. Después, el Cervantes, que no ha ido a recibir porque no ha terminado de escribir el discurso mientras un elefante sostiene su muerte con la trompa detrás de los respetables cazadores. Cosas de un antipoeta que también dijo: “Se escribe contra uno mismo/ Por culpa de los demás”. Así es Nicanor Parra. Cierro el libro.
ELEGÍA SIN ESTATUA
1.-
Entre Felipa Moniz y el cartógrafo Toscanelli la muerte armó sus sílabas. Mucho valieron las noches: en adelante, los gatos se amancebaron con reyes y cortesanas. Vino a cuento lo del huevo y la redondez de la tierra.
Y entonces, con la tragedia a cuestas, se llegó al lugar de su gloria, martirio de tantos cadáveres y vidas. Por el fondillo del yerro, la caída de quien por años mantuvo el brazo estirado hacia algún lugar de la bruma caraqueña.
Cristóforo, muerto como desde hace siglos, se fue al más allá en la creencia de que había arribado a Asia. De modo que fueron asiáticos quienes lo bajaron de su altura.
2.-
A gatas, entre las arengas de los mismos que vinieron con él, los operadores de la guillotina. Cortado por las piernas, los huesos de Colón ambulan la miseria del tiempo.
¡Vengan los fantasmas, Diego¡ ¡Vengan a entregarme a la muerte, la deseada, la de bronce moldeado, la muerte, la gran puta¡
Un letanía amarga, un latido en las sienes. Una herida mortal para la muerte.
Un hombre blanco leyó el veredicto. ¿Cuántas muertes para alcanzar la muerte, la verdadera muerte que camina por los labios de los empalados, por los frenillos de boca de los ajusticiadores? La venganza siempre llega, grasosa, bajo la lluvia.
Aún faltan algunas tragedias para hincar la rodilla sobre la muerte de la muerte.
3.-
Y en el horizonte desvaído, los truenos de las próximos lluvias. En los cerros cercanos, el clamor por una nueva dicción cotidiana. Ha pasado el tiempo. Letra muerta es la vieja consigna colonial, el áspero desafío a los nativos, desmembrados por las sílabas de aquellas sospechas con barba. Se trataba de gramáticas amalgamadas con la flora y la fauna de una tierra desconocida. El calor y las aguas arrastran las epidemias ante los ojos afiebrados de los recién llegados. Y el almirante, con el dedo fracturado, duerme su eternidad en un sótano.
En las calles, la algarabía, la insensatez y el crimen. En las casas, las manos que redondean el alimentos, el consejo a los hijos, la diestra sobre una rodilla inútil, acalambrada por el temor a salir pelear con fantasmas.
4.-
El algún lugar oscuro se rebelan los gusanos sobre la carne pútrida. Del Almirante no queda nada. la mirada orgullosa sobre el horizonte del Nuevo Mundo. El dedo fracturado. Las piernas rotas. La nariz quebrada, atenuada por el mordisco de los días. Y mientras se suceden los días, también acaecen los odios, esa semilla ácida que arrastra el miedo de los más inocentes.
Por las calles de la polis la suela gastada de unos zapatos. Unos cuantos denarios en las muelas podridas del Comendador. La llaga silente en las tripas y el vigor de aquel siglo XVII apestoso, cabritando sobre los ijares de las prostitutas recién llegadas de las Antillas. Tantos ojalá para que no haya cadáveres expuestos al sol, como las guerras que luego sucedieron y dieron al traste con la poca gobernabilidad que existía, más allá de la esclavitud, el abuso, la usura y tantas más quejas que hoy siguen ardiendo en el cuerpo y en el alma.
La mortificación de las pelucas. La redención de los trajes tiesos. La muerte de quien reniega y hasta se hace el loco en pleno siglo XX. Y con la llegada y del XXI mascaradas, incertidumbres. El Almirante sueña, no deja de hacerlo desde su mutilación. Es una simple estatua, grita un desaforado. Y es verdad. Es sólo bronce italiano.
5.-
Una elegía para quien calla y muere eternamente en un sótano, en un patio, en el vientre hinchado de una historia que no termina de definir su gramática.
Una elegía agreste, pedregosa, barrosa, contaminada por los gritos de quienes se lanzan desde lo alto y terminan destripados por los camiones, por las ruedas del tiempo, por el engranaje de las horas que ya pasaron.
Sólo queda la ruina. Un montón de palabras arrumadas en la puerta de una casa abandonada.
El silencio se arrastra como un reptil.
UN PAÍS BORROSO
I
¿En qué persona habla este texto? ¿En qué tono ponerlo a pensar? Faltan muchas cuadras para llegar a ese país donde habitan tantos amigos, conocidos o desconocidos. A la distancia, nos vemos bajo la mirada ausente de una multitud disgregada.
Pero la voz que agota estas inmerecidas tentaciones, por darle personalidad a esta crónica, no basta. El país habla solo, se queja sin esperanzas de encontrar la salida para poder entender sus yerros.
Las preguntas se reflejan innumerables. ¿Por dónde anda quien nos ve? ¿Quién desanda estas sombras y las pisa sin darse cuenta? ¿Qué esperamos de quien no nos espera? ¿Cuántas esquinas hacen falta para que el país se sepa desnudo en sus palabras? ¿De dónde extraer la suficiente sangre para entender que estamos vivos a pesar de las muertes que se nos adelantan? Este país cotidiano, dado a levantar sospechas.
II
¿Precisamos de la segunda persona para no sentirnos fichados por la realidad? Una respuesta roe la puerta, saca las pezuñas y se entretiene entre los golpes que el cuerpo resiste en silencio. Este país tan cotidiano, tan realista, tan psicológicamente extraviado. Tan llanto de mujer exprimida por una orgía de desventuras.
La paz se quita las enaguas (¿aún existen?), en el mejor de los casos el blue jeans deshilachado, decolorado por el uso diario de las rodillas.
Mientras damos con el paradero de esa segunda persona, asumimos la tercera para viabilizar la inocencia del resto de este pequeño mapa convulsionado. Sin embargo, será difícil: todos cargamos con las culpas que nos han endilgado desde algún sitio a oscuras.
He allí el país cotidiano, el que nos hace sombra. El que nos pregunta en voz baja y nos apunta con el índice nuestras deficiencias.
El día se hace todos los días. Nadie responde. Somos tan cotidianos que el país se nos deshace en las manos. Mientras tanto, solemos hacernos los descuidados.
Falta una página de este libro. El poema que nos leía fue borrado para que la mudez nos conquiste definitivamente. Alguien nos maldice.
III
Somos cotidianos por la espesura que nos cubre. El país nos desangra el ánimo, desestima lo que se lleva de alma en el silencio. También es un secreto a voces que nadie tiene la capacidad de guardar la compostura.
Debajo de la lengua están otras preguntas: ¿Quién sabe de la hoja perdida, del salto en la lectura? ¿quiénes se saben parte de esta historia y no quieren reconocerlo? Entre los ruidos de la noche se agita la conspiración de los ángeles caídos. Un crucero de manos jura por la vindicación de lo imposible. Asaltar el cielo hoy no es nada fácil. Es un imposible: el cielo no existe y la tierra es cada día más pequeña. Sólo Dios sabe si existimos.
¿Cuántos países hemos perdido? Cuántos héroes aguardan en la puerta del cementerio? ¿cuántos seres humanos desfilan delante del féretro del mundo, de este diminuto país extraído de un testamento de agónicos de última hora?
Para los que se saben lejos de la cotidianidad: las calles aguardan, disipan dudas, cantan victorias y derrotas, afilan cuchillos y limpian las cánulas de armas escondidas en el pecho femenino de este cuento de nunca acabar.
Alguien habla, calla y se lava las manos. Una mujer sin labios, violada por la culpa de un defensor de canciones desgastadas. Una muchacha sin útero. Alguien conspira contra la corriente alterna de la sangre. Alguien conspira y no lo sabe. Alguien es culpable y se deshace de los expedientes del abuso. Un país tan cotidiano, tan falto de carácter.
¿En qué persona habla este texto? ¿cuántas personas ocupan su sintaxis? ¿cuántos muertos leen la eternidad en el punto final? ¿qué persona me nombra, nos nombra, nos borra de la cinta, nos exige el origen?
Este país, tan poca cosa de nosotros, tan ilegítimo y legal, tan despiadado en algunos que pasan la página y sonríen. Cotidianos, paisito de mis sueños, de nuestros sueños revueltos, animados por la anemia de la última hora.
TEATRALIDAD
(Textos de crítica y teoría teatral)
1.-
El teatro encuentra espacio en cualquier espacio. Se hace espacio. Es espacio. El teatro, mímesis y remedo del tiempo, se cuestiona a diario, se critica, se registra, se hace cómplice de sus propios tropiezos, hincha los carrillos y escupe contra la estupidez humana. El teatro también es un salto mortal hacia las sombras. Cuando la luz se hace escena el teatro es demasiado evidente. Es como la poesía: misterioso, abierto de ojos, cerrado a quienes pretenden usarlo como herramienta para sus fines personales, políticos o estomacales. Por eso tiene una crítica, un cuerpo que lo representa en las ideas. Por eso es teoría y práctica. Cuando ya se ha hecho la escena, el pensamiento se despliega en la soledad de quien se admite dentro de él sin necesidad de desplazarse sobre las tablas. El crítico aguza la mirada, abre las fosas nasales, orienta el oído, saca la lengua, toca el cuerpo sudado de los actores…en definitiva, el crítico subraya su presencia y a veces abusa de ella para hacerse sentir. Pero eso no le hace al teatro. No le quita la grasa de sus ancas, la gracia de sus movimientos. Un crítico, a veces, es tan inútil que pasa inadvertido, y más cuando el teatro que se lleva a escena es precario, pobre y desaliñado. En estos días de desencanto ocurre con frecuencia. Entonces, en estos confines de las entrepiernas de la teatralidad, sí que es necesario el crítico.
¿Qué hace un crítico en una sala vacía? ¿Podrá reinventar un público, un acto, un escenario o las ganas de acercarse a la inteligencia de los actores y a la del mismo dramaturgo? Quedan las respuestas colgadas del hacha del verdugo.
2.-
En estos días de abulia, de refranes cortesanos, de andamiajes cursis, de arrebatos históricos, el teatro busca imponerse a través del silencio. De allí entonces una poética que Marcel Marceau llevaba en la bolsa de los ojos, en las manos, en el pelo, en las manos, en las piernas, en la manera de decir y callar, en la manera de gritar. Mimo y universo, a la manera de quien escribe esta nota. Silencio. Y también el “Teatro y la poesía”, a través de un diagnóstico de Inés Muñoz Aguirre, así como una aproximación de Juan Martins a “El gorro de cascabeles…”, de Pirandello. Un poco más allá, en el telón de fondo, Jaime Chabau Magnus nos hace leer “Rick Clucci y Beckett”, como para seguir lidiando con el absurdo y las consignas del destiempo vivido. Sigue Miguel Torrence con “Lo que subyace”, suerte de travesía por el signo teatral, por lo que flota sobre el texto, lo que trajina en la voz y acción del actor, o de quien ha escrito la pieza. Un buen bocado para saber que la crítica teatral es también reflexión, ocupación y preocupación, arraigo y desarraigo.
3.-
El dossier del XXVIII Festival de Teatro de Occidente ocupa un buen espacio en la revista Teatralidad (Maracay, noviembre 2010. Año 1/ No 2). Lugar y tiempo que ayuda a quienes tienen en ese evento un punto de referencia para el tiempo presente y para los futuros encuentros que habrán de darse. Y así, “Trascendencia y valor de un festival de teatro”, con firma de Carlos E. Herrera. La programación del mencionado festival se ofrece como ayuda para estar atento a las obras, autores, actores y actrices, por supuesto, que se balancearán sobre la tela de una araña con el elefante de la canción.
Una buena noticia para los lectores se centra en la publicación de la obra “Al tibio rescoldo de la noche”, texto original de Rosana Hernández Pasquier, que resultara ganador en el Concurso Literario “Miguel Ramón Utrera”, mención dramaturgia, y que el consejo editorial de Teatralidad, conformado por Juan Martins, Miguel Torrence y José Ygnacio Ochoa, tuvo a bien regalar a la gente de teatro.
LOS COLORES INTERIORES DE JORGE CHACÓN
Fotos: Leonor Basalo
** Este pintor, envuelto por la atmósfera de los pigmentos de Sabaneta, resuelve el espacio en una aventura hacia él mismo, sin abandonar la tierra y sus fenómenos. Altares mágicos, entre los huesos de la imaginación, son los recursos que encontramos en esta fuerza telúrica creativa.
Entre la modestia angelada del paisaje está Jorge Chacón. La mano derecha se detiene en el tiempo de una barba rala. Nacido por primera vez en el Táchira, tuvo en Sabaneta de Aragua la cuna de su imaginario, donde ha convertido los sueños en colores, formas y follajes.
Este hombre ha hecho docencia con la naturaleza. Paisajista innovador de la abstracción verde y el rojo deslumbrante, este indagador de las hojas metió los ojos en la ceguera de la luz para sombrarnos con sus grandes formatos y la aventura de saber decir su interior.
Entre pinceles, trapos, cuadros, formas y olores lo encontramos, mitificado en el calor de su faena. El 22 de febrero de 1992 abrió la puerta de una exposición en la Galería “Tito Salas”, con los auspicios de la municipalidad de Petare y la dirección de Cristina Moros. “Los espíritus de la naturaleza” invadieron los espacios de esas paredes donde el trópico invencible se adueñó de cortezas, inmensas hojas y asombros en diversos volúmenes.
Antes, allá en Sabaneta, en el mismo pueblo de El Consejo, estuvimos para radicalizar la creencia de que Jorge Chacón vivía en el rumor de los árboles, entre los camburales, en el murmullo envolvente de la naturaleza viva. El sol es sólo un camino de tierra hacia la casa.
“Hay artistas que se detienen en el tiempo, otros claudican. El artista latinoamericano debe recoger las raíces de su continente. Yo me siento muy cerca de los orígenes de mi país. Por eso me gusta pintar su luz, el follaje, su ritmo. Y, ahora, me gusta pegar semillas, huesos, piedras, totumas, fósiles. Son cosas que me expresan como venezolano y latinoamericano”.
El maestro Jorge Chacón se queda con la mirada suspendida, adherida a la copa de un árbol pensativo. Mueve lentamente la mano izquierda y un primitivo y fresco susurro lo devuelve a la realidad. “Hay que renovarse. Es necesario renovarse”.
-Es como un reto-, afirma. “Es parte de la vida de un pintor. No se puede uno detener en una fórmula. La lectura sobre las corrientes del arte contemporáneo me decían que era necesario estar al día. Yo siento que los altares son parte de una renovación en mi obra”.
Altares de ritual
El aliento de los tiempos se aposenta en la casa de Jorge Chacón. Una atmósfera liviana y alegre se vierte sobre las telas y rostros a la espera de un designio. Más allá, la magia, el acto místico del experimento, de la búsqueda constante. “Hace años yo hice algunos estudios sobre los retablos venezolanos del siglo 18, y de algunas manifestaciones artísticas de mano esclava. Después hice retablos pequeños, a manera de experimento, pero sin el sentido religioso cristiano. Yo, más bien, me fui hacia la raíz indígena y negroide. Empecé a incorporar diversos objetos, trozos de tela pintada, velas, huesos, madera…”.
De la palabra del pintor emergen imágenes de la selva. Una voz tupida de danzas y gotas instaladas en las hojas de los granes árboles. Movimientos desencajados de los cuerpos alucinados de las horas. Gestos inquietos, amagados por la llegada violenta de otros rostros. Manos tibias sobre la piedra de amolar, donde el trozo de madera cautiva la fruta arrancada de la flora. “Luego me gustó la idea de los altares mágico-religiosos de los chamanes y sus bellos rituales. Allí el brujo se pinta la cara y el cuerpo, baila como un felino, salta sobre el fuego y hace sus ofrendas a los dioses. En totumas va depositando el cacao, las semillas, las frutas y los collares. Yo trato de recoger un poco ese hermoso ritual”.
Magia especial
-La pintura siempre está ahí. Es la que armoniza el todo. Y, sabes, es difícil armonizar los objetos, las cosas ya hechas. No es como la pintura donde en la que tú vas creando los espaciaos, las luces, los ritmos. Aquí ya las formas están determinadas. Entonces, debes disponerlas como si fuera un cuadro. Y a veces hay que usar la pintura. La pintura siempre está ahí, es la reina, la diosa, el centro de mi trabajo.
Jorge Chacón se ve en silueta, mientras la luz del sol corta su cuerpo pegado a la puerta.
Desde el exterior encontramos toda esa arquitectura de la imaginación. Y se entiende, entonces, que ese hombre de mirada interior y serena posee los secretos del chamán, los embrujos de los colores perdidos. Sus altares, esos abalorios de la vuelta a un pasado inmenso, lo sacuden para dejarlos a la vista de todos. “Con los altares amplío el campo estilístico. No lo cambio. Algunos de esos trabajos exigen mucho rigor, colocación minuciosa de los objetos: pegar, inventar, ordenar, tallar. Cuando era muchacho trabajé la orfebrería y la cerámica. Mi padre era joyero, orfebre, grabador. Aprendí bastante de su oficio y me gustaba. Es un reencuentro con mi padre. Por eso, también me considero un poco escultor. Siento que tengo cierta facilidad. Antes había trabajado la madera, la arcilla y la piedra”.
El camino del color
-El nombre de la exposición lo inventó el crítico de arte Roberto Guevara. Allá incluí paisajes de mi primera etapa plástica.
A Jorge Chacón lo rodea el universo, un paisaje plural. El mismo es un paisaje. Dentro de los árboles, el sol y los camburales están en armonía para hacerse espacio de ese paisaje. “La pintura es la razón de mi existencia. Un placer que no podría explicar pero que me mantiene feliz frente a las adversidades”.
El maestro Chacón se enfrenta a los colores con la osadía propia del creador. Hay, como es natural, hasta cierto temor al abordarlos. “Yo amo los colores fuertes. Me gusta el rojo, el amarillo, el violeta. El verde que me dominó mucho tiempo lo he ido dejando poco a poco, y lo he cambiado por el azul, los grises, los violetas”.
-En el momento del trabajo están mis colores interiores, pero otras veces es la naturaleza y la luz que me invaden. Son ellos los que me escogen para pintar.
Dentro del movimiento de esos colores sumergidos en el follaje está la mirada nostálgica del pintor Jorge Chacón, quien tiene en la memoria todo el campo y la vida para seguir haciendo las imágenes y texturas que le permitirán no ser olvidado.
Hoy, desde la habitación cósmica, los colores del trópico lo siguen deslumbrando.
RETAZOS DE OTROS DÍAS
Regresar del susurro
Bajar las escaleras y sentir el silencio acuoso de la mañana. Poner el pie (derecho o izquierdo) y contar y recontar 1, 2, 3, 4, 5, 6…hasta que el infinito nos diga que las horas se han encargado de manchar la espera.
Colocar las plantas de los pies muy juntas, a una distancia prudencial, para que cuando vengan Hércules Poirot y Edgar Allan Poe tomados de la mano se silben al oído el secreto de algún homicidio no resuelto. Cuestión de estilos, de silencios y susurros que incursionan por la boca abierta del cadáver asistido por los detectives. “Déjenme pensar en el lóbulo animal, en la huella dactilar de la mano derecha, en la pupila retraída”. Quedarse con las manos en el vacío. Buscar con qué vencer es soledad se que cuela con desgano por la escena del crimen.
Está allí el lienzo invisible, tentando mi imaginación, robándose la iniciativa. Con desparpajo casi infantil encaro la altura de la iglesia desde la cual se advierte la pérdida del equilibrio del niño sacristán, la caída, el agujero del miedo en el estómago.
Frente a mí el vómito. Mi cabeza reposa en la orilla de la acera. Me hundo en el mar. En el aire cubierto de nubes. El ahogo, el susurro en la puerta de la vieja casa. La escalera podrida por el tiempo.
El rostro
La mano comenzó a buscar en las arrugas. Los dedos, hinchados de líneas, adivinaron la forma de la cara. Y así enfrentaron la ira y el lamento. Hosco, el anciano inició una risa estridente, sin dientes, desde los labios apretados. Después, otras vez, la mano en el mentón y luego en los pómulos.
Se acercan con la noche
Las miré venir en medio de la oscuridad hacia los ojos desmesuradamente abiertos de la niña. La madrugada, la pesadilla, el agua por debajo de la puerta. Cuestión de camas y colchones. Cuestión de dormidos y despernados. Cuestión de espíritus burlones.
La inundación. No me pregunte usted por la ventana. No hay manera de salir. Mis amigos lejanos no vendrán. Aquellos que han vueltos los ojos con indignación ante mi cuerpo ahogado. Las hormigas comienzan con mis pobres testículos. El evento ya es noticia: la oferta del día: el color de mi carne en las pantallas públicas.
Con la noche llegaron. Se llevaron todo, hasta los deseos de escapar de la subida del lago. Allá, donde quedaba una isla, están los duendes, los muertos que jamás podrán llegar a tierra firme.
Escapes
1.-
A nocturnas de una sed infinita, paseo mis labios por una palabra jamás pronunciada. La saboreo sin miedo, sin ninguna necesidad. En medio de la palabra aparece el silencio. El momento de callar, de cerrar los párpados y desaparecer. Sigiloso el mundo cambia de sitio. La lluvia, su llegada inesperada, dice del escape.
2.-
L a maldición a la belleza surgió de la boca del mendigo. Bajo el techo quebrantado el cuerpo ulcerado, agónico, a la llamada ecuánime. En medio de la peste.
3.-
Los guerreros van dejando la sangre: se mueven en un griterío insoportable: se someten a una locuaz algarabía.
4.-
Pasa el enemigo con su risa común. Me espera con el acecho en sus manos. Me deja pasar, me saluda. Siento el homicidio pegado a mi cuello. El cisne dobla la cabeza débil. Y toscas tempestades bajan a acariciar el puñetazo inesperado.
5.-
Si alguien se me acerca, huyo. Mis manos han abandonado la turbia daga. Me mueven antiguas maneras de desaparecer. Presiento que alguien llegará a mi puerta. Sólo oigo los secretos de quienes están a punto de entrar.
6.-
A diario, casi a cada hora, nos persigue la mirada de algún fantasma escondido bajo el manto de la impunidad. El día es escurridizo. Una mujer, colmada de duendes y doncellas, copula con la sombra, entre flores podridas.
ELÍAS CANETTI O LA PROFESIÓN DE ESCRITOR
1.-
En enero de 1976, Elías Canetti pronunció un discurso en Munich. Entre otras cosas dijo: “Pues lo cierto es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo”. De esta manera, el Premio Nobel de Literatura 1981 liquida la idea del hombre encerrado en una cripta, rodeado de libros, absorto en sus fantasmas.
El título de esta crónica es el mismo de un ensayo contenido en La co
nciencia de las palabras, del autor búlgaro y, precisamente, recoge la angustia sobre los peligros en los que se encuentra el mundo. De allí que sean los escritores los que salen a tragarse el humo de los vehículos, los insultos del poder y el gas de la represión, así como las protestas de quienes sobreviven entre el sobresalto diario y la muerte.
“Quien no tome conciencia de la situación del mundo en que vivimos, difícilmente tendrá algo que decir sobre él”. ¿Cómo se vive en cualquier paisaje si quien se dice escritor mira desde su miopía el polvo de unas letras que contamina la realidad y la misma imaginación? No se trata del viejo tema del compromiso y la llamada realidad. Se trata de saberse parte del universo, de sus movimientos, de las revelaciones humanas, de la decadencia de los dioses, de la ascensión de la muerte en bombas y disparos. Se trata de ser parte de la política, aun cuando sea para registrarle los bolsillos.
2.-
Los escritores que viven en castillos de cristal amasan la fortuna del silencio. Atajados por el temor a ser colocados en el sitio de la realidad, presumen de puros, de estar más allá de los pecados humanos, toda vez que los ángeles que escriben tienen alas y revolotean alrededor de la vida y de la muerte.
“Tal vez valga la pena preguntarse si, dada la situación actual de este planeta, existe algo en virtud de lo cual los escritores –o los que hasta ahora han sido considerados como tales- puedan ser de utilidad”.
En efecto, ¿para qué sirve un escritor si la conciencia que tiene de las palabras es solamente lúdica, estrictamente literaria, ficción pura, poesía abstracta? El mundo, tan dinámico, cargado de estupideces y crímenes, bien vale la participación de la presencia de los escritores. Por supuesto, no bajo la batuta ideologizante del poder, porque éste tiene sus intereses bien fundados. Así, “la literatura podrá ser lo que quiera, pero muerta no está, como tampoco lo están quienes se aferran todavía a ella”.
Se escribe sobre la piel de los hechos, sobre el cuerpo vivo de un mundo agitado por la política, la pobreza y los cataclismos naturales. En ese juego, calcado por la inteligencia humana más sensible, se debe colocar el ojo de quien usa las palabras como arma, como reflexión.
3.-
En estos días de tomas de decisiones, es bueno retomar las páginas de los escritores que vivieron los momentos más terribles de la persecución. Los que murieron en nombre de su oficio y de su conciencia, plasmaron la evidencia de que valió la pena, de que la libertad es el don más preciado del ser humano. Es decir, el uso de las palabras no exime al escritor de formar parte de los hechos, de las acciones que intentan convertirse en absoluto. Un escritor debe tener la libertad para tratar todos los temas, para abordar la luz y la sombra, para luchar por la vida y pelearse a muerte con la muerte. Un escritor no es un héroe, pero tampoco debe ser presa del miedo. “Un escritor sería, pues –tal vez hayamos encontrado la fórmula con excesiva rapidez-, alguien que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o acaso más, que entre los seres humanos; que se entrega a ambos…”. Palabras para los hombres, la humanización de la escritura, sin olvidarse de la calidad de éstas, porque la mediocridad, el poco cuido, la falta de pulitura ensucia la libertad que éstas ofrecen al acercarse al lector, quien deberá ser siempre el objetivo de la escritura.
La responsabilidad del escritor para con los suyos tiene que ver con el estrujamiento del talento. Tal responsabilidad reclama la presencia de la belleza, por muy hosca y dura que sea la realidad. Escribir es un acto de sensibilidad. Y por muy estéril que sea el tema, se impone la calidad idiomática, que es la raíz de toda imagen, de todo esfuerzo por conjugar lo verbal y lo humano. Una palabra que no vibre, es letra muerta. Una palabra fría es un cadáver de la conciencia. Por eso, con Canetti, es preciso ponerlo todo en duda, así la misma profesión de escritor y la sexualidad de los ángeles que se creen musas de la realidad.
Los rasgos comunes de Sánchez Peláez
I
Una lectura, una carrera en línea curva sobre el poema. Se trata de un intento, el mismo de salir airoso del follaje, de los animales que tanto abundan en el ramaje de mi ventana, por donde el mundo entra a pedazos y estaciona sus pecados y viajes sobre la página 30 de Rasgos comunes (Monte Ávila Editores, Colección Altazor, Caracas, 1975), donde “Trayectoria” retorna, luego que el polvo hiciera su labor por largos meses en el anaquel de los poetas sobrios, los sombríos, los luminosos, los borrachos, los viejos (labrados en Aire sobre aire), los a diario resucitados, los amados, los que no tienen lugar donde dejar el olvido.
El poema respira sin ayuda. Es un diafragma, un músculo que ataja el ojo y lo vacía, Juan Sánchez Peláez se deja ir, con una respiración agitada: “Cuando os veo vacas verticales y sagradas, os veo vacas/ próvidas, os veo de cerca saltonas en las veredas, hembras/ para el macho con aquella ubres, dando tumbos vuestro/ blanco licor, fuente de Adán en nuestros paraísos,// cuando os veo y la luna llora también como un camino/ abierto de frente a vuestros ojos,// cuando con excesos de vida os derramáis, cuando estáis/ oblicuas, rectas, agachadas, bien dispuestas,// bellas a boca de jarro que inquieren a nuestro alrededor// no las nubes de Kioto// no los techos de París// ni sólo viajes// velas o el mar oceánico// y que nos padecen y divagan por nosotros// y así nosotros por ellas en tanto que amantes// jirones de tierra en la duración.
II
¿Qué hacen esas vacas en medio de un poema? Sagradas, verticales, próvidas. Juan Sánchez Peláez las ve, no las inventa, no las crea. Son vacas verdaderas, verdaderamente surrealistas, nacionales, por lo que tienen de ubres y huidizas, orejanas. Las vacas de Juan son las vacas de sus ojos, las de sus ojos de búho, como decía Gerbasi. Pero nada, también son astros que giran alrededor de la mirada de quien las descubre con las tetas llenas de licor, borrachas desde abajo. Por eso los ojos de las vacas de Sánchez Peláez son oblicuas, rectas y agachadas. Y como así son ellas, aunque tenga semovientes de ese tipo en su patio o en un poema, que no el poema mismo, curvo, sorpresivo, imaginario, mareante por lo que tiene de continuo el golpe del mar contra la costa de sus palabras.
Como lo escribe Juan Gustavo Cobo Borda, “entre el derroche y la privación; entre el fulgor de ciertas imágenes y el carácter indigente de su labor, logra que la realidad se oculte y se revele a la vez”. Luz y sombra, atarrillamiento de algún animal de costumbre bajo un árbol desnudo. Así es esta lectura, un poco vaca, un poco desparpajo. Surrealista por rebelde, por estar contra el totalitarismo de la estupidez, contra la dictadura del cinismo más barato. Que lo digan las vacas, que son tan amigas de ser verdaderas, aunque sean sólo una imagen de texto, reflejo de mirada en un verso.
III
En sus “Signos primarios”, segunda parte de Rasgos comunes, Juan Sánchez abre la posibilidad de descubrirse en la soledad de la casa. “Entre tu imagen y el horizonte, águila en el hombro de ningún centinela, ella se deja estar”. Cierto, detrás está el mundo, el que ha dejado el poeta con su muerte o, mejor, con su silenciosa retirada “Indócil en ocasiones a tu amor…”.
Más adelante, entre el polvo del tránsito eterno, el poeta suelta: “De nadie es mi sombra. Tuyo y de nadie es el camino/ abierto.// De nadie es mi luz: se encorva en mis bolsillos como una/ sombra más, la nada es común del girasol”.
Como leo bajo la lluvia y mi árbol personal cae cimbrado sobre la ventana, tengo al poeta preso en la nostalgia, en la causa de su lejanía. Lo leo en voz alta para la sordera del mundo: “Nadie me ve estos ojos, los desesperados ojos como cosas/ escritas en sueño. Nadie me ve sentado en una silla de oro/ tocando el universo simplemente con la marea que roza/ labio a labio mientras afino mi flauta con la ley de los/ pájaros”.
Uno de ellos se acerca, estride mi mañana, la rompe, me quita la mañana, se desquita para acercarse a Juan Liscano: “Tienes nombre propio si excavas dentro de ti y rechazas/ el miedo a morir y aceptas el verbo que/ conduce al silencio…”
Palabra más palabra, poema. La muerte y lo que queda, estos textos, esta desolación desde mi biblioteca, desde la ventana abierta que me descubre frente al cielo lluvioso.
Juan Sánchez Peláez quieto, ojos de salto de agua, animal de costumbre cuyos rasgos son tan comunes como su eternidad.
RICARDO RODRÍGUEZ ENTRE POETAS, DRAMATURGOS Y LOCOS
1.-
Mientras Vicente Gerbasi se acomodaba para iniciar la pasión del día en boca de quienes lo teníamos cerca en las lecturas, Meyerhold, Stanislawsky, Chejov y Brech se asomaban a la pequeña puerta de nuestro pequeño edén teatral del Pedagógico, de manos de Ricardo Rodríguez. No faltaban por supuesto los locos de nuestros parentescos: los familiares y los desconocidos, los que se hicieron páginas y personajes y los que todavía ambulan por nuestra imaginación.
No sabíamos qué años corrían por nuestras venas, pero sí de una gran felicidad, tonta felicidad, como decía alguien por allí, entre los estruendos de nuestra fiesta permanente y las bombas lacrimógenas que también formaban parte de nuestros cotidianos placeres mundanos. Ricardo nos veía en medio del humo de los cigarrillos y ponía cara de serio, como la que ponía cuando nos marcaba en el escenario. O cuando se dirigía a los fantasmas que a diario lo acosaban desde sus tiempos de su natal valencia. Claro, eran duendes, fantasmas afables, aquietados a fuerza de lecturas y algunas malacrianzas que también formaban parte de su pedagogía.
2.-
Nos sonaban los nombres de Ricardo Chalbaud, José Ignacio Cabrujas, Clemente Izaguirre, Humberto Orsini, Herman Lejter, Rodolfo Santana o Armando Gotta como directores del ya épico Teatro Universitario de Maracay, así como el de Ricardo, también fundador de esa locura que dejó marcas en el alma y en la carne de muchos actores y actrices de esta malhadada ciudad.
Debo decir con toda sinceridad que no éramos bien vistos por los profesionales del teatro maracayero. Nos calificaban de advenedizos y muchas glándulas endocrinas salieron a relucir a la hora de hablar de Ricardo, quien en más de una ocasión tuvo de defenderse hasta de él mismo.
Los que nacimos en el Teatro Universitario del Pedagógico (TUP) teníamos como slogan ser gente de teatro, entrar y salir de escena de la mano de quien nos regañaba y nos abrazaba. De la mano de Ricardo Rodríguez Jiménez. Fueron años jodidamente hermosos. Fueron años de mucha ingenuidad, de mucha carnalidad con al aderezo de unos espíritus rebeldes, alocados, infrecuentemente amistosos. Hasta que la realidad nos dio la voltereta y nos hicimos parte de un proyecto que nos llenó el alma y nos hizo entender que el teatro es una forma de vida, más allá de que se ponga en escena. Eso nos lo enseñó quien acaba de recoger sus bártulos y tomar vuelo hacia el soñado teatro El Globo londinense, el viejo teatro isabelino que luego nos trajo, de boca de Isaac Chocrón y Cabrujas la voz de Cervantes encajada en nuestra nacionalidad. Aprendimos tantas cosas que ya las hemos olvidado.
3.-
Me ha tocado hablar de mi profesor, de mi director, de mi amigo. Y me ha tocado desde cierta lejanía, la que producen las distintas vías que nos ha procurado el país. Siempre hemos estado en el lugar para elaborar nuestro afecto.
Han pasado muchos años desde que Maracay tenía teatro. Hoy día los grupos han desaparecido. Quedan algunos sobresaltos de tarima. Quedan muchas quejas. Quedan tristezas. Algo así decía otro amigo que también tomó el camino eterno.
La certeza me obliga a decir que andábamos entre libros de dramaturgos, de teóricos, de poetas y de locos. Todo eso fue ganancia y seguirá siéndolo. El poeta Villon no nos dejará abandonados. Ni Genet se olvidará de nuestros pequeños asaltos al cielo con Ricardo Rodríguez al lado.
Me lo imagino, a Ricardo, de paseo por los Campos Elíseos, a los que tanto amó. Me lo imagino de guitarra terciada, de serenata en serenata. Me lo imagino con Isadora Duncan bailando bajo los árboles vetustos de nuestro pedagógico. Casi lo veo con Chaplin sudados bajo el sol de esta ciudad de locos, de empedernidos.
Y entonces, Gerbasi, luego Montejo, Cadenas…todos ellos sobre las tablas. En sueños y en pesadillas. Y un día cada quien tornó a sus terronales, a sus ventanas entornadas, a la calle solitaria de la poca querida provincia. El teatrico del Pedagógico sigue en el mismo sitio, lleno de nuestros ecos. Al fondo, un hombre sentado, pensativo, bajo el cenital amarillento. y entonces la poesía, la voz del viejo actor, las instrucciones del maestro, el canto de los pájaros, el amanecer.
A pocas horas de su partida, Ricardo con Clemente Izaguirre en Roma. Foto sepia, color del recuerdo, color ido y recién llegado. Ambos eternos, como si nada. Allí están.
EL LLANO EN MOVIMIENTO: TRASHUMANCIA
Héctor Valera nos ubica en el polvo, en el que dejan las bestias en su constante movimiento. La mirada magistral del fotógrafo nos introduce en el Llano y nos deja instalados en las huellas que dejan las reses mientras los caballos elaboran con sus inmensos ojos la noche que los inventa.
Quien se acerque a estas imágenes viajará sobre un caballo, será parte de su olor, del polvo de los caminos andados. Será punto cardinal con la mirada en el próximo horizonte, porque el pastoreo es viaje, movimiento, rotación de la tierra, continuación del tiempo.
En un poema de Eugenio Montejo sentimos estas fotografías de Héctor Valera: “Miró a lo lejos, pastando en la luz verde, / la mitad de un caballo. Sonaba el tiempo/ entre la espesa ondulación de las gavillas, / sonaba la lluvia en la ventana…/ Sólo medio caballo para tanto horizonte/ y lo demás dormido, bajo tierra”. Entonces, quien mira, el espectador, se asume jinete viajero, audaz sobre el mapa del Llano, sobre la relevancia del polvo que su propia imaginación levanta.
El poema de Montejo cierra: “La mitad de un caballo esperaba allá lejos/ pero bastaba para llegar a cualquier parte”. Y ahí lo dice la lluvia, las inundaciones: cualquier altura en pleno Llano es buena para sal
var el arreo, para no dejar que el ahogo esconda el esfuerzo, para evitar la muerte.
El Llano viaja en una res. En un caballo, en la mirada turbia de un hombre que lo cabalga. El Llano se mueve con la tierra que gira más allá, mucho más allá, hacia donde van las bestias. Cada foto de Valera es parte de la jornada que viven estos hombres. Héctor Valera cabalga con la cámara y hace del viaje un asunto épico, una gramática del movimiento, una lectura que nunca termina, como nunca termina el Llano.
La belleza de sus imágenes nos delata: nos hace personajes de su aventura. Aprendemos a colocar los aperos, a limpiar los cascos de los caballos, a mirar los belfos del potro, a revisar la oreja del becerro, a cargarlo como un niño cuando se rezaga, a encontrarle sentido a la noche y dirección al día.
El mismo Montejo, en otro memorable texto, dice: “En los llanos estuve, / tierra adentro, hacia el alba de soles salvajes,/ donde la única montaña es uno mismo/ o su caballo”. Y así, desde esa altura, desde la silla de montar, el paisaje de los animales en fila, agrupados hacia el poniente, hacia la hora de un tarde cualquiera. Sobre esa altura se mueve el universo. Y Valera lo hace ver con todos los eventos que ocurren a su alrededor.
Durante ocho años, este hombre enclavado en Calabozo, se ha dedicado a seguir el paso a quienes viajan con sus bestias por el país llanero. No ha descansado: he aquí la muestra de su esfuerzo artístico. La trashumancia lo ha contagiado de la compañía de los astros, mientras el polvo se hace nocturno y los ojos del llanero se cierran mientras los de los caballos vigilan y miden el camino.
FÁBULAS DE CARNE Y HUESOS
La lectura ennoblece el alma, y un amigo sabio la consuela.
Voltaire. El Ingenuo.
Certeza la que encontramos en la idea que nos suministra el también autor del Tratado sobre la tolerancia y del Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones. Certeza que nos obliga a decir que la lectura alberga demonios y santidades, sombras y luces, bosques y desiertos, poesía y maldiciones, verdades y mentiras, crónicas e historias, revelaciones y fábulas. Y, precisamente, en esta que hoy nos atrapa, el alma se ennoblece gracias al escritor amigo que se ocupa -en su ociosa paciencia- a hacerle juego a todos esos contrapuestos que también hacen posible que respiremos y a veces nos ahoguemos. Se trata entonces de un hombre que nos tiene acostumbrados a subir y bajar alturas en el momento de trazar sus momentos de reflexión. Se trata de un periodista y escritor falconiano de nacionalidad espiritual y corporal llamado Manuel Felipe Sierra y quien, por esa doble razón, ha escrito Fábulas de carne y huesos (FB Libros, Caracas, octubre 2011) en el que volvemos a decirnos de la noble lectura que nos revisa y revisa a los demás, los ausculta y nos ausculta como lectores. Es más, Manuel Felipe Sierra es el depositario de sesenta episodios donde habitan personajes, situaciones, historias pues que vagan de página en página y que nos hacen ir y venir en nuestros tiempos de vida, en nuestros momentos de carne y huesos.
Este amigo sabio, quien además escribe, ennoblece el alma de tantos duendes que en su libro habitan. Los ennoblece su manera de decir, de trazar el rostro sombrío de los dictadores, el perfil revelador de los constructores de sociedad, de los alfareros de espíritus, de los tantos personajes que Sierra ha retornado a nuestra desmemoria. Se trata, digo, de un libro –para pronunciarlo con el mejor acento de otros días- sabroso para degustar, hondo para bucear y sabio para aprender.
2.-
¿Qué hay en estas páginas? ¿Qué nos hace cómplices de estas 220 páginas, de estas sesenta crónicas bautizadas fábulas? ¿Qué nos dice Manuel Felipe Sierra? Pues bien, el autor, periodista de larga carrera, escritor y comentarista, nos lleva de la mano y nos hace abrir esta ventana donde nos encontramos con personajes como El Chacal, Medina Angarita, García Márquez, Gallegos, Humboldt, Graterolacho, Fidel Castro, Jóvito Villalba, Delgado Chalbaud, Mario Vargas Llosa, Pérez Jiménez, José Agustín Catalá, Kapucinski, Al Capone, Salvador Allende, Pérez Alfonzo, Perón, Manuel Caballero, Correa, Duvalier, Humala, Fujimori, Carlos Andrés, Cabrujas, Chávez, entre otros tantos que se enriquecen con las partidas de nacimiento de quienes han quedado impresos en estas Fábulas de carne y huesos.
Y la certeza se hace más cierta cuando anclamos nuestra atención en la manera de escribir o de decir de este fabulador que escribe libros y lee poesía y tiene apego a la buena literatura. Es decir, estamos frente a un hombre que sabe escribir libros, que cabalga con nuestro imaginario verbal y hace de sus crónicas un legado de respeto por el idioma que lo amamantó y lo vio crecer. La certeza, porfío, está en sabernos parte de un libro porque al leerlo somos él, somos los personajes que trata, somos las páginas, las que olemos, las que dejamos y luego retomamos, las que nos hacen cerrar los ojos y respirar hondo, las que nos levantan y hacen ir a tomar una taza de café en medio de tribulaciones e imágenes que Manuel Felipe nos ha regalado.
Un cuerpo orgánico, como todo cuerpo que se respete, tiene carne y huesos pero también sangre. Se trata en todo caso de un libro anatómicamente vivo, respiratorio, circulatorio, histórico, geográfico. Un cuerpo fabulado, crónico y sincrónico cuya sangre, el icor de su estirpe, igualmente nos recorre cuando lo palpamos, lo leemos, lo desnudamos y le damos forma cuando lo proyectamos, lo comentamos y lo hacemos otro libro, el libro otro que siempre es conveniente llevar en la memoria para poder decir cosas como estas que hoy digo, con el perdón de Manuel Felipe Sierra.
Hay entonces de todo un poco en este libro. Los personajes tratados giran alrededor de eventos en los cuales hemos estado presentes desde lejos o en el mismo sitio de los hechos. Hemos sido protagonistas y ahora más con estos nombres que nos acercan a la pequeña historia, a la fábula universal, al destino de los que quedaron marcados por el tiempo, de los que ya son parte de diccionarios y libros de texto. Fábulas de carne y huesos viste el viejo esqueleto del olvido. Nos hace en la medida en que ambulamos por sus páginas y sentimos que su autor ya no es dueño de ellas.
3.-
Entro sigilosamente en “Cabrujas”, en una de las últimas fábulas del libro. Y lo hago por la cercanía afectiva con el personaje y por la calidad con que Manuel Felipe lo aborda. Un trozo para fijar parte del país que recordamos. Un trozo para volver al “MAS de mis tormentos” y a la revista “Punto”: “Un día, Luis Bayardo Sardi, miembro del consejo editorial, se apareció con una colaboración firmada por Sebastián Montes. Después de varias publicaciones la columna comenzó a llamar la atención de los lectores. Estaba escrita con pulcritud, desenfado, irreverencia y una fuerte dosis de humor. Al tiempo se supo que se trataba de un seudónimo de José Ignacio Cabrujas, ya famoso como dramaturgo y quien junto a Román Chalbaud e Isaac Chocrón formaban la “Santísima Trinidad” del teatro venezolano. El nombre Cabrujas también era noticia en la crítica cinematográfica. Había estallado el “boom” del cine nacional en pleno esplendor de la “Gran Venezuela” y su nombre estaba asociado con las películas que registraban mayor éxito de taquilla…”, y por ahí se fue Manuel Felipe, quien dejó escrito a un hombre a quien también tuvimos cerca e hizo amistad con nuestros huesos maracayeros, Luis Bayardo Sardi, el “príncipe”.
Me desplazo por el libro con el mismo sigilo y menciono otras fábulas como las dedicadas a Allende, Humala, Baduel, Kapucinski, Catalá que, por la misma certeza de líneas anteriores, merecen espacio antológico. Es decir, todo un libro para lectores que quieran revisar el mapa y la anatomía de un país medio borroso. Un país de estos días que nos duele y nos escuece. Un país lleno de gente -sabia o perversa- que flota en las páginas de un libro escrito por un periodista nombrado Manuel Felipe Sierra. Un libro fabulado y fabuloso. Un libro.
DIARIO DE AGUAS
El agua se desliza por los meandros del poeta. Podría leerse en cada uno de sus cauces las veces que el río lo mojó y lo secó bajo el sol. Podría decirse del Caramacate, corriente amarilla, lenta y descuidada que pasa por San Sebastián de los Reyes. El agua, entonces, es la mirada de un hombre que escribe bajo el rigor del trópico. Así, entre nubes, surge la poesía, la voz de Miguel Ramón Utrera hecha agua, silbido líquido, palabra que inunda las calles del poblado y traduce el susurro que entra en el bosque, en los hierbazales cerca de las cuevas donde se iluminan las creencias, los misterios.
El agua se hace libro dedicado al poeta. De esta manera lo ha confesado en el epígrafe de su poemario José Ygnacio Ochoa, Diario de aguas, publicado por Ediciones Estival. Edición que precede otros títulos que ya han comenzado a darle la vuelta al país.
El agua corre por este libro en cuyas páginas respira el poeta Utrera y en el que aparecen códigos que revelan la pasión de su autor por el viejo juglar del Sur de Aragua. Ochoa lo canta con la presencia del río que pocos nombran por no conocerlo. Ochoa lo hace poesía de agua, con el mismo líquido de sus versos apagados detrás de todos los elementos de la naturaleza. El agua de este libro es una metáfora a quien se dedicó a inventar un paisaje. Un viaje por cada uno de los mitos y rincones de San Sebastián.
“Se construye una historia de desalojos/ desencuentros con iniciales/ escrúpulos agobiantes/ desde el comienzo/ un final que se deja/ escurrir con el requiebro/ solapado entre la esperanza/ el árbol con su rama/ anclada en el cauce/ del agua tibia”. Así comienza este poema, este libro poema que hace al viejo poeta parte del agua que discurre o se queda.
Doce veces Ochoa usa la palabra poeta y una vez el apellido de quien habla. Poeta en docena y Utrera en soledad para recogerse en el agua que Gaston Bachelard ha hecho teoría para entrarle al poema. El agua es, lo dice el teórico francés, cuerpo inocente, inicial, íngrimo, desnudo, puro, ensoñado, dulce como agua de río o de lago, que no de océano, porque los mares no son nada inocentes, contienen todos los viajes y todas miserias del mundo.
José Ygnacio Ochoa confirma el inicio de esta aventura: “Memoria/ pedazos alojados/ en el olvido celestial/ acompañado con la voz/ del poeta en su canto/ que nunca acaba”, y lo destina a ser aparición en cada una de las páginas que escribió para que Utrera se moje una sola vez el rostro y las palabras. Bachelard lo asegura: “No nos bañamos dos veces en el mismo río, porque ya en su profundidad el ser humano trae el destino del agua”.
2.-
La poesía es voz líquida. La palabra, su semilla, germina. Por eso el habla del agua es coherente, comprensible, potable, legible. De esas cualidades emergen los sonidos, la paz y las corrientes normales del río. Un río no es río cuando llueve en sus cabeceras, cuando se desborda. Se convierte en monstruo, en caos, en aquelarre, en muerte. Un río para serlo tendría que ser apacible, de lo contrario habría que verlo como humano. Los ríos y los lagos producen poetas. El mar, el océano: narradores. La acción del mar relata la épica, los viajes, los crímenes, la traición y el asalto. El desplazamiento de los lagos, dentro de su cuenca, habla, musita, imagina. Cuando inunda deja de ser lago, es devastación. Igual el río: siempre será un viaje, nuevos paisajes, ensoñación.
Por eso dice José Ygnacio Ochoa:
Deja que el agua
diga con su movimiento
lo que no pueden
decir los ojos
Una página más adelante el poeta de Diario de aguas escribe:
Recorre el estanque
con la mirada de la distancia
Y así, para expresar la última estación de agua, deja esta imagen:
Tanto andar y no llegamos
al final de la palabra.
Por todo eso, el poeta rinde “culto a la comarca…en su deambular con el juego/ de las aves al frente del ventanal claroscuro”.
3.-
Biografía de un poeta a través de un elemento. El agua elabora el nombre, lo pronuncia. En el recorrido, en el ámbito del poema, su autor sólo dice “poeta”, “el poeta”: lo figura, lo dibuja, lo amasa con agua del río y de la lluvia. Adánico, comienza a nombrar lugares: “Fluye el caudal del río/ la alcantarilla/ está en Pedregal/ al lado de la/ casona sola/ del poeta”. El personaje es trazado en pocas palabras: “Quien deambula en su soledad/ manifiesta el silencio”, y así, Utrera, el aún no mencionado, transita con el silencio la única calle que de memoria lo reinventa.
Recuperado el aliento, luego de calles y miradas a diferentes rostros, el autor escribe como para justificar el intento de saberse parte del mundo recorrido: “En el camino nos encontramos/ con un túnel de árboles que une/ a las dos vías/ norte/ sur/ aquí/ allá/ sobre el ocaso de un diario de aguas”. Entonces encuentra el motivo, la voz del libro, el título de esta cuenta pendiente con una biografía.
El viaje, luego de entradas y salidas, converge con esta estación:
La soledad de su nombre palpita constantemente
en el aliento intenso de la palabra de Utrera
son palabras continuas
noche
día
vigilia impulsada por cánticos de seres
inmaculados.
El agua corre por los meadros del poeta. Utrera es el poema. Su autor, en este periplo incesante, José Ygnacio Ochoa, aún se pregunta en qué río invisible estará instalada la mirada de quien inventó una comarca y le dio nombre al universo.
JORGE NUNES: CINCO INSTANTES
Cinco libros. Cinco momentos de un escritor que fue atrapado por el silencio por más de treinta años. Una dolorosa enfermedad lo alejó del mundo y lo acaba de relevar de la vida. Jorge Nunes (1942-2012) dejó varios títulos de los cuales cinco arriban al puerto de esta crónica:
1.- IMÁGENES Y REFLEJOS:
El poema anexa imágenes a través de un espejo. Dos caras, dos maneras de verse, de retraerse al mundo. El poema –construido en prosa- es un monólogo que silencia al lector. Aunque hay voces al fondo del azogue: las respuestas siempre quedan colgadas en la lengua.
Que lo diga el mismo texto: “La luz estalla. / El cristal la proyecta sobre tus ojos y crees percibirla./ Te acuchilla la retina y sientes deseos de llorar./ Vuelves la cabeza, intentas pensar y verificas la oscuridad./ Renuevas otra vez la vista sobre el espejo y ahora gritas, enloquecido./ No huyas. No hay remedio / Los rayos se han proyectado disolutos pero la luz permanece atrapada”.
Este ejercicio, Imágenes y reflejos, fue publicado por ediciones en haa en 1967: el poeta anima a un personaje a ser sujeto y reflejo de él mismo. Desdoblamiento, la sensación de seguir vivo en el espejo, aunque la derrota lo atormente: “Constará que le ha perdido el rastro a su existencia. / Entonces, también usted se verificará colgado en la pared, siempre/ deslumbrante, en un inagotable estallido de reflejos”.
La imagen –tan falsa como la realidad- es sólo la mirada de quien cree verse más allá de los ojos. Es sólo un reflejo, una imagen. La imagen de un reflejo.
2.- FUEGO SUCESIVO:
“Y el otro tiempo/ los amigos de entonces/ las piedras tibias a orillas de la playa/ la arena pegajosa bajo las palmeras, / los amigos de entonces/ los yo-yos y los nombres/ pronunciados a las cuatro de la tarde/, los crepúsculos temblando/ junto a los “escondidos”/ los crepúsculos incendiando/ sombras de blanco y negro sobre las aceras”.
Y así quedó todo, quieto, lejano, olvidado. Aquellos tiempos pasaron, murieron, hasta la memoria se agotó y los cuerpos desaparecieron. En este libro de Jorge Nunes, editado por Monte Ávila en 1972, están las mujeres, los nombres de las mujeres, los sinsabores y la calle. Destaca el recuerdo, la piel sumergida en el otro. Hombre y mujer con un solo bastimento. Libro juvenil dedicado a la sensualidad, al sudor y a los jadeos. El poema rebelde, alocado, desnudo, hecho a la medida de una edad, de una felicidad emergente, eterna porque se es joven. Libro libre.
3.- NINFAS, FÁBULAS Y MANZANAS:
Una novela en las que los sueños se apropian del discurso. Es la novela de Jorge Nunes. Es el universo narrativo de este autor/ poeta que se arriesgó con este título, cuyo primer capítulo ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional en 1972.
Con este trabajo Nunes experimenta, viaja por los sueños, por los deseos de la carne, por la fantasía, por personajes desleídos, extraviados en su propio caos. Novela de capítulos salteados, donde los actantes entran y salen, aparecen y desaparecen: guerrilleros, imágenes circenses, niños gargantúas, exagerados, pantagruélicos, exorcistas de pulgas…total: una novela de aquellos días que siguen siendo estos. Ninfas, fábulas y manzanas, publicada por la Editorial La Enseñanza Viva en 1977, es una maniobra lúdica, surreal, amparada por una escritura donde la poesía también es personaje.
La entrada del capítulo XIII, “El domador de pulgas y el circo mágico”, nos abre el camino: “Arrastrada pesadamente por un burro raquítico, una mísera carreta fantasma se desplazaba bajo el sol de los llanos. Atrapado en un paisaje desierto, el viejo carromato parecía una visión extraída de algún libro de apariciones. Sentado en el estribo, látigo en mano, cubierto por los restos de un sombrero derruido, un hombre de rostro esquelético se aferraba a las riendas apresurando al animal”.
4.- OCULTO EN SU MEMORIA:
La memoria también es un espejo, refleja, a veces esconde, desfigura, aleja. En este poemario, editado por la Colección Letras de Venezuela N° 59, Serie Poesía de la Dirección de Cultura de la UCV en 1978, el autor insiste, porfía y desanda algunos tópicos de Imágenes y reflejos. El texto que le da nombre a este libro, Oculto en la memoria, lo advierte: “Trataron de hacerlo a la medida de la vida/ y de las cosas que no/ permanecen/ lo tomaron de las manos/ lo contaminaron de calor/ y hasta le transmitieron destellos/ y caricias/ semejantes al amor/ y a la luz del trigo/ y al brillo de la/ noche. // Pero él no estaba allí/ Desde hacía mucho tiempo/ permanecía oculto en su memoria”.
Instancia para el olvido, espejo para la opacidad, quien vacila en los códigos de este poema se debate entre el equilibrio y el temor a dejarse llevar por algún abismo, por alguna razón contraria a sus deseos. De allí que para evitar caer en la tentación, mejor era esconderse, ocultarse de todo cuanto pudo haberlo extraviado. Pasa igual con el espejo: el reflejo es un escondite mientras la imagen real es parte del mismo escondite. La vida otra, la que no tiene dueño vive en el poema, como el reflejo en el vidrio. En este otro poema lo leemos: “¿Por qué siempre permanezco estático/ como si pretendiera que en mis ojos/ se diseña la parte más clara de mi vida? // Al margen de este sueño y de esta noche/ queda una vida que nunca será mía/ una palabra estéril/ y la misma sensación de/ cansancio/ de inutilidad frente a los/ días”.
El recuerdo, lo olvido, el tiempo en el cuerpo y en el alma: la poesía como parte del naufragio. Y el amor, esa ascética liberación. Los sueños, tema ineludible: “Resisten la oscuridad/ y los días de lluvia/ Son flexibles como las olas/ dóciles/ y transparentes…”. Esta metáfora se resiste a ser cambiada: los sueños no desvían ningún camino, ninguna hora, ninguna convocatoria: están allá, pasan, se olvidan, se borran, se salen del espejo. Son reflejos. También son parte del ocultamiento.
