Textos, crónicas, su poesía y otros asuntos

Crónicas del olvido

MAR BALDÍO

mar baldío

 1.-¿Cuántas veces la palabra mar se agita en la boca del poeta, en el transcurso de un libro  que más bien busca ser cómplice del silencio, de una ausencia? ¿Cuántos naufragios para que se hiciera libro el poema que se lee y se revuelve en sus legiones de sonidos  y ecos? El mar es un estado de ánimo, un invento, una metáfora que toma cuerpo en los quince textos que navegan en la imaginación o en la realidad  de Jorge Gómez Jiménez, quien a través del Taller Editorial El pez soluble ha hecho público Mar baldío, una plaquette que este año 2013 habita entre lectores escogidos, alentados por tantas imágenes y tantos desafíos.

Libro  de muchos dolores  en el que Jorge Gómez elabora una estética y una ética. Leemos Mar baldío con el mismo tenor de su escritura: nos hacemos hora y minutos en cada verso, limitados por la tentación de descubrir la sombra que ha quedado colgada en los ojos de su autor. El poeta busca, indaga, se tropieza con el deseo, con las ganas de ser parte de quien no permite ser parte de él. Entonces dice: “Hubo un tiempo/ en el que aún no nos conocíamos./ Tú caminabas entonces/ por las mismas calles que yo/ sin verme/ o me veías pero no me mirabas/ y yo te veía o te miraba…”. Las primeras palabras de este poemario anuncian, dicen de la soledad, de un tiempo para un encuentro que nunca se dio.

 Ese mar que no aparece en las primeras páginas se prefigura en “una isla sin farsas”, en la “cartografía” de una voz intensa que no deja de buscar, que no teme mencionar la palabra amor en medio del desierto o a través del ruido de relojes, “cubiertos  y vestuarios”. El mar es entonces una señal, la revelación de símbolos e instantes cuando

Es apacible el viento

que arrea mis naves

hacia tu mirada

 tiene

no obstante

vocación de borrasca

 

confieso que mis naves

están perdidas.

El que escribe estos versos atraviesa ese océano de vértigo, de borrascas. Alguien que no lo ve, que no lo mira ni lo nombra porque “Quizás debí decirte/ que mi alma está herida/ que es un ave/ a la que le han disparado/ y anhela sanación y cobijo”.

2.-

La voz no se detiene en el canto del dolor. La nave que la guía va sin rumbo fijo. Está extraviada: el dolor es una marea constante. “Este/ mi cuerpo/ oculta un alma deteriorada/ por el efecto devastador/ de la continua exposición/ a la satisfacción/ del deseo”. El cuerpo también es el alma, esa nave agitada por tormentas y sacudones.

Depositario del deseo, el cuerpo es la casa que desea ser habitada. Finalmente, aparece la palabra mar, un “mar insomne/ en el que nadie navega/ desde que lo dejaste tan baldío”. La metáfora descubre la intención: la ausencia, el “llanto de perro triste”. La desolación, el dolor de saberse terrible en el recuerdo. El poema, expresión del desgarramiento.

3.-

Las hojas que nos ha entregado Jorge Gómez Jiménez van más allá de la lectura. Agonizan en nuestras manos, porque le añaden a su contenido la fuerza de una crítica por todo lo testificado: “Tras de mí a mi alrededor la noche esgrime/ una mordiente sonrisa un himno alegre/ al ridículo a la indignidad de esta caída”.

Y así, al cierre, revoca lo dicho en una suerte de escarnio, de burla por lo sentido: “Se declara oficialmente abierta la temporada de despecho/ A partir de este momento/ se establece como definitivamente perverso/ el parecido que todas las mujeres tendrán contigo,/ toda vez que el mismo se desvanecerá al verlas de cerca,/ toda vez que todas ante ti serán no más que un intento fallido”.

El mar –mucho más allá de estas páginas- se agita libremente. Lejos, muy lejos de estas páginas, rompe su oleaje contra el silencio.

HINCADURAS

Dalia Baptista1.-

Este es un libro que cambia de piel a cada voltear de página. Como la comarca que lo anuncia, se hace varios paisajes.  Es un libro mutante: permanece y desaparece, se abstrae y se revela. Por eso Hincaduras (bid & co. Editor, Caracas, 2013), de Dalia Margot Baptista Araujo, congrega muchas lecturas, muchas interpretaciones. El rasgo más relevante de estos poemas radica en las maneras como la poeta  deriva en “geografía”, en espacio que traduce desde tres puntos de vista: el lugar donde se asienta la voz, el ánimo que lo sustenta y el cuerpo que lo contiene. En tal sentido, Dalia Baptista Araujo divide su poemario en una tríada: De la comarca, Del sentir y Del deseo.

La lectura De la comarca me guía a buscar el poema que le da nombre al libro. Allí, en ese lugar donde bebe la memoria, un personaje –Bolívar- es tomado en préstamo para contar nuestras flaquezas, nuestras tragedias. Ese espacio, el Bolívar domesticado por la política, por los intereses subalternos, tiene oficio en la mirada de quien lo define como “una irradiación” que ha sido “Cien mil veces inventado/ Padre-cordero sacrificado por sus hijos/ Fantasma suplicante o superyoico/ Ideología de reemplazo de blancos, rojos, azules, verdes, amarillos…”.

En la búsqueda del “país posible”, “el espectáculo sacia” la condición borrosamente épica de un territorio convertido en incertidumbre. Laberinto verbal que dibuja el fracaso ante la imposibilidad de encontrar la Ciudad soñada: la derrota es esa piel que la comarca cambia como la de los reptiles del desierto, pero que hinca a quienes no se explican esa misma derrota convertida en ídolo colectivo, para sumisión de ese mismo colectivo.

He aquí un remate urticante:

“Tal vez tu Ciudad es una flor ilógica/ Trepada en el vacío del tumulto/ O/ Alojada en los resquicios/ De las manos/ Moramos en una geometría de sarcófagos/ Ataviados de felicidad// Y sonamos en cada sufragio”.

El país, entonces, se nos aparece en la Ciudad, en la sarna de la realidad que nos persigue. Segmentado ese país nos muestra sus heridas más frescas en estas pesadumbres: “en el tiempo primero de la horda”,  el “dios de los forajidos”, “Giro a mi izquierda y veo a un adolescente correr/ con la marca de equus en la espalda”. La voz de la poeta se entrega en este evento que todo el país sufrió:

“Un episodio me aleja de lo sublime, / una imagen cabecea sobre la hoja: / El Inca Valero/  con su encía y espalda buriladas/ poseído por un enjambre de neuronas ebrias/ implosionando en su jean,/ después de tasajear a una mujer desasistida/ una mujer enclenque que lo cobijaba”.

Metáfora de esa comarca hecha ciudad perdida, despojada, rota, anarquizada. Metáfora que se abre como una flor metálica en estas dos voces: “fascinación de muerte” y “La calle era un tramado de celdas y casillas de vigilancia”. Un país, un ojo ciego, la desesperanza.

2.-

En Del sentir,  un lenguaje, la historia de su sintaxis y sus demarcaciones. El poema es sujeto de abstracción, pese a que una anécdota precisa al lector, lo agarra de la mano y lo sujeta: “Los párpados son el metabolismo del tiempo”. Quien “habla” se detiene en una suerte de ritmo sustantivo. Quien “habla” pronuncia “el vagar de ciertas palabras/ privadas de cobijo”. Es decir, el poema se somete al sueño, a la nada, a la intemperie del adentro poético. Y, así, Cadenas, vertido en dos de sus poemas, “Nombres” y “Fracaso”, para confirmar en qué lugar han quedado la memoria, el silencio, la ilusión…un texto en prosa en el que “No hay predicción para estos actos nacientes”. Todo está allí, frente a los ojos, frente al sentir de quien cavila, de quien escribe y describe, de quien oscurece para volver a nacer.

“En algún momento aparecerá lo inesperado, lo asombroso, y el quebranto del envoltorio se hará posible. Se preñará de fisuras y tomará a otra existencia, a otro camino. ¿Repetitivo? ¿Nuevo? ¿Impredecible? No importa.”

Queda el poema latiendo, vivo. La poeta Dalia Margot Baptista Araujo así lo hace sentir. Así lo predice.

3.-

La última estación del libro: Del deseo. El cuerpo, habitación del apetito: cuerpo del otro en el eros del otro, en el que se hace propio y polar. Entonces el cuerpo contiene ese lugar íntimo, el dejado para el canto personal, para los cambios en la piel: “Todo indica que permutamos. / En compases disonantes,/ dentro de ciertas abreviaturas,/ cuyas fórmulas ahíncan/ los pliegues del deseo”.

Cuerpo trazo, raya de significados, escritura. El deseo hecho palabra, silencio en medio de la dislocación.  Con el cuerpo atado a la conciencia quien canta regresa a la primera estación: se es impredecible.

Este libro de Dalia Margot Baptista Araujo precisa de más lecturas, de otros silencios para hacerlo otro en las tres dimensiones que expresa. Podría añadir que cada estación es un libro. Queda de parte de quien las escribió desarrollarlas para que sean tres los libros del futuro.

ORFEO REVISITADO

(Viaje a la poesía de Eugenio Montejo)

1.-

Eugenio MontejoEn pleno centro de Valencia, en la estrecha calle Colombia, donde está ubicada  la muy vieja farmacia La Torre, Eugenio Montejo cuenta las vueltas de la tierra. Volátil, sumido en una hondura que hace que su mirada sea parte del silencio que corroe las agujas del reloj de la catedral. Camina lentamente hacia la plaza y regresa la mirada a la costra de los muros de la antigua iglesia. Un sonido leve, suave y a la vez firme emerge de sus labios:

La poesía cruza la tierra sola,

apoya su voz en el dolor del mundo

y nada pide

Entonces el poeta, el instalado en la bruma del tiempo, desaparece en plena calle. Nada pide. Nada pidió. Entregó toda su sabiduría, toda su belleza interior y se marchó en silencio, como siempre andaba.

En pleno centro del mundo, donde el vértigo eleva el significado de las palabras, Montejo retorna a la casa, a su casa, donde lo esperan algunos cercanos a la lectura de sus libros. Esa tarea de convocarlos y reunirlos fue de Aníbal Rodríguez Silva, gracias a la Universidad de los Andes, al Laboratorio de Investigaciones Arte y Poética y a la Dirección General de Cultura y Extensión, ambos organismos dependientes de la mencionada casa de estudios merideña.

2.-

Y así el título del encuentro, del estudio de la poesía del poeta de Adiós al Siglo XX y de Papiros amorosos: Orfeo revisitado/ Viaje a la poesía de Eugenio Montejo (Mérida 2012). En sus páginas encontramos trabajos de Rafael Cadenas, Miguel Gomes, Josu Landa, Aníbal Rodríguez Silva, Antonio López Ortega, Miguel Marcotrigiano, Judit Gerendas, Gregory Zambrano, Carmen Virginia Carrillo, Nicholas Roberts, Mónica Navia, Harry Almela y Mariano Nava Contreras.

En el prólogo el compilador pergeña que “Eugenio Montejo escribía con letra menuda. Un horario nocturno configuraba su rutina de trabajo, tal vez, intentaba escuchar a lo lejos el canto de los últimos gallos que despedían la noche y anunciaban el nuevo día. Quería retener los sonidos de la ciudad pequeña que se perdían en los laberintos urbanos de la ciudad moderna”.

He allí que Montejo, tan dado a silenciar el espacio que ocupaba, tenía en el poema el mejor instante para llenar el mundo de sonidos. Los mismos sonidos que han dado pie para que los mencionados en líneas anteriores se ocuparan de estudiar su paso poético por estos paisajes que aún nos contienen.

3.-

Quiero destacar las palabras de Antonio López ortega en su ensayo “La muerte de Eugenio Montejo/ De la quietud y sus alrededores”: De las muchas pérdidas que Montejo nos deja, de las muchas orfandades que heredamos, extrañaremos sobre todo, en estos tiempos confusos, un ejemplo de integridad moral para todos los que se precien de ejercer una condición intelectual, pues estos son, quiérase ver o no, épocas en las que el ejercicio creador o reflexivo, sometido a los cantos de sirena del poder, sucumbe fácilmente a prebendas, parcialidades o, gesto peor, silencio crítico. La deshonra que acompaña a muchos intelectuales de hoy, su mudez inalterable ante las afrentas del poder, no podrá ser advertida de inmediato. Necesitaremos un mínimo de distanciamiento, de recentramiento moral, para recuperar lo que desde Albert Camus hasta Octavio Paz constituye la premisa básica del oficio: la pasión crítica, el ejercicio vigilante que toda sociedad debe darse (y la proa de esta embarcación son los intelectuales) frente a toda forma de poder. Perder a Montejo es perder un modelo, un ancla, un ejemplo cívico. Su ojo vigilante advirtió a muy temprana hora sobre la corrupción del lenguaje (palabras que son escupitajos, mentiras que pasan por verdades, alaridos que suplantan las conversas)…

El Montejo que se marchó en silencio, el silenciado, continúa presente en los textos de todos los poetas del mundo. Quienes lo silenciaron se olvidaron de que ellos pasarán como polvo antiguo.

4.-

Este libro/ homenaje -en el que Eugenio Montejo es una presencia viva- revela la experiencia de la poética de nuestro desaparecido autor. Uno de los más relevantes poetas de la lengua castellana  es hoy referencia que deja marcas en la madera de nuestro imaginario.

Que sean los lectores quienes sigan hallando luces en las voces de quienes se reunieron para celebrarlo, para mantenerlo vivo, tanto como estos versos: Con fuego alumbras, / no te olvides que alumbras, / eres tu propia vela/ y estás ardiendo.

El gallo de Montejo arde e inventa el amanecer. Cada página de este libro representa su canto.

HISTORIA NATURAL DEL OLVIDO

                                                 Subo al tren del pasado.

                                                 Me conduce

                                               al sitio en que se borra la memoria./José Emilio Pacheco

1.-

olvidoLa mirada de los dioses se oscurece en la insistencia de Nietzsche. La verdad corroe el tiempo y el afán de la duda permuta los signos del cielo con los del polvo terreno. La historia, el único testamento que tiene el hombre para reconocerse, ha sido turbada por ese Protágoras que viaja en el silencio: los dioses han sido olvidados. Dios es un amago.

Nuestra reveladora y positivista forma mentis ha caído como un meteorito sobre las ideas que, lentamente, son sustituidas por otras. Banalizada por un chip psicotónico, nuestra conciencia se debate entre la abundancia informativa y el vacío. Ruidos que aturden y conducen a borrar códigos, hábitos, costumbres y hasta las maneras de dirigirse al misterio.

No nos queda nada de la verdad. O nunca existió. Abultada por referencias e imágenes virtuales, la sometemos a una camisa de fuerza. La utopía es una loca sacándose los piojos. Un recogelatas frente a una computadora que ha asimilado todos los emblemas postmodernos. Los personajes históricos son travestis. La memoria ha sido desechada y lanzada a un vertedero maloliente.

2.-

Para la conciencia actual el olvido es uno de los logros más sobresalientes. Hay que buscar que el hombre olvide, que deseche su propio nacimiento. Mirada nonata, campo de representación del vacío, de la página tachada: la cultura vive en el tremendismo de la confusión.

En otros versos Pacheco se lanza al abismo:

¿Qué significan esas hojas muertas,

bronce fundido en la lluvia que arrastra el año

por el río del otoño?

 No significan: son.

Les basta ser y acabarse. 

Los signos de la desmemoria tocan el perfil de René Guénon: el reino del fin, la muerte de un ciclo, la agonía del tiempo: el olvido, la hojilla que vacía el ojo en la película de Buñuel.

¿Qué es el olvido sino la sustitución de un “lenguaje” por otro, de un signo por un grito? La locura justifica esta sustitución.

El perro andaluz, del estrábico y genial español, se inserta en esta instancia premonitoria. Un corte magistral del globo ocular: trazado minucioso del cerebro que hoy se descompone en un cementerio de automóviles. Arrabal se toca con el blanco y negro del cineasta hispano. Sam Shepard recorre una solitaria carretera de California mientras ocurre un terremoto.

El olvido es una confesión, un estilo.

3.-

Maurice Blanchot también se hace un diario para asirse del tiempo. En El libro que vendrá el moho de la dispersión rompe el dique de un modo de encarar el olvido. Quien olvida tiene la ventaja de saberse dueño de sus culpas. Al menos sabe que no las depura. Quien recuerda sus yerros suele mofarse del olvido.

El cansancio, el agotamiento horario hiere sensiblemente la historia: el hombre es una bestia cargada de signos equívocos. Olvida, se burla de la muerte, la sacude por los hombros: De Kafka, la luminosa transgresión del dolor y las fronteras de la agonía. Desde el olvido es posible la ficción: las imágenes nadan en un lago de aceite hirviente. Una visión contiene el terror vacui y el desgano: Nada es posible, la nada ha sido condenada a testimoniar el lenguaje oculto, el que raya el muro de los lamentos del olvido.

Occidente muere en cada sesgo de su historia. Tanto ha sido el desmantelamiento que América es un dibujo trazado por un ciego. Mientras tanto, Europa nos mira de reojo. Nos ha olvidado porque abusó de una culpa y la convirtió en virtud. Sabe que está condenada a rechazar, a borrarse en nosotros.

El olvido es también todo lo que sabemos, la fórmula matemática de un poeta en las nubes, vigilado por Orwell y sus perros interiores.

El rey de las ratas o el encuentro con el otro yo

1

El rey de las ratasLos días y las noches humedecen el castillo. Nos llegan a través de los ojos de una rata. Detenemos la curiosidad en la madera mojada de una ventana semiiluminada, nos familiarizamos con el silencio que invade el rostro peludo del roedor. Monje benedictino que se recrea en los signos de la sombra, un manuscrito que debe interpretar desde las horas dejadas atrás, mientras la imagen desleída de los humanoides desfila por el asco. En la madeja de intenciones de un tal J. H. Martin.

Con mirada curva y zigzagueante nos leemos desde adentro el abandono de la figura encorvada en su primera estancia, el castillo, la biblioteca, las páginas de Alejandría o la Torre de Babel de un mundo ratonil encantado por la historia que nos confía otro que lo ve con ojos de asombro.

La oscuridad y los astros detienen el curso para rellenar de distintos espacios la imagen agónica del que confiesa que le queda poco tiempo, que el poder es cosa del pasado: páginas en medio de batallas, alzamientos, chismes de palacio, intrigas familiares, para despojarlo de la corona y sus dones.

El roedor, ataviado con las heces de los cerdos del monasterio de Ux (¿Devotio es quaedan cordis teneritudo, qua qui in pias saciliter resolditur lacrimas?), escala de un viaje sin destino, se encuentra de pronto en una orgía de díscolos sacerdotes, como los que nos entrega el Greco en el Imperio de los Borgia, mientras la huida lo hace encontrar otro yo lleno de pesadumbre, de desganos, porque sólo la muerte o el aleteo de un murciélago lo pueden llevar finalmente al cielo divino de las ratas.

El juego/alegoría, propuesto por el narrador, no se aleja de la intención primera de la fábula, porque no cae en su propia trampa: distorsionar, a través de los mecanismos del lenguaje, la historia que discurre en un tiempo de digresiones (las del viejo rey, que pierde el pie pero lo toma en una suerte de idas y venidas temporales) propias del personaje. La entrada en el universo de esta novela, en una lectura precipitada abundante en claves, nos permite mirarla con la misma fuerza que tiene el autor al contarla.

 2

Una rata —acosada por su heredad— pasa los últimos días de su existencia en un refugio que podría ser una cueva o una choza en la montaña (intertexto que configura el viaje de los signos). La huida hacia el anonimato, hacia la pérdida de una personalidad rechazada, la convierten en una cronista singular. La visita de otra rata, favorecida por la habilidad de la plástica, le suministra la clave y los instrumentos para quitarse de encima la máscara que la persigue hasta en los sueños.

(Para los lectores, siempre protagonistas, el citado pintor, la rata que ayuda al refugiado, es el famoso J. H. Martin, epítasis que sirve de base para que Ednodio Quintero, siempre preparado para hacer de las bestias hacedores de historias fabulosas, construya El rey de las ratas, Biblioteca Andina, 1994, relato premiado en la edición 1994 del Concurso de Novela “Miguel Otero Silva”).

La rata, como ella misma confiesa, era un rey. El cuaderno número uno de este documento apócrifo nos desnuda en primera persona a un extraño gobernante “cruel y atrabiliario”. ¿Qué contiene este trabajo de Ednodio sino una fábula? El rostro de los hombres es la alargada mirada de un roedor que suple las funciones de los primeros. (En algún lugar Esopo sonríe, en complicidad con el narrador trujillano).

La imaginación del novelista nos conduce por laberintos y espacios de un personaje que representa el poder y la decadencia, los juegos y el espasmo de una suprarrealidad tocada por los hilos de la invención, de un entrañamiento encarnado en un rey que maneja con sutileza los dominios de su reino.

Lo importante, si es que puede decirse así, de este trabajo de Ednodio Quintero, aparte de la precisión de su castellano, de la belleza que poseen sus imágenes y la estructura de la pieza, es la forma como las ratas (especie de conciencia oculta que nos indaga como lectores) miran a los humanoides: “el asunto era aun más confuso, pues éstos no sólo carecían de moral sino que la aparentaban”. La voz, territorio espinoso desde la perspectiva de esas figuras que se mueven en el consciente narrador, pero que tienen distancia en el inconsciente, propicia la fabulación desde una entonación muy íntima, si se quiere, por la manera de abordar el manuscrito de la quemada biblioteca del reino.

Una máquina que guarda el rey lleva el registro de la población. Ojo que nos habita, ojo que nos acosa, que nos persigue, hasta sacarnos el nombre. Es como si la cédula de identidad de los ciudadanos estuviera en la mano escrutadora del gobernante: es una estructura cibernética preconcebida. Un ligero sesgo —como lector también reconocido en la pantalla de la computadora— me detiene para recordar a George Orwell en 1984 y repasar, ya no el aspecto de la identidad colectiva, sino las relaciones de poder que entraña una cultura feudal/moderna/tecnológica, y que se ve en una silueta que se me ocurre en El otoño de la Edad Media que Johan Huizinga nos acerca entre citas e interrogantes.

3

La rata-rey, quien protagoniza peripecias y acciones propias de su condición, adquiere con el tiempo que le queda la destreza del escritor. La miramos divagar, mientras por la ventana entran el amanecer y las noches, y su madre, fantasma de Hamlet, espectro onírico que un Freud peludo deletrea vestido de silencio, y que el perseguido monarca toma como voz para justificar el exilio tanto de su progenitora, expulsada del reino por intrigante, como el que él mismo se propició e impuso en la búsqueda de la limpieza espiritual. Afanoso intenta hacerse monje para expiar culpas: crímenes, persecuciones, la lujuria y las tentaciones de la carne. Cuadro que el novelista Ednodio Quintero describe con maestría.

Todo poder maneja unos hilos ocultos que prefiguran la presencia o la ausencia de quien los tensa. En el caso de El Rey de las Ratas tenemos la confesión de “alguien” que habiendo heredado la corona pone en práctica el modelo de los emperadores: incendios provocados por su mano (aun cuando el sueño sea rémora para reconocerlo), la limpieza familiar, el exilio, la fornicación como escape. Sin embargo, hay como un estado del cual se ase el rey para encontrar su otro yo, sazonado, por supuesto, con ironía, humor, sátira; es decir, purgar —que no suene a cristianismo— una soledad ascética que lo convierte en emisario del olvido y del anonimato. El poder bajo la máscara, más allá de la máscara, la decadencia ansiada, la muerte.

Nos atreveríamos a decir que en esta pieza de Ednodio Quintero, sin querer caer en determinismos, hay una reseña que podría encajar con hechos que hoy nos aturden. ¿Quedará de parte nuestra el silencio, el derrumbe de los sueños, la pérdida de los cantos, la ilusión de extraviarnos en la mudez?

Al decir de María Fernanda Palacios: “El Arte consiste en regular la distancia entre la impotencia y el silencio. Por eso a la palabra errante ningún lugar triunfal de la narración le es soportable y sin embargo consigue atravesarlos todos: fábulas, mitos, alegorías, epopeyas, parábolas”. Y es Kafka quien la empuja, a la ensayista, a la misión de revisarlo.

De las viejas lecturas, las de bestiarios y personajes que encarnan en pieles felpudas, en hocicos fríos, en colas rastreras, la perversión de Gregorio Samsa y los presentidos actuantes de Ednodio Quintero, paseándose por su inagotable imaginación.

En el lejano país de Los Andes, el fabulador, el creador de historias fantásticas, escribe para sumirnos en estas páginas. Ednodio Quintero, como el flautista de Hamelin, lleva a sus personajes y los reparte entre nosotros. El Rey de las Ratas, novela abierta en la página 139, nos convoca a asomarnos por la ventana para interpretar el vuelo del murciélago que tiene en los sueños el pasado de una corona perdida, el poder que como la astucia y el olvido suelen llevarnos al cielo o a la muerte. Cosas de sueños, materia que nos convierte en ratas, en homicidas o en santos.

(El Diario de Caracas, junio de 1994).

Eduardo Casanova/CUARTETO EN SOL:TODAS LAS MUERTES

Eduardo Casanova1.-

Caminamos sobre la sombra.

Noción de una historia que corroe; gesto fácil de conocer porque las claves del espacio transitan trucadas y lanzadas a la mesa de juego. Noción de un país que se resuelve en las voces que no oye, supuestos equívocos que se hacen protagonistas de los secretos más extemporáneos.

Un hilo tenso, como el de una guitarra cubierta de polvo, agita el tiempo, lo verifica en el eco del memento mori. En reflejos difusos aparece Venezuela, un pequeño país amortajado, esa infamia de tantas decadencias.

En ese instante que es el país, llega Cuarteto en Sol (a la Generación Inútil), publicado por la Editorial Actum, Caracas 1993, una historia tan circular como el tiempo que la repite constantemente en la imagen de cuatro personajes que deambulan en igual número de movimientos. Cuatro sombras que nos pisan y nos hacen entrar en esta novela del escritor caraqueño Eduardo Casanova.

 2.-

(Todas las muertes, la muerte)

A la espera de las conquistas, a la espera de que el tiempo pase y se haga en cuatro adolescentes de aquellos años finales de la década quinta del siglo pasado de nuestra historia reciente, de aquellos días de la que creíamos la última dictadura, esta obra de Casanova vierte toda su fuerza en cuatro tonos que recogen las vidas y las muertes de Boris Gonzaga, Francisco Monroy, Serafín Arjona y Antonio Villa, este último encargado de hacer de ella (de la muerte) un símbolo tecnológico adosado a la memoria de una máquina que se desdobla en los dedos de un personaje/ narrador.

Caracas es la matriz de la muerte: el relato comienza en la niñez, en una clara y a la vez opaca ciudad, cuando la sombra que aún es memoria hacía de los personajes visiones predestinadas: una violencia encajada en los dos primeros años de la década de los años noventa dejó al país envuelto en una guerra sin vencedores, toda vez que no logró superar la mentira, las promesas y las alusiones a la felicidad. Una ciudad, entonces, que se hizo país desde las heridas, desde los cadáveres, dolores, disparos y amarguras.

Abrimos el silencio. Cada uno de los personajes es una imagen que sugiere la presencia de otra, porque el carnaval, mímesis de muchas sombras y máscaras, también entrega el rictus del disimulo. La muerte es necesaria y veraz, tanto que existe en cada una de las cifras que aún no han sido aportadas por los organismos que se encargan de esas cuestiones. Una extraña peste respira la burocracia. La misma de Camus, pero en la sangre revuelta de quienes aún viven ensoñados por las consignas.

El país se ve en la muerte y huele el aliento que flota frente a un espejo. Toda ella en la violencia colectiva.

En Cuarteto en Sol es una sola: la memoria de cuatro sujetos que ocupan las páginas de un país desvirtuado. La simulación como engendro de una sociedad sin testimonios, sin posibilidades de desenmascararla.

Boris Gonzaga muere en plena calle, entre ruidos y espasmos, con la cabeza perforada. Una bala de Fal lo silencia en medio de una borrachera, luego de pasearse por los distintos mecanismos de la corrupción, por todos los caminos que llevan a la riqueza fácil, al poder.

Un hilo invisible conduce hacia Francisco Monroy, personaje que representa los valores ideológicos de los años sesenta. Fue encontrado en un hotel con la mirada fija y una sonrisa muy parecida al olvido.

El rostro de la ausencia se instala en Serafín Arjona, un invertido que prueba los sabores de la noche y el día. En el mar Caribe quedan sus huesos luego de la explosión de la lancha donde huía, acosado por sus propios errores y fantasmas.

Y Antonio Villa, el desprevenido escritor que anula la inutilidad, al menos desde esa decadencia dolorosa divisa sus propios adentros en esta novela, como la muñeca rusa, matriushka que se repite y se repite en una preñez casi infinita. El personaje/narrador hace del círculo la perfección de un final trágico, porque su muerte es la muerte de todos: borra (oculta) con premeditación la historia, la convierte en imagen difusa, lejana, en intimidad clandestina, en simple recuerdo. Permuta el borrón del diskette, amnesia de los signos por la suerte de una botella de whisky y por las emergentes notas del Cuarteto de las Reverencias o Cuarteto en Sol de Beethoven.

La sombra se instala en la pantalla. El país aparece en la ventana por la que Antonio Villa ve de nuevo el sol.

 3.-

(Las claves del antihéroe)

Borrar la historia significa desnudar el fracaso, identificarlo con las distintas evoluciones que los dobles ejecutan (cada uno es una máscara, una oposición permanente: cuatro personajes que son ocho, por lo que la muerte se multiplica). La dualidad íntima e individual fracasa, porque el antihéroe se somete a un final claramente seleccionado. El fracaso, opuesto al héroe: la naturaleza de su condición terrena, su yo permanente, el viaje interior hacia él mismo.

Pero también resurge. Vuelta a la primera página, al círculo mareante que es el tiempo y a una historia que no se detiene nunca.

Blanchot dice del ocultamiento, la pantalla, la luz de la divinidad (los negocios sucios, la homosexualidad, la revuelta popular, el click del computador, el disparo, el infarto, la explosión, el click del computador): “portador de una claridad que no sólo triunfa de la noche”, el espejo oscuro, sin reflejo, que anula la pérdida, el fracaso del novelista, del hacedor/destructor de la historia dentro de la otra, taumaturgo que narra desde el vientre de la muerte, desde la muerte: “Héroe que no le debe nada sino a sí mismo, es por eso divino, pero, por eso, para siempre y desde siempre dios, y ya no es gloriosa su acción”, cuestión que despeja la presencia de este concepto en la medida en que una pequeña pantalla de computadora, renuente a romper su relación con la memoria de Antonio Villa, que también es la muerte. El héroe, según Blanchot, es una imagen en la que subsiste con el ciclo o con la tierra una connivencia maliciosa que no es unidad, pero supone un horizonte común: casi nunca está en lo vertical, sino en lo horizontal…

Héroe y antihéroe prometen acciones, pero no tienen futuro. El héroe busca alcanzar la gloria, la memoria de Dios. El antihéroe, por su parte, no asciende, baja a las sombras, al infierno, pero se queda en la memoria de los mortales, vive.

Aunque desaparezcan o no se sepa que ha muerto, sólo es, se queda en un sitio para ser sacralizado. El sitio (cementerio/ no lugar) para Antonio Villa es el monitor, la pantalla de la Samsung, el laberinto donde comenzó el temor, el miedo, la definitiva despedida de los nombres (digitalización contraria/ espejo invertido), ocurrencia que deviene número mosquetero, que no es tres sino cuatro, como en este caso no son cuatro muertes sino tres, pero a la vez cuatro por la desaparición del escritor al apagar la máquina que le permitirá retirarse hacia la botella de whisky.

El país y sus muertos, presos en una computadora en medio del fragor de un 27 de febrero. Muertos que sí manchan con sangre y letras, con sangre y miedo, con palabras y silencio. Ocurre que tanto el héroe como su contrario nunca mueren, se esconden en la memoria, en el mismo texto (intratexto, referente que no se lee), hasta debilitarse con la muerte de quien los crea o los intenta destruir.

 4.-

(El imperio del Cuarteto  y la voz de La Paideia)

Cuarteto en Sol es Beethoven, también Mozart, Bach, los Thibauld, cuatro jóvenes del trópico que regresan a diario desde las sombras y se instalan bajo el sol de Caracas. En el laberinto, donde el miedo es la performance de una ideologización, se hace clara la búsqueda permanente del conocimiento: la referencia está en Rafael Vegas, fundador del colegio donde estudian y relevante pedagogo venezolano. Una expresión humana que logra sembrar la tradición musical, sobre todo en Francisco Monroy. La muerte ejecuta una danza de jaguar en medio de los tres músicos, los clásicos, los modelos a seguir, fortalecida por la energía de Werner Jaeger en esa monumental memoria: La Paideia: los ideales de la cultura griega. Otra máscara que justifica la presencia de un personaje que se hunde en la ausencia en medio de una alejada sinfonía, como si el país –el que está y no está en la novela- comenzara a ser desde este momento la ficción más dolorosa.

La sombra llegó para cubrir la consagración de los personajes, que aún resuenan en el silencio de la última página.

 CULTURA Y CORAJE”

1.-

El 28 de mayo de 1959, los griegos, hoy como siempre centro de nuestra cultura, inauguraron los “Sonidos y luces” en el Acrópolis. Para tal evento invitaron al escritor francés André Malraux, quien ofreció un muy corto discurso que contiene, si queremos ver, la savia de lo que realmente somos.

“El discurso ante el Acrópolis”, publicado por la editorial Sur de Buenos Aires en agosto de ese mismo año, complejo para nuestra política doméstica (comenzaba la vieja idea de Clístenes, a asomarnos electoralmente) y revelador en estos instantes en los que nos sacudimos entre contradicciones y pesadas sombras.

La voz de Malraux se oyó bajo las estrellas de Atenas. Se paseó el novelista por los nombres que han sostenido nuestras emociones creativas y anímicas, pero también políticas, porque en el fondo arte y política pueden andar juntos en la medida en que nos bañemos contra el dogmatismo y las secuelas de las torceduras históricas. Para consolidar esta afirmación, es preciso recordar a Pericles como lo ve el autor de La condición humana: “La gloria de Pericles –del hombre que fue y del mito que va unido a su nombre- es ser al mismo tiempo el más grande servidor de la ciudad, un filósofo y un artista”.

Abrevo en este discurso por dos cosas: para celebrar a Grecia y porque lo que en este momento vivimos es un episodio de la tragicomedia de siempre: dos rostros que se contraponen. Los que nos acompañan en cada uno de nuestros pasos.

La afirmación que le da título a este articulillo, viene a dedo, toda vez que a diario se nos pregunta acerca del comportamiento de quien escribe y describe la cotidianidad -la muy aborrecida rutina- pero también hace cabriolas con la literatura. Pues bien, el bien dotado escritor francés, quien fuera soldado (como Rilke) y político, no desdeñó –como muchos otros- los diversos temas que la existencia hace oportunas para saberse humano. Esa condición de uniformado y funcionario no lo apartó de sus angustias culturales y afectivas. En el discurso que venimos nombrando, Malraux dice: “A los delegados que me preguntaron cuál podría ser la divisa de la juventud francesa, he respondido “cultura y coraje”…porque la cultura no se hereda: se conquista. Pero se conquista de muchas maneras,  cada una de ellas se parece a quienes la han concebido”. Por esa vía del reconocimiento de nuestro pasado cultural, no podemos dejar de decir que somos universales, por esa razón rechazamos etiquetas falsamente nacionalistas (¿chauvinistas?). Somos venezolanos en la medida de nuestra universalidad. O no somos, si nos afanamos en ser lo que otros quieran que seamos.

Ese chauvinismo, trocado en zapato roto, nos conduce a la angustia, la que dice Castro Leiva en sus brillantes ensayos. Si nos apegamos a la sacralidad histórica, devenimos fanáticos, aturdidos pájaros de mal agüero. Bien lo expresa Malraux en el discurso: “Gracias a la primera civilización sin libro sagrado, la palabra inteligencia quiso decir interrogación”. Que seamos preguntas, no respuestas. Que seamos preocupación para ser discusión. ¿Cuántas pérdidas en las sombras? ¿Cuántos golpes contra un muro con El Capital bajo el brazo? ¿Cuántos odios acumulados mientras se levantan Biblia, Corán o el Libro Sagrado de los Muertos? ¿Cuántos remordimientos con la Carta de Jamaica? Con esos avíos queda un espacio demasiado sensible pero dominado por la futilidad.

2.-

La política, una de las patas de la cultura griega, es suma de razonamientos, como lo es la estética o la ética. De nada nos vale solazarnos entre viejos papeles para terminar siendo carne para los depredadores: aniquilados con la más tierna de las sonrisas.  Así como “el arte de lo posible” nos devana los sesos, así la estética. Desde ésta es posible la civilización, la que llevamos, no en la herencia, sino en los esfuerzos.

¿Cuántos mundos son necesarios para ubicarnos en algún rincón de este gran supermercado? Citamos de nuevo al francés: “Hablo de la nación griega viva, del pueblo al cual se dirige el Acrópolis antes de dirigirse a todos los demás, pero que dedica a su propio futuro todas las encarnaciones de su genio que irradiaron sucesivamente sobre Occidente el mundo prometeico de Delfos y el mundo olímpico de Atenas, el mundo cristiano de Bizancio y, por último, durante largos años de fanatismo, el solo fanatismo de la libertad”.

Ojalá podamos entender que desde el politeísmo helénico fue posible alcanzar una civilización. Ojalá podamos concebirnos plurales como mortales y no invencibles como simples mortales.

“Cultura y coraje”, única vía para la sobrevivencia. Que le pregunten a los pueblos que han pasado por guerras de exterminio. ¿Cuántos Museos del Prado escondieron los españoles para que los bombardeos no los borraran del mapa? Hubo coraje y valentía para salvar la cultura. Sin ella es imposible entender qué somos y hacia dónde nos dirigimos.

CLAUDIO VIVÍA EN SUS CUENTOS

Claudio Castillo 1.-

Por cada uno de sus personajes, por las tantas cosas que nos dijimos y dejamos de decirnos. Por Guajara, por los pájaros, por el mismísimo Dios montado en un árbol de la plaza de Santa Cruz de Aragua. Por la manera de acercarse Claudio Castillo en su bicicleta y mostrar un cuaderno muy usado y un lápiz Mongol casi tuquito. Por la risa que nos daba cuando leía y luego él se ponía serio y decía que todo el que venía a su pueblo salía convencido de que sus personajes andaban por ahí, silbandito, diciendo cosas, hasta malas palabras. Entonces nos asomábamos a una esquina cualquiera y, en efecto, por ahí venían una loca, una mujer cualquiera, un Niño Jesús llorando. Y no nos quedaba otra que aceptar que Claudio tenía razón: sus personajes vivían con él, estaban muy cerca de su casa. Es más: eran él, porque Claudio, que también hacía teatro, se disfrazaba de prostituta, de niño, de mujer, de viejo, de virgen, de montaña, de miles de pájaros que comían de su mano. Bueno, es que la magia estaba allí, ante nuestros ojos. Y lo malo era que nos costaba creerle. Pero llegó la hora, llegó el momento. Y nos leyó todos los cuentos, y así le creímos. Bueno, en medio de tanta confusión, porque Claudio nos confundía, terminábamos inventando a Claudio.

2.-

Otra cosa son estos cuentos en este libro. Muchos de ellos formaban parte de nuestra bitácora juvenil.  De nuestra manera de callejear aquella felicidad que se estiraba entre Maracay y Santa Cruz.  Un día Claudio nos colocó una rara medalla y nos nacionalizó, nos dio visa permanente de entrada y salida de su pueblo. Y allí nos metimos en los cuentos. Los leímos, unos, y otros nos sorprendieron porque los tenía escondidos y supimos de ellos cuando ganaban premios.

Claudio cuenta como si conversara con uno. Sabía contarles a los muchachos. A los viejos también. Por eso le decían loco, porque tenía una locura bella en medio de los ojos. Y lo que echaba por la boca se convertía en brillo. Por eso escribo esta nota como si Claudio la hablara. Es Claudio quien la escribe, quien me dicta. Me cuenta desde su más allá infinito. Pero ¿qué son esos cuentos de Claudio Castillo, natural de Santa Cruz de Aragua?

Son los cuentos de sus calles, de su barrio, de su plaza, de su iglesia, de la gente que le pasaba por la mente. Son los personajes que lo imaginaron a él. Porque Claudio Castillo era un cuento que nos contaron y se hizo realidad en otro cuento que aún no nos han contado.  Bueno, en verdad que no encuentro el camino para decirlo: la literatura de este escritor revela el imaginario de quien vivió rodeado de voces, de imágenes, de colores, de trazos, de paisajes humanos anclados en el silencio de su observación.

Cierro los ojos y leo estos cuentos. Cierro los ojos y me veo una tarde con Claudio en una calle de su pueblo. Mientras andamos se le amontonan las anécdotas, los personajes en las sienes. Después me cuenta:

 -Tengo un cuento entre pecho y espalda a punto de salir. Y así salía. Y así lo leemos. Y así se hace libro. Por eso, con él, con el libro, llevamos a Claudio en el bolsillo, cerca del corazón.

                                                                                                                                          Maracay, julio 2012

(Este texto se hizo prólogo en el libro Guajara y otros cuentos, editado por la Fundación El perro y la rana, en la colección Páginas venezolanas contemporáneas, Caracas 2013).

CEREMONIAS

1.-

Ednodio QuinteroSostengo en mis manos los viejos tomos que le han dado vida a Ceremonias (Editorial Candaya, Barcelona, España, 2013). Acaricio con vieja cercanía la tapa de La muerte viaja a caballo (La Draga y el Dragón, Mérida, Venezuela, 1974), Volveré con mis perros (Monte Ávila Editores, Caracas 1975), El agresor cotidiano (Fundarte, Caracas 1978), La línea de la vida (Fundarte, Caracas 1988) y Cabeza de cabra y otros relatos (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas 1993). Luego me paseo por la cubierta de la publicación española en la que encuentro la imagen de un sueño, la retórica de una imagen que se emparenta con muchos de los relatos del narrador trujillano Ednodio Quintero. Suerte de parpadeo del que escogió la ilustración para sustanciar las historias de quien  vuelve, ya no con sus perros, sino por sus fueros, a entregarnos aquellos primeros instantes que impulsaron al novelista que es hoy.

Los personajes de Ednodio Quintero, desde el primero de ellos, el abuelo,  hasta el último que se juega la ficción en el líquido amniótico, El hijo de Gengis Khan, son reflejos, referencias, amuletos de la imaginación. Todos los sujetos que viven en las páginas de los libros de Quintero son superposiciones, correcciones y tachaduras que a la larga convergen en una sola conducta ficcional: sus cortísimos relatos, aquellos viejos cuentos de poquísimas líneas, imaginan, inventan desde la circularidad. Un hombre dispara contra la muerte. Un hombre, el que disparaba, era su propia muerte, su propio rostro, su propia venganza. La niña enterrada con sus muñecas para que le hicieran compañía relaja el recuerdo: las muertas habían sido las muñecas. La niña había sido enterrada viva. ¿Quién era la niña, quiénes las muñecas? Esa traslación hace que el lector regrese a una suerte de inocencia perversa, de infancia donde habita el ámbito de la crueldad, matizada por noventa años de silencio, en el que seguramente quien sonríe no es el lector sino el que escribió la historia. El mareo narrativo lleva la marca de una multiplicación de símbolos líricos,  que Julio Miranda esbozó como “barroco quinteriano”.

2.-

La narrativa de Ednodio Quintero reitera su vagancia en la forma de abordar cada psique. Digo vagancia en el estricto sentido de la palabra: vagar, andar libre,  porque el narrador también tiene tiempo para husmear en lugares interiores, sombras, recuerdos dispersos, patologías mentales, ambivalencias, retazos de imágenes, recurrencias, breves instantes, simulacros y eventos de los que entra y sale airoso. Sus primerizas vagancias hicieron posible los cinco libros que la editorial Candaya ha reunido, por supuesto, con la debida revisión de quien no se cansa de hacerlo: Ednodio Quintero corta, mira y remira sus textos con la obsesión de quien viaja a caballo y no se siente acosado por la muerte.

(Una digresión me permite asirme de Confesiones de un perro muerto (Mondadori, Caracas 2006), novela en la que el escritor juega con algunas historias donde la maldad, ese sensible estadio del alma, impera en medio de la locura, las perversiones y una soledad que raya en la desolación.  Esta novela es la parte más reveladora de lo que Quintero dejó atrás en sus relatos cortos, sin olvidar las “cinco novelas en miniatura” de El arquero dormido (Alfaguara, Caracas 2010), de las que el mismo autor afirma ser distintas “a un relato o a un cuento largo. Pues contiene en pocas páginas todo un mundo pleno de conflictos y anécdotas, variopintos personajes, bifurcaciones, tensiones, celajes, y permite además algunas de las licencias propias de la novela de largo aliento”. Me atrevo a afirmar que esas características también aparecen, casi todas, en los brevísimos relámpagos narrativos de nuestro autor. Es decir, del microrrelato a la novela larga, pasando por la miniatura, Ednodio  Quintero no ha dejado de bucear, de buscar, de indagar en esas bifurcaciones, en esas tensiones, en los celajes. Quintero toma de sorpresa, llena de conflictos a quien lo lee, a quien se atreve a meterse en su mundo imaginario. El lector, convertido en atmósfera de estas historias, termina acosado por los personajes de Quintero, doblegado por las historias. El lector, una vez más, es también acción de la narrativa de Ednodio Quintero, toda vez que se repite en los “dobles” que el autor ha creado (ver los relatos “La muerte viaja a caballo” o “Cabeza de cabra”, entre otros.). Para Quintero, el lector es también un personaje dispuesto a ser aclimatado por las reglas de sus relatos).

 3.-

No interesan a este cronista los cambios: recortes o añadidos que el autor haya realizado en sus trabajos, más allá de que como estudio sean relevantes. En esto se afanaron Julio Miranda y Carlos Pacheco. Para quien esto rasguña resulta imperante la forma, la manera, el abordaje de Quintero.

La estética de Volveré con mis perros, la belleza con que cuenta hace posible que los temas adquieran un brillo extraño. Drama y lirismo arropados por la violencia, la desmesura, el factor sorpresa se acomodan en una poética que Quintero ha sabido mantener en casi toda su obra, incluyendo los trabajos de largo aliento en los que el escritor tiene más tiempo y más espacio para vagar en los sentimientos y paisajes utilizados. En estos textos hay un Rulfo que acompaña y de pronto desaparece para convertirse en la ilusión de un narrador cuya patología más visible es la esquizofrenia de su exigencia como “testigo” de sus propias voces. Son muchas las voces que oye el narrador para convertirlas en símbolos, en perfiles que se desvanecen al final. Un ejemplo de esta tentación rulfeana la tenemos en “El Biombo”, sólo para asomar un solo ejemplo.

Es decir, Ednodio Quintero no descansa. Sabe que sus personajes continúan viviendo después de la lectura, luego de cerrar el libro. Permanecen flotando. De allí que haya insistido tanto en marcar la psiquis, la conducta, los “malos” sentimientos de unos fantasmas que cumplen con el ritual de seguir respirando detrás de las orejas del lector. Cada cuento, mejor, cada personaje, es una ceremonia, una misa, una performance que no se desvanece. Mientras más corto es el cuento más duradera es la sensación de verosimilitud o de increíble verdad. Es decir, produce lo que Barthes llama “estructuración móvil del texto”, que se traduce en el desplazamiento “de lector a lector a todo lo largo de la Historia”. Podría parecer una exageración, pero así se percibe cuando el lector aborda “El paraíso perdido”.

4.-

Ceremonias es la culminación de un viaje. Y, desde luego, el inicio de otro. En más de una ocasión Quintero ha dicho alejarse del cuento, sobre todo del cuento corto, para estacionarse en la novela, sobre todo en la novela de largo aliento.  De modo que todo el ritual deconstructivo, reconstructivo, de revisión y corrección de sus viejos artefactos narrativos cuestiona el contenido de la ritualidad. Ese ejercicio representa la fundación de un nuevo destino. Y así ha sido.

Pero quedan aún “El agresor cotidiano”, “La línea de la vida” y “Cabeza de cabra”. Con estos tres relatos, considera con cierta alevosía quien esto escribe, Ednodio Quintero cierra esa temporada en el infierno para darle paso a otro que lo subyuga.

No existe un “otro”, sólo es el reflejo de quien se cree otro, de quien es otro desde la ilusión. En “El agresor cotidiano” vuelve el instante de “La muerte viaja a caballo”. Una imagen interior convertida en rostro, en gesto, en mirada desde un espejo: también podría ser una o varias voces, un “sujeto” hostil, el perseguidor que Cortázar llevaba a sus espaldas. Éste de Quintero es una conciencia, un dibujo mental que lo confirma su propio asesino. He aquí que en “35 MMS” la imagen ya no es la de él mismo, pero el procedimiento es parecido. Es un tigre-relámpago el que salta de una fotografía, el que instruye la idea de que la mujer de la sesión de fotografías de hace rato era sólo una ilusión, como el mismo tigre, como el  Otro de Borges en un espejo. Y así, en otros donde el personaje cambia de fisonomía, se mimetiza.

¿Cuánto ha viajado para ser testigo del fracaso? ¿Cuántas ensoñaciones, cuantos altercados, asechanzas, ataques, muertes súbitas, resurrecciones? La búsqueda, la aspiración de llegar a la casa de un mago, la aparición inesperada de una muchacha quien junto a un leñador le salvan la vida. Finalmente, el mago, quien habría de adivinarle el día de su muerte, era sólo una presencia ciega, sorda, muda, casi vaporosa. Y así el regreso a la vida, a la de una muchacha que le alargaría el sentido de la existencia. “La línea de la vida” signada por escollos y obstáculos dolorosos. Inimaginables eventos que construyeron un personaje diferente a los anteriores. Uno que no buscaba un final inesperado, pero antes había parpadeado frente a una choza donde “Dispuestos en aquella superficie clara, como si se tratara de los instrumentos de una ceremonia: una jarra de cristal llena de agua, higos maduros sobre un plato de barro quemado (…) Alguien se apronta a cumplir un ritual cotidiano…”, el que nos entrega la editorial catalana en las voces, acciones y gestos de los personajes de Ednodio Quintero.

5.-

Insiste el narrador: en “Cabeza de cabra” un extranjero, un viaje lleno de aventuras. La referencia a un plato de sopa de cabeza de cabra, nada relevante para el significado todo del relato que nos lleva de la mano a un personaje que finalmente es asesinado por su otro, por quien con su misma voz, con su misma mirada, con su mismo instinto criminal lo asesina. De nuevo la transmigración, la traslación: el personaje se hace otro para activar un evento inesperado, sorprendente.

Este relato cierra la microrrespiración narrativa de Ednodio Quintero para adentrarse en la novela, la que es hoy su ámbito y su preocupación.  Para adentrarse en un mundo más complicado en cuanto a estructura. Ese hoy que nos atiende es el de Ceremonia, el libro que contiene estos cinco donde han quedado algunos de los primeros cuentos del narrador venezolano.

ARMANDO REVERÓN Y LA METÁFORA DE LA MIRADA

Armando Reverón

Líneas, trazos, texturas, volúmenes, sombras, luces, luces sobre todo, formas inimaginables, movimientos sensibles, ojos abiertos frente al marco del Universo. Manos sucias, terrosas, uñas largas y rasguños sobre la tela, sobre el canvas, sobre el lienzo, sobre la piel del Mundo. Silencios y ruidos, alaridos y silbidos, bocas y párpados cortados, pies descalzos. Sombreros.  Pinceles, brochas, dedos, codos y rodillas, cuerpo entero sobre la curva de las montañas. El mar, todo el mar, revuelto y repleto de personajes, de muñecas, de un mono que salta, de un gallo que canta, de una mujer gorda que se peina en la playa. Y un hombre de barba que se ataja la barriga con un mecatillo. Un hombre de barba luenga con un cigarrillo en la comisura de los labios. Y allí, entre tantos olores y colores, Armando Reverón, el loco, el genio, el colorista, el dueño de la luz, el iluminado, el olvidado, el ido a otro espacio sideral, al barro de su origen, al mismo día de su nacimiento el 10 de mayo de 1889.

Caracas era un pueblo de techos rojos, como lo dejó escrito Enrique Bernardo Núñez y muchos ojos de aquella época lo dibujaron con palabras, versos y ensayos para la posteridad. Corría el año 1906, el mismo  en que Juan Vicente Gómez comenzó a destajar el caudillismo para instaurar el suyo propio, cuando Armando Reverón ingresó a la Academia de Bellas Artes de Caracas, de la que egresó en 1911para irse a Barcelona, España, donde estuvo un tiempo para luego dirigirse a la capital hispana e inscribirse en la Academi

Se reconoce en la luz que lo vio nacer. La luz de Viejo Continente le sirvió de soporte para atrapar la propia, la que lo cegaba y le iluminaba el alma. Así, se va a vivir a Macuto con Juanita Mota, unos loros, un mono y un grupo de muñecas de trapo que él mismo concibió para que le hicieran compañía en medio de sus alucinaciones e improntas plásticas. Fueron tres décadas de revelaciones, de locuras, de genialidades, de inventos, de viajes planetarios, de largas consultas con los personajes, reales e imaginarios,  con quienes vivía, pero también con los críticos que lo visitaban. Toda una elaboración  visual  encumbró a quien se trajo de su viaje europeo el impresionismo francés para verterlo en sus paisajes y desnudos femeninos.a San Fernando. Los aires de aquella Europa lo sacudieron tanto que se aproximó a la pintura española, trazó su alma en el lienzo que más tarde saldría a flote una vez instalado en su país. Viaja a París y retorna a Venezuela en 1915.

Un día elaboró la metáfora de su imagen artística:

Una vez un artista fue donde el Rey a llevarle un regalo y le mostró las manos vacías. El Rey no vio nada en las manos del artista. El Rey aceptó el regalo al mirar los ojos del artista. El artista no necesita llevar nada en sus manos. Con los ojos le basta.

Y así quedó dicho. Mirarlo  en la foto de Victoriano de los Ríos, verle el gesto, el saludo del pumpá, el mismo que cantara Aquiles Nazoa, es sentir la peregrinación de este hombre pro el mundo y por los meandros de su  genio. Verlo así como un personaje cinematográfico. Revelarlo para que quienes no hayan visto su obra crean que se trata de un viejo actor de cine mudo. Reverón  era actor de su propia existencia, de sus travesuras plásticas, de sus personajes. Los imitaba a todos. Hasta su locura fue parte de ese gran teatro elaborado en El Castillete donde vivió los ya señalados 30 años y de donde salió al Sanatorio San Jorge donde finalmente murió el 18 de septiembre de 1954.

Pero, ¿quién era Armando Reverón?

Más allá de su atormentada existencia fue un pintor genial. Un venezolano de talento extraordinario que lo volcó sobre las telas que él mismo preparaba, así como preparaba sus pinturas. Podía hacerlo sobre trapos viejos, sobre piedras, corteza de árboles, elaboraba cuadros imaginarios en el aire frente al mar de Macuto bajo las estrellas.

Aquel Reverón que experimentó varias épocas, el mismo que fue estudiado por muchos, entre quienes están Boulton, Calzadilla y tantos otros que escribieron sus cuentos y anécdotas. Así, la Época Azul, entre 1912 y 1921 en la que se nota la influencia española y su cercanía a los pintores Fernandinov y Boggio, sus amigos. Vendría luego la Época Blanca, 1923, en la que encara  la luz, la busca y la encuentra. Y, finalmente, la Época Sepia, en la que él mismo preparaba sus pinturas con barro y otras sustancias, lo que le daba un color particular a sus retratos y autorretratos.

Armando Reverón, quien solía vender sus piezas en calles y tugurios de Caracas. A veces se le veía pasear por la capital, con la cara de un enajenado, con la cara de un sujeto pleno de luz, sumido en el silencio. Caracas supo de sus exposiciones, también Europa y Estados Unidos. Y también fue reconocido con un importante galardón  en Madrid, así en la Exposición Universal de París. En 1953 le fue conferido el Premio Nacional de Pintura.

De él escribió Juan Calzadilla:

¿Era un pintor culto o un pintor intuitivo? ¿Expresionista o impresionista? ¡Esquizofrénico o que fingía locura? Y por encima de todo: esa leyenda del solitario mil veces desplegada con bellas fotos en los periódicos. Detrás de todas esas especulaciones más o menos circunstanciales, se siente ese gesto grave y a la vez importante de quienes se saben estar contribuyendo  a un entierro. El silencio avanza detrás de ellos a pasos marciales.

Un dato destaca la retrospectiva que se realizó sobre la obra de Reverón en julio de 1955 en el Museo de Bellas Artes. Fueron muchas las obras expuestas.  Fueron catalogadas unas 400 piezas, como escribió Calzadilla, de las cuales “doscientas cuarenta y cuatro de las cuales eran pinturas, en diversos procedimientos, y el resto, o sea casi la mitad, dibujos al carbón o al lápiz sobre papel, cartones o periódicos envejecidos…”.

Una larga historia, una larga vida. Un genio que se ha quedado instalado en la memoria de quienes pintan, dibujan, trazan la línea de mundo, danzan con los colores, imaginan la metáfora del ojo, el poema de la mirada. Por eso y más, hoy, 10 de mayo, se celebra en nuestro país el Día Nacional del Artista Plástico. Y el nombre de Armando Reverón se repite constantemente en las mareas de su Caribe de Macuto, frente al desaparecido Castillete, el mismo que se llevó el mar entre el 15 y el 16 de diciembre de 1989.

Por allí anda su fantasma, atareado entre tanta luz. Ciego de colores, enloquecido por la plasticidad del aire que respira en su eternidad.

 BESTIARIO

1.-

De los griegos nos viene la fábula. Luego devenimos animales, los que en la literatura fabricamos el imaginario humano. Como bestias de esta superficie, desatamos la furia del animal que nos contiene. Calcamos ladridos, mugidos, berridos, balidos, cotorreos y otros “discursos” propios de la selva en la que habitamos rodeados de edificios, calles, avenidas, parques abandonados y malas intenciones.

En este compendio de expresiones animales apostamos a la división, al término medio de una carne a la parrilla, porque descuidamos el fuego para rebasar el vaso de licor cotidiano. La división por parcelas nos define desde las albricias de unos códigos  que intentan la redención a través de la conquista territorial, para luego tratar de invadir los predios de un espíritu atado al mástil de un monarca cuya corona se extravió en el último viaje.

La teoría nos aleja de la otra realidad: mientras se escribe esta nota para prolongar la agonía, un grupo de terrófagos mira el espejo desde la mensura de las aspiraciones. Es decir, mientras se rueda en una bicicleta, la monarquía  ya ha recorrido medio camino entre ofrecimientos y muchos trajes a la medida.

Cuadrúpedos, bípedos, reptiles, aves canoras, carroñeras y de mal agüero recorren la angustia de un futuro amarrado al pasado. Los que luchan contra el statu quo, en su mayoría, no pueden despegarse de viejas estrategias. Los que respiran hondo la imagen de la personalidad de las atalayas, se acogen a las bestias heroicas. Uno que terminó muerto, cazado en mala hora. Otro, podrido en una ergástula, cerca de la costa marina. La imagen de un fracaso.  El mismo fracaso que los animales más débiles experimentan frente a un león o a un cocodrilo. Nuestra fauna restablece su espacio: una vez invadido y repartido a partes no muy iguales, aparece el rasero social. La división ha sido el estudio más profundo orquestado por el puño amenazante. Una parcela para cada quien. Quien tenga más amígdalas puede gritar más. El que administre bien el estómago tendrá digestión completa. La grama, el gamelote, es la fórmula para la venganza. El pez grande se come al más pequeño.

El burro flautista se pelea con Tío Mapurite, mientras el Zorro de las uvas intenta sacarle partido a Tío Conejo, quien más vivo le roba las zanahorias a Tío Bachaco. Pero la situación es más aguda: ningún animal del zoológico acepta órdenes que no vengan del regente del campo de concentración. Para unos sí, para otros no, que así lo determinó la aguja más larga del reloj. Mientras más resistencia haya, mayor cantidad de horas sacará la bestia más peluda para ser elevada al sitio de honor.

2.-

Cada quien administra su animal interior, su personal manera de balar o ladrar. Corderos o perros, somos una gratitud permanente, becados de la historia. Que mucha paja hay para pacer con felicidad. Agua en mares, lagunas y ríos para nadar a gusto, mientras los pulpos aprovechan estirar los tentáculos. Un caimán duerme con la boca abierta, a la espera de que le llenen el estómago con regalías y promesas. Una pereza mira, desde la altura de la rama que ocupa, correr el mundo a la velocidad de su permanente descanso. Un pájaro bravo cobra por adelantado las pitas y pedradas contra la hilera de hormigas y bachacos que

llevaban el alimento a una cueva. Una guacharaca insulta con todo el buche a los cachicamos que siempre han trabajado para las lapas. Tío Perico alza torpe vuelo y se estrella contra la barriga de Tío Toro, presto a cargar con las culpas de los zánganos, ávidos de privilegios y reconocimientos.

Cada animal juzga por su condición. Cada uno abre su camino. Cada animal es un número o un monosílabo. O un canto primitivo en pleno relevo de emociones. Divididos, el animal mayor aprovecha el desorden de una fauna embalsamada en su propio desencanto.

Ratones de biblioteca saludan desde las páginas de su silencio todos los yerros, equivocaciones y tartamudeos existenciales. No vale leer, escribir o estudiar: se impone la cháchara y los abucheos de la piara. No vale desencadenar los misterios de la historia. Ésta no vale nada. La historia es una herramienta para decapitar cerdos y pajarracos. Premiar serpientes y sapos venenosos. Celebrar los chillidos de la urraca. “Sacrificar el sinsonte es de sabios”, grita el cuervo.

3.-

Para aparecer en escena, doblar el morrillo del toro que se creía de casta. Doblar la cerviz para calcular las ganancias. Bajar la mirada para obtener la real cédula de una embajada en la Selva Negra. Otros se quitan la piel para mostrar fidelidad. Los más sensibles cantan y bailan alrededor del bullicio, donde dejan su cansancio.

En todo corazón de bestia late un corazón humano, dice el más político. En todo corazón humano se infarta el animal que se desea alimentar, profetiza el cínico. Cosas de zoológico, de animales que se dicen felices, domesticados por los cambios que el Rey León dice protagonizar.

El olor de la carne asada nos advierte de una parrilla, de la gran parrillada. Hasta los gatos se han escondido.

LA HISTORIA DEL DOLOR: DE LA CATÁSTROFE

1.-

El derrumbe de la conciencia ciudadana, la depresión causada por algún desastre en el corazón de una democracia, son motivos para que los pueblos aborten su tranquilidad y le abran las puertas a la violencia. Muchos han sido los ensayos escritos acerca de asuntos donde los extremismos logran encontrarse en la misma trinchera.

George Steiner llegó a preguntarse sobre esa tragedia llamada nazismo y que Gelman cita desde su dolor argentino: “¿Por qué las tradiciones humanistas y los modelos de conducta (se refería a Europa) resultaron una barrera tan frágil contra la bestialidad política? En realidad, ¿eran una barrera? ¿O es más realista percibir en la cultura humanística expresas solicitaciones de gobiernos autoritarios y crueldad”. Sin querer rozar las comparaciones, la vista es clara cuando hablamos de esta América Latina sumida en los desencuentros, más cuando se trata de deslaves anímicos fundados en la venganza. Nuestro continente no ha logrado despojarse de dos fijaciones: 1) la cuenta por cobrar a Europa, que aún libera adrenalina en alguna sociopatía degenerativa, y 2) la factura que Estados Unidos no ha logrado arreglar con su patio trasero. Es decir, mientras Europa dejó la semilla de una herencia, Estados Unidos recoge los frutos de las riquezas que los españoles o portugueses no supieron mantener para ellos. Estos dos frentes conforman la permanente angustia histórica que hoy, en esta Venezuela dislocada por el pasado, verifica la redención nunca bien vista por la lógica de cierta sociología. Somos un problema: la catástrofe siempre está a punto de tocar a nuestra puerta.

2.-

La pregunta de Steiner entra en la “bestialidad política” que asoma a cada vuelta de reloj en nuestros fundados miedos. Al parecer, a la hora de cometerse abusos, los pueblos son de la misma nacionalidad. El rasero del horror nos coloca al lado de las mentes más perversas. La irracionalidad toma cuerpo en medio del almuerzo. Responder a estos aquelarres es tarea difícil. Para el poder no existe la dificultad en el adobo de justificaciones. Somos historia, hueso y músculo de los antojos de quienes se consideran salvadores de sociedades que aspiran a resarcirse del pasado. Con ese deseo hacen de una nación una catarsis: la catástrofe como retórica sienta su reino en la conciencia colectiva.

¿Cuántas preguntas son necesarias para olvidar, por ejemplo, la tragedia de Chile o las muchas matanzas que han quedado marcadas en la memoria de un continente cuya independencia sigue siendo una pesadilla? Mientras sigamos instalados en esta premisa, seremos esclavos de nosotros mismos, del atavismo más radical. Del sufragio de la desesperanza.

En esta América que sigue siendo sueño de pertenencia, la imagen de la catástrofe es un fenómeno cultural. En nuestros genes habita cómodamente. Si dejamos que esta “costumbre” siga arraigándose sin control, seremos terreno fértil para que los profetas y carismáticos escriban otra historia. La historia del dolor.

DEMASIADO TARDE PARA VOLVER

1.-

Miguel A. Hernández Navarro

Abrumado por la hora, por la casi ficticia manía de empezar a ser personaje del libro, peregrino bajo una tormenta, ingreso en Demasiado tarde para volver  (La biblioteca del tranvía, Ediciones Tres Fronteras, Conserjería de Cultura, Juventud y Deportes de la Región de Murcia, España, 2008) de Miguel A. Hernández Navarro, “profesor de Historia del Arte, gestor cultural, crítico literario y eterno aspirante a tirador de esgrima”, según sus propias palabras. Se trata de un sujeto alto, medio calvo, barbado, muy español, de mirada inteligente, de trato simpático  y alejado de alguna maledicencia si no sabe que quien lo ve de soslayo o lo maltrata de pensamiento (esto formaría parte de una de las condiciones para elaborar un reducido espacio de ficción), y desde esa suposición pasamos a ser parte de un juego. Parte del juego de un narrador que hace maromas y  peripecias con la imaginación, no sólo con la de él sino con la del lector que sufre las consecuencias del  ingenio del que escribe o inventa para solazarse en su osadía.

Valga la entrada un tanto agreste. Me topo con el libro y me doy a leerlo pasadas  varias semanas de tenerlo al lado de mis exaltados y recurrentes sueños. De alguna pesadilla entrometida, luego de habernos encontrado en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo en Valencia/ Venezuela. Y digo que dormía conmigo porque en verdad dormía conmigo. Le pasaba la mano por la solapa, lo acariciaba, pero no lo abría, no lo despernaba. No lo despertaba. Me distraían otros títulos pendientes  u otras emergencias (llegaron  primero a esta mesa de angustia que significa ver un montón de libros al lado de la cama). Le daba vueltas, paseíllos  de torero. Hasta que el mismo libro de Miguel me reclamó. Me hizo soñarlo. Así, lo tomé y me habló con recia voz y acento ibéricamente marcado:

Salió unos minutos a dar un paseo. Al poco miró el reloj. El tiempo había pasado volando. Ya era demasiado tarde para volver.

Entonces me agarré de mí mismo –me sujeté con los brazos de ese alguien que soy- y traté de no irme volando con el tiempo. El relato de Miguel A. Hernández  Navarro tiene esa virtud: es tan corto y dice tanto que es capaz de borrarnos del mapa. Me da la impresión de que esa es la intención del autor. Su mala sangre es tan notoria: claro, todo escritor de minificción,  microrrelatos o cuentos cortos o cortísimos  tiene que tenerla, que no de horchata,  de lo contrario sería un redomado militante del muy bajo y engreído romanticismo. O un monje a punto de recibir el aro testal del santo.

2.-

La lectura es a saltos. Como se deben leer algunos libros, sobre todo si tienen las características de éste de Hernández Navarro. Se trata de un compendio (mejor, de una buena ristra) de cuentos, relatos, historias, inflexiones, revelaciones, anécdotas, confesiones, secretos. Vaya, se trata de un libro de cuentos  cortos donde el lector se ve (o siente que lo hace aunque sea con el vecino) dibujado y hasta sufrido. Y como es demasiado tarde para regresar a casa, nos quedamos en sus páginas para hablar un poco de ellos, de los cuentos, claro. El libro, bellamente editado, está dividido en tres partes, a saber: Viajar a ninguna parte, Poéticas del fango y Memorias del otro lado. Son tres instancias que hacen que quien las lea se arrugue un poco. Nuestro autor tiene una capacidad para entumecer a los lectores. Los achica, los acogota: es decir, es un libro muy bien escrito con historias que logran revolcar el alma, el espíritu y los músculos. Es un libro duramente peligroso. Digo, desestabilizador, conspirador contra el mismo lector porque lo preocupa, lo desencaja.  A mí al menos me causó una alergia síquica. Quiere decir que es un buen libro. Porque un libro anodino, dulzón, gustavoadolfobecqueriano no me ajusta las cuentas que tengo pendientes. Este sí.

Y quiero decirlo, muy informalmente, con el primero que nos recibe en el portal de la casa: Un personaje  viaja en un avión que se va en picada, directo a estrellarse contra el copete del mundo. Quien cuenta, un sujeto que quiere dejar escrito el cuento más corto, pero que no ha podido hacerlo, se esmera en ello mientras el avión va directo al desastre. Tomó el lápiz y le puso energía a su imaginación. Sólo pudo rasguñar: “Todo lo que no he escrito”. Y dejó el papel. Pero el bendito aparato recuperó el vuelo, volvió a la normalidad y las amígdalas de los pasajeros también regresaron a su lugar, como las pelotas. Pero el escritor no logró sentirse sacudido por el hecho de haberse salvado como los otros. Quería morir inmortalizado por ese cuento. Nada: no dejó una obra acabada. La decepción lo llevaría a abandonar el oficio de, en serio, escribir una novela. Sólo le sale siempre el mismo cuento, la misma extensión. Desde ese instante, con el que termina el relato de su fallida muerte comienza el libro que tengo en las manos.

La lectura de estas hojas  de Hernández Navarro me conduce  a la creencia de que el humor negro (hay humores de humores y de muchos colores, valga la rima, Quevedo) forma parte del éxito de todos los fracasos: el pesimismo, la certidumbre de que todo nos lleva a un precipicio. De que un cuento corto no es más que eso: un deseo, el de saber lo que nos espera.

Temas: la incertidumbre, la caída y la muerte. Mirar y escribir desde esas perspectivas, desde la cortedad para simular una herida, una cortadura, el instante del ahogo, la sensación de ser pisado por alguien que sonríe. Y la muerte, ese rostro macilento que nos enseña los dientes desde un espejo. Y, demasiado tarde para entenderlo. O demasiado temprano para tenerlo presente. O para volver, regresar, retornar, entrar o salir.

3.-

Viajar a ninguna parte contiene un viaje. La épica de la traslación, la de no estarse quieto, pero en esta porfía de nuestro autor quien viaja imagina que lo hace y convierte la travesía en un regreso, que a la larga es un viaje. Así:

Subió al tren con la única intención de perderse para siempre. Al sentarse, leyó este cuento y meditó unos segundos. Bajó en la siguiente parada y regresó a casa. No necesitó la distancia para errar eternamente.

El cuento como protagonista, como personaje, como inquina, motivo del regreso, ya existía. Es decir, el retorno estaba escrito. El errar eternamente indica un viaje interminable. Un cuento interminable. Una teoría que se agudiza en quien desanda paisajes. Viajar también indica quedarse en un solo sitio, eternamente. El que viaja se desgasta, mas no el cuento. El trabajo de Miguel le permite al entrometido que esto escribe hacer ficción, hacerse ficción con el mismo cuento. No hay realidad en medio de tanta errancia.

Y en el próximo, la pérdida, la creencia de que ella estaba allí. O de que estuvo con la llegada del tren. Nunca lo sabrá: no bajó al andén. O el anterior, el sujeto que se fue y logra probar en el espejo que ya se ha ido, que no está, que es en el lugar. Un viaje para no saberse, para no ubicarse. O, en todo caso, para situarse en un no lugar. Varios son los viajes: total, ninguno  devela el regreso, el saludo de alguien que lo despida. Un viaje en el mismo lugar. Hasta en la muerte.

4.-

Poética del fango:

¿Por qué has dejado de escribir?, me pregunta a veces el hombre de gris. Yo lo miro fijamente, pero no sé qué responderle. Entonces me levanto del fango, hago como que estoy vivo, me siento frente al ordenador y escribo estas líneas. Perfecto, dice el hombre de gris. No queda ya nada en tu mente digno de ser contado. Vuelve al lugar donde te escondes. Nadie irá allí a buscarte.

¿Qué quiere decirnos este personaje, este narrador, este sujeto, este escritor que vive pegado del piso? ¿Se trata de un escritor de negro, es un esclavo, una visión dolorosa de quien no logra ser lo que quiere?  ¿Un trozo de goma de mascar? ¿Metáfora del escritor marginado? ¿Acaso la que representa el vacío, la nada, el nonsense o la depresión de quien viaja y no viaja, sale y no regresa? El suicidio, la desmemoria, el crimen, temas que no necesitan presentación están colgados de estos relatos.

Dos  que desafían la tranquilidad:

Al ver que ya nada tenía remedio, hizo de tripas corazón y se comió todo el amor que sentía por ella.

**

 Tuve que comerme sus vísceras para comprender por qué decían de él que era una persona entrañable.

Ahora me sabe mal haberlo hecho, y también sé por qué lo llamaban el repetitivo.

Suficiente hasta el próximo almuerzo.

5.-

Memoria del otro lado nos lleva a sentirnos fantasmas, perseguidos, muertos en vida, simples imágenes borrosas de la existencia. Una atmósfera gótica en la que tanto escritor como lector forman parte del mismo misterio, porque quien sea lector no se juzga peor muchas veces que el mismo que inventa la historia. Y cuando afirmo peor digo perverso, maligno, ingenioso, buscador de tesoros perdidos, cuentista, invencionero.

Después de un largo período, hoy he vuelto a ver mi rostro en un espejo. Ha sido fugaz, apenas un segundo, el tiempo que la estaca ha tardado en atravesarme el corazón.

El lector, digo, este yo que lee, convertido en Drácula, en un miserable vampiro que lee con delectación el cuento que habrá de matarlo. El cuento es el espejo, la narrativa de la mortalidad.

Y así, este otro en el que Poe no se podría desmentir:

Pasaba las noches en vela rezando frente a aquella tumba solitaria. Al salir el sol, volvía a meterse en ella. Le costaba horrores volver a acomodar su cuerpo al ataúd. Cada vez menos, afortunadamente.

Si la soledad es un personaje, en este relato es tan visible, tan notable que hace que los huesos disminuyan.

6.-

Definitivamente, Miguel A. Hernández Navarro, autor de una importante obra narrativa, es un hombre que hace literatura. Él mismo lo ha confesado: el mejor de los placeres. Con este libro de bolsillo donde nos somete al escarnio público de hacernos parte de su imaginario, comprobamos que como lectores también somos sujetos de literatura. Existimos en la medida en que entramos en la ficción. Y con este trabajo lo hemos logrado, los lectores y quien la ha escrito.

Demasiado tarde para dejar a un lado estas páginas.

DESDE EL BALCÓN

Carmelo Chillida 1.-

Carmelo Chillida habita tres lugares desde donde mira el mundo. Y desde esas perspectivas le da tamaño a su mirada. Su poesía en este libro -Desde el balcón (Kalathos ediciones. Colección Poesía, Caracas 2013)- es verbo activo: quien habla cuenta, quien dice relata desde varios puntos el afuera o los afueras que no han dejado de pertenecerle. Por eso su poemario se nos ofrece desde la lectura de un “Testigo”, “Desde el balcón” y desde “El gran teatro del mundo”. Es decir, Chillida es un poeta visual atraído por la observación. Nos lo dicen sus versos, su postura y su impostura, su relación con los sujetos y los objetos. Su manera de hablar desde el poema. Porque estos son poemas hablados, “críticos”, a decir de Eliot. En tal caso, nuestro poeta reinventa una realidad para traducirla en tradición. No se trata –otra vez Eliot- de aquella “Inner Voice” que desata el inconsciente del poeta. Carmelo Chillida hace poesía desde “la labor de ubicar, combinar, construir, expurgar, corregir, examinar”, como lo dejó escrito el escritor inglés.

Con esta entrada la lectura nos coloca al lado de una voz que indaga el mundo desde una esquina. Se trata de un sujeto que es testigo de su propio devenir, de las pequeñas o grandes cosas que pasan a su alrededor. Es una poesía de la memoria, del tiempo acumulado en el presente y que emerge cruda, sencilla, dialógica porque habla con el otro invisible. Que da testimonio de lo vivido.