5.- RETRATOS DE ARENA:
“ecos/ provenientes del tiempo anterior/ estuve allí lo presiento/ a veces atravieso sueños/ como si fueran cielos/ cuerpos/ la textura de otra imagen/ la chimenea/ altas lenguas brillantes entre sombras/ el cuarto acostumbrado a tus pasos/ cholmeley crescent 31/ pronto encontrarás la casa/ los álgidos corredores/ la empinada escalera/ el perfume a madera húmeda/ incrustado en las paredes/ en el techo/ todo permanece exacto/ inmutable/ como el tiempo en la memoria”.
Poemas de su hora londinense. Poemas en lo que el autor fija, como en una fotografía, detalles de un logra, la dirección de la residencia donde vivió, el clima, el olor de las cosas, los cinco sentidos preparados para entrar en una nueva estación. Y así, el tiempo, ese araña que teje sus trampas en la memoria, fuente de ocultamiento, escondite del mundo. La constante se agudiza en la metáfora “el olvido es la nueva memoria”, presente en el texto “Octubre”, en el que dibuja parte de la ciudad: “londres emerge entre la neblina de octubre como bailarina/ en escenarios de sombras/ octubre titila/ dolor casi cobre de hojas caídas/ hay un espacio que sobrevive a los pasos/ algo de nuestros ojos a sus miradas”. Al final del poema, vuelve el relato del espejo en el traspaso de miradas, en la entrega de quienes se encuentran y se hacen reflejos en una ciudad opaca.
Y como la memoria se diversifica, Nunes la hace homenaje en los nombres de Dylan Thomas, William Blake, Emily Dickinson y en los lugares que más marcaron sus horas en la capital británica: Leicester Square, Trafalgar Square, Picadilly, Hyde Park, Stratford-upon-avon. No podía faltar el reflejo de Los Beatles en “Penny Lane”, una mujer llamada Alicia, las estaciones extremas de ese paí, entre tantas otras imágenes que recorrieron recuerdos y se transformaron en libro.
Y así el viaje por una segunda y tercera parte donde la ciudad y sus asuntos continúan impresionando al joven venezolano que hizo estudios de posgrado en Inglaterra y regresó con un legajo de líneas que luego aparecieron con el sello de la Gobernación del estado Mérida, por haber sido galardonadas con el Premio Especial Concurso de Poesía Héctor Vera en 1984. El libro apareció finalmente en 1987.
De Jorge Nunes quedaron en el olvido de este país desenfrenado otros títulos, entre ellos su primera aventura literaria: Oscilaciones (1966), Aproximaciones al roce (1980), entre otros de ensayos.
TODOS LOS RÍOS
Dos ríos cruzan la existencia de Francisco Arévalo: el Orinoco y el Caroní. Dos fuentes verbales sometidas a la eternidad de la corriente. Ríos poéticos que hacen serpientes sanguíneas en los sueños y en la vida cotidiana de quien es un apegado a las palabras, a los sonidos interiores, a los malabarismos de las imágenes y al cuestionamiento de ciertas irrupciones humanas. Afirmo por esto que Francisco Arévalo también es esos ríos, a veces silencioso, la mayoría de ellas turbulento.
«Se me silenció la lengua buscando serenidad en la turbulencia de tu piel…», confiesa en medio de un remolino desatado por la pasión de las mareas del viento de aquella tierra extensa y misteriosa. Sobre el cuerpo ondulante de esas bestias fluviales, el poeta construye el imaginario que el paisaje, anudado a la contemplación, dilata sobre el agua. Serena es la turbulencia, el carácter del río, de los ríos, igual al diario devenir de quien poetiza y realiza, de quien niega y afirma, de quien se orilla en el barro y amasa las voces del pasado y el presente.
Estos poemas líquidos de Francisco Arévalo, donde el agua también es sangre, circulan libremente hasta encontrar un delta, la multiplicación del verbo, la riqueza atesorada muy cerca del sonido marítimo del universo. Se trata del silencio, el que él convoca en la lengua que habla y saborea.
Luego están los misterios: una naturaleza que habla, que para muchos ha sido portátil, numérica por la cantidad de nombres y asuntos que la muestran ante el ojo y el poema. Estos ríos pasan frente al rostro del poeta, culebras de agua entre la espesura de la selva. De allí los maleficios del clima, de allí la geografía que redime y obliga: Angostura acerca y aleja una y otra orilla verbal. La palabra es una topografía. Un desliz de tierra y agua: barro.
Los ríos se multiplican, se agostan hasta ser uno solo: el gran río de agua, vegetal y zoológico. Cósmico además por lo abismado de sus constelaciones sometidas por las noches. En el fondo, un río es una mentira estelar. Un espejismo, como un poema. De allí su paso, su siempre despedida frente a un muelle, frente a quien lo mira y lo niega, a quien siempre sabe que es la misma corriente, la dicha por aquel que hace muchos ríos sigue en la permanencia de su avance.
«Me reafirmo en el muelle abierto y los remolinos delgados que rozan la piel/ Obviar la causa del río al mediodía es un paso suicida», pronuncia el poeta con un dejo de ensayo reflexivo. Mientras tanto, la corriente se hincha en los ojos del observador. Avanza pesada como un animal y «Sigilosa la bestia en los manglares», se confunde con la muerte, con el vaho del miedo.
Y así, para no dejar espacio para la duda: «Movedizo motivo del Sur culebra de agua contra el párpado cerrado…».
¿Fue el sueño, fue la muerte, fue un descuido en medio de la agonía del hombre que frecuenta el río con las palabras y el cuerpo, el que se dejó vencer por su impostura?
Ahí quedan los dos ríos, todos los ríos, todas las palabras que empujan hacia el infinito en estos poemas de Francisco Arévalo.
(Este texto es el prólogo de Más sobre el río, publicado por Ediciones Estival en noviembre de 2011)
La verdad de las mentiras
LECTURA DE UNA FICCIÓN
Trátase entonces de un país, de un libro abierto, pero sin letras. Trátase de un lugar común en plena calle, entre pancartas, ruidos, consignas, maromas del espíritu y cuerpos hermosamente femeninos que le meten el pecho a la vanguardia del horario y se sacuden las mariposas azules de un ideario postrado.
Retos estos que fabrican la novedad de no saber aún hacia adónde va el tiempo, el reloj digital de este misterio de lectura que todavía no encuentra el epílogo.
Se trata, por ejemplo, de La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa, un libro recién abierto que nos comenta desde viejas aventuras a la sombra de la tranquilidad, del silencio ganado a fuer de alejar la muerte y frecuentar el bar de los sueños. Trátase de una lista de recuerdos, de libros al alcance de la mano pero también perdidos en los anaqueles del polvo y las alergias. Digamos que Vargas Llosa nos invita a la isla solitaria donde uno o dos títulos podrían saciarnos y dejarnos exhaustos frente al mar, frente a la esperanza de ver pasar un barco y arrojar la cédula de identidad de Robinson Crusoe.
Por supuesto, el escrito del novelista cholo abre un prólogo sobre las mentiras que contienen las verdades de la ficción. Y por ahí ahila, fresco y cordial, para tendernos la trampa y el anzuelo de este placer milenario, enemigo de la realidad circundante: los abundosos y relamidos discursos de nuestra tragedia.
Nos dice el autor de La casa verde, que “los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos –es decir, mentirosos- podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios”. Maravilla peninsular que olvidaba las exageraciones de nuestro sagrado Don Quijote y las vapuleadas novelas de caballería. Negaba España el espíritu del mester de juglaría y se quedaba con el de clerecía, dejando a un lado los “absurdos” misterios de la divinidad cristiana y las hipérboles de pueblos que se desarrollaron entre el salvajismo y la civilización árabe, tan fabuladora como los “disparatados” hispanoamericanos. Pero bueno, entremos en La verdad de las mentiras. Largo es el camino que Vargas Llosa transita en su entrada para donarnos su lectura de algunos de los libros recorridos por su curiosidad. Para cerrar, entrega: “Los hombres no viven sólo de verdades; también les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia. La ficción enriquece su existencia, la completa, y, transitoriamente, los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: la de desear y soñar siempre más de lo que podemos realmente alcanzar”.
2.-
En ese contexto, pasamos las páginas, luego de saborear bajo las ramas benignas de un árbol invisible lo que la memoria nos regresa. ¿Quién no se ha sumergido en Thomas Mann para intentar comprender la complejidad de La muerte en Venecia, ese trasunto de “un fondo oscuro y violento”, en el que nadie sale ileso porque hurga en la búsqueda de una civilización, donde la razón y las pasiones determinan la fuerza de la obra. La corrupción, esa indivisa recurrencia, toca el amor y lo perturba aún más. Acabado uno de los protagonistas, la pieza desencadena más preguntas, muchas sin respuestas, pero todas dirigidas a un ser humano ahíto de ellas, dispuesto a dar la vida por encontrarlas. Atrás quedan los vestigios de la brutalidad, los síntomas que iniciaron el amor de un hombre por la belleza de un muchacho: deseo que despierta la vida y la muerte.
De Venecia, Vargas Llosa nos lleva a Dublín, la ciudad de James Joyce, la polis de una novela cuya estructura es un río de imágenes, el libre correr del pensamiento. Leopoldo Bloom es un solo día, una memoria desbocada en el Ulises.
Dublineses, traducción que emparenta con un gentilicio, pero además con un modo de ser.
De relacionar la rutina con el aliento sobresaltado de personajes que se habitan desde el paisaje de una ciudad permanente, instancia que agobia a quien la escribe, la transita y la escabulle del sueño. Ojo objetivo, Dublín es un propósito, si no de enmienda al menos de testimonio para quien se deshace de ella.
Otro espacio, otro mundo, otra locura. Manhattan transfer, Nueva York en la mirada de John Dos Passos: “Capital del enjambre y la destrucción”, como subtitula Vargas Llosa. “…Nueva York, ciudad que aparece en sus páginas como un hormiguero cruel y frustrante, donde imperan el egoísmo y la hipocresía y donde la codicia y el materialismo sofocan los sentimientos altruistas y la pureza de las gentes”. Personajes borrosos que hicieron de la literatura latinoamericana un rencor: el boom, aquel trasiego, partió de ese puerto, del cual, pese a marcar cierta distancia, Juan Carlos Onetti, abrevó con la ayuda del espíritu decadente de su Uruguay triste y malevo. Literatura de recortes, de lamparazos, collage en el que nada queda fuera del enfoque. Novela cinematográfica por lo que tiene de global en el tratamiento de las historias que la fabrican. Novela pintura que se dice de esa técnica, que luego se reveló en el cine y después en la escritura de ficción.
Londres desanda en La señora Dalloway en la impertinencia vital de Virginia Woolf: se trata de un día cualquiera, como el de Bloom que luego se hizo aventura: un día de caminar por la ciudad, en uso de un horario temprano para dejar exhausta, al final de la jornada, a quien sorprende la muerte de un joven, de un suicida enloquecido por los ruidos de la guerra. Londres diagnostica la demencia, la hondura de la subjetividad, percibida por una mujer que terminó con su propia vida al mando de los demonios que la acosaban.
Scott Fitzgerald remueve los locos años veinte. La vanidad, la banalidad, el delito, la ciudad embebida en su propia discordia, en el Gran Gatsby, aquella escritura de la imperfección deslumbrante, donde la fascinación predica la vaciedad de la vida. Al término de ésta queda la resaca de la muerte en varias botellas de whisky, para no llevar en la valija el ruido de los casinos y la podredumbre en las calles y sótanos de una ciudad aún irrealizable.
¿Qué camino nos proporciona Hermann Hesse en El lobo estepario? Europa frecuentaba los signos de una cultura pudiente en su conservadurismo, cansada de mirarse el ombligo: un hombre sin rostro, desfigurado por las guerras y la desmemoria, el hombre revelado, asistido por la furia de saberse estepario, tomado –su autor- por asalto a través de una generación que vio en él la explicación de un misterio. Perdido, extraviado, Harry Haller se evade, se pierde, se encuentra, jamás regresa, como el tiempo que se queda en un sitio, por lo que es necesario dejarlo reposar, como los muertos.
3.-
William Faulkner jamás termina de irse. Con El sonido y la furia enloquecimos, aprendimos el discurso de un bobo, nos encaramamos en el epígrafe de Shakespeare y, finalmente, deslucimos al comentarlo. Pero no se trata de esa agonía. Estamos frente a la ficción de Santuario, un desparpajo en el que el incesto juega a la ruleta rusa compartida con rupturas espacio/ temporales que nos terminan de deslucir, de quebrantar y relegarnos al armario, pese a tratarse de una joya que inicialmente fue olvidada, como sucedió con uno de sus personajes que, en la primera versión, saltaba de página en página, mientras en la segunda era sólo una referencia “cordial” en los diálogos y acciones de Popeye y Temple Drake. Fortalecida por la náusea de su contenido, Santuario es un templo al pesimismo, muy propio de una sociedad que se veía atrapada por la decadencia y los influjos de la perversión.
“El paraíso como pesadilla” es el subtítulo que Vargas Llosa usa para adentrarnos en Un mundo feliz, donde Aldous Hauxley diseña una nación cuya estructura es el cinismo y el sarcasmo para entrar en el sueño inalcanzable, la utopía, la revelación insaciable, pese al terror a la anarquía. Un mundo feliz es la burla, la befa a lo actual para desacreditar el futuro mediante la idea de una sociedad constreñida, asfixiante. El fondo de esta novela aún sobrevive como una pesadilla, como el absoluto que el poder intenta imponer a través de los paraísos prometidos, la felicidad en una isla de la fantasía que termina en el horror.
Se nos quedan en la maleta Miller, Camus, Canetti, Graham Green, Nabokov, Pasternak, entre otros autores que nos agregan más vigilia en este mundo dislocado, sobre todo en este que respiramos en estos tiempos de salvajismo e intolerancias. Ligero paseo por la ficción que nos aproxima a la realidad, a este mundo que de tan feliz parece inventado por un loco.
Juan Liscano
EDAD OBSCURA
El eco de Juan Liscano se derrama sobre la Cruz del Sur y la inclina hacia el costado de la crítica, como motivación de quien sabe de las convulsiones y sobresaltos que nos tiene reservado el mismo hombre. El futuro, esa discriminación del tiempo, define la duda y el silencio atado a las palabras. Una edad en la que estamos instalados, sometidos por un rato de extravíos, de tormentas.
La pérdida del paraíso es la constante en Edad obscura, editado por vez primera en 1969.
La voz de este libro es la de un poeta perdido en el tiempo, sólo avizorado por la confusión, la misma que Robert Penn Warren (citado por Juan Carlos Santaella en el ensayo ¿Una escatología literaria posmoderna?) señala acertadamente: y cuando se llega a los escritores después de la segunda guerra mundial, se encuentra el mismo tema agravado por una visión del ser humano encarado a una sociedad mutilada y aún sádica y a un creciente espíritu general de protesta, de desesperación, desorientación, violencia y transacciones amorales en todos los niveles. Liscano ha mantenido, desde todos sus tiempos, esta posición: el hombre fue inocente, libre del miedo a un poder extraño. Desde este libro, el terror tecnológico, la pérdida incesante de la orientación humana.
Comí de la fruta prohibida
perdí la inocencia, la tersura, tuve hijos,
-frutos humanos decimos-
¿para el bien? ¿para el mal?
¿para continuar la guerra de la tentación
De la caída y de la expulsión del paraíso
y transmitir golpes, desgracias, pedazos
y andar más cargado, más perdido en el tiempo?
2.-
Liscano escribe desde la desesperanza, desde una página donde el futuro omniabarcante desfigura la voz y la mirada del hombre.
Sólo el amor, la palabra balsámica, la poesía, pueden revelar –que no salvar- el tránsito de quien protagoniza su propia tragedia.
Un día sombrío nos somete: No estoy muerto. Duermo./ Somos tantos ahora yo y tú/ acorralados pero juntos/ dormidos despiertos/ más adelantado yo/ mayor en la edad obscura/ y tú menos, soñando historias reales,/ símbolos que devuelven la imagen de tu vigilia.
En este libro –tan vigente aún- el poeta de Cármenes busca las fuentes, como dice Antonio López Ortega, para orientar mejor la marcha. No obstante, Liscano va más allá, se desliza por las imágenes del pasado, las toca, regresa a los ritos de sangre y desde la amada mira el porvenir. Es decir, de la desesperanza a la aproximación de un destino cierto o, al menos, llevar juntos la marca de la destrucción, tomados de la mano.
Un país, un universo, late en la chatarra que emerge ruidosamente y nos agrede. El poeta no se esconde, irrumpe en medio del dolor para hacerle frente a la ruina, a la oscuridad recorrida por las páginas de un alarido, como aquel de Ginsberg, o el que tantas veces nos aproxima al oído de Mariño Palacio.
Lo más nuevo es una ruina que empieza/ lleva su grieta de nacimiento/ su hendidura natural/ la herencia de las destrucciones/ y del pecado original de haber nacido. Predestinados, sujetos a un sino enmascarado, criminal, plástico. La historia se deshace, se devora ella misma. Lo que se construye, destruye. Entonces, regresamos al olvido. Sin embargo, Miro gestos en la luz antigua/ el andar de animales sueltos e inocentes, como desde allá, del eco del pasado, nos convocaran.
Para clausurar el último tiempo, el poeta toca con dedo lapidario:
De las cosas que hacemos a la cosa que somos
pasa el tiempo o pasamos nosotros
sin advertir que las cosas acaban con nuestra causa
que nos volvemos cosas de las cosas.
Libro de obligada lectura para saber de qué estamos hechos, en éste y en el otro tiempo que nos queda.
LA ECUACIÓN AGÓNICA
a mi tío Juan Delgado
1.-
Ninguna muerte es capaz de atarse al olvido. Ningún capricho de la eternidad sabe de los sobresaltos invisibles que suele causar el dolor, ese viaje lento que luego se hace pozo interior.
Larga la sombra que atenaza el cuerpo de quien postra las palabras y guarda silencio mientras mira correr el mundo con la prisa de la soledad. Inocente, pequeño como un niño avisado del final.
Yo lo veo desde mi altura mientras el quejido cerca de las costillas lo obliga a ocultarse del futuro. Envuelto, desnudo, listo para retornar al barro de su tierra, al limo del río que lo lavó muchas veces, hueso y ceniza de la fronda donde depositó la forma de guardar las horas y reír, mirar y olfatear el patio y las bestias que lo circundaban.
Desde el primer día supo del obligado tránsito. Supo que vendría el momento para encomendarlo con el recado. Lo digo con mi amigo Eugenio Montejo: “Dios me movió los días uno tras otro, / dio vueltas con sus soles hasta paralizarme/ como un gallo ante un círculo de tiza (…) Fue Dios el que movió todos mis días,/ la redondez de Dios que no da tregua”.
2.-
Lo miro y lo resuelvo en su ecuación agónica. La muerte es un asunto de cuidado, tanto que amuebla la casa y abre las ventanas. Invita con descuido a los que viven lejos.
Lo miro y me mira. Él sabe que llegará primero al lugar predestinado, donde habitan los otros que lo precedieron.
Entiendo a la muerte desde sus ojos, desde esa forma de no querer sonreír, de hacerse más pequeño, encogido en el útero que lo anuncia. Tiene las manos para asirse de la luz que lo ciega.
Mientras muere se acerca a nuestra congoja. Conoce de las oraciones que hemos preparado para aliviarle el polvo y el horizonte. Hemos traído aceites para untarle el cuerpo. Una camisa para cubrirle el maltrecho corazón. Hemos abierto la boca para lamerlo y lavarlo, disiparle el miedo con bálsamo y mentoles sacados del viejo baúl de la abuela. Lo hemos encomendado para que no se pierda en el camino.
Pasajero del último instante. La agonía repara la memoria. Alfabeto invisible, abre los ojos y desde la pequeña lumbre de su adentro desdobla el rostro, los gestos de encontrarse. Alguien lo vio días después en una esquina ataviado de blanco bajo una lluvia inesperada, sorpresiva, fuera de tiempo.
¡Qué cosa tan delicada la muerte¡ Desconsiderada entra y sale sin saludo alguno.
3.-
Respiramos su agonía y morimos con él. Nos vemos en él y nos oscurecemos. Quedamos sin ojos en medio de la tormenta. Volvemos a los días de abundancia, a los gritos para espantar los animales inoportunos, al calor forastero, a la túnica de la noche.
Ajados, bajo la tiranía del desvelo, comenzamos a construir las últimas palabras, unciones, deberes en conjunto.
Se despide en un sueño. No habrá pesadillas ni despertar para contarnos la aventura. Alguien intentará despertarlo, decirle de cosas que quedaron pendientes, como aquello de repetir el chiste, desearnos la salud con un trago, abrigar la taza del café caliente, descubrir que estamos en plena sabana y que somos capaces de orientar el sol y las estrellas. Recordar el nombre de un caballo, afinar la tonada mientras las ubres representan la cosmogonía de nuestro origen.
Todo esto lo digo mientras la superficie de la espera hace hondura en el pecho de albergar el silencio. Hechos de la misma ceniza, resuelvo entonces verificar la hora y el clima, las vueltas de un árbol y la mirada de aquel perro que vivía bajo la sombra de la abuela.
En todo caso, como el tiempo es interminable, saldremos a pasear bajo la misma luna y hablaremos.
DIARIO DE REGRESO
Queda sola en la ventana iluminada. Quiebra la cadera. Adelantando los pechos se ciñe el suéter con una larga caricia que recorre todo su cuerpo y termina arremangándose la pollera para mostrar los muslos gruesos, de masa vibrante, mientras con la otra mano se sube el pelo, frunciendo los labios como para besar con loca pasión./José Donoso (El obsceno pájaro de la noche)
Luisa guardaba un viejo secreto. Las pocas veces que se dejó ver en la ventana estrenaba gestos que delataban una rara complicidad al mirarme. ¿Quién, entonces, sabía lo que Luisa llevaba en la memoria? ¿Se trataba de un acto hipócrita, de un desencanto más, luego de aquella escena en la que mostró unos senos blancos salpicados de pecas?
La mañana que pude advetir la intención de que quería decirme algo, le daba de comer a un extraño pájaro azul que su padre le había traído del Mato grosso. Era un bicho de ojos torcidos y plumas engrifadas. Sobresaltaba a la gente con un canto áspero, entre graznido y rebuzno, de modo que podríamos improvisar un nombre poco original, pero acertado: el pájaro burro. Ella le daba de comer con gracia y mucho afecto y como tratando de adivinar las reacciones del pajarraco frente a mi insistencia desde la calle.
La última vez que logré verle la cara en la ventana, supe de su arranque de ira contra el pájaro/burro. Me enteré de que lo había matado y que luego se lo había dado a los perros. Sólo guardó la cabeza del animal cuyos ojos bizcos traspasaban las intenciones de esta mujer cada vez más enigmática. Hasta que se encerró en su habitación y decidió no salir más. No probaba alimento. Pasó ocho meses sin comer. Creí que había muerto por el tufillo que salía del cuarto donde la oscuridad reinaba con ventajas.
2.-
Domingo, 9 a.m. Luisa acaba de salir de su encierro. Luce una máscara de polvo que la aproxima a una estatua. Las manos amarradas a una melena incolora. Los ojos desorbitados. Los dientes negros y las encías hinchadas.
Delgada como un fantasma, se aproximó al patio y miró hacia arriba. “Hoy el cielo está más claro que nunca, parece que va a llover”. Pidió algo de comer y se sentó a contarnos con lujo de detalles cómo había matado el pájaro de la selva. Reía sin ton ni son. Cuando lograba fijar algún recuerdo callaba y volvía a reír. “Se me ha olvidado todo. Me jodí, se borró el disco duro…”
Era un rostro empezado por un lápiz negro. Era una cara borrada, comida por la sombra. El perfil, unido al viento de la noche, indicaba que allá adentro –donde realmente habita o habitaba Luisa- no había nada más, sólo bruma, precipicios, despeñaderos. Entonces susurró algo que no entendí. Se levantó de la silla y se internó en la oscuridad de la noche del patio. Cuando regresó, una hora después, sonreía.
3.-
Se recostó del viejo muro colonial de la casa y ajustó el perfil a un silencio inexpresivo. Ladeó la cara y me miró:
-Tú siempre has querido saber algo que llevo aquí y que jamás te voy a confesar, pero te voy a mirara hasta que te seques, hasta que no sientas más curiosidad.
Luisa siguió viviendo una vida silenciosa, hasta su muerte.
Comía, bebía, se reía sola, sin carcajadas, mordía el pan, sonreía, caminaba por la casa como una sonámbula. No tenía olor corporal. Dejó de ir al baño. A veces torcía los ojos y decía una palabra en portugués.
GINSBERG: UNA VOZ EN LA TIERRA
En Barnes and Noble la cara de Allen Ginsberg conserva el color lejano del óleo, marchito por tantas miradas y manos que tocan la ya encanecida barba del irreverente poeta de Newark. Los ojos detrás de unos anteojos psicodélicos nos relatan el fondo de una tensión desmedida.
Anaqueles, olores a libros nuevos, la tinta impregnada de sangre, la sucursal de una librería neoyorkina dice mucho en la frívola y poco literaria Miami, donde vivir es un salto al vacío, una permanente transgresión al encanto de un paisaje desmembrado por el tiempo. Mientras tanto, Ginsberg, adobado por los afeites de la funeraria, respira bajo tierra el silencio de un país que sólo lo tiene presente en algunas páginas del Times de Nueva York o en el obituario de Los Angeles Times.
Es domingo en San Francisco. Los diarios revientan con la cara de quien escribió:
When I died, love, when I died
my heart was broken in your care;
I never suffered love so fair
as now I suffer and abide
when I died, love, when I died.
Para despedirlo, el también poeta Lawrence Ferlinghetti escribió: A great poet is dying but his voice/ won´t die/ His voice is on tle land, texto simplón que alude el carácter terrenal de quien jamás sucumbió a las tentaciones de la ciudad que albergó hasta la muerte.
2.-
El The New York Times del domingo 6 de abril recogió en toda una página los distintos rostros y viajes de Ginsberg, quien había muerto el día anterior en la ciudad de los rascacielos víctima de un cáncer de hígado. Por muchos años había sido la voz más rebelde y engreída de la Generación Beat.
Una nota que promueve una de las tantas historias del poeta de New Jersey, tiene que ver con la madre internada en el Pilgrim State Hospital, donde murió en 1956. la paranoia y el laberíntico estupor frente a la represión colocaron a la progenitora del poeta en un estado de de permanente alucinación: The key is in the Windows, the key is in the sunlight in the Windows. I have the key-get married Allen, dont´t take drugs…Love your mother.
Tres más tarde, Allen Ginsberg escribió un poema dedicado a Naomi Ginsberg, una elegía considerada como un texto de fino y delicado dolor. Mientras tanto, en el instante de la la lectura, Ray Charles entona un blues.
El viaje de Ginsberg a la otra eternidad representa una larga travesía por el nublado y espeso cielo de Nueva York, donde reside el paraíso del desencuentro.
3.-
En 1994, Ginsberg leyó –sacerdote penitente- su poema “Alarido” (Howl) en las afueras del Distrito de Courthouse de Washington. Un poco antes, la persecución, aldabonazos de cárceles y bofetadas que lo convirtieron en la “voz sobre la tierra”, esa que Ferlinghetti ahora plasmó en la portada del diario de Los Angeles.
En juicio al tiempo que le tocó vivir, Ginsberg escribió sin piedad acerca de todo lo que veía y sentía a su lado. No se permitió ausentarse de Dios, a quien tenía como eslabón entre la temporalidad terrenal y el espacio del eterno instante: “Espero que algún monje salvaje deje sus panfletos sobre mi tumba para que Dios me los lea en las noches frías de invierno en el paraíso…”
4.-
La política de McCarthy lo llevó a decir: America I´m nothing/ America two dollars and twentyseven cents January 17, 1956, y a pesar de haberse entregado por completo a la invisible tierra, Ginsberg era un proscrito cuyo valor se materializaba e el duende de una moneda que carcomía la sombra de su espera.
Para dotarse de presencia colectiva, abortaba el silencio al lado de William Burroughs, Peter Orlovsky y Gregory Corso, quienes formaban parte de la Beat Generation Writers.
Arrestado en 1967 en Nueva York, Ginsberg participó en innumerables actividades como parte de la contracultura que le dio vida a una década convulsa. Una vieja foto lo describe en Hyde Park, en Londres, haciendo gárgaras con los ojos de los asistentes, mientras la primavera cabalgaba sobre sus hombros.
Decidido a permanecer en el regazo de Dios, Allen Ginsberg nos dejó el texto inicial de Howl, y digo nos dejó porque forma parte de aquellos gritos que en nuestra pasantía por la adolescencia dijimos afanosos con otros textos emergidos de crucigramas y carreras precipitadas.
I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked.
Traído a nuestra memoria, traduce el tiempo en que perdimos la inocencia y nos entregamos a los fantasmas de la muerte.
San Francisco, California, abril de 1997.
CON LA TIERRA QUE BEBEMOS
Foto: Alberto H. Cobo
En la esquina del Indio Bastardo solía instalarse la ensoñación. Del abajo de la mirada, donde el mundo giraba en torno de todos los estallidos, la calle La Mascota de Valle de la Pascua nos llevaba a convertirnos en un instante, en un sol a punto de agotarse sobre la superficie de la Laguna Nueva.
Entonces corrían los años sesenta y, tripón yo, como dice Luis Alberto, oía de boca de los más grandes, adolescentes engreídos y rebeldes a lo César Vallejo, que el mundo era un incendio por esos montes de Dios.
El país se agitaba como un animal enfermo. Sucumbía ante las heridas, unas abiertas, otras por abrirse. Desde la infancia, era imposible ver más allá de cualquier paisaje. El pueblo que me habitaba era el centro del universo. Y como muchos niños, poseía los poderes de todos los héroes del momento. A poco de morir frente a una roca de kriptonita, me topé con los libros, y entre papales, notas y pérdidas momentáneas, comencé a oír el nombre de Angel Eduardo Acevedo, un muchacho fundador de un pueblo por los lados del río Tiznados, cerca de Guardatinajas. Un rebelde, hijo de Changuelito, como un día me lo confió mi hermano Hernán, hermano también de Angel Eduardo, como el negro Acevedo de los demás hermanos del poeta.
Descubiertos sus afanes, Valle de la Pascua -ya en la lejanía de Valencia donde llegamos a vivir- se nos hizo mito, gracias a
Fui enviado a la ciudad
porque en ella no existen rebaños
de ganado (sólo de gente).
Para que fuese sabio o doctor
o no vistiera más de dril
o no calzara sino zapatos.
Para que cambiara tristeza por riqueza.
Pero recuerdo un muchacho loco
un hombre tan loco
que sólo es posible llamarlo muchacho.
Hombre pensando en frutas
consintiendo pájaros
un loco.
Silbaba solo en los caminos
y hacía clarinetes de carrizos.
A veces se perdí con el alba
mientras los hombres labraban la tierra
y aparecía al anochecer con huevos de perdices
Un loco.
Y yo no he querido sino ser como él.
2.-
De allí, de esa consagración verbal, viene el nombre de Angel Eduardo Acevedo en la familia, en ese llano que crece cada vez que el poeta lo nombra. De allí, de esa peregrinación, de ese loco magistral, de ese muchacho recolector, nos viene a los pascuenses, a los calaboceños, a los de Guardatinajas, a los de San Juan de los Morros, a los de Sabana Grande, a los de Mérida, Trujillo y Barinas ese sabor a Angel Eduardo, esa pasión por la amistad, por su poesía, por ese primigenio Mon Everest, por años bajo la luz amarillenta de un bombillo, por años referencia que se convirtió en fuente de consulta afectiva, de búsqueda de un origen que se nos pierde en las estrías de las manos.
En esa esquina, en la del Indio Bastardo, en la que fue la Avenida Táchira, supe de esas frecuencias de un hombre que se llevó al poeta campesino a la ciudad, que no abandonó sus costumbres, que jamás olvidó la calle y la habitación donde lo concibieron, por mucho París que haya pasado por su espíritu, por muchas páginas que lo hayan arropado más allá del techo familiar.
Y si la ensoñación tenía lugar en las calles de Valle de la Pascua, una suerte de Anteo se le reveló para crear un pueblo durante aquellos años también ensoñados.
“Solamente vivía cuando despegaba de la tierra y, colibrí humano, me sujetaba una fragancia de los follajes encumbrados”.
Todavía en Monte Oscuro conservan un violín que Angel Eduardo regalara, como para sellar para siempre su compromiso de pionero y de forjador de amistades y cantos.
3.-
Razón existe para haya dicho o escrito en las hojas finales de Mont Everest sobre su relación con la patria chica y sus efectos: “Mi padre apremia en este remolino, en este embestir y retroceder, antiguo callejón de los castigos, de la más vieja bestia amante y de la primera serpiente.
Mi padre es un dios que está en la casa gobernando por entre sus pestañas y está a la vez ecuestre allá lejos, donde se quiebra en alto el camino, oteando y silbando toros.
Yo desespero a pie, mi potro zaino, mi saeta arrebatada por un joven demonio…” De esos sonidos, en medio del llanto, el poeta nos prepara: “Lloro, padre que estás aguardándome, pues el diablo anda en mi cabalgadura, el que desportilla potreros, barajusta rodeos y rompe las compuertas del agua.
Lloro, pues hay que ser hombre y el diablo vuela en mi caballo”, y así hasta merodear el final y volverlo comienzo. Este padre, lejano y cercano, es el mismo del cual nos habla Pepe Barroeta en su ensayo sobre la constante búsqueda de esa imagen del poeta venezolano.
4.-
Se aparecieron los años de Calabozo. Allá, con José Antonio Silva Agudelo y Marcola Hernández, nos reconocimos en el pasado y en el presente, gracias a la poesía, a la enorme necesidad de pesar el tiempo que nos legó el llano. En algún lado andaban Efraín Hurtado y Alberto Patiño.
Por eso, Jesús Sanoja Hernández, en la contraportada de Papelera, tanteos estéticos sobre el vivir, escribió: “No es lo mismo haber nacido a orillas del Sena que en la confluencia del Apurito con el Guariquito, y no lo es, esto debe aclararse, para Angel Eduardo Acevedo, amarrado al botalón de la infancia, prendido en soles que hacen ardoroso hasta al Everest suyo, y amante de las garzas como cualquier Bolívar Coronado. ¡Vaya, un poeta sin cisnes y un raspador de violín sabanero que se atreve a juntar, en una misma página, a Beethoven con Angel Custodio Loyola”.
Digo y redigo que Angel Eduardo Acevedo, de los Acevedo de los montarascales de Infante, sigue siendo pariente, como él mismo lo reconoció, del Jorge Luis Borges Acevedo de Buenos Aires, como lo ha sido de Efraín Hurtado y Luis Alberto Crespo, de quien esto dice en juntamiento con Pedro Ruiz y otros de los tantos que loquean por este mundo.
¿Cómo hablar de la poesía de Angel Eduardo? ¿cómo hacerlo si la cercanía es tan evidente que nos hace resbalar sobre sus versos y convertirlos en atajos, en espejismos en el fondo de los ojos? ¿cómo decir desde alguna academia de la poesía de este creador cuya impertinencia radica en ser demasiado humano, demasiado celestial y terrenal a la vez?
5.-
La larga sierpe carretera que une a El Sombrero con Valle de la Pascua nos da la medida de su afán, ese de andar cobijando palabras, enalteciendo giros y creando imágenes para su felicidad y la de los otros. En un texto inicial, el poeta Acevedo nos arranca de la piel:
Sólo existe un tiempo y sus poderes
la tormenta de olor de los montes
que se sumergen o arden.
Con furia irrumpe el agua, el sol.
Me encomendaba a ti y te ensoberbeces.
Por ti rogué y me incendias
pero no puedo sino venerarte
porque mi pulso es ya tu resplandor
que me envuelve.
Con esa esquina en los huesos, en las sienes calenturientas, Angel Eduardo nos entrega Los paraísos, unos textos que fueron parte amorosa bajo el mango de José Antonio y Marcola, mientras esperábamos a Rubén Páez, Gisela Egui y Juan Naranjo. Allí estaban mis hijas, enamoradas del fraseo llanero del poeta y de su forma de mirar el mundo.
En ese momento, estas palabras: “Alguien ha muerto en mí”, y más adelante, como quien adelanta la niebla y la lluvia: “Alguien que con los hados coreográficos me inamistaba ha muerto y despeja el ámbito de las hijas mías, reinas mías”.
En esta liviandad, en esta volátil ensoñación aparecen el Chino Valera Mora, Jesús Sanoja Hernández, Manuel Bermúdez, Eduardo Espejo, Manuela Yélamo, Roberto Juarroz, Juan Sánchez Peláez, Pedro Ruiz y quien esto rasguña.
Hemos vivido y viajado con este poeta del resplandor, con este hombre de la planicie ahora habitante de las alturas merideñas. Hemos avisado a los dioses, al entusiasmo de su permanencia.
Vuelvo de nuevo a la esquina, la tantas veces hablada y cantada por Angel Eduardo, cerca de la cual, seguramente, vivió una muchacha llamada Rosita, a quien le cantaba los primeros versos, los primeros encantos, los primeros paraísos.
Coincido con el silencio y con el ruido para celebrar esta respiración, este espíritu, a este hombre que nos ha dado y nos seguirá dando parte de su hondura. Y como Whitman, me celebro al celebrarlo, al amarlo desde la mirada extraviada de mi hermano, parte sustantiva de Angel Eduardo.
Siempre brindaré por él, con el licor divino, con la tierra de nuestros muertos, con el agua de nuestras navegaciones, con el aire de nuestros vuelos.
CHOCRÓN Y NOSOTROS
Fue el 15 de enero de 1981. Me lo recordó Isaac Chocrón en el prefacio de “Nueva crítica de teatro venezolano”, que publicara Fundarte para recoger los trabajos producto de aquel famoso seminario de la Maestría de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Simón Bolívar.
Ese día comenzó el seminario. Ese día comenzamos a conocer al profesor Isaac Chocrón Serfaty. “Simplemente Isaac”, como a él le gustaba que le dijeran: “Como en la Torá, como en la Biblia”, le oí decir a la puerta del aula entre chanzas.
Ese día supimos que jamás olvidaríamos esa experiencia, que seríamos unos privilegiados. Isaac no parecía un profesor con experiencia en importantes universidades del mundo. No; parecía un rabino bromista, un venezolano pleno de alegría al hablar del teatro venezolano y latinoamericano. O del universal. Su genialidad se quedó marcada en nuestro espíritu.
Ese día, repito, comenzó el seminario que se prolongó hasta el 2 de abril del mismo año. Con Isaac leímos, discutimos, visitamos el Nuevo Grupo, compartimos con José Ignacio Cabrujas, con Román Chalbaud. Vimos una reposición de “La revolución”. Estudiamos y luego publicó nuestros intentos en el mencionado libro de Fundarte. Allí estuvimos Francisco Flores Gallardo, quien trabajó “Los canarios” de César Rengifo; Juan H. Querales el ciclo petrolero del mismo autor; María Esther Sanjurjo de Casanova, quien se paseó por “María Lionza” de Ida Gramcko; Francisco Rojas Pozo se ató a las tablas de Cabrujas con “Acto cultural” y “El día que me quieras”; Margarita Troyano, viajó con José Ignacio a través de “Fiésole” y “Profundo”; Luisa Valeriano escogió “La quema de Judas” y “Los ángeles terribles” de Chalbaud; Julio César Sánchez trabajó también “Los ángeles terribles”; Morela Contramaestre se fijó en Chocrón a través de “La máxima felicidad”, “La revolución y “OK”; Miriam Marinoni de Foti viajó con “Mesopotamia”, también de Isaac; León David Montoya escogió “Nuestro padre Drácula” de Santana, y Alberto Hernández seleccionó “Resistencia” de Edilio Peña.
Chocrón escribió en la introducción del libro: “El Seminario eliminó mi típica creencia caraqueña de que en el interior hay poca inquietud artística o mucha modorra intelectual (…) Los resultados fueron espléndidos. Aportaron el rigor intelectual y organizativo de la crítica literaria al análisis de nuestro teatro. Se empeñaron en el estudio de textos, tan infrecuente en nuestro medio”.
Desde esa experiencia, Isaac Chocrón siguió siendo nuestro maestro, nuestro amigo. Se nos extraviaba en cada viaje. Regresaba y varias veces estuvo en Maracay donde conversamos y hasta llegó a borrar mi rostro y reconocerlo luego de que Francisco Rojas Pozo lo trajo a la realidad: “Ah, claro, si te dedicaste más que todo a la poesía”. Y sonrió con la facilidad que tenía para hacerlo. Con esas palabras nos despedimos.
Al final de la calle Soublette sur, en la que era la Maracay de los catalanes, se siente la mirada de quien una tarde pasó por ahí y dijo: “Aquí nací yo”.
Por esos mundos anda alborotando nubes, entre “revolución” y “revolución”, al lado de José Ignacio Cabrujas, su pana.
MANÍAS DE CIUDAD
1.-
De Joseph Brodsky aquella manía de encerrarse en una botella y dejar la ciudad asilada, al resguardo de quienes hacían de la borrachera fiesta para consagrar. No en vano comentado por el poeta Juan Gelman, me traslado desde su lectura hasta el poema “Una fotografía”, para aislarme un poco y deshacerme de la pesadilla que a diario corrompe nuestra tranquilidad: “Vivíamos en una ciudad color vodka helado. / La electricidad venía de lejos, de pantanos, / y el departamento de noche parecía/ sucio de turba y picado por mosquitos”.
De paseante de esta Maracay, paso a refistolero, a calumniador de árboles, los mismos que Brodsky deja a un lado para seguir tocando las fauces de la urbe: “Las ropas eran gruesas, denunciaban/ la cercanía del Ártico. Al fondo el corredor/ se crispaba el teléfono recobrado, reacio, / el sentido después de la guerra terminada”. En vista de la nuestra, refriega nacional que nos trajeron, develo este cansancio, estas ganas irrefrenables de detener la muerte, el zumbido de la eternidad en los ojos.
2.-
Manía que recobra la calle en el parpadeo del hambre, en la sinopsis de la angustia, tan grata a los programas de donde proviene el aliento del miedo. Esta ciudad está a merced de la queja. Desecho visual, respiramos los gusanos y los pájaros negros de la mentira: dicho y hecho, Maracay nos ladra en los oídos.
Manía de sacudir las manos en la cara de la indolencia. Manía insoportable para mí mismo, dado a reclamar –como si me tocara, como si tuviese derecho- a los nacidos en esta urbe de egotistas , en la que ya casi nada es posible pensar en hacerla posible. Y así, maníaco depresivo, aturdido y vapuleado, quien me habita desde afuera es una mueca, un alarido desde lejos en este cementerio de alimañas.
Manía, sí, tan desperdicio como zozobra, que tiene en el poeta ruso-norteamericano la misma marca: “El billete de tres rublos divertía a los aviadores/ y a los mineros del carbón. / Yo ignoraba que un día todo eso iba a desaparecer. / En la cocina, ollas esmaltadas/ inspiraban confianza en el futuro/ convirtiéndose en sueño,/ obstinadamente, en sombrero o ejército marciano”.
Que no quepa la menor duda, somos un ejército de extranjeros de otras galaxias, aliviados por los discursos, las marchas y contramarchas, los muertos con los ojos abiertos, las mujeres violadas, los hombres ahogados o calcinados por la fantasmagoría de esta impericia cotidiana. Púlpitos, bufetes, pantallas televisivas, palacios y casonas corroen el tiempo, la tranquilidad del viejo reloj detenido, arriba en la torre de la Catedral.
3.-
Con la boca cerca de la basura, entre las moscas y el olor ácido de la lechuga podrida, crece el mundo de la desesperanza. Mientras apestamos, el porvenir es tan inseguro como la belleza del montón de miedo que nos llega a los hombros.
“Los autos también/ iban hacia el futuro, negros, / grises y a veces –los taxis-/ hasta color marrón claro. Es extraño y no muy agradable/ pensar que ni siquiera el metal conoce su destino/ y que la vida se ha gastado gracias a una apoteosis/ de la compañía Kodak, con fe en las fotos/ y tirando los negativos. / Aves del Paraíso cantan, a pesar de que las ramas no se mecen”.
4.-
Digo de la metáfora de un árbol que ambula en la ciudad. Una fotografía, un hombre recostado de una viga de ahorcado, un borracho alucinado, un maníaco que se quiere comer la luna, un uniformado que hace el amor con su pistola, un iletrado que lee la Ilíada y canta desde el disgusto de saberse parte de las heces del mundo.
Vieja manía la de morir siempre en la orilla. Manías engendradas por la sangre de los antepasados. Manía de vivir pese a la fosforescencia de Pavese bajo la sangre de Pasolini. Manía de ciudad y dejar de ser humano para arribar a la savia de un árbol y olvidarme de Brodsky.
Pero, vamos, vivimos, maníacos, entre los miedos naturales y los inventados por los fantasmas de este mapa carcomido por las polillas de la indecencia. “Aves del Paraíso”, ¿cuáles? La carroña espera por los pájaros de Hichcock, por los muertos de Poe, por los niños monstruos de Quiroga, por el que a diario nos espanta con su cara de palafrenero. Manía, tanta manía, tantas ganas de ser ciudad y rechazar la calle hacia el infierno.
LA PÁGINA BORROSA
La senda de la palabra nos revela que al final hay un desencuentro con la certidumbre. Todo es cierto cuando sabemos que un significado nos enfrenta con la realidad, esa “cosa” abismable.
El arte, sobre todo ese que nos toca tan de cerca, la poesía, es sólo una justificación. En medio de ese tránsito vamos dejando trozos, voces muertas, sobras de frases, equipajes y monederos vacíos, cuerpos adoloridos, reflejos, ecos. Pérdidas que enriquecen y alejan el fondo de lo que nos ahoga, lo que nos rodea. La realidad es una simple fantasía inventada por los sentidos. Más allá del espejo, en su allá inescrutable, está la razón de ese desencuentro, el sabernos hechos de “verdades”, de paradojas.
Una lectura universal sin pasión de todas las páginas revisa cada paso adelantado, cada abismo rozado por el miedo. De esa desordenada vocación, ¿qué nos queda? Pequeños destellos, una larga desmemoria que se metamorfosea, nos acompaña.
Todas las lecturas definen esa larga soledad con el texto. Pero no todas las soledades definen los textos. Sí, un texto, digamos Tirant lo Blanc, el primer invento literario de caballería de los íberos. La revelación cuestiona la alocada perfección de Cervantes.
2.-
No se termina nunca de leer, sobre todo si nos movemos en la tesitura de la sugerencia de Italo Calvino en su libro Por qué leer los Clásicos, pieza extraña en estos tiempos cuando el afuera ha invadido los lugares del espíritu, el aposento del pensamiento, ha desalojado sus secretos, golpeado febrilmente las sombras de cada quien. Una vieja página perdida, irrecuperable, como un cadáver a la orilla de una carretera intransitable.
3.-
En la extrañeza de una pupila caben las preguntas: ¿Ganamos en tecnología si dejamos de leer la Odisea? ¿Se nos caerían las alas de los demonios cibernéticos si nos aproximamos a Jenofonte, Ovidio, Cardano, Galileo, Cyrano, Crussoe, Diderot, Sthendal, Balzac? ¿Dejaremos de ser posmodernos si nos aposentamos en un laboratorio de microchips con la memoria cercana a Dickens, Flaubert, Tolstoi, Twain, James, Stevenson, Conrad, Borges, Onetti?
Estas preguntas no las formula Calvino, pero en estos momentos de virus y apotegmas tecnobiológicos quien esto rasguña se las formula. Las polémicas han sido virtuosísimas en medio de tanto scanner y nerds apostados en la imaginación virtual. ¿Somos hombres en la medida de nuestra memoria o seremos más hombres en la medida de nuestras habilidades virtuales?
4.-
Una hoja antigua se nos queda en el hombrillo de la ruta que seguimos. Hemos saltado la verja y alguna herida nos marca las rodillas. Sin embargo, la caída no ha sido sentida. ¿Todos los Clásicos caben en la desmesura de una pantalla de computador? ¿Todos los hombres cavilan desnortados como para someterse al escarnio del silencio de esa máquina que lo copia y lo “perfecciona”? Nuestro extravío vive, lentamente, la búsqueda del lugar señalado en los sueños, el web site donde las fantasías se consagran por la lectura. La tecnología -esa inteligencia que fabrica edenes temporales- es, ya se afirma con regusto, un mal necesario, para usar el más lugar común de Dios me salve el lugar. La fuerza de la palabra desatará un larguísimo silencio. La mudez volverá a los libros, extraños instrumentos de hechicería. Módulos de estancos, archivos de mampostería, inventario de museos. Así dicen los tecnócratas. Reflexión triste para aquellos que estamos de este lado, persiguiendo fantasmas con Italo Calvino. A ver si de algún lado emerge alguien y nos sorprende con los olores virtuales de Don Quijote.
5.-
La última página. O la extraviada en medio del miedo y los asuntos de la calle. La burocracia, el fracaso, la rutina, la abulia, el fastidio: Juan Carlos Onetti nos revienta en una esquina. Mario Benedetti en una oficina. “Para rendir pasablemente en la oficina, tengo que obligarme a no pensar que el ocio está relativamente cerca. De lo contrario, los dedos se me crispan y la letra redonda con que debo escribir los rubros primarios, me sale quebrada y sin elegancia”, dice un personaje de La tregua del fallecido escritor uruguayo. He allí una pérdida, la estrategia de la artritis del temor al fracaso. Es el mismo sujeto que se aferra al diagnóstico de Montevideo.
¿Cuántas páginas nos quedan por diseñar, por escribir, sin necesidad de que la muerte nos aparte a un lado, nos haga su cómplice? ¿Qué puede sacar en provecho cada uno de los que hacen vida en el cuento “El presupuesto”? Allí habitan quienes no encuentran cómo reconstruir sus vidas, un país, un microclima que los lleva al silencio, a la muerte.
¡Cuán parecidos los personajes de La tregua y los personajes de La vida breve¡ Tanto Onetti como Benedetti saltan la cuerda de una pequeña nación predestinada a ser un juicio: la parálisis de alguien asomado a una ventana, la de un hombre que se detiene en la calle y allí permanece hasta el desgaste del día. Alguien sabe que va a morir y se sienta en una plaza, a la espera de que el médico, su ex compañero de estudios secundarios, le diga que no tiene la muerte instalada en los intestinos, la misma que acabó con el escritor nacido en el sur. ¡Qué distancia tan larga para predestinarse, para saberse el mismo personaje del cuento “La muerte”, parte del libro La muerte y otras sorpresas¡
Aquí, en esta línea, perdemos el equilibrio. Ha muerto quien inventó y borró, quien supuso la felicidad y se perdió en una biblioteca de utopías. Todos terminamos siendo personajes de una sola novela. Y así como él, otros han muerto. La página vuela agitada por el viento en medio de una calle tocada por una ventisca. La página borrosa es la misma que ha quedado oculta en el computador, la misma que una noche perdió algún monje de la Edad Media. El copista que alojó en sus ojos la sombra del futuro.
ENCUENTRO CON BLAS COLL
Para recordar a Eugenio Montejo
1.-
¿En qué momento descubrí -al frente de varias cervezas y un montón de libros que su autor, Eugenio Montejo, dedicaba a quien esto escribe, en un bar de esta ciudad-, que Blas Coll andaba de mesa en mesa calificando símbolos, anudando realidades? No en vano, Montejo, con la amabilidad que lo caracteriza, intentaba aplacar la desmesura de quien lo miraba distraído, inquieto en descifrar el color de los ojos del viejo maestro de Puerto Malo?
El poeta –el de carne y hueso- auspiciaba la calma de la calle desde su privilegiada posición en el local. No tenía yo la posibilidad de reconocer al hombre reflejado en el vidrio, aquella tarde de cualquier mes de hace cinco años.
Por los vientos que soplaban (hacía un calor intenso en esta ciudad), Montejo llevaba en algún lugar del cuerpo la marca de su maestro. Por eso asentía cada vez que una palabra encajaba en sus acuerdos, en la redondez de una respuesta. O en el silencio que aparecía sin permiso mientras esperábamos a otro poeta que se había quedado rezagado en el laberinto de sus emociones.
“-Los hombres en cualquier época son fatalmente conservadores, no hay más que ver cómo se comportan ante los cambios del lenguaje. En todo tiempo se hallan prestos a demoler el mundo para rehacerlo de cabo a rabo, aunque ello no sea más que engendro de su hastío metafísico. La lengua nuestra, en cambio, con cuánta comodidad se adecua a la indolencia de antiguas formas. “Pueden meterse con todo, pero no toquen el lenguaje”, decía el travieso Voltaire”, se le oyó decir al celaje que pasó por los ojos de Eugenio.
2.-
Precisión, coherencia, dicción. La voz del poeta de Papiros amorosos nada cuestiona. Se aferra al eco del maestro. Inclina la cabeza y se concentra en la dedicatoria. Sorbe la cerveza. Se le nota un aire de Lisboa en el acomodo de los gestos.
-¿Cómo era Blas Coll?
-Quienes lo conocieron lo describen con rasgos más o menos aproximados. Anoto, de mis averiguaciones, las señas que más se reiteran: era menudo, de mediana estatura y rostro ovalado. Llevaba siempre gafas doradas y un sombrero de fieltro, al parecer su prenda más definitoria, junto con lápiz achatado sobre la oreja derecha…
-Entonces, ¿para Montejo es un fantasma, una referencia verbal?
-Sí y no. Te lo puedo responder con las mismas palabras que usé para una bella edición, la más reciente: “Tarde, muy tarde han llegado a mis manos los restos del cuaderno de Blas Coll, cuyos fragmentos más legibles trato de recomponer en las anotaciones que transcribo. Su autor ya tenía más de veinte años de muerto al momento de mi hallazgo…”
-Me pareció verlo hace sólo un rato, poeta.
-¿A quién, por favor?
-A Blas Coll. Creo que hacía de mesero. Y casi afirmo que usted también lo vio. Hasta oí algo que le sopló muy cerca. La última palabra fue Voltaire. ¿Me equivoco?
-Bien, suele aparecerse, pero no es un fantasma común y corriente. Es una aparición encantadora. Un maestro del silencio, de los susurros…destaca por un perfume que suele contagiar, como un limonero en una sala cerrada. ¿Nos sentiste ese olor?
-En verdad, no. Pero sí su ectoplasma.
3.-
La tarde seguía instalada en el cristal que nos separaba de la calle. Otro par de cervezas aligeró la carga de la afirmación anterior. Eugenio se quitó los lentes y sonrió con diplomacia, a sabiendas de que quien lo escuchaba no poseía la virtud de conectarse con el maestro.
-Debo aclararte que Blas Coll era mudo por voluntad propia. Entonces, ¿cómo fue que oíste parte de lo que me dijo al oído?
-No sé, pero algo me llegó. La palabra Voltaire me sacudió. Y no porque lo haya leído en el cuaderno. Hasta el tono de su voz se familiariza con la realidad. Es decir, la ficción, lo que nos atrevemos a afirmar como tal, queda descartada. O en todo caso, la imaginación nos traiciona.
-Podría ser. Se dice que Blas Coll no es su nombre verdadero. Desde que llegó a la bahía en 1932 se le conoció con ese nombre.
-¿Y cuál es la duda?
-Ninguna, sólo que haberlo oído fuera de mí es algo extraño, lo que significa que se podría corporeizar en cualquier momento…
-Creí haberlo visto.
-O imaginado.
-¿Y no es lo mismo?
-Sí, en eso no cabe discusión alguna. Es lo mismo: la imaginación es la única realidad que nos queda, como la poesía la última religión.
4.-
-El mismo Coll nos da la razón cuando afirma que “La lógica sirve a la realidad tanto como la geometría a las nubes. De llegar a mostrarse a través de formas rígidas y predeterminadas, qué poco encanto ofrecerían a la contemplación las cambiantes formas de un nubario matinal”.
-Sí, hermoso pasaje.
-Pero, Eugenio, ¿no será acaso Blas Coll producto de una fiebre contemplativa?
-¿Qué diferencia tiene esa frase con la creación? El hecho creador entraña un desdoblamiento. Es una suerte de enfermedad.
-Que no nos extrañe entonces toparnos con Coll a la vuelta de esquina.
-Seguramente, pero no hablará. Lo que oíste fue parte de este momento de ficción que vivimos. Somos retazos de la realidad. Es decir, encajamos perfectamente en ese invento trágico y a la vez maravilloso llamado tiempo.
-Es decir: “La contemplación es el abandono de las imágenes lingüísticas por las más inmediatas de las cosas en sí mismas”.
-Justamente. Blas Coll llegó a creer que el único hereje verdadero de estos tiempos era él. De manera que no es extraño que lo veamos en la calle, sumergido en su silencio, con la esperanza de retornar a Puerto Malo.
La mesera trajo más cervezas. La tarde pellizcaba la superficie del vidrio. La ciudad, allá afuera, era una condición.
Un rato más adelante, la calle nos recibió. Por el oeste se escapaba la memoria del día. Eugenio Montejo se despidió con el abrazo de siempre. Mientras su carro se alejaba, alguien, sentado en la orilla de la acera exclamó bajito: “¡Qué raro se nos hace dirigirnos con un mismo pronombre a seres tan distintos, a tan variadas personas¡”. Recitó otras cosas que no logré entender.