Por eso el mismo autor ha declarado que “Cuando estoy escribiendo no pienso en la poesía”. Más bien se concentra en los ladrillos sonoros para construir la casa del poema, del que brota airoso esta declaración: “…esa poética buhardilla/ donde un poeta podría/ escribir versos grandiosos, llenos/ de fuerza, vigorosos? / Ni héroe ni antihéroe, / ni maldito ni bendito: una persona/ normal, o que eso pretende”. Quien habla se ha ido a la calle a desbrozar la rutina, la cotidianidad, una costumbre: la de ser parte de una topografía que lo define.

2.-

El lugar mueve al poema. Ahora desde un sitio más reservado, más íntimo, el poeta registra la memoria y un paisaje. Esa traslación permite la evocación familiar y la captación de la montaña caraqueña. El Ávila pasa a formar parte de un personaje ineludible visto “Desde el balcón” del apartamento heredado de los abuelos.

El poema es más cerrado, más personal: autobiográfico, genético.

El que estaba en la calle, en la esquina, en la tabaquería, se encierra en la casa. Desde ella, desde el sitio más saliente del edificio, mira el cerro, el otro mundo más allá del testimonio dejado por el caos, por los carros, por el humo, por la ciudad. Y entonces, el Ávila:

Desde el balcón te miro, Ávila

desde el mismo balcón

que te miraron mis abuelos,

hace ya tanto, antes

de que ellos partieran, antes

de que llegara yo.

La voz de García Lorca se escucha en el poema. Se lee desde el “verde que te quiero verde” y  se hace cerro, mueble y tensión sensorial.

De manera que el Ávila

divide la ciudad del mar, detrás

de esa montaña verde está el mar

que desde el balcón no vemos,

solo imaginamos. La otra cara del cerro,

oculta para el que contempla.

El balcón es el mirador que descubre el mundo y la historia familiar. Pretexto para traducir pasajes, escenas, diálogos, silencios, el exilio del abuelo republicano español, aventuras juveniles, viajes cortos. De Caracas al Ávila y de allí a Macuto en otro tiempo. La microhistoria enhebra una visión ampliada del mundo exterior. El poema respira con la distancia: es una inflexión que funda una ética del recuerdo, una poética de la intimidad y una estética de los afectos. El balcón, suerte de púlpito, ha sido testigo de las voces de los muertos, de los viejos ya idos. El poeta los oye deslizarse, abrir puertas, pronunciar oraciones.

3.-

He aquí que el poeta teoriza. He aquí que viaja con sus bártulos y recala en un proscenio desde el cual afirma

Que el mundo gira al revés y que el paisaje

(la calle, la casa, el cuarto) sólo es el escenario

para que los actores reciten sus mal

hilados pensamientos. El mundo ya no es

más el centro del mundo…

He aquí que el poeta devela el rostro de quien se afana a diario. La mímesis, la transfiguración, el cambio de piel del espíritu que se hace rostro diverso, persona distinta. Máscara es personaje, sujeto, rictus o sonrisa. El teatro: he aquí a Calderón de la Barca y su Gran Teatro del Mundo, también el viejo edificio isabelino The Globe, reducto de William Shakespeare, desde donde imanta el mundo con sus tragedias. Y  el eco de Samuel Beckett.

La vida cotidiana y un viaje a Londres le permitieron al poeta decirse de sus caras:

La máscara de profesor,

La de poeta, la de buen vecino

Son disfraces cuando hay

Que salir afuera, a ganarse la vida.

La gran mascarada

Tiene lugar allá afuera

Esta tercera parte, global, va más allá del hombre en la esquina o de quien se sienta en el balcón a escudriñar los misterios del cerro. Va más allá de quien en soledad se rasga la piel. Aquí alguien se desnuda, se quita las caras que suele usar.

El rostro que muestras todos los días

es una máscara; el que ocultas,

el que guardas para ti mismo, es otra.

Algo así parece querer

decirnos Shakespeare, nuestro

contemporáneo ¿o no?

Los tres escenarios, altares para el rito de liberar la memoria usados por el poeta, han servido para dejar al descubierto el propósito de quien escribe poesía sin pensar en ella. Un hombre que escribe para que todos entren en la poesía.

Un hombre ha sido testigo de las calles, de la gente, de una ciudad. Un hombre se descubre a diario en una montaña desde una ventana. Un hombre se arranca el rostro para colocarse otro. Definitivamente, un hombre. Un poeta que habla y como dice Eliot se ubica, construye, examina y viaja con sus distintas máscaras. Un hombre hecho varias personas en un poema.

Elena Vera viaja en el lomo de un pez crisopterigio

-La voz de las mareas-

 

Elena Vera Un pez crisopterigio se sumerge en el mar poético de Elena Vera. Pez de las profundidades; del fosforescente silencio marino, albergó en su fragilidad los misterios de las voces abisales que visitaron a la poeta en sus momentos más oscuros.

La palabra se oculta, rebasa la inmutabilidad de la muerte. Sin embargo, encierra en sus sonidos la piel que el tiempo le ha ido agregando. La palabra crece o se muere, así el celacanto, esa bestia aturdida por el sonar de la eternidad.

El mapa de sus andanzas comienza en este libro de Elena Vera, ganador de la V Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre”, y que le hizo decir a Manuel Bermúdez el mismo silencio de la hondura. “Elena Vera se encontró un tema digno de Melville. La historia de un pez que se escapó de la Eternidad”.

El pez respira fuera del agua la primera impresión de la superficie. Dejó de ser profundo para encarar la luz, el siempre negador del sol. La voz de la poeta encarna el viaje desde los bajos marinos. Los ojos del animal son portadores de la maldición: la oscuridad. “No tenías que emerger / –declinador  del sol – / criatura soledosa/ de profundidades/ abisales/ Nadie/ te obligó a ver la luz/…”.

Haber descubierto los destellos de las olas convierte al animal en la más solitaria de las bestias. Su soledad abisal, las más solidaria, se hace ahora un “sí mismo” develador. La soledad es para que se revele en la misma soledad, no en presencia del “otro”. La poesía desanuda es propuesta: para estar solo es necesario vivir con “otro”, estar con el otro desde su mirada. El Celacanto, en su mar distante, jamás lo estuvo. Estaba sin el otro. Al ser descubierto por la luz, ya es la soledad.

Su derrota consiste en haber salido del mar y mostrado los ojos. Ya fue mirado, dejó de ser leyenda.

Elena Vera “inventa” la criatura. Lo ciega con la palabra. La poesía siempre ha servido para ocultar. Arte poética que contiene el cuerpo hondo de una imagen dotada del misterio: “Corales retorcidos/ putrefactas aguas/ mascarones triunfantes al sol/ en otros días/ desafiantes quillas y masteleros/ chocando con el aire/ desafiando la luz…”. Un viaje desde abajo para reposar en una playa desafiante. El poema se vertebra con el pesimismo atacado por el tiempo: “Ah/ el tiempo/ que destruye/ y/ arruga/ y/ afea”. Los siglos en la armadura de la palabra, en las rugosidades de la muerte, en la parsimonia del dolor. Dentro del pez, el poema, otro pez que no hace preguntas. La crueldad circular de las mareas, de un océano que cambia de aspecto cada vez que la voz repite los asombros. Hay tantos “otros” en el tiempo. El infinito en el tono inflexivo del texto: hablar con las fauces del animal. Ser bestia desde el enigma, pero también bestiario de un océano único. Sólo el Celacanto es él, el solo, el que existe en la extinción. La palabra olvidada. Pez y voz en desuso. Arcaísmo donde la belleza recobra el significado del infinito.

Ningún espacio ha sido creado para no recorrerlo. La palabra se extravía, el pez forma parte del olvido, porque no había voz para definirlo, encontrarlo. Pieza de museo natural. Allá, escondido, representaba la fórmula de su estudio. Visto o nombrado por ojo y boca humanos se metamorfosea, desaparece, porque llega a ninguna parte: “Nosotros/ los abisales/ solemos perder el rumbo”.

Reconoce en la luna, en los hemisferios (sombra y luz), en el paisaje que recoge en su ojo oscuro, encerrado por la presencia de quien construye, la voz para exponerlos a los astros de la noche. Poesía oscura, venida de la noche crosopterigia, limpia el reflujo del mar. Pronuncia el silencio. Exige la muerte lejos del sol. La poesía pide un poco de silencio, el espacio donde la luz no haga falta. Elena Vera consiguió en las escamas del Celacanto la profundidad de su lejanía.

OTILIO GALÍNDEZ O LA POÉTICA DE LA EMOCIÓN

 

OTILIO GALÍNDEZ  1.-

El aliento poético de los músicos y compositores populares  venezolanos se agita entre el octosílabo y el endecasílabo. O -para beneficio de quien lo interpreta o lo lea- se mueve libremente entre “renglones fallos” y el metro de una emocionalidad propia de nuestra herencia castellana, andaluza y árabe. No queda nada fuera de esta estirpe: los hacedores de sonidos artísticos  basados en versos, en medidas cuya tensión albergan contenidos rústicos (el término remite a una corriente que toca lo campestre, lo nativista, lo rural y lo pueblerino) con acentos “pensados” o  espontáneos,  han nadado en esas aguas. Abundan versos de corta respiración que habilitan la posibilidad de un desahogo arbitrario rico en matices, que “alargan” la voz y la hacen pródiga en colores.

Digamos desde este transigente inicio  que Otilio Galíndez, nuestro hombre de Yaritagua, que es decir de todo el continente que habla español, forma parte de ese sustrato cultural que ha heredado el oído del tiempo.  Otilio se hizo del verso amoroso cercano al clima cotidiano, geográfico interior por lo que tiene de sentido y pensamiento, desprovisto de intenciones dogmáticas, toda vez que soñó y sonó en plena libertad con la letra y la música de sus afectos  biológicos y espirituales.

Galíndez era letra y música de una existencia plena, tanto que no escondía la emoción ante cualquier evento humano donde la belleza estuviese presente. Desde el instante de esa experiencia, Otilio se revisaba en susurros para atraer la música y en palabras para crear el poema. De esta manera, la oralidad era parte incuestionable de la música que haría posible la composición.

Bien lo escribió un día el músico Luis Ochoa: “La poesía y la música de Otilio son una misma criatura. Podríamos decir, que sus poesías son ramas colgadas del follaje de su música, creciendo siempre juntas, formando una unidad inseparable y nutriéndose de la savia de un robusto tronco de hondas cicatrices, raíces penetrantes y conocedor de duros inviernos y sequías”.

En toda la obra de Otilio Galíndez se observa esa estrecha relación entre texto y música. Cada sonido en su lugar: cada palabra es un acento que marca el ritmo de la hondura de su permanente búsqueda.  La elegancia de su verbo se traduce en una versificación en la que el idioma particular del artista se hace más sonoro. La música se casa con la letra y viceversa. En tal sentido, la poética de Otilio es la viva voz de un castellano vibrante, vivo y vital, terrenal, campesino  en la ciudad. Pero también atiende a la altura religiosa cuando trata la tradición navideña mediante los villancicos y la parranda.

 Para Otilio fue un verdadero privilegio haber tenido como lecturas los textos de Antonio Machado, Jorge Guillén o Federico García Lorca, con quienes dialogaba en la soledosa casa de Maracay. La poesía tradicional venezolana también se paseaba feliz por sus ojos. Era común ver a Otilio frente al altar de una virgen y subvocalizar oraciones que, luego, se hacían canciones. Medía con exacta lentitud las palabras en el momento de alguna impronta creativa: las masticaba, las amasaba con savia pasión y luego las volvía a reconocer en el oído. Y hasta que éstas no eran parte de una “sordera” que mostraba con orgullo, no pasaba al racimo de versos que luego asistían a una suerte de estación durable. Es decir, nuestro personaje, como escribí en otra ocasión, ha combinado la sabiduría popular de esta tierra con la tradición literaria española. Él mismo lo llegó a decir en muchas oportunidades: papel relevante jugó su madre, quien también medía versos y le cantaba sus propias producciones. También el cancionero popular, la travesura de trabajar casi en silencio y luego anotar en un papel. Me tocó ver las garrapatas, como él llamaba su letra llena de acotaciones, de donde salían los sonidos hechos  palabras que después se acomodaban a la cadencia de su voz.

2.-

Dos instancias temporales ocupan la producción de Otilio. Espacios anímicos que revelan el carácter celebratorio, por un lado, y el de la “crónica de lo cotidiano” donde el festejo íntimo se hace colectivo con temas alusivos a la naturaleza, al amor, a la mujer y al país. Diciembre es la celebración de la llegada del Niño Dios: esa fiesta nacional y popular, como dice Rosenblat, se vertebra en la imaginación de Otilio Galíndez como motivo especial de su trabajo como músico. Otilio se tomó muy en serio la llegada del último mes del año. Compuso, arregló, ensayó, presentó y disfrutó la Navidad como nadie. Dejó un legado que conserva la herencia de una tradición imborrable. El comienzo de esta fijación artística tiene lugar en el campo donde nuestro autor se crió. Las letras que estructuran su trabajo compositivo hacen referencia –precisamente- a los personajes bíblicos, que por la motivación del artista cobran vida en los versos. Así, María, la madre, y José, el padre terrenal del Niño Jesús, se hacen preguntas en la boca de Otilio. La Pascua, fiesta de esos días, recobra la fuerza que durante el año es un cálido anhelo. El dibujo del nacimiento, nuestro pesebre, aparece con sus protagonistas:

Pascua donde no se nombra el Mesías/ dime si es pascua José/ si no le cantan al niño Jesús/dime si es pascua/ preciosa María.// Allá va la mula/ allá va la mula/ allá va la mula llorando el olvido/ allá va la estrella que llora también/ allá van los bueyes/ dejando a Belén.

El mapa se llena de voces: las letras de Otilio Galíndez se adueñan de diciembre. Bueyes y mulas humanizados y metaforizados (llorando el olvido/ allá va la estrella que llora también), estrellas, los pueblos del Jesús infante, la virgen María, José, el clima frío de aquella intemperie milagrosa. Todo diciembre en la poesía evocativa de este hombre que, como escribió Miguel Ramón Utrera sobre muchos autores venezolanos, se reveló con un “exaltado acento bucólico”, envuelto por el “paisaje nativo”. Por ejemplo, “El Poncho andino” recoge este mismo espíritu, pero anclado en la temperatura de nuestras serranías merideñas o trujillanas. Diciembre en tono del frío de los páramos. Pese a que ambas canciones no aparecen en este libro, es bueno reseñar su importancia, como hitos que marcan un continuum en la poética cancionera de Otilio.

Se trata de una letra ingenua, inocente como el motivo que recibe el homenaje.  Letra jubilosa, festiva, también sagrada por lo que tiene de celestial. Terrena por lo que tiene de color local.

La poética de Otilio se ajusta a lo que Miguel Casado dice de Jenaro Talens (Cádiz, 1946). En el ensayo “Las palabras sencillas” afirma:

La crónica de lo cotidiano supone una ligera desviación del procedimiento habitual, una interrupción del tejido reflexivo, puntuando su continuidad con una serie de estampas narrativo-descriptivas que actúan como ampliaciones fotográficas: lo que acostumbra ser un simple detalle del negativo textual se observa en estos casos con minuciosidad, quizá para que afloren más al descubierto los ingredientes de su efecto. (1).

En tal sentido, los cuadros que aparecen en los textos de Otilio favorecen el sentido de la indagación: es decir, quien oye una pieza de nuestro autor, quien escucha sus palabras, se hace protagonista/ observador de su contenido. Quien lee un poema de Galíndez se paseará con mucha libertad por sus versos. Sabe que pese a  la sencillez de sus imágenes se trata de un trabajo cuya dificultad radica en hacer de lo cotidiano razón de estética, belleza. Una fotografía en colores se coloca frente a los ojos de quien oye. La imaginación –el “tejido reflexivo”- coloca al espectador frente a los pequeños detalles, lo que hacen que el oyente anime su espíritu, por “efecto” de la gracia de los recursos usados por el escritor/ compositor. En toda la producción de Otilio Galíndez se encuentran estos aspectos. Otilio hace de cada revelación un “personaje poético”: el tiempo, el clima, la fronda, los animales que entran y salen de escena en la voz de los coros, en la fuerza del solista. La luz y el color geográfico andino, margariteño, llanero, yaracuyano, caraqueño, aragüeño. En fin, Otilio es un compendio de contenidos  sensoriales que se hacen emociones verbales cuando el lector asume que está frente a un poeta.

3.-

La mejor demostración de lo afirmado en la última línea la hallamos en este hermoso texto donde la poesía, animada por lo social, encuentra espacio  en lo afectivo, en lo descriptivo añorado:

Qué piensa la muchacha que pila y pila/ qué piensa el hombre torvo junto a la reja/ y qué dicen campanas de la capilla/ en sus notas que tristes parecen quejas.// Y esa luna que amanece/  alumbrando pueblos tristes/ qué de historias/qué de penas/ qué de lágrimas me dice.//  En el fondo hay un santo de a medio peso/ una vela que muere en aceite sucio/ más allá viene un perro que es puro hueso/ con ladridos del hambre que Dios le puso.// Y esa luna que amanece/ alumbrando pueblos tristes/ qué de historias/ qué de penas/ qué de lágrimas me dice.

El retrato, la “fotografía”, es el instante de una historia que seguramente Otilio fijó durante su infancia o durante los tantos viajes que hizo por todo el país, en los horarios pueblerinos  donde vivió, donde el símil compone una lectura: que en sus notas tristes parecen quejas, así  el peso de la imagen conduce al lector a un país no tan remoto. Un país que sigue en el latido de la pobreza de muchos “pueblos tristes” presentes en los callos de la muchacha que pila y pila, en la joven que ya no pila y pila porque la modernidad inventó la harina precocida, pero sí las muchachas que quedan detrás del amanecer para encender la llama de la cocina e iniciar la faena, la dura faena de la existencia cotidiana. Los Pueblos tristes siguen allí en los mismos enclaves rurales, urbanos/ dormitorios de nuestro devenir. Los pueblos tristes en el cuarto donde tiembla la luz de una vela cuya dueña busca un milagro. Y la imagen terrible del perro (azogado a una hipérbole,  tropo que podría conducir la lectura a un instante alucinado) que muere en medio de tanto ruido o silencio, mientras Dios lo empuja a caminar vacilante y tembloroso. La misma poética nos inclina sobre sus propias quejas, mientras “el hombre torvo” acusa el llamado de la iglesia del pueblo. Letras que se ciñen al clima de lo que el autor vio. Letras/ poemas que aturden por su belleza terrenal mientras la luna descubre aún más el carácter del villorrio: sus tristezas, sus penas, sus lágrimas. Un relato que Otilio dejó para fijarlo en cada cuadro, en cada foto que nos entrega la realidad. Un lienzo de César Rengifo  se refleja  cada vez que alguien se asoma a esta letra y entona la queja que Otilio supo colocar en la conciencia de un personaje anclado en su memoria.

4.-

No soy de los que afirman que a Otilio lo invadió una pasión “nacionalista”. Nació (es nación de él mismo, formación de su paisaje. Paisaje él mismo) en medio de todo lo que luego escribió. Fue un hombre de su tiempo rural y de su tiempo urbano. El país que lo motivó es el mismo país que muchas veces lo evadió, lo olvidó y también lo amó. No hay tal pasión nacionalista, hay amor por un país: hay un espíritu privilegiado que nació en este país, como pudo haber ocurrido en cualquier otro. Su nación iba más allá de calcomanías o etiquetas. Su memoria siempre fue una letra, el tono del país que pulsó, que re-creó  y vertió con su propio aliento, consolidado en lecturas, sueños, alegrías y tristezas propias de un ser humano enamorado de su creación. En él encontramos el dibujo y trazos nativos, roces bucólicos, el tono de una “variedad motivadora” que tuvo como músculo la geografía que vivió y murió para prolongarlo y sembrarlo en el imaginario de quienes seguirán sus letras y su música. Pero igual forma parte de un  país/ paisaje alucinante, para de nuevo citar a Utrera, en tanto soñador y vertedor de sueños –así  las pesadillas que alguna vez tuvo- con el equilibro que da la seguridad de que lo que se dice y canta forma parte de lo crítico humano y de lo afectivo.

Otilio pensaba sus letras. No era un improvisador. Saboreaba las imágenes, las pronunciaba con una posible tonalidad. Pasaba días y semanas, hasta meses, pensando, elaborando el tema. Después –o antes- aparecía el texto musical. Pero la letra era una terrible porfía. Muchas veces se trataba de un antipático estadio que sumergía a Otilio en un silencio muy personal. El mismo solía decir que hay “letras que muerden”. Otras veces era exultante porque la letra estaba allí, victoriosa. En un momento dado, luego de haberle dado vuelta a la rueda de los tarareos, aparecía triunfal la música. Y después, la fiesta. Porque Otilio era festivo, celebratorio, bohemio, literario, comentarista de ventanas, excelente usuario de los adjetivos  y bromista insigne. Una personalidad que se ajustaba a lo que a diario inventaba. Era pura letra. Luego se hacía canción.

5.-

El paréntesis anterior da pie para entrar en un pequeño país de imágenes, a través de “Ahora”, donde –precisamente- nuestro compositor acorta el aliento, afina los versos y canta con soltura, con toda la carga de un niño que lleva un hombre a cuestas:

Ahora que el invierno/ se prende de las hojas/ Ahora que amanecen/ charquitos en el patio/ Ahora que los caños/ rebosan de agua clara/ mirá el conuco verde/ oí los turupiales.// Vaya paisano/ dígale que canto solo/ que ya rompí/ con el silencio del verano/ Ahora que el invierno/ se prende de las hojas. / Ahora que amanecen/ charquitos en el patio./  Ahora que los caños/ rebosan de agua clara/ mirá el conuco verde/ oí los turupiales.   

Relato que expresa la despedida de la sequía. Que abre la puerta al período de las lluvias del trópico. Otilio humaniza la naturaleza, la hace frecuencia espiritual, alegría del alma. Texto donde lo ecológico le da voz a un “paisano” que debería llevar un mensaje. El de un personaje anónimo, inmóvil frente a la lluvia, que tiene como misión ofrecer la nueva de que comienza el canto de la lluvia. Un texto donde la letra se impregna con los olores de la tierra. La vieja tradición del conuco nos inserta en la Venezuela rural, en la Venezuela superada, en la que se hizo otro paisaje que forma parte de otra canción. Mientras tanto, los turupiales siguen cantando con quien los oyó muchas veces cerca de su imaginación.

 6.-

Otilio tenía letra para el amor. La mujer fue siempre una presencia vital. Sus amores están en versos, en miradas que revelan la ternura por quien lo hizo hijo y amante: la mujer. Para Otilio Galíndez el amor hacia la mujer y de la mujer forma parte de ese cuadro que arriba referimos, con el añadido de que ella es la aspiración, presencia y ausencia, cuerpo y vacío. Un hálito espiritual, un lugar en el interior, un espacio para ocupar. Ella, la mujer, el amor, también es paisaje, también es ese lugar donde caben la belleza de las palabras y la música, envueltas por la naturaleza viva, quien forma parte del mismo amor. En una iteración que hace de la vocal inicial el siempre comienzo de la esperanza. O es cómplice de las pérdidas y reencuentros.

Un buen ejemplo está en “Caramba”:

Caramba mi amor caramba/ lo bello que hubiera sido/ si tanto como te quise/ así me hubieras querido./ Caramba mi amor caramba/ pasar este invierno triste/ mirando caer la lluvia/ que tantas cosas me dice/ caramba mi amor caramba/ caramba mi amor caramba…// Caramba mi amor caramba/ las cosas que nos perdimos/ los chismes que solo escucho/ entre las piedras y el río/ caramba mi amor caramba/ el viento con las espigas/ aroma de caña fresca/ y amargos de mandarina/ caramba mi amor caramba/ caramba mi amor caramba…

7.-

La brevedad de la vida, la angustia casi oculta por el pasar del tiempo. Podrían muchos pensar que se trata de una especulación de quien esto escribe. La variedad temática de Otilio Galíndez le permitió encarar tantos asuntos, como el desgarramiento afectivo, por ejemplo. La pérdida de una ilusión, por ejemplo. Un tema humanamente universal, reiterativo en otros, se hace en nuestro autor una extrañeza filosófica: la cortedad de la existencia. Otilio escribió este poema perseguido por la idea de la fugacidad de la vida. La mariposa es la metáfora de esta preocupación. ¿De quién es la mirada que el poeta pierde? ¿De un amor que se despide? El poeta se vale de este instante para reflexionar sobre lo corto del tránsito vital, y lo hace en tan pocas líneas, con tan poco aliento, que da la impresión de que el lector también se apaga con la idea de la brevedad de la existencia. Morimos con el poema. Nos hacemos con el poema. El humano ser pasa tan poco tiempo en la tierra. La intemperie impregnada del color de la metáfora y de un oculto oximoron: le dio de su amarillo a mi paisaje,  se aproxima a una estación, a un momento que se acaba. Paisaje esconde el alma, el color de  la brevedad. Alguien tuvo que decir adiós. De allí el poema.

Quedar sin tu mirada/ vespertina/ será morir un poco/ cada día. / Sentirse muy ajeno/ a este sol será cual despedir/ la primavera.// Porque tan breve fuiste/ mariposa/ que apenas un poquito/ de tu vuelo/ le dio de su amarillo/ a mi paisaje.

8.-

Otro tópico que Otilio Galíndez tocó con mucha delicadeza fue la canción de cuna, en la mejor tradición castellana. Vuelan los recuerdos de José Martí, los tantos cantos para niños en boca de nuestras abuelas. La ternura que Otilio Galíndez reservó para los niños la encontramos en “Mi tripón”:

Duerme mi tripón/ vamos a engañar la lechuza/ y engañar al coco/ que ya no asusta/ duerme mi tripón./ Que mañana el sol brillará en tu cuna/ y te contará/ cómo fue que un día/ perdió la luna/ duerme mi tripón.// Duerme mi tripón/ ya se fue la tarde cansada/ y llegó la noche/ fresquita y muda/ duerme mi tripón./ abrirá tus ojos/ la luz del alba/ y te enseñará/ ríos y caminos/ y la montaña/ duerme mi tripón.

Esa ternura se ve apoyada en la misma naturaleza, compañera siempre del poeta, recurrencia y correlato de un trabajo que en todas sus vertientes y temas supo construir una poética con palabras sencillas, pero a la vez  complejas por la manera de abordarla a la hora de ajustarla a la música. De esta manera, las horas humanizadas y animadas (“noche muda” y “tarde cansada”, respectivamente) viajarán por el sueño del niño que oye el canto.

Muchas son las canciones, muchos son los poemas. Poema y canción son una sola experiencia en Otilio Galíndez, quien nos sigue invitando a pasear por la belleza de su magnífica obra.

Nombrar esa belleza  nos conduce a “Flor de mayo”, un homenaje al trópico, ese que absoluto tuvo también en Montejo razón de poesía, y así todo el brillo de este hombre que cantó y vivió para cantar y vivir en la letra de sus emociones.

(1)   Casado, Miguel. La poesía como pensamiento. La rama dorada, Huerga Fierro.Editores, Murcia, España, 2003. Pp. 268.

MEA CULPA

                                                                                             Me sé y me confieso tan culpable

                                                                                             de odio contra esto

                                                                                             como un judío contra Hitler:

                                                                                             irreductible, sin sosiego, final.

                                                                                                     -Guillermo Cabrera Infante-

                                                                                                                              (Mea Cuba)

1.-

Guillermo Cabrera InfanteEl morral del pasado aún pesa. Las botas embarradas de un pensamiento atascado en las blasfemias, en el estupor, continúan desandando aquella rabia contenida. Éramos una realidad literaria, plástica, romántica y peligrosa. Sospechosos de todo, hoy apuntados por voces que aturden y fusilan cualquier intento de disidencia, nos revolcamos en el estercolero del tiempo. Hace décadas bebíamos el mismo veneno, la misma angustia, traducida en aquello que hasta el más fascista llama justicia social. Toda revolución tiene su costado: uno derecho, otro izquierdo. Muchas veces se confunden y se tocan, como todo extremismo.

Todavía se siente el miedo de aquellos años, el temblor en los ojos. Y entonces recuerdo al poeta Virgilio Piñera, perseguido por pensar y por su condición de homosexual en la Cuba recién etiquetada de revolucionaria. Llegó a pronunciar públicamente, pocas horas después de las macabras “Palabras a los intelectuales”, vomitadas por Fidel Castro: “Yo quiero decir que tengo mucho miedo. No sé por qué tengo ese miedo pero es eso todo lo que tengo que decir”. Y calló, no dijo más.

Después vino la noche de las “3 pes”, la redada del Ministerio del Interior contra los pederastas, prostitutas y proxenetas, el 11 de octubre de un viernes que ya no recuerdo el año. Pero no sólo fue Piñera. También acosaron a Lezama Lima. El dolor más prolongado fue el de Reinaldo Arenas, quien vivió y murió su “antes que anochezca” en los “orwellianos controles de la sociedad”, como lo definió Orlando Fondevile.

2.-

Los que creímos que el país podría ser otro lugar para la felicidad. Los que anduvimos de rostro  en rostro, de voz en voz fabricando ilusiones en nombre del socialismo, ese socialismo que lleva el fracaso en su propia sangre, no dejamos hoy de advertir que podríamos hundirnos en la desgracia, toda vez que quienes llevan el timón de este barco están llenos de pasado, de la negrura de esa intemperie cruel que tantas veces se nos montó en los hombros y nos hizo renegar de nosotros mismos, de nuestra familia y de Dios.

El escritor cubano, exiliado en Londres y laureado por su talento creativo, Guillermo Cabrera Infante, en el último libro que dejó escrito, Mea Cuba, señaló: “La culpa es mucha y es ducha: por haber dejado detrás a los que iban en la misma nave, que yo ayudé a echar al mar sin saber que era el mal”.

Un viejo guerrillero venezolano me dijo una noche con los ojos hundidos: “Gracias a Dios que no ganamos la guerra de guerrillas de los años 60. Qué desastre habríamos cometido. Cuántos venezolanos inocentes habríamos fusilado. Cuántas violaciones en nombre de Fidel, de Stalin, de Lenin, del Che habríamos tenido que cargar con nosotros…pero nada, hemos llegado a esto de hoy, tan absurdo, tan copiosamente falso, tan copionamente derrotado. Ojalá que no tengamos que arrepentirnos de los crímenes que aún no se han cometido, los que todavía llevan en la mente”.

3.-

Este mea culpa, tan de todos nosotros, abunda en reclamos, en autocríticas, en la búsqueda de un espacio para que la democracia no se pierda. Para que nuestros hijos y nietos, nuestros hermanos y amigos no sean arrastrados al sacrificio. Y decirle a los pocos compañeros de viaje que hoy están en ese Titanic quejumbroso que no terminen de dejarse deslumbrar por el ejemplo de muerte de otras experiencias, tan bien conocidas por ellos, como terribles para los ignorantes. Que delante de ellos está un iceberg que los espera.

Éramos personajes de novela, como aquel Manuel del libro de Cortázar, como el Barazarte de País portátil, como cualquier Roque Dalton fusilado por sus propios compinches, como el mismo Che abandonado de su hermano del alma en las alturas de Bolivia. Traiciones, delaciones, aberraciones. En eso tradujeron un sueño. A eso llegaron, a emparentarse con los grandes asesinos de la historia. Un mea culpa que atiende a la sombra de Hitler, Stalin, Mussolini, Franco. La culpa es un morral lleno de pesadillas.

LOS MISTERIOS DE LA HABANA

Zoe Valdés1.-

Si el tradicionalismo no es más que una nostalgia, como dice Jorge Mañach, los locos de la revolución cubana forman parte de esa cosmovisión donde no falla el análisis sociológico, tan de moda otra vez. Sí, se trata de los locos, no de desviados o trotamundos: locos de remate, alucinados por la pérdida del pasado.

Zoe Valdés, quien también se pasea por la crónica con mucha gracia y desparpajo, ha publicado Los misterios de La Habana, Editorial Planeta, Barcelona, España, 2003, por donde se caminan y corren personajes no tan cuerdos, hijos de esa miseria que aún perturba y quita el sueño a muchos intelectuales y militantes de este trópico caribe, tan lleno de resacas y dolores de cabeza.

Toda revolución engendra locos, dementes, adivinos, Mesías, salvadores, pero sobre todo, locos. En la obra de Valdés los reconocemos y los disfrutamos como si se trataran de cucuruchos de maní o de un mambo de Pérez Prado.

2.-

En este libro no dejan de salir muchos de quienes, insertados en la revolución de los Castro, han mostrado detalles de sus locuras. Al parecer, el manicomio que es esa isla no permite secretos, porque la señora Valdés los expuso casi todos en este sabroso libro de crónicas. Por ejemplo, los hermanos Loynaz, poetas y extraños todos, nos brindan a través de  la conocida novelista sus deliciosos perfiles: Flor, quien le escribía poemas a su Fiat de 1930, como si se tratara de un amor irrefrenable: “Alma que de manera involuntaria/ A la par que hierro se ha forjado: / el alma de un titán encadenado/ grande y sumisa está en tu maquinaria”.

Y no era humorista. El tercero de los hermanos Loynaz, Carlos Manuel, a veces detestaba los poemas que había escrito, sintió asco por el sexo y comenzó a odiar el ladrido de los perros. Esto le permitió descubrir que se encontraba en el mundo de los muertos. No sabemos si esa metáfora demencial tiene que ver con la realidad de ese país, donde el “patria y muerte” ha encontrado solidaridad en los cementerios. El segundo de la prole Loynaz, Enrique, le tenía miedo al sol. Sólo vivía de noche, cuando salía de la casa y se acercaba al mar y a ciertas calles. Suerte de vampiro antillano, hasta que lo sorprendió el astro rey frente a una ventana. De eso han quedado unos poemas sueltos. Y para rematar, Dulce, la más conocida: se carteaba con la joven Valdés, antes de que ésta se fuera a París. Dulce era capaz de espantar y disuadir a los tantos ladrones (apoyados por la revolución) que se le metían en la casa para robarle sus adornos e invadir su propiedad. Cosas, ¿no?

3.-

Claro, los anteriores son locos finos, cultos. Los más odiados por la nomenclatura, más allá de que sean celebrados como poetas o “jala levas”. Los más visibles, los de la calle, los rumberos, los que se evaden a través de la esquizofrenia, la avasallante discrecionalidad de la ironía. Una loca, “La China”, era capaz de nombrarle la madre a Fidel. Pero como era la loca de todos, la dejaban. Un día, luego de años de insultos callejeros, alguien se la llevó a casa, la bañó, la vistió, la perfumó. En la mañana cuando fue a despertarla con un café no estaba. Se había desaparecido, como llegó, pero bien apertrechada, lista para continuar con sus labores. Seguramente, con ese ajuar, el G2 la habría llevado a dar una vuelta. El caso del boxeador que fue noqueado por Kid Chocolate, quien no admitía que le dijeran la verdad. Pero un día a alguien se le ocurrió decir que él era mejor que el Kid. Entonces, el personaje se quebró y defendió con ganas a su noqueador. “¡Kid Chocolate es lo más grande que ha parido este planeta¡ Y al que no le guste que se la meta¡”.

4.-

Queda “El equilibrista de los latones”, el más loco, pero también el más cubano. Igual, “La marquesa de Tencent”, quien no perdía la oportunidad de alabar el pasado, los grandes centros comerciales, mientras la ruina crecía entre los jóvenes como un cáncer. “Los chistes de Pepito”, el Jaimito venezolano, quien no dejaba  ocasión de mostrar el carácter  creativo de los cubanos. Se burla de todo el mundo, sin excluir a los dueños de la Patria.

Y así…una cosa para celebrar: los locos no son fusilados porque habría que purgar el gobierno. ¿Cuántos locos serán mañana parte de nuestra literatura endógena? ¿Cuántos de los que gritan, mandan y pontifican  hoy serán mañana parte de este cuadro triste y patético que nos muestra Zoe Valdés? Ya veremos. Con nostalgia y todo.

Edgar Colmenares del Valle

Edgar Colmenares del ValleCOMO UN VIAJERO QUE CUENTA SUS MEMORIAS

1.-

En el retiro de una vieja lectura suena la voz de Adriano González León, en respuesta a una invitación al Llano de Efraín Hurtado. En un sitio aún no establecido por la distancia y el tiempo ha quedado el eco de Adriano en el que advierte no haberse topado con los tantos eventos que le anunció en Caracas el poeta de Calabozo. Nada de lo que Efraín ponderaba estaba ante sus ojos: No aparecieron las garzas. No había bandadas de pájaros insolentando las nubes. Ni gritos. Ni espejismos. Ni puntas de ganado. Ni perros para aumentar el presagio. Sobre todo: nada de ríos (…) No salieron los espantos. La sabana no asumió con dignidad su abandono de hueso y de tonada. Un viaje que me arruinó el mito, a la vez que confirmaba las asombrosas posibilidades de la imaginación.

Más adelante, un poco antes de morir, Efraín le entregó el espíritu en un texto que revela el imaginario de un hombre que jamás dejó en silencio a su tierra: Usted y yo vamos los dos por estas riberas entreabrazados de palmas adioses y matapalos cubiertos de una sola plantada raíz para madrugar con suaves frescos de espinosos campos dormidos por riesgos de baja luna, partiremos en ancas polvorosas de un buey que muge lejanzas en las vueltas del monte al oír quejas de tortolitas echadas en orillas de caño por donde sestearemos después que mayo nos moje en su llovizna.

No sabía el autor de País portátil que el Llano es un código abierto, una suerte de vibración que deja pasmados a quienes no atienden a sus misterios. Más adelante entendió el amigo novelista que el Llano era lo que Efraín decía, sin dejar de lado lo de la imaginación, cuya certeza alude la invención febril del llanero. Y así como se convenció Adriano, igual lo deja dicho Edgar Colmenares del Valle en este tejido de versos titulados Textos 50 Guión 70, donde repasa las edades de su memoria y las de su espíritu, que es decir la de su pedagogía y la de su totalidad vital.

He allí que nuestro autor promueva con estas palabras la intención de lo que ha escrito:

Como un viajero que cuenta sus memorias

con el horizonte y los sueños brincándole entre los ojos.

2.-

La voz de Edgar Colmenares del Valle convence a la de Adriano. En este Llano, en esta circunstancia verbal sí están las garzas, sí están los pájaros, los gritos, los espejismos, las puntas de ganado, pero sobre todo el río, el gran río padre, el río apureño que circula su savia por las imágenes de los versos que hoy leemos.

Todo fue/ como si el río se hubiera cansado/ de remolcar estrellas/ palos y tapones de bora y paja de agua/ agua abajo/ con garcitas mustias y silenciosas encima de ellos/ y de pronto/ comenzó a arrastrarse hacia el monte/ y del monte hacia la sabana/ y antes de que nos diéramos cuenta/ violentamente/ en medio de un ruido seco y continuo/se levantó del cauce/ con peces, babos y toninas/ y se llevó el ganado/ y a los dos de a caballo/ que a esa hora antes del amanecer/ salían para la sabana/ a picar las vacas/ y se llevó también a la abuela/ que en ese momento/ venteaba el maíz que había pilado/ y se llevó a la niña/ que recogía el nepe y los picos de maíz/ para alimentar los cinco pollitos que la tía le había regalado/por haberse aprendido una canción.

El río, poética de la tragedia, acción del agua y de la tierra. También, bendición del trópico. El río dispuesto a crecer, a aumentar la crisis de quien lo ve desde lejos y es alcanzado por su fuerza. La naturaleza del Llano en las palabras de quien ha sabido tenerlo  a un lado, de quien lo supo atravesar y deletrear desde la infancia.

En casi todos los poemas de este libro de Edgar Colmenares está el río como personaje principal. Corriente  imprescindible, río para una lectura cuyo significado y sentido laten en la inflexión silenciosa del llanero, el que lo vadea y lo conoce. Y lo respeta. Y con el río, con la serpiente lenta, traicionera, peligrosa, van sus habitantes y vecinos, el condominio del agua, del barro y de la brisa diurna y nocturna que convoca a…seguir el rastro/ de chigüires, galápagos y venados/ y las huellas del cunaguaro/ que en tres tardes consecutivas le comió tres gallinas a la abuela

Viaje, tránsito, peregrinación del que traza las líneas de la palabra. Desde todos lados una mirada que se siente, ojos por todas partes que buscan un ave/ y sólo/ encontraron/ un vasto silencio/ que se hace distancia

Y en efecto, es una tierra donde la distancia, la lejanza que nombra Efraín,  devela su poder. Por eso caben en ella todos los asuntos, los misterios, los presagios, los fenómenos menos advertidos y los más sorprendentes. Es tierra de extremos. Así como el río invade la superficie, la sequía la pervierte, la borra, la aniquila, la aterroriza:

La candela

después de silenciar el canto ansioso y vehemente de las chicharras   

que se iba monte adentro perseguido por la brisa

espantó de regreso

sabana afuera

con su voz de sol de marzo

las reses

(…)

La candela salió de la nada

bailó con la brisa y con los árboles

se adueñó de un pedazo del monte que camina por la orilla del río

y del crepúsculo, de la noche y del alba

(…)

Tres días después del incendio

hacia la caída del sol

una garúa

silente y con brisa juguetona

revivió el olor a tierra mojada

3.-

El niño que viaja con el Llano, el que escribe desde la adultez este libro, se aproxima al misterio, a la muerte estática bajo el cielo inmenso, como ausencia, ingenuidad, espacio, recuerdo. En dos oportunidades han estado presentes los abuelos –el materno y el paterno- en el paisaje del cementerio. Uno en la voz que nunca oyó, en los surcos faciales que nunca conoció, sólo en las veces que fue nombrado,  dicho por la boca de otros:

Ya con la oscuridad despertado el canto de los grillos/ pasé frente al cementerio/ donde el abuelo/ de rostro jamás visto por mí/ se quedó para siempre al pie de un mandarino

Después, la pequeña parcela funeraria se hace sabana, llano, extensión, mirada con la que descubre apariciones y personajes que la imaginación reconstruye con la densidad de la crianza:

El otro abuelo figura al final del libro en el sabor del pan enviado desde el pueblo, multiplicado por la bondad jamás olvidada.

4.-

la vi venir bajo aquel cielo nítidamente estrellado/ vestida como la muerta/ de la que el abuelo contaba/ que mientras ellos dormían/ iba de puerta en puerta/ repitiendo/ casi como una oración dicha en voz baja/ pedacitos de su historia/ y el nombre de los peces que la cuidaron/ antes de que la sacaran del río

El niño vuelve a ser tocado por el misterio:

Aún no sé/ si la figura de aquella mujer/ espantando con sus gritos y su trote irreversible/ a las aves embarbascadas en el cauce casi seco del caño/ fue una alucinación/ o si ella era/ la muchacha que una vez/ se hizo memoria silente/de la lluvia y el sol/ del barro y las tolvaneras/ y de los rumores del viento y de las estrellas/ en la soledad del monte.

Y Luego, deslumbrado:

Vimos/ bajo la luz de un plenilunio excelso el brillo de unas tijeras/ y el rostro desconocido de una mujer/ vestida totalmente de negro/ cortando flores en el patio.

El recuerdo, el pálpito del pensamiento: aquella niña ahogada en el río, la mujer enloquecida por la muerte de la hija. Esa misma mujer a la orilla de la corriente, hecha verbo extraviado, desnudez lamentable. Se deja sentir dolor en quien poetiza estos espacios y sus personajes. Escuecen las palabras, pronuncia con queja, con el temor a retornar a las mismas imágenes. Ha quedado la marca del Llano, una herida perdurable.

GUIÓN

En este paréntesis Edgar Colmenares se detiene para descifrar su estatus frente a la estética, al mismo viaje. La consigue triste. Un diálogo, un corto inventario de preguntas lo aloja en la propuesta rimbaudiana de confrontar la belleza, no para injuriarla, pero sí para definirla: La belleza, amigos míos, es triste/ tan triste como todos estos años de ausencia.

Ingrid Bergman presta sus ojos para ajustarle las tuercas a esa afirmación.

Este guión, suspensión momentánea del periplo llanero, fortalece la continuación de quien poetiza y se hace poética de su tierra.

Una nota anterior desentraña la belleza absoluta, la que se admite “desde la certidumbre”, hasta arribar al sonido lejano de Dante en los últimos versos de la Divina Comedia:

El amor que mueve el sol y las estrellas (L’ Amor che muove il Sole e l’altre stelle).

5.-

La voz sigue el curso del río bajo las estrellas, el de un viaje hacia un lugar aún no definido. Especie de exilio, porque el llano peregrina con quienes lo habitan, tanto en él como lejos de él. La mudanza, la pérdida del Paraíso, de ese paraíso que Alighieri alentó desde “el amor que mueve el sol y las estrellas”.

Queda en el oído el sonido de los casos, el rumor de la brisa, el cruce de la corriente a caballo en medio de la violencia de un toro. Todo lo que inicialmente no vio Adriano González León y que dijo en la carta a Efraín Hurtado.

La misma voz evoca la escuela, la presencia de una maestra, la madre, peregrina de cuadernos, lápices y libros, en los que estaban el río, las garzas, los animales, los muertos del recuerdo, los aparecidos de la noche, los cuentos de camino. La maestra/ madre que cantaba a Doñana, contaba a Tío Tigre y Tío Conejo, la lectura de los antiguos libros iniciales. Y así la lluvia sobre el techo pobre de la casa y de la escuela. Y el verano…la primera parte del elenco de una escena que se adueñó del tiempo y del espacio/ brusca y blanda/ blanca y gris/ precisa y dramática (…)

Y también ese verano/ fue particularmente obsesivo/ en iluminarse/ con reses enflaquecidas y lagunas agónicas.

La lectura hace imaginar los relámpagos, el frío nocturno y el río, siempre el río en medio del pueblo como portador de la angustia, del miedo; habitante indeseable, parte del relato de la huida.

Y el niño siempre regresa, como la imaginación. Retorna en el pan que saborea con todos, en la textura del afecto, en la espera de una bolsa en la que viene siempre el regalo para todos los niños. He allí la memoria de un hombre que reposa en un cementerio solitario en medio de la sabana.

Y así, el adiós de un viajero que cuenta sus memorias.

APUNTES PARA HACER  Y DESHACER EL AMOR

 Ilustr.: Botero.

                                                                         …si yo hubiera tenido tetas/ serían/ como las tuyas…

                                                                                                                                            José Watanabe.

                                                                                           Mi útero/ debió ser como un globo furtivo/

                                                                                                                           lleno de novios y nonatos.

                                                                                                                                                                 J.W.

1.-

Botero-Marta“La última vez que lo vi era hombre. Pero me dejas patitiesa con eso de que ahora es mujer. Qué vainas tiene la vida. Pero lo más extraño es que se transformó para hacerse lesbiana, dices.  Cosas de gusto. La vida sí que es complicada, comadre. Ese muchacho era muy inteligente, hasta versos escribía. Y ahora que es mujer…me imagino que seguirá siendo inteligente, porque una cosa no tiene que ver con la otra. ¿No es verdad?”

2.-

Ella siempre pasa y la miro. Sabe que me gusta. Sabe que el corazón se me agita cuando la veo. Pero nada, puro amagos. Ella pasa y sólo me tuerce los ojos. Muy seria, pero yo sé que en lo más hondo algo le palpita por mí, en el estómago. O un poco más abajo.

Ahora la veo cruzar la calle y desaparecer. Mueve el cuerpo con una gracia, muy venezolana. Muy de señorita vacaciones, muy de concurso. No será extraño que termine empatada con un loco, con un tipo que la convertirá en pera de boxeo. Hará rounds de sombra con ella. Y a ella, seguramente, le gustará. O llegará a odiarlo hasta la muerte. Pero sólo lo imagino. En todo caso, no pierdo las esperanzas de convertirla en mi princesa, aunque le duela a quienes no creen en la monarquía.

3.-

Angustias se hizo las lolas y ahora pasa con lolas nuevas frente a todos, luciéndose. Las que somos escasas de tetas la vemos con envidia. Ni siquiera el relleno que le ponemos a los sostenes nos ayuda a disimular nuestra pobreza de pechos. Las lolas de Angustias son unas verdaderas lolas. Unas bellas tetas, unas soberanas pechugas. Un par de puntos de vista, como decía alguien por allá, cuando éramos chamas y no nos fijábamos en eso. Ahora que hemos crecido no nos crecieron las susodichas. Unos botoncitos, aunque Miguel dice que a él le gustan así porque se parecen a las tetillas de él. “No hay competencia, mi amor”, dice el muy desgraciado. Pero bueno, entre gustos y colores me quedo con Miguel y los suyos, los gustos, digo.

4.-

Anoche  soñé, doctor, que paría un niño de cuatro kilos. ¿Tiene eso que ver con mi complejo de Edipo? Soñé, doctor, que tenía un útero poderoso, preparado biológicamente para albergar niños de todos los pesos y estaturas. Una matriz elástica, como de plástico, doctor. ¿Eso quiere decir que estoy enfermo, que mi complejo cada día está peor?

-No, Cipriano, eso significa que quieres parir y no puedes. Quédate tranquilo y trata de disfrutarlo.

5.-

En medio de la noche, cuando el temor se apodera del clima, aparece un poema. Quien lo pronuncia ha olvidado nombres y apellidos  (no los del poeta, que tampoco recuerda, los de él) y se concentra en ella, en una mujer que pasa como lo hizo en los versos de Valera Mora.

En medio de la noche se hace el loco y camina hacia la casa, hacia la casa de ella, porque desde ese instante ha perdida la propia. La mujer lo hace entrar: se despoja de los lentes, de la blusa y del pantalón. “¿A qué jugamos?”, pregunta ella. Entonces, no haya qué hacer quien ha sido engañado por una ilusión.

6.-

A cincuenta años de “Rayuela”, la Maga aún ama a Oliveira, aunque éste no quiera cambiarle los pañales a Rocamadour. Mientras tanto, Gregorovius le ronca en la cueva y una erección ingrata lo envía a la calle. En las novelas,  el amor muchas veces se confunde con el próximo capítulo, cuando el deseo se hace literatura.

7.-

“Cuando el ojo del relámpago ciegue en ti, y el mundo se oscurezca, y la carne merme, con los pulsos enfermos, cuando la angustia caiga sobre ti, espera. Espera. Pasará. Se irá. Es la Noche”., escribió Samuel Feijoo.

La noche siempre aguanta un mal momento. Hay otros ratos en los que los cuerpos se juntan y arremeten contra la soledad. Ganan, esperaron y llegaron juntos al cielo, al instante  matemático de un orgasmo. Y así la vida, una espera perfecta, merecida.

El ojo del relámpago siempre mira de frente.

8.-

Un apunte desvanecido, borroso. Un libro cerrado. Un ojo abierto. Una mujer desnuda. Un cuerpo amoroso, abandonado bajo la lumbre de una vela. La imagen podría ser bella si no fuera porque la mujer ha despertado con el día: el hombre duerme sentado, encorvado,  en una silla mientras la vela agota las páginas del libro. El incendio no se hizo esperar.

9.-

“Soy un macho en el espejo que me mira. Pero te juro, mi amor, no aguanto las ganas de hacerme las lolas”.

10.-

-No me había equivocado en el sueño. Hice el amor con Beyoncé. De eso no cabe la menor duda. ¿Quién puede decirme que no pasó, que todo fue falso? Todavía conservo su perfume. Aún tengo en mis manos sus sostenes, en mi boca el sabor de su lengua.

-Bueno, hermano, soñar no cuesta nada.

-No, cuñado, sí cuesta. Es tan caro que creo que aún me ama. Y eso me preocupa.

11.-

Él y Ella:

-Tú me yeguas.

-Yo te caballo.

12.-

-No tenía de dónde escoger. Eras tú o Nadie. Por esa razón hui con Nadie. Al menos cuando terminé con Nadie me ofreció una alternativa: volver contigo.

NUESTRO AMABLE Y SABIO PROFESOR LUIS FERNANDO MELO

 

 

FERNANDO MELO1.-

La última vez que lo vi -habrán pasado unos siete años-  fue en una de las concurridas esquinas de la plaza Bolívar de Valle de la Pascua. Nos tomamos un café  juntos. Él se extraño de que un desconocido lo abrazara. Esa vieja costumbre que Baltazar Hernández Loreto y Guillermo Loreto Mata dejaron sembrada en nuestra casa, la de abrazarse. Pues sí, mi amable y  sabio profesor de química del querido Liceo “José Gil Fortoul” no me reconoció. Claro, habían pasado casi cuarenta años desde que dejé La Pascua para venirme a Valencia. Entonces nombré a  mi hermano Hernán Hernández Marrero, quien había sido muy amigo de Melo. Entonces comenzaron las aguas a aclararse y, como un retrato del pasado, el profesor me dibujó y se acordó. Y así aparecieron también los nombres de gente lejana hoy por el correr del calendario pero cercana por la frescura de la memoria. Así nombramos, Melo y yo, y mi hermano Perico que estaba conmigo, a Nicolás Soto Arveláez, Gerardo Camero Calcurián, Aldo Álvarez Manrique, Juan Félix García, Marina Villasana, Rafael Silveira, Maritza y Ramón Delgado Sosa, Roger Puerta, Miguel Arocha, Carlos Bastardo, William Bolívar, Víctor y Rubén Ladrón de Guevara, Antonio Tomassi, Fernando Ulloa, Lope Cobeña, David del Corral, los hermanos Fermín Saud y Oswaldo Loreto, entre tantos otros que se me extravían en el recuerdo.

2.-

Cada vez que aparecía un nombre, el profesor Melo sonreía y movía la cabeza hacia los lados, como lo hacía cuando caminaba.  Porque Luis Fernando Melo cuando caminaba movía la cabeza de una manera muy particular, imperceptible para muchos, pero para un observador era evidente que ese hombre que enseñaba química y biología también era músico. Creo que si no me equivoco  tenía registro de barítono o bajo. Pero era cierto que cantaba y lo hacía con la gracia de quien  se sabía acompañado de otras voces reunidas en el “Quinteto Magistral”. De ese grupo vocal fueron mis maestros en primaria  Salvador González y Ricardo Hurtado. Salvador compartió casa conmigo mientras estuve hospedado en Maracay en la casa de mi tía Juanita Guía. También me tocó compartir la bohemia en muchas ocasiones con mi  maestro del “Rafael González Udis”. Su muerte marcó a muchos miembros de mi familia.

3.-

El doctor  Luis Fernando Melo fue nuestro profesor de química de esa promoción que egresó del “Gil Fortoul” en 1970. A mí me tocó graduarme en Valencia. Pero como si me hubiese graduado en mi liceo de La Pascua. Yo sentía que el profesor era un sabio. Y lo mostraba con la amabilidad, la paz interior y el conocimiento que sembraba en todos nosotros.

Una anécdota que relaté en una crónica hace años: el temblor de 1967 nos sorprendió a mí y a Gerardo Camero en el cine. Recuerdo que era una película del Agente 007. Cuando las palomas del local se alborotaron el primero que se levantó de las sillas, tomado de las manos de dos niños, fue Melo. Pasó por un lado y me dijo: “Está temblando, salgan poco a poco”. Gerardo que era muy gordo creo que me ganó en carrera. Pasados los minutos, todos reunidos en plena avenida Atarraya, decidimos entrar de nuevo al cine. Minutos después se presentó la señorita Lourdes Camero y le pidió a Gerardo que se fuera a la casa porque habían ocurrido algunos desperfectos en las paredes. Gerardo se negó y terminamos de ver la cinta. A Melo no lo vimos más esa tarde casi noche. O noche.

Ahora, con los recuerdos muy próximos, me entero muy tarde que nuestro amable y sabio profesor Luis Fernando Melo murió en enero pasado. Así como acaba también de fallecer la bella y excelente profesora América Escobar de Martínez, pariente de mi hermano mayor.

Lamentablemente, el tiempo y la distancia han hecho que las noticias se queden instaladas en algún lugar. Hoy, cuando recuerdo a este hombre que nos entregó su sabiduría, lo evoco, lo nombro con todo el respeto que tuvo él con nosotros, con mi hermano mayor, con mi padre y con todos los muchachos de aquella Valle de la Pascua que ya no existe.

LA CORTE MALANDRA DE JOSÉ PULIDO

José Pulido1.-

José Pulido “imagina” el mundo donde, rezagados mentales, pandillas, mujeres abandonadas, madres y desmadres, niños expósitos convertidos en farallones sociales, matones románticos y solitarios, prostitutas soñadoras y hasta un cura y un comandante, organizan cada uno de los cuentos que en un libro conforman un país  titulado Los héroes son villanos tímidos (Otero Ediciones, Caracas 2013), en el que el también autor de Pelo blanco (1987) entra y sale asistido por voces escabrosas y una visa que lo lleva directo a los lectores.

Imagina, digo, en lugar de  captar con todos los sentidos, ese tejido donde los malos y buenos sentimientos se juntan, y construye el relato de un territorio que explica su tragedia desde la propia tragedia, desde el seno de sus más cercanos crímenes, desde la inocencia encriptada en un disparo contra la humanidad de quien se atraviese en la vía. O desde el constructo de la venganza.

 (Un desvío en el viaje para revelar una experiencia previa a la entrada al libro de Pulido, me permite ser parte de una urbe en la que muchos ya no pronuncian sus nombres propios. La cristiandad de una llamada nominal, aunque sea para el más débil de los saludos.

Una cola de fantasmas, asistida por santeros de variadas y dudosas promociones, brujos diplomados, quirománticos siderales, policías utópicos, magos de semáforos, tragadores de  candela, militares líricos y expertos en materialismo dialéctico, maestros irredentamente eufónicos y afónicos, revolucionarios de apretada agenda comercial, capitalistas sonrientes, buceadores de niñas y damas libertinas, tanteadores de espasmos y, pare usted de contar, espera el turno para realizar la compra semanal en una muy iluminada tienda esotérica atendida por un antillano adornado de oro y collares. Pegado de una imagen de Santa Bárbara  reposa en eterno  silencio un Chávez tallado en madera. A su lado, cinco  santos varones, la Corte Malandra, la misma que el narrador desliza por las páginas terribles de este libro que tiene como portada la referencia de un país destartalado, hundido en la violencia y caos cotidianos, en el amontonamiento social en una colina -topos uranus flagelado por la propaganda- cubierta por un cielo que anuncia tempestad, como reza  el viejo y ya anacrónico canto federal).

2.-

Este es un libro de cuentos que no se lee: se respira con el mismo ritmo de los verbos que lo accionan. La realidad ya no es tal: la ficción tan eficiente es el miedo que hemos traído de la calle y llevado a la casa en la bolsa donde van estas anécdotas/ víveres, tan de todos los días que nos hemos casi acostumbrado al duelo, al luto con fin de semana larga y patria incorporadas, como puente vacacional con próceres edulcorados por un lamento estático. Somos el cuento de una sensación decretada por el poder. La metáfora de una mentira. Somos el instante de un susto. El susto mismo, pero sin la estadística de quienes desde la poltrona de la opinión ejecutiva resbalan y se sientan a ver el paisaje como una película de la cual hay que resaltar las bonanzas de un Estado que recoge los muertos y los deposita en la morgue. Aunque nunca aprendió a leer a Poe.

Entonces, la densidad de una anatomía perforada. El cuerpo abierto de un anónimo que tiene como apellido la carne abollada por un proyectil o rasgada por un cuchillo.

3.-

Un muchacho que asesina mientras ve su chorro de meados caer sobre la tierra de su barrio, por prefigurar un instante en el patio de cualquier vecino. Un muchacho que oye las voces de un ángel (flexión poética para no desbrozar la esquizofrenia que se ha aposentado sobre ciertos espacios urbanos y mentales). Un tipo que mata, que se descuelga de la vida y dispara desde sus 15 o 17 años de edad para sumarle a su cuenta personal 17 o más cadáveres, es el emblema de una bandera sin estrellas. O sí, la única estrella es él, el símbolo de una organización que se ha hecho masa, colectivo en una sociedad insana. El narrador mira y cuenta, respira y huele, oye y se duele. Relata desde su paseo por el país, por el mapa que le ha tocado ocupar y percibir. Hace historia desde una ciudadanía dolida.  Tanto como se sienten los personajes, dolidos desde la perversión e inocencia de niños empujados por el infierno. Entonces Yimi Loreto es la sombra de un fantasma que hace cola para matar y luego ofrendar a su único amigo, Batman, la referencia afectiva que lo destaca como ser humano.

Y desde este génesis adánico, no por plácido sino por iniciático, José Pulido nos regala una lectura dura, áspera a veces, pero también ingenua desde quienes nos auscultan como actantes (porque los personajes nos miran y hasta nos juzgan. También nos matan). Una lectura que, como afirma Héctor Torres  en el prólogo, es  “un sabroso volumen”, afirmación que podría redondearse como  “sabrosamente dolorosa”, aunque suene mal.

Infidencia o nota casi bene desde la Corte de los Milagros:

(Confieso que esta lectura, al margen del olor del mar que Irma Melecia a diario consume, me dejó estático en la misma ventana que se ha hecho personaje literario en mis andanzas. Veo a través de ella un nubarrón que viene de la costa. Veo una nube que descarga su rabia sobre mi ciudad. Siento que alguien se ahoga en su casa. Oigo un trueno y un disparo. Identifico en la cola de la tienda esotérica los nombres de una lista que se ha ido borrando con la lluvia. Veo los mismos fantasmas de José Pulido. Veo gente extraña, desfigurada, hinchada. Pero también veo otra gente que lleva una carga distinta. No se trata de hacer sociología. Veo un país literariamente enfocado. Hasta ahora. En todo caso, llueve. Abro la nevera y un huevo triste me mira desde el frío.)

La Corte Malandra se confunde con un largo poema, con la manera de escribir de este poeta/novelista que también se atreve, desde su inteligente periodismo, abordar el imaginario y la realidad de una geografía que se dibuja sin necesidad de trazos.

TAXIDERMIA, UN CUENTO PARA MUERTOS VIVIENTES

muertos1.-

Frankenstein saluda en caraqueño y se pasea con Mary W. Shelley mientras Alejandro Castillo es borrado físicamente de la memoria de su entorno, pero se multiplica en el “moderno Prometeo” que alguien de tabaco y boina mercadeaba como “el hombre nuevo”. Un poco más cercano a nuestro mundo, donde la imaginación no quiere ser importunada, Fedosy Santaella, de la manera más pérfida, ingresa en un laboratorio para entregar a los lectores el producto de “muchos” sujetos, entes protagónicos de Taxidermia:  el cuento ganador del concurso del diario El Nacional, el que celebra el aniversario número 70 del periódico capitalino.

En efecto, el trabajo del autor carabobeño  es un juego que no deja de ser real, es más, muy real, realísticamente real, hiperrealista hasta el colmo de dibujar un país en el que sus habitantes forman parte de un largo tráiler de la ya inaguantable saga de los muertos vivientes. Alguien llegó a decir que el cuento es exagerado. Nada más falso: se trata del más fiel de los  mapas en el que las suturas de los personajes de Shelley van por dentro, en la conciencia. ¿No estamos acaso viviendo una exageración? ¿No hemos sido siempre exagerados? ¿No nació en estas tierras el realismo mágico y sus derivados petroleros? ¿No nos desatamos con Cien años de soledad? ¿No celebramos en este instante 50 años de Rayuela, una sabrosa desmesura? ¿No caminamos de la mano con Gargantúa y Pantagruel durante años? ¿No nos encogimos o crecimos con La piel de zapa de Balzac? ¿No nos drogó El Perfume? ¡Cuánta exageración en nuestra historia, en la gallardía de tanto héroe con pies de barro¡ Allí está, vivita y coleando, Venezuela heroica, de Eduardo Blanco, una de las exageraciones más cursis que criollo alguno haya escrito, en boca de tanto Alejandro Castillo lazareto.

El cuento de Fedosy Santaella traza el paisaje que hoy ocupan “colectivos” prisioneros de un  pensamiento único, del rostro repetido en el cerebelo de nuestra cojitranca posmodernidad, de una historia que no quiere acabar. Colectivos que podrían refrendar el grito de “¡Alejandro Castillo somos todos¡”. Y no es broma: “¿No hace falta decirlo, verdad?  No hace falta decir que aquel hombre a pesar del disfraz misterioso, tenía cierto parecido con mi amigo Alejandro Castillo. Como también lo tuvo aquel otro que vi parado bajo un árbol el lunes siguiente en la mañana, cuando salía para mi trabajo. Y también aquél otro que estaba en la mesa más alejada de la panadería donde suelo desayunar. Y también todos aquellos que pillé entre la multitud en los centros comerciales, en las calles, en los carros del tráfico…”. Todos eran Alejandro Castillo. Todos eran uno, con una sola idea, con un solo ADN. Con retazos de Castillo alguien fabricó al nuevo hombre, al “moderno Prometeo” que prefiguró la señora Shelley en su celebrada novela de terror. Es decir, “Todos somos Frankenstein”, según la aspiración del Big Brother.

 2.-

Taxidermia es un cuento de personajes embalsamados. Taxidermia es un país momificado. De muertos vivientes con banderitas, de zombies que gritan consignas. De muñecos con la misma ropa. Armazón de cadáveres en serie. Un país donde a Rabelais lo quieren hacer parecer a Proust. Tanta inocencia. Cerebros lavados con el detergente de la sagrada ideología.

“Formolizado” el país, convertido en momia, se acelera la desaparición de quienes piensan al revés, de quienes no tienen la cabeza de otro cosida con alambres sobre los hombros, de quienes no balbucean en el momento de pronunciar los sueños o la realidad. Así, no quedan ciudadanos, sólo militantes, tovarish o sombras obedientes.

“…No hubo más rostros, pero tampoco hubo más de Alejandro Castillo. Tengo unos cinco años sin saber nada de él, desde entonces no ha pasado mayor cosa. Aunque de vez en cuando me parece que una cara…que una cara se asoma, me da un toque, me dice en silencio que recuerde lo sucedido y luego se va, se va por el laberinto”.

La realidad  aprisiona: ¿cuántos nombres se han perdido en estos años, cuándos nombres sepultados tras la burocracia, el engreimiento, el dogmatismo, la sordidez, el fanatismo, la camorra y el retrecherismo? ¿Cuántos recuerdos y amistades convertidos en sombras, en rostros borrosos, en referencias lejanas, en nostalgias? Taxidermia embalsama a quien lo lee, pero también lo saca  de sus casillas. Es un relato que ubica al lector en el mismo sitio de Alejandro Castillo, porque de alguna manera todos, sin excepción, han (hemos) sido convertidos en víctimas, unos, y en voceros, otros, de un proceso que tiene más de guetto que de campo abierto.

3.-

A la larga, en el afuera y en el adentro del cuento de Fedosy Santaella, nadie ha logrado  comprender lo que pasó, “y cada vez me siento más vacío de espíritu y más llenó de pólvora”, dice el narrador. Y desde cualquier esquina, fría o caliente, el lector -ese yo que intenta morigerar su miedo y su culpa- oye que alguien lo llama por su nombre postizo (ya es propio por imposición): Alejandro Castillo, el referente de un hatajo de muertos vivientes que regresa a la primera línea de Taxidermia con la intención de librarse de la hegemonía de la realidad en la que naufraga.

La persistencia de una imaginación

LOS HUÉSPEDES NOCTURNOS DE FRANCISCO PÉREZ PERDOMO

1.-

Con esta “Confesión”  Francisco Pérez Perdomo sintetiza parte de su poética:

Habito la zona donde carne y espíritu

disputan como dos viejos rivales

sobrevivo a los desastres

arrullado por bellos espectros

¡Ídolo mío¡ Yo confío el desorden de mi lengua

a la fuerza absurda de tus máximas

Hablo de las enfermedades que me conciernen

Soy mi único juez

Soy el único auditorio que celebra mis obras

El ave que se lamenta en el árbol del paraíso

me transmite su enigma

sólo mi oído languidece oyendo su mensaje.

Francisco Pérez Perdomo Desde ese instante, desde  el momento de estos versos pertenecientes a Fantasmas y enfermedades (1961), Francisco Pérez Perdomo forma parte de unos sonidos oscuros, trágicos, espectrales.  Sometidos al eco de alguien que habla desde una remota lejanía, desde un lugar en el que quien elabora el discurso cuestiona su propia presencia vital y la coloca al borde del miedo, de la fatalidad, de una suerte de épica personal en la que la soledad también es una insania perdurable.

El poema entonces es un visitante, un huésped provisto de sonidos umbríos, de laberintos oníricos, de temores alojados en sueños recurrentes. Pérez Perdomo acude  a una especie de poltergeist, a los designios de personajes invisibles que elaboran mensajes, códigos y silencios propios de una época muy personal, íntima y solitaria.  Desde el primer lugar de la palabra, desde la primera página del tiempo, desde el árbol genésico viene el misterio, el “enigma” convertido en poema. Y desde ese mismo instante, Francisco Pérez Perdomo no ha dejado de oír esas voces y de escribirlas, no ha dejado de ser visitado por sus fantasmas, por  “el huésped errante”, que “luego retomaba el hilo feérico de sus palabras”.

Poesía nocturna, fantasmal y fantasmagórica, registra a este poeta venezolano como el único que se ha paseado por ese mundo gótico, siempre asombrado por los pasos que los extraños personajes que lo habitan acostumbran a dejar marcados en sus versos, en las líneas verbales que en muchos críticos han desatado alejamiento y hasta el rictus del descuido. No obstante, debemos afirmar que Francisco Pérez Perdomo ha sido fiel a sus fantasmas, a sus voces interiores, a los espectros que lo habitaron y luego se convirtieron en libros, en una vida entera dedicada a sus ensoñaciones, en revelaciones, en sombras recogidas al lado de cuerpos insondables.

La poesía de Francisco Pérez Perdomo es tan humana que se aleja de los humanos para alcanzarlos en su destino trágico. Para hacerse del hombre se acerca a los duendes, a los fantasmas, a los espectros, a presencias etéreas que lo anudan a un tiempo indeterminado, a espacios innominados. El poeta ubica al personaje, lo espeta, lo respeta, lo define: Los fantasmas son personas en exceso sensibles/ Cualquier pregunta para ellos se vuelve intolerable/ por el esfuerzo que significa/ abrir una boca tanto tiempo cerrada. El silencio anticipa el silencio. La boca cerrada, la palabra encerrada, negada a salir.  Tanto el sonido como el ojo humano humillan al fantasma. El poeta entra en crisis: entristece con el aparecido. El poema forma parte de esa complicidad, del misterio que fabrica el autor. Es decir, el poema es el mismo misterio, un sentimiento que no tiene forma en la forma inasible de la revelación. Quien lea el cuerpo del fantasma, lee el poema. Quien lee el poema, lee el enigma, el mensaje.

En una de las páginas de El arco y la lira (La revelación poética), Octavio Paz afirma: La experiencia poética, como la religiosa, es un salto mortal: un cambiar de naturaleza  que es también un regreso a nuestra naturaleza original. ¿Cuál ha sido el desempeño de la poesía de Pérez Perdomo? ¿No ha sido acaso creer firmemente en una naturaleza, verterse en ella, transformarla para regresar a ella en voces inmateriales, indefinidas, fantasmales? ¿No eran vivos de ayer los muertos de sus poemas de hoy, los mismos que recuperan los sonidos vitales para hacerlos una nueva naturaleza basada en sus raíces? Poema del poema: voz de una voz que tenía cuerpo, que tuvo “carne y espíritu”.

Habitantes de un solo poema, los personajes invisibles de la obra de Pérez Perdomo continuaron su curso como  los siempre huéspedes nocturnos, que si en algún instante abandonaron las líneas de sus cuadernos personales fue por poco tiempo. El poeta había sido asaltado por su  propia imaginación. Atado a esa religión, Paz dixit, queda Encubierto por la vida profana o prosaica (…)  y nuestro ser de pronto recuerda su perdida identidad; y entonces aparece, emerge, ese “otro” que somos. El poeta es su  fantasma personal. Su espectro en el poema. Su muy próximo huésped nocturno.

2.-

Quien ambula entre fantasmas termina en diálogo con ellos.  O hace de la soledad monólogo sin horizonte. Así, el poeta que me ocupa tiene en las palabras lugar para hablarlas, decirlas y definirlas:

Hay también palabras lentas/ hoscas/ palabras sombrías/ palabras como rescatadas a la boca de la desgracia,

Y también una lengua/ incapaz de murmurarte al oído/  la palabra evidente. Pero, a pesar de lo “evidente”, de lo que se advierte, la sombra aparece con las mismas palabras y materializa el miedo: En las aceras/ y sobre las basuras que levanta el viento/  me rindo a mis fantasmas.

Una vez más, el poeta se inventa, se crea. Y lo hace con la materia de su imaginación. Sus fantasmas, los restos de un espíritu que recorre, entre sonidos, el mundo sombrío que lo embarga. Francisco Pérez Perdomo intenta ordenar su espacio, trata de confirmarse, de ser ante lo que a veces no es, hasta lograr reconocerse en su cuerpo, en la carne que lo enferma: Conozco la cara amarga/ de esta enfermedad/ Nadie puede ocultarme su rostro/ entre sudarios. No deja casi espacio para decir en otro poema: Un ocio radiante/ como una suntuosa enfermedad/ Nada escucho/ Yo me acuesto en un lecho inefable/ Inerme ante la proximidad del cielo/ Reposo inmortal.

Al final de esta instancia, el poeta cierra con esto: Allí encontré la muerte.

3.-

De Los venenos fieles (1963) incorporamos a esta lectura el brillo de la prosa que Pérez Perdomo usa para continuar su viaje por lo que él llama “Catástrofe genial”. No se aparta del tono anterior. El color de sus verbos se contiene en el carácter personal, interior de quien habla, de quien expresa el mundo, su mundo y su mirada: Había caído en un error inexplicable. Me situaba frente a las cosas con ojos tradicionales. Costumbre sin duda funesta y deleznable. Desconocía que el objetivo del ojo nada a la deriva de las circunstancias y que una especie de dinámica incesante o círculo vicioso era el objetivo del paisaje. El autor mira el afuera, se permite alejarse de los fantasmas, aunque un poco más adelante aparece hecho un cadáver vital. Nombra a la muerte y la lleva hasta otro poema donde duerme con su mujer, con quien saca “la cabeza de la urna del sueño”. Dice de “un hombre tenebroso”. Son poemas abismales y abisales. Estos textos venenosos y fieles de Pérez Perdomo diagnostican la presencia de tres  divinas personas que agitan las aguas de un relato, de un poema largo, tóxico y sensible: El Vivo, El Vidente y El Difunto. Así, para clausurar la tensión del libro, respira: Pensadores cultos y profundos me explicaron que se trataba/ de ciertos juegos reversibles y pueriles de la nada. Queda el vacío y entra a La depravación de los astros (Premio de Poesía “José Rafael Pocaterra” 1966) con la piel mordida por alimañas y ratas que le permiten escribir sobre la roña de su dolor. Huéspedes horarios diseñados para que el personaje, el poeta que se ahoga en el texto,  pronuncie: Hacia la alta noche desperté confinado dentro de mí, circuido por un ritual sombrío…. Preso por su agobio, quien escribe recurre a la Torre de Babel para explicarse: Yo que tantas lenguas inventé, como Nemrod me veo/ enredado y ahorcado en los hilos del lenguaje.

Encara la muerte, la borra del espejo. Se mira en el espejo. Se acicala.  La primera persona lo ahoga, lo conmina a volver al origen: Desde el árbol la serpiente me llama. Acento  bíblico donde no dejan de estar presentes todos los viajes, todos los retornos.

4.-

Un inventario mitológico envuelve el libro Huéspedes nocturnos (1970), uno de los más relevantes de este poeta nacido en Trujillo en 1930. En esta aventura Pérez Perdomo recurre a la cultura griega, a  personajes que de alguna manera han sido parte de pesadillas, sueños y sobresaltos, tanto literarios como cotidianos. Estos huéspedes afinan su presencia y se pasean por los poemas que contiene este tomo. Así, Teseo, Argos, Trofea, Medea, Medusa, arpías, gárgolas, trasgos forman la corte de estos moradores agitados por relámpagos, atmósferas inquietas, animales y fantasmas: una representación fantástica que dota de  simbologías la lectura, sus muchos significados.

El animal –cabeza de toro y cuerpo de relámpago mitológico- iluminó por un instante mi cuarto (necesaria y fatalmente por el tiempo de un relámpago). Entonces súbitamente me encontré cegado y seducido por el brillante hallazgo. El ardor de su cola comenzaba a quemarme. Ardiendo y rodando por el suelo proclamaba sobre él mi exclusiva propiedad.  Pero si es mío, repaso al punto entre las sombras y en duérmela un repentino y extraño personaje, asesinando así aquella aparición que tanto me hechizaba. En las praderas nocturnas y en las carnicerías tiempos después lo he recordado muchas veces con nostalgia.