La pesadez de la bebida me condujo a un laberinto del cual no he podido aún salir. Sin embargo, suelo entablar un denso diálogo con una voz que ya me es familiar.
Ese día con el poeta Montejo descubrí que los imaginados éramos los dos.
EL SUEÑO SUMERGIDO DE CELSO EMILIO FERREIRO
(O soño sulagado)
1.-
La lengua gallega habla desde el abismo. Final de la tierra para los que venían de muy lejos a hincar los ojos en el mar agitado, línea que separa los sueños de la realidad. Galicia se nombra con la boca cerrada, con palabras que sólo Celso Emilio Ferreiro sabe arrancarle a la espuma venida no se sabe de donde.
En mi garganta brotan las palabras
que desde fuentes muy hondas van viniendo
y se hacen largos ríos por las venas,
rosas de luz en los ojos o espumas.
El poeta mastica la arena y la escupe para nombrar la terra galega, la que revisa desde muchos siglos el ir y venir de su gente, los emigrantes embalados en los grandes barcos y la idea de América guardada en una maleta o en los latidos del corazón.
¡Qué gozo para los ojos ver en Vigo
hileras de emigrantes por las calles
cuando hay barco en el puerto¡
Caminan asombrados,
henchidos de luz y de saudades
de las ignoradas tierras presentidas,
allá donde se juntan mar y cielo.
La tierra gallega conjuga la angustia con la palabra viaje. El abismo encuentra nombre en los pies de los desheredados, los que hallaron fijadas en las piedras celtas las palabras que ahora entonamos con poeta:
Yo canto a los emigrantes que no quieren
ser topos hozando día a día
en la ingrata heredad, siempre andrajosos,
sudando como forzados
entre el estiércol de noches sin estrellas.
2.-
El sueño gallego emergió de lo hondo, de esa hondura que es ahora rosa de los vientos: “Anclados en la orilla nosotros quedamos/ sordos y oscuros/ a la voz de los siete mares que nos llama”. Pese al dolor, la dulzura de Rosalía de Castro en los ojos de quienes se atrevieron a cruzar el océano.
Celso Emilio Ferreiro, como todos los “galegos” conoce el miedo, ese gusano que nada en la sangre y atestigua el pasado: “Cuando el cuervo de la noche se posaba/ en las últimas luces de la atardecida,/ mis ojos de niños/ se llenaban de relámpagos y de lágrimas”. Los mismos relámpagos que los emigrantes trajeron y sembraron en este mundo nuevo de América para sus ojos. La saudade gallega tan parecida a los cambios climáticos que interiormente ahogan los nombres de las aldeas dejadas en la memoria.
“El viento que rezongaba en los senderos/ era un hombre grandón envuelto en niebla/ con un saco al hombro para llevar niños.// Los árboles semejaban/ fantasmas de caballos desbocados/ galopando los campos”.
¿Cuántas veces la tierra de aquella lejana Celta no ha entrado en el barro de esta orilla? ¿Cuántos alumbramientos fueron en medio del mar? El miedo, el no saber qué cielo los protege, qué fantasma o duende de la niebla asomado a la ventana de un “neno triste/ con cárceres durmindo longas noites”. Así, la voz del poeta es vértigo frente al niño que se repite en el adulto, y se nombra: “Un miedo que me llegaba/ de las raíces del mundo/ temblaba en mi sangre”.
3.-
Galicia es un hombre que sonríe mientras conduce un jumento cargado de heno. Nadie imagina que esos ojos campesinos e ingenuos también llevan bajo la piel los sonidos antiguos de Santiago, los pasos de los peregrinos, el miedo de encontrarse frente a la inmensa revelación del misterio.
Por eso la biografía, el retrato para disipar, a través de una anciana: miedo sacudido por la voz del silencio. El retrato: “Os hablaré de mí aunque me duelan/ las oscuras raíces de mis sueños./ Celso Emilio me llaman, pero tengo/ otros nombres más ásperos escritos/ en un registro de vientos polifónicos/ con un fondo musical de flauta triste”.
La tristeza, la “morriña”, característica de una cultura que hincha la imaginación de los poetas de Galicia:
Mis nombres sin palabras. Despaciosamente,
siempre abiertas de par en par las puertas,
esparciéndome voy por los caminos,
con el corazón encendido en cien amaneceres,
en las manos, luz, en los ojos, margaritas,
y una piedad de río sin orillas.
¿Cuántas arcadias caben en la tristeza? Todos los atajos llevan a Galicia, a quien se nombra, por eso, “Así me llamo yo. Escritos en humo/ están mis nombres. Idlos diciendo/ con un fondo musical de flauta triste,/ de lágrimas deslizadas”.
Galicia es el fin del camino, los tantos por sacar del sueño, “o soño sulagado”, el que emerge a diario del último mar de la tierra. Galicia también es el comienzo del mundo.
LUNARIO
-Háblase de locos, poetas, dráculas y hombres lobos-
1.-
La luna de estos días es un reflejo en el agua de un ojo. De las estrellas, la espera para verlas cuando la tormenta deje de enumerar su alfabeto de gotas. La luna tiene prontuario en el lado oscuro de su permanencia. La luna es un invento de la tierra. Como flota sobre nuestras cabezas, amaga muchas veces con caernos encima. La detienen las copas más altas de los árboles y el canto exagerado de algunos pájaros. De lo contrario, hace siglos seríamos lunáticos, habitantes de desiertos sin aire.
Los terrícolas solemos mirarla con ojos incrédulos. Pese a los siglos de estar allá arriba, se nos hace difícil entenderla, saberla parte nuestra y a tanta distancia. Muchos dicen que es el cementerio de almas que no tienen cabida en las sombras de la tierra. Otros, que se trata de todos los ojos aumentados de los insectos de otros mundos.
La luna –motivo para poetas y lobos- es el globo de un niño de otra galaxia. Y aunque parezca infantil y falto de seriedad, es simplemente el satélite de nuestro planeta, éste que tenemos como juguete para destrozarlo. Pero así es la cuenta, la que toleramos a la hora de sabernos en la noche y mirar cuanta luna se nos atraviesa.
2.-
No se puede desairar a la luna. Su ojo abierto, el que nos mira sin cesar aun apagado, alimenta la sombra, la hincha, la hace correr hacia nosotros. Vivir de luna es un misterio. Vivir contra ella es una verdad científica: no nombrarla, silencia a quien la olvida. La luna jamás ha existido: es un reflejo de nuestros deseos. Quien crea en ella muere bajo su disco sin conocer el camino que habrá de recorrer. La luna es la mirada de un gato a punto de reventar. La luna pasta al lado de una vaca. Muerde con holgura el agua que lava los bordes de las madrugadas.
Si alguien intenta salirse del poema, la luna le amarga la vida. Su horario, de particular templanza, bate las hojas de los libros y bota las letras. Sin embargo, saberla en la ventana es como desentenderse, nombrarla sin mucho ánimo, revolverle el cabello.
Pero la luna, insiste quien la toca, es un trozo de queso iluminado en la nevera. Es fría, calculadora, lujuriosa, perversa, única. Es sólo luna, y quien es luna, favorece la noche, el impulso de flotar en la sangre galáctica.
3.-
¿Para qué sirve la luna? ¿Con qué se comen sus manchas y mares de arena? Caben otras preguntas: ¿quién la invitó a permanecer sobre nuestros techos? ¿por qué nos espía? De no existir en nuestro cielo, otro la habría puesto sobre la ciudad menos bulliciosa. Pero, nada, la tenemos, nos lleva a todos lados, de noche y de día. Nuestros ojos la atisban y ella se pega del camino que pisamos. Y su luz nos estira en sombra contra el suelo.
La luna nos hace varias caras. Los mares saben de sus efectos. ¿Cuándo la luna es nueva o llena si desde hace siglos nos enseña parte de su acné? ¿Por qué menguante si nunca se acaba? ¿Y creciente, si sabemos que es del mismo tamaño desde que alguien la pegó del infinito con saliva eterna de algún unicornio enfermo?
La luna y su álbum: quien escribe acerca de su permanencia no es más un loco, un lunático, un ido de la tierra. Los que la adoran aúllan y se comen a sus críos. La licantropía nació en la luna con un lobo en los brazos.
La lluvia que la oculta es cómplice de sus desafueros. Que lo digan los asaltantes de camino.
4.-
Un eclipse de luna revela la cara oculta de quienes lo ven. O tratan de verlo. La luna siempre está allí, apagada, sin luz. Nunca ha tenido luz propia: es parasitaria, confiscatoria. La luna vive de luz robada. O prestada. Por eso cuando llega un eclipse, nadie debe asombrarse. Sin el sol la luna no existe. No es nadie. Pobres enamorados, se quedarían con el sol, quemados.
Un eclipse asoma la verdadera cara de la luna. Y si es el sol quien trata de ocultarla, la señora Luna (¿será señorita?) se rebela. Se pone arisca, trata de evadir el cuerpo caliente de su lejano amante. Los dislocados o, mejor, los descocados, asumen que la luna no es más que reflejo, un pedazo de luz prestada, un instante del sol. Pero se equivocan: no hay nada más verdadero que la luna. Que le pregunte al Hombre Lobo, a al Conde Drácula, a los Lunáticos (los locos, pues). Que le pregunten a la savia de los árboles. Al geotropismo negativo. A la piel de algunas doncellas. A la lengua viperina de magos y brujos, tan volcánicos que le tienen miedo al día.
De modo que la Luna es muy poderosa. Alberga nuestras emociones. Hace que veamos el atardecer y el amanecer. Que nos desatemos y volquemos la angustia sobre su inmensa superficie plena de acné juvenil. Pese a que tienes dos caras, la Luna no es hipócrita como algunos que la invocan y le cantan. Quedan por allí algunos poetas tan lunáticos que la odian, la rechazan o la convierten en pésimos versos.
La Luna sirve de mucho: está allí, latente, flotando sobre nuestras cabezas. A diario, de noche, ella nos mira y se hace la loca, para que nos pongamos más orates de lo que estamos, porque hay que decirlo con todas las letras: Gracias a la Luna la locura se aleja, se anuncia y se despide. Ojalá que siga actuando y nos premie con la claridad de su silencio. Porque para locos, los achicharrados por el Sol de este trópico demente.
LA REFRIEGA
-A la memoria de los que no tienen memoria-
1.-
Un solo disparo bastó para que Manuel Cachutt conociera la muerte.
Luego de la provocación, el hombre corrió hacia el vehículo donde tenía el arma que lo ayudaría a salir del incómodo momento.
La bala horadó ruidosamente el cerebro de Manuel.
Fijadas las acciones, veremos el cuerpo de Cachutt irse lentamente contra el tablero del carro, con los ojos desorbitados y un agujero en la espalda de la cabeza. La muerte fue casi instantánea, sólo le dio tiempo a entender que todo había sido, que el resto del mundo que veía a través del parabrisas ya no le pertenecía.
Vinieron otros acontecimientos que revolcaron al pueblo en sangre y degradaciones orales.
El homicida fue encerrado en un edificio donde funcionaba el juzgado, porque la prefectura se había tornado vulnerable por el empuje de la ira colectiva. Hasta allí subió la multitud, destrozó lo que a su paso encontró, hasta dar con la humanidad acobardada del asesino.
(Una fotografía del viejo Isaac muestra la cara del hombre sacudida por los golpes. Una mujer intenta sacarle los ojos con la punta de los tacones de sus zapatillas).
2.-
Horas más tarde, Juan Manuel Loreto se apareció con la ropa teñida de sangre. Todo el cuerpo, hasta el pelo, era una ducha pegostosa de la sangre del hombre que horas antes había disparado contra el menor de los Cachutt en el interior de la camioneta con la que distribuía cigarrillos.
Mi tío Juan Manuel, quien fue uno de los exaltados asaltantes a la casa donde tenían al Caín –así le decían-, se cambió de ropa inmediatamente y se “enconchó” en una construcción vecina donde finalmente lo encontró la policía, para luego encerrarlo en la penitenciaría de San Juan de los Morros por varios años. Así, muchos del pueblo fueron sometidos al escarnio de la persecución por parte de los organismos de seguridad del estado.
Una imagen retardada de Valle de la Pascua, escenario de los acontecimientos antes relatados, nos muestra la actitud vociferante, aguerrida y vengativa de los que conocieron a Manuel Cachutt. Hasta los niños participaron en esa guerra donde tuvo que intervenir la Guardia Nacional y el Ejército, solicitados por la policía al Cuartel de Roblecito. Yo, que tendría once años, quise hacer lo mismo, pero la fiera mirada de mi padre, Baltazar Hernández Loreto, torció mis intenciones de hacerme protagonista de ese Fuenteovejuna con héroes de película mexicana.
3.-
Los años no han logrado borra esta historia. Se enriquece la memoria, vuelven a sucederse los mismos movimientos, los gritos, la sangre. Bajo la mata de tamarindo de la abuela Amelia, donde quedaba su casa de las calles La Mascota y Leonardo Infante, veo hoy a mi tío Juan Manuel quedar totalmente desnudo. Lo miro sorprendido quemar la ropa en el humilde fogón de barro de la cocina. Sin embargo, tuvo tiempo de hacer una broma y de responderle a papá con arrogancia por lo hecho ese día de aciagos intentos.
4.-
Manuel Cachutt está muerto. Sigue muerto bajo la tierra de Valle de la Pascua.
La tumba se tornó una romería, porque la gente iba hasta el cementerio a llevar flores y a lanzar maldiciones contra el asesino, quien rodaba por las escaleras del juzgado de Valle de la Pascua y a punto de ser quemado en plena calle, hasta que fue rescatado por la fuerza pública.
El cuerpo de Manuel Cachutt se descompone lentamente. Se hace polvo. El rostro del joven pierde belleza y personalidad. Se deteriora. Ya no es el “pavo” de sombrerito de aquellos años 60, buenmozo y simpático que compartía el reparto de cigarrillos con una partida Caimanera de pelotita de goma en la calle La Mascota, frente a la bodega de Carmelo Sarmiento. Era y es un cadáver perdido en la sombra de la tierra. Afuera, la gente que lo conoció inició la primera revolución armada contra el crimen. Pero todo quedó así: Manuel, un muerto que se fue deshaciendo con el tiempo, y el asesino, sordo y saturado por la inclemencia de treinta años de condena.
La foto del rostro del pistolero todavía nada por ahí, en las casas de algunas familias que guardan celosamente la memoria de un cuerpo cicatrizado y deforme, como para espantarse el olvido que lo acosa por todas partes.
DÍAS DE CARGA SOBRE LOS HOMBROS
Días de abulia, días de carga sobre los hombros. El país se nos deshace en el interior, en los espasmos del diarismo. Días pesados, piedras atadas a los pies. El clima se niega y sus efectos conservan la desesperanza: las lluvias son sólo un anuncio de su poquedad. Las calles, sucias y abrumadas por la miseria, nos encaran y gritan desde una esquina. Nadie ha salido ileso de estos largos días de ingrata realidad. Unos, agitados por la planificación ojerosa del poder, se cimbran con una mochila que los apoca frente al mundo. Otros, desnudos por la necedad, fabrican el destino con cortos mensajes clandestinos.
Los días naufragan frente a nuestros ojos. Entonces resuelvo encontrarme en un poema de Beverly Pérez Rego, para no olvidar la infancia que tantas veces fue una hoja de libro, o el polvo de una alacena oscura. “No intentes, niña, mirarte en la faz del fondo insondable. No busques el origen de esas tristes voces. No desnudes tanto. Eres atrevida, niña mía; sonríes a los espectros y esperas ser perdonada. Se hace tarde. Obedece. Devuelve tus muñecas al sepulcro…”. Amarga esa infancia, ese recuerdo duro, denso en los huesos.
2.-
Los días siguen su curso entre la algarabía, las aves desplumadas de un país irredento. La ciudad, la que a diario nos tropieza, abre los ojos y nos emplaza con un texto de Leonardo Padrón: “Todas las tardes me dedico a deambular por esta bella ciudad de mierda/ sin mayor orden ni concierto que recoger tickets de lavandería del suelo,/ y contar toda la chatarra que consigo a mis pies/ desagües, ancianos, naranjas,/ adolescentes narcotizados,/ talleres mecánicos, Dientes cariados,/ ojos eléctricos,/ ex boxeadores orinando la fachada de las iglesias/ vendedores de fritangas y fresas oscuras/ recitales de poesía en idiomas imprevistos/ niñas líquidas que exhiben su ombligo de cristal/ donde yo juego a encajar una esfera que no es el amor…”.
Me evito renegar de cuanta especie bípeda me mire a los ojos. En todo caso, soy el que me mira, el que me irrita con la oscura premura de su descripción. Soy un sujeto, sólo eso. Una parte de la oración que no ejerce acción alguna. Sólo camina y se revisa los dientes en el reflejo de una vidriera.
La ciudad, los días, la perversión del sol sobre nuestras infamias. De reconocernos, podríamos desatar arengas para que nadie nos oiga. Un cansancio invertebrado se pasea triunfante sobre el silencio de los que regresan a la casa luego de una larga jornada de trabajo.
3.-
Y en ese mismo ardor, la tristeza se anuncia sobre el pesimismo. Aturdidos divagamos con los ojos puestos en lo que nos hace trastabillar. “Por nada me dan ganas de llorar/ a veces/ Si al amanecer un pájaro pasa/ Y yo sentado en ese escalón escascarañado/ Recuerdo y fumo y olvido/ Si tu mirada de pronto en un espejismo/ Y está lo imposible de un beso/ Si en la neblina te prefiguro lejana/ En la madrugada cuando regreso/ Si después sobre la cama y en el espejo…”. Adolfo Segundo Medina regresa del resplandor rojo del aire para decirnos eso, lo que acabamos de dejar en las líneas de arriba, las que nos hacen recientes y tardíos.
A veces nos ponemos de acuerdo para amarnos. O para odiarnos. La ciudad nos arranca los ojos. Nos hace perros, insectos en los bares, en los cafés donde el país nos hinca la piel. Dicen que retornamos y siempre llegamos. Que somos distintos. Que nos han dividido. Que el día sigue siendo aciago, tortuoso, curvo.
Son pesados estos días, amiga. Tanto, que te busco y sólo la sombra animal de un árbol atestigua la desazón, la muerte de puntillas.
El peso sigue sobre los hombros. Un dolor agudo tiraniza los huesos planetarios. Fardo de las horas. Los poemas sólo son un momento, un regalo de algún dios aturdido bajo el calor de la ciudad.
4.-
La noche se instala felizmente. Queda en nuestros oídos el sabor de los textos. Mientras la ciudad duerme, alguien levanta el codo y celebra, a sabiendas de que el día siguiente volverá a instalarse en la pesadumbre.
Vuelvo a entonar la lectura. Me recojo ileso acostado sobre la sonoridad de Eugenio Montejo: “Escribe claro, Dios no tiene anteojos. / No traduzcas tu música profunda/ a números y claves,/ las palabras nacen por el tacto./ El mar que ves corre delante de sus olas,/ ¿para qué has de alcanzarlo?/Escúchalo en el coro de las palmas…”. Suerte tener estos poemas, estos milagros. Sabernos parte de su elaboración, de su eterna discrepancia con la sangre que nos recorre internamente. Días de abulia para vivir, para desandar, para regresar a todos los lugares, a todos los poemas.
HUESOS DE PASOLINI
“Un poema efímero de la mañana/ como tú de la noche”, de esta manera nos aborda uno de los primeros textos que en este libro de Víctor Loreto López, Huesos de Pasolini (Clantos), es parte de una indagatoria en la que el autor se descubre y descubre para los lectores la ambivalencia que involucra el canto y el llanto, especie de “Género literario cuasi poético que se origina cuando se quiere ‘cantar las penas’ pero el llanto no lo permite. La escritura del canto frustrado (que ya no se puede cantar más pues en cada intento el llanto recrudece) conlleva a la catarsis del autor. El Clanto es un testimonio más del secular esfuerzo de mitigar el sufrimiento por medio de la expresión artística”. Palabras que Pierre Ménard dejó al desgaire en una monografía por allá en 1900 y que nuestro autor de hoy, el poeta y dramaturgo calaboceño Loreto López, recoge sin abandonar la curva que suelen las sonrisas entregar luego de una travesura de su dueño. En efecto, este “género”, donde también el teatro juega su papel, representa –si se quiere- la clásica imagen de las máscaras de la tragedia y la comedia. Entonces “Clantos” flota en esa provocación de quien nos invita a leerlo en este libro publicado por El perro y la rana (Caracas, julio de 2008).
Se trata de un libro para deshacernos de intimidaciones propias de los manuales que nos dicen cómo hacer poesía. Este propósito de Víctor Loreto nos releva del compromiso de sabernos protagonistas de un trabajo donde el intimismo y la seguridad de la niñez, a veces tomada como amarga, se nos convierte en imágenes y movimientos. A una pregunta de qué tiene que ver la niñez con todo esto, vale esta respuesta: Nada. Como la que podríamos darnos a la hora de saber el origen casi cuestionable de la realidad, esa que nos empuja y desequilibra sobre estos textos resbaladizos. Quiero decir: Libro glosario que trata de interpretarse frente a los lectores, de abrir un espacio, una motivación, en tanto que quien escribe, desde el silencio y la intención apócrifa, se transforma a la larga en otredad colectiva, que es lo que ha pasado con Loreto López, hombre de escena pero también de mesura en su acontecer personal (las máscaras (másjara) podrían definir a quien sabe que esta palabra significa bufonada, burla, teatro, en el viejo y siempre presente árabe de nuestra herencia cultural, que unida a “persona” concluye la faceta de quien actúa o escribe.
2.-
Sometido a varias pruebas de gravedad, el poemario de Víctor Loreto transita una madurez propia de quien ha descubierto que es posible ir más allá de la colocación de versos para armar un poema. El autor es un provocador de oficio. Es decir, experimenta con el lector, le lanza el anzuelo y lo deja allí hasta que éste queda atrapado por la boca de leer. Esta manera de ser en la escritura se cuestiona desde el yo de un personaje (enmascarado al fin) mirado con los ojos cerrados. Construidos en medio del ruido de la calle, del teatro, en la intimidad silenciosa de una habitación o en una trifulca callejera, estos versos cantan para celebrar, pero también para cuestionar, así como para llorar, toda vez que revelan la fragilidad humana, así como la estupidez añadida a cada dictum cotidiano. Canto y llanto sintetizan a ese animal de carne, hueso y espíritu que se extravía en una avenida y termina divagando en el cosmos.
Son páginas abiertas en los que cada poema multiplica los temas. De manera orgánica se arma el libro, premeditadamente pedagógico (en el estricto sentido de la palabra, no escolar). Se hace palabra a palabra hasta confirmar que cada una de sus partes es un cuerpo con significados distintos y plurales. El autor dinamiza el contenido con un diccionario donde queda a suerte del lector tomarlo o dejarlo. La libertad es un ejercicio personal. También los prólogos amplían la respiración del libro: Rafael Alberti, Thomas Stearns Eliot y Arthur Rimbaud ambulan por esta lectura.
3.-
Nuestro autor, premeditadamente, navega con carlos Marx, se somete a los designios del dolor ajeno y participa de ese adentro donde lo social, el humor y el desenfado ácido fabrican el imaginario de quien dice y desdice –o contradice- desde el mismo poema. Nos acerca a pensar el poeta de esta aventura a soltar las amarras para decirnos que es posible regresar a ciertos lugares, aciertos tiempos, a ciertas ausencias y olvidos donde susurra la poesía, la que en otras horas nos hacía inocentes, aunque luego hayamos sentido que la culpa también es una buena excusa para trazar las líneas donde nos veamos las dos caras, la de cantar y la de llorar.
Cierro este corto viaje con estos versos: “Aunque se compre/ con el oro de la palabra/ una inundación jamás será/ agua muerta”. En efecto, la muerte está en otro lugar. El agua sólo se acerca para comprobarla. No obstante –sigue la porfía-, en la parte final del poemario radican los “Clantos presos”: escritura que se puede leer en las paredes y en algunos papeles sucios de los encerrados, quienes añaden al final su nombre, su mote, la germanía de su sufrimiento o de su burla. Especie de Juan José Tablada en Tocuyito o en La Planta. Dejemos al lector que especule o invente su propio “clanto”, su propia dimensión como parte del poema.
LA MOSCA Y EL POEMA
En este poema que no lo es porque es un cuento que quiere serlo, habita una mosca desprevenida, no una de las moscas de Monterroso. Es una mosca muy particular porque casi no es mosca, aunque ella dice que lo es con mucho orgullo. Y los que la vemos desde el prestigio del plato de almuerzo pensamos que es una mosca con ganas de serlo pese a que en la mirada se le nota que no ha llegado a tanto.
Intento equívocamente espantarla para poder contar un cuento a mi hija pequeña, que por pequeña cree que la mosca escribe el poema que no es lo es y que ya casi es un cuento. Ella, la niña, sopla el papel donde salta el poema asustado por la mosca. Y como es un poema vivo, nervioso y agresivo brinca también, a un lado claro, con los puños en alto como si se fuese a medir con el viejo Sugar Ray Leonard o el reciente loco Pacquiao, asustado por la mosca que está dejando de serlo.
2.-
Finalmente, porque ya me cansé de tanto imaginar, pero no mi hija, agarro a la mosca por las patas y la envío bien lejos del poema, a un país menos loco que éste. Pese a ella, he logrado escribir este engendro que es un duende pero no mosca, insisto, que ustedes leen con mucha parsimonia, que no es un poema y es lo menos parecido a un cuento, pero sí una mosca disfrazada de ambas cosas. Digo yo.
Que nadie tome a extraño este afán de seguir con el tema. Sí, este es un poema que no lo es, pero pudiera parecerlo, porque está escrito para que algunos lo crean, aunque muchos dirán que no, que no es, pero sí un cuento. Y otros afirmarán que no es un cuento, relato o historia porque no cuenta con una anécdota. Pero no importa porque poema o cuento lleva en su interior una mosca que la hace las dos cosas: poema y cuento, aunque no sea mosca. ¿Está claro?
Mientras tanto, mi hija, que ya no es tan niña porque ya es madre, aunque para mí sigue siéndolo, le cuenta el poema o le lee el cuento a mis nietos y les dice que la mosca vuela cada vez que el poema o el cuento, que no lo son porque ellos lo niegan aunque la mosca lo afirme, forma parte de un adorno que aparece cada vez que alguien abre la boca o el libro para leer el poema que no lo es y el cuento que tampoco lo es, pero sí mosca. ¿Entendido?
3.-
A todas estas, la tierra gira, aparece el sol, se mete la luna, llueve a cántaros, el sol quema. Y si queremos ser más explícitos, a relámpagos, truenos y centellas les ha dado por entrar sin aviso al poema que lo es y al cuento tampoco lo es, pero parece. Algo así como que hay mal tiempo en el poema y en el cuento, aunque la fuerza de la naturaleza se deje gobernar a veces por algunos versos que son fragmentos y juegan sin querer con estrofas que incurren en errores y admiran lo hiatos y las sinalefas, pese a que éstas no estén presentes, pero así son las cosas de las moscas, tan entrometidas, tan rebeldes, tan poco dadas a respetar las normas y cagarse en la comida y demás gracias que no están en este cuento o en este poema, que no lo son, m{as allá de que usted, amigo lector, diga lo contrario. Y que conste, no soy dogmático y mucho menos cuentero.
Si se quiere lograr un final digno, es preciso borrar todo el poema, que lo es, o el poema, que tampoco lo es. O matar la mosca que sí lo es aunque el poema y el cuento, que no lo son, lo nieguen. Pero creo que con la muerte de la mosca es suficiente para cerrar este capítulo que creía nunca iba a terminar. Pero así son las cosas de la literatura y las moscas. ¿No cree usted, señor Monterroso?
Al final, subversivo el poema, como siempre, es lo que queda. Aunque a alguien se le ha ocurrido que alguien lleva un cuento entre pecho y espalda y una mosca que le sigue los pasos. ¿Satisfecho?
CANSANCIO
Ese día prometí no hablar más. No abrir más la boca.
Los que me conocían saben que cumpliría con la promesa de no pronunciar palabra alguna. Juraban que lo haría, que no dejaría escapar el más mínimo de los susurros, razón por la cual habría que tener cuidado con esa conducta cercana al suicidio.
“No hablar acerca de la muerte, del desarraigo. Si él no quiere hablar, pues que no lo haga. No lo obliguen. Le hace un favor a la humanidad, necesitada de silencio”.
2.-
Ese día comenzó la tragedia de los más cercanos. Un silencio áspero acaparó todos los espacios de la casa. La madre de Francisco asumió con dignidad la decisión del empecinado hijo. Pero se le veía en los ojos las ganas de arrancarle una frase, una palabra que pudiera expresarle la razón por la cual había dejado de abrir la boca para hablar.
En vista de la tozudez de Francisco, doña Mercedes decidió acompañarlo en su épico autocastigo. Los dos estaban sentados –cara a cara-, mientras el resto de la familia, los visitantes y los curiosos hacía apuestas de cual de los dos rompería con ese extraño voto en una casa donde nadie se queda callado frente al más insignificante de los sucesos.
3.-
Una semana después de la determinación de doña Mercedes, Francisco cayó en un letargo profundo. El cuerpo se enfrió a extremos de muerte. Pero la madre no abrió la boca. Pese al estado del hijo, quien permanecía sentado con la mirada extraviada, la madre no daba muestras de preocupación alguna. Los que hacían guardia en caso de que alguno de los dos decidiese regresar o caerse de la silla, bostezaban y esperaban ansiosos que abandonaran esa “extraña promesa”, puesto que para muchos se trataba de un problema religioso, de una deuda con Dios, de una flagelación espiritual.
Cuando todos habían perdido el interés, pasados los tres meses de silencio, Francisco salió del letargo, se levantó de la silla y se le acercó a doña Mercedes, quien pestañeó en el momento en que el hijo le sopló la cara. La mujer sonrió, entonces el hombre regresó a su posición original y cerró los ojos.
4.-
Un día, olvidado el mundo de estos empecinados seres, la hija menor de doña Mercedes entró a la habitación y se tropezó con unos huesos. Llamó al resto de la familia y ordenó una misa por el descanso eterno de sus parientes.
En medio del rito religioso, se oyó la voz grabada de Francisco, quien le respondía a doña Mercedes una pregunta harto peligrosa:
-¿Por qué te quedaste en silencio?
-Por la misma razón que tú lo hiciste, madre.
-¿Por cansancio, por agotamiento?
-Por eso y por más, pero no importa.
Los feligreses, familiares y amigos, miraron al sacerdote con el ceño fruncido. Este, con mucha calma, apagó el grabador y encaró a los preocupados asistentes:
-Nada, que ellos decidieron lo que decidieron. No hay más palabras. Quien tenga algo que indagar que le pregunte a los hermanos Francisco y Mercedes. El cansancio es una prolongación de la vida. Sin él es imposible entender la muerte. De modo que váyanse tranquilos a sus casas y no hablen más de este asunto.
Todos salieron en silencio, sin entender nada.
El cura encendió de nuevo el grabador, una vez solo en la iglesia, y escuchó:
-¿De qué vale madre haber escrito y leído tanto, haber hablado tanto si no llegamos a nada. Yo me cansé de las palabras.
-Sí. Eso lo entendí cuando tomaste la decisión de cortarte la lengua por haber delatado a tu padre. Yo sí cumplí. En estos momentos debo tener la boca llena de gusanos.
5.-
El día que me senté en esta silla pensé que ocurriría lo que ya pasó, excepto saber que me habían cortado la lengua y darme cuenta de eso cuando la muerte ya era inevitable.
CAVAFY, DE TABERNA EN TABERNA
La noche tuerce el destino. Al trote del tiempo, la imagen de un borracho recostado de su último impulso. El horario de la muerte empuja hacia la madrugada. En Itaca como en Maracay nos abruma un poema, nos arrastra con sus caballos enloquecidos por aceras y puentes derribados. Que no quede deidad bajo los cielos, cabría oírle a Emile Teste al hablar de Cavafy y otorgarle aquella hermosa imagen aún fresca sobre el friso de todas las ciudades: “místico sin dios”. La certeza no es casual. Un heleno multiplicador de mitos. Un heleno que yuxtapone voces, personajes, instancias, momentos, soledades. Sin dios. Místico. ¿Se trata de esconderse del misterio de los cielos o de buscar sin descanso al Alguien deseado? En definitiva, Dios siempre anda desnudo y más a los ojos de un poeta. Quien esgrime este atentado, esta lectura, sabe que le espera un verso, una puerta abierta donde la bohemia reúne todos los fantasmas.
“Debía ser la una de la madrugada,/ o la una y media./ En un rincón de la taberna,/ detrás de un tabique de madera./ Sólo nosotros dos, en el local totalmente vacío./ Lo iluminaba apenas una lámpara de petróleo./ A la puerta, cansado de tanto velar, dormía el camarero”.
2.-
La lumbre se agita contra el viento que entra y sale del lugar. El poeta, acosado por la viudez de las horas, intenta un balbuceo. La boca, cerrada al estrépito de una ventana rota, pronuncia un juego de sonidos: “A permanecer”. La frontera del país que lo aprisiona corre con los ruidos de la tierra. La soledad lo salva de la mirada de un ebrio que en el fondo de la taberna se responde preguntas. El plural de las líneas no es nada extraño en soledad: se vive con el yo. Se vive en dos estados de muerte: el yo y quien vive sabiéndose yo u otro.
“Nadie nos veía. Pero, de todos modos,/ estábamos ya tan excitados/ que no éramos capaces de cautelas.// Semiabrimos nuestras ropas –no eran muchas,/ pues ardía el divino mes de julio”.
Sin embargo llovía aquí en el trópico. Un solo poeta en la calle basta para saber cuán desolados vivimos. Un hombre amparado por sus cuadernos es suficiente para sabernos perdidos. En esta ciudad nadie resucita en medio de la madrugada. No obstante, el poeta sin dios entra y sale de los lugares prohibidos, sueña bajo el farol de una esquina. Atiende con amabilidad los duendes de sus zapatos y sabe decirle amor o puta a una mujer nocturna.
Era julio. Sigue siendo julio. O mejor, siempre es julio. Siempre es poesía. Una maldición.
3,.
“Oh gozo de la carne por entre/ ropas entreabiertas;/ rápido desnudar de la carne: su imagen/ ha atravesado veintiséis años y viene ahora/ a permanecer en estos versos”. Carne prohibida. Carne del otro, concebida hasta el último sonido del poema.
Ya en la calle, el texto se bifurca, es otro. Y así, dos poemas, dos momentos, dos pecados. La taberna sigue en el mismo sitio y hasta se multiplica en el portal de otra que una cuadra más adelante se abre entre ventanas. Camina entre rostros. La hojarasca de un otoño imposible deja la lluvia de julio y revienta en olores.
“Su simpática cara, un tanto pálida;/ sus ojos marrones, como ojerosos;/ de veinticinco años, pero más bien aparenta veinte;/ con algo de artista en el vestir/ -algo en el color de la corbata, la forma del cuello-, camina por la calle a la ventura,/ como hipnotizado aún por el placer prohibido,/ el placer tan prohibido que acaba de obtener”.
¿Qué destino tenía en proyecto el hombre, el poeta miserable, el recóndito, el de los libros suministrados por los dioses que no están en su agenda de creencias? Mentira, nada se ha torcido. Es el mismo destino: el tiempo sabe mucho, suda bajo las manecillas del reloj, soporta el sonido perfecto de la maquinaria diminuta del tiempo. El poeta se mira los zapatos. La lluvia corre hecha forma por las sucias calles. Más allá del poema pensado, un asesino arrastra sus cuchillos. Trae la muerte en el filo de un puñal.
¿Qué puede hacer Platón ante un homicida? Cavafy escribe: “Aquí somos una mezcla: sirios, griegos, armenios, medos./ Y así es Remón. Sin embargo, ayer, cuando la luna/ iluminaba su amoroso rostro,/ nuestro pensamiento se remontó al Carmides de Platón”.
Una hoja de cuaderno empoemado se aleja del solitario. Piensa en la enfermedad de Clitos. La fiebre de Alejandría se ocupa de los vivos. Los muertos disfrutan del olvido.
El demonio ambula por esta ciudad. Un poeta entra y sale de una taberna. Maldice los relámpagos. Cambia de sitio en la calle. Regresa a sus asuntos sobre una mesa impregnada de vilezas y bondades.
ELOGIO DE LA OTRA INTEMPERIE
La realidad es, a menudo, un vuelo.
-Luis Antonio de Villena-
1.-
De antiguo le viene al hombre la miseria líquida y pastosa: la realidad. Posturas ante espejos de agua para levantar el cuerpo. En vuelo. Miradas altivas para intentar apaciguar airadas retaliaciones y levantiscos complejos individuales. Volar no es difícil, apena no tener alas.
Como hoy, maledicentes, malquistados, malhadados, malcarados, malmirados por la herrumbre, la humorada de la seudonimia aterra y sacude el espíritu. Acto criminal es someter al hombre –al de las palabras- a una espera que podría significar su alejamiento de la “realidad”, cálculo físico que se ha convertido en un poema gótico. Criminal todo, donde las víctimas y los testigos se revelan contra la altura. Así, de viejo, nos viene la manía de querer volar sobre las iniquidades pero, vano afán, quedamos postrados en tierra, rostro a rostro, fealdad a fealdad, mientras Dios baraja el destino de cada uno con la calma milenaria que lo ha caracterizado.
Una nueva intemperie, otra mejor para desmitificar esas voces que tratan de hacer novedad de todo, como si las piedras hablaran y los pájaros filosofaran. Otro designio, tan destacado por la fascinación, por el olvido, porque fascinarse es olvidar que existió el pasado, el atuendo de otros días, los malos olores del cuerpo, los más terrestres del alma, la putrefacción de la historia.
2.-
La realidad, tan en desuso, provista de espinas, nos ha sido dada para confirmar que estamos, que somos o que no somos. Pero acontece que la realidad ha perdido vigor, ya no es. Palabra sólo para mitigar el cansancio de quienes respiran la fantasía de lo “nuevo”, tan nuevo que viene con arrugas y demencia senil. El hombre es tan viejo como el agua. De nada le viene esa novedad tan pregonada. Los buenos y malos sentimientos forman parte de su esqueleto conceptual, de sus enigmas. Quitarle lo viejo al humano ser es convertirlo en un extraño al planeta, a la concepción de su “pureza” original, tan defendida por Rousseau, por los habitantes del Génesis, con la excepción de Caín, el que verdaderamente inventó la realidad. La intemperie de esa imagen geográfica, espiritual y humana levita frente a los ojos de los soñadores, los que creen que el mundo anda a gachas en busca de otro astro que lo alumbre.
La otra intemperie, la interior, es más densa que la de afuera, la realidad, la puñalada o el golpe en el cráneo de Adán. La cabeza de burro que usó el primer asesino nos cuestiona. ¿Ya estaban allí los asnos, humillados por ser lo que son y ahora herramientas del crimen? Queda pensar eso a la sombra del árbol del bien y del mal.
3.-
Que esté claro: no dejo de creer en esas letras de la divinidad, sólo que la otra realidad, la que me confronta huye y se burla de los padres del primer programa de televisión de suspenso. Porque, veamos, algo pasó para que esos muchachos llegaran a lo que llegaron: uno a matar y el otro a dejarse matar. El destino, casi manifiesto, alberga la esperanza de que Caín estaba predestinado a ser un morboso criminal, mientras Adán a ser un tonto que se dejó matar siendo el protegido de Jehová. Herejía aparte, creo entender que se trató de un instante de descuido del Creador. No lo juzgo, válgame Dios. Sólo que cabe pensar que la realidad lo confundió. Porque haber creado al mundo y al ser humano es tarea titánica. Y que haya ocurrido esa desgracia es como haber destruido todo lo inventado.
La filosofía ha hecho turismo sobre esta idea. La realidad no existe. Y si existe está tan cuestionada que tiende a desaparecer. Es decir, regresaremos a la quijada de burro o al talco sideral. Si polvo hemos sido, por qué no regresar a él una vez previsto que la realidad es un zumbido en las orejas o una ilusión. Un espejismo que se ha quedado mucho tiempo en el espejo.
Queda resolver un problema: ¿Qué es la realidad? ¿Importa saberlo? Para la teología no hay discusión: Dios la hizo y la dejó para que el hombre la maltratara. O la biología la perfeccionó, la evolucionó, la cambió, la hizo nueva hasta traernos a estos confines del pensar, del ser. Somos porque pensamos dijo el otro y allí nos hundimos. Al pensar, cavamos la tumba de la biología: dejamos de evolucionar. La ignorancia nos había hecho sabios. Ahora, convertidos en una realidad que piensa, acabamos con ella, con la realidad, con el pensar que es sólo ilusión.
En todo caso, amigos lectores, no dejen de vacilarse la especie según la cual este texto no existe y usted es un dibujo de un loco que quiso soñar y no pudo. Lea y sentirá que todo lo que usted hace es un trazo de luz, una mera ilusión. Usted no existe, podría llegar a ser, si la realidad se lo permite.
-RETAZOS PARA UN PAÍS ESCRITO DE MEMORIA-
1.-
Sobre la misma tierra, como decía el novelista, nos queda mucho terreno que pisar.
Anormales –o más allá de la certeza de serlo-, lubricamos el discurso impelido por un país donde la locura cabe perfectamente en el final de un poema escrito por un personaje de Faulkner. Que nadie lo subestime, somos así, paranormales.
Todos los personajes de Gallegos eran la crisis que somos. Cada uno hizo de su parcela nacional un trozo de vergüenza, de decoro o de misterio. Más allá de la normalidad, nuestro novelista metió la mano en la carne podrida de un país que no termina de saberse Nación. De allí que aún, a esta altura del siglo, seamos el acento de esos personajes. Son nuestra representación.
2.-
La mano junto al muro revisa el horizonte donde no queda lugar para pensar. Somos un país extraño, demasiado pequeño para lo grande que nos creemos. Nos deslizamos con placer sobre la brasa de un parloteo incesante. Paranormales, no sabemos si ser reales o un invento clásico de nuestra desmesura.
Merecemos una crítica a nuestros enfermos asuntos. Una mujer, una prostituta, roza la piel de un hombre que la busca. Era aquella costa la visitada por el turismo sexual que bajaba de los mercantes y yates provenientes del resto de la tierra. La miseria nos tatuaba a diario. El novelista, Guillermo Meneses, sólo nos dibujó en el vicio, en la traición, en el descuido, en la arrogancia de quienes nos dieron la sangre de hoy. Eso hemos sido, una mano sucia contra un muro derruido.
3.- País portátil que nos lleva de lado y lado.
Líquidos bajo el plomo de una guerra de verbos gastados, terminamos en la penúltima página de una novela premiada. Adriano González León nos introdujo en la maleta de una historia donde la violencia nos arrojó a muchos años de atraso, los mismos que hoy nos apuntan con el hierro de marcar reses.
“Por entre los eucaliptos dela vieja estación venían ellos: verdes, amenazantes, con metralletas y fusiles. De nuevo se iniciaron las carreras, los empujones, el retroceso al cerro”. Esa ha sido nuestra historia, un retroceso hacia el cerro, hacia la pobreza, hacia la violencia, hacia el dolor, hacia nuestra más autóctona estupidez.
4.-
Las historias de la calle Lincoln se han quedado en la piel reseca del olvido. La mano que la escribió es la artritis de un duende que camina entre botellas e indigentes tirados en las calles de la gran ciudad. La mendicidad tiene sentido muchas veces. Carlos Noguera parece haber olvidado los rincones de sabana Grande, el Callejón de la Puñalada, los placeres con aquellos que lo acompañaron, los que hoy son sombra y olvido. Aquel país metido en la Lincoln se ha desdibujado. El autor pasó a ser parte de lo que confirmaba como antiestético.
5.-
Cien años de soledad para quienes despertaron frente al dinosaurio y no supieron que los edificios de la gran ciudad no regaban cagarrutas en los parques del mundo. Gabriel García Márquez regresa a su viejo lar. En el pueblo que lo vio nacer sólo quedan los huesos de los monstruos prehistóricos que se han instalado en nuestro patio doméstico.
6.-
Varios títulos encerrados en una biblioteca que sólo una sola mano podrá extraer escondido de Los pequeños seres. Salvador Garmendia supo retratarlos, hacerlos la parte que nos toca, la que somos realmente, esa oscura materia que transita por las calles entrenada por la desidia, la maledicencia y la celebración repentina. Somos seres anónimos con la pretensión de pasar a la historia subidos en las ancas de un caballo. Somos simples seres manipulables, hechos con papel maché y alambres para ser movidos en un escenario de sonámbulos.
7.-
“Cuando en los lomos del siglo veintiuno el llano, MdeJ., tío Ricardo, la tía Trina y la perra Anémona, lloren una vez más ante la muerte aparente del desierto: Yo, Rey de los Chigüires, no dejaré huellas en las arenas de mi reinado”. Así empieza Palabreus de José Vicente Abreu. Y comienza como se comienza un siglo decadente como éste que nos ha tocado. Un siglo donde caballos, asnos, perros y orangutanes han resucitado para regresarnos al desierto, donde no quedarán huellas, marcas o pivotes para decir que se estuvo allí. Sólo algunas palabras, algunos sonidos huecos, algunas groserías.
8.-
Victoria De Stefano desató la memoria. En La noche llama a la noche hizo de la novela un personaje. Noveló la novela, la cabalgó con personajes que aún suben y bajan las escaleras de un país romántico, asido de la nostalgia. No se detuvo en el andamiaje aunque le dio cuerpo con huesos firmes. Una novela del país que ella vivió con la densidad de los gritos y susurros de aquellos días de los años sesenta.
Ese país, el dibujado aquí, el siempre a la orilla de un precipicio, no aprendió la lección. No entendió el cuento de Monterroso. O como dibujó alguien por allí: el dinosaurio no nos entendió, en la creencia de que quien trazaba la hora menguada estaba en el paraíso. Y de lejos veía a los demonios, vestidos con el traje de un tiranosaurio rex de metal.
9.-
Lo dijo Manuel Bermúdez en el pórtico que abrió en El invencionero de Denzil Romero: “El lector…va a tener la dicha de ver la reconstrucción de paraísos derribados por el tiempo”, y no falló el dictum de quien vio y leyó este país, porque Bermúdez y Romero lo pasearon, lo tuvieron al alcance de sus reflexiones, lo amasaron con manos amorosas y lo dejaron para que otros le siguieran los pasos. Sin embargo, la invención de país, la invención de esta anécdota, sigue siendo un estadio alucinante. Nada de lo que nos queda se puede decir que nos pertenece. Estamos de paso sobre el filo de un cuento, como en la saliva del tonto de la novela de Faulkner.
10.-
“Por El Valle del Lucero no se va a ninguna parte”, excelente entrada para leer Los caballos de la cólera, donde Eduardo Casanova nos vierte completos. Novela paisaje humano en el que destaca una tierra de espanto y miedo, crímenes y desolación. Un boceto de país que nos arrastra y nos ahoga. “Tierra pisada con dolor de siglos”, dice el autor. Los personajes recorren todas las páginas y se salen de ellas para someternos a las lecciones de una realidad emergente, tiesa, como el cuero aquel, como la porfía del poema hecho Cantata, como una marca en la frente. Son los caballos de la ira, los del apocalipsis, los de las tantas escaramuzas que se convirtieron luego en una épica enfermiza.
11.-
Israel Centeno parece venir de las sombras. Acosado por tantos personajes, ha recreado un país, el que carga a diario en cualquier parte del mundo. Criaturas de la noche lo empuja a decir de los extraños que se mueven en la niebla y corren hacia la luz en búsqueda de cómplices. La soledad los aturde, los hace innecesarios. Caracas es un cuento de miedo. En El Ávila alguien siempre espera. No sabemos.
12.-
Hay tantas tierras y una sola. En La otra isla hay siempre una sola isla, aunque Coche y Cubagua se peleen el derecho a ser llamadas como la Isla Madre. Francisco Suniaga la ha descubierto para este país que no termina de decirse como tal. Una navegación literaria que abarca los sueños y la realidad bajo el intenso sol testigo de un crimen. La noche también la vio a la orilla de la playa, desnuda y con algunos signos para investigar. La muerte, lo forense, nos ha hecho socios del miedo.
13.-
Un libro de notas. Un tomo que compendia un país, lo dibuja con sangre, con pólvora, con las huellas digitales de un grupo de hombres cuyo apellido era Falke. Federico Vegas lo traduce desde el presente, desde el ADN de un pariente que dejó su cuerpo, la piel y sus huesos, en metió de la invasión, aquella de la década de los 20 del siglo XX. Una historia en libretas, entregadas el 13 de julio de 1929,un poco antes de aquella fallida aventura, como las tantas procuradas en esta tierra de ya poca gracia.
14.-
Aquí está un final, Los invencibles, de Rodrigo Blanco Calderón, un libro ciudad que calca la rutina, los pasos de unos personajes agitados por el fracaso, los sueños, la invención lo fantástico, suerte de pelotica de goma con guante profesional. Una línea de trabajo que ofrece el país de casi todos los días.
Los Caballos de Zapata
1.-
Más que caballos, los de Zapata son apariciones. Se trata de imágenes que hacen alusión al tiempo, a las riendas que alguien le propuso a la historia para intentar doblegarla. Jinete a pelo, centauro o bandolero que herró con los cascos los campos de un país empobrecido.
Caballos desmelenados, con el cuello torcido hacia el pasado, perseguidos por la centella del viento. Son caballos ilusorios, como los prometidos por los patriotas, los realistas, los federales, los gomecistas y hasta por los Maisanta y Arévalo Cedeño regocijados en la espuma que el potro reventado regaba por las sabanas.
Sí, definitivamente, son caballos pegados a un hombre. Como aquellos que llegaron a México y fueron confundidos con dioses. Es Miguel Aceves Mejías bailando, adherido a la
silla, a la carne de la montura. El otro Zapata, de sombrero ancho y campesino. Es Florentino en plena carrera sobre el agua arenosa de la sed, mientras el diablo esbozado lo persigue para quitarle el escapulario de la Virgen del Socorro. Son caballos flamígeros, llenos de una poesía de sombras, lamidos por la noche de un tiempo terrible. Son caballos-hombres alucinados.
El caballo desatado del botalón, el caballo candela, el caballo humo, el caballo bajo la tormenta de la muerte, el caballo del escudo nacional, tan blanco como el caballo blanco de la patria, el caballo loco de nuestros abuelos, el caballo silencioso de Ledesma, el caballo de Zárate, el caballo de Boves, el caballo de Nicolás Llovera, el caballo maniático del Tuerto Vargas, el caballo cimarrón de la barbarie en Doña Bárbara, el caballo filósofo bajo un árbol incendiado, el caballo calavera de los lamederos del Guárico, el caballo bíblico del Apocalipsis. El caballo venezolano con el vientre abierto y las tripas pegadas de los mastrantales. El caballo díscolo y epiléptico de Páez.
Detrás de ese caballo de Zapata se fueron los hijos de la Loca Luz Caraballo, los mismos hijos que regresan a Pedro Pérez Delgado a pacer en Santa Inés con el de Zamora, mientras los cadáveres del día remueven el cielo enzamurado.
Como en la anécdota apureña: vientre refugio del perseguido. Caballo podrido, navío de la ancha corriente, en procura de salvar la vida.
Caballos, puros caballos. Un bosque de caballos, inocentes de quien los conduce. Bestias frutales del diablo. Caballos universales, criollitos, cuarto de milla reventado por el odio o la libertad.
2.-
Caballito de palo, el que aún jadea detrás de la puerta de la infancia. Ese está a punto de relinchar: el caballo más bonito de Aquiles, el que cagaba flores y retozaba con un paraíso en los ojos. Pero ese es otro caballo y otra historia.
Y así, los caballos de Zapata, los de Pedro León, los que dibujó y pintó y regó por el país hace unos años, a comienzos del siglo que comienza, a comienzos del siglo que nos consume entre caballos tristes en el Llano de Apure, en los arenales de los ríos que llegan y se cristalizan en la mirada de los esqueletos que el trópico siembra en toda la geografía de Rómulo Gallegos.
Los caballos de Zapata cuelgan de las paredes. Cocean en silencio de la paz de muchas casas y se sacuden el rocío de la locura de la guerra. Por allí anda la Independencia de Venezuela llena de palabras y silencios. Por allí andan los caballeros de las batallas, sordos de tanto ruido contemporáneo. Por allí, cerca, podemos ver a quienes daban con el rejo en los ijares del potro de quien se desapareció en la noche y sólo dejó el olor que el diablo frecuenta en cada pedazo de este continente. Caballos ahogados por su propio relincho. Relevados por las gusaneras, por el martirio de las llagas en las ancas, por la costura de la herida en los ojos, por las moscas en la gangrena de los cascos. Esos caballos siguen vivos detrás de los huesos de quienes aún andamos por estos predios ahumados.
Caballos fantasmales. Caballos de Calabozo y Guardatinajas. Caballos de El Miedo y de El Frío. Caballos de Monagas. Caballos marinos que salen de la arena y se sumergen en la linfa de todos los nombres de otros siglos. Caballos de Pedro León Zapata. Caballos arrejuntados con cabras, mulas y burros flautistas. Caballos de adorno, de cerámica pulcra. De lujos y crines contra el viento. Caballos fuera del poema. Caballos poemas. Caballos criminales. Inocentes. Caballos de Zapata, pues.
3.-
Más que caballos, los de Zapata son apariciones. Fantasmas que relinchan sin luna en los ojos. Con los belfos inflamados, leídos por los animales de la nocturnidad. Son caballos que llevan el sudor de todos los jinetes del tiempo. En uno iba el hombre sin cabeza. En otro un libertador. En otro el Llanero Solitario. Cada caballo merece su jinete. O mejor, cada caballo lleva un jinete en la conciencia, aunque no tenga conciencia ni jinete. Cada uno de estos caballos del pintor lleva en el trazo la sangre del olvido. Zapata nos recuerda el mundo a través de caballos. Los caballos de Zapata nos hacen caballos. Nos modelan menos personas porque perdimos el caballo en la huida hacia el poniente.
Los caballos de Zapata, el pintor, el dibujante, el hombre de este país, son una insignia, gestos y palabras de un país que se hizo caballo y no ha dejado de serlo, para dolor de quienes saben que el caballo es inocente. Aquellos hombres a caballo ya no son dibujables con el trazo que utilizan quienes creen que los caballos rebuznan. Y que los burros, los asnos y borricos, sobre todo los sabaneros, me disculpen. Es que hay tanta gente disfrazada de caballo que lo denuncian las ancas postizas.
INSULAS, ENTRE QUANOS
1.-
Una isla podría ser un imposible, un hecho anclado en medio de la memoria, de la nostalgia o de un tiempo que regresa lentamente cargado de climas y mareas. No en vano, Renato Rodríguez invoca a George Bernardo Shaw: A fact needs not to happen to be true, it is enough to be possible.
Las islas navegan dentro de quien conoce las marcas dejadas por tantas miradas, contactos físicos y espirituales, pero más en quien ha sabido habitarlas. De allí que el narrador margariteño Renato Rodríguez, tan “navegado” él por tantos mundos, vuelva a la Ínsula de la Margarita desde la “Patria del Hombre”, Francia, para rehacer los hechos, pero sobre todo la Isla que lo vio crecer y vivir.
Para “armar el juego” de la memoria, Renato Rodríguez escribió, precisamente, Ínsulas (Fundarte, 1997), una novela que se teje a través de relatos en los que las islas son los ensueños de sus viajes. Desde una isla para el mundo y desde la memoria hacia la isla. Salir del Caribe para tocar Europa y desde el Viejo Continente fundar la Margarita de la memoria.
2.-
Este libro magistral, retocado con las anécdotas y referencias cultas de su gran aventura, es merecedor de un especial tratamiento. Renato Rodríguez es un narrador “isla” desde Al Sur del Equanil (Monte Ávila, Caracas, 1972) hasta La noche escuece (R.A.R, Caracas, 1985), sin dejar de mencionar su noveleta Quanos (Monte Ávila, Caracas, 1997)., de la cual diremos unas líneas más adelante.
En esta aventura de Ínsulas aparece el niño que recoge la presencia de historias en un ambiente de asombros. Es decir, un ser humano que descubre el mundo con todos los sentidos, rodeado de agua por todas partes. Margarita, para referirnos al primer texto, “Pasar la mar”, es el paraíso perdido, el Milton que naufraga en la nata de la memoria, luego del autor someterse a muchos años de lejanía. Una isla distante de tierra firme, espacio desconocido por quien luego se hizo dromómano y escanciador de otros paisajes.
Toda isla tiene una personalidad particular. Mirada por todos los lados escupe mares y agiganta su nombre. Por esa razón, para el narrador margariteño de formación cosmopolita, el élan vital de Nueva Esparta está en Cubagua, en ese terrón deshabitado lleno de fantasmas, que tan diestramente Enrique Bernardo Núñez sembrara en los lectores venezolanos.
Escrita desde la cotidianidad, el tiempo y la memoria –esa alevosa migración-, la novela luce fortalecida gracias a la manera de decir de su autor, de manejar las situaciones en que personajes y el paisaje interior crecen y fortalecen las imágenes borrosas, casi perdidas de la infancia.