El poema se metamorfosea con el poeta, con el personaje nocturno, con la vocación extrema de ser parte de una pesadilla, de convertirse, como Gregorio Samsa, en una suerte de bicho que trepa las paredes y funda otra realidad. Uno de esos huéspedes podría calificarse de referencia, de roce con el cuento del hipnótico Kafka. Esta aparición no deja lugar para no emparentarla con quien tanto trabajo nos  ha dado durante toda la vida. Kafka es para los lectores un huésped de todas las horas.

Pérez Perdomo lo entrega así: Descolgándose por las paredes del dormitorio vino hacia mí…. El poeta, su personaje  –espectador de su propio sueño- no es la bestia esta vez, es su víctima. Su consagración, la imagen recurrente que hemos advertido desde que  abrimos el primer poema. Teseo entonces, araña, gorgojo u hombre mosca enmudecen a quien pegado a la cama no  puede escapar del animal. O de él mismo.  Muy allá, al final del camino, queda un sonido: “El poema se salva”, título que refugia a quien lo escribe, a quien lo macera y lo aleja para revelarlo.  Y luego de él, una poética, la declaración sombría, el abismo, el precipicio anulado.

El autor reza: …-Somos sombras- confiesan. / Sus quiméricos rasgos/ ahora se delinean, revocan apariencias/  y parsimoniosamente se establecen/ en la plenitud oscura.// Sus legiones escapan/ de los tratos solares y entran en la noche.// Sólo el sueño revela.

Nocturno siempre, Francisco Pérez Perdomo entra en un Círculo de Sombras (1980). Ese mismo año le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura.

 

 

5.-

 En este momento el poeta deja de respirar. Es la mañana del domingo 27 mayo de 2013. En el preciso instante en que escribía el nombre del libro que empiezo a tratar, un correo entró y me avisó de la muerte de Francisco Pérez Perdomo. Entonces vuelvo al presente y  leo en voz alta:

Soy de aquí, usted lo sabe,

aquí nacieron y murieron

mis antepasados,

entre estos cerros

ahora áridos y estos cactus,

entre estos horizontes  sostenidos

cada día y para siempre,

cada noche, cada día,

por el baladro de los perros

y los silbatos expiatorios

de un viento fantasma

que no descansa nunca,

aquí vivieron mis antepasados

alimentando historias simples,

entre estos árboles  del campo

y estas consejas que a diario invaden

y transitan por mi sangre

viniendo desde lejos,

aquí, entre estos árboles y el viento

y el polvo que aleteaba

en los cortos veranos

por la ingrimitud de estas calles,

aquí, entre los hombres de las lomas

acurrucados en la red de sus días

y clavando en los arcos del espacio

indescifrables miradas, profundas

miradas surgiendo

de una ambigua heredad, de un tiempo

erradicado, sin fronteras,

soy de aquí y usted lo sabe.

Todos lo supimos. Aquellos cerros de Sabana Libre y luego los de Boconó, los de Valera, los túmulos de su memoria, los nombres y apellidos de su herencia. Desde 1948 Caracas supo de sus pasos y de su poesía, de sus estudios en la UCV, de su ejercicio como abogado. Pero sobre todo de su respiración verbal, de sus libros en los que aparecen sus antepasados,  su “tiempo erradicado”.

Con este libro el recién desaparecido poeta Pérez Perdomo se busca en  el recuerdo, en el pasado de un paisaje lejano, en esta casa de escombros/donde los muertos/ detrás de las puertas cerradas,/ con sus voces opacas,/ se sentaban a conversar/ sobre los viejos temas/ de la oscura existencia….

El origen, las noches de la infancia, el polvo de aquel país casi extraviado. El poeta se esconde de los fantasmas y aparecidos de sus primeras páginas. Ahora le toca mirarse en él mismo, en el que era, en el que fue. El que tuvo lugar de nacimiento, el que se agacha para recoger tierra y agua, barro de su lar. El ritual de saberse también andino, viento desconocido, sonidos espectrales, sueños, mitos recurrentes.

Y así como comienza, asido a la memoria, termina estas páginas con  “No es para mí la vida/ una rigidez geométrica,/ una fórmula, una costumbre/ rigurosamente aceptada, una página/ que se sucede día y noche/ con su escritura infinita/ y monocorde,/ no, la vida es un remolino,7 un vértigo de los contrarios/ que se producen sin cesar, una/ contradicción que se alarga/ más allá de sí misma/ y me flagela/ con sus enormes látigos,/ me hunde en el vacío/ y luego me rescata/ para hundirme de nuevo/ eb su cerrado círculo de sombras.

6.-

Incialmente, Los ritos secretos (1988) llevaba por nombre Los ritos, libro con que Francisco Pérez Perdomo se alza con el premio de la Primera Bienal Nacional de Poesía, auspiciada por la Casa de la Cultura de Falcón. De ese libro se desprenden cuatro partes: Poemas rurales, La adolescencia sentimental, La angustia del poeta por la palabra y Los poemas introspectivos. Se trata de un trabajo en el que el autor hace un breve recuento de su vida en el comienzo del poema “Ese es mi nombre”:

Francisco me nombran,

esa es mi gracia

y soy de estos lugares,

nací en esta tierra

llamada tierra de nubes

un día dieciséis de septiembre

de mil novecientos treinta, entre

los árboles, los bosques y un viento

que salía a menudo

de unas vasijas gigantes

y se ponía a dar carreras

por la cercana plaza.

Vine al mundo

escoltado por insectos luminosos,

ardillas y lagartos.

Los ritos … es un libro de iniciación temática. En él el poeta se descubre él. Es él desde su propio nombre. Desde una poesía que lo hace él y lo nombra, lo ubica en un lugar, en su lugar de origen, en la tierra de sus antepasados, en la tierra donde comenzaron los ecos, las voces, los espectros, las sombras, los círculos sombríos.

Con el poema “Ese día” traza el contenido del libro:

Ese día, ese tristísimo día/ un huso de marfil/ hilaba una red melancólica/ y la colgaba/ en los patios de las casas. / Suspendidas en una edad/ lejana, las lluvias antiguas/ traspasaron sus límites/ y comenzaron a bajar lentas, menudas, descolgándose/ perezosamente/ a lo largo de esos hilos/ mágicos. / Atormentaban a los huesos. / Abriendo unas puertas cerradas/ entraron al mundo/ de los sueños de ahora. / Desde unas ventanas grises/ y señaladas por los relámpagos/ en los sitios más altos/ de una pared apenumbrada,/ se veía girar el infinito./ Parpadeaban los enigmas del tiempo.

El rito, un extraño tejido de imágenes en el que la lluvia, tan común, es una metáfora invasiva. El texto escalonado, narrativo como la mayoría de los poemas de Pérez Perdomo, da cuenta de la raya donde nada termina. El tiempo –desconocido- destaca como tema en este instante de la creación del poeta nacido en Trujillo.

7.-

En la ocasión de haber ganado el premio  de la Primera Bienal Nacional de Poesía “Guillermo de León Calles”, el poeta Pérez Perdomo respondió a Miriam Freilich (El Nacional 21-7-85) acerca de cómo asumía la poesía, lo siguiente:

-Ni en el extremo de Breton ni en el de Artaud. Yo escribo con la convicción de que a medida que lo hago me voy descubriendo a mí mismo y a los demás. Entendiéndose un poco a sí mismo, uno va entendiendo mejor a los otros. No se puede escribir por un puro regodeo narcisista. La poesía pura es una aberración. Creo que la poesía sí debe tener una proyección: es el testimonio de un ser humano que necesita comunicar, si no, no publicara.

Con esas palabras ingresa en El sonido de otro tiempo (1991) donde insiste en la búsqueda en un laberinto de  sombras. Se busca en el tiempo, en la sonoridad de las horas. En el pasado, en la mirada turbia de personajes extraños. Por eso dice: En esa hora, escuchaba el sonido/ de un tiempo que desde lo más profundo/ de sus orígenes/ con sus voces muertas y consumidas/ lo llamaba. Ese llamado siempre estuvo presente en el clima de sus poemas. Invoca el Libro del Pasado, el Libro de las Revelaciones, los revisa, tantea en el “cortejo de los sueños” y “La luna de los muertos lo alumbraba”. Visiones fantasmagóricas, viajes oníricos, miedos colgados de un espejo, voces, “huecos del tiempo”, poltergeist, el tiempo, siempre el tiempo, alucinaciones, desvelos, noches en blanco, la ausencia, el silencio, la soledad, el tiempo nocturno, tinieblas, “el silencio de los astros”, espectros, casas ruinosas. He allí entonces parte de su testimonio, de su vida, del recuento de una existencia, del inventario de imágenes y sueños perturbadores. A través de ellos, el poeta se descubre, se desnuda frente a sí mismo.

8.-

Una vez más Octavio Paz ilumina con estas palabras: La revelación es creación. El lenguaje poético revela la condición paradójica del hombre, su “otredad” y así lo lleva a realizar lo que es (…) El acto mediante el cual el hombre se funda y revela a sí mismo es la poesía. En este sentido, el poeta y ensayista mexicano muestra los lados cercanos de la palabra poética y los de la religión. Y si la poesía, como ha dicho Montejo, es la última religión que nos queda, entonces Pérez Perdomo ha asumido con creces esta virtud, ser un poeta basado en la revelación, en el descubrimiento de un mundo que va más allá de la realidad, más allá de lo asible.

Francisco Pérez Perdomo ha creado. Ha forjado con vocablos un paisaje, una forma de vivir y de morir, ha tallado un destino, una fantasía, una poética fantasmagórica, espectral, una paradoja en la que existe un rostro que se mira a través de un espejo. La otredad es, en consecuencia, la poesía porque ella es el reflejo de lo más próximo a la humanidad, al ser, al yo creador y creyente.

Paz precisa que La poesía nos abre la posibilidad de ser que entraña todo nacer; recrea al hombre y lo hace asumir su condición verdadera, que no es la disyuntiva: vida o muerte, sino una totalidad: vida y muerte en un solo instante de incandescencia. El poeta trujillano lo entendió siempre así. Su poesía fue un todo, un discurso que se sostuvo en el mismo tono, en el mismo ritmo, entre la luz y la sombra.

9.-

En 1996 salió a la luz Y también sin espacio, libro en el que nuestro autor insiste en poetizar el tiempo, el  entrar y salir de sensaciones, percepciones, irrealidades, paisajes umbrosos del adentro. Persiste la voz, recoge y se recoge, sigue atenta a una forma errante y engañosa (…) Se hacía entonces noche impenetrable/ y soplaba un viento de muerte. La oscuridad, la oquedad, el insomnio, el frío, el misterio: Meditaba sobre el tiempo. / Un viento de otro mundo,/ lóbrego…, y así, en una especie de poesía negra, medieval por el diccionario de sensaciones que provocan en el lector: martirios, sacrificios, agonías, “horribles espejismos”, “pánico de la noche”, “visiones interiores”, “un ojo ciego y neutro”. En el mismo instante de la creación del poema: A cierta hora de la noche, / frente a la página en blanco/sudoroso cavilaba. Esa acumulación de imágenes destaca la presencia de un personaje cambiante, irreal, doblado por la sombra, doblegado por el miedo. “El huésped sibilino” se calca en los signos del zodíaco, en el azar, en el grito. La casa amortajada. Todo el libro es una secuencia de revelaciones, exigencias de una lectura que sumerge al lector en el agotamiento, toda vez que se trata de una larga agonía, de un ahogo que subvierte los sentidos. Crea un vacío, como leemos en el último poema: Unas voces como letárgicas/ lo llaman desde afuera. / Nada escucha. / Busca con desesperación  alguna cosa/ a la cual aferrarse./Lo seduce la nada./ Pierde su precaria cabeza/ y por el centro de esa ausencia/ baja con pasos que pesan como siglos./ No tiene salida./ Está solo./  Se hunde en su propio vacío.

Sin espacio, vacío, solitario, el ser humano es sólo una imagen relatada en el poema.

10.-

¿Qué línea fronteriza se interpone entre el poema y el poeta?  ¿Qué otros elementos, aparte de los vacíos y precipicios,  constituyen el mundo que Francisco Pérez Perdomo encontró en su soledad poética, entre fantasmas y ruidos nocturnos? La respuesta la encontramos en El límite infinito (1997) donde el autor incorpora a su constante temática la lluvia, la sequía, “los veranos largos”. Así, el Libro de los Abismos, atesorado por el autor de este nuevo título, hace presencia activa en cada uno de los versos que transitan por estas páginas.

Digamos de la imagen de un hombre doblado sobre las hojas de un inmenso volumen. Los cinco sentidos se activan para traer al lector, al espectador de la imagen, olores, sabores, ruidos, sonidos, texturas: la noche cubre el rostro de quien lee en silencio: Se hundía de nuevo en sus abismos/ como si inexorable lo arrastrase un sueño/ y sucumbía en las aguas de la muerte.

El poema es una representación. Contiene infundios, fábulas, incendios, silencios, gritos, susurros. Pero el poema se niega muchas veces a ser lo que es. El mismo Paz lo ha afirmado. El poema puede desdecirse, negarse, sucumbir a su propia belleza, a “lo que podría ser”. En este sentido, la poesía de Pérez Perdomo es una formulación crítica del lenguaje, en el sentido de negarse a ser parte de la cotidianidad. No es una poesía del diario devenir. Es una poesía muy exclusiva, muy particular, personal, entrañablemente personal. Representación de sí misma, la poesía de este venezolano no activa la lectura, la aprehende desde una verdad provocada por los sentimientos más secretos del autor. ¿No son  acaso el misterio, el miedo o el desasosiego  síntomas que niegan el curso de la vida cotidiana? La vida es para no tener miedo, para ser cristalina. Quien inventa el misterio, quien lo recrea, es el mismo ser humano. Y si se trata de un poeta, entonces teoriza y se revela desde la sombra, desde lo inesperado. La palabra se hace tradición en una constante, en un poema que es toda la poesía de Pérez Perdomo.

En tal sentido, la primera persona se arriesga a ser lo que el poema quiere que sea: protagonista de un relato que comenzó en el primer libro y que terminó con la muerte del autor.

Veamos:

Me desespero./ Sí, es esencial para mi vida/  eso desconocido,/ o eso ignorado por mí,/ o eso que no alcanzo a comprender./ Me desespero./ Es algo esencial y torturante./ Interrogo el vuelo de las aves./ El árbol de Hermes./ bebo el licor de Fausto./ Busco una cosa en mí que tal vez/ nunca podría descifrar./ Esa sombría velada/ me torturo./ Vivo en eterno rapto./ Miro al infinito./ Sobre mi cabeza/ pasa un soplo helado./ Las lumbraciones de un cielo/ oblicuo me miran como Argos./ Saturno me hace señales./ Y también la luna./ Nada, nada me dice nada.

La nada flota en muchos poemas de nuestro autor. La nada como lectura, como síntesis de lo que el futuro le depara al ser humano. Un hueco, el infinito. El otro tema, adherido al infinito, es la eternidad, tan cara a quienes le cantan a la muerte. La nada se nombra y luego se borra en la misma palabra. El poema es una tentación. Un intento. El poema a veces no existe.

A gatas,

la mano sigilosa de la muerte

penetra por los postigos de la ventana

y de súbito rapta mi lugar…

¿Cuántas muertes visitaron al poeta Pérez Perdomo? ¿Por qué esa obsesión, ese ritornello, ese ir y venir al rostro huesudo de la muerte? ¿Qué determinó a este hombre a seguir ese camino tan diferente al transitado por sus compañeros de generación?

En un ensayo publicado en la revista Imagen con la firma de Javier Lasarte, titulado Posible resplandor que apenas es (La poesía de la promoción del 60 en esta década), el autor afirma: Algunos modifican sus poéticas –Cadenas, Acosta Bello, Pérez Perdomo-, otros continúan su trabajo anterior y otros sencillamente desaparecen …. Resulta forzado  admitir que Pérez Perdomo haya cambiado su poética. Desde su primer trabajo hasta la última hoja que lo agobió, el poeta trujillano fue fiel a su temática.  A su poética. Se mantuvo en sus letras, que no el caso de Rafael Cadenas, de quien no se puede decir que es el mismo de Derrota en comparación con sus últimos libros.  El gran poeta larense vertebró una poética, la ramificó, la multiplicó: la hizo unidad al final, con la madurez. Un encuentro con la voz más despojada.

Pérez Perdomo no dejó de habitar la misma casa, donde los huéspedes nocturnos lo acompañaron siempre.  Jamás dejó la casa del poema  en el que se encontró con sus moradores y sus costumbres. En el poema que cierra El límite infinito está la prueba:

En las noches de insomnio

a  menudo solía ponerme a recordar.

Los recuerdos me llevaban entonces

por remotos lugares.

Al pie de un cerro,

la casa vieja y misteriosa.

(…)

Un vapor de azufre flotaba entre los aires.

Velada, entraba la noche.

En ese instante el ritual comenzaba.

He allí el mismo poema, la misma casa en ruinas, los ojos del niño que velaba el miedo y sus asuntos. Temática y poética. Los ojos del poeta adulto, atrapado por esas imágenes que no lo dejaron tranquilo hasta hacer del poema cuerpo de su aliento, de su desaliento.

En la entrevista con Miriam Freilich, el poeta llegó a decir que Ya pertenecía al grupo “Sardio” que se reunía en los bares y cafeterías de El Silencio y el centro de Caracas a conversar sobre literatura y política. Lo divino y lo humano. Es decir, de todo, pero negó en ese mismo momento que hayan sido iconoclastas. Ellos admiraban a Ramos Sucre, a los poetas del grupo “Viernes” y en la revista publicó Mariano Picón Salas un capítulo de Regreso de tres mundos, dejó dicho la periodista.

Es decir, es de imaginar que también confrontaban sus textos. ¿Cómo sentir los leídos por Pérez Perdomo frente a los subrayados  por algún otro miembro del grupo que tocara lo social, lo político, lo ideológico?

Aquellos eran  años revueltos, convulsos, años duros. Política y militarmente  peligrosos, como estos de ahora.  El autor de Huéspedes nocturnos, como él mismo confesara,  era seguidor de Ramos Sucre y Michaux. La realidad cotidiana quedó anclada en la mirada, no en la conciencia. La voz  del cumanés insomne pudo más que los disparos, las piedras y las arengas callejeras de ciertos factores en los que militaban muchos poetas y escritores.

11.-

TRES  MOMENTOS  PARA SEGUIR ADELANTE

** El poeta necesita afirmarse diferencialmente, aunque él no lo quiera, para llegar a su obra, porque su obra es algo diferente. Pero la magia de la literatura está en que ese ahincamiento diferenciador, ese apartarse, quedarse solo, aparentemente orgulloso y altivo, son requisitos para un hacer: el poema, y el poema nacido en el apartamiento revertirá luego a todos, irá hacia ellos, convirtiéndose en fuerza unitiva entre los hombres que los revele simpatía, coincidencias; en suma,  su comunidad en ser humanos. (Posición del poeta/  Pedro Salinas).

** El poeta encuentra o hereda una lengua familiar que la misma tradición poética ha enriquecido de nuevos sentidos y acentos.  Sobre este presupuesto  ineliminable, él ejerce su elaboración poética. Ninguna palabra nace del vacío sino que deriva y se apoya sobre la vida que la ha precedido y  que, sin embargo, se ha expresado en su propia forma. Ellas nos llegan con el resabio de arcanos aromas que son el sentido de su antigüedad, el prestigio de su nobleza. (El lenguaje del poeta/  Gherardo Marone).

**  No digo el idioma, sino su idioma porque para el escritor no existe otro. El idioma ha de ser su idioma, su propio idioma, instrumento ineludible de su expresión. Sin su idioma le será imposible realizar una obra genuina. Sin él no podría existir su expresión literaria.  Pero el idioma, con ser realidad humana, creación exclusiva del hombre, posee características que, en conjunto, determinan su naturaleza, su fisonomía y su valor intransferible. (Idioma del escritor/ Ermilo Abreu Gómez).

Francisco Pérez Perdomo supo diferenciarse. Llegó a su obra tomado de la mano con sus fantasmas, con los inasibles personajes de su imaginación. Se hizo a un lado: mientras muchos le cantaban a la realidad circundante, él se adentró en sus miedos, en sus silencios, en el mutismo de una personalidad poco frecuente. Era su propio huésped dominado por una lengua heredada de sus antepasados, quienes lo engendraron en casas donde las voces del pasado quedaron adheridas a las paredes, a la ruina del tiempo. Por eso la poesía Pérez Perdomo es una poesía antigua pero vital. Una poesía noble por lo humanamente sombría. Pero también es una poesía extrasensorial, amigada con lo extraño, con lo fantasmalmente ambulante, vertida en un idioma personal,  exclusivo. En su idioma.

12.-

En La casa de la noche (2001) habitan los mismos fantasmas. Los mismos personajes de esta puesta en escena poética y vital. Se trata de un enclave de ensoñación, lugar donde la vigilia y el sueño develan los terrores nocturnos, los mismos que contienen todas las casas por donde el poeta ha pasado. ¿Será la misma casa, el mismo sitio en el que han quedado ancladas  las voces de la memoria, del recuerdo, la misma estancia donde aullaban los espectros del huracán?

Obsesionado por la sombra, el personaje que se agita en el poema enfrenta la noche y la interroga, la afirma y la niega, la dibuja y la nombra. La sintaxis del miedo encuentra nombre en el silencio. Pero más allá de descifrar con palabras, lo hacía con la mirada turbia, negadora, con la conciencia: No lo dejaban ver sus abismos. / Se ocultaba en sus profundidades/ y de tiempo en tiempo salía/ para buscar sus mismos/ pensamientos

El que habla, más allá del poeta que moldea las imágenes, vive prisionero en una habitación. En todos los libros de Francisco Pérez Perdomo hay un sujeto que vive, respira, se agita y  muere en una habitación fría, llena de sombras y presencias extrañas. Es decir, la casa es un sitio, un solo sitio. La casa vive en la habitación, en la cama con los fantasmas que suelen visitar a quien la habita.

En las profundidades/ del silencio, inmóvil, / siempre turnaba mi reposo/ el trote insomne de la bestia. / Era un caballo negro/ y desbocado que incansable/ subía y bajaba por la calle. / Me asomaba a la puerta/ para verlo pasar. / Pringoso el pelo,/ el caballo resoplaba. / Sobre él iba un jinete/ sin cabeza y enlutado/ cuyo nombre/ era el mismo de la muerte

Imagen infantil de la historia, el mito del jinete sin cabeza. Imagen de películas, de novelas de terror, de miedos insuperados. En el que relata hay un personaje que no ha logrado salir de la casa donde la puerta evita la huida.

Pero la casa también es habitada por fantasmas alados, pájaros nocturnos, huéspedes del aire que circulan y se cuelgan del techo. Vampiros, animales sordos y oscuros, la metamorfosis de seres que no encuentran otro lugar donde seguir muriendo. Los pájaros de la muerte/ en los caballetes/ de la vieja casa/ se colgaban, crispantes

Este libro negro de Francisco Pérez Perdomo es un recuento de sensaciones en el que no dejan de aparecer quienes le han dado vida a su poesía. El carácter campesino de sus imágenes se establece claramente en “Ruralías”, poema en el que la comarca contiene los mismos personajes que han emergido de las casas, de todas las casas donde han estado las vigilias y ensoñaciones de sus personajes.

Adusto el entrecejo/ oculto a medias por los velos/ de una neblina escalofriante,/ puntiaguda, el hombre,/ puesto de pie, meditabundo,/ frente a él contemplaba ahora/ las salvajes comarcas (…) Desde lo alto del ventanal/ de aquella vieja casa,/ impasible, largos los ojos,/ el hombre recorría los campos

El final siempre será la muerte. O su nombre. La casa será su contenido. El campo el escape, la mirada larga, extendida, pesarosa. El poema, relato que se cuenta desde él mismo, se agota en la misma voz que lo nombra, que lo anula y lo alimenta, que lo construye. La muerte es el silencio.

La casa de la noche es la metáfora de toda la obra de Francisco Pérez Perdomo.  Es la última morada de sus inquietudes, de sus pesadillas, de sus sueños. Allá quedaron los huéspedes nocturnos, solitarios, asomados a un paisaje que ya no existe, que se hunde en el vacío.

13.-

Desde Trujillo, desde las páginas del Diario Los Andes (2-12-2007), Pedro Cuartín da cuenta del título Con los ojos muy largos (2006), libro que recoge 25 poemas, de los cuales 20 ya habían sido publicados en páginas  anteriores. Un largo ensayo del mencionado escritor estudia esa aventura final de Francisco Pérez Perdomo. Recogemos un segmento para ilustrar la última voz de quien acaba de sustraerse y hacerse parte de otro mundo.

El poema se confunde con el ensayo porque transmite ideas sueltas y concentradas en el símbolo representativo de la poesía primigenia y anunciadora de la fusión de los contrarios: la vida y la muerte (…) El texto se confunde con el ensayo en cuanto a la forma de explicar con transparencia las acciones de un suceso mitológico.

En efecto, en muchos textos de Pérez Perdomo la referencia griega está presente, viva. Cada referente revela la búsqueda permanente de una voz que nunca abandonó la vieja casa de la poesía, la antigua ruina del miedo, el  señorío y protagonismo de personajes de la mitología,   la majestad de las sombras, el roce de los huéspedes nocturnos, el saludo de los espectros, el cansancio de la vigilia, la sequía de la duermevela, la permanencia de la ensoñación. El mito se convierte en algo personal, en una lucha del yo, en un permanente forcejeo con referentes que creíamos superados. La cultura, entonces, retorna a la intimidad de quien vive acosado por él mismo.

Octavio Paz, de nuevo llega en nuestro auxilio, dejó para la posteridad estas palabras:

El acto de escribir entraña, como primer movimiento, un desprenderse del mundo, algo así como arrojarse al vacío. Ya está solo el poeta. Todo lo que era hace un instante su mundo cotidiano y sus preocupaciones habituales, desaparece. Si el poeta de verdad quiere escribir y no cumplir una vaga ceremonia literaria, su acto lo lleva a separarse del mundo y a ponerlo todo –sin excluirse a él mismo- en entredicho.

¿Qué fue lo que hizo Pérez Perdomo? Mientras su generación tomaba por asalto calles y callejones, paisajes y experimentos, el poeta de los Huéspedes nocturnos se dedicó a habitar la casa de la noche. Nunca salió de ella. La vivió, la respiró, hasta que dejó de ser en brazos de sus propios poemas.

 

 

CODA:

Que sea Guillermo Sucre quien cierre este trabajo:

Hay poetas cuya obra entera es el desarrollo de un tema central, aún más, todos sus libros son uno solo; todos sus poemas, un único gran poema, que nunca concluye. El tiempo pasa, la historia cambia vertiginosamente y a lo mejor lo que ellos buscaban se ha vuelto ya anacrónico: no importa, siguen escribiendo sobre  y desde la misma intuición inicial. Esta reiteración no es simple repetición y parece estar muy lejos de la monotonía o de la penuria; muchas veces son poetas torrenciales. Se trata de una intensidad que nunca se sacia, el continuo deseo. Es, igualmente, la secreta pasión de lo uno en lo diverso: la obra se expande hacia el mundo y, no obstante, siempre refluye sobre sí misma. / La máscara, la transparencia, pág. 413.

LAS CARTAS DEL VERANO

(Una lectura retomada)

Luis Camilo 1.-

El tiempo muchas veces deja de pasar. A veces se detiene y marca una lectura, una imagen, un recuerdo desvaído, pero recuerdo al fin. Las páginas, ya amarillas, destacan su nobleza, el carácter eterno de su contenido. El libro ha estado en silencio durante varias décadas. Sus sonidos aún se sienten bajo la lluvia de cualquiera de aquellos años  puestos en relieve, en la perspectiva de estos que nos han hecho parte de una edad casi consagrada.

Converso con Luis Camilo Guevara y no recuerdo el título del libro. Pasados otros años, otros lingotes de oro de la realidad,  encuentro el título en una caja, solitario, perdido, invadido de pequeñas alimañas, de huevos de insectos prehistóricos, de un polvillo que me somete a varios estornudos. Entonces abro Las cartas del verano (Premio Bienal Pocaterra 1971) y me entero de su edad de publicación: 14 de agosto de  1973.

Llueve en este momento, sin embargo Las cartas del verano de Luis Camilo vuelven a salir de los sobres para decirnos de su origen. Editado  por la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, en la Colección que le da nombre al galardón valenciano, el poemario está dividido en dos partes: Entre dos soles y Lenguaje aprisa.  El tomo no presenta otro dato que diga sobre las autoridades de esa casa de estudios de Valencia.

2.-

El primer poema del libro es una marca difícil de dejar a un lado. La voz solitaria del poeta es también la voz íngrima de un texto corto que lastima a quien lo pronuncia: Rescate/ el óxido comienza/ mi sed lo precipita/ y voy envejeciendo// Me ronda un cierto olor/ y estas ropas manchadas/ por la luna/ abren el luto/ Estoy solo. (Viudo).

Unos pasos más adelante, la soledad se refleja en el agua a través de un personaje mitológico. La temida vejez, el tiempo aposentado en el rostro hace que el personaje del poema sea arrastrado por el miedo. Narciso, Su pobre imagen comida por/ el musgo. // Su ansiedad –un sueño/ aspirando a cristales-/ la lleva el pez oscuro/ hasta muy lejos…/y él reina tierra adentro.

El poeta de este libro coincide con los personajes de Francisco Pérez Perdomo. En medio de la mirada solitaria, entre tantos escalofríos provocados por el silencio, aparecen los  “Espantos”, criaturas de las sombras, perfiles de sujetos inasibles, que trastornan la realidad y lo llevan de la mano a encarar rostros extraños, irreales:

Alguna vez visito las grandes plantaciones/ donde levitan los nocturnos habitantes/ que regresan. // Allá me siento como un pequeño rufián/ que espía los secretos de los muertos/ me conmueven en sus proezas y sus inútiles/ proyectos para derrotar la melancolía/ y la ausencia de ver (…) Son como sombras pero no son n i sombras.

Más adelante reconoce la imposibilidad de alcanzar la imaginación. No obstante, admite que Tras el huracán que se lleva los restos/ multicolores/ no desaparecen nunca el aroma/ donde soy sometido a nuevos desafíos.

Esos “nuevos desafíos” convocan a imaginar la imaginación, a ser parte de un mundo en el que es posible pensar la imaginación y convertirla en poesía. El poema resuelve el enigma. El poema es una metamorfosis. La vida, el pensar, una revancha. Un espacio donde nada es imposible.

3.-

Mi otra parte inmortal hace juego con la sombra que más tarde advertirá el poeta en su paisaje, el dejado atrás una vez que dejó la corriente deltana y deltaica, el curso del viejo Orinoco, la selva sudada en la piel de la niñez. He allí que ante “el fracaso de la noche”, asido al monte de su origen, el poeta que canta en este viaje rastrea hasta encontrarse en la segunda parte del libro, hecho polvo para la huellas dejadas al olvido. No obstante, Decidiste cortar las amarras y ahora pruebas/ que fatalmente no queda otra vía/ la errancia/ su peregrinaje paso a paso hasta caer entre las candelas/ y los hijos del diablo.

Muchos fueron los intentos, las visiones, los caminos removidos por  los pies, de allí que Los primeros pasos son confusos (…) Y Descalzo camino entre frutas y hojas pomarrosas/ guayabas/ morichales  sarrapias  merecures  cacao/ grandes enredaderas membrillo catuches/ reserva de lirios así/ entre follajes abundantísimos

Dos miradas, la ciudad y el monte prometido, el Paraíso, el recuerdo de la antigua casa, el sofoco de los ahogados.  Y así el resto del libro, acuático y  terrestre. Selvático y desértico. Viejo y nuevo.

Las cartas del verano de Luis Camilo Guevara no envejecen, se renuevan con cada lectura. Entonces el tiempo deja de pasar.

LA VOZ DEL HATO,

ALFABETO DEL POLVO Y DEL BARRO

Armas Chitty1.-

Una aproximación a la lexicología venezolana significa un igual acercamiento a las primeras resonancias del habla campesina, suscitadas en fundaciones productoras pecuarias del llano de nuestro país.

No es extraño, entonces, que con la casi desaparición de las etnias aborígenes ubicadas en nuestras planicies, los nuevos habitantes, los colonizadores, hayan destacado y movilizado grandes cantidades de ganado vacuno hacia estas tierras donde la inclemencia del período de lluvias y la agotadora temporada de sequía hicieron posible la presencia de las tres voces de nuestra cultura mestiza: blancos criollos y peninsulares, aborígenes y negros libertos. Todos ellos juntos de acuerdo con los estamentos de la relación de producción y las leyes que imperaban. Esclavos, libertos e indígenas sometidos por los blancos coparon la extensidad de la llanura para dedicarse a la cría de ganado, sobre todo de semovientes vacunos gracias a las virtudes de la geografía.

2.-

Nace entonces esa unidad enclave llamada hato que se corresponde con el hatajo de animales que cada conglomerado posee. Destinados a la producción de alimentos cárnicos, leche y sus derivados, los hatos venezolanos –como otros del continente- llegaron a ser posesiones determinantes para la fundación de un país que comenzó siendo rural, campesino.

Toda población maneja códigos materiales y espirituales. La palabra es un espíritu que se conjuga con la cultura material, o tiene, como afirma Saussure, las dos caras de una moneda, un significado y un significante.

El hato es portador, sus hombres, de un registro lingüístico que ha invadido toda la geografía. Es por ello que podemos afirmar que lo que se habla en las grandes polis tiene referencia en muchas de las primeras palabras encontradas o inventadas en la soledad de la llanura. Es decir, el discurso urbano tiene origen en los más humildes espacios campesinos.

3.-

Las ciudades pioneras en Venezuela eran simples haciendas, unidades productoras de caña, cacao y otros productos tropicales. De modo que la ciudad hablaba lo que consumía. La forma de expresarse del campesino de Higuerote, Barlovento o Cumaná era muy parecida a la forma de hablar del campesino caraqueño. Caracas era una hacienda elegante y aún lo sigue siendo, con las variantes que da la cultura urbana, la tecnología y las germanías propias de una polis contemporánea, caótica, desordenada y delictual. Como aparte, el habla de Nueva York, de la inicial ciudad de NY, era el acento del campesino inglés, con los sesgos de una minoría aborigen y negra. De allí ese arrastrado acento, metálico y chillón del inglés de esa ciudad. Igual sucedió en nuestro país, en nuestra América de habla española y portuguesa.

Todo acento, todo idioma con sus variantes regionales, debe ser enfocado desde la etnología para poder entender la multiplicidad de voces y la polisemia de sus contenidos.

El hato como centro de trabajo, de faena campesina, produjo sus propios códigos. De una riqueza extraordinaria derivó en productora de sintaxis, neologismos, jergas, cadencias que fueron acentuándose más con la llegada de otros conglomerados culturales.

4.-

Voces indias, negras y europeas: en síntesis, un diccionario que se extendió por toda la geografía nacional para unificar nuestra idiosincrasia lingüística. Así, el hato es un generador de vocablos y comportamientos verbales que llegó a ser superado por su propia producción; es decir, en muchas ciudades desarrolladas demográficamente aún se oyen vocablos y giros nacidos en los hatos apureños, guariqueños, barineses y cojedeños, los cuales ya forman parte de una cultura que sigue su curso progresivamente. No fue extraño entonces que nuestra gran literatura vocacional haya comenzado con Rómulo Gallegos, quien le colocó la marca a una manera de decir de una zona que expresa verbalmente una ética y un comportamiento.

5.-

Decir arriero no sólo significaba arrear el ganado, sino entender el estado de ánimo de la sabana. El biorritmo, el ritmo circadiano del llano. Un espíritu oculto estima posible el arreo. No todo llanero podía hacerse cargo de la madrina, la cabeza del arreo, y por ende del registro verbal de los hombres de este difícil oficio. Quien hablaba y cantaba para cumplir cabalmente la faena de desplazar el ganado de las partes bajas a las altas cuando las lluvias amenazaban.

Toda palabra es un espíritu y cada una tiene su historia, su conducta. En el llano las palabras comportan no sólo el significado y el significante, sino que contiene un desdoblamiento, un segundo yo, un ánima que como las voces griegas prometen un comportamiento: el miedo, la gracia, la divinidad, el misterio, pero sobre todo este último, porque el llano es palabra y también profundo silencio. La voz del llano se maja en la soledad.

6.-

La forma de hablar del llanero es profundamente telúrica: abarca los sueños y los misterios propios de las horas del día y de la noche. Un llanero puede ser víctima de alucinaciones a las tres de la tarde. Así como puede perder el rumbo con el canto de algún pájaro. O conseguir el camino con una leve brisa, que también contiene un corpus sintáctico. ¿O es que acaso el viento no “habla”?

La naturaleza crea sonidos que se transforman en palabras y en pausas. El ronquido con que se expresan muchos llaneros para señalar duda o sorpresa, es un aporte de los gruñidos zoológicos, de los ruidos del paisaje, de los movimientos del cuerpo producidos por el trabajo.

No es lo mismo soñar o hacer el amor en una cama bajo techo, que hacer lo mismo en un chinchorro y bajo las estrellas. Esa experiencia promete la proliferación de vocablos que seguramente multiplicarán una sindéresis ética, lingüística y psicológica. Indudablemente, incidirán en la manera de decir, de hablar y de sentir las palabras.

Suena a especulación: hacer la prueba podría significar llevar a cotidiana una manera muy especial de humanizarse animal bajo el cielo nocturno.


 

7.-

El imaginario, es decir, la memoria fabuladora, es un acento que estaciona una atmósfera en esa manera de decir y construir imágenes y contenidos significativos. No es lo mismo decir troja que alacena, por muy evidente que parezca. Decir troja significa haber estado estacionado en un tiempo, en un lugar donde el clima y hasta los olores particularizaron la forma de pronunciar la palabra. La troja contiene la seguridad del alimento, igual la sombra que muchas veces albergó el miedo de quienes sentían amenazadas sus vidas. Muchos inocentes y culpables se pusieron a buen resguardo de las hordas criminales de Boves. Ese significado: Lanza de Boves calificaba el comportamiento de un muchacho y sólo tiene sentido en el estado Guárico y en lagunas zonas muy reducidas de los llanos centrales. Tiene carácter familiar, doméstico.

De modo que así como comemos casabe, cachapas, sancocho, yuca, ocumo y pronunciamos los vocablos totuma, chácara, gurupera, quesera, cincho, enjalma, bozal, mandador, entre otros más, también somos capaces de asumir la ética de esas palabras por el origen que tienen. No es lo mismo decir busaca o chácara que decir morral, cartera o monedero. Palabras de este aquí. Palabras de aquel allá, cosmopolitas. Las primeras nos identifican y nos aportan una nacionalidad local, regional. Las segundas fortalecen la nacionalidad global. Tendríamos que hablar del hato como una nación creadora de palabra e imágenes que recorren el mundo gracias a su permanencia en el hablante venezolano, criollo.

Toda una teoría etnolingüística a ser elaborada para poder entender e interpretar los hallazgos diarios de este universo verbal que obligó a José Antonio De Armas Chitty a escribir el Diccionario del Hato (Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas 1966), aporte que debería ser incluido en las escuelas de nuestros estados llaneros.

A 111 años del natalicio de Luis Beltrán Prieto Figueroa

Luis Beltrán Prieto Figueroa“RODABA EL MUNDO ENMUDECIDO Y SOLO”

 

1.-

Como “eran inéditos los años infinitos”, el viejo y larguirucho maestro Prieto Figueroa continúa en el país que sueña la memoria ambulante de sus textos. Una isla interior lo atesora, lo guarda en el viento azul arrojado por los pigmentos de Gilberto Antolinez, los mismos que en su larga travesía llevara puestos en el traje de enseñar, contar y poetizar un territorio de otro mundo, el mismo que viajara en su tiempo, pero distinto en la hora futura.

El 14 de marzo de 1902, Loreto Prieto Higuerey y Josefa Figueroa celebraron en La asunción a quien sabían que la noche y el día “corrían dislocados/ pisándose las huellas”. Margariteños rodeados de montañas, dejaron que el nombre de Luis Beltrán se confundiera con los apellidos de imaginar y reconocerse en la sangre que más tarde sería multiplicación de asombros.

Hace 111 años, para los que aún respiramos en la obra legada, quedó registrado el muchacho de aquella isla que creció en continente y se hizo un universo en este país donde casi nadie –por indolencia y otras insanias- se reconoce en su trabajo.

Maestro, político, periodista, hombre de leyes, poeta y buscador de tesoros en el fondo del Caribe, Luis Beltrán Prieto Figueroa corrió con la suerte de trazar cada espacio de aquella Margarita salina, visteada por antiguos asaltantes, piratas, bucaneros y corsarios que hicieron de Cubagua, Coche y la isla mayor lugares de martirio.

2.-

Imberbe aún, se hizo maestro de escuela en su tierra natal. El oficio sagrado se quedó para siempre y lo llevó hasta los sitios más altos del árbol escogido. La universidad caraqueña lo vistió con un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales. Largo es el episodio de este hombre, largo como su nombramiento al saludarlo y como su humanidad de carne, hueso y corales.

Como era necesario llevar el aula a las calles y solares, escribe e ingresa al duro trajinar de la política. Partidos como Organización Venezolana (1936), Partido Demócrata Nacional (1936), Acción Democrática (1941) y el Movimiento Electoral del Pueblo (1967) lo tuvieron como cofundador y fervoroso militante.

Durante el gobierno de Rómulo Gallegos ejerció como ministro de Educación (1947-48), pero un golpe militar acabó con lo que pudo haber sido un revolucionario momento para la historia de Venezuela.

Varios países de América Latina supieron de su labor pedagógica. Mientras vivió el exilio, luego del golpe del año 48, Luis Beltrán Prieto Figueroa trabajó a las órdenes de la Unesco en Costa Rica y Honduras. Profesor de la Universidad de La Habana (1950-51), el margariteño que fue dejó huellas durante su apostolado docente en esa capital insular.

A su regreso, cuando la democracia puso su marca aquel 23 de enero de 1958, Prieto integró la Comisión Redactora de la Constitución de 1961 (ya había estado en la de 1936). El primer Proyecto de Ley de Educación, elaborado en 1948, y la Ley de Educación de 1980, lo encontraron como protagonista. Y en 1986 formó parte del equipo presidencial del Proyecto Educativo Nacional que coordinaba Arturo Uslar Pietri. Trabajos que cumplió con el fervor de quien sabía que en la educación estaba el país buscado.

3.-

Maestro de todas las aulas, este hombre de arena, viento y sal, imaginó e hizo posible los trazos de un ser humano, que pudiera interpretar el mediano y largo plazo de un país consumido, primero, por guerras, asonadas y trifulcas intestinas y,  segundo, por ambiciones y falsos ministerios. Testimonio de nuestro acontecer, el maestro Prieto Figueroa deja una obra, una extensa bibliografía que nos enorgullece, aparte de la imagen de hombre probo, amable y buen decidor. Entre sus libros están Las ideas no se deguëllan (1980), Pido la palabra (1982) y Mi hermana María Secundina y otras escrituras e Isla de azul y viento (1986). Pero sus títulos son más numerosos, sobre todo los relacionados con la ciencia de la Educación.

Donde la labor de Prieto tuvo mayor relevancia fue en la creación de instituciones y espacios que sirvieron para defender y canalizar las aspiraciones de los educadores y estudiantes. Entre ellos, la Sociedad de Maestros de Instrucción Primaria (1932), la Federación Venezolana de Maestros (1936), el Consejo Nacional de Universidades, el Patronato de Roperos y Comedores Escolares, el Instituto de Profesionalización del Magisterio (1947), el Taller Libre de Teatro (1948), el Servicio de Cine Educativo, e impulsó el Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales, así como los Premios Nacionales de Literatura, Artes Plásticas y Música. En 1959 creó el INCE (Instituto Nacional de Cooperación Educativa). En 1984 pasó a formar parte de la Academia Venezolana de la Lengua.

El 23 de mayo de 1993, el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, el que vino de Loreto Prieto Higuerey y Josefa Figueroa, dejó de respirar en Caracas. “Enmudecido y solo rodaba por el mundo”, sonó en su poema “Alumbramiento de Paraguachoa”.

EL MISTERIO DE LA FUGA

 

Leonardo Maicán 1.-

Leonardo Maicán es un narrador perverso. Y cuando lo afirmo preciso  que se trata de un provocador de cuentos, que se multiplica en personajes en los que anida esta suerte de azogue que hace que el lector también lo sea o se deja seducir por la imaginación con la que  comete todos los pecados que cualquier mortal puede llegar a  cometer si se lo permite la libertad de crear, de ser relator de la realidad y de la que deja de serlo cuando sus palabras se hacen en el papel. Digo: Maicán es un decodificador  de la ciudad, un trotaconventos y hasta un diseñador de lenocinios, un observador de los sueños ajenos, un invasor de territorios en los que están las historias que le interesa contar. Dueño de una perversión ajena. Vuelvo: se apropia de los malos sentimientos de los sujetos que observa y los coloca en sus hábitos de ficción sin ningún pudor. Y cuenta con la soltura que le permite ser lo que es, un tipo que no se arredra ante el más terrible o inadvertido de los personajes que lo asaltan en los sueños o en plena calle. No obstante, esta manera de abordar el mundo lo puede someter a algunos dislates  por su exceso de confianza.

Puedo decir que Leonardo Maicán es un hombre de cuya timidez tenemos muchas pruebas, pero cuando aborda el mundo que quiere reinventar se convierte en una lengua suelta, en un conversador solitario, en un monologante colectivo. Repito: Leonardo Maicán es un narrador perverso en tanto que pervierte la atmósfera que respira y la hace voces que revientan en la cara de los lectores. Esta conducta la encontramos en el libro El misterio de la fuga (Sistema Nacional de Imprenta Aragua, Colección Rubiera, Narrativa N° 4, Fundación Editorial El perro y la rana, Maracay 2013).

2.-

Quiero hablar de un libro que traduzco al revés. El último texto, “Las mujeres de Lesbos”, concita una complicidad con el lector porque nos hace formar parte de un juego en el que la ficción se sale de sus fronteras  y se convierte en realidad. Cuento de amena y  jugosa lectura, aunque  el narrador, al cierre,  como para burlarse de él o de los mismos lectores, fragua una imagen que debilita el relato. Pudo haber elaborado una mejor estrategia, un giro menos lugar común.

“La noche del ermitaño” es un hermoso relato. Una anécdota en la que el autor vacía su destreza escritural. Leonardo Maicán goza de una buena respiración narrativa. Su salud como tejedor de historias es de buen pronóstico. Juega con los referentes y los convierte en metáforas, figuras que hacen malabares para gusto del lector.

En “Los almendrones” nos vemos atrapados en un burdel: Una casa en la que un personaje se enamora de una o dos de las mujeres que participan de este tipo de vida. Es un cuento duro, escamoso: la crueldad aflora y hace que el narrador se desnude al final: “Ella era drogadicta, puta y ladrona. Verónica merecía seguir jodiendo. ¡Buenamoza que era mi hermana¡ Una sola vez fue mía”.

Es decir, la perversidad, el texto oscuro, negro, destaca en el imaginario de quien no le teme a los fantasmas o a los vivos. El mundo del escritor también forma parte de las preocupaciones de quien inventa o se deja inventar. El fracaso, situaciones límite, atmósferas cargadas de una realidad totalizante, forman parte de “Candela”.  Un juego literario donde el personaje termina en la papelera. Tesis metaficcional avistada desde la misma declaración del narrador: “El pobre ignora que sólo existe en la historia, en el cuento, que es sólo ficción”.

“Sicodélico” es un bestiario crítico. Un gato virtual, un gato que viaja en una buseta y a través de su motivación el narrador cuenta la ciudad, verbaliza su crítica al mundo de la TV. El ludismo metaboliza la misma historia. Espejo de la realidad, el gato persigue a Mickey Mouse y enarbola su condición de rebelde social. “La espera” es el microrrelato de un crimen con la intención de hacerlo parecer un suicidio, pero el tiempo hace fracasar al asesino. Un texto de excelente factura. Llevado de la mano por la “mala” intención, queda esperar la llegada de algún detective extraviado en medio de  una novela negra.

Un baile de disfraces en “Salón” simula sin maquillaje  el emblema de la realidad. El rey Momo amenazado de muerte. O el Antipoeta, requerido por la masa para darle calor a las palabras, a un poema donde la locura o la cordura son la misma cosa. Relato donde, por supuesto, el ácido de quien ha construido un microclima no deja de faltar.

“El secreto de Heródoto” es un ensayo, un estudio, una recreación de leyendas y personajes, entre ellos, precisamente, el mismo Heródoto, quien habría sido socorrido por Dios para hacer que el mundo fuese un cuento, un relato bíblico, una suerte de imagen suspendida en el horizonte.

En “Los caudillos”, Maicán se sumerge en un humor del que la “historia” no sale bien parada. Una suerte de Maisanta prevarica contra eventos que fueron y son de común sucesión en este país. Jefes y jefecitos se adueñaron del territorio y aún lo intentan bajo el manto del pasado. La historia llega a ser un fardo muy incómodo.

“El sueño del Titanic” es un retazo erótico. Aventura de adolescentes en la que los códigos sociales se sumergen en el deseo. Una chica de 16 manosea el mundo, se distrae con la poesía y es capaz de voltear los ojos del mundo hacia ella.

En tono bíblico, “El libro del guasón” se pasea por una genealogía con sabor macondiano. Metafórico, pantagruélico, para decir con gracia, Maicán hace que los personajes floten en una historia cuya “cotidianidad” se debate entre la tierra y un cielo a veces muy frágil. Un relato en el que el narrador hace de malabarista.

“Cariaquito morado” es la suerte viva de un sujeto que arrolla a un peatón porque lo confundió con un perro. El personaje, travestido en narrador, cuenta en voz alta los sentimientos encontrados acerca de este evento, pero también registra su diario devenir. Los deseos de darse una ducha, “de hacer el amor por televisión”, de descansar. Dejar las cosas así, “Tú sabes que a cualquiera le pasa”. Un retrato de la indolencia.

“Hermes vs. Hermes”: la planificación de una venganza. Un veterinario seductor de niñas encuentra a un personaje quien habrá de vengar a Lulú. Durante el trayecto verbal se dan a conocer los intríngulis del suceso carnal, la calaña que es Santiago Hermes, quien  habría arrojado a la víctima a un pantano. También el dolor de quien la añora, la nombra, la sueña, la llora.  Un cuento desgarrador. Pero el narrador nos tiene una sorpresa: Lulú es una perrita. En adelante, otros eventos en los que participan más personajes que convierten el relato en un vaivén adventicio.

“Fumanchú” es un trozo de existencia en el interior de una buseta. Un vendedor de chucherías, medicinas y demás miserias, que solemos comprar o eludir durante un viaje en la ciudad o entre ciudades cercanas, es el  protagonista. La voz del que ofrece la mercancía y su discurso  es la revelación de pequeños y medianos milagros.

“Chávez me tiene loca” esgrime la tesis de la polarización política. Maicán (o el narrador travestido) maneja la expresión “escuálida” (pudo haber optado por  “gusana”, como sobra  de la germanía cubana) para referirse a una opositora.  El autor cabalga sobre la abnegación ideológica.

El penúltimo ejercicio da cuenta de un título ingenioso: “En un motel de La Mancha”, una parodia de las primeras letras de  Don Quijote. Cuento en el que prevalece lo erótico y un juego de humor donde Venezuela es una suerte de mapa en el que la mujer es una mercancía. Maicán no deja parte sana: burla y disfruta a cargo de la Chocoviagra. (Imaginamos los lectores que se trata de una  pastillita de chocolate con sildenafil, fabricada en alguna precaria empresa nacional).

El último trabajo. Es decir, el primero del libro si lo leemos como Dios manda, el que lleva el nombre del tomo, lo dejo a la consideración de los lectores. Que busquen a Leonardo Miacán y le pregunten dónde hacerse de un ejemplar.

Repito, la perversión o perversidad del autor radica en sacarle las tripas a la imaginación, hacerla parte del escozor diario. Personajes que son una maldad en dos pies. Pero también los que ven la vida desde otro ángulo. En todo caso, por ahí anda el libro. Casi en misteriosa fuga.

Notícula: Lamento señalar el mal tratamiento editorial a este trabajo tan bien escrito. Los responsables de la llamada Imprenta Aragua, así como los de otros estados, deben someterse al rigor del estudio para poder ofrecer un producto más elaborado, que no irrespete la calidad del trabajo de los escritores.

LA VIDA BREVE

 

 

Juan Carlos Onetti1.-

Días de Onetti estos que morimos. Días de páginas en las que el tedio es un cangrejo que muerde sin misericordia. Días malos para dejar de lado la atención. De personajes que fenecen de aburrimiento mientras las nubes pasan silenciosas, rotas por el ruido impertinente de aparatos y aves a punto de caer.

Nos revolvemos en la miseria del bastimento cotidiano, apostados en una esquina o parada de autobús a la espera de que pase la historia, de que termine de pasar lo que no sabemos ocurrirá. Días de incertidumbre, de palabras duras, amonestaciones y recados al diablo. El pensador de Rodin se ha levantado, al fin, de su pose artrósica. El toro de Guernica avisó de otra guerra que nos espera muy cerca del aliento de Picasso. El Miranda de Michelena se quedó dormido mientras buscamos sus sueños en una tumba vacía. Los héroes estornudan colgados en los cuadros de un pasillo oscuro. Tantas telarañas históricas se sumergen en el cansancio de un país enfermo, destinado a someterse a una cura de insomnio.

Tan breve la vida que nadie pregunta por ella. No obstante, la diatriba fácil, la compra-venta de ñoñerías fascina a los paseantes. Los niños bostezan ante la aguada discusión de los adultos. Un papagayo se enreda en los ojos de un ciego. Una escritura del sábado como hoy que al perecer no llega a un lector del domingo. La razón hecha trizas.

2.-

Mientras la historia se guarece de las infamias, una mujer se pone los lentes para ocultarse de sus antiguos amigos. La vergüenza tarda en acomodarse en sus arrugas. O en la cirugía que la acompaña a todas partes. La ciudad canta serena  bajo las faldas de una diosa injuriada. Qué corta la vida para tantos quebrantos y aspavientos. Qué desastre de vida la que llevamos mientras Dios sonríe ante la inutilidad de sus hijos.

El país también es breve. El país es una rabia tonta, pendeja. El país no existe. Es una ilusión bajo los pies. Los poetas se pelean unos con otros por palabras menos, palabras más. Unos insultan para recibir la paga. Otros callan para ganar la orilla. El poder no es una vaina muy seria. Nadie sabe de él, pero él sí sabe de nosotros, de todos. Tan breves como aquel rey que sólo sabía asomarse a la ventana para verse repetido en la superficie de su alberca.

El país es un mes de fiestas, unas horas de arritmias, de tambores y cinturas volátiles. Qué breve es una mujer silenciosa. Qué breve es la tierra mientras gira.

Todos los discursos han sido revisados. Nada es tan original como gritar y saberse desterrado. El país corre hacia la orilla del mar. La marea lo cubre con una espuma inmediata. La escritura automática calumnia la brevedad del día. La ciudad se desprende de un inmenso samán. Alguien muerde una manzana y se transforma en serpiente. Un anciano logra una erección y preña una ballena atolondrada.

Tan breve el país que su brevedad es inadvertida. Así están las cosas: navegamos en un ambiente de falsa solemnidad.

3.-

Días de Onetti estos que vivimos, tan breves que sus páginas nos pasan revista. Días de quedarse en la cama con los ojos desorbitados mientras la señora imprevista nos mira por la ventana. Días de un pozo profundo, oscuro y peligroso. ¿Quién se apresta a pedir explicaciones acerca del contenido de este texto sin pie ni cabeza? Días para no leerlo, para lanzarlo al cesto o verificar su sentido.

Este país es una resta mal sacada. Peor suma. Un problema matemático que no han sabido resolver por haber perdido la calculadora. Una ecuación con múltiples resultados. Un país expediente. Un país casi verdadero porque es una verdad que no se distingue. Un país borrado del mapa. Este país es breve, limitado, leche ácida.  ¿Cuántas horas tiene un país breve? ¿Cuántas vidas tiene la brevedad? La lotería es la salvación del mundo, pare de sufrir. El norte es una quimera. El sur es el límite. Occidente es el norte del oriente. Los chinos son ciegos oblicuos. ¿Cuántas torres caerán antes del jaque mate?

Quien no sea breve que lance la primera piedra. Dios es la brevedad más prolongada. ¿Cuántos países hacen falta para tener uno que valga la pena?

En la cola de la calle suele morir un renegado, el último de la línea curva, que es decir la recta que nos lanzan desde un edificio. El país está allí, metálicamente ruidoso, triste, avistado por un dios que nos anuncia lluvia las próximas horas. La muerte deletrea su orgullo en las manos de un adolescente. Una niña encinta golpea a su madre y luego se escapa con un astronauta.

Breve la vida, son días de Onetti. La primera página ilustra el contenido de esta nota. Por allí va la vida, tan breve, tan discutida por lo que la creen inútil.

LAS HUELLAS DE TUS PASOS/ Voz vieja, voz nueva

CalabozoArístides Parra es un poeta que bebe en el pasado, pero a la vez renueva las imágenes de su pozo interior en un presente donde el mundo está lleno de una humanidad opacada por el miedo. Antigua voz por el tesoro contenido en su espíritu. Por el sabor del vino entregado en odre curado con palabras. Nuevo porque los temas que lo han angustiado nunca pierden vigencia. Es poeta de un tiempo redivivo, apegado al paisaje de la tierra yerma que lo vio nacer, el llano, que para Parra es un espejismo. En él calza el destino de su escritura, confirmada en la frecuencia de los sueños, la muerte, la soledad. Tres constantes, tres permanencias en cada uno de sus poemas.

Poeta arraigado a sus orígenes, también vestido con la visión castiza de quien tiene en el buen castellano la misión de perpetuarlo.

Más allá de la forma, del esqueleto de la voz, el calaboceño Arístides Parra ha sido propietario de una manera de ocultarse entre la maleza de su silencio. Silencio que también es palabra torneada para decir de ese paisaje que no lo abandona, pero también lugar para el humano ser, desestimado unas veces, aligerado otras.

En nota para presentar La huella multiforme, Pascual Venegas Filardo afirmó que el octosílabo en la poesía de Arístides Parra cobra un marcado acento nativista, y así, tal vez, la huella lejana que Antonio Machado pudiera haber dejado en el poeta, o los suaves matices de las canciones primaverales de Juan Ramón Jiménez. Venegas Filardo lo emparenta con García Lorca, con toda razón, lo que confirma que Parra abrevó en la poesía española de los siglos XIX y XX. Por supuesto, no deja de decir el presentador que el poeta de Calabozo bebió de la copla llanera, la que aparece y desaparece en la rica maleza de quien hizo de la forma un estado del alma, la cual encuentra vigor en los temas arriba señalados, para concebir un fondo en el que el espíritu del poeta venezolano encontró lugar.

Por eso no sólo l forma acerca a Parra a la poesía española, la dada a la recitación más que a la reflexión. La más sencilla pero a la vez destinada a crear otros instantes de la imaginación verbal. Arístides Parra encontró –un poco más atrás en el tiempo- filón en Jorge Manrique y Calderón de la Barca. Parte de la muerte que canta Parra está en el mismo sendero anímico de las Coplas a la muerte del maestre don Rodrigo o Coplas a la muerte de su padre, sin desestimar que la elegía albergue en ambos el tono preciso para confirmar la eternidad en la tierra. Y así, Camina la vida aprisa/ de muerte, el soplo efímero, el que sigue el curso hacia la mar.

De Calderón, los sueños, la revelación, la sombra como materia de distancia: Mi sombra y o llegamos/ a madia noche al pueblo.

Dueño de una musicalidad cercana a la del Siglo de Oro, sopesada por la reflexión, Arístides Parra se nos muestra un tanto presocrático, un tanto socrático. El río de Heráclito se confunde con el de Jorge Manrique: la muerte flota en distintas corrientes, en un solo sitio –detenida-, también en movimientos hacia un multiplicado delta de silencios.

Esta capacidad para destacar el fondo del ser, alcanza sonidos singulares en la poesía de este autor venezolano. Más allá, repito, de la simple afirmación nativista, encontramos en este silencioso y humilde arriero de versos, la vitalidad de una herencia, el vigor de un pasado que se hace presente cuando acudimos a la fuente de su origen. Parra es un poeta viejo por la cultura que ha almacenado en su forma de decir, pero es un poeta de estos días por la perspectiva que ha usado para abordar los temas universales como constantes para crear una asonancia cercana a los sonidos de la tierra.

Voz nueva, voz vieja, una fórmula para saber que el paisaje acumula los temas, los hace más ricos en la medida en que quien lo trabaja haya transitado por la rica poesía española, madre de los sonidos de este llano, madre de los sonidos interiores de un país cuyo horizonte marca el infinito de la imaginación.

De su poética, he aquí este texto que sintetiza lo dicho anteriormente:

Decapito el ave del sueño,

lo desplumo,

lo desalo,

le abro el pecho,

le extraigo el corazón,

palpitante

me lo pongo en la palma de la mano,

iridiscente como gota de rocío

le da luz a la tarde,

a la mirada de los enamorados,

atrae las mariposas

escapadas de las orugas del cielo

y refleja a Dios entre las nubes

envejecido de eternidad.

 

Después del acto

queda el poema:

penetra la noche,

la densidad del tiempo

con su elocuencia

de sueño descrito

con rumorosas letras de silencio.

                                                         (El poema)

Para el lector nuevo de Arístides Parra, sobre todo el que acude al paisanaje de los sonidos, quede el apego a quien desde hace muchas décadas le canta a Calabozo y al mundo desde el silencio de todos los sueños.

(Prólogo al libro Las huellas de tus pasos, edición del Ateneo de Calabozo, colección Escampos, Maracay 2005).

LA MUERTE PARA EMPEZAR

 “Iba a morirme yo, a pesar de ser yo”

Fernando Savater

1.-

literaturaEl título y el epígrafe de esta nota, tomados por asalto del morral del reconocido filósofo español, hacen juego con la preocupación que cunde en el mundo a propósito de los acontecimientos que abren las páginas de los diarios. No se trata de la guerra, es la muerte, esa compañera invisible que respira atornillada a nuestros pasos y que a ratos espantamos para que salte la cuerda unos metros más allá de nuestros pensamientos.

Se trata, sí, efectivamente, de la muerte. La que empieza y finaliza en el camino. Esa “cosa tan irremediablemente personal” que nos amarra a los seguros de vida y a la imagen de que alguien mirará nuestro rostro, serio y circunspecto, a través de un cristal. Más allá de esta consideración anodina, la muerte es un problema cuando aparece en la mano armada de los

hombres, cuando es empujada por el odio, las ambiciones y los afanes de la  irracionalidad, aunque la muerte no sea un salto irracional.

Esta irracionalidad surte el pozo de la política. Todos los discursos de este viejo abono están agotados, han sido mermados por la demagogia, por la imbricación del pragmatismo y la ambición crematística. La guerra de los Estados unidos contra el fantasmal país afgano no es más que eso, un discurso agotado producto del manoseo del territorismo como heredad. Igual, el que la ex Unión Soviética precipitó sobre los satélites de su ambición. O sobre el mismo Afganistán, Damasco o Bagdad.  O la de Cuba sobre la desolada Angola. ¿Qué cultura no ha practicado el terror para imponerse? Desde remotos días ha sido revelado en las ansias expansionistas de generaciones imperiales. Para ganar terreno hay que matar, desgarrar los sonidos del “otro”, del que nos mira desde su poca altura. Allá arriba está la muerte, poderosa, símil de la destrucción total.

2.-

El yo individual, el que muere con todos, con todos los otros, racionaliza el temor

y lo convierte en filosofía , en “defenderse de quienes creen saber y no hacen sino repetir errores ajenos”, como dice Savater. La certeza de esta idea se aproxima a lo que acontece actualmente: pensamos para repetir los errores del otro, los mismos yerros que nos han acercado al precipicio. Pese a que no estamos de acuerdo con esa “confrontación”, sabemos que es inevitable, porque quien maneja el poder azuza los deseos de ver de cerca la cara de la muerte del otro. Morir así es una humillación. Muerte al fin, es la mía, la que siento mía, la que no puedo eludir porque ya he muerto en el otro, en el que aparece en la pantalla de televisión envuelto en la misma tela con que habrían de cubrirme. Vieja retórica, pero verdadera.

    La imagen de los aviones derritiendo los inmensos edificios de Nueva York establece el comienzo de la muerte. Los que hicieron eso sabían de antemano que con ellos no moría la muerte, empezaba. Y empieza a cada instante, no tiene fin. Es mi muerte a cada instante, por eso quiero negarla, enfrentarla.

    Y así como los discursos han sido agotados de tanto vernos en la muerte del soldado, de nuestro enemigo soldado interior, en la del delincuente abatido por la policía, en la  del trabajador que se desprende de un piso alto mientras pintaba, en la del joven que estrella su vehículo contra la defensa de un puente, e inclusive, en la del perro que yace destripado en medio de la calle y sólo le quedan los ojos para advertirnos, sabemos que la paz nuestra es inmerecida. No hemos sabido conservarla. No se trata de romper el espejo imperial, el reflejo del más poderoso, porque el poder mientras más lo es, es más vulnerable. No se trata de hablar con el discurso plañidero  de nuestra tradicional izquierda, o con la retórica acartonada o “yupi” de la derecha conservadora. No; ambos están agotados. Nos queda –aunque hayamos desgastado a Dios con un ateísmo romántico – vernos en el hombre, despojarnos del fanatismo tanto de izquierda como de la derecha, lavarnos ambas manos, porque a la larga y a la corta la muerte no es de izquierda ni de derecha. Es ella, principio y fin, victoriosa, fea, deshuesada por la imagen del odio y la miseria humana.

3.-

           El epílogo es el mismo siempre: la guerra es un invento del hombre para disminuir su capacidad humana. Para hacerse menos humana o más muerte.

    Afganistán, Bagdad, Damasco o Angola son nuestro yo, el que siempre recibe los golpes. Pero también somos alaridos de los que sucumbieron en las torres o en Boston.

    Empezamos a ser cuando sabemos que la muerte se nos aproxima. Contradictorios, pese a que somos la muerte del otro y la celebramos desde la enemistad, nos batimos por evitarla a través de la guerra. La violencia es nuestro hombre primitivo, el que llevamos en la piel del animal que nos cubre.

 Hanni Ossott

LA DUDA DE VIVIR

I

Hanni OssottAlma y poesía, así la alcanzó la muerte, en medio de la gran duda de vivir. Hanni Ossot, en efecto,  llega a su lugar de origen poético, donde las imágenes y una muy particular sintaxis la verán arribar con los ojos abiertos de azul y la sonrisa inesperada, la guardada para el silencio.

Traducida por su propia vocación rilkeana, Hanni Ossott versificó “el misterio de la muerte como la única verdad que no le ha sido revelada”, como escribió Esdras Parra acerca de la poesía de esta mujer cuyo mundo giró alrededor de la palabra.

Ensayista, profesora de la Escuela de Letras de la UCV, Ossott significó una lectura lenta y expresiva de toda una generación.

Entre sus obras podemos mencionar Formas en el sueño figuran infinitos (1976), Espacios para decir lo mismo (1974), Espacios en disolución (1976), El reino donde la noche se abre (1986), Cielo, tu arco grande (1989), Casa de agua y de sombras (1992) y El circo roto (1996), entre otros.

 II

Un día, para abrir su poemario Casa de agua y de sombras, dijo desde la lejanía del tiempo: “Un libro que rememora la infancia nunca puede ser “literario”. La infancia no es literaria. Si hay acaso en ella esplendores, éstos se muestran en una riqueza directa, sin ambages ni artilugios. El libro de la infancia es más bien psíquico. Se trata de un libro de demoras”, y así lo hizo durante los días de su aliento, de la poesía que brotó rota, terrible desde la memoria, la soledad: “Por ese tiempo se empieza a escuchar/ desde lo solo”.

Juan David García Bacca, citado por María Fernanda Palacios, dejó para nosotros: “La verdad poética es una de las pocas formas que la vida ha conseguido dar a la verdad para que le resulte vivible”. Hanni Ossott hizo lo posible por vivir en medio de la duda, y vivió, y tanto fue que nos trasladó hasta el adentro de sus días quebrantables, dolidos. La verdad de la poesía navega en los labios silenciados de hoy de esta poeta: “Me extravié en el infinito/ pensarlo/ traerlo a mi alcoba/ era un exceso/ que hacía temblar.// Era demasiado pequeña para contenerlo./ Y me llenaba/ me expandía/ era astros”. Y el infinito la hizo infinito, la imagina en lo perdido de lo alto, con las palabras que siguen sonando en el pecho de quienes la leemos.

Con Schopenhauer supimos que “la muerte es el auténtico genio inspirador de la filosofía”, y para muchos poetas, también. Ossott nos acerca esta idea, nos la coloca frente a los ojos de la infancia para resucitar desde el pasado, desde el acento apacible de los padres, desde la niñez atrapada en la voz de quienes la leemos en voz alta”.

III

En su poema “El círculo difuso”, del libro Hasta que llegue el día y huyan las sombras, añade a todo lo anterior: “Tú también te alzas/ desde el fondo nocturno de un pantano antiguo/ y te enlazas y adhieres al nervio de mis últimos ojos/ afirmado a un presente que sabiamente/ ignora lodos.// Así recuperamos las sombras, las figuras,/ entre hilachas/ figuras ya desgonzadas/ sin hombros sin palabras/ fuera de toda circulación…”. Y llegó el día y las sombras huyeron porque la luz, la que se instala en el alma, “Cerca del peligro, plenamente disponible/…/ Entre corrientes, avanzando ciega/ Colocada entre lo infernal y la quietud”, regresó a la palabra inicial, la que siempre es duda y verdad, canto y silencio.

Hanni Ossott nos destina a ser su permanencia, su estado revelado, su canto interior en nuestra azarosa y recuperable preparación a seguir los pasos del ruidoso mundo.

García Márquez: verdades y mentiras, periodismo y ficción

DE NOTICIA DE UN SECUESTRO A GERALD MARTIN

Y ENRIQUE KRAUZE

                                           (Entrevista/ Juego)

 

La vida no es la que uno vivió, sino la

que uno recuerda y cómo la recuerda

para contarla.

(Declaración de García Márquez al comienzo

de Vivir para contarla)

Gabriel Garcia MarquezCuando me llegó el mensaje electrónico, entendí que las palabras que emergían de la lectura podrían servir de justificación para seguir cultivando la idea de que las paredes de la antigüedad prescribían mensajes místicos a quienes se aferraban a creencias y misterios. Una especie de Muro de los Lamentos, pero sin los lamentos, suerte de graffiti que deslumbra por lo que contiene de sonidos del pasado. Y por lo que tiene de tanto estropicio en los tiempos que vivimos. Por esa vía, hicimos contacto para hablar de ese pasado y de estos días de páginas biográficas y reacciones inencontradas.

La nota, proveniente de algún solapado internauta, me envolvió con el eco de un acento que me hace recordar la conversación de Gabriel García Márquez con Roberto Pombo.

Como entrevista, bien. Me revolví en la inquietud por hacer de ella una propuesta personal bajo la luna de las calles y veredas de la otrora violentísima Cali. Y entonces, la mirada de GGM perforó el silencio y comenzó a hablar acerca de su –en aquel borroso tiempo- más reciente libro, un reportaje sin adornos literarios, sin fraseos de la ficción que siempre nos entrega en sus novelas y cuentos. Esta vez, el Nobel colombiano se metió en una historia real, extraída de la tragedia interminable de su país: Noticia de un secuestro.

Por una de esas calles caminamos en franca conversación. La noche caleña silbaba una ambulancia, una patrulla policial. El rostro sombrío de algún delincuente que quiere mi cartera o la del “Gabo” (a esta altura ya puedo hacer uso de la confianza), quien se burlaba del miedo que siempre cargo en cualquier calle del mundo, por muy segura que ésta sea.

Llegamos a una casa donde una lámpara miraba con pesadez el número que nos guiaría a la tranquilidad. Nadie paseaba por Cali de noche, excepto García Márquez y yo, asustado hasta la inmortalidad. Pero la esperanza de sacarle algo a este hombre que ya hizo historia, era mi mayor ambición.

El periodismo, un regreso

Esta vez el autor de El coronel no tiene quien le escriba se dejó de ficciones y entró en una de contar la historia verdadera de nueve secuestros:

-Mira, no escogí el tema. El tema me escogió a mí, cosa que sucede tanto en el periodismo como en la literatura. Lo importante es que hace muchos años que vengo con la nostalgia del periodismo, que es un oficio original, y que ha sido muy útil para mí en la literatura. Gracias a él puedo fantasear, hacer todo lo que quiero en literatura, y también mantener los pies sobre la tierra.

Sobre la tierra andábamos, pero inseguros, hace un rato. Parecíamos dos personajes extraviados, salidos de una novela cuyo mejor argumento tenía en Jack London una especie de selva citadina, nocturna jungla para posibilitar una teoría en formación sobre la muerte y el periodismo; la libertad y la censura en este país. Durante la caminata recordé un antiquísimo poema árabe: “El siglo nos ha disparado sus nefastos dardos, / cual flechas de fuego rasgando la noche oscura”, y me entró otro miedo, el no volver vivo a Maracay. Sin embargo, García Márquez, a quien no me atrevía a llamar “Gabo” en su presencia, aunque si lo hubiese hecho habría sonreído pensando en el abuso de muchos que así lo nombran sin haber jugado metras con él, me reconfortó.

Retomó el hilo y me dijo -mientras oteaba hacia lo alto de un edificio a oscuras- cuando lo abordé acerca de ficción y periodismo: “Es decir, no separo los dos géneros. Creo que el reportaje es un género literario como lo son la novela, el cuento, el teatro, la poesía. Digo que me encontró el tema porque andaba, durante años, buscando uno para hacer un reportaje y no lo encontraba. Un día, de pronto, Maruja Pachón y Alberto Villamizar me dijeron que ellos andaban en lo mismo, pero no tenían suficiente entrenamiento literario. Les pedí un año para resolver la historia, pero no quería terminar en el tema del narcotráfico. Durante ese año lo pensé y fue precisamente el año en que se fugó Escobar y que lo mataron… lo que más importaba no era el narcotráfico sino el secuestro”.

Un vallenato sonó detrás de la altísima verja. El novelista sacudió las manos e hizo ritmo con los pies. Me miró y sonrió plácidamente, como lo habría hecho en alguna plaza de Caracas en sus primeros tiempos de periodista extranjero en un país donde era venezolano. La música lo impulsó a palmearme el hombro izquierdo. La calle tenía su boca de lobo dispuesta a tragarnos. “Afuera se sabe a qué hora lo secuestraron –volvió con el tema-, cómo, qué están pidiendo, qué están haciendo, qué están negociando, pero no se sabe cómo están sufriendo los secuestrados, los familiares, cómo –seguramente- están sufriendo los secuestradores, cómo sufren las autoridades de las cuales depende de alguna manera la resolución de los secuestrados, cómo sufre el país. La cantidad de sufrimiento que genera un secuestro era lo que me interesaba, el secuestro por dentro”.

Periodismo y ficción

Gabriel García Márquez, quien tuvo que pelear con Aureliano Buendía para poder entender que la ficción es autónoma y, aún más, que la autonomía de la realidad está supeditada a la ficción, siguió moviendo el cuerpo en la medida en que el vallenato se iba hundiendo en la lejanía de la madrugada:

-Siempre he creído que un escritor, novelista o periodista, puede decir lo que quiera siempre que logre hacerlo creer. Si no se lo creen, ahí no vale ni la verdad. Por eso, la mejor estructura para esta historia es cómo sucedió en la vida: que no se sepa afuera lo que sucede adentro y que no se sepa adentro lo que sucedía afuera (…) Hay una frase que ya no se dice porque está amelcochada de tanto repetirse: la realidad se pasa a la ficción. Pero en todo este trabajo me propuse utilizar un solo dato que no era real y comprobado, y una prosa en la que no me permití ni una sola metáfora para conservar el lenguaje austero de una crónica de periódico”.

Los personajes

Llegado el momento de salir a la luz del día, García Márquez comenzó a parecerse a su abuelo, el personaje que lo dobla como Aureliano Buendía, con el mismo coronel que tenía en el gallo la empresa de la esperanza. El gallo de ese militar llevaba en el buche todas las noticias que nunca llegaron hasta que pronunció la famosa palabra al final de la novela.

Me miró con una sonrisa torcida.

-Si tú partes de la base de que el sacrificio de cada uno de esos personajes contribuyó a la entrega de Escobar y a la solución del drama de Escobar y al desmantelamiento de gran parte del narcotráfico, que es una desgracia del país, te das cuenta de que en cierto modo cada caso, cada persona, estaba sometida a un holocausto, era una inmolación de la estaba siendo objeto cada uno de esos personajes”.

Me estrechó la mano nuevamente y me despidió. Lo dejé aún con la convicción de que pasarían otras cosas antes de llegar al último vagón de la existencia.