3.-
Renato Rodríguez es un viaje, muchas referencias ancladas en la imaginación. Pero el imaginario de nuestro narrador se multiplica en la medida en que sus lecturas forman parte de sus libros.
Después de un largo silencio, nos topamos con un escritor cuya madurez no nos sorprende, pero sí nos llena del vigor de su vocación.
Con Ínsulas, Renato Rodríguez nos revela ese anhelado regreso a los lugares donde la inocencia de un muchacho sigue siendo la mirada de su pequeño mundo, que una vez estuvo aislado del resto de la tierra, es decir, isla absoluta, soledad entre aguas y resacas, gaviotas y sueños a través de la ventana de una escuela.
4.-
(Quanos: casi despedida)
Renato ha muerto. Se acaba de marchar a las mareas tantas veces dichas. En uno de sus libros menos comentados, Quanos (Monte Ávila, Caracas 1997) el autor se pasea por imbricados personajes, con quienes comparte ficción y realidad. Al abrir el libro leemos el Prefacio: “He vuelto a las andadas. A pesar de la promesa hecha alguna vez a mí mismo, hete aquí que escribo de nuevo”. Había dejado Renato las palabras en silencio. Se encerró en un pueblito de Aragua y desde allí enviaba la energía de sus trabajos. Se quejaba de que algunos amigos decía que no sabía escribir. Pero este isleño era Renato/ relato, el hombre que contaba con muchas ganas y lo sabía hacer.
En Quanos leemos cuatro cuentos/ “quasi-novelas”, que así traduce la contracción. Son historias que podrían ser novelas cortas, “short-stories” que albergan una memoria lúcida, crecida, muy americana hablada en español, muy mestiza elaborada en sus tiempos en los estados Unidos. Son cuentos, relatos, brevedades no tan breves de las décadas de los 60 y 70.
Cada aventura lleva un nombre, una dedicatoria, una microbiografia. Allí están –reconocidos- Abigaíl Rojas, Julio ramón Ribeyro, Nelly baptista, Carlos Tossi y Juanito Martínez Pozueta. Allí están y no están. Náufragos del tiempo, en Quanos cada uno se advierte. Los ´personajes aquí advertidos se pasean por el color de diversos paisajes, de tiempos perdidos y recobrados para favorecer los límites de la existencia. Cada relato es un regreso, como éste que acaba de protagonizar el autor de Al Sur del Equanil.
Renato Rodríguez acaba de resucitar. Entre Ínsulas van sus Quanos, sus novelas y su existencia.
LAS MUERTES DE MOLIERE
(Para quienes temen morir en escena)
1.-
Moliére –como se le conoce en el mundo teatral- murió varias veces en escena, pero en una sola se convirtió en el verdadero “actor”. Es decir, Jean-Baptiste Poquelin fue obligado por una enfermedad a
morir “de verdad” una sola vez, y dejar constancia de que sabía morir o que al menos la muerte es genialmente histriónica.
“El enfermo imaginario”, una de las obras más celebradas del clásico francés, sirvió de telón de fondo funerario del propio autor. Moliére falleció durante la puesta de esta pieza que sigue siendo la “muerte” de un hipocondríaco que hizo casar a su hija con un médico para sentirse atendido sin dilación. Así, mientras el verdadero enfermo que era Moliére fallecía en proscenio, el público aplaudía y reía sin parar. La muerte triunfante, personificada por la misma muerte.
Innumerables veces quedó tendido el cuerpo muerto del personaje. Pero al cerrar el telón, el ingenioso comediante se levantaba con la muerte cerca, es decir, vivo él y viva la muerte. Estaba enfermo, gravemente amenazado por una dolencia que no era nada teatral o pública. Quizás se imaginaba –imaginario al fin- que la señora calva, la cantante amada de Ionesco, estaría lista para definitivamente despedirlo con un cerrado aplauso.
2.-
El personaje -mimesis, farsa, máscara- continúa vivo, muriendo cuantas veces sea posible poner en escena la obra de quien, actor, quedó, definitivamente sobre las tablas, muerto. Personaje y actor se encuentran y se separan. Se encuentran en la muerte teatral. Se separan en la muerte histriónica, porque, tanto la muerte imaginaria como la verdadera suelen ser festivas y dolorosas. La permanencia del personaje supera la realidad, supera al actor. Esta separación, esta frontera, confirma la imagen de quien a diario tiene que “morir” para hacer creer que venció a la muerte. Quien en verdad murió por una enfermedad nada imaginaria, quedó eternamente fijado en la mirada de quienes no advirtieron que el actor había sucumbido, en la creencia de que había sido el actor. La perfección de la muerte provocó la risa, el aplauso.
La enseñanza es clara: la verdad no existe en una sola perspectiva. Son tantas las maneras de verla y encontrarla, aunque se fracase como Diógenes. Creer tenerla al alcance, es saber –si es que se sabe- que la razón podría ser la muerte. Límite entre el ahogo y la hipocresía.
El éxito es agonía. La muerte, en este caso, fue la culminación exitosa del dramaturgo francés. Murió para quedarse, más allá del actor. El personaje de “El enfermo imaginario” convirtió a Moliere en personaje histórico. De volver a ocurrir que quien encarna al personaje muere en escena, hace de Moliére pionero de la tragedia en plena comedia. ¿O acaso la muerte no es una comedia trasvertida?
3.-
¿Cuántas veces muere un hombre? El común afirma que se muere a diario, que el tiempo carga la muerte sobre sus hombros. Ver morir a alguien es parte del juego: morimos con quien muere porque repasamos su agonía. Vemos en la muerte ajena la propia. De manera que quienes ese día vieron morir de verdad al actor, supieron que la muerte de ellos estaba pendiente, seguía en la mirada imitativa del actor, toda vez que la muerte del actor se hacía festiva una vez salía el elenco a saludar y a agradecer los aplausos. Pero esa vez el actor no salió. El personaje quedó instalado en la memoria colectiva. La muerte, gozosa, aplaudió en el balcón más caro. Burguesa. La muerte eternizó al personaje: mató al actor. No obstante, personaje y actor también se confunden: Moliére fue creador del personaje y carnadura del actor. El pasaje de su muerte quedó intacta: pequeño dios contó su muerte, la celebró en público. Ambos, actor y personaje lograron tocarse, ser los mismos en la inequívoca presencia de la tragicomedia. Fiesta y dolor suelen compartir el mismo espacio. La muerte es fiesta en el teatro, burla en la cotidianidad, dolor en la memoria que se hace olvido, mas no el teatro. Pese a ser calificado de efímero, el arte de las tablas verifica sin pudor alguno que estamos vivos en medio de la muerte, o que la muerte es la vida del teatro o la vida en el teatro.
Moliére, con su muerte genial, sigue abofeteando a quienes lo han olvidado. Ser cortesano del teatro o majadero de los poderosos, deja muy mal a quienes no saben morir con dignidad en escena.
LA CEBOLLA Y LAS MATEMÁTICAS, ENEMIGAS DE LA HUMANIDAD
-a José Lira Sosa, con recuerdos del Nono Sucre-
1.-
Dos enemigas peligrosas.
Llámese cebolla a un objeto de consumo diario que agua el ojo y da mal aliento. Llámese matemáticas a una extraña herramienta escolar muy dada a incursionar en los supermercados, que da muchos dolores de cabeza. Entonces, ¿qué utilidad pueden tener dos irreconciliables enemigas de la humanidad toda?
Si bien las matemáticas producen cefalea, no es menos cierto que provoca lágrimas por efecto del zumo de cebolla. (He llegado a pensar que todo país consumidor de cebolla lleva en el espíritu la semilla del fascismo, y todo manipulador de las matemáticas (en plural o singular) es un onanista oficioso que trata de demostrar con los números que el mundo es perfecto. O lo que es lo mismo, pretende demostrar con los números lo que no puede demostrar con el cerebro (¿se entiende? Está clarito, pues). Mi temor a ambos objetos –no sé a esta altura si lo son- es tal vez que no pueden nombrármelos porque sufro de temblores agudos, desmayos en algunos de los dedos de los pies y torceduras de ojos que me llevan a un paroxismo indetenible.
2.-
¿Cómo es posible consumir un tubérculo que tiene el mismo olor que emana de las axilas? ¿Cómo admirar las matemáticas (cálculo diferencial, suma, resta, multiplicación, y división, ecuación de primer grado, multiplicación de polinomios, teoremas y axiomas, madre mía) mientras el sindicato del transporte y demás congéneres se comportan tan mal con los que se dice portadores de reglas, compases y demás adminículos para geómetras y estudiantes de tales asuntos, así como de gastrónomos que tienen en la cebolla la Consagración de la Primavera de Stravinsky y algún tañío del Carrao de Palmarito? No se concibe. No puedo entender esa complicada retahíla de códigos y ese atornillado producto vegetal lacrimógeno.
Otro punto es la cocina donde el bendito aliño (¿se dice así?) tiene oscuros antecedentes criminales. Suerte de acólito de italianos revoltillos; mácula de platos gallegos, de majaderías buhoneras dotadas de perros calientes esquineros. Mortajas de sensiblería novelera.
La cebolla es un atentado a buen gusto, a nuestro refinamiento oligarca, escolástico y aristócrata, aun cuando Pablo Neruda le haya escrito una oda, que al parecer es otra cosa con jota. Las matemáticas son un atentado a la tranquilidad ciudadana, a las buenas costumbres morales, a las que hay que aplicarle la antigua Ley de Vagos y Maleantes, más allá de que Mercedes Sosa le haya dedicado tarima con aquella de que vivan cuando son los estudiantes sus víctimas.
La cebolla, en mancebía con los números, es capaz de provocar la caída de imperios y de sueños mal construidos, así como la gravedad de las dolencias prostáticas de muchos que se creen que no usan tal órgano. Fíjense ustedes, queridos lectores, que la mostaza –por ejemplo- es usada como arma terrible en manifestaciones y protestas. Qué dejarán para la cebolla y las matemáticas en un aula de clases o en un examen de orina, de conciencia, de heces, del objetivo cinco de filosofía o del corazón.
3.-
De nada nos vale nos vale ser tan civilizados si comemos cebolla, alimento de salvajes, pese a que se dice que ayuda a alejar los infartos, ¿y quién los manda a nacer con corazón en el pecho?
De nada nos vale hablar de poesía si usamos las matemáticas para saber el precio de las alcachofas o tratar de sacar las cuentas de los recitales que nunca nos pagan. De nada nos valen nuestras buenas intenciones si nos metemos una rueda de cebolla en la boca mientras le declaramos nuestro amor a Josefina, la soñada Jennifer López que nunca tendremos. No hay cosa más contraproducente que enamorar con cebolla. “Te invito a comer un perro”. Casi que ladra el seductor.
De nada nos vale leer a Pessoa, Cesaire, Gerbasi, Char, Cadenas, Montejo, Vallejo…grandes comedores de cebolla, sin nos preocupan los cálculos infinitesimales del costo de la vida o los párvulos senderos de la agonía de la tabla de multiplicar problemas, agonía y sinsabores, amén de cursilerías como la de “párvulos senderos de la agonía”.
Por esa razón (y muchas más), desde ahora y para decirlo en público, y desde siempre por escrúpulos, me declaro enemigo de número de las matemáticas y seguidor de los perfumistas, para alejar loe enconos de la cebolla.
Ambas pueden fácilmente tumbar la credibilidad de un cardenal. Y eso que no hemos hablado o escrito sobre la guanábana como fruto traidor, de sabor aguileño y que actúan en gavilla.
Cambio de sombras
ESO QUE LLAMAN HUMOR Y NOS QUEDA APRETADO
1.-
Se me exigió, casi con una pistola en una sien, que hablara de humor en esta Capilla Sixtina, pero del humor no se habla, se hace. Y mire cómo se hace. Como del amor, porque hablar de él es tan inútil
como ver una película con los ojos cerrados. O amar platónicamente (pobre Platón), lo cual nos podría conducir a la autocomplacencia, tan peligroso como quedarse solo con Jennifer López y no saber qué hacer. O a la autocontemplación, que podría ser mucho peor, por aquello de mirarnos en un espejo y creernos la última gota del desierto, por no mencionar la gaseosa. De modo que 4s necesario hacer el amor con humor, porque cuando eso ocurre se hace bien hecho. Evitemos, en consecuencia, las anfibologías para no ir a la cama con la cara arrugada y una rabia propia de quien ofrece mucho y da poco.
Sin embargo, para hacer el humor y hablar de él a la vez, me veo obligado a mencionar a un señor muy serio, muy circunspecto, muy yámbico, porque para Aristóteles existían poetas serios y poetas menores, estos últimos los que se burlaban del mundo y de la abuelita de los poetas serios. El mismo poeta serio dice que la risa es algo propio del hombre, aunque las hienas también saben reír, por lo que se descubre en cada carcajada rasgos del abuelo gorila que reía cuando un pájaro gracioso hacía de las suyas en la cabeza de algún descendiente de paquidermo. Cabe una pregunta darwiniana: ¿Si las hienas ríen, significa que descienden también de los gorilas? Vaya usted a saber.
2.-
La burla, según las malas lenguas, es una forma de venganza. Eso no quiere decir que todos los humoristas tengan enemigos regados por todas esas tierras de Dios, porque eso de hacerse humorista para vengarse de la gente es como ganarse la enemistad por anticipado. O lo que es lo mismo, recibir el odio a contra reembolso. Es decir, a vuelta de correo, electrónico o tradicional. La bula podría ser una venganza sublime, si llegamos creer que nuestro enemigo es idiota. Cosa no muy difícil de imaginar.
En todo caso, imaginemos al general Gómez escribiendo décimas contra los factores que lo adversaban. O haciendo morisquetas para burlarse de Leoncio Martínez., Job Pim u otros clandestinos mamadores de gallo. Es como pedirle a Mugabe -o a Pinochet en sus tiempos- que escriba poemas contra Zapata, Quino, Aquiles Nazoa o contra la joven Rayma, tan en boga como Edo o Pam-chito. Fin de mundo.
Si usted le pregunta a Hipócrates (está muerto, pero no podemos hacer otra cosa) sobre el humor, éste le responderá que el humor es o son los líquidos del cuerpo, sin obviar los que llevamos al baño para desechar como meros trastos viejos. Hipócrates, quien sufría de hipus humoristicus, clasifica los humores en cuatro cómicos señores llamados humores cardinales, como si tuvieran que ver con la orientación geográfica de la gente, y son: sangre, flema o pituita, bilis amarilla y bilis negra o atrabilis. Algunos médicos de las nuevas promociones señala que humor es una materia cósmico-visual que tiene que ver con el ojo, de allí que contenga humor vítreo y humor acuoso. El primer pertenece a los humoristas, porque siempre están rompiendo los platos ajenos. El segundo pertenece a los serios aristotélicos, porque siempre están llorando. Cuando nos reímos, el vítreo se rompe y sale a oleadas el acuoso, que en los humoristas es la esencia del humor negro, porque tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe. Al salir el acuoso, sin querer, otros humores intentan el escape, por lugares que si son nombrados podrían provocar el repudio de quien esto escribe.
3.-
Hay que gente que no ríe ni que resucite el bufón de Enrique VIII. Hay gente demasiado seria, gente que no acepta la risa, la broma, el chiste verde o colorado, blanco o acromático u otras menudencias de lesa humorada. Hay gente que nació vieja y seria, gente extraída con fórceps de nostalgias. ¡Ay de aquellos pobres humoristas que se metan con ella, con esa gente, digo, paran sus huesos en celdas oscuras, donde sólo ríen los ratones, las cucarachas y los fantasmas de lo que ya pasaron por allí¡.
Hay gente que nace sin risa. Y no tienen remedio porque la nalgada que recibió del médico/partero al nacer fue tal que aún les duele. Así serán toda la vida, serios, tristes de profesión. Pero hay otra gente –la gente- que de nada se ríe. Se burla de todo. Es el caso de quien habla en este instante. No le da vergüenza decir lo que dice.
Pese a todo, no queda más que decir, luego de obviar la perfección de quien imperfectamente les habla. Queda decir que el humor salva, como Dios. Parece herejía, pero es que el humor es herético. Si hay algo más que decir, será bueno recordarlo en otra ocasión, cuando la faja del humor deje de apretarnos.
Periodismo y Literatura
MONTAIGNE: EL ENSAYO, TONTO, EL ENSAYO
Confieso que, a mí, tanta serenidad en una persona me impacienta
y me aburre un poco, pero no hay duda de que, en un campo específico,
el de la política, si prevaleciera la juiciosa actitud de Montaigne, habría
menos estragos en la sociedad y la vida de las naciones hubiera sido más
civilizada de lo que fue y es todavía.
Mario Vargas Llosa.
1.-
Largo otoño el de la Edad Media, como para oír la voz de Johan Huizinga en tanto en cuanto palabra y silencio se ataron de la misma mano. A través de una mirada periférica, el autor europeo atrapó el dominio caballeresco de William James, quien en “Las variedades de la experiencia religiosa” se atrevió a afirmar que “sentimentalmente, si no en la práctica, nos acogemos a la visión de la vida militar y aristocrática. Glorificamos al soldado como el hombre absolutamente llano, inencumbrado”, razonamiento que roz las orillas de ese pasado del cual emergió aquella literatura “desbaratada” luego por Miguel de Cervantes.
El sueño de heroísmo y amor, como titula el mismo Huizinga en su tratado de historia, se convirtió en una prueba para derribar con sorna o con la seriedad del silencio, todo el aparataje de esa oscura época, en la que y de la que, para felicidad de todos, nacieron los textos fundamentales de nuestras letras.
El contacto clásico sigue siendo base para recrear y fundar proposiciones que hoy están a la mano con nuestras angustias y embargos humanos. De allí que Miguel de Montaigne (1533-1592), quien, en clara oposición a la Edad Media, rechazó todo conocimiento absoluto, lo que le imprime fuerza a la denodada pasión de quienes lo leemos y apreciamos por conocer sus propias limitaciones. Oportunidad que nos brinda el autor gascón para decir que sus Ensayos tienen la facultad de analizar, medir y aquilatar, cualidad ésta que nos remite al origen, a la etimología latina, ligada ulteriormente al griego y al sánscrito, en el sentido de aplicarse a cualquier ingenio, pero sobre todo al estudio y análisis de los minerales, específicamente al de los metales oro y plata, “para determinar la ley –lo fino, lo puro- de las monedas”. Pero Montaigne va más allá en su reconocida humildad: escribió por hábito de habla, “sin estudio ni artificio”, en su estilo “natural y ordinario”.
2.-
La curiosidad del ensayista francés se aproxima a todo: lo que está cerca y lo que está lejos le conciernen. Nada es desdeñable. Todo lo mirado, tocado, saboreado, olido, acariciado, intuido, enseña algo. De modo que lo absoluto se convierta en afán de multiplicidad.
Excepticismo, inclusive contra su propia búsqueda: terreno fértil para librarse de complacencias y orgullos, soberbias y miopía introspectiva. En medio de esta atmósfera, Montaigne vive para ejercer la “libertad para opinar de todo”. La Iglesia lo convirtió en carne de juicio por ser un escritor peligroso, de cuidado. Antidogmático, el genio de este traductor del tiempo continúa atado a la vigencia de su indagación.
Se desprende de su porfía, una declaración que lo fija definitivamente: “Yo no afirmo ni niego”. Ensaya, experimenta, recorre fértiles e infértiles lugares, sin teoría alguna: renace de una sombra que lo marca en otra, pero sin abandonar el aliento de la antigüedad clásica.
Este género, el ensayo, que no tiene en Montaigne su inventor, se remonta a tiempos alejadísimos, perdidos en la memoria. La antigüedad nos reseña su raíz en elucubraciones morales: diálogo entre los hombres que expresa una definición casi implícita.
En la trama de su desarrollo el sacerdote jesuita P. Mir, en su trabajo titulado “Prontuario”, logró un acercamiento en tano esbozo, proyecto o bosquejo como términos definitorios.
Paralelo a su desarrollo y crecimiento, la sociedad se ha visto envuelta en la madeja de los modelos comunicacionales, desde Aristóteles pasando por Shannon-Weaver hasta la tecnología japonesa y las llamadas redes sociales, tan caras hoy en todos los senderos del hombre.
Las primeras escuelas de periodismo, más de ensayo que de otra cosa, revelaron el carácter individual de una práctica alejada de los cánones de la universidad contemporánea, del academicismo tradicional, tan vapuleado en estos días. Si bien la función del periodismo es indagar, interpretar e informar, también es cierto que el ensayo transita por esos caminos. De allí que en 1903, Pulitzer se convirtió en el primer editor de un diario que ofrece financiamiento para la fundación de una escuela profesional de periodismo. Escuela que ya existía en Breaslau, Alemania, la cual ofrecía los cursos de Ciencia del periodismo, por 1806, intento que estudiaba la relación entre el periodismo (un ensayo) y la opinión pública (otro ensayo si nos atenemos a los cambios de una sociedad emergente).
3.-
En este punto podemos enlazar la opinión de Montaigne y de otros ensayistas en el sentido de que ese periodismo, que sigue siendo el de hoy y será el de mañana con algunos cambios, informa, explica, interpreta y critica. Aproximación al fin, esté llena de detalles equívocos y anómalos que precisan de un estudio más pormenorizado, calmado y tenido como fuente de búsqueda permanente. En América latina, sin querer mirar muy atrás, nos topamos con “periodistas” que han sido ensayistas: el roce los convierte en practicantes y oferentes de un oficio afín. Henríquez Ureña, Mariátegui, Martí, Picón Salas, Briceño Iragorry, Octavio Paz, Borges, Sábato, Otero Silva, Sanoja Hernández, representan, entre otros, el signo más representativo de este carácter que en el fondo busca un solo objetivo: ensayar el mundo.
Pero así como la forma de ensayar amplía la manera de decir, también el periodismo busca fórmulas de avance. La información, como base empírica, nacida así, convertida en estudio, en indagación, tiene en la modernidad lo que los norteamericanos denominan el “new journalism”, el nuevo periodismo, o periodismo de investigación. El nuevo diarista o el escritor ocasional en periódicos desecha n tanto la información, ya de por hecho contenido en el cuerpo de la nota, para convertirse en una opinión que toca la realidad, la especulación y hasta la ficción. Viene al pelo el experimento informativo de Orson Welles a través de la radio. O los trabajos de Bolch y Miller, Carl Bernstein y Bob Woddward, quienes, en un alarde de labor investigativa escriben verdaderos ensayos para dar a conocer los pormenores de un evento que conmociona al mundo. No se descarta la especulación, la indagación, la búsqueda y hasta la curiosidad ingenua que lo acerca a la literatura. Ese periodismo americano entrega –con dudas por doquier- piezas de creación, donde la información real se confunde con los giros de la más descarada coloración ficcional, como las de Mario Puzzo, John Seigenthaler, Jack Newfield, quien laboraba en el diario “The Village Voice”, en Nueva York; Ed Bok y Mark Sullivan, quienes reventaron el tema de los narcóticos con verdaderos trabajos ensayísticos de contenido ficcional, ambos para el diario “Ladies Home Journal”.
4.-
En “El Cojo Ilustrado”, pintoresca y voluminosa publicación venezolana (1892-1915), encontramos los nombres, entre otros, de Lisandro Alvarado, Eloy González, Cabrera malo, Miguel Eduardo Pardo, Eugenio Méndez y Mendoza, Eduardo Calcaño, Sales Pérez, Alejandro Urbaneja, quienes hacían labor de ensayo con la más ingenua de las tradiciones. Nuestros diarias, décadas después, comenzaron a proporcionar otros contenidos, más allá de lo meramente informativo, lo que hace repetir la expresión del viejo Montaigne: “Yo no afirmo ni niego”, a lo que se podría agregar: El ensayo, tonto, el ensayo. Ensayar: entrar y salir del error. Pensar.
PALABRAS QUE NO CABEN EN LA BOCA
1.-
Todavía nos acechaban algunos fantasmas, de esos que solían burlar las horas y convertirse en duendes o en fenómenos de la naturaleza, como un trueno o una lluvia pertinaz, tan brutalmente tropicales que hoy destacan en las primeras planas de los periódicos.
Estaban allí muchos nombres de vivos y muertos. Y ese día del año 78, ese día que ya no recuerdo el lugar de la semana, me tropecé con un tipo en la puerta del diario El Imparcial, en el mismo instante en que entraba el féretro de Alfredo Henríquez Arias, nuestro recordado “Charrito”, jefe de redacción del que fuera el decano de la prensa de Aragua.
-Este es el Nono Sucre, el amigo que te mencioné hace días- me dijo Asdrúbal Camejo, quien militaba en el MAS al lado de Nono y de otros personajes que luego alcanzaron esferas superiores en la política tanto regional como nacional.
El tipo me extendió una de las manos de saludar y me sonrió con cierto desgano. De inmediato, en medio de una timidez que aún no me abandona, la amistad se hizo, como la luz aquel otro cercano día del Génesis.
Enterramos al Charrito y luego escanciamos unas cervezas para celebrar el feliz viaje de quien fuera amigo de todo el mundo, quien seguramente así lo sigue siendo desde su esfera eterna.
2.-
Días después conocí la biblioteca del Nono Sucre, quien en realidad y en la ficción se llamaba y se sigue llamando José Antonio Sucre Millán, de los Sucre de oriente y de los Millán también de oriente.
-Bueno, es que yo soy un guaiquerí salao -me dijo en la sala de su apartamento.
Me quedé girando alrededor de la expresión y la acepté para siempre como el mejor vocativo de un hombre que viene de una isla pleno de sol y vientos marinos. Y claro, Nono tenía cara de guaiquerí, de indio del mar.
De ahí en adelante, hasta el día de su postrero aliento, Nono y quien esto escribe fuimos hermanos. Mi familia se hizo suya y la suya se hizo mía. Por él conocí a poetas, narradores, locos, borrachos y alucinados de este país, entre ellos al poeta José Lira Sosa, allá en su calle Guilarte de Porlamar. A Felito en Juangriego. A José Vicente Abreu en la Caracas de los 80. A tantos otros que hoy alimentan nuestros afectos. A su hermana Yaya y a su cuñado Domingo, también en la Isla, quienes me brindaron calor y afectos. A Belkys y a Leonel, a Luis Felipe, a Luis, entre los tantos que lo sobreviven y lo siguen nombrando.
3.-
Nono nació en 1942. No recuerdo el día aunque muchas veces lo celebramos, pero eso no importa. Tenía 68 años cuando partió el día de San José de este año, es decir, el 19 de marzo. Con Nono viajé y trabajé mucho. Escribimos a dos, a tres, a cuatro, a diez manos, de día y de noche. Leímos juntos mucha poesía y se nos olvidó el mundo muchas veces por alcanzar el significado de un verso, o la borrosa truculencia de un cuento.
El guaiquerí salao que fue Nono. El que lo sigue siendo, permanece en la memoria, en aquella que dejamos sembrada en periódicos y revistas. En El Imparcial, entre denuncias políticas, allanamientos y malas querencias. En El Aragüeño, cuando en el suplemento literario “En Letras Vivas” José Aloise Abreu y Santiago Rojas capitalizaban las publicaciones culturales de Maracay, en los primeros años la década de los 70, donde publiqué mi primer texto. En El Siglo, en El Carabobeño, en Notitarde, en La Prensa de Los Llanos, en aquel sueño que de revista devino librería llamado Umbra, donde respirábamos y nos ahogábamos con Eduardo Casanova, nuestro pariente poético y hermano de sangre y huesos.
Fueron más de treinta años de aventuras. De viajes, de flujos y reflujos. Y en esa jornada estuvieron sus hijos Joche, Tania y Piti y luego los otros muchachos que son los más muchachos de él : Alejandro, Valentina y Juan David. Y con ellos, doña Celia, ese ángel maravilloso, guaiquerí, margariteño y del Valle del Espíritu Santo, la madre de mi amigo, que también fue la mía, como la mía fue la de él. Sus hermanos mis hermanos y los míos los suyos. Su tierra la mía y mía la suya. La isla fue mía con sus mareas y mi llano con su inmensidad fue de él. Su Caribe y mi triste río Tiznados se encontraron en muchos paisajes.
Periodista conocedor del idioma, perfeccionista y sin miedo. Malcriado y amable, loco y cuerdo, áspero, amoroso, sobrio y embriagado. Poeta descuidado, ajustado a las deshoras. Un ser humano que andaba por el mundo, por nuestras calles, con su nombre bien puesto. Alunado, asoleado. Ese era mi amigo y hermano Nono Sucre.
Hay muchas más palabras para decir de él, pero esta noche no me caben en la boca.
(Maracay, en el CNP, entre amigos y duendes, la tarde del jueves 2 de junio de 2011)
FRANCISCO, EL DE ASÍS: DESNUDO COMO EL AGUA
1.-
La hermana muerte también fue asunto de alabanza, testimonia la fuerza vital de Francisco de Pedro de Bernardone, desnudo mientras el Cristo de San Damián pronuncia el único verbo que el de Asís llevó en su interior. El obispo Guido Segundo tuvo apenas tiempo para taparle las partes y hacerlo merecedor de la confianza de toda la fe.
¿Pudo más ese mapa espiritual porque Francisco, “el francesito” de Pedro de Bernardone y Juana Pica, arrojó a un lado todo el mundanal ruido para hacerse de los misterios del sacrificio? La respuesta, bastante obvia, afirma la fijación de su eternidad entre 1181 y 1182, cuando por vez primera levitó frente al silencio y sus lágrimas de recién nacido anunciaban la predestinación.
2.-
Tomás de Celano lo dibuja de esta manera: “De estatura mediana, tirando a pequeño; su cabeza, de tamaño también mediano y redonda; la cara, un poco alargada y saliente; la frente, plana y pequeña; sus ojos eran regulares, negros y candorosos; tenía el cabello negro; la cejas, rectas; la nariz, proporcionada, fina y recta; las orejas, erguidas y pequeñas; las sienes, planas; su lengua era dulce, ardorosa y aguda; su voz, vehemente, suave, clara y timbrada; los dientes, apretados, regulares y blancos; los labios, pequeños y finos; la barba, negra y rala; el cuello, delgado; la espalda, recta; los brazos, cortos; las manos, delicadas; los dedos, largos; las uñas, salientes; las piernas, delgadas; los pies, pequeños; la piel, suave; era enjuto de carnes; vestía un hábito burdo; dormía muy poco y era sumamente generoso”.
La imagen fotográfica es suficiente para apartarnos de un mal pensamiento, suficiente para decir que se estaba frente a un hombre hecho para la iluminación y la santidad.
3.-
Una poética divina apareció con el deambular de Francisco de Asís hasta Perusa. Las travesías a Espoleto, el viaje a Roma. El año de reclusión como preso de guerra. Esa patria donde la antigüedad refugiaba la desnudez, la pobreza, la alegría y la presencia de quien desde la altura renovaba diariamente el destino manifiesto de este “hermano menor”, criatura de las más pequeñas protegidas por las palabras del Nazareno.
Esa factibilidad del destino de Francisco de Asís tuvo en sus discípulos la motivación para construir la escuela de la bondad, del abandono por el otro, el que lleva el polvo en la piel, hambre en los ojos, soledad en el corazón, sed en las manos.
4.-
Regado como semilla por el mundo, este San Francisco, viboreante en sus viajes, es el emblema de la naturaleza, de la rebeldía juvenil, de la paciencia y de la belleza. No extraña entonces que su solo nombre inspire confianza, porque se trata de un héroe del espíritu. Francisco fue la antítesis de esa representación feudal y se hizo hombre en la medida de los dictados de su desapego terrenal.
Hombre letras, hacedor de cánticos, oraciones y documentos de absoluta inocencia, San Francisco de Asís refleja sus huellas en Santa Clara, Gil, Inés, Bernardo, Pedro Cattani, Beatriz. Referencia obligada del pueblo de Asís, es el poeta latino Sexto Propercio y sus palpitaciones abarcan el clima de la Umbría, la Toscana y la Marca de Ancona.
El templo de Minerva, salvado de terremotos y sacudones del tiempo, es sólo una mirada, un estadio, un paseo porque san Francisco se reveló en las estrechas calles de ese vientre donde uno bebe en la voz del que clama.
En nuestros juegos lo vemos ser parte de las imágenes que conforman el pesebre, el nacimiento, invención de quien tenía en aquel Niño milagroso el centro de atención de todos los milagros.
TERCERA PERSONA
1.-
¿Cuántas veces no ha pasado que un poema condiciona el resto de la lectura de un libro? ¿Cuántas veces un texto se agita en medio del sueño y nos obliga a levantarnos para tomar de nuevo el libro y hacerlo sitio de desvelo, ansia de madrugada y hasta vértigo de sombras como prueba de que otro sueño está en camino?
Con estos versos de Tibisay Vargas Rojas navegamos en el sopor del silencio, allá, muy adentro, donde dormimos con nuestros fantasmas: “Mira, este pequeño pájaro me observa/ sereno, puedo sentir/ que su cuerpo no tiembla, sólo palpita/ en un lenguaje que intuyo,/ mira, se acerca a la distancia de mi brazo/ detallo mi silueta en sus pupilas/ carentes de temor y desconfianza/ tan clara su presencia, su silencio…”. Y nadie me saca de la primera vez de esta inflexión que Tercera persona (Conac, Asociación Civil Editorial Guárico, San Juan de los Morros, sin fecha de edición), de la poeta nacida en san Sebastián de los Reyes y paisaje humano en la capital del estado llanero, quien desde hace tiempo ha sabido ser poeta, envuelta por las palabras y los sonidos que sus sueños y amaneceres le conceden.
Con este libro, con este pájaro de hojas blancas, nuestra autora revisa la casa, la carne de la casa, los lugares donde estuvo y donde creyó estar. Los lugares de su respiración, los sitios donde sentarse y dejar sentado con palabras el motivo de vivir y completar las líneas del poema, las líneas de la mano que traza las imágenes:
Siempre una página por escribir
siempre un espacio
sometido a la espera
al capricho de la permanencia
se ordenan en la despensa los víveres
cuelgan del closet
acicaladas galas para el baile
hacemos dieta
en aras de una hipotética esbeltez
y construimos
ladrillo a ladrillo de deseos
la casa de nuestros sueños
el libro galardonado
viajes y frases se elaboran
en la hábil condición de nuestra mente
El poema sigue invicto en el cuerpo de otro que le sigue en la página. Se desnuda frente a nuestra somnolencia. Nos atrapa hasta dejarnos en la pura piel de sus sonidos. La poesía de Tibisay Vargas Rojas suele provocar que estos se hagan una reconvención: nos llevan de la mano hacia el precipicio donde se advierte el final del verso. Vemos desde su altura la honda vereda de su afán. Digamos, la poeta se habla desde el texto y nos hace advertir su voz en la nuestra cuando, fantasmas al fin, pronunciamos cada palabra: “Estas líneas/ para quienes ignoran que tácitamente/ mañana/ es sólo el espacio virtual/ para las confesiones/ hoy/ el sitio del cuerpo que nos duele/ entre pecho y garganta/ sin hacerse palabra/ ayer/ el escenario de nuestra credulidad/ la evidencia de no contar/ entre el juego oral con comodines/ para el relato de la historia/ que postergamos”.
Esa primera persona del plural se hace tercera en la medida en que se convoca a quien es reflejo del texto, de su fuerza, de sus ganas de entregarse. No obstante, el libro cierra en primera del singular, razón por la cual es necesario afirmar que todas las personas gramaticales se congregan alrededor de un texto para multiplicarse, admitir que “Sólo es cierto que su paso me ha instalado/ en el incómodo espacio de esta sala de espera/ demasiado amplia para mi gusto”.
Alguien ha tocado a la puerta de este libro que es una casa de muchas voces, de terceras personas que han logrado habitarse. Fantasmas al fin, rondan los sonidos, los acosan, se los apropian, los dejan en las páginas para que suenen en cada lugar del mundo.
EL ESCRITOR Y SUS FANTASMAS
A Ernesto Sábato le gustaban las entrevistas. No tanto porque apareciera en los diarios, sino porque le gustaba provocar el pensamiento de sus posibles lectores. Es decir, abría una puerta para inclinar balanzas y dejar que el peso de su opinión aportara voces y silencios. Sábato era un excelente polemista. Un hombre de respuestas. Su formación científica estaba presente en todas sus intervenciones.
En El escritor y sus fantasmas, un libro de fragmentos, ensayos cortos e ideas para discutir, el recién fallecido narrador argentino nos deja un lugar donde es posible discernir, estar de acuerdo o no con sus posturas, pero -en definitiva- un libro para mover la inteligencia, sacar conclusiones, elaborar tesis, inventar y borrar emociones.
En la explicación que nuestro autor ofrece al comienzo, Sábato se pregunta: “¿Para quién escribo este libro?” Y responde: “En primer término, para mí mismo, con el fin de aclarar vagas intuiciones sobre lo que hago en mi vida; luego, porque pienso que pueden ser útiles para muchachos que, como yo en mi tiempo, luchan por encontrarse, por saber si de verdad son escritores o no, para ayudarlos a responderse qué es eso de la ficción y cómo se elabora…”, y sigue respondiendo, de la manera más amable. No ha dejado, en todos estos años, de respondernos.
2.-
Con El escritor y sus fantasmas conservo un pecado que debo confesar hoy: fue mi primer robo. Sí, saber que el libro existía, que era referencia en mis estudios universitarios, pero que no estaba al alcance de mi bolsillo, me propuse que estuviese al de una de mis manos. Y así. Una tarde, maletín en mano, me convertí, como en la novela de Markus Zusak, en un ladrón de libros. Fue en una librería de Maracay. En Caracas no pude hacerle frente a este delirio porque me entró todo el terror del principiante. Cuando llegué a la casa con el producto de mi fechoría, abrí la obra de Ernesto Sábato y comencé a leerlo como él me pidió que lo hiciera, como un muchacho, como lo que era. Y desde esos días de la década de los setenta, lo leo. Siempre lo reviso, lo sobo, lo paseo por la casa, lo acaricio, le quito el polvo, le hablo. Él me habla. Sábato me habla, me aconseja. Yo no sé, finalmente, si me hice escritor. Pero sí estoy agradecido de ese señor casi centenario que acaba que arrancar hacia las estrellas. Sábato, a pesar de su sapiencia, me enseñó a ser amable, comedido en algunas cosas, pese a que la inteligencia, cuando se muestra toda, se torna arte de pedantería. Me refiero a la inteligencia de Sábato, pues la mía (¿dónde estará?) casi no se siente, es un préstamo de tantos amigos y no tan amigos, de conocidos y desconocidos a quienes les he robado ideas para poder sobrevivir, como muchas veces también ha confesado Enrique Vila-Matas. Con El escritor y sus fantasmas pasé al estadio superior del crimen organizado: practiqué lo que siempre planifiqué, robarme un libro sin que me descubrieran. Digo organizado con toda la impudicia del mundo porque me organicé muy bien para hacerlo, pero estaba demasiado solo, lo que hizo que madurara esta inclinación y me empujara a repetir la acción criminal, unas veces exitosa, otras fallida. Un día terminé frente a un policía que luego se echó a reír y hasta le pidió al librero que se quedara quieto. Se trataba de un policía extraño. Yo creo que había leído a Sábato o a Kafka. Y no me arrepiento de haberlo hecho porque con la lectura del cuerpo del delito he aprendido y he enseñado algo: he sido profesor en muchas aulas, de adolescentes y de universitarios. Y Sábato ha estado allí, con sus duendes, con sus monstruos, con sus pesadillas, con su pesadumbre y su pesimismo, con su incertidumbre y sus rasgaduras filosóficas.
3.-
Más adelante, el tomo nos entrega un “Interrogatorio preliminar” donde el autor recoge muchas de las preguntas que le han formulado periodistas y lectores. Preguntas que tienen, por supuesto, respuestas que han servido para darle cuerpo a las páginas que en este instante tengo abiertas sobre la mesa. Sábato responde con precisión. A veces con demasiada precisión. Es un hombre de ciencia entregado a la magia de la literatura. Es un sabio que no se sale de su espacio. No corrompe el lugar donde habla. Dignifica a quien oye. Lo construye con sus palabras.
Entre las tantas preguntas escojo la última con su respectiva reflexión:
“-Usted que escribió que Borges es heresiarca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma de infinitos bibliotecarios hipostáticos, ¿sabe quién es Ernesto Sábato?
-No del todo. He tratado de averiguarlo escribiendo algunas ficciones. En ellas mis amigos y mis enemigos tienen una buena cantera para averiguarlo”.
Y, en efecto, lo he averiguado: Ernesto Sábato ha sido y es uno de los grandes escritores del siglo XX americano. Una de nuestras glorias civiles. Aunque a veces creo que no existió, que es una sombra de sus héroes, de sus tumbas abiertas, de sus exterminadores, de sus túneles oscuros. Nuestro fantasma personal. El ectoplasma de nuestra juventud.
4.-
La siguiente parte de este libro para “muchachos” habla de Las letras y las artes en la crisis de nuestro tiempo. En estas hojas el hombre es el sino de su angustia. Hombre y tiempo en medio de un caos que ya se ha instalado en nuestro espíritu. “La cosificación del hombre”, “La rebelión del hombre concreto”, “No crisis del arte, sino arte de la crisis”. Ensayos que hunden la daga en medio de dicotomías que han confundido a quien ya tiene algunos siglos sobre la tierra.
La parte final es una larga caminata por un tema que se repite, que se refleja en el agua, en el espejo, en el fondo de los ojos, en el alma del universo creador. Literatura, arte, cosmogonía, ciencia, personajes, corrientes literarias, la lectura y la escritura, dialéctica y sueños. Todo un compendio de emociones escrito en pocas líneas, como para que el lector se instale y no se despegue hasta cerrar la última página con el aliento de tantas ideas. De una idea multiplicada.
Desde aquel día de mi primer delito, desde aquella tarde frente a la fila de libros de diversas tapas y colores, me enfrento a éste de verde tapa elegante, de sobria presencia que la editorial Aguilar sembró en nuestros ojos de estudiantes. Se trata de la cuarta edición, la de mayo de 1971. La avenida Miranda de Maracay me ha sabido perdonar. Creo que el propietario del negocio también. La librería estaba en ese camino diario de mis andanzas de malogrado aspirante a morgues, consultorios y pabellones quirúrgicos. Me quedé con las letras, con la literatura, con la locura, con esta maravillosa genética que sigue vapuleándome. Gracias al maestro Ernesto Sábato. A él y a sus fantasmas, tan amables.
El viaje eterno de Gonzalo Rojas
-O S C U R O-
Caminamos por una calle y nos tropezamos con narices que respiran y flotan en el aire, como en aquel texto de Gonzalo Rojas, “Epístola explosiva para que la oiga Lefebvre (1917-1971)”, y entonces, cansado de mirar cielos y amar la vida y la muerte, sentimos que el tiempo ha pasado tan rápido desde aquel 1977 cuando supimos de este poeta chileno que trabajó en Venezuela como docente en la UCV.
Al escribir en ese mayestático hincado por el calor social que nos envuelve, intento salirme del ruedo para pasar inadvertido. Pero no puedo con el plural y me hago individuo, pese al desgaste de quienes aún creen saberse parte del vientre colectivo.
Me interesa el tono de ese poema, me subleva pensar que soy yo quien camina por Valparaíso, feliz en Cerro Alegre. Me complace saberme objeto de las miradas que pasan a mi lado mientras converso con Gonzalo Rojas en el poema: “…el aire mismo es un exceso/ de nada, tú me entiendes, todo está lleno de nada,/ lleno/ como ese hueco del que nos reíamos/ leyendo a Kafka con el loco Borchers, ¿lo has vuelto a ver/ Juan Borchers?, hueco/ y rehueco todo, no hay piel para esconderse, no hay,/ por mucho lujo que chille, por mucho cemento/ que ondee en la cresta del cielo…”. Sí, toco levemente su saco de relleno y siento que me mira sobre la marea que alivia un poco la caminata por esa ciudad de pescadores y artistas.
2.-
Aquel año 77, joven aún, esta ciudad era un remedo de nuestras nostalgias. Una hora cualquiera cayó en mis manos Oscuro, una bella edición, como la mayoría de las hechas por Monte Ávila, donde vacié la angustia de no conocerlo hasta ese instante. Me acercó a Juan Sánchez Peláez y agregué a mi felicidad que ambos habían sido parte de las costillas del grupo la Mandrágora. Por ahí enfilé mi lectura, por la de saberme conquistado por esa sombra donde el surrealismo pergeñaba la presencia de un poeta chileno, retratado en el cuadro de Vicente Huidobro, publicado en la colección Altazor, para más felicidad.
Me inclino por los últimos poemas de la antología donde brillan Entre el sentido y el sonido, Qué se ama cuando se ama, Los días van tan rápidos y varios inéditos que forman parte del gusto de este instante. Por ejemplo, “Pericoloso”, dedicado a Manuel Bermúdez en Roma en 1974: “Qué rápida la calle vista de golpe, los espejos de los autos/ multiplicados por el sol, qué sucio/ el aire: / y esto era el Mundo?”. La pregunta queda colgada del ropero, en medio del hollín de aquella ciudad endemoniada, mientras la poesía continuaba su azar, su peligrosa intrusión en la cotidianidad del mundo.
Tanto tiempo el libro abandonado. Se deshoja con facilidad, se le caen las alas, pero sigue diciendo en cada texto lo que el poeta de 85 años nos quiso alertar o sacudir, ahora cuando estrena Premio Cervantes y sigue vivo bajo el techo de un pasillo donde hay un patio central y varios pájaros dementes en una fuente apagada.
3.-
Exilado en nuestro país, Gonzalo Rojas es hombre de constantes, como afirmara Reinaldo Villegas Estudillo: “Entre estas constantes destacaremos las que a nuestro juicio cobran mayor relevancia en el ejercicio creativo del autor…Es, en primera instancia, la preocupación dramática por ese correr vertiginoso, por ese transcurrir torrencial del tiempo…Asimismo, la angustia existencial universal, la inquietud que surge de la brevedad, de lo efímero de la vida, por lo fugaz que resulta el paso del hombre terreno…”.
Con razón lo sigo, a paso lento. Valparaíso nos ausculta, pregunta por el olor del mar en nuestra garganta. Un solo espasmo es suficiente para leer este poema y seguir vivo: “Del aire soy, del aire, todo mortal,/ del gran vuelo terrible y estoy aquí de paso a las estrellas,/ pero vuelvo a decirte que los hombres estamos ya tan cerca/ los unos de los otros/ que sería un error, si el estallido mismo es un error,/ que sería un error el que nos amáramos”.
A esta altura, a 25 años de la primera lectura de este poeta hoy anciano, sabio y hondo, vuelvo en primera persona a lidiar con sus pasos y a tratar de alcanzar su tono mientras lee en voz alta el término del mundo, tan infinito como la mirada vertiginosa y lenta en el lomo de un poema a punto de explotar el universo.
Hoy, cuando el poeta de Oscuro se despide, casi centenario, se nos recoge el mundo en los ojos, en la carne que nos queda para afirmar que se trata de una voz universal, muy nuestra.
Sí, oscuro y alejado a esta hora menguada, saludamos la eternidad de Gonzalo Rojas.
KAFKA EN LA ORILLA
-El mundo es una metáfora, Kafka Tamura- me dice Oshima al oído-.
Pero ¿sabes? Tanto para ti como para mí, esta biblioteca es lo único
que no es la metáfora de nada. Esta biblioteca es sólo esta biblioteca.
Eso quiero que quede bien claro entre nosotros.
Haruki Murakami
1.-
En efecto, el mundo es una metáfora, una extraña metáfora que en Kafka en la orilla (Círculo de lectores, Barcelona, España, 2002) encuentra explicación en el viaje de Kafka Tamura, basado en
imágenes que tienen su origen en mitos y realidades extravagantes. Metáfora que se adhiere al significado de liberación, de escape del ghetto de aquella Praga donde el joven Kafka sufrió los rigores del padre/gobierno, del gobierno/padre. La metamorfosis sufrida por Gregorio Samsa se podría explicar en la huída de Tamura (capítulos impares), quien asume el apellido del autor checo, el cual significa “Cuervo”, imaginario y asistido personaje juvenil que habita en la agitada vida del también adolescente de 15 años, protagonista de esta obra que ha dado mucho de qué hablar. Los cambios que sufre Kafka Tamura están centrados en la maldición de su padre, quien lo marca por el hecho de que él será asesinado por su hijo y éste terminará acostándose con la madre. Edipo prefigurado, añadido por un referente que se hace visible en la historia alterna de Satoru Nakata.
Es una novela contada en dos espacios que no se tocan. Dos historias que se acercan sólo a través de una línea imaginaria. La vida de Tamura y la de Satoru, dos paralelas hacia un estadio donde la incertidumbre y la tragedia configuran un final trágico y onírico.
2.-
“-¿Y cómo se llamaba la canción?
-Kafka en la orilla del mar-dice Oshima.
-¿Kafka en la orilla del mar?
-Sí, Kafka Tamura. El mismo nombre que tú. Una curiosa coincidencia.
-No es mi nombre real. Aunque Tamura sí que lo es.
-Pero has sido tú quien lo ha elegido, ¿no es así?
Asiento.
He sido yo quien lo ha elegido y, además, hacía mucho tiempo que había decidido llamar así a mi nuevo yo.
-Y eso es lo que importa-dice Oshima.”
Así leemos en la página 207, donde se inserta la reciente identidad del personaje a través de la explicación a su amiga la bibliotecaria. Pero también se trata del título de un cuadro que Tamura vio en la oficina de la mujer que resultó ser su madre, la imagen de Electra.
Tamura vaga con “el joven llamado Cuervo”, subtítulo de esta obra de Murakami. Con este “Kafka”, el personaje del escritor nipón viaja de un extremo a otro de Japón para encontrarse con su sino: la realización de la maldición del padre. Se instala en una biblioteca donde encuentra refugio en una mujer, quien resulta ser la madre, y con la que se cierra el círculo de la profecía: se acuesta con ella. La señora Saeki, que así se llama la mujer, quien hasta la última página de la novela aparece como la voz que conduce a Tamura a un “mundo nuevo”, luego de despertar de un largo sueño.
Oshima, personaje travestido, el más próximo a Tamura, y quien atiende el servicio de la biblioteca de Takamasu, define la movilidad de quien está a punto de perder el mundo real:
“-Por más que huyas, no vas a ninguna parte.
-Es probable.
-Parece que has madurado-dice.
Sacudo la cabeza. No me salen las palabras.
Oshima se da algunos golpecitos en la sien con la goma de la punta del lápiz. El teléfono empieza a sonar, pero Oshima lo ignora”.
Se trata de la despedida. Desde ese punto Tamura desaparece en ese mundo nuevo que advirtió la señora Saeki, sombra de muerte que arrastra el complejo que el psicoanálisis tomó como base para sus estudios junto con el de Electra, mencionado en la página 232 para criticar el carácter “macho machista” de la tragedia de Sófocles.
La historia de Satoru Nakata (capítulos pares), un hombre de 60 años, pasó por la experiencia de un coma colectivo, luego del cual perdió la capacidad lectora y la inteligencia. No obstante, habla con los gatos. En su travesía se tropieza con un personaje paradigmático, Jhonny Walken (alusión al personaje del whisky, pero con una letra trastocada). Walken, personaje cruel y criminal, experto en matar gatos, es asesinado por Nakata, quien representa al padre de Tamura (por transferencia se cumple la profecía). Nakata, en consecuencia, será parte del otro yo de Kafka Tamura.
Este es un libro que vale la pena leer. En él hallaremos absurdos deliciosos, historias inexplicables que nos acercan al surrealismo, a una suerte de “realismo mágico” manejado con una naturalidad sorprendente en medio de eventos tan reales como la respiración. Este es el libro de una metáfora que nos sacude entre la realidad y un mundo realmente nuevo, escabrosamente nuevo.
Para este lector se trata de la mejor novela de este japonés quien ya está en la lista de obtener el Premio Nobel de Literatura.
JUAN BEROES, DE ARCILLA NUMEROSA
¿Qué humedad de la noche visita los ojos de Juan Beroes, si la sangre infinita de su voz alimenta el amor de mundiales tormentas? Juego con los versos de este poeta nacido en Táchira para reconocerlo en una obra cuyo brillo destaca en cada uno de sus trabajos, apreciados en la medida de sus sonidos, en la permanencia de un eco poético cuya perfección clásica vertebra los rastros de un idioma que nos tutela en la lectura de sus páginas.
Mitigo el silencio con un solo día en la mirada: “¿Qué mañana de luz baja a su cuerpo/ y en húmedas, clarísimas campanas/ convierte su calor recién venido?”. Así conmueve la tierra del domingo.
Lo imagino sentado, con la ventana entornada mientras las voces del mundo promueven rostros, palabras, tensiones platónicas en las que Teresa de Jesús hila la música, el susurro castellano.
Entre la muerte y la eternidad lo hallamos, porque muy cierto es que tuvo vocación de intemperie. Bien lo dice entonces Vicente Gerbasi, el venido de la noche, el llegado a la luz, cuando toca la huella de Clamor de la sangre: “…un canto al amor y al cuerpo humano…Juan Beroes recrea el cuerpo humano, lo multiplica en la maravilla, lo ve en sus perspectivas cósmicas y lo eleva a sus misteriosas dimensiones”.
2.-
Y esa tensión en la que Platón como interioridad, “más que serenidad, es angustia lo que impulsa el lirismo de Beroes”, afirma el feliz culpable de Mi padre el inmigrante.
Lo asalto en el canto IX de Clamor de sangre: “Te desata la noche y tu cuerpo me llega/ ¿Qué furor te adelanta y te empuja a mis brazos?/ ¿Qué primitiva lucha viene a entregar tu vientre?// Hay crueldades primarias en tu llegar potente,/ gritos que enroscan y anudan tu garganta/ en mis huesos henchidos de universal ternura;/ hay criaturas que nacen del seno de tus senos,/ de tus caderas amplias como la luz del mundo// Y me riega la sangre que te aprisiona toda,/ la que baja a tus piernas embravecida y ronca,/ la que a tus manos sube para tocar la vida// Y claman en mis huesos los mutilados hombres,/ las antiguas ciudades heridas de repente,/ los ignorados seres que invaden nuestro cuerpo,/ lo sexos indefensos jadeando hasta romperse// Oh fuerza que así llagas el hondo de mi carne/ Oh vértigo de gritos y desatados llantos// Me nutro de las luchas que habitan en tu sueño,/ de tu avidez alzada sobre mi extraño origen;/ me nutro del estiércol que formas con la muerte,/ con tu liviana sangre que corre entre dos cuerpos// Me nutro de esos sueños que habitan en tu nombre// Porque, inmensa, desciendes ceñida de la noche,/ y la boche es la muerte que obscura te desata”.
Me he detenido en este poema porque sintetiza las constantes de Juan Beroes, porque nos recoge en los temas que ha logrado velar desde el cuerpo de una mujer, resumen de una aventura nocturna donde la muerte, el primitivo origen, la sangre y la noche se hacen trasunto erótico, estación de un poeta que necesita ser leído con la misma pasión con que miró pasar desde su ventana entornada el silencio, esa intemperie agreste a la que le sacó ventaja.
3.-
La humedad de la noche lo visita en los ojos de ese cuerpo, es el texto penetrado por el sonido y la música, la vibrante tensión.
Finalizo, para celebrarlo, con el soneto El poeta elogia el pie de su amiga: “Arbusto volador, nevada suma/ de nube sobre rosa y golondrina;/ ruiseñor desvelado que camina/ sobre los tibios hombros de la espuma// Recinto de cristal donde la bruma/ tañe cítaras mil con ala fina;/ céfiro de ese llanto que ilumina/ los cordajes del viento y de la pluma// Pero no toquéis ya su niño cielo,/ ni despertéis con voz hecha de vuelo/ su delicado césped de rumores…// Allá va, cual murmullo, sobre el prado:/ es el pie de mi amiga –pie dorado-/ que por andar descalzo os dejó flores”.
Valga un final para quien lleva nombre y apellido en las alforjas de la creación, vadea los ríos para arribar al cosmos y nos convoca para decirnos: “Soy de tiempo, de arcilla numerosa,/ de oído vegetal que yo levanto/ para escuchar tu luna que me habla”.
LA ÓPERA PRIMA DE FERNANDO RODRÍGUEZ
En algún lugar y tiempo de El libro de las horas, Rainer María Rilke escribió: Creo en todo lo antes dicho, en una suerte de desprendimiento de sus “sentimientos más devotos”. Así, vertido en palabras plenas de esta convicción, Fernando Rodríguez ingresa en el mundo de la poesía con Ópera prima, (Ediciones TalCual y Editorial Libros Marcados, Caracas 2010), trabajo que confirma que lo “antes dicho” ya era parte de esta primera aventura donde la poesía se muestra con La mañana fresca y asoleada de todos sus sonidos.
Presentado en dos partes, La prosa del cielo y El tiempo de la prosa, el poemario recoge la presencia de Dios y de los hombres, quien habría cometido el crimen perfecto, el de haber dejado la horrible sospecha de una culpa, y el devenir de los sonidos humanos, aquel que Hace tanto ruido en este tiempo/ tanta palabra y tanta imagen/ que el silencio es oro verdadero.
Y así como el nacido en Praga dice amar “las horas oscuras” de su “ser”, nuestro poeta recorre los instantes de Dios, aquellos que ocupó para moldear la especie y luego condenarla al sufrimiento por los siglos de los siglos, / a la culpa, el dolor y la muerte, la dividió en víctimas y verdugos. Y preguntarse, en medio del silencio del poema: ¿Quién quedaba en la escena/ sino el gran solitario, / a lo mejor aburrido y malhumorado/ ese día sin faenas?
¿Recorrían estas ideas “todo lo antes dicho” hasta convertirse en la primera obra o ya el poema había elaborado en el poeta su propio tiempo y memoria para colocarlo ante los ojos de quien hoy lo lee? Queda pensarlo, pero ya poco importa. Allí está el poema, pleno, vivo, angustiado, más como un ser vivo que como el artefacto que definiera Octavio Paz.
Una Ópera prima viene a ser, más allá de cualquier amago, la obra concebida con “lo antes dicho” y donde el autor vierte sus “sentimientos más devotos”, lo que hace Fernando Rodríguez con creces, con mirada frontal y periférica, porque si bien No retengo los rostros de los ciudadanos, es capaz de advertir El mismo desamparo en todos los hombres: los amados, / los conocidos, / los desconocidos, / la especie, la de ayer, ahora y mañana…
Fernando Rodríguez es filósofo. Es decir, se trata de un hombre que ama y trabaja las ideas, que las almacena, las pule y luego las suelta, una vez saboreadas en el interior de su existencia. Este hombre que hoy nos visita con este poemario carga en su espíritu la suma de los hombres, la palabra. Por eso ha dicho: En síntesis, es propio de la especie humana/ que nos topemos con una ínfima parte suya/ y sin embargo seamos miembros plenos de ella.
Leemos una poesía donde estamos como lectores, como habitantes que vivimos ese “desamparo”, con la obsesión con la que también vivió André Gide, la de la idea de la muerte, tan tema de la poesía como el silencio. Por eso no deja de estar en los autores que ha leído, con los que ha respirado y se ha ahogado en la soledad, en aquella donde Dios se encerró mientras trataba de entender al hombre que hizo con las manos.
En estos versos están Goethe, Unamuno, Gide, Blaise Pascal, Descartes, Machado, Saint-John Perse, Federico Riu, San Juan de la Cruz, Horacio, Spinoza, una presencia plural que nos regresa a Rilke: “Lo leo en tu palabra,/ en la historia de los gestos/ con que tus manos se redondeaban/ en torno al devenir, limitándolo, cálidas y sabias”.
La poesía es parte de esta ambición humana: el pensamiento resume la belleza, la exalta, la celebra. A veces la opaca, la regresa a su lugar de origen, al silencio, pero ya ha sido memoria, ha sido dicha, ha sido soñada, ha sido hecha voz.
Un paseo por “Corolario”: Que la vida sea un sueño/ sin principio ni fin/ es una hipótesis razonable. / Descartes la enunció en la Primera Meditación,/ esa breve caída de su alma tenaz:/ pero así como el día/ necesita de la noche,/ un sueño sin vigilia/ no es un sueño./ Es algo diabólico,/ inimaginable.
Se desliza el poema por el Soliloquio de Segismundo, de Calderón, y se acerca a la realidad cuando incorpora la vigilia, el instante entre un mundo y otro, entre la oscuridad y la sombra, lo “inimaginable”. No hay desperdicio: el poeta ensaya su presencia en un sueño –o fuera de él- como una “hipótesis”, lo que lo hace parte del regusto del autor, filosofa.
Otro paseo por estas líneas: Todos los hombres somos bilingües: / hablamos el dialecto de la vida/ y el lenguaje de la muerte. / Lo terrible, / dicen lo académicos, / es que son absolutamente intraducibles. Un texto aforístico, develado por el contenido lleva a juicio los extremos de una conciencia: la vida y la muerte. Un texto de estudio, basado en ese mayestático en el que se advierte un sujeto confundido bajo el cielo de Dios.
De ese ruido que el tiempo hizo palabras e imágenes, hasta alcanzar la impecabilidad del silencio, emergen Mondrian y Machado en un paisaje donde está También la perfección de un árbol/ del parque de la vecindad.
Recorro los pasos de esta parte del libro, la segunda, en la que la posteridad de un poema pasó por la acción de un instante que se creía irrelevante:
Pozo de lluvia
si yo no hubiese
metido mi zapato en tus entrañas
tu brevísima vida
hubiese sido intrascendente y roma, casi una nada.
El sol te hubiese secado en minutos fenecido incógnito,
en cambio viviste en la ira que me acompañó un buen rato.
Y ahora eres poema o antipoema.
El tiempo, el tiempo. Incorpora el autor –de familiar manera- el sustantivo antipoema. ¿Será por haberlo borrado, en anticipo con el pozo (¿lo antes dicho?), donde habitaba la imagen del poema, o a la manera de Nicanor Parra, herramienta “imperfecta, irritante, corrosiva” como prefijara José Ibáñez Langlois en plena cara del autor chileno? Me dejo llevar por el sabor de los contenidos: La antipoesía es poesía, para disgusto de muy serios catedráticos fijados en la cartelera de los insectos con agujas de oro clásico. Pero eso es tema para otro pozo donde habitan poemas y hasta espejos.
El erotismo alcanza altura en algunos textos de este libro de Fernando Rodríguez. Una imagen feliz aturde el deseo: Pero nunca olvido, / nunca olvido/ que se dio vueltas/ y me pidió que me adentrara en sus tersas colinas, en tiempos de juventud, en otros tiempos, ella más adulta.
Y la patria, la tierra donde se nace o se desnace, se vive y se desvive, se muere y se hace polvo el cuerpo y la memoria. El poeta se formula varias preguntas y cierra para decir de un país donde el dolor se afinca contra la memoria, contra los afectos. Por eso, A veces ella me deslumbra con amaneceres diáfanos/ y pájaros amarillos, al hablar de la patria, más allá de la áspera y diaria realidad.
Nos leemos en este hermoso libro de Fernando Rodríguez. La última página podría ser la primera. Volver a ellas, con la misma fuerza de sus imágenes y sonidos, habrá de ser la convocatoria de los futuros lectores.
Fuente: foto elaborada por el propio Juan Rulfo
EXTRANJERO
El recuerdo de mi padre es el de un enfermo que padecía de una herida
de Amfortas, un ´rey pescador´ cuya herida no quería curarse –el sufrir cristiano
para el que los alquimistas buscaban la panacea, el remedio. Y yo, como un Perceval
tonto, fui testigo en mi juventud de esta enfermedad y, como a Perceval,
el habla me falló.
(Karl Jung, citado por Francisco Rivera)
1.-
No era yo de esta tierra, así regresa a las hojas de un libro, a su segundo libro, el poeta caraqueño Adalber Salas Hernández. Y digo libro para decir también tierra de nacimiento o del morir, toda
vez que se trata de una aventura en la que se juntan cuerpo y alma para expresar una patria que existe porque duele, una intemperie donde de madrugada en madrugada/ voy arrastrando tu cadáver, // tu grito sedimentado, / tu hora imposible en todos los relojes…, al decir del padre, constante que alberga esta confesión: yo llegué aquí/ el día que empecé a pronunciar mi cuerpo. Imagen en la que “él”, quien escribe o quien desde “él” se expresa, ambula por estas páginas. Huérfano, nombrado en su carne, esta voz titula Extranjero (bid & co. editor, Caracas septiembre 2010), tomo en el que Salas Hernández –una vez más- asombra con su densa y sólida poesía.
La perfecta plenitud, destacada por Francisco Rivera, en Entre el silencio y la palabra, habita en este trabajo de Adalber Salas. Es una lucha de contrarios: “el desesperante diálogo entre el silencio y la palabra…” He aquí que el poeta se somete a decir del padre pero también a borrarlo, hablar del signo hostil que me dejaste/ y que ahora reclama ser devuelto a la ceniza. Un poco antes, en su primer ajetreo poético, La arena, el vidrio: Ascenso en tres movimientos, nuestro autor escribió: Sólo al morir seré respuesta, y por esa vía, sin aspavientos, entra en la incertidumbre, en la patria y el padre, o en la patria con el padre, en una peregrinación hacia el vacío:
afuera
en la calle
sólo un árbol sostiene la noche…
Entonces, quebrantado por esta afirmación, el poeta crea la constante de un clima en el que la figura del expatriado vive a la intemperie, esta oquedad fósil que podría ser la orfandad, que, como afirma Armando Rojas Guardia, es “Vivir desterrado de la propia patria psíquica y espiritual”, lo que “constituye una consecuencia de la relación conflictiva con la figura paterna”.
Pero, ¿se trata de eso o de una figuración? El mismo Rojas Guardia aclara que “patria” significa “tierra del padre”, lo que hace más conflictivo el poema. Así, Salas desata esta imagen: Padre, / no sé qué es esto/ que sorprende en mis manos/ las ruinas impares de tu sombra. El recado está bien dicho: hay dos muestras para diagnosticar la razón del texto. Un referente “real”, inmediato asociado con el padre biológico y, por extensión, un referente simbólico, que nos enrostra lo que vemos, lo que sentimos: un mapa desleído, rayado, mutilado, multigrafiado, en ruinas, un país, un trozo de espíritu, una psiquis aturdida. Estos “padres” podrían negarse en tanto en cuanto la metáfora de ambos no se complemente. Es decir, podría especular que una es justificación para la existencia de la otra, pero que además se contraponen hasta juntarse: leo/ buscando entre las líneas/ una luz/ que borre mis ojos. Y seguidamente: Padre, / arden todavía las piedras de tu nombre, // aquí, / sobre mis párpados cerrados. Los poemas, mellizos, se hacen uno desde la distancia que los separa. Pero sí, vuelvo a especular, se analizan desde la ceguera, desde la sombra del destierro.
2.-
Una patria chica es revisitada por el autor. La voz enclaustrada en la casa, ¿una casa?: Camino de un cuarto a otro…Una casa en la que el personaje se permite ser casi nada, sujeto de castigo o intento de alejarse del dolor. Redención, sí, como destaca Rojas Guardia.
La muerte, sibilina, anda en la boca de quien escribe. De quien calca bajo los pies el nombre del desterrado, el que llega o se va, el que se reconoce en tierra ajena, en padre cuya carne también se reconoce “en el envés del poema”. En el texto, en el poema, está la patria fundada.
Estas instancias, el padre, el tiempo abierto a temperaturas interiores, la muerte, el vacío, juegan el terco ajedrez de las palabras, en una suerte de reconocimiento, también despedida, ojos finales, patria y padre, borrosos.
3.-
Todo ser humano, más si es poeta, ha sido extranjero en el paisaje. En un paisaje donde el mismo sujeto es paisaje. En este caso, ausente. Por esa razón, Salas Hernández aborda el poema desde una pérdida. Es decir, desde su propia presencia/ ausencia física y espiritual: no busco la redención de mi cuerpo/ busco que mi cuerpo me redima.
El cuerpo pasa a otro cuerpo en el espíritu. Transfigurado, es el padre y también su silencio, su sombra. La patria solar, la de la casa, se advierte en la voz despojada, revelada en todas las páginas de este poemario. Una lectura de símbolos, permeable a la sinuosidad pese a su exactitud idiomática.
(Este lector, impresionista y hasta suicida, alcanza a ver a un sujeto que se deshace de muchas palabras para alcanzar un lugar impreciso. ¿Qué patria no está al borde del abismo? ¿Qué padre no se derrama con el hijo o se extravía sin éste en la tumba/ donde desemboca tu sangre exhausta?)
Que la noche de Gerbasi sirva para esta lectura:
Padre,
hay un poema que pone fin a la noche,
una insólita geometría verbal
que recita nuestra sangre
sin decirnos.
Buscaré esos vocablos:
sé que con ellos sembraste
la tristeza fugitiva de mis pasos
y diste forma a los pájaros
que encienden sus ojos bajo mi lengua.
Termina este viaje con un temblor. A la intemperie, el poeta que es Adalber Salas Hernández cierra este instante con éxito. Se trata de un libro que nos hace huérfanos, extranjeros, limitados en nuestras divagaciones y muertes.
EL SUEÑO PROFUNDO DE BANANA YOSHIMOTO
El sueño me invade como la pleamar. Y no puedo resistirme.
Es un sueño profundo, sin límites; ni el timbre del teléfono ni el ruido
de los coches que pasan por la calle llegan a mis oídos.
No siento dolor ni soledad. El mundo del sueño es cuanto existe
B. Yoshimoto
1.-
Un microclima literario establece su abordaje en el éxito que se instala en un tema que en Japón ha comenzado a ocupar espacio: el cansancio de una juventud que tiene en el vacío una forma de mirar el mundo.
La muerte, ese liviano fardo que el pasado instala en el presente, mientras un cuerpo se aleja bajo tierra. O ya hecho polvo se disemina sobre el mar, tranquilo, atado a su silencio. La muerte, voraz señora que altiva se mece en un columpio bajo un árbol. Y más adelante, en alguna página, Terako la recuerda en la mirada de Shiori: Un mundo que se desmorona o parece desaparecer ante los ojos de tres jóvenes que viven experiencias vitales, tortuosas, dolorosas, en los tres relatos que le dan cuerpo al tomo Sueño profundo (Círculo de Lectores, Barcelona, España 2007), de la narradora japonesa Banana Yoshimoto (Tokio, 1964), seudónimo de Mahoko Yoshimoto, autora también de Kitchen, libro que ganara el Newcomer Writer Prize en 1987. Un año después se alzó con el Izumi Kyoka para el mismo título. Además de estos libros ha publicado las novelas Tsugumi, N.P., y Amrita.
Terako duerme en el sueño profundo de la derrota, del desgano, a la espera de un amor que no llega, del hombre, Iwanaga, que a su lado no puede atarse a su deseo por no creer en compromiso alguno. Para completar esta realidad, vive el dolor de la muerte de su amiga Shiori. La desolación en el suicidio de esta mujer que practicaba el oficio de prostituta, especie de geisha moderna, actualizada por la mirada dulce y hasta ingenua de una narradora que flota sobre las palabras que reúne para vivir lentamente.
Dormir para olvidar, para borrar la soledad. “Únicamente me siento sola en el instante de despertar”. Y, en efecto, al despertar, aparecen preguntas, “un escalofrío que me recorre la espalda”. Terako, el personaje que ocupa parte de la historia, afirma para develar su desolación: “Ha muerto una amiga mía”. Shiori, la suicida. A pesar de existir “el hombre”, de estar con él, se siente sola, y así saber que llega al “fin de la noche”.
2.-
Sueño profundo es una historia donde el paisaje no existe. Los personajes se mueven entre sus reflexiones. Se trata de una narrativa sin ningún tipo de rebusques. Es decir, voz y cuerpo de la narradora conforman el referente más visible: quien habla construye el paisaje donde se desplazan los personajes. Diálogos y monólogos se ensamblan con las sombras de ese sueño del cual no quiere salir Terako: una metáfora del desapego, del desgano, de una generación que se agotó frente a la tecnología (habría que mirar hacia el lugar donde ocurrió el terremoto, así como el fondo marino donde comenzó el tsunami) ¿En qué sueño se despierta el personaje y se da cuenta de que ha desaparecido el motivo de su angustia, la vida en su entorno?
A veces, mientras piensas que no debes dormirte, te amodorras y tienes unas pesadillas terribles. Surrealistas. Sueños donde pierdo las monedas que he ido reuniendo poco a poco, sueños donde las tinieblas entran por la ventana y me atenazan la garganta…, y el corazón me da un vuelco y me despierto aterrada. Tengo miedo…
Miedo a despertar al lado de alguien que duerme. He allí “la visión tan desolada, angustiosa y salvaje”, afirma Terako.
Shiori entra y sale del espacio vital de Terako. Muerta, regresa: la viva despierta asustada. La muerte se burla, se lleva a Shaori. Ya no está, entonces. Mientras tanto, con los ojos puestos en el techo, hace el amor y sigue el curso del sueño, el de la pesadilla: “Me di cuenta de que la cabeza se me iba hundiendo poco a poco en el respaldo del sofá. Me desperté de un sobresalto e intenté hojear una revista, pero me di cuenta de que leía una vez tras otra el mismo párrafo…”
Terako duerme, entra en el sopor de las sombras. Flota entre hojas y algodón, en el negro de la inconsciencia. No obstante, algo le dice que aún era posible la vida: “Lo que deseaba, en aquel momento, era recuperar el amor vivo que antes sentía por aquel hombre alto que estaba de pie a mi lado. Por aquel hombre al que adoraba (…) Me siento como si acabara de despertar: es todo tan bello, tan límpido, que casi me asusta. Hermoso de verdad (…) Que todos los sueños del mundo sean apacibles por igual”.
Frente al río, que podría ser el mar que recién se alzó con olas de veinte metros, los dos, Terako e Iwanaga, ven caer del cielo el fuego de artificio de un tiempo que ya no regresará.
3.-
En “Los viajeros de la noche” Shibami narra parte de la vida de Yoshihiro, el hermano muerto. Hace de su recuerdo un relato en el que Sarah, una joven norteamericana forma parte de la existencia de un fantasma. Las dos mujeres sufren la ausencia del muchacho. Unas cartas abren el pequeño mundo de esta historia, en la que los tres personajes tejen sus experiencias. Una voz deja la afirmación: “El problema es la parte sucia de la vida”. La que les ha tocado, la que pasa y no se detiene, porque la muerte es un viaje en la memoria de los vivos. Otra afirmación abre un tajo: “Total, los grandes amores siempre acaban mal”, lo que prefigura la corta pasantía de Yoshihiro por la tierra. Dos mujeres que lo amaron, dos mujeres que formaron parte de ese Japón en el que las sorpresas de las tradiciones hacen parte de lo cotidiano.
4.-
El último relato, “Una experiencia”, es la historia de Fumi-chan, quien no puede dormir si no consume alcohol, que lo lleva a imbuirse en una música extraña que lo conduce a una nueva realidad.
Cada noche, al dormirme, únicamente pienso en esto. Por supuesto, sé que bebo demasiado y que no debería hacerlo, y siempre, durante el día, decido que beberé menos por la noche, pero cuando ésta llega, con el primer vaso de cerveza todo se acelera y ya me es imposible parar”.
Así, dice sin esconder nada, si bebe duerme. Y una vez dormida, puede escuchar la melodía que siempre llega para salvarla. En el fondo del sueño, allá donde la borrachera forma parte de ella misma, discute con alguien, con una mujer, suerte de rival que estuvo un tiempo en medio del camino por donde venía el hombre que amaba. A quien ya no recuerda.
Pues bien, se trata de un libro donde impera la tristeza, el paso de un vacío que se hace estado de ánimo en el lector. Personajes etéreos, casi gaseosos, lo que nos impulsa a afirmar que están inmersos en una profunda depresión.
Descripción interior de los personajes, porque el exterior casi no existe. Y así, pasivos, atmosféricos, parecen sombras que deambulan en el aire. Todo el libro construye un poema casi inasible.
EL PAISAJE SILENTE DE YASUNARI KAWABATA
La piedra era áspera y quebradiza, y la lluvia y el viento
habían borrado el perfil del relieve…
Y. Kawabata (Kioto)
1.-
El mar entra y sale. El mar se queda estacionado, criminal. El mar entra, sale; sale, entra. Tsunami. Japón es un mar de ruidos, de profundidades traídas de más allá del mar. Japón es una muerte. Los gritos agudos, desde un puente, revelan el profundo silencio de quienes ya han muerto. Japón es un cementerio marino. Japón es una isla y otra isla, inundadas. Un poco antes, Japón fue un temblor, un largo temblor sin fiebre. Un temblor de la carne y de la sangre. Un temblor de tierra de 9 grados que trajo el mar desde lo más hondo y lo ubicó sobre los techos, las palabras y los sueños de aquel país de las antípodas, de aquel país donde el sol es naciente y el idioma entra y sale de los oídos como el mar.
En el mismo instante en que ocurría la tragedia, las hojas de Yasunari Kawabata temblaban en la sombra del sueño. Horas antes había pasado El país de nieve por mis manos, como una celebración a mis amigos Ednodio Quintero, Gregory Zambrano y Silvia González, recién llegados del país de las violetas, caídas del “tronco del viejo arce” donde “habían florecido”, como las vio Chieko al comienzo de la novela Kioto (Ediciones G.P., 1970, Barcelona, España). Supe de esa lengua de gigante, sucia y cargada de escombros, de restos de naufragios antiguos, de casas, vehículos, aviones y sonidos indescriptibles, de asombros desde los ojos mudos. Entonces, como si atendiera a un llamado me llegaron en recuerdo estas líneas de Kawabata:
“Cada primavera, en las pequeñas hendiduras del tronco, las matas echaban hojas y daban flores, casi siempre tres, cinco a lo sumo, cada una. Cuando las violetas hacían su aparición, cada vez que Chieko las miraba desde el porche o desde el pie del árbol, sentía en su corazón una sensación de soledad.
“Aquí nacieron, aquí viven y vivirán…”
También morirán, pero no para siempre. Un silencio pastoso cobijó la mañana de las primeras imágenes de la muerte. Japón era un poema trágico, un haikú momentáneo, un silbido agudo en los huesos.
2.-
Y entonces Kawabata. El país de nieve, mi lectura, lenta y silenciosa como el mismo libro, este mundo donde imperan lo sensorial, sonidos pulidos por el oído más fino, por la mirada más cultivada. Me quedo con la afirmación de Armel Guerne: “Uno cree leer una novela, cuando está viviendo un hechizo”…Así, “el arte diáfano, el hechizo impalpable, la ironía espléndida de la transparencia, la arquitectura invisible de esta “novela” en que todo ocurre más allá, sensiblemente, de lo que se dice en ella”. Y entonces, el mar, la novela criminal del mar, el ruido del monstruo bajo la tierra, la quebradura de la columna vertebral del antiguo dinosaurio que habita en el infierno tectónico del planeta. El paisaje de Yawabata entró en ebullición. Las islas que son Japón se desplazaron más allá de los sentidos. No hay tal realismo en estas páginas, es puro sueño pegado del abono de un país, de las raíces de los árboles, de los huesos de los muertos, de los ojos quietos de Buda. No fue un simulacro, una convención. Fueron la tierra y el mar. ¿Sería aquel tan pregonado Shinkankaku-ha que los críticos arrumaban en las páginas del neo-sensacionismo? No; esta vez fue otra cosa. La novela ocurre, ocurrió, sigue ocurriendo. Nagasaki e Hiroshima, ¿mon amour? están vigentes en el miedo que unos reactores estiran hasta más allá de las crestas del mar. Aquella nación de nieve quedó congelada en el silencio de Shimamura, mientras el tren se detenía frente a nadie. Por eso, “Las mariposas…echaron a volar en cuanto empezó a soplar el viento del norte”. No era el viento, era el mar precedido de aquel susto que aún queda en la boca del estómago de Komako. Tanto silencio en la habitación, tanta blancura en la calle. Tanto país del pasado en estas páginas. Y ahora la muerte, el mar, ese río de escombros y ruidos.
Pero Japón sigue siendo un país de silencio, un paisaje detenido frente a la tragedia. Un país vivo. Un país de tragedias: aquellas bombas, aquellas carnes colgantes, aquella niña desnuda, quemada por la radiación. Y ahora, el miedo, otra vez, una vez más. La novela que leo quema con la nieve, con el sudor de saber que aquel país de paciencia y silencio es hoy un libro roto, deshojado, como el árbol que se agitaba en el patio. Pero un país vivo. Un hermoso libro vivo, silencioso.
Y quedan Kioto y La danzarina de Izu, así como el Diario de un muchacho, Las bailarinas, La historia del sombrero de paja, Antes del invierno. Quedan, sí, en las manos de quienes elevan plegarias y las agradecen.
El mar, siempre el mar. Entra y sale, como un cuchillo. Sale, entra, flujo y reflujo. La marejada. El ruido sobre el silencio de aquel país de nieve, sobre la universal Kioto, sobre los huesos de Kawabata.
El mar entra y sale, viene y va, la resaca. El ruido, el silencio. La resaca del mar, la arena bajo los pies, frente al Universo, frente a la estrellas de aquella madrugada posterior al terror. La locura frente a frente: Komako en un arrebato de violencia. Shimamura aturdido…
Pero cuando quiso avanzar hacia la voz casi delirante, los hombres que se habían precipitado para quitarle de los brazos la inerte Yöko, los hombres que se apretujaban alrededor de ella, le rechazaron con tal fuerza, que estuvo a punto de perder el equilibrio y vaciló. Dio un paso para recuperarlo, y, en el mismo instante en que se inclinaba hacia atrás, la Vía Láctea, con una especie de rugido horrísono, se vertió en él.
La tierra, el mar bajo el cielo. Un ruido profundo, “horrísono”, entró y salió de Japón.
PARA DECIR DEL PRIMER DÍA DEL TIEMPO
1.-
¿Cuál fue la primera palabra que salió de la boca del hombre? ¿Cómo le sonó ese extraño comportamiento? ¿Soñaba, miraba el derrumbamiento de un bosque por efectos de un terremoto? ¿Estuvo consciente de la correspondencia entre lo que sonaba en sus adentros y la cosa designada? ¿A quién iba dirigido eso que emergía de su cuerpo? Todas estas preguntas, quizás parecidas a las de otro hombre un poco más avanzado, estaban presentes en quien ya había acumulado tras su sombra la experiencia de habla. Más que hablar, decir, por lo que tiene esta última palabra en la palabra que describe o narra.
El primer sonido humano articuló el asombro. Pasado ese proceso anímico, éste, quien imitaba los ruidos de la naturaleza animal o inanimada, comenzó otro proceso que enlaza la sencillez del evento sonoro con su significado. Entramos entonces en un campo que la filosofía “académicamente seria” tocó con cuidado porque roza la más popular “metafísica”. Para el primer hombre la palabra no era un producto físico, sino una esencia, una sustancia que provenía de lo desconocido, aliento misterioso, místico. El acto de decir no es profesión de inocencia porque “construir” palabras acarrea el riesgo de diferenciarse del resto de los seres vivientes: el animal que habla define las cosas, las nombra, deja de ser uno más para hacerse superior. Al nombrar descubre y encubre: tiene conciencia de lo que ve y no ve, huele y no huele, oye y no oye, palpa y no palpa, saborea y no saborea. Es decir, piensa, articula un universo que lo precipita al conocimiento.
La evolución de los seres vivos traía en su morral de viaje los códigos para posibilitar la palabra. Esta visión científica –o cientificante- contrapuesta a la creacionista, se toca en un punto, cuando el hombre adquiere plena capacidad para saber de los poderes de la tierra y de los poderes del cielo. Evento que la sociología y la antropología manejan con acierto en el sentido de refrendar las relaciones colectivas, los acuerdos y convenciones para lograr que una palabra tenga correspondencia significativa con el objeto o fenómeno que se nombra. Los símbolos dejan de ser un secreto para revelarse colectivos, entendidos o confundidos por todos.
Quien nombra dialoga, se sale de él para verse en el otro que lo oye, lo traduce, lo traiciona. Desde este momento, el pensamiento precipita el desarrollo del pensamiento, de la confrontación, del intelecto. Quien piensa, habla. O disimula. O calla. Quien habla, construye. O destruye, pierde la infancia biológica, su propia evolución.
2.-
Biología y mística e enfrentan. Dueño del pensamiento, el animal intelectual se topa con las divinidades, sustancias inmanentes que trascienden en el tránsito del tiempo humano. Diseña un sistema para normatizar sonidos y significados. Sin embargo, la palabra mantiene misterios que la emparentan con la voz de los dioses, presencia invisible (creativa) que dio pie para la fundación de sociedades secretas devenidas en religiones, cuerpos colectivos sustentados en dogmas, claves y significados presentes en el momento de dirigirse a la divinidad. Es decir, el mentado religarse a través del rezo, de la oración. No en vano el “verbo” es el sustantivo más resaltante en los libros sagrados en todas las religiones.
De sujetarnos a la idea de la evolución, habremos de ser parte, junto con la palabra, de cambios, metamorfosis, nacimientos, crecimientos, muertes. Desapariciones, si las sociedades no las emplean o pierden sentido en la medida que aparece otra que sustituya a la anterior. De manera que entran y salen palabras del escenario. ¿Cuántas palabras quedaron sonando allá en el cuerpo lanceado de un guerreo? ¿Cuántas en la boca sangrante de un mutilado por una bomba? ¿Cuál vibró en aquel torpe animal primitivo que aún caminaba doblado? ¿Seríamos capaces de aceptar que seguimos siendo el primer hombre porque alguna de esas voces aún peregrinan por nuestro cerebro?
La idea del hombre creado, inventado por Dios, amasado con tierra contaminada, da pie para decir que el hombre nació hablando, que fue hecho a imagen y semejanza de un sujeto quien le dio aliento de vida y de pensamiento. Que todos hablaban igual al primero, que sólo existía una sola palabra para designar el objeto, cosa o fenómeno. Que más tarde los eventos espirituales lo hicieron caer en la tentación de ser más poderoso que quien lo moldeó. ¿Cuánto tiempo duró ese proceso? ¿Un día, una hora, una semana, un mes? ¿Cuántos siglos hacen falta para evolucionar desde Dios? Que el creador confundió la única lengua y la multiplicó para confundir. Aquí no tropezamos con una idea ingenua de la aparición de las lenguas. Ingenua pero comprensible: toda lengua tiene su raíz en otra lengua. ¿Acaso el silencio no ayudó a crear una? Evolucionan luego de ser creadas, como el mismo silencio. Aquí se “religan” las dos teorías. Volvemos a la primera pregunta: ¿Cuál fue la primera voz que sorprendió al hombre de las cavernas, ese Adán que antes gruñía, que se despertó luego de ser amasado por la mano de Dios o por el tiempo? ¿Cuál fue la primera palabra que Adán pronunció cuando vio a Eva? No sabemos. Lo cierto es que –se cual haya sido el origen- hubo una motivación, una mirada, un sentir, un movimiento muscular, una algo que crecía en el interior de ese ser primigenio. ¿Sería una metáfora?
3.-
La primera palabra recogió el “absoluto”, es decir, la trascendencia, aunque la voz en sí misma como sustancia es inmanente. No se mueve si no se pronuncia. Y no evoluciona si no es utilizada en distintos contextos. En el mismo instante en que se pronunció, cambió, evolucionó. Fue sacada de su silencio, de su anonimato, y convertida en acción de habla, en fenómeno.
Juan David García Bacca, en sus comentarios sobre Hölderlin y la esencia de la poesía, de Martin Heidegger, afirma que “Jehová es el nombre que Dios se dio a sí mismo, al dar que hablar de sí al Pueblo Hebreo. Y dicen que era nombre secreto que ni se pronunciaba ni se escribía íntegro”. El mundo hebreo se traducía a través de la cábala, de modo que ese nombre misterioso formaba una tetralogía, una polisemia mística, un ritual verbal, porque es un Dios vivo, que se mueve, que mueve al mundo.
Más adelante, García Bacca añade: “Era nombre con virtud y poderes inmanentes, que no se podía tomar en vano, como nadie puede impunemente unir los dos polos de una batería eléctrica”. La fe, la creencia religiosa, da pie para que quienes lo pronuncien tiemblen con sólo nombrarlo.
Esa palabra, Jehová o Jahwé significa “¡Ah, Aquél”. El mencionado lingüista precisa: “Y Aquél es la forma poética de decir trascendente, absoluto. Y la virtud primigenia encerrada en ¡Ah, Aquél¡, Dios es Aquel, nos descubre en un abrir y cerrar de ojos, sin discurso, sin silogismos, sin teoría filosófica previa, lo que Dios es, con mayor respeto, alteza, distancia, originalidad, que lo que pudiéramos ver a través de anteojos conceptuales hechos de ser, sustancia, causa, principio, naturaleza”. La ilustración cristiana de Dios, de Jehová, de “¡Ah, Aquél¡”, es un ojo en el cielo, porque Dios es la mirada que cubre toda la tierra material y verbal. Dios –desde esta perspectiva- fue la primera palabra, el primer verbo. Suscitó alguna respuesta: ¿Quién eres tú? La respuesta: ¡Ah, Aquél¡, el que mira, el que te mira.
Si nos atenemos a la teoría evolutiva, ¿cuál fue la primera palabra cavernícola mientras tenía a una mujer (¿era la suya?) colgada de los cabellos? ¿O rasgaba con los dientes uno de los muslos de un conejo mientras era sorprendido por un furioso saurio? Pudieron haber sido “Coño”, “Sabroso”, “Carajo”. Tres voces que contienen tres distintos estados. La primera pudo haber querido expresar sorpresa, miedo, terror. La segunda una sensación física. La tercera, cortejo, también sorpresa o alegría. Unidas las tres advertimos el torpe y tosco espíritu de la bestia que comenzaba a preguntarse quién era, ¿Por qué sueno por dentro? ¿Qué son esas cosas que salen por la boca? Tantas son las conjeturas, tantos los equívocos que dan para todos los ensayos que se han escrito y los que faltan por escribirse. Probablemente, el tipo no se preguntó nada. Sólo emitía eructos y pedos, y por esa misma razón se habría preguntado lo mismo.
4.-
Cual haya sido el origen, y no nos angustia tanto. Igual, hoy esperamos oír la primera palabra del hijo o el nieto que nos ve desde la cuna. Se preguntará el pequeño animal humano –desde su prehistórica mirada-: ¡quién será este tipo que me hace morisquetas? Y cuando logre acercarse a los hábitos de quien le da el pecho o lo enseña a nadar, lo llamará mamá o papá, que es lo mismo que decir ¡Ah, Aquél¡ él o la que habrá de mantenerlo hasta que se marche de la casa. Y as{i, cíclicamente hasta el fin de los días de esa generación y de otras.
En conclusión, la oralidad sigue siendo un misterio. Tanto hablamos que terminamos confundidos. He allí la gracia de la inteligencia, usarla tanto hasta llegar al primer hombre que apenas balbucea. Decir “piedra” es tan trascendente como decir “computadora” o “microcirugía”. La inteligencia conduce a la oscuridad de los primeros tiempos. O al silencio del caos.
5.-
Los signos gráficos de la palabra representan la borradura de la voz. O como destaca María Fernanda Palacios en Sabor y saber de la lengua, al citar a Roland Barthes: “Escribir es apartarse del signo como presencia y equivale a instaurar su falta”. Frente al evento efímero de la palabra oral, el hombre quiso dejar registro de lo pronunciado. Quiso dejar testimonio ante el futuro y ante la eternidad: ante el hombre por venir y el Dios que siempre estará. Así, comenzó a traducirse a través de imágenes que se aproximaban a lo dicho. Piedras, maderas, pieles de animales y hasta humanas sirvieron de tela de fondo para dejar una escritura que copiaba la realidad y los sueños, luego de haber sido cernidas por la lengua del diario decir. De allí la pictografía, la petrografía tan misteriosa hoy como los signos de la naturaleza para los que dejaron estos mensajes. No fue suficiente la copia de la realidad a través de dibujos, fue necesario traducir el pensamiento, no la realidad. El hombre cambió los trazos y creó, luego de muchísimos intentos, una escritura más cerebral, con más posibilidades combinatorias, articulada, sintáctica. Con los dibujos era difícil expresar muchas cosas a la vez, la sustancia de lo pensado, la densidad de lo soñado. Trazar un cazador frente a un feroz animal podría resultar no tan complejo, pero dibujarlo mientras tenía hambre o pensaba en las estrellas era harto complicado. Piedras que hablan, mensajeros del tiempo, evidencias de aquel sujeto desconocido que logró comunicarse con los dioses y con la modernidad que hoy nos somete.
Lisandro Alvarado estudió esta presencia antigua. En su antología de ensayos nos topamos con un capítulo titulado “Petroglifos venezolanos”, que podrían ser los de cualquier región de la tierra, si no fuera por los signos que las identifican con acciones, eventos y sentimientos de los hombres de este lado del mundo. En él escribe Alvarado: “sabido es el interés que han despertado entre los sabios esas piedras cubiertas de extraños signos que tanto abundan en varias regiones del continente americano”. El sabio nos ubica en un espacio y nos dice del misterio de esos sonidos pétreos, silenciados por la ausencia de sus hablantes. Esta expresión, repito, se acomoda en cualquier continente de la tierra, porque en todos existen muestras de mensajes antiguos sobre objetos. Alvarado nos enseña que estos signos representan inscripciones monumentales, “a semejanza de las que grabaron los antiguos pueblos de Asia y Europa”. Estas piedras pintadas, como se les llama en muchas zonas de nuestro país, son las mismas que adquieren forma de pirámides, menhires, dólmenes y tótems porque buscaban dejar un mensaje al futuro, es decir, trascender. No en vano en la Isla de Pascua los rostros que nos miran desde su dureza pétrea continúan siendo un misterio. ¿Qué mensajes contienen esos rostros, qué nos quieren decir? ¿Qué miran? ¿Qué nos quieren hacer ver hoy en este para ellos futuro que ya es pasado en nosotros? El toro de Altamira sigue presente en las plazas donde el arte de la tauromaquia nos lleva a la Grecia e Hispania primitivas. Lectura arqueológica que ha revelado las noticias más sorprendentes. E inclusive, de una complejidad tan resaltante como la encontrada en estatuas y túmulos de Grecia, Egipto, Asia, África y América, donde nos enredamos con mitologías y estudios del cielo que siguen siendo motivo de curiosidad para hombres de ciencia, metafísicos y artistas.
7.-
Los signos invasivos anulan la capacidad del hombre de quedarse en el pasado. Olvido lo obvio o lo tiene sólo para sustentarse, para sobrevivir, cubrir sus necesidades primarias. Los signos sustituyen todo. Como artificio busca, el humano, satisfacer otras necesidades, como la de comunicar y lograr belleza. La escritura verifica, mediante su evolución, lo que el mismo hombre ha sido y será. Teoría y estudios, de Aristóteles hasta nuestras últimas horas, hablan de la comprensión de los signos, de la doble cara de la moneda, de la palabra: significado y significante, Ferdinand de Saussure. La imagen, un poco más cerca, la tan afirmada por Octavio Paz.
La escuela de la semiótica y la semiología, pasando por la ambigua generativa y transformacional, hasta recalar en la desastrosa conductiva, la interesante genética, la reveladora del constructivismo, han tenido en el signo la puerta que permitirá la entrada al otro lado del espejo, al de su atrás, al de la multiplicidad babélica, tan tocada por el velo de ciertas escuelas anfibológicas.
Michel Foucault dice que “un signo puede ser natural (como el reflejo en un espejo designa lo que refleja) o de convención (como una palabra puede significar una idea para un grupo de hombres”. El autor de Las palabras y las cosas alude el enlace que permite entender su origen: “Un signo puede pertenecer al conjunto que designa (como la buena cara forma parte de la salud que manifiesta) o estar separado de él (como la figura del Antiguo Testamento son los signos lejanos de la encarnación y de la redención)”. La escritura se masifica en la medida en que las tradiciones y costumbres necesitan ser registradas como aquellos dibujos escritos sobre las piedras. Esta vez fue sobre tela, papiro, papel. Aparece el libro, ese permanente testigo que se nos ha regresado al primer hombre que hizo la pregunta y nos ha empujado al futuro, ese que casi nos alcanza si no fuera por el espíritu que se niega a ser aplastado por la banalidad y los excesos de la inteligencia tecnológica y científica. Pero una de las cuestiones que han ocupado más tiempo en el hombre ha sido la búsqueda de referentes que se convierten en belleza. La estética, esa escuela que hurga en el buen o mal gusto del ser, se adueñó de los libros, así como la ciencia y la humanística. La poesía arribó antes que todas las cosas, mucho antes que al escritura, mucho antes que la comprensión de lo oral. El libro, arma terrible para quien lo tiene como aliado, siempre ha estado amenazado por el avance de la tecnología, pero aún así permanece al lado de la cama o sobre el escritorio. Siempre se abre y muestra secretos ocultos, asombrosos, reveladores, sabios.
8.-
Hölderlin escribió que la poesía, “esta tarea, de entre todas la más inocente”, expresión que ha valido todo un libro en el que se involucró el existencialista Martín Heidegger, quien se pregunta: “¿Cómo y hasta qué punto es la más inocente de las tareas? Al hacer poesía comienza por aparecer con la discreta figura de juego, inventa sin trabas su mundo de imágenes…”, pero más adelante afirma que la palabra es “el más peligroso de los bienes”. Heidegger reflexiona: “La palabra es el peligro de los peligros, porque ella, precisamente, comienza por crear la posibilidad misma del peligro. Peligro es amenaza que al Ser hacen los entes”.
Contradicción: Si la palabra es el más peligroso de los bienes, ¿cómo puede ser la poesía la más inocente de las tareas? ¿Quiere decir entonces que la palabra hace peligrosa la inocencia de la poesía? Toda inocencia es peligrosa: ser inocente significa no ser culpable, de modo que ser inocente entraña un riesgo, un estado del alma que configura la culpa de hacer belleza. La belleza pierde su inocencia cuando es tocada por la poesía. O, sobre la artritis de las rodillas del ya anciano Rimbaud, ¿no será todo lo afirmado anteriormente pura majadería? La belleza para algunos es una maldición, una llaga incurable.
INSTRUCCIONES PARA VOLVER A CORTÁZAR
Todos los juegos, el juego
1.-
Julio Cortázar sube una escalera y se pregunta quién lo sigue. Se vuelve ligeramente y “un” alguien verdoso y pequeño le sonríe. Cortázar sabe que está en la página 126 y no halla cómo salir. Cómo despegar de una vez y hacerse invisible. El juego ha comenzado. Pero confunde, bizquea y resuelve hacerle frente al objeto no identificado que lo intercepta:
“-Gran idiota –dice el fama-, no había que preguntar. Desde ahora lavarás mis pañuelos y yo ahorraré dinero”.
Es de imaginar que el autor, Julio Cortázar, sonreía cuando terminó este breve relato del libro Historias de Cronopios y de Famas, un tanto traído por lo pelos como todas las cosas de los sueños. Se trata de un libro incalificable. Humor, ironía, fábula, realidad, surrealidad sirven para cifrar algunas propuestas que nos acerquen a él, y si no ocurre, mucho mejor. Las páginas hacen el resto hasta la 155.
2.-
Desde esa entrada heideggeriana, Cortázar crea lo “metafísico-maravilloso”. O, según el decir de Manuel Durand, lo “maravilloso-biológico”, porque funda –en una atmósfera alucinante- un zoológico a través de nuevas palabras que se insertan en su estilo y en su español. Esa segunda parte del juego, donde lo lúdico, el ejercicio práctico de la imaginación, convierte a los objetos en verdaderos instrumentos de creación, desde una narratividad que cuestiona la realidad y la supera. Jamás hemos dejado de saltar la cuerda y mucho menos soñar que el columpio nos pertenece. Y hasta envidia sentimos cuando los niños no nos prestan el tobogán. Julio Cortázar apuesta al tobogán. Imagina los personajes que no le permitan envejecer. Eterniza el juego, porque la responsabilidad de quien crea, según la puesta en escena del existencialismo, es hacer el juego, motivar la existencia lúdica. De eso Cortázar hizo burla y literatura. Que podría ser lo mismo. Burla para crear y literatura para imaginar la gran trampa de su lenguaje.
3.-
El tercer capítulo del juego/ trampa de Cortázar se materializa en la no definición de sus personajes. Los cronopios, famas y esperanzas son objetos, pero juegan, hablan, se mueven. Hay conciencia en ellos, pero el autor no nos dice qué son ciertamente. Deja el juego en la adivinanza. O mejor, en el acertijo, porque presumimos que son claves que forman parte de eso que llaman el glíglico, es decir, construir un universo lingüístico desde palabras del idioma que usa. Pero son romper con la estructura sintáctica. Hablamos –entonces- de un lenguaje/ juego. Un español, un castellano lúdico que nos hace cómplices -hasta culpables o inocentes- según vaya nuestro gusto, de la ingenuidad de esa intuición de fundar otro idioma desde el propio. Rayuela teoriza sobre este mismo tema en sus personajes: Gregorovius, Oliveira, Morelli. Totalidad imaginaria.
4.-
La cuarta instancia del juego cortazariano en Historias de cronopios y de famas (idea que se puede usar en Rayuela) es la concepción de universalidad, de totalidad. Fondo que nos conduce a una síntesis, a un sentido transmutante. El juego cambia el ánimo y el espacio, es una responsabilidad, un destino. Para Cortázar la poética de su trabajo literario reposaba sobre esa base. El juego, ejercicio de la inteligencia. Por eso cada escalón, cada subida, cada ascenso, es una tentación. “Las escaleras se suben de frente”, y el juego, entre otros, que obliga a ocultar la cara es, precisamente, el escondido. La mayoría de los divertimentos infantiles se hacen de frente; hacia el al revés es difícil. Pero Cortázar nos hace imaginar una escalera para subirla de espalda. Nos entrega unos “objetos-quienes” que tienen sensibilidad, que danzan y se enfrentan, como en los juegos con los cuales inventamos un compañero o compañera a la muñeca huérfana. ¿Simbolismo, alegorismo, fabulismo, trampa que esconde alguna clave del horror? Nos quedamos con la idea de que, sin querer manejar la hipótesis de una temática, se aproximan a la burla, al humor, a la corrosión elusiva. O en mejores términos, a la absoluta libertad de ejercer la inteligencia como Dios o el Diablo mandan.
5.-
Borges, efecto espiral. “Pierre Menard autor del Quijote” también es Morelli. Aquella cita: “La literatura ya está escrita, sólo que los grandes autores son glosados; ser, los escritores, autores”. Los temas, el mundo gira y se repite. Así, cambiar no al hombre abstracto sino al lector concreto. El universo de las letras en nombres como los de Baudelaire, Mallarmé (desde la perspectiva de la crítica moderna) y el surrealismo, Joyce, Ezra Pound (desde el ángulo de la llamada crisis naturalista), crean el gran edificio del lenguaje, la utopía más añorada por la escritura, por los fabuladores y los poetas: la magia, la armadura encantatoria del verbo, un mundo que convoque y acerque más a la invención.
6.-
Esta utopía (haber escrito Rayuela, Historias de cronopios…)que ya no lo es porque es la realidad, y ninguna utopía, por serlo, no puede ni debe cumplirse, más allá de que si ocurre deja de serlo. Se hace realidad: tragedia o comedia. Vida o muerte. de esta manera entramos con Henri Michaux, Maurice Blanchot, a quienes Cortázar frecuentó en lecturas desde su nacionalidad en el francés.
Ha sucedido que Cortázar desechó la amargura que invadió a Michaux y creó personajes antipódicos, muy destacados por un destino real y manido: el bien y el mal, pero matizados por una atmósfera que los coloca en medio de cierto simbolismo a veces rechazado. Ese maravilloso-metafísico, capaz de erigirse en la fábula viviente, destacó la conciencia de unos extraños objetos/ seres que sienten y hablan para no ser oídos y se trasmutan en la lectura que hacemos de ellos.
7.-
La polifonía de Cortázar se hace más musical en Historias de cronopios y de famas…porque sus voces no se identifican en los personajes que felizmente inventó. No son personajes como tales. Son varios Cortázar en una mofa permanente. Interroga desde un sentido que crea una magnífica fuerza fabuladora e imaginaria. Desde un afuera que conmina a los “personajes” a ser objetos, simulaciones. Como Morelli, cada Cronopio, cada Fama y cada Esperanza es su propio narrador, desde las peripecias y juegos propuestos por un espectador de primera línea. Es decir, el otro yo del doctor Merengue. Es decir, Julio Cortázar.
MICROANTOLOGÍA DEL MICRORRELATO II
1.-
Reconozco que no tengo conocimiento del tomo uno de este trabajo de Vera Kukharava, encargada de recopilar las líneas de esta Microantología del Microrrelato II (Ediciones Irreverentes, España, 2010). Y lo digo sin ningún recato, toda vez que se nos hace difícil acceder a muchos libros de otros países. Una suerte de minificción se agrega a la larga anécdota de un mapa discordante, atajado por el silencio y por algunos quebraderos de cabeza. Para muchos, podría tratarse de un motivo para escribir una nueva antología sobre la felicidad de sabernos dueños de estas pequeñísimas historias arropadas por una solapa negra que le da cierto aire de misterio a este libro de los Irreverentes.
Entro y salgo, cierro la puerta. La abro. El libro nos recibe con un prólogo donde Kukharava se pasea por parte de la vida de los cuentos cortos, los cuenticos, los minicuentos, los microrrelatos, eso que también mencionan algunos estudiosos como los short stories, los short-short stories. Advierte de su desapego a las novelas largas, porque siempre cuentan lo mismo. “Estamos cansados de llevar en la mano un montón de frases aburridas reunidas en 800 páginas que al fin y al cabo nos cuentan, una y otra vez, la misma historia…”. Habría que regresar y tomar por la brida el flaco caballo de don Quijote o andarle con cuidado a las historias de Luis Goytisolo. Que por ahí no vendría tanto el caso para este cronista. Revelarnos contra las páginas del Don Apacible de Mijail Cholojov. O correr sin descanso para evitar a Roger Martín Du Gard y esconder el ladrillo de Los Thibault. Tal vez: los días pasan y los personajes continúan colgados de los párpados de un lector a punto de corroborar si las horas existen. En todo caso, queda en el ambiente el clima de quien lee o duerme. Vale decir que en estos días de sobresaltos los libros exageradamente extensos servirían para nivelar mesas o mesones. No así Gargantúa y Pantagruel, pleno de microrrelatos o de gorduras narrativas que nos pierden y encuentran. Queda afirmar, sin líneas de expresión aparentes, que todo es relativo. Que no hemos terminado de ver el mundo. Que la literatura siempre será una sabrosa peregrinación por las sorpresas. No dejemos en silencio esta antología, que ya ha comenzado a atrapar a quien esto rasguña.
2.-
¿Cómo hacer para definir el esfuerzo en cortas líneas que condensan el universo, que lo hacen más inmenso e intenso en pocas palabras? La investigadora venezolana Violeta Rojo, quien se ha dedicado a estudiar la escritura de ficción corta o cortísima, en entrevista reciente, precisó que le sigue pareciendo “que la incapacidad de conseguir un nombre para estas formas breves es algo importante, porque demuestra que efectivamente es una forma literaria proteica, cambiante, des-generada e inasible”. Ciertamente, no pudo haberlo dicho mejor.
En esta antología de Ediciones Irreverentes nos topamos con “proteicos” nombres desconocidos para muchos de nosotros. La autora de esta bella aventura nos entrega las voces “inasibles” y alejadas de nuestro eco literario. Recoge muestras de poetas “cambiantes” que narraron o dejaron poemas narrados, como es el caso del inglés Yeats. Autores que nunca nos habían sonado. Autores que ya habían desfilado por nuestros ojos, como Ambrose Bierce, el del famoso y deslumbrante Diccionario del Diablo. No faltan Esopo, Kafka, Carroll, Swedenborg, Chejov, La Fontaine, Wilde, Babel, Samaniego, Proust, Tagore, Rolland, Juvenal, Darío, Güiraldes o Saint-Luc. Clásicos y casi clásicos. Fabulistas y fabuladores. Inventores e invencioneros. Realistas y soñadores. Locos y cuerdos. Toda una lista de narradores, poetas y pensadores que alguna vez miraron por una ventana y vieron el fin del mundo. O confirmaron la presencia de un dinosaurio en un Mac Donald´s. Con el respeto que se merece don Augusto Monterroso. O se alistaron en el diálogo de un gato y un ratón. Víctima y victimario. Ternura y crueldad. Pues bien, se trata este libro de un recado a los lectores que, sin saber del tomo I, tienen en éste una manera de entrar y buscar el anterior para pasar a formar parte de su respiración.
3.-
Vale comentar la presencia en estas páginas del escritor venezolano Juan Martins, quien vive en un escenario como dramaturgo y director de teatro. Hombre de relatos, microrrelatos, minicuentos y saltos al vacío cuando se trata de entender el mundo. “La herida del cerezo” es su presencia en la antología de Vera Kukharava. La elegancia de su texto nos invita a seguir leyendo estas hojas que se nos hacen primaverales, más allá del otoño de algunos autores.
De la primera a la última página. De la portada a la contraportada, viajamos en un libro de sabrosa textura. Una edición bien cuidada y agradable al tacto visual. Sólo una sugerencia: no sabemos de los autores. Una microbiografía de cada uno de ellos habría sido suficiente. Buena razón tiene el Corán al decir que “Dios enseñó a Adán el nombre de todas las criaturas”.
Por ejemplo, sabríamos de Vásquez Rial, Miguel Ángel de Rus, García Tirado, Fernández Argüelles, Nelson Verástegui, Ignacio del Moral, Juan Patricio Lombera, Fornells, Gómez Rufo, María Zaragoza, Lera, Cortés Blanco, Fabricio de Potestad. Sólo para nombrar parte de los primeros que aparecen en el índice.
Una enjoyada mariquita se desliza lentamente por la lisa y plastificada portada del libro. El escarabajo podría ser Gregorio Samsa, en una suerte de lección digestiva. Traga letras y expulsa comas. Otro cortísimo relato para esta hermosa travesía irreverente.
Foto, de izquierda a derecha: Patricia Gonzalo de Jesús, Adriana Krásova y Vera Kukharava.
LA ÉTICA: ¿UN SERVICIO PÚBLICO?
1.-
Desde el Concilio Vaticano II, el tema de los medios de comunicación ha sido tratado por la Iglesia como un asunto que toca lo social. Desde esta perspectiva, los mismos mass media han destacado que le ética, el carácter deontológico de este servicio y la visión de mundo de los periodistas, toca puntos relevantes que tienen que ver con esta preocupación del Vaticano.
Es decir, más allá del fondo mercantilista y publicitario –sin olvidar lo propagandístico- los medios han intentado asumir su responsabilidad frente a una sociedad cada día más compleja.
“La información suministrada por los medios está al servicio del bien común. La sociedad tiene derecho a la información basada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad”. Esta tesis, sustentada por el Concilio Vaticano II, no se contradice con los manuales de ética periodística de los más importantes periódicos del mundo.
Esta dialógica, esta pertinencia entre la Iglesia y la ética, ha encontrado muchos escollos que han dado al traste con un verdadero encuentro entre los factores que mueven la sensibilidad y el ejercicio de una profesión tan delicada como la periodística. Gobiernos e intereses económicos han revelado intenciones que podrían torpedear la labor seria de quienes a diario se enfrentan con la realidad, con la verdad convertida en propiedad de quienes se creen “factótum” de la palabra y los hechos del día a día.
En lo concerniente a la ética en la publicidad, se concibe como un servicio público, útil en el desarrollo económico, no sólo de empresas y emporios comerciales, sino de sujetos individuales que atienden a este tipo de información, toda vez que una sociedad es una red de intereses que contribuye con el desarrollo colectivo y personal. La publicidad es una técnica de convencimiento por la vía de la persuasión, por la ruta subliminal. Por supuesto, quien la maneja debe procurar ajustarla a un comportamiento, cuyo impacto favorezca a todos los consumidores. Tanto así que el mismo Papa pablo VI llegó a decir que “Nadie puede escapar a la influencia de la publicidad”. Cuando afirmó esto no se estaba poniendo al lado de una campaña para prestigiar un producto manejado con fines publicitarios. Se refería al hecho de que vivimos entre mensajes y metamensajes, razón por la cual podemos aceptar el manejo democrático de su incidencia, en el sentido de que la comunidad puede escoger entre ls diversas opciones de acuerdo con sus intereses, sus materiales culturales y sus efectos.
La revelación más expedita para entender lo anterior lo encontramos en esta declaración del Pontificio Consejo: “la Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica”, en lo que se refiere a los “aspectos positivos de la publicidad política. Sin democracia esto es imposible, por supuesto, no debemos olvidar que la propaganda, tan cara a los regímenes populistas y totalitarios, suele ser disfrazada como publicidad para activar respuestas dadas a prolongarse en el poder. Este es uno de los lados malos, negativos, de la publicidad. Queda entonces que quienes ejerzan el oficio tengan una formación cultural y social lo suficientemente sólida para enfrentar las tentaciones de la maquinaria del poder económico y político. Una publicidad basada sólo en el lucro desfigura la función de este importante factor de los medios de comunicación.
Una vuelta de página nos permite hablar de la ética en la comunicación. Los diez más grandes diarios del mundo, entre ellos Le Monde, The New York Times, The Guardian, Folha de sao Paulo, El País y el ABC de España, El Universal de México, Clarín de Argentina, El Mercurio de Chile, han entregado a sus periodistas y lectores manuales donde la ética y la deontología refieren la debida conducta de los profesionales de la prensa.