 

Después de ayer

Las canas de “Gabo” lo hacen ver anciano. Ya han pasado la imagen del ojo morado, los abrazos con Fidel Castro, la entrevista aérea a Hugo Chávez, que tanto amargó al venezolano de Sabaneta de Barinas. Han pasado muchas cosas, la celebración de la caída del Muro de Berlín, parecido al de los Lamentos, sólo que era demasiado terrenal.

Hoy, cuando el mundo es casi cuadrado, “Gabo” sigue siendo noticia. Su Memoria de mis putas tristes pasó casi inadvertido. Su Vivir para contarla se quedó en un capítulo de Cien años de soledad. García Márquez es noticia por su muy ficcionada existencia diaria. Pero lo que más ha sonado en las vísceras del autor de La hojarasca ha sido la biografía “tolerada” por él mismo y diseñada por el británico Gerald Martín. Ella ha generado reacciones contra el biógrafo y contra el biografiado. Así, Gabriel García Márquez. Una vida ha abierto una herida que no termina de cerrarse: la relación del Nobel con el poder, su fascinación por un hombre que lleva 50 años al frente de un desprestigio: Fidel Castro.

Para llegar a esta amargura personal, nos topamos con Enrique Krauze, el ensayista mexicano que ha sacudido también las entrañas del presidente Chávez con el libro El poder y el delirio.

“Una vida”, varias vidas: la fascinación por el poder

“Los fantasmas del general Uribe Uribe y el coronel Márquez sonreían complacidos. Y Fidel también”, escribe Enrique Krauze en reciente artículo que revisa las páginas de Martin, donde García Márquez coloca a su abuelo como figura principal, emblema del poder que impulsaría al novelista a no despegarse de Castro. Más adelante Krauze escribe:

“En el coronel Márquez “está la semilla de sus fascinación frente al poder: cifrada, elusiva, pero mágicamente real, como la historia de un diccionario que pasó del coronel al comandante, por las manos del escritor”.

Cuando nombra la palabra diccionario, el mexicano se refiere a un fragmento aparecido en Vivir para contarla, las memorias que han pasado por debajo de un puente de aguas mansas:

“Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”, dijo el abuelo. El niño preguntó:

“¿Cuántas palabras tiene?”.

“Todas, respondió el abuelo”.

Enrique Krauze afincado en el libro de Martín precisó:

“Si García Márquez se acerca al déspota no es para expresar o juzgar la complejidad interior de un hombre de Estado sino para inducir comprensión por un pobre diablo, viejo y solitario”. Sobran imágenes.

Y para cerrar esta “vida”, describe una costumbre que ya es tragedia:

“El dictador es una víctima de la Iglesia, los Estados Unidos, el desamor, los enemigos, los colaboradores, las catástrofes naturales, las inclemencias de la salud, la ignorancia ancestral, la fatalidad, la orfandad”. Sobran imágenes, palabras y hechos.

Prevalido de esa realidad, el ensayista mexicano clava la puntilla:

“De macondo a La Habana, un milagro del realismo mágico”.

De este modo, llegamos a la conclusión de que ese tal realismo de la magia no es más que un acto de reverencia ante el poder. Verdades y mentiras de una cultura que se deshace en las manos de quien detenta la gloria de haber sido puesto en ese lugar por los abusos de una ficción que es absolutamente real.

“EL ÚLTIMO BRINDIS”

iakhmat001p11.- No recuerdo en qué lugar del espíritu, en qué librería mexicana, me tropecé con el poema. Lo cierto es que allí estaba la Ana Ajmátova de “El último brindis”, religiosamente silenciosa, traída a mis manos por la traducción de José Luis Reina Palazón.

Un día, hace algunos años, nos vimos en el mismo espejo con esta poeta rusa, maltratada por el régimen soviético. Traducida para La liebre libre por Belén Ojeda, dejé correr estas palabras en nota hecha parte de un libro: “Un voz densa contiene el dolor. Un aliento apagado surte de silencio el espacio donde el llanto se apoca. Anna Ajmátova, desconocida y alejada, ruda y tierna, en medio de una endemoniada persecución…”. Nada ha cambiado desde aquella primera lectura, sólo que esta vez la traducción de Reina le da a la impresión del lector cierta aspereza que lo vuelca un poco más hacia la autora, toda vez que revela el clima de quien sufrió los rigores de un largo proceso revolucionario que terminó –como todos- en el hostigamiento, la tortura y la muerte.

El poema, abrigado por la primera persona, abunda en detalles de una vida que conoció el frío de las estepas y la desolación del destierro.

                                              Yo brindo por la casa arruinada,

                                              por la vida que sufrí,

                                              por la soledad a dos llevada,

                                              y también por ti-

 

                                              por la mentira de labios traicioneros,

                                              por tus ojos fríos de muerte,

                                              por el mundo cruel y grosero,

                                              por Dios que no asignó la suerte.

2.-

Ajmátova escribió siempre en tono de despedida. La marca de este poema le asigna el reclamo a quien también formó parte de la traición, del olvido y la lejanía. Por eso no es fácil leer el dolor, y mucho menos el que suma el abandono de Dios, el tratamiento “cruel y grosero” del mundo. En este poema se resume el universo poético, la vida, de esta mujer que lo vivió y lo murió todo.

Perseguida por el estalinismo más feroz, formó equipo de sufrimiento con Ossip Mandelstam y Boris Pasternak. Los que la leímos hace años, lamentamos no haberlo hecho antes, pero la poesía clandestina soviética era eso, un sonido congelado en su propio eco por la mano férrea de una dictadura tan estúpida como protelariamente mentirosa. Los “ojos fríos de muerte” eran también la mirada de las estatuas donde reposaba el crimen del “padrecito” Josif Stalin.

Nacida en Odessa en 1889 con el nombre de Ana Andreievna Gorenko, publicó su primer poemario a los 23 años con el título de La tarde. Arrastrada a la maldición por la mirada permanente del “big brother”, su marido, el poeta Gumilev, fue acusado de contrarrevolucionario y pasado por las armas. Muchos de sus colegas de letras y amigos sufrieron la purga desatada por la “Gran Revolución de Octubre”. Los gulags se alimentaron de una carne demasiado sensible. En el año 38 del siglo que le tocó lacerarse, su hijo fue llevado a la cárcel. El frío de Leningrado supo de la espera de diecisiete meses al frente de la ergástula donde Lev sufrió el odio de un sistema terriblemente opresivo. En 1963 aparece en público el libro Réquiem, que contiene el poema “El último brindis”, donde vemos la razón de tanto dolor. Ese mismo año le fue concedido el Premio Internacional de Literatura.

“Yo brindo por la casa arruinada”. El país –su país- era esa casa, acosada por las garras de un poder sin sentido.

Cerca de la capital, en Domodedovo, muere Ajmátova en 1966. Su espíritu comenzó a recorrer el mundo para disgusto de los dinosaurios de aquel proceso que terminó en un montón de palabras vacías, de seres humanos destruidos.

Este brindis, tan amargo como esperanzador por lo que lleva de fiesta (sólo por el trago de licor), se nos acerca mucho. Nos hace cómplices de “la vida que sufrí”, y nos arrastra hasta la orilla donde la sangre se detuvo para no manchar las aguas de un río imaginario.

En esta hora de cielo encapotado, vuelvo a esta nota para recordar a esta mujer que salvó parte de nuestro íntimo universo.

DEL BUEN DECIR DE PEDRO FRANCISCO LIZARDO

Pedro1.-

Me inclino ante la voz de quien hizo del buen decir un acto sagrado. Me inclino ante la pureza de espíritu de quien supo que en la poesía está el destino humano del mundo. Me inclino ante quien sabía de la humildad y administraba el corazón  para buenos propósitos. Digo hoy, como dije ayer, de Pedro Francisco Lizardo, el poeta, el también excelente periodista que Venezuela se dio el lujo de tener. Digo, como dije hace años, de un hombre a quien tuve el honor de oír desde su arcádica estrategia poética, estrechar su mano y saberme cercano a sus afectos por la vía de otros amigos quienes me indicaron el camino de su sabiduría verbal.

En estos tiempos de vulgaridades, de destemplanzas públicas, me adhiero al silencio de Pedro Francisco, el nacido en la fronda de Bejuma, próximo a Gerbasi, el relampagueante de Canoabo. En estos tiempos precarios, engreídos y poco revelados en el buen decir, repito mi porfía por la palabra, por ese buen decir, por el que heredamos un día y aún conservamos, aquel que rezaban los antiguos del Siglo de Oro. En ese lugar está y siempre estará el poeta que hace algunos años se hizo más sencillo y a la vez lejano en medio de las estrellas.

2.-

Desde su lejanía nos entrega:

La noche es bienvenida y alta/ como la oculta flor de la palabra inédita./ Arde en el centro de la vigilia,/ crece y se expande como un resplandeciente óleo sobre/ todas las cosas./ la noche es necesaria/ con su caudal de astros y de luces enarboladas sobre el mundo/ iluminando y marcando su misterio,/ su sideral consigna,/para que todo se torne en lumbre y alba/ para que alumbre el día/ como una insignia hecha hoguera y resplandor sucesivo/ sobre el hombre y su designio humano.

Ese designio humano anima a pensar en el ruido, en el escándalo que nos rodea. Tanto ruido, sí, en las hojas diarias, tanta baratura, tanta falta de inteligencia en el escribir que mancha los ojos de quienes en la calle comentan y desnudan la falsía de amanuenses hechos a la medida de mensajes de empeño banal, abrumados por la viudez de ideas, las poquísimas anidadas en el odio, en la cursilería más espantosa, en la adulancia tantas veces calificada por la vieja arrogancia de quienes usan la palabra para deshacerse de su prójimo. He allí la noche, la otra noche, la que cierra la luz y la desvanece.

En otro sueño, en otro poema, un poco más adelante, Pedro Francisco Lizardo escribe:

T u voz me llama y me convoca. En ella te habito como/ en un país lejano, perdido entre gritos ardorosos y músicas muy altas. Muerdo tu voz como una fruta prohibida.

Canta el poeta. No se limita. Dice bien con la autoridad de un idioma fresco y brillante. Pero también descubre lo que lo abruma: un país enloquecido, arrebatado.

3.-

Por eso, por lo que el poeta y periodista Pedro Francisco Lizardo representa recurro a su memoria, que es atender al eco de los tantos que, aparte de respetar el idioma, son dueños de una sensibilidad entregada al servicio humano. Quien mal dice, mal escribe, estropea a los demás. También revela las miserias que lo habitan.

Veamos al poeta en esta imagen:

Uno abre las puertas del delirio y sueña. O te busca en el sueño. Porque estás ahí, detenida entre presagios y preguntas, transida de respuestas y nostalgias, colmada de lentas fantasías y ternuras. Uno es apenas el navegante detenido en medio de la ola mientras cae, solemne y distante, la espuma del recuerdo. Uno te sueña hasta el límite mismo del rumor, con su duelo de huesos derramándose y ardiendo en la ardorosa soledad del hombre.

Las bondades de la palabra de quien a diario escribe, del periodista, del hombre de la cultura, tocan su casa poética, la desdoblan para enriquecer la lectura cotidiana de las horas.

Un día, sin remedio, se marchó. Perder a un hombre como éste significa perder parte del país que tantas veces hemos nombrado, el que soñamos inútilmente porque lo sabemos imposible, difícil de alcanzar. Vergüenza da desconocer la ciudadanía verbal de este señor del periodismo, el  que se sabía parte de un equipo de trabajo que informaba y formaba. También desconocerlo como poeta, como fabricante de imágenes, como pescador de sueños.

Invadidos por la incuria, por una falsa caridad pública, vemos como se desvanecen los petulantes, la gresca reverencial, la vulgaridad y su áspera presencia.

JFK, LA NOVELA DE UN HÉROE DE HOTELES

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JFK (Editorial Candaya, Barcelona, España, 2012) podría ser la novela de un puto. Aunque el mismo narrador/ personaje diga que no es así. Es la novela de un escort. Es decir, la historia de un sujeto que sirve para que otro u otra la pasen bien en la intimidad. Es un personaje que, como él mismo lo afirma, funciona como “un terapeuta”, que ayuda al cliente que lo solicita en los hoteles de la ciudad, especie de adalid que salva de la soledad a quien lo llama con urgencia.

JFK es la traducción de Jota Fernández Klimkiewicz, hijo de español y polaca. JFK podría pasar, sin entrar en la obra, por el  asesinado presidente Kennedy, pero no. Las iniciales dan pie para que el juego del autor, el escritor peruano radicado en Madrid, Sergio Galarza, se presente como un gancho para darle fuerza a un relato donde el malogrado Jefe de Estado es sólo una referencia.

Desde la adolescencia, desde un espacio presente en la memoria, gracias al padre, a la madre, a su único amigo El Chico de la Moto y a Gina, una amante mucho mayor que él, JFK se desliza por la vida y se convierte en una suerte de “héroe” que ayuda al prójimo desde su condición de propiciador de placer, comprensión, compañía, de socio por un rato, de oyente de asuntos ajenos y de algunos toqueteos para los que es preciso conocer su manual de estilo o de procedimientos, por decirlo de alguna manera, el cual se concentra en tres reglas: 1) Mi culo es sagrado. 2) El servicio se paga por adelantado. 3) Nunca hay que enamorarse de los clientes. Reglas que, según un riguroso paseo por la historia, ha cumplido a cabalidad.  Tanta es la dedicación profesional del personaje que Soy como una farmacia abierta las veinticuatro horas. Su móvil está encendido todo el tiempo.

2.-

La novela se divide en dos partes. La primera -la mejor lograda- es un registro de la personalidad de JFK. Es un inventario de resentimientos, de padeceres y malestares que la infancia y la  adolescencia depositaron en nuestro protagonista. Desde que comenzó con El Chico de la Moto en esta aventura, JFK no ha tenido descanso. Relata y se desgarra. Cuenta y deja correr el tiempo. Se permite regresar a la sala oscura de un cine para instalarse con su madre a ver películas polacas, hasta que ésta considera que su hijo ha sido cómplice del padre al ocultarle la infidelidad de éste: un personaje agrio, desprendido, hosco. Cuenta su relación con Gina, personaje/ objeto-sujeto amoroso, con quien aprendió mucho sobre el sexo. Preguntas, muchas preguntas navegaron durante todo el tiempo que le tocó ser parte de la separación del padre y de la madre. Hasta que se descubrió en la barriada su condición de escort, de entregado a la noche, a la disipación. La madre, la ex amante y demás fisgones le declararon una guerra de indiferencia. La primera lo corrió de su lado y de la casa, lo aisló y no aceptó más ayuda de ningún tipo.

Esta primera parte, bien estructurada, bien llevada por un narrador frío y calculador, concluye con el viaje del personaje a Estados Unidos. Un poco antes fue avisado por la madre de que el padre se estaba muriendo en un hospital. Esta información destapa los sentimientos más ásperos de Jotaefeka. No va  a visitarlo. Se marcha a América y se abre a otro mundo, a otra manera de abordar la historia, de tratar de desviarla.

3.-

En esta segunda parte de la novela el personaje se desdibuja, pierde fuerza. Ingresa en otro clima, en otro paisaje. JFK se comporta como un turista, como un testigo de eventos que forman parte de una película. De una realidad que se difumina en los ojos del personaje, quien asoma críticas contra ese estado de cosas que forman parte de la piel de los Estados Unidos. Diríamos que comparte lugar en el color local de Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, donde este narrador destaca ka supremacía de la llamada realidad sucia que tanto le diera fama a Bukowski.  En este devenir de JFK la novela palidece, pero a la vez se revisa porque busca el rescate de quien ha tenido que huir de él mismo, en una suerte de despecho que lo ha catapultado a nuevas experiencias, a miradas menos rebuscadas.

El viaje le permitió también refrescar sentimientos, pensamientos e imágenes del pasado. Hasta que regresa a su eterno presente de escort, a la Madrid donde vive. La ciudad donde hay un parque donde comenzó todo, donde se inició.

Y así termina:

Una ardilla me mira sorprendida, escondida entre unos arbustos. Y empiezo a correr, no sé hacia dónde, solo espero llegar a un lugar seguro como la habitación de un hotel en Lodz.

Convertido en una metáfora, JFK se deja llevar por otra intemperie.

EL MAL DE Q.

Q.1.-

Se lee de puntillas.  Con los ojos puestos en cada digresión. En cada salto de adjetivo ajeno a nuestro diccionario. Pero seguimos. Antonio Tello escribe desde la dificultad, desde una suerte de niebla que anida en cada palabra. Sus personajes se confunden con el polvo del desierto, muerden el silencio y salen airosos como sujetos de narración.

He comenzado a leer El mal de Q. por el final. Una vez más la gente de Candaya se anota este lujo que apareció en Barcelona, España, en 2009. Y cuando digo por el final digo que entré a este libro por la historia que le da nombre al tomo. Q atrapa por lo obsesivo, por lo puntual de una suerte de locura, de patología que envuelve y desequilibra a quien ingresa en su sicología. Si se trata de un personaje extraño, más extraña aún es la actitud del narrador, quien relata con una frialdad que aturde hasta el punto de dejar sin aliento y desata  una serie de pequeños demonios que ambulan cada vez que se separan los ojos de las páginas.  El mal de Q. es realmente una enfermedad. Q está enfermo, obsesionado con el orden, con la hora de dormir, con la hora de despertar, con la hora de entrar y salir de un libro. Un personaje cuyos límites están en cada paso que da.

Así lo dice: “El día de su cumpleaños Q no modificó su rutina y al salir de la oficina, como todos los miércoles, fue a la librería de los grandes almacenes. Se dirigió directamente a la mesa de novedades, donde ninguno de los títulos que se exponía era el mismo de la semana anterior”. Desde ese instante, la vida de Q. adquirió otra tonalidad: el libro que compró lo sacó de su camino y perdió el equilibrio “de sus hábitos”. Como el sueño no le llegaba tomó el libro, el pequeño libro, pero nunca pasó de la primera página, de la primera línea. Se trata de la lectura imposible. Y así como el personaje de Melville, que tanto ha trabajado Vila-Matas, Bartleby, el de Tello no podía leer. Una vigilia eterna lo condujo a no avanzar en la lectura, hasta que lo sorprendió la muerte, la vida sin aliento, la quietud, con un dedo sobre la línea de la cual no lograba salir. No logró salir.

Así son los cuentos de Antonio Tello, unos imposibles. Después leí La agonía del ángel, otro inalcanzable espacio, otro cielo perdido.  Un sueño recurrente acosa a un personaje. Un oscuro pecado seguramente lo atornilla a las imágenes que noche a noche lo llevan a la cúpula de una iglesia donde ve un pájaro, un ángel alado, que llora. En la medida en que se acerca a él, abrazado al óxido de una cruz o de un hierro a la intemperie, se da cuenta de que el ángel agónico es él mismo. Abierto a cualquier posibilidad, a otra lectura, el relato de Tello nos deja con la mirada puesta en una noche que no termina. El mito de Sísifo aparece en la escena.

2.-

Me atornillo al comienzo. Finalmente entro al libro por las primeras páginas, a este mal que aqueja al futuro lector. Antonio Tello no evade la realidad de la América que vive. A través de una particular manera de armar su discurso narrativo, el escritor argentino dibuja el perfil de sus personajes. Ausculta cada frase, descose el paisaje, enhebra cada paso para decir cada tragedia, cada episodio humano: son cuentos donde quien narra se involucra, pero también sabe alejarse.

Este tomo antológico que publica Candaya da cuenta de tres partes: El despertar de la palabra (1968-1970), El desierto y la leyenda (1971-1925) y La mirada en el exilio (1980-2009).  En el prólogo de Víctor Escudero oímos: “El trabajo con la escritura, pues, se vuelve para Tello invocación de lo sucedido,  lo que sólo es posible acceder por el desvío de lo ritualizado.  Y en esa apuesta se sitúa su apelación al mito, no como relato ejemplarizante, sino como patrón narrativo que, vehículo de matices cambiantes, inscribe una llamada a siglos y culturas distintas y distantes”.

De allí que nuestro autor viaje por espacios variados. Entra en alma del Otro, en el laberinto de un alguien atrapado en una jaula; dialoga con la muerte y la despista; trata el mundo laboral desde macabros deseos; encara la soledad de un sujeto y se hace parte de su desolación donde una puñalada devela la realidad del personaje. Y así, sombras del desierto, de la ciudad, de las carreteras, de la pobreza, de los abusos del poder descifrados por un lenguaje a veces difícil pero capaz de describir el dolor y la ira contenidos  en una palabra, en muchas palabras, en frases cuyos códigos forman parte de la tierra en la que habitan sus fantasmas, como diría un día Ernesto Sábato.

3.-

El mal de Q. es una enfermedad sin nombre.  Una patología que corroe la piel del alma y la coloca en la línea final de una historia que nunca termina. Es el mal de una tierra que se aleja de quien la inventó. El exilio, la muerte, el retorno al paisaje olvidado. Un eco, símbolos, signos, la mirada puesta en todos los resquicios humanos. Ese mal tiene nombre. Un nombre que se borra. Un nombre que muchos repiten con la boca llena de silencios.

LA INQUIETUD DE BARRERA TISZKA

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¿Cuántos poemas son necesarios para arrastrar al lector hasta el borde de la inquietud?  De saberlo habría que tomar parte de los sobresaltos que Alberto Barrera Tyszka ha plasmado en las páginas del poemario La Inquietud. Poesía reunida (1985-2012), publicado por la Editorial Lugar Común en Caracas, 2013, y seguirle los pasos a los personajes que en él habitan.  No quedan dudas, son muchos los textos que este poeta venezolano ha escrito y que nos llevan como cómplices de su voz (a la manera de Cortázar) a sentir la misma inquietud que los poemas  nos arriman en tanto dificultad para escribirlos, para leerlos y dejarlos en silencio.  El último escalón nos permite decir que un poema –estos poemas de Barrera Tyszka- rasguñan y  permanecen flotando en la memoria. Un buen rato, hasta que se transforman en otra inquietud: las ganas de pronunciarlos con nuestro propio tono.

Esta prolongada inquietud de nuestro autor la hemos sentido desde los primerizos textos de Tal vez el frío, luego  los legados en el tomo Coyote de ventanas, hasta  Amor que por demás donde ya se vislumbra no sólo el poeta sino el narrador que hoy es.  Y la hemos sentido porque Barrera Tyszka ha sido fiel a una constante temática: el tiempo como personaje ineludible con las  reglas de un juego que siempre gana.  Esta preocupación la hemos encontrado también en su narrativa. En la novela La enfermedad (Anagrama, 2006) la muerte limita con una mirada que determina el fracaso de la memoria. La muerte también es una inquietud.

2.-

Me alzo en plena lectura. Barrera Tyszka me hace personaje y actúo, leo. Entonces me cuento entre quienes le añaden a la pregunta de entrada otra desazón: ¿Cuántos sobresaltos necesita el lector para entrar en la inquietud de este libro que hoy nos atrapa en plena calle? Son tantos como los poemas que recordamos y atajamos a punto de doblar la esquina.  He aquí que me tropiezo con ellas, con las “Mujeres”, con esas tantas que se han hecho enigma en nuestros saltos cardíacos. O en nuestra liviana curiosidad: Hay mujeres que se llevan las manos a la cabeza.//Sus manos parecen tijeras. O pájaros/ sin sur, llenos de angustia…y así, hasta el último verso: Tal vez, / tan sólo esperan atajar sus gritos sobre el aire.   Me quedo un rato en la misma esquina y veo bajo un árbol al conversacional  Valera Mora, pendiente de la cintura de una que, en ese instante, se toca las sienes con ambas manos y mira la hora de un reloj imaginario. Me regaño como lector  sacudido por la realidad  y vuelvo al libro inquieto de nuestro poeta: La ciudad está llena de ranas. // No vuelan, las ranas, no tienen plumas./ No son las ranas/ arrendajos: no son/ turpiales./ Paraulatas, tampoco son./ No son pájaros, las ranas./ Pero cantan.// Cada noche, cantan.// Siempre igual y sin descanso.// Como barcos diminutos/ perdidos entre las yerbas.// Sólo lanzan mensaje de auxilio.// Gritos que repiten hasta/ volverse canciones.// Sólo/ pronuncian tu nombre.

Termino de cruzar otra calle y pienso en las mujeres y en las ranas. En la ciudad, en el diario correr de las horas, del tiempo que nos persigue. Que me persigue.

3.-

Y entonces, el tiempo, el enemigo silencioso.

El tiempo siempre nos destruye.// Esta arruga no es una herida sabia. // Este dolor no le sirve a nadie. // Este cansancio de la piel más que/ una noble experiencia es/ tan solo un cansancio de la piel.// Esta ceniza es ceniza. Nada más…Y con el mismo tiempo en los huesos, en los pliegues del cuerpo a la intemperie, el poeta le ajusta cuentas a la certeza de esta realidad: Solo se escribe un poema. // Todo lo demás es un ensayo.

Un ensayo, un reto, un desafío:

El mundo es un simple ejercicio// (…) Un verso es una inquietud buscando su forma.// Pasamos los años intentándolo./ Tal vez jamás la encontramos.// Solo escribimos un poema:// La vida no da para más.

No obstante, el poema siempre  es un viaje hacia el pasado, donde han quedado sus huellas. El poema es uno solo sobre tantas revelaciones, asuntos no resueltos, paisajes, tiempos agotados, y así este otro ejemplo, un poema que es muchos ante los ojos del lector: Antes escribías versos con árboles.// Escribías poemas de amor. Tenías páginas/ llenas de mujeres y de noches.// Antes, / también escribías versos sobre el país. // Con los años, / te has ido acostumbrando al dolor,/ al vacío.// Ahora, cada vez más,/ escribes sobre la escritura.// la forma es lo único que queda.// Lo último que desaparece.

La calle se acorta con este texto. Un poema, el poema muerde, destaca su  inquietud en la presencia de una sombra que cruza otra esquina y se pierde. El poema, el tiempo, la  agonía diaria de quien ha sido atrapado por las palabras.

EL DÍA QUE JESÚS LAZABALLET TOCÓ EL CIELO CON UN PAPAGAYO

papalote1.-

La sombra del papagayo ocupaba media cuadra de la Calle Leonardo Infante de Valle de la Pascua. Nadie lo podría creer. Jesús Lazaballet, de lo más normal, tocó el cielo un día del mes de julio de 1966 (se me ocurre ese dato porque había llovido y mi abuela Amelia Loreto no había muerto, le quedaba aún un año de vida). Los que éramos tripones  abrimos los ojos y la boca cuando vimos que el papagayo que Jesús elevó era más grande que su camión y lo volaba con unos guarales gruesos, casi mecates. Carmelo Sarmiento, que tenía bodega en la esquina Leonardo Infante con La Mascota, lo ayudaba a levantar el vuelo de ese animalón de papel y guasduas.

La calle se llenó de curiosos. Venían de la Laguna Nueva, de los lados del  “González Udis”, del cerro del Hospital Guasco, de Guamachal, del Banco Obrero, de Mamonal,  de la Laguna del Rosario, del aeropuerto. Hasta de la Pepsi-cola, pues.  Mientras los ojos de todo el mundo se concentraban en el papagayo gigante, Jesús y Carmelo, ayudados por Aníbal Castillo y Carmito Martínez y hasta por mi tío Juan Manuel Loreto, desenredaban los guarales y  pedían a gritos que llegara una buena brisa.

Eran como las tres de la tarde. Entonces el papagayo levantó el vuelo, como un zamuro viejo, y empezó a ascender y a alejarse de todos nosotros. Cuando estaba sobre los techos de la bodega de Benigno Aray, Jesús y Carmelo sintieron  que los jalaban con mucha fuerza. Tuvieron ambos hombres que pedir ayuda. Así, se incorporó una muchachera conformada por  Julio y Mario Vargas, Ben y Man Martínez , Chaplín, Carmito Machado, Antonio Higuera y hasta Simón Sotillo que acababa de salir de su casa, mientras Silvina, la madre de los Sotillo veía lo que pasaba una cuadra más arriba.  Todos trataban de que el papagayo no se llevara a Jesús y a Carmelo. De modo que pudieran estabilizar la nave de papel.

El espectáculo duró como media hora. Hasta que el papagayo pudo más que los mencionados. Casi todos fueron levantados por la fuerza del vuelo, razón por la cual soltaron la cabuya y dejaron que el papagayo se perdiera en el cielo.

2.-

De eso quedaron muchos comentarios.  Las manos y los dedos de quienes trataron de sostener el violento papagayo  quedaron maltratados , pero a pesar de todo y el ardor en las diestras y en las siniestras de aquellos aventureros pascuenses había mucha alegría en todos los rostros, en los de los de los protagonistas y en los de los curiosos.

Dos días después llegó la noticia de que el papagayo había caído en el techo de la casa del Ánima del Pica-pica. Alguien que estaba cerca del lugar advirtió la llegada del papagayo y creyó que se trataba de un milagro enviado desde los cielos. Entonces ese mismo alguien agarró el papagayo -confundido también con una nave espacial-  y lo colocó al lado de la casa, después  le puso un aviso donde se decía de un agradecimiento de parte de unos pilotos americanos que se habían salvado por  intermediación del Ánima  Pica-pica, a quien le pidieron en pleno vuelo en un español medio enredado, pero aún así el ánima les respondió y pudieron aterrizar en un campo de trigo por los lados de Texas. Se comentó también que el peticionario fue un gringo que vivió un tiempo en Tucupido y había trabajado con la Esso Petroleum Corporation en Roblecito.  Así lo supimos de boca de Justo Bandres, pero no me lo crean a mí. “De allí que por todo eso ese gringo viejo conociera la leyenda del Pica-pica”, precisó Justo.

Alguien hizo una foto que vi un día en la casa del Negro Ledezma,  tío de Chuíto Lazaballet y hermano de Aura. Mi primo Fernando Hernández también la vio.

3.-

En todo caso, el papagayo llegó a un sitio seguro, y desde ese día Jesús Lazaballet, que no veía para los lados para inventar aventuras empezó a agregarle otras incidencias, anécdotas y más cuentos al vuelo del papagayo, tanto  que convirtieron el barrio en una geografía imposible porque ya no le creían. Pero de que existió el  papagayo nadie lo puede poner en duda. Que lo diga el Ánima del Pica-pica y la gran cantidad de aquellos muchachos que hoy ya no lo somos tanto.

WILFREDO CARRIZALES: POESÍA E IMAGEN VISUAL

Wilfredo1.-

Un poema de Wilfredo Carrizales germina en el muro que una fotografía funda en una antigua pared china. Podría ser también el rostro de un anciano, la mano de una estatua, un paisaje cuyo fondo contiene la más dura de las heladas de ese lejano país asiático. O de otro de los tantos que el poeta y fotógrafo nacido en Cagua, Venezuela, ha visitado en palabras y en imágenes, más allá de haber tocado la gracia, los sonidos o el silencio de calles, callejones, ventanas, esquinas,  perfiles de rostros anónimos, los ojos cerrados de Buda y su redondo abdomen, pieles tostadas por el frío o el calor, calzados y vestidos de distintos matices. El mismo Carrizales, tomado por la cámara que sostiene con la mano derecha. En fin, este artista reúne su condición de sinólogo, de estudioso de la lengua de Li Po, Tu Mu, Siu Yin y de las voces recónditas de esa larga travesía por la historia de la cultura, con la de artista visual. Y así la poesía y la narrativa corta, donde deja caer el peso de sus recuerdos, olvidos y  relámpagos, fantasmas  y personajes vivos o muertos que lo cautivan.

Carrizales es fotógrafo y creador de hermosos collages que le permiten ampliar su visión del mundo. Es decir, estamos frente a un creador que no tiene límites, que entra y sale de los mundos que lo asaltan, lo ocupan y lo preocupan.

2.-

Un retorno a las páginas de Textos de las estaciones y a las de Merced de umbral,  me permiten destacar la mirada que el poeta usó para el poema, pero también la que más tarde colocó en la cámara para atrapar las imágenes cargadas de significados.

Me sumerjo en el fluido de verano de las hojas de bambú y siento en el paladar la textura de

los tallos al doblarse.

Quien ha escrito esta experiencia ha tocado el calor de una estación, ha  rozado el cuerpo vibrante y ascendente del bambú, sus hojas lisas o ásperas y ha trasladado la sensación del movimiento a su lengua, con el viento como transporte. El poeta articula las imágenes desde su propio cuerpo, desde su afán vital, desde el sitio donde usa la libertad para fijarla.

En el otro libro mencionado dice:

Ya casi no duermen las noches y sus hijos remedan lo que pudieran ser los

imposibles sueños.

Este es un poema menos fotográfico. Es un poema interior.  Humanizado el tiempo de la tierra, Wilfredo Carrizales intenta alcanzar lo inalcanzable. No obstante, nombra los sueños, ese lugar donde todo es posible, donde poema e imagen se mueven palpitan, respiran, son libres.

En ambos textos, pese a estar ubicados en distintos estadios, la voz es la misma: el tono delicado, sonoro como el mismo viento que en los sueños mueven las hojas de bambú y permiten advertir los pasos de quien se acomoda para fijar la imagen desde la cámara fotográfica. Un poema también es una fotografía. Una fotografía se hace poema y hasta lo provee de los matices que el ojo muchas veces no ve desde la irrealidad.

Poema y aventura visual se unieron para recrear lo que más tarde se convirtió en otra obsesión. Probablemente, como han dicho muchos, el collage tenga que ver con la infancia más pequeña, con la preescolar, con aquella de cortar y pegar, con aquella de imaginar desde las destrezas que el ojo se apresta a avisar al espíritu. Con aquella donde las palabras llegan como en el abecedario, una a una, letra a letra, hasta conformar la imagen, el poema, el significado, su belleza.

3.-

He visto los collages de Wilfredo Carrizales. Siempre he creído que este tipo de trabajo visualiza la personalidad, la verdadera o la falsa, de quien los elabora. En los de Carrizales veo la paz que muchas veces no podía entender en el trópico. Siento la madurez infantil de un artista que ha alcanzado el nivel de otro espacio. Esos pedazos de papel de colores, esas palabras, esos dibujos libres de razonamiento: todo me hace ver a otro Wilfredo. A un hombre que forma parte del mismo muro donde germina su poema. Siento que su crecimiento espiritual lo ha liberado del ego que la poesía ayuda a ser más evidente. Ahora es vidente desde las imágenes que en soledad elabora con sus manos, con la computadora, con los sonidos de la noche y los del día, con los recuerdos de su tierra y con los nombres que  diario pronuncia para vivir.

Tres son los espacios de este hombre cercano a nosotros: la escritura que para él es dibujo por su proximidad a los ideogramas chinos. Para aprender a escribir en ese idioma es necesario tener buen trazo. De allí que este creador insista tanto: poesía, narrativa, fotografía y ahora los collages.

Desde nuestra ventana veremos a Wilfredo Carrizales montado en un dragón. Y desde su altura, la mirada miope de siempre pero viva, retadora, silenciosa, creativa, alocada, racional y soñadora.

Vuela en un poema fotografiado por un rostro que emerge de un collage.

Una metáfora líquida: EL CUERPO DE LA TRANSPARENCIA

hernandezpasquier1.-El poema lava las piedras por donde pasa el agua. El poema mismo es el agua y la piedra que se lava para decirse en su caída y en su continuada corriente. Por eso, este libro no se lee, se navega, y a veces provoca el naufragio del lector que se ve agitado entre tantas imágenes.

Se trata, entonces, de un grupo de poemas que se advierten metáfora líquida, libre, abierta a distintas lecturas.  Rosana Hernández Pasquier, la autora de El cuerpo de la transparencia (Blacamán Editores y Asociación Civil En Cambio, Villa de Cura, 2012), se aventuró en medio de la lluvia, de la contemplación de su mensaje, de los tantos sonidos y consecuencias de su abundancia e hizo este universo en el que también se lee el desarraigo de quien huye de ella, de quien trata de reinventarla, de posesionarse de sus significados. El agua, motivo de reflexión, de pensamiento y silencio. El agua, instancia de mares, lagos y ríos. Momento de tragedias, pero también visión de sed física y espiritual en su ausencia. Con razón, la poeta invoca a Job para instalarse en el cielo de aquellas aguas que luego doblan la flor que, desde una ventana, vislumbra el mundo. Con razón, el viejo Heráclito sacude  sus sandalias en cualquier recodo de los poemas que hoy leemos en este libro.

2.-

El agua lee de corrido la tierra. La vanguardia de su permanencia la ha hecho dueña de territorios y memorias. Guardada, instala en quien la consume y la observa los códigos de la dificultad para atraparla.  Libre como ha sido siempre, ha tenido que retornar a la lluvia que era. Dice el poema que La imagen del río que corre libre/ convoca la paz que somos, pero más adelante le imprime a esta afirmación el cálculo de saberla encerrada y luego liberada para volver al origen: Si el agua del grifo sale y escucha llover/ aprende a ser lluvia. La  duda contenida en el verso nos obliga a destacar que siendo líquida la imagen, el poema es capaz de asimilarse líquido, corriente en el entender de quien lo lee. En este sentido, agua y poema anuncian la imagen que vendrá: Espejo de la profundidad que nos hace.

Reúno los saltos de la primera parte de este libro para establecer una relación con la segunda, “Voces del hacedor de lluvia”. Es decir, el poemario contiene dos alientos en los que el tema es tan sólido como líquida la imagen. El agua y quien la usa, quien la disfruta, quien la sufre y quien la hace. Digamos de algunos poemas que se admiten en la lectura como traductores de todo el libro: La vida puede vislumbrarse/ por la pequeña gota de agua/ en el descenso no pierde su trasluz. / (…) y llega la luz de la alianza al ojo distraído.  Un elemento mueve los signos, la luz, la transparencia, el cielo. El agua se vierte luminosa. Es luz.  Y así, en segunda persona: Cabes en el cuenco de nuestras manos. Vulgarizada, humano elemento, traído para la sed y la limpieza. La metáfora tiene olor en la flor de Dulce María Loynaz, doblada por el peso de la lluvia.  En otro lugar, la enfermedad, la suciedad, hueso que devuelve la razón y la trastorna: Los signos de las aguas estancadas/ tan ajenos a su naturaleza/ En sus bordes reside la muerte/ Detenidas/ su código es distinto/ su número es finito. Por eso, en cada anuncio, Rosana Hernández llega a preguntarse: ¿Qué palabra pronuncia la caída? Alguien puede  decir también en qué árbol se movió la tarde del entierro de Omar Gutiérrez Peña, en qué lugar del alma quedó su cuerpo roto. Bajo el sol también estaba la lluvia, lejana.