2.-
El presidente del Observatorio de Medios de Chile, Marcelo Contreras, en el prólogo del libro de Camilo Taufic, titulado La autorregulación del periodismo: Manual de ética periodística comparada, dice: “Se ha llegado a afirmar que la mejor ley de prensa es aquella que no se dicta, pero lejos de ser una actividad desregulada o carente de normas, el periodismo más íntegro se rige por estrictos deberes autimpuestos, que no sólo establecen las “reglas del juego” para sus periodistas y el marco y límites para el propio medio, sino un compromiso explícito con la sociedad y la opinión pública, en cuanto a veracidad e imparcialidad”. Esta declaración no se contradice con el concepto de “comunión de personas y comunidades” que la Iglesia maneja con fundamentos. En efecto, la ética es un asunto personal y colectivo, va más allá de códigos o reglamentos, razón por la cual hay que concertar para construir un “marco cívico profesional”. En tal sentido, hablar de autorregulación y carácter público implica ahondar en el carácter social del ejercicio periodístico.
Para darle fuerza a lo señalado, el libro mencionado en líneas anteriores destaca sobre la búsqueda de la verdad: “La primera misión de un periódico es decir la verdad tan fielmente como la verdad pueda ser comprobada. En la búsqueda de la verdad, el periódico debe estar preparado incluso para sacrificar sus propias posiciones, si tal cosa es necesaria para el interés público”. Un viejo y sabio dicho popular, que tiene como fuente la Biblia, destaca: “Por la verdad murió Cristo”. La verdad y la vida son la fuente del cristianismo. La verdad y la vida atañen al tiempo de la justicia.
Los medios elaboran campañas, sobre este aspecto señala la fuente: “Este diario (se refiere a cualquiera de los mencionados en líneas anteriores) no realiza campañas ni a favor ni en contra de posiciones ajenas, sino que se limita a reflejar los debates que se dan al respecto en el seno de la sociedad”, lo que toca necesariamente el equilibrio, el cual “requiere la presentación de hechos relevantes sin distorsiones, en su contexto e incluyendo la visión de todos los actores involucrados en éstos. Es decir, el diario y los periodistas no deben tomar partido respecto de ningún tema, persona, organización, partido político o credo religioso”. Hablamos de la objetividad. Así, de la imparcialidad. Y de allí a rechazar las presiones de sujetos individuales, grupos políticos, económicos, ideológicos o religiosos. De allí, igualmente, y valga la seguidilla, la dignidad humana, tan en boca de poderes y nuevos profetas. La Iglesia, que es la voz del que clama, nos avisa sobre este asunto: la vocación es comienzo y fin, alfa y omega. Que nada perturbe el camino de la palabra, de la que sana y construye. La ética no es una fórmula, es una manera de respirar, de vivir, de mirar el paisaje, de hacerse parte de él. Si la soledad fuese un designio, no habría ética. Su invento, allá lejos en la inspiración clásica, tuco sustento en el colectivo, en la “polis”, en la “civitas”, en la reflexión urbana. Así, el sentido de la comunión. Del pan compartido. En algo se parece una nota de prensa en la que quien escribe enseña y recibe de la calle la retroalimentación. Para los cristianos, Dios siempre recurre al feedback. Quien no lo advierta admite que su soledad es tan ética como la de un grupo de hooligans en un campo de fútbol alemán.
3.-
Quiero dejarle a los amigos que me leen un fragmento del Código de Ética de la Sociedad de Periodistas Profesionales de los Estados Unidos, tan universal como el Manual de Estilo del diario El Nacional o el del alicaído Diario de Caracas, redactado el primero por el periodista Ramón Hernández y el segundo por el escritor Tomás Eloy Martínez. Se trata de lo que deben hacer los periodistas –o reporteros- como también me gusta llamarlos: “Compadecerse de los que puedan ser afectados adversamente por la cobertura noticiosa. Mostrar una especial sensibilidad al tratar con niños y con fuentes o protagonistas sin experiencia ante la prensa. Mostrar sensibilidad al solicitar o utilizar entrevistas o fotos de personas afectadas por la tragedia o la desgracia. Reconocer que buscar o reportar información puede causar daño o malestar. La búsqueda de la noticia no da permiso para la arrogancia. Reconocer que los particulares tienen mayor derecho a controlar la información sobre sí mismos que los funcionarios públicos y otras personas que buscan poder, influencia o atención. Sólo una extraordinaria necesidad pública puede justificar la intromisión en la vida privada de alguien. Proceder con buen gusto. Evitar ceder a la curiosidad sensacionalista. Ser cautos en cuanto a identificar a sospechosos menores de edad o a víctimas de delitos sexuales. Ser juiciosos en cuanto a nombrar a los sospechosos de delitos antes de la formulación oficial de cargos. Contrapesar el derecho de un sospechoso de un delito a un juicio justo con el derecho del público a estar informado”.
Esta lista de deberes se ajusta a la de todos los códigos de comportamiento profesional o humano. ¿No es próxima a la ética cristiana que habla acerca de la verdad del humano ser? Es decir, sobre el servicio de la persona como colectivo, como la Iglesia que es.
La ética de Dios es un servicio de salvación individual. La ética de los profesionales de la comunicación es un servicio público. ¿Es Dios un servicio privado o un servicio colectivo? Queda entre nosotros esa pregunta. Seguramente de fácil respuesta, la que habrá de llegar con la certidumbre de que el periodismo es uno de los trabajos más delicados y peligrosos pero a la vez más hermosos que hombre o mujer algunos puedan ejercitar.
EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS
He nacido en los viejos barrios de El Cairo y los amo.
Pienso que en la base de la escritura hay una especie de amor,
por un lugar, por una gente, por un ideal. Estos barrios viejos
lo son todo para mí, como una esposa única…”
Naguib Mahfouz a Salwa Al Neimi
Magazine Littéraire
1.-
He entrado a El Cairo a pesar de la música estridente del vecino (me tiene harto de malas rancheras, cantadas por sodomitas angustiados). He mirado con alegría las callejuelas empedradas. Los perros de la ciudad azotados por la arena.
Sin conocer Egipto tengo una idea del pensamiento del hombre de la capital. Naguib Mahfouz me ha conducido con maestría por cada mirada, cuerpo o gesto de sus personajes, construidos con extraordinaria paciencia. Cada rostro de Mahfouz es un mosaico de su país. Sintetiza en El callejón de los milagros los vicios, virtudes y pasiones de un pueblo que hoy hemos comenzado a conocer.
(“Muchos son los detalles que lo proclamaN: el callejón de Midaq fue una de las joyas de otros tiempos y actualmente es una de las rutilantes estrellas de la historia de El Cairo…”)
2.-
Mi vecino de edificio insiste en elevar el volumen del aparato de sonido (extraño es el café de Krisha lleno de la estridencia de Juan Gabriel, quien contorsiona las caderas en una imitación a la danza del vientre). El vecino de enfrente pega un alarido y cae al piso frente a su mujer que también bizquea de la borrachera. Yo sigo con Mahfouz.
3.-
La calle Sanadiqiya es la historia de El Cairo. Cerca de ella el núcleo que el escritor árabe utiliza para hacer el universo: el Callejón de Midaq. Confluye en conjunto de voces que no agotan las múltiples imágenes de los personajes.
Construir un personaje de novela obliga a un oficio, al de narrar. Se trata de un fabulador de conductas: Naguib Mahfouz. Cada capítulo es un retazo de acciones escalonadas: un paisaje envuelve al sujeto y éste a la vez organiza la visión de mundo del autor: personaje tan real que enceguece.
Rompe la tradición del tiempo y el espacio. Es notoria la presencia de un imaginario revelador. Si Sherezade contó para no dejar morir a su hermana, el Premio Nobel egipcio lo hace para preservar la memoria árabe: tener presente que su pueblo es una multiplicidad de caracteres y signos.
(“Los ruidos del día se habían apagado y se comenzaban a oír los del atardecer, susurros dispersos, un “Buenas noches a todos” por aquí, un “Pasa, es la hora de la tertulia” por allá. “¡Despierta, tío Kamil y cierra la tienda” “Cambia el agua del narguile, Sanker¡” “¡Apaga el horno, Jaada¡” “Este hachís me duele en el pecho”. “Cinco años de apagones y bombardeos es el precio que hemos de pagar por nuestros pecados”).
4.-
(Juan Gabriel me ha convertido en un idiota. He llegado a mi límite. Saco la cabeza por la ventana y grito la madre del vecino, quien sin inmutarse me saluda con la cordialidad y humor de su cantante).
5.-
El Cairo es un personaje. Un templo repleto de vocablos, intenciones, olores. Personaje que respira con el aliento del “hachís escondido”. Transpira en el pan de Jadada, en las mariconerías de Hussain Kirsha. Ovilla la coquetería miserable de Hamida, la ociosidad inútil del tío Kamil, la “sabiduría” de Booshy, la fabricación de mendigos de honorables y pingües profesiones. El jeque Darwish representa la vieja caricatura de la ensoñación.
6.-
El vecino, al fin, apaga el ruido y se sume en su propio callejón. El tío Kamil reclama su mortaja. Abbas se burla y el jeque sentencia:
“-Has tenido suerte. La mortaja es el velo de la otra vida.”
Me gustaría decirle lo mismo a mi vecino, pero me encuentro en la última página de El Cairo y no quiero regresar.
(“Después, el interés de los vecinos del callejón se concentró en la familia de carniceros que fue a ocupar el piso de Booshy. La familia del carnicero consistía en su mujer, siete hijos y una chica muy hermosa de la que Huissain Kirsha dijo que era tan bonita como la luna en cuarto creciente…”)
A esta hora, cuando han pasado varios años de esta crónica, El Cairo se debate entre la vida o la muerte: es decir, entre seguir en dictadura o conocer la libertad. En algún rincón del antiguo callejón Naguib espera, atiende, respira su ausencia y se acerca a los eventos de las calles de su ciudad. Algo le dirán, porque lo están mirando.
AGUA POR TODAS PARTES
Interesa aquí señalar la doble tragedia que implica la existencia
misma de las preguntas; por un lado, la de los escritores cubanos
que mueren lejos de su tierra sin haber siquiera publicado en ella;
por otro, la de los lectores y críticos de la isla a quienes les son
escamoteados sus autores.
Jesús Díaz
1.-
Estas son páginas de muchos exilios. Hojas de muchas huidas hacia adentro y hacia afuera. Es un libro de muchas islas y de muchos mares. De sueños y pesadillas. Es un libro de cuentos, que es también una novela, que Julio Miranda tituló Agua por todas partes (Literatura Mondadori, Caracas, 2006). Es un libro de textos desgajados, sueltos, húmedos de sal marina, de balsas al garete, a la deriva, llenas de gritos, de búsquedas de costas imposibles, de playas clausuradas.
Me agarro del salvavidas del texto que le da nombre al libro, como una insistencia proveniente de otras lecturas en las que siempre aparece el título que le da nombre al libro, porque creo que por ahí comienza la angustia, el ahogo, la asfixia de quien intenta huir de un país que es una isla. En efecto, ese cuento es una huida, pero más allá de esa terrible decisión, con tiburones, matones y sicarios de la política detrás del miedo, está el concepto de los que escapan. No son metáforas, pero sí revelaciones verbales, susurros, versos sueltos, animadas canciones que quieren alcanzar la libertad. Es un cuento de una balsa llena de bestias letradas. Así lo relata Miranda: “Balsa llena de vacas. Son vacas, no metáforas: la prueba es que mugen mirando el horizonte. Las vacas más cultas del mundo, como dijo el Máximo Vaquero, pero con la lengua afuera”. Así, un día, Fidel Castro afirmó que en Cuba estaban las prostitutas más cultas del mundo porque habían asistido a la universidad. Y así, mucho pueblo que aprendió a leer y a escribir libros, pero tuvo que huir porque eso no le sirvió de nada frente al despotismo, frente a la falta de oxígeno democrático. Entonces, se arriesgaron, se convirtieron en vacas, en vacas ilustradas. Esa es la historia de esta isla hecha libro, de ese terrón de tierra rodeada de “agua por todas partes”.
2.-
¿Quién es este escritor que se atreve a escribir sobre etas cosas? Otra “vaca”. Una vaca que logró salir hace muchísimos años y se instaló en Mérida, Venezuela, donde vivió y murió, a escribir libros, a hablar de su patria, de sus sabores y sinsabores, de su lengua y sus silencios. De sus angustias y felicidades. Es el creador de tantos títulos y modelos a imitar, como aquel que dieron en llamar la “paranovela”, como nos lo recuerda Oscar Rodríguez Ortíz en el prólogo de este libro lleno de espinas y vidrios rotos. Sobre estas páginas húmedas de Miranda, Ortiz afirma: “En Agua por todas partes, se trata de unos prisioneros políticos (…) En Agua por todas partes es una cárcel y bastan las palabras. Pero algo, rodeado de agua por todas partes, como definen los diccionarios una isla, es también un sitio encerrado. Unidad de espacio y unidad temática fundida en la unidad del mismo chisporroteante y poético estilo. “Agua por todas partes” es también un verso del poema La isla en peso de Virgilio Piñera”. Esta síntesis recoge también los aires de búsqueda de quienes son prisioneros. Entonces, una balsa es un símbolo, una suerte de agarradero, de salida angustiosa, eterna sobre las olas, sobre un mar que sigue rodeando por todas partes un pedazo de tierra en medio del Caribe.
En este libro de Miranda se pueden leer textos cortos, deliciosos textos breves que llegan a doler, que son tan ácidos que pelan la lengua y la deshacen en la pronunciación del mismo relato. Es como querer acallar a quien lee para convertirlo en protagonista de las historias que cuenta el autor. Julio Miranda es quien nos hace un cuento, un relato, una crónica, una joda o una maldición. Nos atrapa en su isla narrativa. Nos hace, nos obliga a ser cubanos. Nos empuja hacia la costa, hacia un acantilado donde hay muchísimas balsas. Nos arrima al escape. Nos hace exiliados.
3.-
Pero además de un libro de cuentos, este libro es una novela, una “paranovela”, porque va más allá de ella, de la novela, la reinventa, la recrea, la hace y la deshace. Son capítulos autónomos que no dejan de tener relación con la idea central: el exilio, la nostalgia, el dolor, la crítica a una realidad de medio siglo que sigue montada sobre la joroba de una cultura. De allí, entonces, desde aquel barroquismo tan isleño, Julio Miranda nos presenta esta “cosa”, esta estructura, esta mofa que le sale muy bien y que se hace lectura inteligente, desmenuzada, granulada. Son cuentos que se empatan en una y se hacen “paranovela”.
Entre ellos, los cuentos capítulos, leemos: “-Fíjate que esa idea me gusta mucho: el comunismo sólo se puede vivir en una celda…”, dice un personaje que se desliza sobre la hoja en blanco, en el sorbo/ relato “Reptando sobre la página”, porque supongo un trago en medio de la mesa, un mojito, para no perder la costumbre. De allí se desprende una discusión que arriba a esta otra afirmación: “-No lo había pensado, la verdad, pero quizás es la verdadera ironía de esta historia…” ¿Cuál resultó ser esa ironía? De si uno de ellos era revolucionario en Cuba o se hizo una vez fuera de ella.
4.-
Agua por todas partes se lee con las vísceras. No es un libro para racionalizar. Es un libro para sentir las tripas, el corazón y la vejiga. Quiero dejarlo hasta aquí para que el lector corra a buscarlo. Pero eso sí, vaya preparado para entrarle con ganas. Este es un libro de desgarramientos, de mucha soledad. Es el libro de un hombre que estuvo aislado y acompañado en un país donde su país de origen navegaba en un barco fantasma, lleno de gritos, de comisarios políticos, culturales. Es un libro donde la estupidez de una voz sigue vigente. Lleve el libro a casa como si se tratara una herida.
“CHICO TOÑO” MATA
Y aunque tus campos se queden solos,
siempre conservan alguna flor…
**
Juangriego es un manojo de bellos resplandores,
puerto de mis amores…
A Cruz, Luis y Matilde Moreno
1.-
Yo aprendí a oír y a querer a Francisco “Chico” Mata gracias a mi hermano Luis Moreno. Pero no sólo aprendí a escuchar esa extraordinaria voz insular, sino que también aprendí a escuchar a la Virgen del Valle, patrona de Oriente y de todos mis amigos de esa zona de Venezuela. Mi hermano Luis, mi sangre Kariña, como Matilde, plasma y espíritu de mi padre en la Mesa de Guanipa, donde gobiernan los galerones y el viento. De esa sabana inmensa, desierto de Chimire, de la lejana Cantaura, son mis hermanos, con quienes he vivido toda la vida, con quienes he amado ese terrón marítimo llamado Margarita. Con quienes he entendido el acento y la gracia de los nacidos en Anzoátegui y Sucre, con quienes he empujado nubes para abrirle paso al sol.
Desde muchachos oíamos a “Chico” Mata en Valle de la Pascua, donde sólo se oían algunos joropos y mucho Julio Jaramillo, Javier Solís y Pedro Infante. Pero siempre fue Francisco Antonio, “Chico Toño”, el más cercano y amoroso de nuestra lejana visión de Margarita. Una isla remota, casi imposible para un niño llanero. Fue Luis quien nos la enseñó a través del cantor de Juangriego. Fue Luis el primero en hablarnos de las maravillas de Oriente, quien nos presentó a Cruz, su madre, a través de una fotografía, pero también quien nos enseñó a llorarla el día que ella se murió. Mi hermano gemía como un niño, acostado en un chinchorro, en la oscuridad de un cuarto de bahareque de nuestra vieja abuela Amelia. Ese día supe quien era mi hermano desde su dolor. Luis lloraba con nosotros sin él saberlo. Y mientras eso pasaba, yo escuchaba bien lejos la bella voz de Chico Mata, como un bálsamo, como un linimento en el corazón afligido de mi hermano. ¡Cuánto no nos ayudó Chico Mata y después María Rodríguez!
2.-
Un día viajamos a Cantaura por la misma ruta de Miguel Otero Silva. Mi padre manejaba su viejo carro y nos iba diciendo de Oficina Nº 1 y de cómo se hizo El Tigre un campo petrolero. O mejor, de cómo un campo petrolero se convirtió en un pueblo llamado El Tigre. Y así muchos lugares de la inmensa comarca de Anzoátegui y sus solitarios pueblos. Allá en Cantaura conocimos a la abuela de Luis y Matilde, abuela nuestra también por afecto. Era una india morena, una kariña bella y habladora, con un diccionario esplendente y humorístico en la memoria. Se jugaba con nosotros sin vacilación alguna. Era una mujer con más de ochenta años a cuestas. Ya Cruz había muerto. Luego nos tocó saber de San Manuel, donde se dijo habían nacido Luis y Matilde. Y llegó el instante en que Chico Mata sonó en la carretera. Francisco Mata era el dueño amoroso de Oriente. El cantor de una deliciosa voz que hasta la misma “pendejita”, que así le dicen a la Virgen, celebraba con gracia y bendiciones.
3.-
Después me tocó vivir en Cumaná unos meses. Y allí seguía Chico Mata. Y muy cerca María Rodríguez, a quien conocí una tarde cerca de la Iglesia de Santa Inés cuando yo era un adolescente en la Primogénita de Venezuela, la bella ciudad de los poetas Andrés Eloy Blanco y José Antonio Ramos Sucre.
En las mañanas Chico Toño cantaba como los pájaros. Se trata de una de las voces más dulces, acopladas y hermosas que he oído. Una voz salida del mar, de los cocotales, de la arena, del alma de tanta gente que ha nacido y vivido en Margarita, nuestro oriente.
Hace pocas horas se murió Chico Mata. Entonces pasaron muchas imágenes con él, desde la lejanía infantil y desde la vez que lo conocí aquí en Maracay, en ocasión de su actuación en el Teatro de la Ópera. Hace pocas horas se marchó, ya octogenario, ese Patrimonio Cultural y afectivo de nuestro país. Entonces, no es extraño en nosotros, se nos hicieron agua los ojos y regresamos al pasado para oírlo, celebrarlo, tenerlo presente siempre.
Con mi hermano Luis lo seguiremos escuchando. Regresaremos a nuestro patio de la niñez en Valle de la Pascua. Jugaremos metras bajo el tamarindo. Volaremos papagayos en medio de la calle. Pelota y fusilado. Veremos a nuestra abuela Amelia regar las matas y al tío Juan Manuel Loreto prender el viejo camión volteo. A nuestro padre entrar y salir de la casa. A nuestro barrio arder bajo el sol. Regresaremos con el cuatro de Francisco Antonio Mata y haremos posible el milagro de reencontrarnos en cada polo, malagueña, jota, galerón y fulía que por el mundo suene.
Yo aprendí a ser feliz con la música de Chico Mata. Yo aprendí a vivir con mi hermano Luis, quien siempre ha porfiado que se trata de la música más bella de Venezuela. Y yo agregaría que del mundo. La música de Margarita, cantada y tocada por Chico Mata, representa una de las creaciones más luminosas de la tierra. Y no exagero.
CON ESTA PALABRA DESCUBRO
1.-
Comienzo esta lectura con el último poema, el que le da título al libro de Alejandro Cardozo, el que lo guía por algunos rincones de la tierra y lo estaciona intacto -al poema y a su autor- en una línea que le aporta “la medida de la palabra”, suerte de recreo en el que se oyen los motores de algunos aviones en un aeropuerto egipcio y se siente el calor de África en un verso donde pastan un ñu y una cebra. Poema vertebrado, por la solidez de sus imágenes y por la ósea participación de semovientes de gran y poco tamaño en un poema cuya extensión se advierte al descubrir “cada punta/ de este mapa bárbaro/ y perfecto”. Entonces, después de esta mirada, busco la primera página, el primer poema para atar los extremos de Con esta palabra descubro (Ediciones Mucuglifo, Mérida, Venezuela, 2010). Ufano entro en “Época” para encontrar un espacio donde se confrontan dos tiempos: el que nos agobia y nos facilita muchos asuntos y aquel que quedó atrás, donde (digamos que es un lugar también) “soy un trozo/ de papel lleno de fechas…”, como un mapa inundado de nombres y accidentes topográficos. Los versos que abren el poema se recrean en la contemporaneidad del correo electrónico y otros inventos que dibujan la hora de hoy. Ambos poemas, el último y el primero, son uno solo: hacen el resto del libro, lo estructuran, son una imagen total, orgánica.
Así, el autor se pasea por la memoria, por los sentidos que acuden en auxilio para asentar olores, sonidos de relojes, formas de vestir y aquella maravilla geográfica llamada Choroní, donde están –imagino por el apellido- las referencias familiares, los atuendos de los afectos más cercanos. Se trata de un texto muy abierto donde hacen vida también algunos referentes ideológicos que le restan cierta fuerza y densidad a un hermoso poema que luego recala en otra parte de ese mapa: “Siglo XX Venezuela”: “Mi país/ sigue siendo/ cuadro tras cuadro,/ desde que aquí paren las mujeres,/ las escalinatas de Odessa de Eisenstein,/ la catarata humana no cesa/ atropellando al niño caído, los cosacos fusilando a la madre,/ y el Acorazado que no llega”. He aquí el mito, la rutina por aquella vieja película soviética, convertida esta vez en superficie donde el país que nos vive y nos mata resulta un extravío: el Potenkim que nunca llega a puerto. La belleza del poema golpea la misma lectura.
2.-
Esta experiencia del lenguaje, como escribió Guillermo Sucre en su monumento La máscara, la transparencia, alude a una realidad adjetiva, marcada por la precisión de un contexto cercano, visible que, a la vez, pretexto, oportuna la imagen y la hace parte de una escritura “comprometida”, verbalmente expuesta a una lectura sin complejos, si queremos salir ilesos de ella. Digo, la irreverencia y el tratamiento inteligente de las imágenes en este libro obvian lo que sería sobra en otro texto que podría ser calumniado de panfleto. Nada, en éste que leemos, “Militancia”, el autor disfruta de ella, de la “militancia”, hasta convertirla en parte de la aventura de darle forma al poema. La militancia es el mismo texto. O mejor, la poesía.
Me convocan a militar, porque hoy estamos de buenas/ porque los idos lloran/ porque la arenga es fuerte/ porque hay que firmar algún pacto de poder/ porque si no estamos no hay lucha. // ¡Pero no¡ Si la causa no está perdida no voy y no camino.// Prefiero esta militancia mía silenciosa,/ ésta que se queja de todo,/ eterna inconforme,/ que se quema de arrechera a cada momento/ que sabe de derrota, que no se alza en la victoria,/ porque no hay victoria ni bandera/ hasta que los perros hablen/ y los elefantes fumen por voluntad propia.
Poema militante, que ansía el silencio. ¿Qué poema no es inconforme? La conformidad, la tranquilidad, la felicidad, hace tiempo dejaron de ser temas de la poesía. Y quien hace poesía de la felicidad, miente. Esta “experiencia del lenguaje” relata una experiencia anímica (la arrechera, la arrechera) que desemboca en una visión surreal, la cual induce al lector a ser correlato pesimista. Allí está el poema, desnudo, abierto, libre de ser lo que quiere.
(Claro, si tocamos la llamada narrativa de la felicidad tendríamos que caer en otra discusión. Resultaría interesante afirmar que la felicidad muchas veces es un fastidio, pero será mejor dejarlo hasta aquí, no vaya a ser que luego seamos acusados de formar parte de una rebelión)
3.-
Leo los poemas cortos. Los largos son viajes, reminiscencias. Claro, fueron expuestos y repasados como travesías que dejaron un buen sabor de boca. Los cortos resumen las imágenes de los largos. En los primeros se siente más al poeta, más al individuo, al comprometido con él mismo: A veces, con un café basta/ para empezar de nuevo/ y tintar las hojas blancas y ocre, / recurrir al viejo verso amarrado/ entre nosotros/ en esta casa tuya/ y mía,/ llena de mariposas que salen de tus ojos/ y de las flores que brotan a tu paso (“Isabel”).
Y así este otro: Debe mi alma pesar menos, / ocupar menos espacio/ -media silla en la nube izquierda, de ser posible-// debo hablar más bajo,/ reír más suave,/ tropezar menos,/ consumir menos aire,/ robar mi piel menos luz,/ abrir menos mis brazos,/ acortar los segundos de estirar/ y bosteza breve.// Debo simplificar/ mi existencia/ en este mundo,/ como un acto ligero y cuidadoso.
Confieso que este libro merece muchas lecturas. Ésta que hago me arrima al fuego de las imágenes de Alejandro Cardozo, quien no se arredra ante la realidad, la confronta y la hace sustancia de los sentidos. Pero también debo agregar que nuestro autor tiene todas las vías para destacarse, digamos, como ensayista, universo donde la narrativa también podría brillar.
Más allá de otras páginas, cierro con este poema:
Al borde de las letras/ queda un precipicio/ ajeno a los actos:// al borde del continente/ de la palabra/ ya no hay casi nada,/ sólo bestias y fantasías/ que agonizan/ cuando suena la pólvora. Como en Pound, el poema causa un estruendo cuando cae por el Cañón del Colorado.
ESCUELA PARA POBRES
El desagravio es la oración por todos los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la superficie da la tierra.
Víctor Hugo (Los miserables)
1.-
Esta vez otra “zona de sombra” llega a las manos del lector con el título de Escuela para pobres (Random House Mondadori, Caracas 2009), de Alejandro Padrón, un escritor venezolano que construye historias sorprendentes, tanto que dislocan a quien se atreve a desentrañarlas. No deja de ser una peligrosa aventura someterse a las páginas de esta novela de Padrón donde un personaje, Gerardo Almeida, un hombre pleno de privilegios materiales, rico, para no usar muchas letras, decide ingresar en una extraña escuela donde aspira a graduarse de pobre, de miserable. Y así lo acompañan otros –incluyendo mujeres- provenientes del mundo burgués, quienes un día, malo o bueno, toman la iniciativa de hacerse de un pensum de estudio, más práctico que teórico, y convertirse en mendigos, en sucios aspirantes de esa demencia tan celebrada por algunos regímenes llamada pobreza, miseria crítica.
Confieso que he me ha subyugado este libro. Confieso, no sólo que he vivido, sino que he sufrido estas páginas, porque Alejandro Padrón las ha vertido con toda la crudeza de una imaginación libre de espasmos o retruécanos. Se trata de una realidad tan desafiante, tan demencial, que nos convierte en parte de la inmundicia, del hambre, del sufrimiento que vemos en barriadas y calles de nuestros países.
Estas páginas nos arrastran a olernos el cuerpo y el alma. Las pústulas bajo las axilas o en las entrepiernas, la suciedad de quien desde la portada del libro nos interroga y nos ausculta, nos obligan a entrar a esta historia, nos someten igualmente a esa sordidez que se me ocurre inteligente, terriblemente audaz, de una desconcertante intrepidez.
2.-
Gerardo Almeida -desdoblado en Alejandro padrón- nos lo advierte desde la primera página: él no es él, es el narrador hecho presentador. Almeida anuncia la novela desde la perspectiva del autor. O al revés, Padrón se dice Almeida desde unas líneas que nos mantienen todavía fuera de la anécdota, razón por la cual es una “advertencia”: corremos el riesgo de formar parte de lo que está en el libro. Al final, seremos indigentes de nosotros mismos. Seremos nuestros pordioseros, nuestras miserias. Lectores egresados de una Escuela para pobres, ficción que desnuda la ocurrencia de lo que a diario vivimos desde muy cerca, espantados por las moscas y el temor a ser infestados.
Para engañarnos, Padrón dedica la novela a Mario Bellatín, y tres centímetros más abajo escribe: “A mis compañeros de aventura donde quiera que estén: Rosa, Mariíta, Luis, Pedro, a Esperanza, mi compañera de infortunio, y a su José, que en paz descanse”. Es decir, uso de la ficción para llevarnos sin permiso alguno a la vida de los prenombrados, como cómplices de sus desgracias. Digo: la novela comienza en la “advertencia necesaria” y en las dedicatorias. El lector, de la manera más ingenua, cae en la trampa. Caemos en su abismo. Da gusto el truco. Este escritor sabe lo que hace. De ahí en adelante comienza la agonía provocada por quienes respiran, hieden y sufren en estas páginas bien estructuradas.
3.-
¿Cómo no creerle a alguien que quiere huir de la riqueza, de las comodidades que da el dinero y hacerse un miserable en medio de la basura, la mierda, el hambre y los golpes diarios del hampa en los barrios que nos dibuja esta geografía? ¿Cómo no aceptar el ingreso de estos personajes en una institución clandestina que gradúa pobres a través de un pensum de estudio que “nos aguaba la boca, sobre todo por la última materia: Fundamentos del Odio”? A este extremo nos lleva el autor: “la pobreza como un apostolado”, gracias a la sabiduría de un grupo de profesores que se encarga de adiestrarlos en tan exigente paso. “¿Te interesa ser pobre? Contáctanos”, reza la nota que Almeida encontró en el parabrisas de su lujoso carro, un Mercedes Benz 300. Oferta que hace de mampara de una ONG, registrada con todos sus papeles para encontrarle trabajo a los pobres. Así, los dueños de la escuela evitan “sospechas de otra naturaleza”. La ironía, esa tenue burla que exige un leve pujo del alma, revisa la idea del peso exigido de los aspirantes: 44 kilos.
Como la mencionada materia era la más relevante, los estudiantes de la escuela, nuevos como tales, destacan que “Nos odiábamos a nosotros mismos, pues todavía éramos ricos aunque en proceso de desintegración”. Así, “Se nos llegó a demostrar que los pobres existían porque había ricos”. De modo que “La relación entre odio y propiedad privada terminó por despejar mis dudas al respecto”.
Para alcanzar el grado de profesional de la pobreza, los estudiantes debían pasar por los barrios más terribles para poder cubrir las pasantías. Allí aprenderían la Psicología de la pobreza, el Lenguaje y la Sintaxis Instrumental de la Pobreza hasta convertirse en lo que añoraban: ser indigentes, pedigüeños, recogelatas, tener “conocimiento práctico del hambre”. Todo como experiencia académica y luego ser reconocidos por la escuela como aventajados miserables. El “Himno a la pobreza crítica” forma parte del aprendizaje.
Los nombres de los protagonistas ofrecen una línea de lectura: Rosa Engaño, Mariíta Dispendiosa, Pedro Avaro, José Corrupto, Luis Triquiñuela. Cada uno en ejercicio de su libertad para llegar a la pobreza, se reúne en una convención de aspirantes alrededor de una fogata, a orillas de un río pestilente para discutir los últimos asuntos relacionados con los estudios que realizan para alcanzar “el escoñetamiento generalizado de todos”. El “Decálogo de la Pobreza” destaca para alcanzar la sublime existencia del verdadero miserable.
4.-
La vida discurría entre disparos, malandraje, velorios y entierros, limosnas, dolores de estómago, llagas en la piel, perros pulgosos, legañosos…es decir, la placidez del orgullo de la pobreza académica. La novela de Padrón inaugura un espacio de lectura que podría propiciar una discusión sobre este tema y otros que asoman en estas páginas.
Al terminar la lectura, quien leyó se anima a entrar al baño, luego hacerse de un desodorante, pero sobre todo espantar la grima que la realidad le inyecta a este libro del narrador Alejandro Padrón. Una buena oportunidad para sabernos parte de una locura no muy lejos de la que a diario vemos y sentimos.
EL ORGULLO DE LEER
1.-
Manuel Caballero se fue con sus libros a otra biblioteca. Lo sabemos desde el mes de diciembre del año pasado cuando se quedó en una página y saltó a un planeta donde la lectura es eterna y lo convierte en polvo cósmico, en tierra de cosecha, en rica ficción luego de haber sido realidad. Manuel Caballero es hoy personaje de libros, él que tanto los leyó, que tanto los escribió, que tanto los admiró en su casa, en la calle y en la academia, y los hojeó para ojearlos y leerlos, olerlos y saborearlos, con el regusto que da saberse dueño de muchas palabras, navegador de mares turbulentos en los que pescó y dio a conocer tantísimos títulos.
Caballero dejó escrito El placer de la lectura (Alfadil Ediciones, Caracas, 2003), tomo que recoge una edición, revisada y revisitada por quien lo escribió y por quienes lo hicieron en la intimidad para hacerlo más actual, más cercano al autor y, en consecuencia, al lector. Y quien escribe esta nota lo afirma porque el mismo Caballero hizo una advertencia en la que expresa que “Ésta no es una, sino en cierto modo dos segundas ediciones, o si se prefiere, una y un tercio. Porque la parte final, “Sombrero de copa”, recoge la mayoría de los ensayos publicados en la tercera parte de mi libro El poder brujo (Caracas, Monte Ávila, 1991). Por lo demás, como acostumbro hacer con todos mis textos, éstos han sido sometidos a una rigurosa revisión, por ojos propios y ajenos”. Destacada la advertencia de Caballero, el lector retorna a la página anterior y lee con alegría la dedicatoria: “A Rafael Cadenas, maestro y amigo, hermano siempre”, y así el epígrafe que arropa a todo el libro: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito: a mí me enorgullecen las que he leído”, en respeto a Borges, escritor a quien nuestro ensayista e historiador admiraba.
Estamos al frente de una obra que nos pasea por la felicidad de ser parte de sus páginas, por temas que saboreamos con la lengua que heredamos.
2.-
Este trabajo de Manuel Caballero abre una ventana en la que se amplía el paisaje de un lector. Caballero lo hace en una suerte de balance en los libros, todos los libros, como una lectura que genera preguntas, como aquella de quien cree que el dueño de la biblioteca se ha leído todos los libros. El autor viaja por esa pregunta y le da varias respuestas. Para cerrar este “prólogo”, el escritor toca la pasión por los libros: “Amo apasionadamente la lectura, el amor es una borrachera, y los borrachos dicen siempre incoherencias”. Todas esas “incoherencias” reunidas dan cuenta de l esqueleto de El orgullo de leer: “La pasión del poder”, Ríos que van a dar a la mar”, “Sin Dios y con el Diablo”, “Pero con risa”, “El libro nuestro de cada día” y “Sombrero de copa”. Partes que recogen esa alegría, ese orgullo por ser lector.
El autor nos deja en estas páginas el perfil de la novela 1984, en la que George Orwell no novela. Según Caballero: “En ese terreno, lo más lejos que llega a ser es un largo cuento”. Esta propuesta promueve una discusión que podría ser objeto de otro ensayo. No deja de tocar a un personaje digno del despotismo ilustrado, como lo fue José Stalin. A Hitler, a Perón. La segunda parte da cuenta de Simone de Beauvoir, de un venezolano poco estudiado, como lo es José Vicente Abreu. Orlando Araujo, ese furioso Compañero de viaje que no dejó tema en el aire. Y así, el surrealista francés Louis Aragón.
En “Sin Dios y con el Diablo”, el ensayista larense se vuelca sobre Jesús, de quien precisa que “Si salimos de los firmes y bien señalados límites de la fe, la cuestión de la existencia histórica de Jesús puede parecer apenas preocupación de eruditos”. El agnosticismo de Manuel Caballero siempre marcó su carta de identidad. Deja el escritor esta pregunta al final de este ensayo: “¿no es acaso por ser una esperanza encarnada, la misma de todos los débiles de la historia, que un día podrán ser más fuertes que los fuertes, vencerlos a ellos y a la muerte?”.
Miguel Otero Silva, autor de La piedra que era Cristo, pasa por la criba de Caballero, quien expresa que no le gustó la novela del también autor de Casas muertas. Y lo explica: “No me gustó porque no me gustan las novelas donde el héroe muere. Porque no me gustan las novelas donde, desde el principio, se sabe lo que va a pasar”. Y así, cosas de un lector inteligente que sabe qué decir acerca de sus lecturas. Cosas también de gusto. Además calza con firmeza: “No me gusta la novela de Otero Silva porque no es una novela. Y finalmente, no me gusta el libro porque nunca me ha gustado Cristo”. Está dicho.
El próximo salto llega hasta Víctor Hugo: “…fue un romántico, ergo…Pero el asunto no es tan fácil, pues por una parte Harold Laski escribió con mucha razón en un opúsculo ya clásico sobre el tema, que el liberalismo es más un estado del espíritu, tal vez una conducta, que un cuerpo de doctrina”. Los miserables recorre las calles de París, el republicanismo del novelista luego de haber pasado por la derecha francesa. Y así, sigue el ensayo.
3.-
En “La conspiración satánica”, Caballero aborda un espinoso tema que toca la frontera del infierno. En él el autor toca obras fundamentales que le permiten pasearse por un paisaje intelectual denso en el que los libros sagrados le dan brillo a la lectura: la Biblia de Jerusalén, Septuaginta, llamada la biblia de los Setenta Sabios, en lengua griega…pasando por History of the Byzantie State, hasta llegar arribar a La causalidad diabólica, de León Poliakov.
No dejan de estar el humor las páginas de Caballero, también practicante de este “oficio”, el de vivir con los músculos risorios preparados: “Pero con risa”, donde el autor entra y sale del tema con gracia, con sentido de inteligencia, hasta para decir que “El niño no es humorista, es decir, no es un intelectual, y a Dios gracias: ¿imaginemos nuestras casas pobladas de Mafaldas¡”.
Dos o tres páginas más adelante, Caballero menciona y trata a los más conspicuos humoristas venezolanos, entre ellos, Andrés Eloy Blanco, Kotepa Delgado, Aquiles Nazoa y Miguel Otero Silva. Y así, las publicaciones que los enaltecieron a ellos y a otros que no menciona, entre ellas, El Morrocoy Azul, Dominguito, La Pava Macha, La Sápara Panda, El Imbécil, Fantoches, Coromotico, El Sádico Ilustrado…
En “El libro nuestro de cada día” el autor habla del diccionario, lee y comenta el trabajo de María Fernanda Palacios, Sabor y saber de la lengua, así como Amor y terror de las palabras, de José Manuel Briceño Guerrero, y un paseo a la intemperie por algunos nombres de la poesía venezolana. También asiste a la vida creativa de Salvador Garmendia, Denzil Romero, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa. Una curiosa lectura nos ofrece “Los libros no leídos”, hasta llegar airosos al capítulo “Sombrero de copa”. En él el lector se encuentra con textos como “América jamás fue descubierta”: “Para un historiador profesional, pocas frases en el idioma están tan llenas de disparate, nonsense y mentiras como esa repetida cada doce de octubre: que ese día se “descubrió América”. En verdad, lo que hoy llamamos “América” tiene la curiosa particularidad, el extraño destino, de ser un continente jamás descubierto…”. De allí en adelante, hasta la última página, el autor trabaja sobre la base de nuestra historia, de la primera historia. Varios son los temas, varias las reflexiones, varias las páginas que siguen el curso de quien hoy está más allá del bien y del mal, en otra esfera, y quien nos ha dejado un extraordinario legado literario e histórico.
PATRIA Y OTROS POEMAS
1.-
La tierra, “la de otros muertos”, como confiesa Marguerite Duras en La mar escrita, consigue lugar en algunos de los versos que se agitan en Patria y otros poemas de Armando Rojas Guardia (Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, Caracas 2008). Y lo afirmo con el rigor que podría conferirme una lectura donde el presente, éste que escuece y enferma, es el más desaforado compañero. Admito que la poeta francesa tiene en la muerte una tumba clausurada, con los datos de los enterrados, asunto que no toca la poesía de Rojas Guardia, quien recorre la carne viva de hombres vivos –ellos llevan la tumba a cuestas-, que morían a diario sin epitafio alguno o escondidos en los sótanos y catacumbas de nuestras dictaduras. O de otras ajenas, que se nos hicieron cercanas y propias.
Marguerite Duras pregunta: “Quiénes son ustedes, sin ese anonimato, esa patria reciente, moderna, la de otros muertos, la de esa infancia muerta en combate con su cuerpo”. Y deja el tema pendiente, para luego entrar de nuevo en la muerte hasta el punto final, “perfecto”, del poema. La narrativa de este texto configura la “catástrofe” que una vez anunció Lacan –citado por Jaqueline Goldberg- a propósito de la desaparición de quien escribe, para darle paso a quien lee: una muerte, un nacimiento. Así, en Rojas Guardia tanto escritor como lector se hacen una sola tragedia, un momento del lugar y del sentir por una tierra, por una gente, por una particularidad de los afectos: el padre, el loco, el insomne, el que estuvo preso, el que ya murió y ha quedado como una gota de ácido sobre la conciencia de un país.
Este libro de Rojas Guardia, con once presencias cuya fuerza y densidad forman parte de una conmoción que une a poeta y lector en una suerte de lucha por deshacerse del niño que una vez fue testigo o víctima de esa experiencia, la de haber vivido en un territorio donde la maldad política, la tortura y la prisión eran los platos fuertes de la existencia. Digo, este libro del autor caraqueño muda el tiempo: nos trae el pasado y lo coloca sobre la horma de este presente que agobia, que desfigura la palabra patria y la convierte en un ahogo.
2.-
“El cuerpo que se desvanece para dar realidad a la mirada”, así lo dice Guillermo Sucre en el ensayo de su imprescindible La máscara, la transparencia, el titulado “La última lectura”, y con el que cierra con una pregunta de Lezama Lima que queda colgando en la línea final del voluminoso tomo: “¿Leer es poseer el libro de la vida, donde tiene que leerse nuestro nombre, y ya, no somos poseídos?”. Podría parecer exagerado, pero estas dos reflexiones animan la lectura, la hacen más renuente a ocultarse con el escritor, con el que escribe y se abandona al sonido lejano de las imágenes. Dos pronunciamientos, uno toca la llaga, la herida, los pies hinchados por los grillos. Otro define la fuerza de una “realidad”, para muchos desvaída, que aún late en la memoria, en la vida de quienes la regresan en versos y la hacen de nuevo vida. Poseído por la vitalidad de la memoria, Rojas Guardia rescribe el país, la patria que le ahonda, que lo subsume, que lo desfallece. “Patria” –entonces- es el poema de “había una vez” y el poema de “hoy te quedas, quizá mañana”. Son dos tiempos en dos cuerpos, en dos países que terminan en un uno. En un solo instante que hizo escribir a Gabriela Kízer: “Patria” es imagen y, como tal, revela y oculta, permite el destello de la oscura clave –el cuerpo ajeno, ávido, otro- que somos”. En efecto, esa “patria” hemos sido todos revelados o escondidos, libres o presos, pero más, un hombre, cualquiera, sometido al escarnio de cadenas alrededor de los tobillos, al ring, a la piqueta, a la electricidad en el escroto, a la burla, a la humillación en nombre de un nombre, en nombre de algún héroe, de una bandera, en nombre de la patria de quienes humillan.
El poema se lee y se duele: “Alguna vez amamos, o dijimos amar, / la terquedad sombría de su fuerza. / La voz del padre enronquecida/ al evocar calabozos, muchedumbres, / hombres desnudos vadeando el pantano,/ llanto de mujer, un hijo/ y más arriba (¿dónde arriba?)/ el trapo contumaz de una bandera./ Supimos, lenta y vagamente/, que lo imposible te buscaba/ extraviándote los pies…”
La “patria”, la del poema, la de aquel país del padre torturado, tiene el mismo miedo y el sudor de ésta en la que alguien arrastra el presente y lo hace pasado.
3.-
El libro viaja en su interior. Una apuesta, un naufragio de quien lee y luego escribe: el libro comienza con “Patria” y termina con “La desnudez del loco”. Son los extremos de un mismo tema, de un mismo golpe. Y afirmo apuesta y naufragio porque quien busca en el resto de las páginas la continuación de la ofrenda, queda suspendido, en equilibrio, en vilo, en las imágenes del “Retén judicial” (“La soldadesca ríe y las antorchas/ iluminan mi frente, señalándome. / Ustedes somos todos, somos el/ llevado a declarar, fotografiado/ en todos los archivos, los prontuarios/, las actas judiciales de Judea”). Otra instancia de la tortura. Se trata de aquel hijo en uno de los versos del texto que le da nombre al libro, que es testigo del “paseo” que hace el padre a los tribunales. Pero después Rojas Guardia nos saca del lugar y nos lleva, una vez oído el canto del gallo, seguramente el mismo que anunció las negaciones de Pedro, a la luz, a un poema conceptual, muy del adentro, y nos deja un momento en oración musical con “el acorde” de Nuestra Señora, en pregunta a Dios por ese sonido, por ese profundo sonido de la memoria. Busca una canción, la de la despedida, pero continúa en la esencia de los objetos, de “Las cosas”, en una indagación que anuncia “la utopía/ inscrita en esa santidad/ constantemente maculada/ de la amnesia fragante de las cosas”. ¿Querrá decirnos el autor de la cercanía entre el Dios de los hombres y los mismos hombres, victimas de los mismos hombres? Otros textos pasan por el alma del lector, que ansía llegar al último donde se mirará sin ropa, en ruinas, sucio de miedo, moribundo, aquejado por la perversión, por la maldad de otros hombres que también son una patria, un estadio, un lugar en la conciencia, en la muerte y en la carne aporreada.
4.-
No se desvanecen los presos de Guasina, los de Palenque, los que viajaron en el mismo avión o remolcados en un camión mientras el ojo de Otero Silva los asilaba en La muerte de Honorio. No se quedan rezagados los condenados que el lector acumula en la memoria de la que nos dotó José Vicente Abreu en Se llamaba SN. Nada se pierde: “La desnudez del loco” es nuestra desnudez, la de aquellos padres que pasaron la prueba y emergieron vivos o cadáveres. Es la misma cárcel, el mismo campo de concentración, la misma tortura, la misma muerte: la de Auschwitz o Dachau, la del Retén de Catia, la misma muerte siempre, con el mismo nombre, con todos los nombres.
“La desnudez del loco” es un poema hermosamente doloroso, musicalmente doloroso. Escrito con una tensión envidiable, el texto se pasea por la lengua, por los ojos, por las imágenes que van y vienen, con la piel agitada. Es un poema para dolerse en él. Hay que decirlo: somos ese poema, somos en ese poema. Rojas Guardia lo maneja con destreza, con magistral destreza. Desde la experiencia de la historia, desde los campos de la muerte de Hitler, desde la simulación del mundo, desde la desnudez de un grupo de hombres que se desvanece en “la solar ingrimitud de ser un cuerpo/ parado allí frente a los ojos/ del escrutinio ajeno”. Son seres disminuidos, castigados “en la pulpa del hombre”, en medio del “asco de tanto desamparo genital”. Son hombres en un poema, pero fueron hombres reales, mutilados, cegados, asfixiados, desnudados, ofendidos, medidos para la muerte y para el sufrimiento.
La anécdota bíblica, la parábola o la historia de quien sigue al Padre arropado por una sábana, auspiciado por el amor que siente por el Hijo del Hombre. Y así sigue, desnudo, polvoriento, alucinado, amado, pero también los otros, los que sucumben o sobreviven en las ergástulas de Hitler, Mussolini, Gómez, Pérez Jiménez, Pinochet, Castro u otros pervertidos que se solazan “en cada bocado masticando el pánico”·
Desnudo está el poema. Musicalmente desnudo, aterido por el clima en un muchacho que se niega a bañarse a las doce. Entonces aparece otro crimen: “Otra desnudez, distinta a la/ buscada para lavar el propio cuerpo en el agua lustral,/ bajo la ducha, le era ahora ofrecida dentro de aquel/ calabozo: la de estar sin abrigo en la gélida humedad,/ y la de estar excluido, siendo un réprobo”.
Los presos son uno solo. Un grupo de hombres con un nombre común. Muchos en uno solo. O uno solo en muchos. Así, “éramos y aún somos aquel hombre”…”Nosotros todos éramos y somos/ aquel evangélico muchacho”. La lectura nos deja desnudos, apocados frente al mismo texto y frente a quien nos mira leernos. Al leerlos. Rojas Guardia se desnuda en él y muere en él. Vuelve desde la desnudez de esos hombres y cierra el poemario: “la libertad desnuda de Adán en el jardín/ y esa misma desnudez ya avergonzada”. Dos patrias, la primera del Génesis; la segunda de un Apocalipsis que amenaza y se trajea frente a todos con la desnudez de quien se atreva a desafiarlo.
Una vida con Ramona Delgado
CRÓNICA DE UN AMOR SIN LÍMITES
1.-
(Aquellos primeros días)
Yo dormía en el cuarto de los santos. A diario, cuando me tocaba entrar o salir de ese espacio destinado a mi sueño, me tropezaba con José Gregorio Hernández, con el padre Claret, con Monseñor Álvarez, con la Virgen María o con el rostro sufrido de un Jesús pequeño instalado en el rincón más occidental de la mesita donde estaban todos ellos, vigilantes. Entonces una vela aparecía y alumbraba el miedo que aquel niño que era yo tenía albergado en el estómago.
-Tía, anoche me salió mi tío Nicolás. Tía, anoche soñé con mi padrino Rubén.
En la mañana, cuando aún estaba oscuro, ella salía con un balde de agua y lo esparcía en el patio interior de la vieja casona de la calle 3 de Calabozo, donde vivíamos. Ramona Delgado Orozco de López se me antojaba un ángel chiquitico, silencioso, con una seriedad que ocultaba una sonrisa, congelada por los recuerdos. Cuando me miraba sentía que me arropaba con una dulzura extraña porque nunca me habían visto así. Extraña por la paz que me entregaba mientras la niñez bordeaba la adolescencia. Si alguna vez me hizo un regaño, su voz me reveló el yerro y así la disculpa. Era una maravilla para regañar, para desentrañar las angustias propias de un muchacho que todas las noches tenía que lidiar con las ánimas y los muertos, con esa multitud de miedos que se convertían en sombras vivientes. En la mañana, entonces, mi tía Ramona espantaba a esos personajes con el balde de agua contra el duro patio de la casa.
-Si te salió mi compadre Nicolás ¿Qué te dijo?
-Nada, tía.
-Entonces no te salió. No le tengas miedo.
En la mesita de los santos también estaban los remedios, los tantos frascos en que se había convertido mi corta vida de asmático. El jarabe Wanpole, la emulsión de Scott, el lamedor que elaboraba uno de los Ascanio hacían fila con otras etiquetas que ya no recuerdo, pero que me hacen trastabillar en medio de tantos olores antiguos.
2.-
(Un personaje real para la ficción)
Ramona Delgado de López se hizo un personaje de cuento, de novela en ciernes. Yo creo que se podría comparar con alguien que ambula por las páginas de la Biblia, o con una de esas santidades que albergan la fuerza de sacarnos de tantos apuros, como ella me sacó a mí de momentos difíciles. Fue una mujer que inventó una familia y la cuidó como un jardín. Era el centro de una emoción sin límites, porque doña Ramona regalaba tranquilidad, amistad y paz. Era un bello ser humano. Creo que lo seguirá siendo. Creo que esa mujer, transformada en imagen literaria luego de haber vivido más de noventa años, seguirá atenta a las cosas que uno hace y no hace.
“-Mire, mijito, deje los libros allí y duerma en ese chinchorro”, me dijo un día de gravedades personales, pasados muchos años luego de aquel cuarto de los santos en Calabozo, ahora en Maracay, en la calle 5 de Julio de esta ciudad que nos vio crecer en medio de sobresaltos o alegrías.
Mi tía Ramona Delgado, de la “delgadera” de Guardatinajas, hija de Andrés Delgado Jiménez y Gregoria Orozco, nacida –no lo sé a ciencia cierta- en el fundo Santa Ercilia, se ató a aquella calle llanera luego del accidente mortal de Rubén López Rojas, en la década de los cincuenta, y quien la dejó con Rubén, Amparo, Alina, Lola, María y Flor, regados en la tierra y por la tierra con los recuerdos de una infancia impregnada por una larga calle que va hacia un río.
3.-
(Siempre estará por allí)
La memoria se mueve. Se agita bajo los elementos, a la intemperie. Entonces la mujer, de pequeña estatura, ojos delicadamente profundos, labios delgadísimos y voz atenuada por el remanso de su espíritu, solitaria en su silencio, nos veía sonriente, siempre sonriente, a menos que algún dolor cercano la tocara, como ocurrió con la muerte de su hijo mayor. O con la despedida de algún pariente, amigo o compadre. Un día se murió Rafael María Rojas. A ella se le ocultó y por falta de información, en el sentido de que yo no sabía de la estrategia para que ella no se enterara para evitarle algún malestar, se me salió afirmar la muerte del compadre. Entonces se le apagó la voz, se le nublaron los ojos. Me vio en medio de esa niebla de dolor, y me dijo: “Caramba, la gente se muere y uno no se entera. ¿Cómo es posible que se haya muerto mi compadre y no me hayan dicho?”. El silencio se apoderó de ella y su dolor fue parte de un susto un buen rato. Así era esa señora.
“-¿Quieres café?”, y lo traía plena de bondad.
Hoy, uso este espacio de lectura, y que me disculpen mis lectores, para hablar de ella, de una ciudadana de este mundo instalada en Maracay, proveniente de nuestros llanos, quien le dio mucho al mapa que nos alberga porque crió una inmensa familia que forma parte de la actualidad de nuestros afectos y que ha sabido hacer país.
Ella, aquella mujer nuestra orgullosa de su manera de elaborar sabores, salados y dulces para la prole y para todos los que arribaban a su techo. La mujer del más sabroso pan de horno, de las arepitas para el desayuno. La mujer de la voz suave que casi nunca se quejó. Aquella mujer que ha comenzado a hacernos falta. Aquella dama quien desde su lejanía nos dice que las calles de la ciudad serán distintas.
4.-
(De la sangre y de la carne)
Ella, Ramona Delgado, personaje de nuestra sangre y carne, levita en el imaginario de esta comarca visible, tan nuestra como el lar de donde provenimos. La Maracay de estas horas, la que nos escuece, no tendrá el mismo sol o la misma luna. Ir a su casa será honrar su invisible presencia. Visitar su calle en Calabozo y pasar frente a la casa donde vivió, significará la ofrenda más respetuosa. No olvidar su vida para que no haya muerte.
Alguien nos dirá un recado al oído. Ramona Delgado anda por allí, en medio de la brisa, entre el follaje de las matas de su patio en Guardatinajas, bajo la sombra de los mereyes de Santa Bárbara, en el silencioso encanto de sus manos en la ventana de Calabozo, por donde mira el cielo de toda su eternidad.
-Tía, anoche soñé contigo.
EL NÚMERO UNO/ HILOS DE EMOCIÓN
(A la niña Ramona Delgado, quien jugó con muñecas de trapo)
Marina Sandoval es una niña que se imagina adulta, que se hace la adulta para que crean que uno no se da cuenta de que aún es la niña de bucles amarillos y de ojos verdes que siempre hemos visto ataviada de muñeca en las fiestas de la escuela. Por eso escribe, por eso anda pasito con sus zapatos de trenzas y sus medias tobilleras. Y uno la ve entrar y salir de unos libros que leemos al lado de otros niños que ella ha invitado desde los cuentos que hoy tenemos en las manos.
Marina Sandoval sueña y escribe. Marina inventa y cuenta. Marina Sandoval sueña, escribe, inventa y cuenta para que otros niños junto con ella lean las historias que aparecen en sus libros “El número Uno” (2004) e “Hilos de emoción” (2007), donde hay un alboroto de chamitos, chamitas y muñecas, protagonistas de la imaginación de Marina. Entonces comenzamos a ser ellos y ellas y a formar parte de las ilustraciones y fotografías que otra niña, un poco recatada, Beatriz Nones, ha hecho para estos libros que andan por allí hechos papagayo en los ojos de todos los muchachos de la cuadra, de los edificios y de los parques. También en las escuelas se dice que han visto a estos personajes que juegan fútbol, son modelitos en bicicleta y muñecas de teatro. Y otras son verdaderas muñecas, como las que mi amiga Angelina Bolívar de Utrera hiciera para que Aquiles Nazoa inventara su libro. Son muñecas con historias, como todas, porque toda muñeca es una niña que, como Marina Sandoval, narra su mundo y sus aventuras. ¡Vaya manera de respirar la vida, tan sabrosa como comerse un mango o un helado de fresa a la hora del recreo mientras en el cielo retozan las nubes repletas de pájaros¡
2.-
“El número Uno” es un niño que atrapó una pelota a punto de entrar en el arco. Es un niño futbolista. Es un niño que tiene todos los nombres, que es todos nosotros cuando fuimos carajitos, ansiosos por ser el Rey Pelé, Ronaldo o Messi. Y un día fue Casillas porque agarró una pelota y “salió corriendo con la diestra en alto en señal de triunfo y luciendo en su espalda el número 1”. El niño cuyo nombre no aparece en el cuento, porque somos todos los lectores, dijo que había hecho magia para que su país, Venezuela, pudiera atrapar el disparo que hizo el otro equipo. Todavía escuchamos los gritos en las gradas y hasta el alarido del locutor cuando anunció el ¡¡¡¡goooool¡¡¡¡.
En el mismo libro hay una niña, “La chica fashion”. Una niña monísima, bella y agraciada que anda en bicicleta, pero además siempre piensa en su mascota, un perrito o un gato que la hace llorar cuando salta y la rasguña. Es una niña modelo que se llama Gabriela, que guarda un grano de caraota en una de sus orejas. ¿Será que quiere ver crecer una mata en su cabeza? De niños hemos visto jardines en la cara de muchos niños y niñas que se han sembrado semillas en los oídos y en la nariz. ¡Qué manera de amar la ecología¡
Marina cierra este libro con “No me gusta ser muñeca”. Se trata de una niña que debe representar en el teatro a una muñeca. Pero está tan incómoda con el traje y el maquillaje que no puede moverse en escena. Frente al público se queda congelada, como asustada, no puede actuar, hasta que el maestro de ceremonia, al darse cuenta, anuncia que “A la muñequita rubia se le rompió la cuerda”. Una buena manera de sacarla del problema, con humor y mostrarnos los ojos de sorpresa de “Marilú”, que así bautizaron a la muñeca que no era muñeca sino una niña que no pudo ser muñeca porque no se podía mover. Tres historias para muchos niños.
3.-
Estas son muñecas que hablan solas. Hablan hacia adentro. Es decir, son personajes que cuentan sus vidas en silencio, como para que las escuchemos muy bajito, muy atentos. Ellas monologan con los lectores y se nos meten en la vida. Y allí se quedan un rato largo, con sus vocecitas, con sus ganas de correr por un parque, de abandonar la timidez o lavarse la cara porque una cree que es fea. Bueno, se trata, como dice Marina Sandoval, de muñecas que pertenecen a varias personas y al Museo Salvador Valero, pero que son hermanas de aquellas que hizo Angelina Bolívar de Utrera en Villa de Cura y que Aquiles Nazoa metió en un libro. Entonces son muñecas vivas, muñecas para siempre porque se quedan fijadas en el recuerdo, en la imaginación, en la alegría y las tristezas, en los días y las noches. Bueno, son muñecas para no estar solos.
Son nueve cuentos de nueve personajes que se mueven en “Hilos de emoción”, y aunque el título parezca lugar común se ajusta a los motivos de cada una de ellas. Son muñecas que respiran en su mundo. Son tan vivas que después repetimos algunas palabras que ellas pronuncian. Son muñecas que fueron hechas por abuelas, madres, tías, amigas y vecinas. Son muñecas plenas de poesía…como aquella que pasa inadvertida pero que es muy querida y está llena de “estrellas de encaje y botoncitos de luceros”. O aquella que duerme en una bella hamaca, llena de colores, a quien se le rompió el cuello y precisaba de un cirujano. Son tantas que confunden sentimientos, tan muñecas de trapo que nos hacen regresar a aquel mago que en Oz tenía como amigo a un espantapájaros. Y así, tan vivas que musitan en nuestros sueños la felicidad de estar siempre al lado de la cama. Muñecas de trapo que hablan del cielo, de enfermedades y felicidad. Muñecas diarias, como nosotros. Ahí están a la mano, esperando por ustedes –niños y adultos- para que las tengan siempre en casa.
4.-
En verdad que dan ganas de llevárselas y ponerles nombre. Aunque con Rita no hace falta. Leamos un pedacito de su historia: “Yo, me voy de aquí, pensaba muy contrariada Rita. Esta casa parece abandonada, no se oye ninguna voz, ni una risa. A veces, unos pasos que apenas pisan como si temiesen ser descubiertos. Pienso que son sólo sombras sin movimientos sonoros y con respiración de pajaritos”.
(Ahora recuerdo a la niña Ramona Delgado, tan pequeñita, tan muñequita, tan eterna. Ella jugó con muñecas de trapo y de barro en su pequeño mundo de Santa Ercilia y Guardatinajas. Ramona acaba de entrar en otro libro, en el libro para siempre, donde sueñan y son felices).
LA QUINTA ESTACIÓN DE MAZA ZAVALA
1.-Quien se sumerge en el poema El tiempo breve termina convencido de que Domingo Maza Zavala tenía listo el poema de la despedida, el que lo acompañaría en el largo camino del silencio. No en vano se dejó llevar en varias ocasiones por la idea de que la muerte está al filo de un verso, al borde del ahogo que traduce el mismo poema mientras el poeta lee las horas que algún día le quedarán por vivir. Esta idea, peregrina pero sostenida por la cantidad de poemas que evidencian el tema, da pie para decir que el reconocido economista y poco conocido hombre de vuelos verbales se movía en la onda de una sensibilidad poco común. Maza Zavala vivía entre los números y las letras, entre el análisis económico y los ojos puestos sobre unas líneas que ahora se vierten como epitafio:
“Uno quisiera hacerlo todo/ a un mismo tiempo, / en un solo tiempo, / porque es brece el tiempo de la vida.// al nacer se nos fija un plazo/ inexorable, improrrogable, irreversible,/ un tiempo que nunca conocemos,/ pero es siempre un plazo breve/ en que se unen en la vida forma y esencia”.
Una pausa lleva al lector a mirar por la ventana. Allá, al otro lado de la calle, la vida se agita como un pez. Aquí, en este recinto, la imagen del poeta recién desaparecido pronuncia muy quedo el resto del texto que lo amaga:
Crecemos al impulso de los sueños, / cultivamos ilusiones y fracasos/ sumergidos en la luz de lo imposible.// Huellas ligeras en el viento,/ afán de la presencia indefinida,/ empeño inútil de detener el tiempo.// Pequeña criatura envanecida,/ forjadora del reino de los héroes,/ combatiente de causas sin sentido”.
Otro instante para desalojar la inquietud de quien se mece a favor del viento. La vida –corta e intensa- vuelve acosada por su límite:
“Breve la historia, larga la porfía: / sembrar un árbol al abrigo de la lluvia/ y la simiente del hijo que seguirá los pasos/ y el libro sin palabras abierto a la alegría.// Todo de prisa al avanzar el día,/ prisioneros del tiempo que no anuncia/ la caída de la última hoja ya vencida”.
Un tanto Onetti, el de La vida breve, el que se agarra del “ser esencial” y ve la vida repetirse como una película, un sueño calcado en la realidad: la vida es un trozo de final.
El Maza Zavala de este poema es el que se dijo siempre apasionado del silencio, de un destino que lo sujetaba a las palabras, a la soledad de las palabras.
2.-
Sin embargo, los temas de Quinta estación (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2006) se multiplican en la medida de un hombre que se acercaba a la palabra para resucitarla en él: de intensa vida pública, el acto creativo lo sometía a los embargos de su propia agonía poética. Es decir, Maza respiraba poesía, como bien lo dijo en otro texto, pero vivía obligado a la vida diaria. Son temas de varios matices: el tiempo pasado, el origen, el mar, el tiempo, el amor, la muerte, poemas sueltos que se extienden por diversas geografías espirituales.
Una curiosidad: en abril y octubre de 1943, habitante de Maracay, escribió dos poemas cercanos a lo social. O mejor, sociales, apegados a cierta militancia juvenil. “Estilísticamente anacrónicos”, como afirmó Carlos Gottberg en el prólogo, estos desahogos revisan lo que fue durante toda su existencia, un hombre preocupado por el destino del prójimo.
3.-
Para no alejarse de sus afectos, el texto que cierra el poemario, “El solar y la soledad”, fue dedicado al poeta aragüeño, compañero de travesías vitales y poéticas, Miguel Ramón Utrera:
“Vino Azorín de la mano del Quijote/ a bordo de la cuarta carabela, / para encontrar un pueblo de Castilla/ que fundó en América un conquistador de sueños.// Era un solar de claras soledades,/ una tarde gris con un árbol a cuestas,/ una calle abierta a los caminos,/ una casa en la vida de un poeta.// Sebastián de los Reyes castellanos,/ de la gente que cruzó la historia,/ del tiempo demorado en los jazmines/ y de Miguel Ramón en su tienda de colores”.
Estas líneas sencillas, casi ingenuas, recorren aquel espíritu silencioso del San Sebastián de los Reyes de Aragua. Allá habitó un poeta, un maestro de todos los días, que fraguaba la soledad y la hacía motivo de versos desde una comarca poco avisada por la modernidad. El poeta que en esa provincia vivía era parte de una historia que Maza Zavala conoció. De allí su canto, su cercanía, su apego:
“Guardián de la tierra de los soles, / labrador de la temprana espiga, / mensajero de mundos ignorados,/ centinela de la noche amanecida.// Morir de soledad, de sol adentro,/ morir de vida y de silencio,/ quedarse entre las huellas de los versos/ a la sombra del árbol y el camino”.
En todos los poemas de Maza están presentes los temas arriba señalados. A veces aparecen insinuados, otras con la obviedad más elocuente. En cada uno de sus poemas el poeta se abre, es una semilla verbal, tan vivía que no pierde momento para decir, para expandir su poder.
En el texto dedicado a los 60 años de la muerte de su padre, escribe: “Hoy es el cumpleaños de la muerte./ ¿Cuántos cirios alumbrarán su paso?/ ¿Vendrá de blanco con su túnica al viento? // Una tarde nació para mi padre,/ vino en silencio a la luz, sin llanto: / caía un rayo de sol en la ventana”.
El poeta humaniza la muerte, la hace humana, viva y entregada a llevarse la vida de quien vive o muere. No se trata de la muerte de su padre. No es cualquier muerte. Es la muerte, la que llega hecha luz, “sin llanto”.
Más adelante: “Traía huella de mundos infinitos, / limpias sandalias de caminante nuevo: / un libro abierto en la mitad del sueño. // Era una estela en el remoto viaje, / un oscuro hechizo para abreviar la vida, / una capa en alto para emprender el vuelo”.
La “realidad del lenguaje”, nombrada por Guillermo Sucre, vaga en el tiempo del tema, la muerte, una metáfora: “Ni sombra, ni gemido, sólo un lirio abierto,/ una gota de lluvia entre los labios,/ una palabra inconclusa en la mirada. // Es el tiempo impreciso de la muerte,/ el árbol que da sombra en el camino,/ el viajero infinito de la túnica al viento”.
Quinta estación: “Es el tiempo abstracto de la poesía”, afirma el poeta Domingo Maza Zavala al comienzo del libro. Y luego de dos puntos: “no tiene calendario en la ruta de los días, / ni color preciso, ni estela en el espacio infinito”. Así lo escribió, así se marchó, a ese espacio donde también el tiempo crece, existe, habla.
LOS NIÑOS CANTORES DE VILLA DE CURA: UN MILAGRO TODOS LOS DÍAS
(Tributo a Germán Cordero y Guillermo Hernández Pasquier)
1.-
A diario, Carrizalito se extiende con un concierto. Agudos, tiples, sonoridades hacia los oídos de quienes viven cerca y de los que de alguna manera saben que un sacerdote, el padre Salvador Rodrigo, ha sido capaz de guiar un milagro: Los Niños Cantores de Villa de Cura amanecen para que el día sea cada día más armónico, más plural, porque todas las voces de los niños y jóvenes caben en esa suerte de remanso donde los ángeles habitan en medio de las claves del canto y el estudio.
La historia comenzó hace 40 años, un día de diciembre de 1970, cuando el padre Rodrigo, en una de esas iluminaciones aguinalderas decidió crear un coro de la parroquia con las voces que siempre están más cerca de Dios: las de los niños. Villa de Cura, como siempre, recibió la noticia con agrado. De allí en adelante, Los Niños Cantores de Villa de Cura han hecho de los días el verdadero milagro: cantan con tal belleza y calidad que el mundo ya los tiene como una referencia musical y cultural.
La historia, la que atañe a los afectos y a los hechos, se centra en la dificultad de que los muchachos no podían ensayar con comodidad, toda vez que estudiaban en escuelas distintas. Los ensayos discurrían en la Casa Parroquial, donde el padre Salvador, Germán Cordero y un joven talentoso que se formó en sus filas, Guillermo Hernández, destacaban sus esfuerzos, hasta que apareció el otro milagro: la creación de la Escuela de Música “Ángel Briceño” en 1981. Idea que Salvador Rodrigo reveló con la imaginación que lo caracteriza. Entonces, un año antes, el Concejo Municipal donó los terrenos para que se erigiera la bella escuela que es hoy y donde se han formado músicos y ciudadanos ejemplares. En 1986 Carrizalito fue una fiesta, la gran fiesta de la escuela que muchos habían soñado.
2.-
En el abra de Carrizalito, donde confluyen las curvas de la tierra y el paisaje se hace un valle, fue establecida la escuela, una institución de enseñanza integral donde el canto, la teoría y el solfeo se conjugan con otros conocimientos. La Escuela de Música “Ángel Briceño” cuenta con otros espacios que le permiten a los estudiantes acceder felizmente. Cuenta con un comedor, canchas, biblioteca, estudio de grabación, salas para ensayos, una capilla, aulas y oficinas para el personal administrativo. Igualmente, tiene una imprenta que les permite publicar todo lo concerniente con el oficio de hacer música y educar para la vida.
En Carrizalito, eso lo sabe todo el mundo, habitan los niños que luego recorren el mundo con sus voces y alegría. El canto se ha hecho la tradición más elevada de quienes a diario hacen el milagro de reencontrarse con el ser humano, con el prójimo.
De Carrizalito han alzado vuelo a Colombia, España, México, Italia, Brasil, República Dominicana, Guyana, Cuba, Rumania, Bulgaria, entre otros lugares donde Villa de Cura ha dejado marcada su huella.
Una vez cubierto este trecho, muchos de los que pasaron por la escuela forman parte del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles, así como de las orquestas sinfónicas y filarmónicas de Venezuela.
3.-
El premio más importante que se han ganado Los Niños Cantos de Villa de Cura ha sido el reconocimiento de todo el país, pero sobre todo el de La Villa, el de las barriadas y comunidades de esa parte de Aragua que los ha convertido en patrimonio amoroso.
De los otros premios se pueden mencionar el del Festival de Des Moines de Iowa, Estados Unidos, en 2001. Así como la medalla de bronce alcanzada en el Certamen de Tolosa, en el País Vasco, España, en 1998. Otro reconocimiento es el Primer Premio de Música Académica del X Festival Internacional Coral “Inocente Carreño”, celebrado en Margarita en 2006. Aragua lo declaró en 1994 Patrimonio Cultural. También recibió la Orden Andrés Bello y el Premio Coral “Vinicio Adames” en 1995.
Las voces de estos niños han quedado grabadas desde 1972, dos años después de haber nacido como agrupación coral. Entre sus trabajos están “Así cantan los Niños Cantores”, “Antología de Aguinaldos venezolanos”, “Desde Venezuela”, “Cantemos al amor de los amores”, “Cantos religiosos de siempre” y un hermoso registro de elevaciones vocales a la Virgen María.
Estos 40 años de historia forman parte también de la historia afectiva de un gentilicio que cada día crece. Desde La Villa, desde un pueblo que ha parido poetas, compositores, pintores, músicos, profesionales de gran valía, nos viene a todos los venezolanos el mejor de los inventos: Los Niños Cantos de Villa de Cura, empeño de un hombre que todo el mundo conoce como el padre Salvador, quien en cualquier esquina recibe el abrazo y cariño de su gente. Su labor, consagrada con humildad creadora, lo convierte también en un patrimonio de nuestro país.
SALOMARIO, NUEVE LIBROS DE POEMAS
Una dinámica cuya cualidad geométrica se hace
necesariamente intelectual, acompañada por la gran
emoción radical de la existencia…
Oscar Rodríguez Ortiz

1.-Poesía geométrica, fría, medida sobre la base de un terreno en el que crece “una naturaleza desbordante y barroca”, como afirma en el mismo prólogo Rodríguez Ortiz. Esta declaración va pareja con la idea de que la poesía de Alfredo Chacón ocupa un ser y un espacio. Una traducción libre de esta idea nos conduce a pensar que lo arriba dicho es falso: no es una poética fría sino reveladora de una solitaria fe que lo arrima a un clima tan humano como que forma parte de la misma hondura del frío que habita en el ser. Digamos: ser y espacio. Quien ocupa un lugar vive, se desliza sobre una línea, quiebra una curva, pronuncia una voz, se silencia. Es una poesía –definitivamente- callada, pero no porque no hable sino porque sabe hablarse a ella misma, a ese “sí” reflexivo que anuda el espíritu, lo comprime, lo aguza y lo echa al afuera donde vive y se estira el poema. Es una poesía que habla en el interior del poeta y del mismo lector. No es una poesía que habla desde el adentro. Es una poesía que está donde está el lugar del espíritu. Habla en el adentro. De allí que éste, el espíritu, tenga forma, sea medido con cabeza fría, calculadora, inteligente. Pero también, para contradecir parte de lo arriba expuesto: no se trata de que el poeta sea frío en su manera de abordar la poesía. Es que la poesía se hace fría en la medida en que se hace espacio de afuera, sitio de acomodo en el oído, en el ojo, en la tierra que pisa. De modo que, quien buscaba una lectura fácil se encuentra con un agujero negro donde impera una extraña luz, una poesía confirmada en su propia solidez.
El mismo prologuista dice de una poesía barroca. Si barroca es por la manera de usar adjetivos e impulsos, o por saberse cercano a Carpentier en préstamo por el complejo sistema de la poética, también es bueno dejar sentado que el mismo tono, proferido por la voz en soledad, acompañada por el sonido metálico, sonoramente silencioso, hace de la poesía de Chacón un mundo donde impera una madeja de riesgos y peligros, que va más allá de imaginar que el poeta se confronta, se hace su propio lector desde su más carnal y ósea cercanía. Es barroco porque hace pensar desde una selva de sonidos. Que son intelectuales, pero que están cruzados por el espíritu. Es decir, la geometría poética de este autor venezolano toca lo que no se ve, pero se siente. Una línea recta o curva llega al sitio donde se elaboran los motivos del ser, del sentir.
2.-
Abstracción que se mueve, naturaleza que anuncia el comienzo de una aventura verbal: “Nube. Madeja brusca. Urdimbre/ de un solo temporal, / en cuenco lleno/ altivo risco se abandona. Cala grandiosa. Seda/ domando el movimiento”. Tiempo y desplazamiento. Que aparezca el lugar que se mueve: “Un pájaro se encumbra/ en los aires que arrastran su presencia. / De antiguas marejadas entre el aire y la piedra,/ surgen, dueñas del campo,/ vislumbres nuevas que nos dan lo propio”. He allí, entonces, el espacio abierto: se mueve el lugar, la geometría invisible: nube es altura; madeja es pensamiento; tiempo es movimiento. Todo lugar se mueve. Entre el aire y la tierra: entre el pájaro y el paisaje de abajo, “lo propio”, la mirada, el mundo, el lugar, el poema.
El texto respira: el poeta sigue su curso verbal. Escribe y piensa, geometriza con los ojos abiertos. Toma tiempo y lugar, se mueve: “cada roce/ en asalto/ desparrama/ su tiempo/ y nos recorre”. No en vano somos tiempo, edad, deterioro.
Toda lectura es contradictoria. Afirmo: toda mirada se contradice. Se contrapone. Quien escribe, afirma: “Estamos en guerra, no hay tiempo, no hay fuerzas para más. / Estamos en guerra con nosotros mismos. Los cuarteles cam-/bian constantemente de apariencia, tanteamos puertas falsas, / salidas de emergencia”. Este es un tiempo real, donde emblema, signo, código se muestran para decirnos una verdad: el tiempo existe, los uniformes existen.
El poema viene de una abstracción, pero sabe llegar a una versión de la realidad: “guerra”, “cuarteles”. Los contrarios confirman que somos, que el poema tiene razón: se razona. De allí entonces que el mismo texto, páginas más adelante, meses más adelante, añada: “Predispuesto; entresacado por sí mismo/ del caos y el marasmo, / el acto personal/ acoge a solas o en tumulto/ las chispas de su abrazo/ con las multitudes y las soledades”. Una confirmación de que hay alguien entre las palabras, apresado en la voz. Alguien, el poema, dice, habla, medido por sí mismo, por él y su circunstancia, su tiempo y su significado. Por eso se hace breve y pregunta: “Eres tú, ¿no éramos nosotros?”. Uno y múltiple. Solo y multitud. Uno y nosotros.
Esta lectura, desordenada y vuelta de revés, llega a este poema, a un trozo de sus sonidos: “Entretanto/ la imagen desbocada y el acto renacido/ ávido de una piel nunca mirada/ palpando abultamientos/ recorriendo declives/ con cualquier parte del que era mi cuerpo”. Cuerpo, espacio en pasado, consumido, que fue movimiento, traje medido, tiempo y espacio. Ser y lugar. Fue mirado, tasado. El poema lo alberga, lo dice: “la imagen desbocada” ansía mirarse, hacerse.
3.-
Tomado al azar, un poema entra y sale de otro. Los anteriores se atan con el mismo tono, son líneas del mismo afán. Éste, colocado sobre la curva de la lengua, tan solitario, habla: “Es sólo eso, / pero/ eso/ es todo”. Aquí se resume una poética tan fáctica como hermosa en su solo empaque. Un poema redondo en su propia afirmación, contradictoriamente afirmativo.
Del anterior, de ese reflejo que agobia, a este que completa el aliento: “El poema es un hecho/ vale decir/ el acto del trazado de su impulso/ y su trasluz”. Desplazamiento: el sentido, la palabra se mueve hacia un lugar que es resquicio de iluminación. Momento, instante del poema.
Chacón celebra a seres humanos, a poetas y pintores, a realidades que se mueven y sienten. En el “Autorretrato” en tributo a Cristóbal Rojas, el texto es continuun, el río que no se detiene. Se trata de un poema que llega al yo del autor y se hace otro en la voz de otro. En el rostro del otro, el que lo mira desde el silencio. Habría que pensar que nuestro poeta ha visitado la sombra y la luz del pintor, que ha medido la geometría de su existencia. He aquí el sonido de esta impronta:
En el trato con la imagen que destina
la imagen de los otros
que se salva
la imagen que me salva con los otros
la que me salva de los otros
pero aún más la imagen mía
la imagen que no salva
que no salvo de los otros
mucho menos de mí mismo
Tal es el modo de no ver mi autorretrato.
Juego de palabras, juego de voces con el otro, con él mismo. “Madeja” “de un solo temporal” en movimiento. El yo se desplaza hacia otro yo que es el otro, pero que redime al otro. Así se ve, así se figura y desfigura. Son trazos de un cuadro que tiene nombre en el poeta fijado en el pintor. Este juego de voces, de significados, encuentra teoría en este texto: “Palabras asaltantes ¿qué he de hacer?/ ¿qué les propongo/ en vez de tanto ímpetu incesante/ si lo que quiero es coincidir con ellas/ y ser su nadador mas no su dique/ y que ellas sean mi morichal sombrío/ mi caño complaciente/ mi caudal de agua en movimiento respirado/ como mi apetito de nadar en ellas?”. Continente y contenido, las palabras se mueven, se revuelven, se encuentran en una pregunta que pregunta. Las palabras llegan y se hacen dueñas del lugar, asaltan el alma y la completan, la desmadejan, la desfiguran, la miden, la borran. El poeta se sumerge en ellas para no ahogarse.
El azar me conduce a estas líneas. Tan cercanas al poema anterior, tan alejadas de la intención de relacionarlas, de racionalizarlas, pero allí están, graciosas, bellamente ilustradas en el blanco del ojo, en la página abierta: “justo a tiempo el ave mensajera que me acosa siente que la miro/ cae/ entierra/ su/ último graznido en el hueco que se abre al yo cerrar los ojos”.
Y así como el poema es medida por lo que dice, por lo que contiene y acerca al espíritu, igual pasa con lo que mide, con la unidad que marca y agrega a un lugar: “La legua se mide. No sirve para medir/ Ella es su medida// Una legua/ no ocupa el espacio que la mide/ es el espacio medido/ más sus límites/ El espacio/ del cual se ignora cuánto mide/ el espacio que es de ella// El espacio que es una legua El espacio que es ella”. ¿No podría ser que la legua sea el poema, la poética que Alfredo Chacón ha descubierto, la creada desde la mirada del lector, de ese viajero que migra en las distancias para encontrar la belleza del poema para hacerse el poema en su medida? Esta teoría, este poema de la legua, es el poema del poema.
Llegó a las últimas páginas de este libro con este encanto. Es un poema que define todo lo anterior. Es el poema que midió el lugar. Es el poema de la geometría convertida en espíritu. Es el poema/ poema revestido de “emoción radical”, de verdadera poesía, de la ilusión de habitarlo y consagrarlo:
El pájaro que en una de sus alas
siente cuando se pone el sol
es el pájaro en cuya otra ala
el sol se está poniendo
cuando pasa frente a mí perdiéndose de vista
hasta que reaparece
dándome la cara
y yo aparezco frente a él…
La lectura de los nueve libros que contiene Salomario (Ediciones El otro el mismo, Mérida, Venezuela, 2005) lleva implícita una emergencia: se trata de un libro que está allí para ser leído. Se trata de una aventura verbal llena de asuntos que nos tocan de cerca y nos transforman. El azar me condujo a afirmar que el lector existe en la medida de estos poemas. Que somos todo y nada, que estamos en un verso que más tarde, en la próxima página, nos inventa y nos borra.
ENCAJAR ENCAJA
(Hallazgos intervenidos)
1.-
La vida de Gladys Pirela gira alrededor de una caja. El universo entero -las cosas que deja abandonadas- termina ordenado en las cajas de Gladys Pirela. El mundo, el de los curiosos, tiene lugar en las pequeñas y grandes cajas que esta artista venezolana ha sabido elaborar para guardar los objetos que el ojo del común ve y no toma en cuenta. Las cajas de Gladys Pirela contienen las huellas de los antiguos dueños de viejas herencias. Son la muestra fehaciente de que los objetos hablan, emiten sonidos y revelan sus propias contradicciones. Una llave no tendría por qué ser pariente de la corteza seca de un viejo árbol, del que emergen la savia y el olor de su edad, la misma de la llave. Se trata entonces de una recurrente manía de la artista: recoger lo que la ciudad y el monte desechan y hacer otra experiencia, otra manera de emigrar hacia la realidad: la propuesta de Pirela, como toda aventura creativa, reclama, enrostra, pregunta, califica, interroga, desnuda a quien delante de una de sus cajas cree sabérselas todas. Son cajas cuya inocencia llevan la marca de Caín. He aquí entonces la culpa anónima, esa vibración colectiva que a diario se reelabora. Ese estigma hacia donde apuntan todos los dedos. El personaje del castigo divino cargó con sus cosas y las fue dejando como muestra de que era un exiliado, un desterrado por fuerza superior. Cada uno de esos objetos tirados a la vera de tantos dolores por ese hombre y por otros que los recogían, tiene destino en estas cajas. Es más, aquí están los objetos que nunca tuvo, porque vivía en plena emergencia. ¿Cuántas veces no somos el que se queda atrás mientras revisa un letrero, una palabra, un trozo de metal, una piedra abismal, un gancho de ropa, un ojo de vidrio, un hueso de bestia? Estas cajas encajan formas y recuerdos en la memoria de ese que la perdió ante la locura. Son cajas que animan a quien está a punto de sacudirse de la vida y entrar en otra dimensión.
2.-
En un vertedero existe una armonía que despeja los sentidos. O los contradice. Allí, con paciencia, se pueden encontrar la vida y sus defectos: las enfermedades de la modernidad, los secretos domésticos, el afán consumista y la tendencia a abandonar objetos que antes eran amados, deseados, peleados o antes anclados en alguna pared, en un rincón de la biblioteca o en el lomo curvo de una columna, dórica o no. Total: en ese sitio terminan de morir nuestras ambiciones. Y así como la mano de un artista amansa la madera y le da forma al mundo, las cosas adquieren la notoriedad que ese artista le otorga. Por eso Gladys Pirela vive sorprendida, o mejor, tomada de sorpresa por los más mínimos detalles en medio de un desierto, de la espesura del monte o de un bote donde a diario lanzamos los desperdicios que muchas veces no son tales, pero por ser lo que fueron ya no reciben el afecto de sus dueños. Pasan a otras manos y se transforman, se hacen amor y arte: cosa recuperada. Esos son los “hallazgos intervenidos” que esta artista nos regala desde el desprendimiento que todo creador debe cultivar. Porque un artista es un dador de imágenes, de colores, de sonidos, de silencios, de objetos invisibles ante la neblina de quien dice que ve y vive entre ciegos. Bien lo deja registrado Saramago en Ensayo sobre la ceguera: “Pero la ceguera no es así, dijo el otro, la ceguera dicen que es negra, Pues yo lo veo todo blanco…” Blanco o negro el mundo, esta sensación indica la presencia o la ausencia absoluta de la luz, la que bordea los cuerpos perdidos, abortados, abandonados, lanzados al basurero, al bote donde naufragan los deseos, porque ¿qué es algo dejado, tirado? Deseos de alejarse de un recuerdo, de alcanzar la libertad, de entrar en otro tiempo. Estas cajas de Gladys Pirela son eso y más. No tienen nada de Pandora, porque la caja de la mitología estaba cerrada. Contenía un misterio, alojaba el mal, la peste, el dolor, la ingrimitud del miedo. En éstas que hoy vemos y soñamos está el mundo descubierto, transformado, hecho milagro: estamos todos con nuestras caras muy lavadas, sinceros e hipócritas, bellos y feos, necios y amables, tontos y vivarachos. Todos somos esas imágenes. Alguna vez guardamos un reloj de pulsera, el ojo de cristal de una muñeca, las uñas postizas de un ángel recién llegado de un cuento, las vísceras de un unicornio desprendido de un relato de un inimaginable Arreola. O el ombligo del primer niño que llegó al mundo en medio del dinosaurio de Monterroso.
Aquí tenemos, en estos “hallazgos intervenidos”, monedas que ya no compran en la tienda, llaves oxidadas que abren otras puertas, pequeños cofres de donde salen los olores y los alaridos de alguna bestia inventada por Borges, copas con la marca de los labios de los dioses o de humanos que ya no están y que aún recuerdan en su más allá resacas y borracheras. O la elegancia de la fiesta donde bebieron. Tazas de café, cuyo aroma nos lleva a los campos de Angola, Colombia, Brasil o Barlovento. Cucharillas que conocieron el interior de muchas bocas. Y la calidad de prótesis y encías. Piedras volcánicas, rodadas o inocentes de cualquier camino dejado de transitar. Moldes y hormas de zapatos donde se ven los malos y buenos pasos de sus propietarios. Libros bulliciosos y mudos. Fotos de años idos, que regresan con sólo mirarlas. Pedazos de vidrio, de cerámica, de costras de pared donde seguramente se posó la mano del personaje de Guillermo Meneses. Cartas de amor y de desdichas. Guantes que guardan el tacto de una mano o la lisura de una piel. Hojas secas como cadáveres insepultos. En estas cajas de Gladys Pirela nos recorremos en cada uno de los objetos que las recrean. Igual, las mudanzas domésticas, las casas que quedaron atrás, los olores de un patio, los recuerdos. Porque en la superficie de un trozo de metal han quedado la huella de una palabra, un gesto, un amago, una muestra de amor o de rechazo. Los objetos también tienen sentimientos.
3.-
En estas cajas están los objetos robados por los piratas que desde su soledad oteaba Robinson Crusoe. ¿Quién va a desmentir la presencia de Daniel Defoe o de los fantasmas de los relatos de “Moll Flanders” y el “Coronel Jack” en estas cajas? Muy bien lo escribe Italo Calvino cuando recurre al Diario de Crusoe para hablar de las cosas que por sus ojos y manos pasaban: “La acumulación de detalles intenta persuadir al lector de la verdad del relato, pero expresa también de manera inmejorable el sentimiento de la importancia de cada objeto, de cada operación, de cada gesto en la situación del náufrago”. Digamos con Calvino, que Gladys Pirela estuvo en esa isla de la que se rescató y rescató las cosas que deben acompañarla a su regreso a tierra firme. Los artistas viven de la soledad, y en ella, en esa condición inmanente de isla solitaria, encuentra el propósito de su creación. Un objeto nada en la memoria, flota, sale a respirar el aire de la casa. Entra en una caja. Es encajado para mejores propósitos, menos ambiciosos que la realidad. Más sensibles, sentidos, vivos, descubiertos, hallados, intervenidos, encajados, metidos en caja, sometidos al inventario de su propia enumeración. Colocados al margen de cualquier digresión humana. Encajar encaja es una fuerte motivación vital, un buen augurio, un mensaje con destino, para acercarnos a don Mario Briceño Iragorry.
La vida de Gladys Pirela gira alrededor de muchas cajas. Dentro de ellas, ella misma, satélites terrestres, astros comunes y corrientes convertidos en espíritus animados por su curioso ímpetu.
Cajas para llevar en silencio, de regreso al mundanal ruido. Cajas, son cajas, objetos que dicen.
Foto: Henry Cedeño
Juan Gelman en japonés:
“ESCRIBIENDO CARTAS AL SILENCIO”
Una veintena de textos del poeta Juan Gelman transita por el cauce de la traducción al japonés. Son textos del autor argentino identificados con el título “Escribiendo cartas al silencio”, con presentación de Carmen Caffarel, funcionaria del Instituto Cervantes, y prólogo del académico y poeta venezolano Gregory Zambrano.
La traducción de los materiales fue realizada por Ryukichi Terao, tomados de los libros Valer la pena (2001), Relaciones (1971), Bajo la lluvia ajena (1980), Com/posiciones (1986), País que fue será (2004), Gotán (1962), Mundar (2007), Eso (1984) y Velorio del solo (1961), los cuales aparecen en el mismo orden con el que se muestran en esta nota. El libro lleva el sello del mencionado Instituto Cervantes filial Tokio, publicado en esa capital en 2009.
Precisamente, Caffarel, en ocasión de la presencia de Juan Gelman en esa región de la tierra, afirmó que “La visita de Gelman a Japón forma parte de un proyecto elaborado con la inestimable ayuda del Ministerio de Cultura del Gobierno de España, que ha llevado al poeta a las ciudades asiáticas con presencia del Instituto Cervantes: Nueva Delhi, Shanghái, Pekín, Manila y Tokio”.
Destacó Carmen Caffarel que los textos publicados por el Instituto Cervantes, en edición bilingüe, fueron leídos por él en Tokio. “Se trata de una muestra de algunos de los temas frecuentes en su poesía: la reflexión sobre el oficio de escribir, la vida cotidiana, el exilio, los afectos familiares y la defensa de valores universales como la justicia y la solidaridad”.
2.-
Un viaje largo hasta el otro lado del globo. En él van los poemas de Gelman. Llevan la inexorable marca de su existencia, de su vivir y sufrir, de su goce y de sus sueños. Son los poemas de su país, los textos de su desgarradura. A la mano de cualquier lector, están ahora en japonés, para que los lectores de la antípoda puedan acercarse y tocar los verbos, el calor de América Latina a través de este hombre que ha escrito: “Bajo el sol doble dela furia y la pena/ la vida sigue. / La vida sigue bajo el sol/ doble de la furia y la pena. / Sigue la vida y gira/ el sol doble de la furia y la pena. /es un recurso amar a un árbol/ y otras humillaciones del paisaje. / El esplendor del tiempo respira/ en el hombro de una mujer. / Se alejan sus pensamientos que/ no quieren ser vistos. El sueño/ cierra la puerta para/ que empiece otro”. Se trata del primer poema del volumen que llega en japonés a aquellos ámbitos y retorna ileso, feliz de andar en extraños sonidos igualmente poéticos.
En tal sentido, el poeta merideño de Venezuela, Gregory Zambrano, quien pasó una buena temporada en Tokio, escribió una nota de entrada para esta bella experiencia nipona: “La vida, la muerte, lo adioses, la pérdida, el encuentro, constatan el paso del tiempo. La huella que se queda grabada en la memoria guarda su lugar en la historia, va de uno a otro continente y deviene hilo luminoso, río de muchos deltas, sin fronteras, sin orillas”.
De allí, entonces, que Gelman, tan acontecido por la vida, sea el germen de su propio verbo, de su cadencia idiomática, de su herida abierta, recién abierta. Por eso dice: “La muerte no comercia. / Tu saliva está fría y pesás/ menos que mi deseo”.
3.-
En estas casi sesenta páginas donde el español y el japonés se juntan a través de la poesía de este poeta de nuestro continente, ambulan las ganas y los desganos de un tiempo que también viaja a saltos. Se trata de un poemario que recorre sinsabores, pero también alegrías que, si bien no cabalgan sobre los versos, atienden al silencio de su espesura. Un día escribió: “me echaron de palacio/ no me importó/ me desterraron de mi tierra/ caminé por la tierra/ me deportaron de mi lengua/ ella me acompañó/ me apartaste de vos/ y / se me apagan los huesos/ me abrasan llamas vivas/ estoy expulsado de mí/. Alguien lo pudo haber escrito desde yehuda al-harizi, por allá entre los años 1170-1237 en Toledo-provenza-palestina, por señalar la firma que al final coloca Gelman. ¿Será acaso una voz escondida, recóndita, árabe al fin, para que la sangre siga su curso en el río poético que lo designa?
Estas cartas al silencio, lanzadas al aire desde Japón, nos llegan hasta la puerta de nuestras casas y allí se estacionan para hacernos levitar y retornar a la tierra con más fuerza.
Que lo destaque Gregory Zambrano para celebrarlo: “Todo en Gelman decanta la sabiduría de quien ha visto pasar los días y sus noches en constante vigilia. Así como los ríos en su fluir incesante, el poeta nunca deja de iluminar el paso sobre la tierra no hollada, llevando su música entre la sutiliza y el estruendo”.
Buena ocasión para celebrar con un mate y un buen vaso de awamori.
PREGUNTAS CON ANTONIO GAMONEDA
Brevísimo encuentro con el Premio Cervantes 2006
1.-
Los pasillos improvisados de la 10ª Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, el pasado 7 de noviembre de 2009, estaban a reventar. El Centro Comercial Metrópolis de la ciudad de Valencia era un hervidero de gente en la parte más baja de su estructura. Un largo corredor avisaba al fondo de que algo estaba ocurriendo en ese lugar. Salían y entraban con bolsas o con un libro bajo el brazo. En los cubículos se anunciaban los encuentros con los invitados especiales. En uno de ellos está Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2006, también Premio Nacional de Poesía de España 1988 y Premio Castilla y León de las Letras 1985.
Es un hombre mayor, con

una cabeza inmensa y unas cejas pobladas. Sonríe como si llorara. Un poco antes de su participación en el homenaje a Rafael Cadenas, en el cual leyeron juntos, me le acerco con cierta timidez y lo abordo. Me recibe con la misma sonrisa de llorar y le extiendo la mano. Se trata de la misma mano de aquella “pausa mortal” del poema que lleva, precisamente, “Manos” como nombre. Lo invito a conversar brevemente porque en pocos instantes lo llamarán a leer. “Podemos hablar de pie, es más vital”, me dice.
-Usted dijo una vez que la poesía lo había enseñado a leer en medio de la guerra.
-La poesía me enseñó a leer, me enseñó las primeras letras y muchas otras más, en medio del dolor de ver la muerte en las calles. Es una forma muy dura de hacerlo, pero así sucedió.
-¿Ese aprendizaje lo condujo a afirmar que sus “únicas pasiones eran la pobreza/ y la lluvia”?
-Traes a este momento unas imágenes
que me siguen conmoviendo. Sí, por esos trechos va la vida que he vivido. La pobreza la viví. La lluvia la sentía en medio de esa realidad.
-Poeta, imagino que “Ahora “siente” la pureza de los límites/ y “su” pasión no existiría/ si dejase su nombre”.
-Vaya, vuelves con el poema…
-Sí, es “Aún”, que aparece en el Libro del frío.
-Ummm. A esta altura siento eso… quedan huellas, rastros. Uno no termina de morir…siempre hay algo allí que respira, que nos respira en los oídos.
2.-
Edda Armas le hace señas para que se acerque. Lo invita a la mesa donde ya se encuentra el poeta Rafael Cadenas. Entonces el viejo escritor me roza el brazo derecho y me dice con un gesto que debe marcharse. Lo dejo ir. Me han quedado muchas preguntas en la boca, en la punta de la lengua. Pasadas varias semanas luego de este encuentro, apareció una nota que señalaba la desaparición del manuscrito de un libro en la capital de Cataluña, al respecto, recuerdo una entrevista con Elena Hevia en el diario El Periódico de Barcelona. Allí el poeta dijo a propósito de ese tema: “Eran unos folios, escritos a pluma en una carpeta negra de Bankinter con unas flores que yo mismo dibujé. No los había pasado todavía al ordenador. Son poemas que se hacen sin conciencia de lo que se hace y si se pierden es para siempre”.
Comienza la lectura. Gamoneda lee pausadamente. Cadenas también. Entran y salen de sus imágenes. Se miran y juegan con las páginas que auscultan. Gamoneda con un grueso libro y el venezolano con una carpeta donde guarda celosamente lo que trajo para este encuentro.
3.-
Con los aplausos me le acerco de nuevo al poeta leonés y le doy las gracias por la cortísima conversación y le añado a la despedida otro deseo de que no se vaya aún de mi lado:
-Hay un texto suyo titulado “Sábado”, aquí lo tengo junto con otros anotados en un papel –le espeto- donde habla de una etapa de la vida. Dice: “Así es la luz de la vejez, / así la aparición de las heridas blancas”. Más adelante, en uno que se me ocurre suelto y en el poema “Vi lavandas sumergidas”, añade: // Esto era el destino: / llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua. // Así es la vejez: claridad sin descanso”. Esa insistencia, ese decir, ¿qué nos dice y qué no nos dice?
-Mucho. Estoy viejo y cada día que pasa hay más luz. Algo dice de la experiencia que pueda significar la muerte.
Me disculpo por haberlo abordado de esa manera y vuelve a sonreír con el mismo gesto de llorar. Se aleja acompañado de quien creo es su esposa. Siento que es la primera y última vez. Que ese hombre lejano, que habla el mismo idioma y lo hace con tanta propiedad, se quedará en mis ojos, en mi memoria. Siento que ya no estará cerca de mi impertinencia. Al verlo sonreír, busco, más tarde, con mucho afán, el poema “La memoria es mortal”: “Algunas tardes me sorprendo/ lejos de mí, llorando”. Y entonces entiendo su sonrisa, sus ojos caídos, tristes. Tanta pobreza en el pasado, tanta guerra y, después, tanta belleza.
Fotos: Alberto H. Cobo
EL ESCORPIÓN DE CERA
Esos barrancos y bajíos merideños, todos, hablan. Y lo hacen con una gracia que sólo es posible oír en cada esquina del tiempo o en cada silencio de los lugares donde se asienta la materia de la tradición, las voces del pasado y la forma de ciertos instantes, porque si el humor no acepta esta afirmación, no es recomendable que se lea este libro de Gonzalo Fragui, El escorpión de cera (Ediciones Cooperativa Librería Ifigenia, Centro Nacional del Libro, Mérida 2009), con el cual el autor obtuvo el Premio del Concurso de Crónica 2008 IV Bienal Orlando Araujo.
Este es libro ajeno y propio. Mejor, es el libro de los otros, de los que andan por allí lanzando inteligencias, mordacidades, ingenuidades brillantes, sazones picantes, expresiones para respirar hondo. En fin, es un cronicario donde merideños, barineses y trujillanos, pero más los primeros, se solazan en las páginas de este invencionero y fabulador de la cordillera andina, quien se dio a la tarea de “buscarle la lengua” a vivos y muertos y hacerlos protagonistas de un título que hoy nos viene como anillo al dedo, porque nos estaba invadiendo la certeza de que muchísimas veces no somos una verdad. O al contrario, o como sea.
2.-
Aricagua, Campo Elías, Bailadores, Tostós, Mucutuy, Mucuchachí, Mérida, Mucuchíes, Mocomboco, El Paradero, Caparo, Calderas, Quebrada del Barro, Niquitao, Pregonero, Altamira de Cáceres, Mijará, Chacantá, El Achote y Mesa de Quintero son algunos de los espacios geográficos donde se mueven estos artificios verbales que hacen de Fragui un buscador de asombros, sorpresas y trozos de abandonos (pocos escribidores se encargan de hacerse de estas sabrosas salidas de la gente, de los habitantes y moradores de aquellos parajes extraviados), que suelen andar de boca en boca, de oído en oído. He aquí entonces que este poeta trocado en registrador de costumbres sea el portador de buenas nuevas a través de estas hojas volantes convertidas en libro.
El pequeño tomo que Fragui se encargó de alimentar comienza con una elegante travesura producto de la imaginación de Don Chon, un personaje merideño de quien se pueden esperar muchos arranques, como éste: “Aquí en Mucutuy cada quien es feliz con su tristeza”. El lector podrá advertir que no se trata de tristezas, sino de una tristeza que podría ser permanente, sin embargo, en su pueblo la gente, “cada quien”, lleva su felicidad siempre. Es feliz, pues. Más allá de la tristeza. Más vale que no hubiese explicado nada. Seguro me metí en un problema. Ocurre que cuando eso pasa, el producto se daña, se “echa a perder”. Pero nada, Don Chon nos deja sin vista y contentos por la bella, elegante, honda y andina salida.
3.-
De los textos, nada que contar. Ellos se cuentan. Decir que son magistrales, toda vez que quienes los pronuncian, los dicen, los alardean algunos y los musitan otros, porque se trata de expresiones no elaboradas, no premeditadas para que se consagren como lujo de vitrina sino como revelaciones para el común, para que todo el mundo las haga propias, suyas, por decir lo que muchísimos cristianos podrían afirmar, tienen la gracia de hacerlo con gracia. En verdad, hay fragmentos universales, tanto que se quedan en sitios pequeñitos y allí echan raíces hasta quedarse sembrados en los pueblos adosados a las montañas y en sus antiguos nombres aborígenes. Se trata de una diminuta enciclopedia de metáforas e hipérboles clásicamente populares. Y digo clásicamente con toda la justicia que contiene la redonda perfección de su permanencia. Son comportamientos, figuras nada retóricas que provienen de una cultura que alguna vez se confundió con otras y quedó anclada en el imaginario, en el inconsciente colectivo, en la memoria. Y desde ella, desde esa manera de abordar el mundo, de decirlo, una suerte de felicidad pasajera, sonriente, muy propia de los pueblos que tienen tiempo para eso, porque en las grandes ciudades es imposible.
Imagino que tanto los personajes de El escorpión de cera como quien recogió o inventó sus decires y revelaciones tendrán un reclamo para con este tipo que se le ha ocurrido entrar y salir de sus verbos con algunas explicaciones innecesarias, y llevan razón. Por eso, es mejor invitar a nuestros lectores a leer esta pequeña perla titulada “La experiencia”:
“Estando grave don Rafael en su lecho de muerte, vino uno de sus hijos e intentó cambiarle un viejo crucifijo de madera por uno nuevo y plateado que le habían llevado de la ciudad.
Don Rafael, con la poca voz que le quedaba, protestó:
-Ay, mijo, déjeme este que tiene más experiencia…”
4.-
Este viaje escrito, recogido, re-creado o imaginado por Gonzalo Fragui, más allá de que los personajes estén cerca de él, respiren el mismo aire, en el sentido de que él es también ellos, forma parte de esa deliciosa aventura vital que nos aproxima a la eternidad mientras vivamos. No hay nada más refrescante que mirarle los ojos a un viejo cuentero y dejarlo correr sobre el lomo de sus propias imaginaciones. En este sentido, cerramos este capítulo merideño con esta densa y sabrosa melaza titulada “Sonrisas”:
“El fotógrafo Tolele viaja todos los fines de semana por los pueblos andinos con su cámara fotográfica retratando campesinos. Un sábado, por los lados de Capurí vio a una amable anciana a quien le pidió permiso para fotografiarla. Ella aceptó pero permaneció muy seria. Después de varias fotos, Tlele le pidió que le regalara una sonrisa. Ella dijo que no. ¿Por qué?, le preguntó amorosamente el fotógrafo.
-Porque mis sonrisas son muy caras, dijo y se sonrió.
Tenía dos dientes de oro”.
Buen retrato, digo, provecho. Que este libro, como me sucedió a mí, lo lleve por los mismos caminos de estos señores cuyos dones leemos de mano del también don Gonzalo Fragui.
Foto: En la gráfica de Silvia González: Alberto Hernández y Gonzalo Fragui.
EL HORIZONTE DE LAS PALABRAS:
La literatura hispanoamericana en perspectiva japonesa
(Conversaciones con académicos y traductores)
1.-
El avión que lleva al poeta y académico venezolano vira hacia un espacio donde las palabras se reencuentran. Se ven cara a cara. Se hacen dos idiomas totalmente separados, pero a la vez hermanados gracias a la poesía, a las voces que cuentan, a las que revisan sus secretos. Más allá de cualquier raya en la distancia, aparece otro mundo, las llamadas antípodas, el mundo del otro lado de la tierra. Gregory Zambrano, viajero impenitente gracias a sus logros universitarios, vuela sobre el globo terráqueo: lo espera la cultura del Sol Naciente, lo espera la enigmática Japón, una tierra plena de islas en medio de un mar de ruidos y silencios, inviernos y veranos que hincan más en el alma que en la piel. Una vez en ese lugar, gracias al Instituto Cervantes de Tokio y a la Fundación Japón, quienes tomaron como becario a nuestro poeta, gracias también a las bondades del Programa de Estudios Japoneses, Gregory Zambrano se dedicó a estudiar, a dar clases, pero sobre todo a aprender de aquella gente de ojos rasgados, de piel clara de sol marcada por los trazos delineadores del talco de la memoria.
De esa experiencia -que duró un año-, el investigador logró entrevistar a un importante grupo de académicos y traductores nipones, dedicado a bucear en la literatura y cultura nuestras. Digamos que Gregory Zambrano fue a revisarse -a pasar por el tamiz de variadas opiniones que le rozaban el espíritu, los cartílagos de su nacionalidad americana- las ansias de saberse también mundo, universo, pluralidad. Pues bien, por esa pasión buscadora Zambrano produjo el libro El horizonte de las palabras:la literatura hispanoamericana en perspectiva japonesa (Conversaciones con académicos y traductores), editado en Tokio en 2009 por el mencionado Instituto de la capital de ese lejano y bello país asiático.
2.-
La aventura de este libro comienza con unas palabras del autor en las que destaca la presencia de la Asociación Japonesa de Hispanistas, creada en 1955, y que “cuenta con unos 400 hispanistas japoneses y extranjeros residentes en Japón”. Otro dato nos acerca a la Asociación Japonesa de Estudios Latinoamericanos, entre otras. De modo que estamos hablando de una importante población académica dedicada a la cultura de nuestro continente, a nuestra lengua, a nuestra literatura. Cuenta Zambrano que del trabajo de ambas instituciones han nacido las traducciones de libros de García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Cortázar, Neruda, Onetti, Fuentes, Puig, Arguedas, entre otros más. Esta labor comenzó en los años sesenta. De modo que se trata de un largo trecho que ha dado como resultado el acercamiento entre dos mundos que ya se reconocen. Por eso dice Zambrano en la presentación: “Estas conversaciones revelan la disposición y el ánimo tendientes a fortalecer el estudio de la lengua castellana y a impulsar en las jóvenes generaciones de japoneses el rico legado de la cultura hispánica”.
3.-
No supimos la hora de los encuentros. Ni el lugar o los lugares, pero Gregory Zambrano logró hablar con Tadashi Tsuzumi, un viejo profesor de la Universidad Hosei de Tokio, quien ha traducido de Carpentier Guerra del tiempo, Concierto barroco, Los pasos perdidos; de García Márquez Cien años de soledad, El otoño del patriarca, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. También ha trabajado a Puig, Borges y Onetti. Zambrano estableció una plática fluida y abierta con este hombre que sabe mucho de nosotros. Fumiaki Noya es otro de los contactados para esta obra. Es profesor de la Universidad de Tokio en la Facultad de Filosofía y Letras en la Escuela de Postgrado de Humanidades y Sociología. Ha traducido a García Márquez (Crónica de una muerte anunciada), a Cortázar (Queremos tanto a Glenda), a Vargas Llosa (La tía Julia y el escribidor), a Borges (Siete noches), a Paz (Águila o sol), a Neruda (Alturas de Machu Picchu), a José Donoso, etc.
En estas páginas también están Yoko Imai quien trabaja en la Universidad de Kyoto Sangyo en literatura latinoamericana. Es graduada en Lenguas Extranjeras en Osaka, Departamento de Español. Esta mujer tiene una relación estrecha con Argentina, con Madrid y con Chile. Ha escrito sobre Cortázar, Donoso, Isabel Allende y Juan Rulfo. Con el traductor Akira Sugiyama el discurso también es fluido y denso. Este japonés nació en Perú. Vive en Tokio. Ha hecho doctorados en Japón, México y España. Es profesor en la Universidad Seisen. Y ha trabajado a Vargas Llosa (La ciudad y los perros), Rulfo (Pedro Páramo, El llano en llamas), Arguedas (Los ríos profundos, Yawar fiesta), Rodrigo Rey Rosa (Que me maten si…, El salvador de buques, La orilla africana)…
4.-
Más adelante conversan con Gregory Zambrano Noriaki Takabayashi Iwasaki, quien también ha trabajado temas de autores de nuestro patio, corrientes como el realismo mágico, para ubicar a Asturias en Guatemala, entre otras personalidades del mundo de las letras. Ayako Saitou es profesora de la Universidad de Tokio. Hizo un Máster en Arte en Estados Unidos. Ha escrito sobre la literatura latinoamericana y ha elaborado antologías de novelas de autoras como Luisa Valenzuela, entre otras. Cernuda fue traducido al japonés por esta mujer.
Otros entrevistados fueron Takaatsu Yanagihara, Kenji Matsumoto, Makoto Onishi y Ryukichi Terao, quienes también han estudiado y escrito sobre nuestros escritores, secretos y enigmas culturales.
Muy bien lo dijo Gregory Zambrano en la entrada a su libro: “Nuevos escritores han visto sus obras traducidas y han podido visitar el “país del sol naciente” gracias al apoyo de diversas instituciones, entre ellas muy especialmente la Fundación Japón. La labor emprendida por tantos académicos y traductores, con soporte institucional, ha tenido continuidad en el tiempo y se ha visto reforzada en los últimos años gracias al Instituto Cervantes, cuya sede en Tokio ha acogido a un conjunto apreciable de escritores representativos de América Latina y ha propiciado encuentros para la difusión de las letras…”.
Si bien el autor más traducido en Japón es García Márquez, también es cierto que el resto de América Latina ha aportado una gran cantidad de nombres notables, ya celebrados en Occidente, pero también de autores menos consagrados, quienes en Japón han comenzado a ser pronunciados.
CANTARES DIGESTOS
(Relectura)
Culte de moi: prefiguración del yo, demostración de un paisaje interior que rasga las imágenes del afuera. Culto a la incesante búsqueda de esa silueta que a veces se borra. O es tiempo en cada declaración.
La verdad superior que expresaba Sören Kierkegaard se deposita en los pliegues del yo poético, una suerte de absurdo que desvanece la verdadera personalidad de quien poetiza la “realidad” mediante la ironía.
Cantares digestos, de Luis Moreno Villamediana, poemario publicado por la editorial merideña Mucuglifo en 1996, se muestra con un discurso proteicamente centrado en ciertos rasgos en los que el cuerpo busca al dueño del que habla, suerte de extraviado asido a un epígrafe/horma que se ajusta a una declaración de José Durand: “Desde entonces me llamo Luis y como tal sigo perdido”.
“En el baño”, texto que abre el libro, dice:
estoy ahora en territorio inédito,
en un cuarto pequeño y diseñado
a fuerza de azulejos, grifos cañerías;
me dirijo al espejo
y veo mi nariz sin obstáculos,
roja y abultada
como un desconocido promontorio…
El lenguaje se ovilla en sus sonidos y da a conocer las imágenes en la noción de un pasado hecho presente, libre; el ego utópico, inalcanzado en su plena solvencia. El yo de quien dice se confunde con los objetos ante los ojos que miran desde el espejo y se revela en el “promontorio” por donde también ingresan las formas del mundo. La “desolación”, los olores, el cuerpo que se deshace y se convierte en emanación de un poema. El poeta luce una sintaxis viva, flexible, que se mueve con la lectura.
Ese mismo reflejo está en “Definición de la persona”. Si bien en el texto anterior el espejo define, en este poema “alguien” se somete a una confesión o a una mirada ajena desde “quienes desean verme en una mesa, / desierto y disecado”. El culto al yo, el manoseo a esa primera persona que viaja y “sigue allí atento, / en espera de mí, / que voy siempre a otra parte”. ¿Cómo separar esa transpiración interior, ese apego íntimo de lo que acontece más allá de los sentidos? ¿Cómo hacer para no dejar de ubicarse, si “estoy mirándome/ juego a verme en medio de las plantas, / secretamente solo entre tanta clorofila…”? No hay nada más íngrimo que el yo.
2.-
Los viajes realizados por el autor, travesías de lenguaje, tocan ensayos cotidianos, prácticas en las que las confesiones son un escudo o una justificación para elaborar el universo discursivo. Moreno habla desde un él encubierto, hecho yo desmitificado. En el diván está el libro, el poema, salvado por la fuerza de la ironía, áspera ironía que a la vez distancia la sinceridad que muchas veces Blanchot digiere con la escritura, pasmo vital, anulación de la otra cara del texto: la que no dice, la que calla.
La poesía de Moreno Villamediana nada descarta. La suciedad, la putrefacción, los olores del cuerpo, la “cochinada”, pero también los “milagros” andan sueltos por estos versos. “nací como bacteria/ y poco a poco/ fui un arbusto y un pez; / regreso al barro cada tantos meses;/ siendo lodo en la sangre/ y en la boca/ la saliva poluta; / soy un héroe en el charco,/ presto me siento/ para una cochinada y dos milagros,/ como sólo lavarme con esputos,/ como hacer limpia el alba a fuerza de asco,/ como hacerme otro Adán desde la arcilla”.
3.-
Al decir, el poeta se enmascara. Decimos con encubrimiento. Las confesiones son eso: la acechanza de una voz que lucha por salir, hasta que finalmente encuentra territorio para recorrer la mirada, anclada en cualquier tiempo.
Este libro de Moreno Villamediana impone esas medidas. Para el poeta, la voz siempre será un detrás de la máscara, que es el yo convertido en sonido, en palabras. Decimos yo para disiparnos. Para encontrarnos con un cuerpo que cambia, que pierde los miembros y la piel. La escritura funciona como instrumento de verificación. Atiende a esa culpa que detrás de la máscara confluye en todas las pérdidas.
“no me interesa para nada morir pronto, / que los árboles crezcan con otra mierda, / que me esperen/ si requieren acaso un abono especial”, desde el mismo nombre del poeta (Luis), quien fabrica la pestilencia para que la vida tenga espacio. Desde ese ángulo, a veces impreciso, una intensa necesidad de hacer de la muerte una presencia inútil, sólo imagen desde la perspectiva de quien también tiene en la voz lugar para la salvación.
4.-
El juego con la naturaleza, con personajes opacos, expresamente, de una historia desvencijada, se sustenta en este libro con la presencia de planos simbólicos, lúdicos. La palabra, bien que nos hace y deshace, sigue el curso del extrañamiento. Para eso está el yo, para salvar la sombra donde la existencia es sólo una gran aventura, íntima o universal, aventada por todas las pasiones y desmembramientos.
En “Decreto de los ángeles”, el autor confirma la identidad del extraviado que no tiene lugar para la eternidad. O para la vida, la que ciñe la carne y la envejece. Así: “luis:/ después de reunirnos, convocados/ por una nota en los diarios de ayer,/ decidimos/ por propia voluntad/ comunicarle/ que no hay nada que usted haga que pueda vencer la/ resistencia/ de la gran mayoría de nosotros,/ referente a su próxima venida:/ no se mate usted mucho, ¿para qué?,/ lo que usted consiga/ no podrá convencernos de su sinceridad,/ de manera que, Luis,/ ahórrese molestias o disgustos,/ porque usted/ es meramente humano y no tendrá/ cabida en nuestro cielo;/ firmado/ los ángeles completos,/ los enemigos suyos”. ¿Quiénes son esos ángeles excluyentes? ¿Qué yo plural es ese que le niega la “sinceridad” a un humano, a un simple sujeto?
5.-
Cantares digestos congrega una única voz: la del desolado, la de quien es uno y se disgrega en su íntima mutilación en un pedazo de tierra de muertos que afirma y reafirma como suyo: “aquí he nacido, pero aquí no vivo, / mis huesos se pasean/ por donde el viento enfila frío entre las casas,/ doy un paso y consigo un lado en hielo,/ doy otro paso y hallo un alto edificio de anónimos cadáveres/ que no entran en mi vida…”. El personaje, aquel José Durand, que es el Moreno Villamediana de estas páginas, se desdibuja en cada verso, hasta el final del poemario, donde ha perdido los huesos y se ha convertido en una suerte de presencia minúscula, Gregorio Samsa microscópico, “organismo sin brazos”, larva consciente.
El sujeto de este viaje no se agota en la última página, regresa a la primera y vuelve a su yo.
FOTO: Silvia González.
CHA MA RIO
A lo largo de nuestra amada geografía,
con una vivacidad tal vez mayor que en otras tierras,
conviven varios millones de chamitos.
Eugenio Montejo.
1.-
A Eduardo Polo no se le despega de la memoria Puerto Malo, el pueblito costero de Blas Coll. Y no lo hace porque en medio de su afán por escribir papeles dejó unos que el viejo tipógrafo convirtió en libro. Los poemitas se hicieron un tomo con un nombre muy singular, toda vez que atiende a la gracia de los muchachos que llenan las calles y los parques con sus gritos y juegos. Pues bien, Chamario, que así se titula el libro, en atención a aquella voz venezolana que siempre anda de boca en boca en la boca de adultos y adolescentes, y que se ha convertido en un vocativo la mar de simpático. La palabra chamo, cercana a chaval y a chamaco proviene de muchacho. De modo que se trata de una suerte de apócope que concentra todos los sentimientos que alberga el corazón de un carajito de esos que viven imaginando, inventando y creando mundos y palabras nuevas, como lo ha hecho Eduardo Polo, uno de los heterónimos de aquel otro muchacho llamado Eugenio Montejo, quien desde la distancia de su ausencia sigue armando rompecabezas, palabras, dameros y juegos para espantar el fantasma del olvido.
Entonces Chamario (publicado por Ediciones Ekaré, Caracas 2007) es un bosque de hojitas escritas por un mago, por un tipo que le saca tripas a un garrote y es capaz de soñar bajo el agua. Es que este hombre, traducido por el talento de Montejo se ha subido a la nube donde estos textos sacuden la modorra a los niños y a los viejos.
2.-
Son veinte los juegos. Veinte son los poemas que juegan con la imaginación de quien los lee. Son poemas que Eduardo Polo dejó por ahí y Blas Coll hizo páginas para regarlos por todo el mundo. Así, Eugenio Montejo -al lado del fantasma juguetón y mago- dejó dicho, para gloria de quienes lo leemos, estas palabras: “En la mágica cartilla de sus rimas quiso Eduardo Polo celebrar unas y otras, mediante juegos de lenguaje capaces de proponer a sus jóvenes lectores algunas líneas que los hagan soñar o sonreír”. Y en verdad, más allá de la edad del lector, nos hace soñar y jugar.
¿Quién no esboza una ligera sonrisa cuando lee que un tren se repite, no en el sonido de la máquina locomotora sino en el mismo nombre del tren? El lector viaja en la reiteración, visita lugares una vez que se monta en el aparato, gracias a la insistencia del autor. Sintamos la brisa, la velocidad del ferrocarril en esta estrofa cuyos versos contienen el carbón que alimenta la carrera de la travesía de quien escribió y ahora lee el poema:
Por la puerta de mi casa
Va pasando un tren-tren-tren.
Si se para, yo me monto
Y a ti te monto también.
O éste en el que el cuerpo del tren pasa repartido en un paisaje alegre y lleno de colores, donde los pasajeros son los protagonistas:
Sus vagones son veloces,
los viajeros no se ven.
Si se para, yo me monto
y a ti te monto también.
Los chamos que lo leen en voz alta invitan a una persona que está tumbada en una cama o en un sofá, con la imaginación abierta, presta a ingresar en el tren y disfrutar de la velocidad entre árboles, lagos que se ven por las ventanillas, pájaros y caballos que vuelan y corren al mismo ritmo del sonido que emerge alegre del motor de la máquina.
3.-
Un poema loco, “La bicicleta”, ha sido y es motivo de risa en los nietos. En los que se sientan alrededor de quien los ilumina con la voz. El autor corta el sustantivo en dos trozos, como una torta, y hace que se convierta en dos significados. Es un poema loquito, sabroso y muy inteligente. Vamos a tenerlo presente aquí:
La bici sigue la cleta
por una ave siempre nida
y una trom suena su peta…
¡Qué canción tan perseguida¡
El ferro sigue el carril
por el alti casi plano
como el pere sigue al jil
y el otoño a su verano.
Detrás del hori va el zonte,
detrás del ele va el fante,
corren juntos por el monte
y a veces más adelante.
Allá va el corazón
en aero plano plano
y con él va la canción
escrita en caste muy llano.
Si usted, chamo o chamita, está dispuesto o dispuesta a seguir el juego, los invito a no salirse de estas páginas. Podrán encontrarse con su lado tierno y juguetón. Podrán regresar, en caso de que ya no sean tan chamos, al patio de la casa, a los libros que siempre tuvo cerca, a las canciones de ronda o a los cuentos nocturnos que nos hacían temblar a la hora de dormir. Claro, en estas páginas no están esos relatos. Aquí lo que hay es invento, una locura suave y alegre, tierna, propia de un poeta que nunca dejó de ser un chamito, un carajito, un niño.
Chamario tiene más poemas, más recreaciones, más sonidos para compartir, pero vamos a dejarlo hasta aquí (para que usted o tú, claro) tengan tiempo de buscar el libro y llevarlo a la casa como una mascota, como un animalito de compañía. Porque se trata, en efecto, de un libro vivo donde Eduardo Polo se vale de todos los trucos para no abandonar a quienes ya son sus cómplices.
En algún lugar del cosmos está Eugenio Montejo, jugando con las nubes que caen en el patio donde un niño con sus ojos y sus manos canta y sueña con rimas y trabalenguas. En algún lugar Eugenio Montejo inventa bochinches literarios, imágenes para comer, esas que tienen sabores y colores.
De los colores, precisamente, se encargó el ilustrador Arnal Ballester, quien aportó sus pigmentos para darle más magia a este pequeño mundo de sonidos.
Dos lecturas de Miguel Ángel Campos:
INCREDULIDAD/ LA FE DE LOS TRAIDORES
Miguel Ángel Campos entra y sale airoso de las aventuras que emprende con sus libros. Y lo hace con una elegancia que lleva a los lectores a congraciarse con algunas de las vertientes que, por muy alejadas del humor de quien se enfrasca en sus páginas, podrían escalar el desacuerdo o la perfidia del retrato que nos muestra. Campos magistralmente sabe tomar de la mano al lector: su lado académico se ve pulsado por una prosa que no se desliga de la realidad cercana, tanto en el tiempo como en la geografía. En Incredulidad (Ediciones IVIC y Unica, Maracaibo, 2009) el autor trujillano radicado en la capital del Zulia se pasea por una serie de temas que tienen un tronco común: el país, ciertos personajes e ideas que resaltan el apego del estudioso a nuestros más urgentes asuntos relacionados con la política, la historia, la cultura, la literatura y la sociología. Se trata de un compendio de emociones que emergen de la mirada a un paisaje real y de las páginas de las miles de lecturas de un hombre dedicado a nadar y a naufragar entre libros.
En el primer trabajo, “Incredulidad”, precisamente, se vierte el sabor y saber de una lectura que viaja por parte de la extravagancia de nuestro continente. Del asomo a una “encantadora descripción naturalista”, nuestro autor se desprende y analiza, con estas palabras, lo que representa nuestro terruño a través del pensamiento de algunos hombres, de las luchas y descubrimientos de otros. Así: “El siglo XIX es seductor por el ruido de las ciudades, por la pretensión de unos ciudadanos queriendo serlo sin serlo, e incluso fingiendo serlo”. Esta afirmación pareciera suficiente para describir lo que siempre hemos sido: un proyecto de arraigo, una suerte de vaivén humano, una inestabilidad recurrente. En efecto, Campos abre la puerta a un estudio que nos lleva a “entender la vocación formalista de los hombres alfabetizados de la República”, los de la “obsesión constitucionalista”, quienes destacan más el carácter de patria chica, donde se asoman la inclinación personalista, caudillista. En lugar de hacer del mapa una lista de propuestas para alejar la guerra y convertir la tierra más próxima al espíritu en recuento de contemporaneidad. Si bien no se trata de detener en el tiempo el carácter interiorano de un país, es bueno dejar sentado que ese mismo país sigue siendo una escritura, una lectura de las viejas crónicas o de una novela donde un personaje recuerda el pasado, imágenes borrosas de un territorio que ya no calza con la realidad.
No deja Miguel Ángel Campos de lado los signos que continúan trazando el imaginario nacional. Precisamente, en este año bicentenario, el tema de la Independencia aparece recurrentemente en estos trabajos del académico trujillano. Dice así: “Desde los días de la Independencia, movilizando a los venezolanos por todo el continente, hasta la Guerra Federal, que nos descubre como regionalidades, la expedición nos marca y nos detiene, nos ancla”. Sin alejarse mucho del ensayo anterior, en este, “Entre la carretera y los árboles: el río”, Campos destaca el carácter de exiliado del nacido en esta tierra. Eso deriva en recuerdos, en dibujos de un país que se ha quedado detenido en quien a diario va y viene de su tierra chica. En este trabajo, campo y ciudad se unen a través de una sierpe de asfalto desde cuyo lomo podemos ver el paisaje que se mueve, mientras dejamos atrás la patria chica, “un pedazo de tierra, unos árboles a la orilla del río”. Cierta informalidad nos acerca más al autor y nos inclina a favorecer la nostalgia de estas líneas.
Todo este libro toca ese aspecto, adobado con personajes del patio y de otras regiones de la cultura de Campos. Así, ideas y tierra andan juntos, no revueltos, por aquello de las aristas que los mismos protagonistas del tiempo se encargan de sacar a flote: Incredulidad es una indagación donde la historia política se vertebra con algunos títulos y autores de nuestra literatura. Allí están Ramos Sucre, Mariño Palacio, Meneses, la novela del petróleo, Garmendia, pero también Felipe Pirela, entre otros invitados de honor a estas páginas. Definitivamente, el ruido de las ciudades nos encara con el mismo mundanal que Rubén Darío hace muesca en la conciencia de los sonámbulos. No obstante, el terruño sigue “en el corazón donde encuentra espacio una estadía fugaz, una madre en busca de sosiego”.
2.-
Llegamos a La fe de los traidores (Ediciones IVIC y Astro Data, S.A. Maracaibo, 2010). Este es un libro donde Miguel Ángel Campos se congrega en la misma mesa con “Julio César Salas, Vallenilla Lanz, Picón Salas y Mario Briceño Iragorry, a quienes interroga, estudia y analiza para luego entrar en el ensayo que le da título al libro. Un poco antes, Miguel Gomes ensaya sobre Campos y su manera de abordar su trabajo. Afirma Gomes: “El de Campos es un nuevo ensayismo de lo nacional pero, por fortuna, no un nuevo ensayismo nacionalista (y por nacionalismo entiendo un aparato de fórmulas para encaminar a la comunidad a los disimulados rediles de ciertos grupos o ciertas personalidades que la explotan”. Esta certeza se puede confirmar en el libro anterior y en éste donde –precisamente— los personajes estudiados han tenido también la intención no de hacer del país un destino que no se “mira hacia dentro”. En este trabajo la mal definida ciudadanía corrompe la misma nacionalidad, toda vez que aún no sabemos hacia donde conduce este empeño de siempre torcer el rumbo sin rumbo.
La república es un titubeo, un refranero que se mira en una historia/ tinglado donde los personajes que ella alberga representan un vacío de valores que, como ha formulado Mario Briceño Iragorry y ha destacado Campos, nos conducen a un prototipo mañoso. Una muestra de esta visión ha quedado en la afirmación de Núñez de Cáceres, según la cual “a Venezuela le han hecho más daño sus doctores que sus generales”.
—La afirmación, dice Campos, “desborda su marco pintoresco y adquiere aspecto solemne en la adhesión que de ella hace Briceño Iragorry, y en su discurso se torna ya juicio autorizado, sobrevive a la atmósfera pseudoaguda que la contiene y se instala subrepticia en el análisis canónico”.
Como conclusión, Campos deja dicho: “El alma dividida de doctores y traidores encuentra en el abandono lánguido de la multitud su más remoto y fiel movilizador, pero esto resultaba muy áspero para quien había constatado las perversiones en el ejercicio activo del poder y no en las defecciones de la propia sociedad, que había diagnosticado el mal como conducta y no como tendencia”.
Dos libros que valen una lectura para entendernos, para sacar el santo y el demonio que llevamos a cuestas. Dos trabajos que merecen andar en la permanencia del viaje de un país que no termina de domar su locura. Dos libros —más allá de esta lectura saltarina— que son un trozo de tierra, con leyes que nos subsumen en su mal tratamiento y en la costumbre de no terminar de ser lo que supuestamente queremos ser.
En este estudio Campos desnuda la vulnerabilidad de una nación que no ha sabido adentrarse en sus propias falencias, sólo hacerlas revelación milagrera mediante la construcción de una imagen de país que no ha podido explicar sus propios demonios. Una pregunta formulada por Arnoldo Valero irrumpe en medio de la lectura de este relevante ensayista venezolano: “¿Cuál ha sido la constante en la (des)estructuración de la nación venezolana?” El mismo Valero agrega que se trata de una respuesta difícil, por eso escribe que “En las interpretaciones bienintencionadas, en las mistifcaciones románticas de la idea de pueblo, en las exaltaciones demagógicas, en la adulación de las masas jamás será posible dar con las razones de la naturaleza autofágica de la sociedad venezolana”.
Estos dos libros de Miguel Ángel Campos dibujan el rostro de un universo, atrabiliario y también ajustado a nuestros humores humanistas, que nos revisa constantemente. Páginas que como escribe José Manuel Castañón sobre el poema de Luis Enrique Mármol, “La locura del otro”: “En el idioma castellano hay que terminar de una dichosa vez con los estancamientos nacionales”. Creo que este venezolano de hoy, habitante del Zulia, de corazón trujillano y visión universal, nos ayuda a entender eso, a ver lo que somos y lo que no sabemos qué podríamos ser con una inteligencia propia de quienes saben que de incredulidades y traidores estamos hastiados.
En reciente lectura a un trabajo de José Balza (Tal Cual, 12 de diciembre 2010), el novelista deltano expresa: “Los intelectuales ahora no estudian ni citan a nuestros pensadores contemporáneos, sino a la frivolidad de prensa y tv o a la imbecilidad literaria global”. En un largo paréntesis coloca a algunos de esos pensadores que poco son citados, entre ellos Riu, Nuño, María Fernanda Palacios, Ana Teresa Torres, Pocaterra, Ludovico Silva, Eduardo Vásquez, Cadenas, Guillermo Sucre. Queda decir que José Ángel Campos no sólo es un importante pensador contemporáneo, sino que cita a los clásicos y a los que contemporáneamente piensan y despiensan el país y sus achaques.
EL CUERPO ALQUILADO, PRESCINDIDO
Este cuerpo no me pertenece.
Huyo de sus respuestas y me harto de orillar en este mar recién advertido. Este cuerpo estuvo en mí un tiempo, pero ya ha abandonado los placeres y dolores para dedicarse a atrapar alientos ajenos.
Como hijo de aquella sierpe inmensa trago las sales de este mar, con la mirada muerta de aquél que fue más allá de la Leyenda Dorada de Lyon. Y que conocido como Borges, tiene además la certeza de huir de su anciano vestido.
Y así quedó escrito en el Manual de zoología fantástica, tomado la historia de fecha 1518:
En aquel tiempo, había en un bosque sobre el Ródano, entre Arles y Aviñón, un dragón, mitad bestia y mitad pez, mayor que un buey y más largo que un caballo. Y tenía los dientes agudos como la espada, y cuernos a ambos lados, y se ocultaba en el agua, y mataba a los forasteros y ahogaba las naves. Y había venido por el mar de Galasia, y había sido engendrado por Leviatán, cruelísima serpiente de agua, y por una bestia que se llama Onagro, que engendra la región de Galasia…
2.-
Esta carne envejecida no es mía. Magra, ajena y triste es una prolongación del escroto de Onagro. Borges tiene animales de la luz en las pupilas ausentes. La voz de quien dice estas cosas es un hilo, un susurro del agua. Más allá, entre los árboles, el lago quito. La serpiente mitológica, extraída —quién sabe— de algún malárico paciente, se agita sobre el lomo de las olas. De sus ojos, una alegría incesante invade al resto de las bestias.
Sombras del Ródano. Matriz de Arles y Aviñón. Elegancia del ojo que los mira. “Pagamos una renta con aliento, placeres, desgracias, tiranías, y el cuerpo es leve, temporal, es parte de nuestra memoria. El cuerpo sólo sirve para que lo retraten, por eso se desvanece”. ¿De quién es esta imagen? ¿De qué boca emergió? El olvido se ufana, crece como un hongo.
Desde la profundidad, Leviatán —la culebra inagotable— saca la cabeza hacia el bosque donde reposa la prostituta de las frutas diversas.
3.-
Este cuerpo e hincha de líquidos. Hepatomegalia, crisis de poros, cáluclos biliares, muerte en el barro.
Las carnes repetidas y la voz lejana de Onagro. Esa búsqueda para dejar al hijo, lleno de formas: caballo, mula, burro que mira la luna y las estrellas, buey, dragón, bestia servil, incendiaria, sicaria. Maligna, sin más. Forja de pelos, de almohadas y vírgenes acuáticas, sirenas, ya dichas por la mitología.
Escritura sobre la piel. La teoría del texto en la boca del maestro. Tzu, mosquito del saber. Escritura que confunde, deja dudas. Amonesta. Escritura de nadie. Escritura sin sonidos.
El hijo de Leviatán —mitad sombra, mitad límite, mitad espacio incendiado— viene de la profunda meditación y se instala en nuestro cuerpo, lo mancilla. Todas sus mitades son inventos de ese escritor argentino, maravilla para muchos, asco para pocos, quien sigue husmeando desde su tumba suiza en libros franceses y nórdicos la única vía para dejar en paz este mundo.
Así, entregamos el cuerpo prestado. Lo entrego. Los monstruos avenidos en Golem meditan la fórmula para recibirme. Pago el alquiler con dolores de cintura, piedras renales y canciones de Pavarotti desde la ventana vecina, aquí en este Londres de 1971. Una larga noche de ojos abiertos. Una larga y desagradable zoología de sueños. Lista de nombres, este momento de cuerpo prescindido.
4.-
Queda percibir las líneas curvas del pensamiento, las de la tierra y sus eventos desde el Uroboros que el mismo Borges revisa con gusto. “Heráclito había dicho que en la circunferencia el principio y el fin son un solo punto. Un amuleto griego del siglo III, conservado en el Museo Británico, nos da la imagen que mejor puede ilustrar esta infinitud: la serpiente que se muerde la cola o, como bellamente dirá Martínez Estrada, “que empieza al fin de su cola”. Uroboros (el que devora la cola) es el nombre técnico de este monstruo, que luego prodigaron los alquimistas”. Y así queda dicho y escrito como un tatuaje en mi piel, mientras el mundo gira y se agota.
La adolescencia no me permitió allegarme hasta el antiguo museo. Desde lejos, la puerta que guarda tantos secretos en aquella Britania ligada a saqueos y levantamientos humanos, finalmente derrotados por la desmemoria. Los monstruos fabrican sus propios síntomas.
LA ALCOBA DORMIDA
…nuestra felicidad tiene un aire de desgracia aplazada.
Juan Villoro
La mañana me encuentra con el cuento del mexicano en mis manos. Aún no he terminado de salir del sopor de un silencio que trepa las paredes y se hace de los pequeños secretos de los demás que duermen en la casa. Siento que los personajes de Juan Villoro, tejidos en una historia metropolitanamente llena de la sensorialidad de una ciudad como la capital azteca, navegan entre sus miserias, abatidos por una esperanza que se ha quedado en contemplación. No obstante, uno de ellos, el de la voz protagónica, se revela vivo en las entradas fantasmales de una mujer a su habitación, donde lo atrapa con sus caricias y finalmente lo hace parte de una historia que termina con la muerte y revisa la voz de los que desde otro espacio confirman el contexto de un relato que continúa activo una vez cierra con el punto final.
Un hombre viaja de un pequeño pueblo del interior de México a DF. Se instala en una pensión pobretona donde en pocas horas se convierte en parte de un mundo cuya cotidianidad descubre cada espíritu, cada fruición con un mundo mediocre, lleno de pequeños miedos, de miserias arrastradas por el mismo peso de la existencia.
El hombre que llega a la pensión establece amistad con un viejo profesor judío que nada entre los supuestos amores con la dueña de la pensión y sus devaneos sexuales con una gorda vendedora en un mercado público. Pero el profesor Rafael, así es su apellido nos aclara el narrador, es un hombre culto, conversador y dado a sacar del fastidio a los habitantes de esa atmósfera casera. Días después de su estadía en la pensión llegan unas hermanas gemelas, una enferma, la otra solícita en atenciones a quien viene a la capital ser revisada por los médicos.
2.-
La historia encuentra desahogo en las visitas nocturnas que una de ellas le hace al hombre. Quien se le mete en sus sábanas es la hermana sana, quien tiene un lunar en uno de sus pómulos. Nuestro personaje alcanza la máxima felicidad con Melania, luego de una larga abstinencia sexual, obligada por su precariedad económica. Pasan las noches y los orgasmos. Nadie sospecha nada en la casa, ni siquiera la enferma. Pero un día deciden las mujeres irse a un hospital donde internarían a Paloma, quien sufre de un extraño mal. Semanas después retornan luego a la pensión a recoger sus cosas. La primera noche de su regreso, el personaje recibe la visita de la gemela, quien —luego de sudores y quejidos— resulta ser la enferma maquillada como la hermana. Con lunar que borra frente al espejo y ante un desconcertado amante. Líneas más adelante, Melania entiende las razones de su similar porque sabe que pronto morirá.
3.-
Pasados los actos fúnebres, Melania y el hombre se casan, pero la tragedia está cerca: Melania también es portadora de la enfermedad que mató a su hermana. Frente al espejo, el hombre busca reiteradamente la imagen de su mujer que duerme al fondo del cristal. El epígrafe de este cuento de Juan Villoro tiene asiento en Vicente Huidobro: “La alcoba se ha dormido en el espejo”. Mientras tanto, en el silencio de la recámara, al momento en que nuestro personaje intenta escribir (olvidaba decir que tenía inclinaciones literarias y trabajaba en una empacadora de cajas y hacía las cartas de los lectores de un periódico)el recuerdo provoca el mismo ruido que hacía Melania y Paloma (la hermana muerta) al momento de entrar a la alcoba. Contempla su pequeño mundo, la intimidad del tiempo por venir y describe a quien duerme cerca: “Veo su reflejo en la luna de armario, un mechón de pelo en la frente, los labios ligeramente abiertos, como si fueran a silbar”.
Dos mujeres, las dos estuvieron en la cama con el personaje. Melania terminó casada con el incipiente escritor. La otra, muerta pero viva en la superficie de un espejo. El cuarto, la habitación de una nueva casa, dormida, como todos los que pasaron por estas líneas y se transformaron en voces lejanas, en augurios, en sombras de su propia miseria.
Ya a las nueve de la mañana había salido sano y salvo de esta historia, porque no quise entrar en el espejo. La última línea del relato me induce a la espera. Seguramente, más tarde, cuando salga a la calle, me tropezaré con un tipo ajado y descuidado en la puerta de un periódico.
ADIÓS EN MADRID, DE FRANCISCO ARÉVALO
Alberto Hernández

1.-
¿De quién se despide Francisco Arévalo en Madrid? La lectura es antojadiza. La comienzo por el poema que le da nombre al poemario: Adiós en Madrid (1), con ella, con la lectura, se descorre una despedida, la de quien se enmarca en un amor que acontece en una viaje de 74 páginas, pero que inclina la sospecha hacia una permanencia más extensa, más larga espiritual y físicamente.
De modo que se trata de un viaje en el que Arévalo le entrega al lector —una vez más— su lado amatorio, una poética que se halla empotrada en los huesos verbales de este autor venezolano, dueño de una larga tradición donde priman las horas de la noche, los fantasmas del día y los más sensibles instantes de un ser que no se cansa de cantar a sus mujeres, a las tristezas y alegrías de las voces que lo acosan.
El texto mencionado en líneas anteriores encaja en lo afirmado por quien escribe esta nota: “Entendí que tu mirada extranjera/ Cierta fastuosidad con lágrimas incluidas eran la despedida/ Ya no teníamos telarañas ni historias silvestres que contra/ El frío conocimiento del camino que se bifurca/ Y descorre los sinsabores/ Allí estaba Madrid sobria/ Como cuando abordas tu delicadísimo oficio/ Medio siglo maquillando los espacios/ De cierta alegría de utilería que clavetea/ la puerta izquierda donde se sienta perfumada la tristeza/ Y el Museo Reina Sofía/ Y Picasso solito/ Con Guernica que te llegaba a los tobillos/ Tú sospechabas de mi corrida de arruga/ En el almanaque sin diciembre para el festejo/ Porque Madrid fue en esta ocasión una pedrada de cerca/ El espacio donde anidaron nuestros cuervos”. Fue el 24 de septiembre este poema y allí se estacionó, en el pleno centro de aquella ciudad donde aún habitan nombres que pertenecen al mundo y mujeres anónimas que se llevan los amores al silencio.
2.-
Esta aventura de Francisco Arévalo está dividida en dos viajes sonoros. En ellos germinan la despedida, el adiós a alguien que ha marcado a quien se hizo libro para poder decir de todo aquello que lo afectó. Fue entonces la hermosa ciudad española donde comenzó la disolución. El poemario abre con esta confesión: “Nada es definitivo/ Cuando se desgarra la tarde/ Se apagan los helechos/ Tu tallo de chispa y anguila se crece/ Permanecemos desvanecidos observando las telarañas/ Humeante el aburrido punto de nuestro silencio…”. Cabe otra pregunta: ¿quién se desgarra, la tarde o quien con el pasar de las horas sabe que ya todo acabó, que la amada es sólo un recuerdo, una discusión, una estación ferroviaria o una cama vacía bajo el techo de una habitación ajena?
Y mientras el desgarramiento se pasea por las páginas de esta suerte de destierro, la ciudad se muestra con todos los sentidos de quien la pasea. Sus olores, algún río en la memoria, un sueño que no logra desvanecerse. La tibieza de unas sábanas en la mañana. Un sonido de Paul Eluard mientras el cepillo de dientes espera por un bostezo. Así va este libro, entre una mujer y los contornos de su pérdida. O las migajas de un espacio donde quedan estas palabras:
Amor
Para creer que estoy no es necesaria mi presencia
Los retazos del molino con vitral
Las conchas del río y su galope
Para creer muchas coas
Este espíritu goloso que te busca
En las curvas del silencio y sus imprevisto
En las rectas del escándalo y sus matices
Los lazos y sus dominios mudos
Cuando la tarde tiene tímpanos para sordos
Y la luz no para de salir sacudida de tus manos
3.-
Pero queda el deseo, esa presencia solitaria, enarcada en el vientre, en la respiración, en las palpitaciones del pecho. Queda esa fatiga adecuada al dolor, a la miseria de la soledad. El espasmo de un domingo con el nombre pronunciado. A pesar de todo eso, el regreso podría estar en ella o en la ciudad que se aleja. El viaje revisa de nuevo la voz del amante: “En espera de no se sabe qué/ Como siempre regresaré a Madrid en otoño/ Será cuando las hojas tengan el color de tu mirada/ Las pisadas en las aceras del Prado/ Con los rasguños de la tarde/ El tímido Hotel Mora/ Donde ya no estarás sentada/ Con tus olores de poema prístino/ En espera del desencuentro”. La soledad, el vacío preparado para el viaje de retorno a la otra tierra, la de Guayana donde vive el poeta y donde los accidentes geográficos también son amores que llegan y se van, pero siempre se nombran sin desperdicio alguno.
En este libro de Francisco Arévalo están también los momentos en algunos lugares de la península: poemas que se quedan sonando, que se tutean con la distancia. Así, Sevilla, La Mancha- El Toboso, Granada, calles, museos, hoteles y bares hacen estos versos que —una vez más—Arévalo ha sufrido desde la despedida, desde el adiós, desde una agonía que se agita en el vientre de un avión que cruza el océano más arriba de las nubes.
Se trata de una poesía en la que el que la escribe se queda todo, completo.
(1) Adiós en Madrid fue editado por Mucuglifo. Mérida, 2009)
SEÑOR DE LA TERNURA
Alberto Hernández
1.-
En muchos lugares conocidos de su escritura Francisco Massiani forma parte de un tejido afectivo que se ha fortalecido con el tiempo. Si en otros el mar es presencia permanente. O algunas veces una ausencia sensible, el amar es un tema que pernocta en cada una de las líneas del escritor caraqueño. De esta manera, en todos los poemas de Francisco Massiani el lector se tropieza con el amor. O al revés, el amor se tropieza con el lector y se hace poema, libre, sin atajos, con una sencillez que conmueve y envuelve a quien ya no puede escapar de él —del amor y del poema—. O para no ser tan restrictivos, la poesía de Francisco Massiani es una forma de hacer el amor desde el verbo con quien tiene la oportunidad de acceder a su poesía.
Para corroborar lo anterior, arriba airoso con Señor de la ternura (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2007), donde dos libros viajan por los sentidos de un lector atrapado por la red sonora y amorosa de quien ha llegado a decir: “Una mujer enamorada camina de espalda/ o no avanza simplemente/ el sueño de amor se dado a caminar/ tan lejos/ que toca la distancia/ la mujer permanece/ en el mismo lugar/ fija de dicha”. ¿Qué reproche podría existir en medio de una conmoción como la que traza “Pancho” Massiani en este poema inicial del primer libro que le da nombre al volumen, precisamente, Señor de la ternura?. El segundo libro, Un acto de fe, con prólogo de Florencio Quintero, sigue la ruta del tema que nos ocupa. Desde estos versos en adelante Massiani respira con más hondura en una labor que deja ver su tradición narrativa, toda vez que son poemas que hablan, poemas que cuentan y en los que también sentimos una voz antaña, cercana a Manrique en tanto que roza el llamado amor cortés, pero del que se despega y nos hace cómplices de un amor menos subyugado, amor de ahora, urbano y contaminado por la ausencia, la lejanía o el monóxido de carbono de Caracas. Es decir, un amor real, placentero, alegre, donde la imposibilidad de realización romántica queda a un lado, o sufre la suerte de hacerse más placer que dolor. Por eso es un amor desinteresado, no de servicio.
2.-
En estas líneas abrevamos en una poética que nos agrega como parte del contenido de esta impronta:
Para dar con el amor
es preciso conversar con el silencio.
Caminar sobre las palabras
con zapatillas de seda.
Trepar por los peldaños
del tiempo
y llegar hasta el final de la escalera
caer al abismo:
La arena más sólida y pura.
Sinuoso, por no decir riesgoso, el amor es un prestigio que afana. Queda hacerlo con mucho cuidado, volver al ars amandi de Ovidio sin que la libido se convierta en la conveniencia del hotel de turno. Más allá, el amor llega hasta el final de la escalera y cae con el amante al abismo. Allá abajo, la pureza, el amor mismo. Alma y cuerpo en grata levitación. En caída libre hasta la consumación.
No está demás decir que el amor en Massiani es un viaje, un retrato urbano y geográfico donde “Desde esta esquina he visto pasar a un caballero/ de capa y espada abrazado a una puta. / Han entrado en un lugar húmedo y oscuro./ Se han sentado junto a los barriles de vino/ y han pedido ajo y picadillo de hígado y/ un platillo donde ya están hirviendo los pequeños/ camarones”. Una entrada que nos es familiar. Es de aquellos tiempos la imagen que cobija a los amantes del pasado, pero lo es también la que nos cobija a los paseantes urbanos que solicitamos una habitación en cualquier hotel del mundo para dejar la marca de un amor pasajero o permanente. Este segmento del poema “Postales de Barcelona” vierte su fuerza en una historia bien “narrada” en el poema. De regresar a él, Francisco Massiani podría convertirlo en un cuento de época. Igual pasa en el poema “Lo irrecuperable o postal de una fiesta en un bosque de París”: “Yo sé que en aquel bosque/ si una mujer y un hombre/ se abrazan/ y besan con vino la tierra/ oirán otra vez la fiesta del Bois de Vincent”. Cada postal, cada ciudad, Cádiz, París o Caracas se desliza por la piel de los amantes y cuenta con una historia que se desplaza por los versos hablados, “conversacionales”, diría otros, de este poeta libre de ataduras, que sabe amar desde el poema y deja amar cerca y lejos del mar.
3.-
Estos dos libros que habitan en Señor de la ternura, para cumplir con el cometido de ser afectivo, está dedicado a la hija de Pancha, Alejandra, pero casi todos los poemas están dedicados a los amigos y amigas de todos los días, los que forman parte de los sueños artísticos. Amigos vivos y muertos que suscitan con sus nombres una intimidad familiar.
En el prólogo de la antología Del dulce mal/ Poesía amorosa de Venezuela, el compilador Harry Almela afirma que “El amor puede salvarnos de lo fútil y vano de la vida y de la voracidad del tiempo. Hay quienes aún creen en esa posibilidad. Por suerte, según otros, es un enfermedad que tiene remedio”. La certeza de esta afirmación nos lleva a la fuente viva de este texto de Massiani: “Nada que no venga del dolor/ puede darse al miedo o a la ternura/ nada/ que mida mejor/ el tiempo/ que la desdicha// La ternura es la mirada de Dios”. He aquí que el autor define ternura: “es la mirada de Dios”. De esta forma tiene remedio el amor, toda vez que Dios es el fundamento de todos los milagros. Un poco más atrás en el poemario, Pancho Massiani se mira en la hija, a quien le dice: “Que estás en la arena/ en los caracoles de mar/ en el mar/ en el cielo cuando se despeja/ y las estrellas se multiplican/ y la luna es más entera.// Que estás en los ojos cuando me miran/ y en la boca cuando yo te beso amor/ No me dejes solo amor/ y que siempre sea la dicha” (Amor nuestro). Este “padrenuestro” filial lo dice todo sobre la ternura.
Entonces, Señor de la ternura recoge todos los amores, que son la ternura hecha señor en la voz de este magnífico contador de cuentas y afectivísimo hacedor de poesía desde la más inocente y ajustada de las palabras.
EL DÍA Y LA HUELLA
Alberto Hernández
1.-
A Jesús Sanoja Hernández le sobraban palabras para hacer de su silencio un río de reflexiones. Su afán recopilador, su inclinación a guardar el país y el mundo en un universo de periódicos, no era gratuitos. Su porfía periodística por hacer de los nombres de la literatura venezolana una fuente de consulta permanente, lo convirtió en un escritor muy dado al ensayo y a la crítica, escritura con la que trataba con sabiduría y belleza los asuntos abordados. Pero lo que más llamaba la atención era su respeto por la poesía, de allí el silencio que guardaba, hasta el punto de escribir y esconder materiales que algún día saldrán a la luz. De su talento poético sólo conocemos el celebrado libro La mágica enfermedad.
Del trajín de investigar, de su escritura sobre las letras nacionales, queda un título gracias al tesón del historiador Manuel Caballero, quien se dio a la tarea de bucear (obviando alergias) en los viejos papeles de Sanoja Hernández y convertirlos en El día y la huella (bid & co. Editor, colección Intramuros, Caracas, 2009). De esa entrega intelectual y amistosa queda este libro cuyo prólogo corre parejo con algunas de las cosas ya señaladas en este mismo intento: “No es mudez ni enfurruñamiento: es parquedad en el hablar, en contraste con la torrencial escritura de uno de los más empecinados grafómanos que hayamos conocido jamás. No he visto muchas veces a Jesús encaramado en una tribuna; pero en cambio, da la impresión de llevar pegadas en sus dedos la teclas de una maquinilla”.
Ciertamente, Jesús Sanoja Hernández vivió, respiró y luchó con las palabras. Con ahínco, con desesperación, como si le faltara tiempo para revisar el cotidiano devenir de la historia que se agitaba frente a él. Llenó páginas completas, una habitación de palabras, de días y noches en las que sonaban la voz propia y las huellas de los otros, de sus preferidos, de sus lecturas, de sus idas y venidas por la vida de este país engreído, díscolo y desobediente. De allí entonces que Caballero haya, a fuer de amistad y admiración, hecho de muchos de esos papeles amarillos, empolvados por el silencio y el olvido, un hermoso tomo que circula por todos los rincones de Venezuela.
2.-
Un texto inicial nos introduce en el problema de la crítica, con un título que desviste una situación a todas luces susceptible de tomar en cuenta: “Entre la loa y la destrucción”, donde el escritor razona: “La crítica oficial en Venezuela asume posiciones generales. Se declara valiente cuando acomete fenómenos vagos e imprecisos, posiblemente válidos para Escandinavia o Siam tanto como para nuestro país, pero es en sumo grado elusiva y huidiza cuando trata de bajar la abstracción al reino de lo concreto”. Tema recurrente en el mundillo de las letras. Tema que se ha paseado con muchas llagas por salas de conferencias y manuscritos transformados en tesis que posteriormente duermen el sueño de los justos en papeleras o archivos universitarios. Nuestra crítica es demasiado amigable, muchas veces; otras, pocas, en un país de pocos devaneos criminales en el mundo de la literatura, es terriblemente destructiva. Por ese camino se va Sanoja Hernández. Para dejar la marca, afirma: “En el país hay ejemplos y a ellos vamos. Miguel Otero Silva, novelista y poeta a quienes algunos admiran como periodista, publicó Casas muertas en los mismos momentos en que un grupo lo clasificaba dentro de un poderoso y ubicuo contragrupo con rasgos financieros”. Más adelante deja en la página este recuerdo: “Desde lejos, cuando vivíamos en México, leímos crónicas laudatorias, apologéticas, plenas de aparente sinceridad, que luego contrastarían con lo que oímos en tertulias y reuniones intelectuales de los postreros días de la clandestinidad”. Sigue ocurriendo. Ahora más, cuando la cresta de esta ola que nos agita devela el verdadero pocillo que contiene nuestra realidad cotidiana.
Luego, nuestro reseñado se pasea por las páginas de Picón Salas, en una suerte de biografía donde sentimos los avatares de quien construyó cánones y propuestas para mirar una nación que a cada momento anunciaba su derrumbe. Picón salas fue “un gran escritor americano, acaso la prosa más elegante y sabrosa, pero también es cierto que de sintaxis no está hecho el hombre. De humanidad, sí, y el ser artista están muy lejos de eximir el cargo”.
3.-
Se deja ir por la historia de nuestra novela, donde Adriano González León y Salvador Garmendia han servido para revisar —con el marco de Gómez a la vista— el discurrir de nuestra narrativa de largo aliento. De este paseo, Sanoja Hernández preguntó: “¿Será ello obra de genios aislados como Gallegos o producto de las llamadas “nuevas generaciones”? ¿Contribuirán indistintamente valores consagrados y figuras todavía en formación? Es difícil determinarlo…En novela, al resguardo de la sombra que opaca, Gallegos, muchos esfuerzos loables han parecido secundarios…”. Bien, deja allí su manera de decir que el tiempo podría pronunciar la última palabra. Después de Rómulo Gallegos ha corrido mucha agua bajo el bongo que remonta el Arauca.
Después se asoman Blanco Fombona, José Rafael Pocaterra, Salustio González Rincones, Guillermo Sucre, González León, la generación letrada del 28, Gabaldón Márquez, Pío Tamayo, Pedro Emilio Coll, Ramos Sucre, Teresa de la Parra, Rafael Cadenas, Ludovico Silva, José Lira Sosa, Héctor Mujica, entre tantos otros que han enriquecido la palabra, el silencio y han dejado huellas profundas en nuestra historia y literatura.
Rafael Cadenas, en el epílogo de este hermoso trabajo de Sanoja Hernández, deja este tributo: “Permanece sí su ejemplo como creador que no tenía dejadeces postergadoras en lo tocante a su trabajo. Su escritura perdurable y la imagen que lo resume, donde se vuelca el afecto de todos los que tuvimos el privilegio de ser amigos suyos”.
Un libro que nos toca, nos descubre, nos alimenta. Tan necesario en estos días de enmascaramientos, de lisuras y arrogancias. Bueno para mirarnos en las heridas, puesto que los días que nos tocan dejan huellas muy visibles. Pero también en las cicatrices.
ESTA SOMBRA QUE NOS HABITA
Alberto Hernández
1.-
En el poema “Un viejo”, Cavafy dice: “En la parte interior del ruidoso café, / inclinado sobre la mesa, está sentado un viejo, / con un periódico frente a él por toda compañía”. Mientras esto sigue ocurriendo en el texto del escritor alejandrino, un poeta venezolano se arriesga y planta ante el lector esta infidencia: “Usted/ que en una oscura calle/ se encuentra/ sin un mísero/ cruel/ deleznable canto”. A Miguel Marcotrigiano le afecta mucho el hecho de que el viejo esté atrapado en medio del escándalo de un lugar donde la única manera de aislarse es la lectura de un diario. Sabe el poeta que mientras esto acontece “Usted” pasa por la calle atado al silencio, a la miseria del silencio, a la holgura de un lugar donde es imposible ser. Mientras el anciano de Cavafy confirma que vive entre el ruido, el personaje de Marcotrigiano es víctima de esa calle donde el “canto”, traducido en esperanza o en desasosiego, pasa en las ruedas de un autobús, en las legañas de un niño que mira asombrado la torpeza del universo.
Se trata de indagar en las páginas de Esta sombra que me habita (Editorial La Casa Tomada, Caracas, 2004) por dónde anda el autor de este libro, qué espacio ocupa mientras mira pasar a la gente por una avenida, con su rostro desencajado, el pelo alborotado por el viento y el alma en vilo, porque “Ando vacío de sangre/ de noches de luna/ de hondas canciones seculares”. Habría que guiarlo hacia el hombre de Cavafy para poder entender el destino, ese enfado de muchos filósofos que se niegan a aceptar que las mareas existen.
Así, Cadafy:
“Y en medio del desprecio de su miserable vejez, / piensa qué poco disfrutó los años/ en que tuvo vigor, ingenio y apostura”.
Se podría pensar que quien escribe conjetura sobre la base de una analogía o de simples asperezas de imágenes que frecuentan los espacios de los poemas. Nada de eso. Se trata de un juego de lecturas, de traviesa persistencia. ¿Es acaso gratuito pensar que al Marcotrigiano escribir “Tan sólo para darte tengo/ este íngrimo transeúnte anochecido/ seco de amistad y de sonrisas” no estaba coincidiendo con el personaje de Cavafy? ¿Por qué no admitir que ambos sujetos forman parte de un mismo mensaje?
2.-
Dejamos la pregunta a los ociosos lectores que más tarde podrían bombardear a quien esto rasguña, para entrar en otro espacio donde el autor venezolano insiste en salirse del cuerpo, proyectarse en su sombra y agitarse desde el suelo, al ritmo de cualquier objeto empujado por sus pies.
Esta sombra mía/ deambula por las calles/ patea lo que encuentra en su camino/ una que otra lata
una piedra/ y algún reflejo de farol.
El libro sigue, se mueve, se transforma. Cada poema leído es una suerte de cabriola. El tono verifica el estado de ánimo del lector, pero también avisa de los sobresaltos del poeta. De esta manera, se dice parte del espejo que lo hace, lo delinea, lo dibuja. Él, realidad; el otro que lo mira desde el cristal, ficción. Casi en susurro:
No eres otra cosa
que yo mismo…
Y continúa su andar perseguido por su propia sombra, la que lleva en el interior y lo revisa, le formula preguntas, las responde, guarda silencio o grita. No obstante,
Dentro de mí
tu rostro…
Es capaz de ser el otro, estar en ella, hacerse a la medida y semejanza de quien lo mira desde el fondo de la sombra o del espejo. Por esa razón, sin olvidar a Cavafy, el de nuestro patio afirma:
A pesar de mi deseo
me oscurezco a tu mirada
me confundo con tu sombra.
No es más que las ganas de estar con ese otro cuerpo o su proyección. ¿Qué tendrá que ver el viejo del poeta alejandrino? Nada y mucho: “Recuerda los impulsos reprimidos y tantas/ alegrías sacrificadas. De su necia prudencia/ se mofa ahora cada ocasión perdida”. Nada porque son dos soledades y cánones diferentes. Y mucho porque se trata del mismo esfuerzo: Todo poema es la continuación de otro, afirmó alguien por ahí.
Lo que la juventud toca, la vejez lo añora. Son dos personajes: en el fondo se trata del mismo, proyectado. Los poemas no se tocan. Se toca la lectura. Desconocidos ambos textos, se hacen uno solo al saberse poemas. Al leerlos.
Una vez más, Marcotrigiano nos coloca en la ruta de aquel viejo: “Los amores que he perdido/ aun los fallecidos/ vuelven/ y se meten debajo de mis sábanas”. ¿Qué puede hacer Cavafy con el personaje de su poema: “Pero de tanto pensar y recordar/ el viejo se marea. Y se adormita/ apoyado en la mesa del café”?. Después, el otro, el poeta venezolano, poemas más adelante: “No es raro que la vida vaya de prisa/ o cambie de paso/ y la alcance”. ¿Estará todo dicho? Probablemente, en algún momento, viejo y sombra se tropiecen. Y aparezca otro texto, otro poema. Suele ocurrir. Para eso son los libros.
3.-
La segunda parte del libro añade el miedo. Parte del ser humano, éste no abandona la sombra. Él es ella. Y aunque intenta salvarla, sacarla de la calle, trabajoso resulta aceptarlo:
Recoger los pasos/ que mi sombra ha dejado/ exige un mayor esfuerzo/ sin duda
¿A qué le teme, a la noche que pueda cubrirla, desvanecerla? ¿A la muerte tan despiadada? Pese a todo, “El poema/ siempre surge/ por encima de cualquier historia”.
No obstante, la voz del que escribe sale en defensa de la que supuestamente era presa, de un miedo que es calificado de estúpido, pero que le añade a la existencia otros elementos. Veamos:
A veces despertamos
en medio de un sueño
y queda
atrapada
de nuevo
la angustia
en la palabra “hermano”
en un estúpido miedo
“Hay enfermedades
—poeta—
que no cura
un espacio en blanco
y menos
un silencio.
El silencio. Tantas veces el silencio, tantas veces poema. Tantas veces cuerpo, amor, sueño, pesadillas, sombras. Finalmente, quedan las cosas dominadas por la oscuridad, como el alma, “esperando la aprobación de quienes/ aún no saben de la irónica aptitud de sus congéneres/ para aceptar ser domesticado”.
No obstante, el miedo está allí, en el último verso.
NOCILLA DREAM
Alberto Hernández
1
El desierto como hipérbole engrana en el correlato de la desmemoria. Se convierte en espacio a la deriva en Nocilla dream (Candaya, Barcelona, 2007), primera novela de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967). Desmemoria, toda vez que los 113 capítulos que la arman no se vertebran como ocurre en la novela tradicional. Lagunas, paisajes en blanco: atiende a anécdotas que desconectan al lector, aunque se maneje la intención de ubicarlo en un espacio, en una intemperie, en un relato donde los personajes dejan de existir al término de cada libro, porque se trata de varios libros sutilmente relacionados. Novela extravío, también, porque ella, en sí, es varios núcleos.
Juego de abalorios, experimental a tono con el vanguardismo y añadidos surrealistas, no deja de estar presente el regodeo del boom latinoamericano (Cortázar se rompe la espina dorsal en la Autopista del Sur), en la alegría de preparar sin aviso una estructura que consagre “un comienzo o un fin”. ¿Cuántos metros recorre James Joyce cuando sale a hacer jogging?
Nocilla dream, sueño de chocolate, testigo noctámbulo, donde los personajes entran y salen sin dejar huellas en la memoria de quien ose encararlos. Suerte de fantasmas que tangencialmente recorren el texto y hacen del lector una referencia metaficcional. Como enunciado literario, este trabajo va más allá de cualquier aventura: es —en efecto— una aventura, pero postmoderna que redondea todo un universo fragmentado, en trozos, en pedazos de pequeños planetas o micronaciones, como él mismo los llama. ¿Micronarraciones?
Se trata de una saga, de una trilogía que alberga el trauma de una época: la lógica de lo ficticio se hace lógica de la realidad. Novela chicle, que se estira: lleva a lo real exagerado, hiperbolizado, al escándalo modal, de laboratorio, de pantalón a la cintura o de juicio experimental. Audacia cuyos materiales aproximan al lector a un lenguaje matemático, lo que lo hace ambiguo en tanto contextual (el autor es físico de profesión. Ventaja para encarar otros espacios narracionales si nos atenemos a lo fractal, al reflejo de la geometría de la imaginación).
2
La isotopía se deshace en su propio espejo. Carson City se degrada en el discurso del desierto. San Francisco es una meta a alcanzar: discurso relativo porque el paisaje no se mueve, se mantiene en el mismo lugar. La realidad se fragmenta en la realidad del narrador: la ficción aborda cada espacio y lo segmenta. Relato de fracturas.
B. Jack Copeland y Diane Proudfoot podrían estar bajo el árbol de zapatos, bajo los astros que cuelgan de las ramas de un álamo, de un cedro, de un samán. Pero también en el París de Walter Benjamin. La distancia, la temperatura: el espejismo.
Una carretera en la que, hay que insistir, no hay nada.
Pues sí hay: está el desierto. Están los pueblos de Carson Ciy y Ely. Desde el mismo instante que se abre el libro, aparece en el disparate de este lector el nombre de Sam Shepard. Los locales comerciales vacíos, los burdeles, la carretera infinita, el talante áspero de los personajes. Así, en “Allá por los años setenta”, relato de Luna Halcón, nos tropezamos con las imágenes de ese pop que Warhol ya advertía en sus trabajos plásticos. Esta novela de Fernández Mallo es un poco Andy Warhol, un poco pancarta, afiche, cartel de citación de la memoria borrosa, fragmentada.
3
Una teoría bastante usada, la del control de TV, la del zapping, pervierte el carácter pionero de esta manera de armar y desarmar el mundo narrativo.
Todo espacio busca un narrador. El que selecciona Fernández Mallo se multiplica: del no-lugar señalado por Jorge Carrión a ciudades que se insertan en esta lectura aleatoria, espejeante, especie de holograma que se deshace en el sueño, se estira en el olvido.
Una imagen: quien lee está debajo del árbol de los zapatos. Siente que alguien pasa en un vehículo. En movimiento cuenta, relata, inventa, escribe y borra. Novela catalejo, pero también periscopio: los zapatos reelaboran la altura, la miden. Cuenta desde abajo para descubrir el arriba. Pero a la vez novela sherezade: sigue contándose después de cerrado el libro, aunque los personajes naufraguen.
La exageración de quien esto escribe no tiene asidero en ninguna revelación. Fernández Mallo, intuyo, busca la desintegración: narra para crear teorías, aunque poco renovadoras, vivas. Hace ciencia desde la práctica ficcional. Su novela se debate entre la fascinación y el énfasis.
Un salto, una cita (12-pág. 36), confirma el juego:
Realidad aumentada: Mediante la adecuada combinación del mundo físico y virtual, se podrá aportar la información perdida, como sucede cuando se recrea la visión de un aeropuerto que tendría un piloto si no hubiera niebla.
En el desierto la sed no existe: el espejismo la refleja en la agonía. La Tierra es un pequeño globo en la cueva ocular del que narra. Nocilla dream se sueña, se borra, se repite cuando suena el despertador en las ciudades canalizadas de Italo Calvino. El olor a alcohol, los pasos inaudibles en el hospital donde reposa el Che Guevara. Toda una vitrina de imágenes, iconos y referencias que rompen con el límite de esa “realidad aumentada”, desquiciada.
4
Al final del camino, de la larga serpiente de asfalto, alguien que podría llamarse John “entró en el primer bar de carretera que encontró, cerca ya de Carson City (…) habían tenido su primer hijo y querían tirarle sus primeras botas también a la copa del álamo. A medida que se acercan ven multitud de pares colgando. Se quedan sin habla”.
El sueño, el vértigo, abandono del lugar contrapuesto al espacio: el no-lugar advierte que el universo habita en un árbol, en un símbolo roto como un espejo donde hubo un río y un tipo llamado Heráclito, incapaz de “pensar el mundo sin pensar la luz”.
más de Crónicas del olvido.





















y a veces más adelante.



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