Un tramo más adelante la voz afirma: La lluvia/ su presencia de animal mitológico/ sobre las grietas de la tierra, para luego arribar silenciosa al cauce que espera la corriente: El río no está más/ sólo un cofre de cemento lo escucha sufrir. Esa humanización sonora hace que la poeta diga de la máscara de la tragedia, la que vendrá en páginas posteriores. La imagen que la congrega se alista en los ojos: Somos recipientes apenas. La belleza aturde por su síntesis.

3.-

La tragedia de Vargas está en este libro. El agua, por supuesto, es la protagonista. Desde el comienzo, desde el primer viento, el lector de la naturaleza, así como el lector del poema, ve hacia el cielo y toma los designios como culpa, de allí tantas preguntas sin respuestas. De allí que Soy ojo de tierra/ montículo que aspira el arriba// Una germinación/ Soy un brote/ obnubilado en los flancos/ por el brillo de la sal// Soy una isla/ lo sé// Temerosa de sucumbir/ apenas si me asomo. De allí que se diga de la vida y de la muerte. De los anuncios negros que bajan del Ávila hacia el mar. Del lodo que lo arrastra todo. Del barro que se hace cuerpo temeroso, del agua que ahoga. De los rasguños en el lomo del cerro. El agua violenta. Y así Heráclito, de nuevo: Sobre qué se refleja/ la sombra/ si el agua del río/ siempre corre, deja dicho esta mujer que hace del poema una respiración urgente.

¿Quién es el hacedor de lluvia? En esta parte del libro el tono se eleva. La sacralidad de la imagen nos impulsa a pensar que el agua también viene del eco de Dios. Larga oración  que queda vibrando en los ojos, en los oídos. Una imagen para no silenciar las últimas páginas: En el bosque sagrado// en lo más alto de tus abetos// tres hombres gotean/ sobre sus cimas// Uno golpea su caldero// y es trueno// El segundo hace volar chispas// y es relámpago// El hacedor de lluvia/ con ramitas asperja agua/ en todas direcciones/ vendrás lo sabemos/ y del estiaje surgirá un brote.

He aquí que de la mitología emerjan flores y árboles. Algún río vuelve a la lluvia.

IDENTICO AL SER HUMANO

cara1.-

Luego de saberme parte de una alucinación al abrevar en las páginas de Idéntico al ser humano (Editorial Candaya, Barcelona, España, 2010, traducción directa del japonés de Ryukichi  Terao) y de haber perdido mi identidad, tomé la decisión de regresar y leer la novela al revés. Entonces me entendí “cantante calvo” o Gregorio Samsa con diez patas. También me dejé recorrer por la mirada de Michel Foucault, el de Las palabras y las cosas (Siglo XXI editores, México 1978), y me detuve un rato a pensar en eso que él llamó la representación y el ser. Cité un soplo de la página 299, así: …espectadores que se miran y que, a su vez, son encuadrados por los que los miran (…) en el corazón de la representación, lo más cerca posible de lo esencial, el espejo que muestra lo que es representado, pero como un reflejo tan lejano, tan hundido en el espacio irreal, tan extraño a todas las miradas que se vuelven hacia otra parte, que no es más que la duplicación más débil de la representación. Comencé a marearme con el capítulo de “El hombre y sus dobles” y decidí someterme a quien me tenía detenido en mi  casa con un discurso en el que no faltaban la locura, la imaginación exacerbada y un espejo que, aunque no aparece en la novela de Kobo Abe, forma parte de eso que han dado en llamar la identidad. Pues bien, cosificado gracias a las palabras, el lector, es decir yo, éste que escribe, entra con sus papeles al tribunal de la locura.

¿Cómo no hacer ficción con un texto que lo empuja a uno  a ser parte de la tensión de una larga conversación donde un loco que se cree marciano intenta convencer a un locutor de que tiene que hacer filas en su mundo? ¿Cómo no pensar que Kobo Abe tenía la mirada puesta en la tierra y deseaba que el ser humano fuese tan cósmico como un meteorito? Quien entre en esta historia pensará que se trata de una simple banalidad, de un juego infantil donde una cinta cómic trata de hacernos entender que el mundo se dilata bajo la luz intensa de una nave espacial. No; esta novela de Abe es muy humana, idénticamente humana. Profundamente humana. Locamente humana.

2.- 

Una vez en la nave espacial de esta lectura, tomo  líneas del prólogo de Gregory Zambrano  y me digo con él: En este panóptico de observación menuda, el hombre se encuentra inmerso en la búsqueda de un irrecuperable paraíso. Asumo que se trata del viejo anhelo de Utopía, de la mirada hacia atrás para intentar mirar los pasos perdidos. Para el personaje que me acosa, Marte es la Isla de Thomas Moro. El loco “marciano” ha recurrido a la vieja demencia de confirmarse “hombre nuevo” desde la identidad del otro. Ser uno para poder mirarse en él mismo. ¿Crisis de identidad? ¿El ser y la nada? ¿El yo y el otro? Está bien, querido “marciano” Ichiro Tanaka, usted ha tocado a mi puerta. Es decir, ha abierto las páginas de este libro para que un simple vendedor de ilusiones radiales, un profesional del micrófono que “engaña” a los oyentes al acercarlos al mundo de la ciencia-ficción con un reality show que lleva en la solapa de un saludo estelar, sea quien soporte la arremetida de quien invadió su espacio para tratar de convencerlo de que era tan marciano como uno que se hace pasar por tal. Y no sólo eso, sino llevarlo a su mundo, a su yo, a su identidad, a su otredad, a su alteridad, a un universo idénticamente humano, humanamente loco.

Ichito Tanaka advierte: -no soy un ser humano común y corriente. Soy un marciano.  Cabe la pregunta fuera de contexto, fuera de la obra: ¿Qué somos? ¿A qué nos parecemos? ¿Quiénes somos? La respuesta podría quedar encerrada en la misma nave de los marcianos, en el mismo libro, en nuestra conciencia. Y así, vuelta la página, Tanaka no deja de ser marcado por estas palabras del invadido, de quien ahora es narrador: Por más que argumente con lógica, un loco es un loco.

3.-

…La dificultad de hacer creer a alguien, la decepción de no infundir confianza, y el amor topo-geométrico para tratar de inspirar confianza a pesar de todo…Sólo alcanzar ese santuario, será posible atravesar esa puerta de duda que conduce a la verdad y avanza más, ¿no cree? No he dado ninguna vuelta, se lo aseguro. La mejor prueba consiste en que usted acaba de llamarme loco por primera vez en nuestra conversación.

La lógica demencial de Tanaka se figura en esta expresión: Usted dice que soy un loco y yo mismo en que soy un marciano. Es decir, tan idéntico a un humano, tan ser humano, tan cercano al temor de que los japoneses perdían su identidad frente a occidente. Sí, claro, somos japoneses pero miramos como americanos. De allí que Kobe maneje esta tesis a través del sujeto que lo cuestiona todo: -Por eso nos quedan dos alternativas: una consiste en que Japón se integre en la Federación Marciana.  En este caso, los japoneses dejarían de ser idénticos a los marcianos para convertirse en los mismos marcianos.  La metáfora roza la piel. No necesita explicación.

Tanaka y el invadido viven en el mismo edificio, así como los personajes de Ionesco respiran el mismo aire, tienen los mismos gustos, abren las mismas puertas y usan las mismas llaves.

Al final, el locutor, va en busca de  su mujer, quien había salido a convencer a la del “marciano” para que lo sacara de la casa ajena, toda vez que había llamado por teléfono para advertir que estaba loco. Cuestión que no sucedió: la esposa de Tanaka nunca se presentó, razón por la cual la del locutor subió a buscarla. Ésta nunca regresó, y así el locutor se dirigió hasta la casa del marciano. Una casa de locos, el tribunal de la locura, el cementerio de la demencia. Obligado a admitir que es un marciano, el locutor entró en una instancia de terror que quedó colgada de estas últimas líneas de la novela de Kobo Abe:

Sí, quiero saber: ¿todo esto será la consecuencia de una fábula sometida por la realidad o de la realidad rendida por una fábula? Me gustaría preguntárselo a usted, que está situado fuera de este tribunal. El lugar donde se encuentra, ¿pertenece a la realidad o a la fábula?

Afortunadamente cerré el libro. Ya Ichiro Tanaka tenía sus ojos de marciano extraviado puestos en mí. He logrado salvarme. Pero como lector, como un idéntico ser humano, he sido invadido por la duda: ¿Soy el que soy o no soy?

Orwell y los espejismos

                                                                                    Estos huesos brillando en la noche.
-Alejandra Pizarnik-

1.-

ojo

Uno cree ver el horizonte y se tropieza con el brillo húmedo de la distancia. Allá, donde queda la lejanía, el agua visual inunda la imaginación. Allá, donde queda el sitio del nacimiento, el mar traspasa la sabana y se torna infantilmente peligrosa cuando el carro se aproxima a su orilla.

Mi padre reía en medio del llano cuando la carretera se movía como una serpiente acuática. “Eso se llama espejismo”, y hundía lentamente el acelerador para alcanzarlo. Entonces mi padre se hacía niño, invadido por la magia de ese mundo líquido que nunca lográbamos tocar. “Es una laguna seca”, decíamos, y mi padre, emocionado por la imagen, nos informaba: “Detrás del espejismo está Calabozo o Valle de la Pascua”, según haya sido la ruta.

Pasados los años, venida la muerte de quien nos enseñó a soñar, aventajados por la cincuentena, seguimos siendo víctimas de los espejismos, sólo que los de la carretera ya no nos engañan. Hay otros espejismos, muchos de ellos fabricados con palabras, con ideas, con voces salidas del adentro pero teñidas de mucho afuera sucio, enlodado por la poca fortuna de un paisaje verdadero.

2.-

Los espejismos forman parte de la ecología, como el arco iris, los relámpagos o los truenos. Y aunque nunca lo veamos así, nos inclinamos a pensar que somos el espacio menos relevante de ese engaño óptico. Somos espejismos: frases sueltas, oraciones incoherentes, verbos esmirriados (para seguir en la rutina de este país donde los espejismos son guía en nuestros genes), discursos predestinados.

Asimilada la ecología, plato fuerte de la polilla discursiva, se hace ideología en los alfareros de espejismos. No se trata del habilidoso dirigente de papel (paper’s leader), sino de quienes eslabonan una “inteligencia” para vigilar con el ojo del “Big brother”.

Parece un lugar común, pero es que ya hemos llegado a eso: somos un vulgar y silvestre lugar común. Un espejismo de la realidad. Nuestra ciudadanía es un espejismo, nombrada por la epifanía de una revuelta que va por el mismo camino de otras experiencias más altisonantes.

Espejeantes como somos, no pasará mucho tiempo para que el lugar común se alce contra estos alabarderos, reunidos alrededor de la fogata prehistórica.  El espejismo nos castigará a todos. El humor será tomado muy en serio a la hora de elaborar expedientes; la venganza se tornará parte de los juicios sumarios. La inquina doblará esfuerzos para calificar desviaciones. Dejará entonces de ser lo que era para convertirse en una realidad tan “concreta” que la misma fanfarria verbal se arrastrará cerca de los tacones de los que predican nuestra salvación material y espiritual.

 3.-

Una crónica dedicada al padre, al que nos enseñó a descubrir los espejismos del llano, se convierte en una prédica contra el silabeo ajeno, contra el ojo que advierte los hechos del vecino. ¿En quién confiar si esto se hace realidad? ¿Nos veremos en el espejo de la historia tantas veces dicha, pronunciada, descubierta en el odio y en la cara maquillada de una verdad que no es tal? ¿O es que ahora somos tan viscerales que hemos llegado a ver dragones en una iglesia? Esto último no lo creo así. Una visión progresista del mundo, verdaderamente cambiante, debe estar deslastrada de modelos ya superados. Si se quiere hacer andar sobre ruedas y se asimilan moldes extraños, el fracaso será parte de nuestros espejismos interiores. Llegará un momento en que los auspiciantes de esta torpeza contra la ciudadanía se comporten como los acostumbrados a ser parte del silencio, de las muecas de quien ve desde arriba y luego ríe.

George Orwell no ha perdido vigencia. Su personaje sigue activo en la genética de algunos que no terminan de pensar que el mundo es redondo. Organizar a un sector de la población para que vigile a otro, no es más que miedo a la historia, al fracaso. De seguir por este camino no tardaremos en perder la piel, los ojos, la lengua y hasta las ganas de ir al baño. Los espejismos son una suerte de ceguera. Una mentira rodeada de ecología por todos lados, una isla presta a ser tragada por un tiburón, “huesos brillando en la noche”.

 4.-

Orwell mira un espejo. Se siente retorcido en el paisaje que lo borra. Una lectura nos embriaga. Si Alicia en el país de las maravillas nos lleva al fondo de nosotros, el Big brother nos invita a ser parte de su baba, de su osadía retórica.

Somos parte de ese espejismo, por eso debemos regresar al lugar del origen, de donde partimos a quebrar los ventanales que nos separaban de la realidad.

Nos orillamos en la carretera y dejamos pasar el espejismo que nos persigue. George Orwell nos alcanza y nos deletrea lo que podría sacudirnos. Atrás quedó 1984.

Cada palabra guardada en silencio es un hueso que cae de la memoria. Como aquellos que a cada instante aparecen ante los ojos de los culpables, de quienes dejaron cicatrices y heridas abiertas en pleno almanaque.

La noche cae sobre los antiguos esqueletos de los que aún no aparecen. De aquellos que cayeron y no dejaron nombres. Simples espejismos de una hora. Sobre ellos la sombra de unos pasos. El miedo también se refleja en la antigua carretera.

El maestro George Orwell nos advierte. Mucho cuidado con los vigilantes. Mucho cuidado con los fisgones. Mucho cuidado con los que bailan en los parques y hacen terapia con la vejez, con las obesas que esquinan con la vagancia y se tornan admiradores de musgosos caprichos. Un espejismo también es parte de la realidad.

EL IMAGINARIO DEL ORIGEN

Ilustrac: Tápies

                                                                                           

                                                                                            Vuelan fronteras de un país

                                                                                  cuyo falso centro está en nosotros

                                                                                       que quién sabe dónde estemos.

                                                                                                     El norte está en el sur,

                                                                                               este y oeste se confunden,

                                                                                        el sur se pierde entre la bruma

                                                                                  y dentro lo más vivo es la mentira.

Ida Vitale

1.-

Antoni-TapiesDel origen, la sombra que nos lleva y nos desaparece.

En un lugar se aventura el origen, inventamos el imaginario, el país o la mentira de un polvo de tierra sin peso. Las entrañas de la memoria transitan sin averiguar colores, la ortografía de los ríos o la religión del horizonte.

Se verifican los sonidos interiores, una frontera borrada a mano, la misma que se mueve con el tiempo, el perdido hace horas por la intransigencia y el desvío de la mirada.

De lejos colmamos el alma de tierra y grumo. Alistamos los recuerdos, sorteamos el lugar que habremos de tener hasta la muerte y dejamos atrás la lectura del que fuera inocente. ¿Dónde nos quedan los puntos cardinales? ¿En el poema, en la palma de la mano, en la pisada que ahueca en silencio?

Suficiencia la que nos embarga al retorno: los mismos pasos, la hartura de los espacios imaginados, el ave que herimos de una pedrada, el sabor del alimento y el agua derramada tantas veces para limpiarnos el cuerpo y la sombra.

Venimos de ninguna parte, de aquella que ignoramos o sabemos cierta en la confusión. Y nos instalamos incómodamente en un viaje de paisajes borrosos, los mismos que hacen cuadro con aquel “quién sabe dónde estemos”. Pero volvemos a la noche, al ámbito de la palabra y el sueño. Con Gerbasi redundamos y nos apeamos de la bestia mañosa. Venimos de tantas noches porque sabemos de muchas muertes. Las que nos sobran, las que a diario nos anuncian en las calles y callejones del miedo.

2.-

                                                                                           Cuando la muerte existe, ya

                                                                                                      no existimos; cuando

                                                                                                         existimos la muerte

                                                                                                                          no existe.

Epicuro.

Descreemos del sitio donde hemos caído. Para mirarnos de otra muerte, nos mordemos la carne. Regresamos mudos a la sombra del padre, a la mirada frágil de una mujer que destinó la vida a confirmar su conciencia épica.

Un ensayo peregrino del lugar donde brillan los huesos que dejaremos regados en el camino. Pulidos por los elementos, por la muerte que no existe, sin vernos el esqueleto. La muerte nos anda por la piel y nos olvida. Existimos en la tensión de la distancia: nos dejamos ir abrigados por ecos y susurros.

El árbol de la existencia cumple el ciclo del viento. Una lectura raigal: tenemos tierra en los ojos, el corazón es sólo una bomba que no siente. Sólo el lugar donde estuvimos por vez primera se atasca en la memoria, de allí el fuego impenitente de tornar el poema una revelación, un espejismo. Una mentira. Un país que no existe, como la muerte.

Sánchez Peláez lo hace mujer a través del aire, el agua y el olvido. Elena también vio la guerra en su propio terruño, y no tuvo corazón para extraérselo frente a la pila de cadáveres quemados. Hay dos mujeres: Elena y sus elementos y la Helena, la subastada, la rescatada, la griega.

Se imagina la muerte, la existimos en creer que ésta es. Merecemos, entonces, la agonía, para dejar constancia de que vamos al mismo lugar, al origen. Al morir nacemos desde la podredumbre.

3.-

¿Qué ojos no han mirado el sitio donde sólo es posible revelarnos como restos de barro, madera, vega sigilosa donde el animal acuático entorpece nuestro tránsito por la única confesión que no hacemos? Otro ha muerto en nuestro lugar, lo calumniamos en la caja del viaje, y nos miramos en los párpados cerrados de quien lleva carta de presentación a lo desconocido. La alteridad carga el recado: nos vamos al lugar dejado por el que silenciosamente “decidió” percibir primero el imaginario invisible.

¿Qué polvo nos percibe, el quevediano? De muerte enamorada estamos hechos. El lugar nos selecciona, nos revela sus adentros, donde sólo cabemos en silencio, atados a un bocado de tierra, a una bocanada de muerte, que es decir el silencio mordido por la mueca final. El lugar sigue allí, con los huesos de lo que callamos.

4.-

Pero tendremos otros ojos para mirarnos, para desnudarnos y deshacernos de la desmemoria, de aquello que dejamos a un lado, lo que olvidamos en el quicio de una tarde y dejamos que el moho de las horas borrara de nuestro empequeñecido horizonte. Alguien se sienta en la misma silla de aquellos que no están, de aquellos que son sólo un pedazo de imagen en medio de la embriaguez o de la dulzura del sueño. De aquellos que se aparecen bajo el sol y caminan a nuestro lado. Finalmente, son calcinados por la luz, empujados hacia la sombra que se mueve bajo un árbol mudo y reseco.

Por esos lados está el lugar, el sitio que acumulamos en las sienes y amamos hasta aturdirnos. El sitio que no casi no frecuentamos, el mapa que se nos rompe a cada paso. El papel que nos nombra y nos confirma la legalidad en esta tierra que pisamos y maltratamos. El origen nos reclama. Nos limita: ya no somos de allí, de esa costra de tierra, de ese barro y germinación del día con que amanecemos…quedamos intactos en la vieja foto. Pero no somos los mismos. Hemos regresado al futuro. Allá, donde queda el estanque hay una sombra nominada por la boca de quien invisible pisa su propia ausencia.

En caso de andar de puntillas, queda saber si es posible acallar tanto silencio.

EL MAGO O “LA TERCERA REALIDAD”

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Ryunosuke Akutagawa nada muy bien en las  aguas del cuento. Maestro del género, lo sabemos  cercano a nosotros gracias al cine. Hace ya algunas décadas, leímos Rashomon, cuento que conjugado con las imágenes del relato En el bosque dio origen a la película Rashomon, dirigida por Akira Kurosawa, donde destaca el alejamiento de los japoneses de ciertas tradiciones. En este filme los personajes revelan muchos de los problemas que, por occidentales, afectaban al pueblo nipón.

Akutagawa regresa a nuestra memoria gracias a la traducción de trece de sus cuentos realizada por el reconocido Ryukichi Terao, quien contó con la colaboración del escritor venezolano  Ednodio Quintero, quien también escribió el prólogo  para la publicación del libro de relatos El mago (Barcelona, España, 2012), en la editorial Candaya.

El mago es un milagro literario que nos aproxima a lo mejor de la literatura de ese muy lejano país. Pero también es una polémica silenciosa. Podría pensarse que lo afirmado por Daisuki Ikeda -en el prólogo del libro La noche anuncia la aurora (Emecé editores, Buenos Aires 1985), diálogo en el que participan René Huyghe y el mismo Ikeda-  se debate la relación de ambos hemisferios culturales: “Ahora bien, diría yo que la morada en que vivimos no se ve amenazada por una tromba que aparece en el horizonte, sino que está amenazada por sus propios ocupantes –los hombres, rivales en la carrera del lucro- que se disputan los muebles, que arrancan los cielos rasos, las tablas de los pisos, que socavan los pilares y tienden así a derrumbarla”. La imagen podría resultar exagerada, pero no quedan dudas de que ocurre algo en el ambiente que  flota aún en las líneas narrativas de Akutagawa. Algunos cuentos de este libro que Candaya lanza al mundo delinean eso que muchos han dado en llamar la “decadencia” del Japón y que nuestro autor nos hace ver a través de la película de Kurosawa.

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El primer cuento, el que le da nombre al libro, es uno de los más japoneses. Es, a juicio de este lector, el más cercano al espíritu nipón junto a “Blanco” y “Crónica de una deuda liquidada”. Todos los relatos fueron escritos con elegancia y delicadeza, próximas a las de Kawabata en las novelas  País de nieve y Kioto. Estas características se notan en el uso de las imágenes, en el ritmo de las acciones. Por supuesto, el paisaje del también autor de Diario de un muchacho atiende más a la mirada inmediata. Akutagawa se detiene con más paciencia y atención en los personajes, a quienes rodea de problemas, los que alarga hasta convertirlos en una atmósfera con cierta tensión psicológica.

Este maestro japonés del cuento cabe perfectamente en la expresión “La armonía es la piedra angular del equilibrio”, que Huyghe usara para hablar de la clave acerca de los dos bloques culturales.  Cada relato de nuestro autor desvela la mirada inasible del budismo, donde el mundo objetivo y el mundo subjetivo se debaten para dar paso al yo y al no yo. Estas dos instancias aparecen como una “tercera realidad”, que es el arte. Es decir, Akutagawa roza la teoría de Huyghe y participa en el diálogo desde los personajes, como queda visto en el cuento “El baile de Akiko”, tan francés, tan Maupassant, para decirlo con la perspectiva de Ednodio Quintero. Se trata del relato menos nipón, el más occidental, el más diplomáticamente occidental.

En “El Cristo de Nanking” el autor revela la tensión que Oriente y Occidente siempre han tratado de disimular.  O al menos de maquillar a través de los negocios. Esta vez a través de la religión. Un problema de fe. Se trata de una historia en la que una joven prostituta es contagiada de sífilis. La mujer tiene que abandonar el oficio del cual viven ella y su padre enfer4mo.  La mujer se dedica a rechazar a todos los clientes hasta que aparece un extranjero (mitad japonés, mitad norteamericano) quien la “enamora” a través del ofrecimiento de muchos dólares y por su parecido con un Cristo que ella tenía puesto en la pared.  Años después, un japonés que hace de narrador silencioso entera al lector de que el tal extranjero no es ningún santo sino un aventurero llamado George Murry, quien se ufanaba de haber tenido relaciones con una muchacha china porque lo creía un enviado de Dios. Murry –dice la voz del japonés- enloqueció al enterrase de que tenía sífilis, mientras la joven, gracias  a la fe en el personaje a quien creía su salvador, se cura. El relator japonés, personaje circunstancial, decide no revelarle nada a la muchacha, quien siguió su vida “con la cara resplandeciente mientras masticaba las semillas de sandía”.

En este relato se puede asimilar esa tensión entre ambos bloques culturales. Oriente se venga de Occidente. Oriente derrota a Occidente. Occidente enloquece. Oriente sigue vivo. No obstante, existe un elemento catalizador: quien provoca la crisis es un mestizo. Un hombre que tiene sangre oriental y sangre occidental. La paradoja da paso a la moraleja.

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Los ojos rasgados del Buda, los que ambulan por el archipiélago, por las tierras de la antigua China, por la curva silenciosa de unos labios que pronuncian el universo con tanta lentitud, están presentes en estos relatos. Pero también los ojos reconocidamente abiertos en el autorretrato de Van Gogh, que son los mismos de Chejov, Borges o Edgar Allan Poe. O del Cristo. Es decir, el rostro de dos mundos que expresa igual número de miradas. Si bien Akutagawa recibió la sospechosa influencia de los prenombrados,  también es cierto que su obra se sostiene en el “dolor” permanente de la crisis del espíritu japonés. De allí que  haya sido considerado el más importante de los cuentistas de esa lejana nación, por su apego a sus tradiciones genéticas que convirtió en expresión universal.

La publicación de estos trece cuentos nos acerca a un escritor que, pese a haber sido traducido a varios idiomas, es prácticamente un desconocido. He allí la importancia de su salida al campo de los lectores. Hay otros sabores cercanos a este hoy convulsionado, como los de Haruki Murakami o Banana Yoshimoto, quienes seguramente tuvieron que aprender mucho de quien hoy nos ocupa.

Japón es todos ellos, pero queda en El mago la ilusión de haber leído lo que aún nos queda por leer de ese extraordinario país, tan misterioso como la mirada oblicua del Buda en medio de la noche.

Dejemos, para completar, las palabras de Quintero al arbitrio de nuestros curiosos lectores: “Para una mejor comprensión de la obra de Akutagawa, aun cuando demos por sentado su originalidad y la impronta de su genio, no deja de ser útil recurrir a los autores que están en la génesis de su creación. La relación de Akutagawa con sus maestros, Natsume Soseki y Mori Ogay, al igual que con sus contemporáneos Shiga Naoya, Nagai Kafu y Tanizaki es muy importante de dilucidar aun cuando no sería pertinente en estos casos hablar de influencias”.

La “tercera realidad” recurre sin dilación a las páginas de este tomo que Candaya ha sabido escoger para lanzarlo al mundo, tanto al occidental como al oriental donde el español es idioma de muchas bocas con variados sabores y acentos.

LA INTERPRETACIÓN DE UN LIBRO

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La interpretación de un libro  (Editorial Candaya, Barcelona, España 2012) es una novela que se cuestiona, que es diseccionada en un ambiente deprimido donde respira un personaje solitario. Es un relato en el que la historia se desenrolla en boca de una lectora, quien a su vez es quien maneja los hilos del narrador. Se trata, digamos, de lo  que Wolgfgang A. Luchting define como “reader-participation”, expresión tomada en préstamo de la crítica norteamericana, de la que se desprende la presencia de un sujeto, en este caso una lectora, que se posesiona del ambiente novelesco (también de la casa) y lo configura. Es decir, Juan José Becerra (Buenos Aires, 1965), autor del relato, elabora el mundo del escritor argentino Mariano Mastandrea, quien guiado por el fracaso, por el hecho de que su obra no se vende, busca desesperadamente por las calles de Buenos Aires a un lector que lo motive a estudiar, conversar, discutir o interpretar la obra que ha escrito. En su afán, alcanza a toparse con Camila Pereyra, a quien conocen en  la ciudad como La loca de los libros, una hermosa mujer que encara la literatura y la convierte en parte de su existencia a través de la comunión, en este caso advertido, con el autor de la obra en la ficción. Mastandrea ha logrado hacerse de un lector, de una lectora, suerte metonímica de la figura creada por Cortázar del “lector/hembra”, en el estricto sentido de la palabra, porque Pereyra no sólo es la lectora empedernida de  Una eternidad, título de la novela que se menciona en la novela que leemos, sino  que de ahora en adelante será el motivo principal para que ella también sea cuerpo y alma de los deseos carnales de Mastandrea. Es decir, la lectora es una figura literaria convertida en voz, cuerpo y deseo sexual de quien se ve satisfecho a través de la lectura de sus páginas. En términos poco sublimes: Mariano Mastandrea se acuesta con su novela, la interpreta mediante una mujer desnuda que lee en las distintas posiciones inspiradas en las imágenes artísticas del pintor norteamericano  Edward Hopper.

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No cabe la menor duda de que Camila Pereyra es una recreadora, no sólo de historias de novelas, sino de autores.  En la medida en que lee la novela descubre los secretos de Mastandrea. O, en caso extremo, se trata de un personaje accidental o incidental que inventa a un autor. Ella (la lectora) siempre está a la caza de un autor, así como Mastandrea andaba a la caza de un lector para comprobarse. Becerra –con esta historia que podría parecer traída de los pelos, pero casos se han visto- logra desnudar al mismo lector, a empujarlo a formar parte de la historia. Camila Pereyra es quien lee al lector que está frente al libro. Es quien hace del novelista parte de una historia en la que pasa a ser personaje. Lo anula como escritor, lo desaparece, lo cuestiona, lo interpela. Crea una estética del abordaje. Una ética que coloca al creador como parte de una ficción en la que fracasa en el primer intento y lo obliga a buscar otras historias y así otros lectores.  Me atrevo a afirmar que Mastandrea es una justificación para que el lector, el que está fuera de la obra, sea manipulado para que febrilmente haga del narrador una especie de imposible. Digo, una especie de voz  relatora de lo que el narrador no puede contar desde la conciencia del otro lector, del lector real. ¿No será acaso que quien lee La interpretación de un libro sea un invento de Becerra o en el mejor de los casos de Camila Pereyra?

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Si Mastandrea se ha encontrado con su lector (con su lectora) y éste (ésta) se convierte en amante transgresora de la vida de Mastandrea, se puede afirmar que el lector de La interpretación de un libro es un advenedizo, un voyer, un simple fisgón que tiene la facultad, también, de cuestionar y hasta de confiscar algunos pasajes de la pieza. En términos psicológicos, Becerra ha creado un solo yo traumático que se pasea abiertamente por la novela y se hace parte de otra novela que el lector de afuera puede crear, inventar, borrar o recrear. No en vano “Camila solo lee novelas realistas, por lo tanto en cualquier serie de elementos ve una narración que solicita un final…”. Razón por la cual, tanto lectora como novelista se hacen un solo bloque de frustraciones, de enfrentamientos, de encuentros y desencuentros, hasta cerrar un capítulo de sus vidas. La novela Una eternidad es en parte la existencia de unos personajes que, habiendo sido imaginados, se han hecho realidad en la rutina de ambos. ¿Quién puede dejar de afirmar que Mastandrea como Pereyra forman parte de un  cuerpo escindido? Nadie puede negar que se parecen, que copulan y destacan los fragmentos más cercanos a ellos mismos.  Becerra crea toda una teoría, un modelo estira y encoge. La loca de los libros y el novelista entran y salen de sus ámbitos y a veces se extravían, se pierden, retornan a la historia y la reinician.  Hasta que, finalmente, ella decide terminar la relación después de algunos desencuentros que rozan estadios cotidianos y literarios.

La soledad perfila una historia que “Es el comienzo de una nueva era”.

La desaparición de Camila ventila la idea de que ella buscará a otro novelista para convertirlo en realidad. Mientras tanto, Mariano encara a otro Hopper para intentar escribir otra novela. Pero esa será otra novela que seguramente tendrá en su vientre otra novela.

MATERIAS DISPUESTAS

(Juan Villoro ante la crítica)

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En el prólogo de Efectos personales (Edición de Biblioteca Era, México D.F. 2003) Juan Villoro afirma que “El lenguaje tiene una curiosa forma de esforzarse para lucir “irrefutable”, o por lo menos “oficial”. Cuando un paciente llega a una sala de emergencias o un detenido es presentado en la delegación de policía, las palabras habituales son sustituidas por otras que los diccionarios y la costumbre consideran más aptas para la ocasión”. Precisa  el escritor azteca que en ese instante, tanto la enfermera como el funcionario no le piden otra cosa al sujeto que sus “efectos personales”. Es decir, hacen irrefutablemente oficial un lenguaje que es predominio del instante, del momento amargo del sujeto que es interpelado por quienes no lo ven como sujeto capaz de no tener efectos personales, digamos palabras para defenderse o hacerse el desentendido. ¿Cuáles definitivamente son los efectos personales de alguien que es acosado por el miedo o por el escándalo de la realidad? Efectos personales o propiedades menudas, identidad, señas particulares, domicilio, amores, odios, hijos, amantes, etc. En todo caso, la palabra tiene que ser irrefutable. En esta instancia, casi “oficial”, para evitar más problemas.

Cabría preguntarse cuáles son los efectos personales de un escritor. De qué objetos se vale para rellenar bolsillos, carteras, bolsos o mochilas. Con qué imágenes construye su imaginario. Fácil queda decir que son las palabras la herramienta precisa para elaborar su mundo. Tales efectos personales también son las historias, recursos expresivos, las metáforas, los giros lingüísticos, las elipsis, metonimias e hipérboles que le dan vueltas en la cabeza a quien se aproxima al fuego de la creación literaria.

Este es el caso de Juan Villoro, un tipo que vive cerca de la candela verbal, que atiza con la mano desenguantada y juega con los tizones sin quemarse. Y para dejarlo sentado, una vez más  Candaya ha acertado en su empeño editorial al seleccionarlo para registrar su paso por las letras: Materias dispuestas (Juan Villoro ante la crítica) es un libro ambicioso, como los anteriores dedicados a Juan Marsé, Vila-Matas, Piglia y Bolaño. Los académicos mexicanos  José Ramón Ruisánchez  y Oswaldo Zabala fueron los encargados de darle cuerpo a este tomo de estudio que hoy nos ocupa.

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En este grueso tomo de Candaya están los efectos personales del escritor, del fabulador, del ensayista, del soñador, del cronista, del mexicano y universal Juan Villoro, de ellos dan cuenta el chileno Antonio Skármeta, el venezolano José Balza, el español Martínez de Pisón. Igual los críticos Juan Antonio Masolíver Ródenas, Cristopher Domínguez, Mahály Dés e Ignacio Echevarría. No pueden quedar por fuera Bolaño, Pitol y Rossi. Y, como regalo, las voces de Villoro y Piglia. Además de un documental realizado por Juan Carlos Colín titulado Villoro en Villoro.

Esas materias dispuestas son los mismos efectos personales o particulares que Villoro lleva a todas partes. No puede separarse de las palabras, de los sonidos que lo mantienen vivo frente a la realidad, frente a la ficción,  al vacío, al ruido o al silencio. Alguien que escribe, que inventa, que sueña despierto, que hace nuevas realidades tiene que ser portador de muchos efectos personales: sobresaltos, taquicardias, biografías, lápices, bolígrafos, tinteros, computadoras, mujeres, latidos cardíacos, borradores, adjetivos, sustantivos, verbos y hasta interrogatorios policiales, así como declaraciones al médico mientras la enfermera revisa los resultados de los exámenes del antígeno prostático. ¿Qué más efectos personales que esos? ¿Qué más materias dispuestas que esas? Nada, Juan Villoro está frente al “pelotón de fusilamiento” y recibe los elogios de un nutrido grupo de creadores, gente de las letras de ambos mundos castellanos.

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Bolaño  dejó dicho que Villoro es un hombre que escribe “para permanecer en el borde del abismo”, y así lo hacen ver quienes aquí lo tratan. En efecto, cuando entramos en El testigo (Anagrama, Narrativas hispánicas, Barcelona 2004),  la escritura lleva al lector a colocarse en peligro como “testigo” de un retorno, de un reencuentro con el color local, con los abismos del pasado, con los precipicios del tiempo. Para testificar todo esto, el libro de Candaya divide este tributo crítico en cuatro partes: 1) Testimonios de escritores; 2) ante la crítica cultura; 3)ante la crítica académica, y 4) el perfil humano del mexicano.

Hablan estas páginas de las influencias provenientes de Sergio Pitol, Octavio Paz, José Emilio Pacheco o Carlos Monsiváis, así como de Monterroso o José Agustín. Y hasta de la misma dinámica de un partido de fútbol. Fanático de este deporte, Villoro escribió “Dios es redondo”, como el tiempo, como un poema, como el Universo. Como el planeta que lo habita y lo celebra desde las enjundiosas páginas de este grueso libro editado por la gente de la orilla del Mediterráneo.

LA ENFERMEDAD

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El narrador recorre la patología de dos personajes que lo hacen ver como una metáfora de la esperanza, como un archipiélago donde se desplazan la verdad y la mentira, la piedad y el desgarramiento. Dos enfermedades que hacen esquina con la mirada equidistante de quien advierte que se trata de un sujeto  destinado a proporcionarse atmósferas psíquicas, trastornos cuyos síntomas desvelan más al supuesto paciente que al médico, toda vez que se trata de un enfermo que se inventa enfermedades o cree que éstas forman parte de su diario vivir. La hipocondría, el rezago de imágenes, voces o cualquier otra manifestación nerviosa o neurológica que lo conducen al diván o a la sala de consulta. Pero la enfermedad, el eje de este tejido narrativo está, precisamente, en quien sirve de psiquiatra, el doctor Andrés Miranda, quien tiene que luchar con el cáncer que sufre su padre, y quien hasta cierto número de páginas no sabía qué lo aquejaba.

La mentira piadosa, la mentirilla blanca, el comportamiento del hijo como padre ante el viejo que se hace hijo con la enfermedad, que se debate entre la desolación y el llanto, entre una salida infantil o la terquedad. O el silencio frente a una pared también silenciosa, sin escrituras o fotografías que lo conduzcan a otros espacios. Las preguntas, el silencio. Hasta que ocurre el desvanecimiento, la ambulancia, los exámenes de rutina que se hacen imprescindibles frente al cuerpo inexplorado, los rayos equis, la resonancia magnética, los exámenes de sangre, la mirada al interior de una maquinaria que está a punto de detenerse. Y luego, el diagnóstico, la quimio, la radio…el miedo. La verdadera enfermedad. Y la solución, la muerte.

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El narrador, digamos que el autor se desdobla, tiene en el autor Alberto Barrera Tyszka (Caracas 1960) un cómplice que logra matizar el proceso del cáncer del viejo Miranda. Podría parecer un dislate, pero La enfermedad (Editorial Anagrama, Narrativas hispánicas, Caracas, 2006), Premio Herralde de Novela, va mucho más allá de los males del cuerpo y el alma. En el fondo de estas páginas que escribió con gran belleza el autor caraqueño está el instante o los instantes en que el humano ser sabe que es finito. Ese momento define al hombre, lo hace hombre, lo amasa conciencia, toda vez que lo aleja de la mirada triste del perro o del caballo que va a ser sacrificado. Cuando se tiene conciencia del fin, aparece lo más humano del ser. En ese estadio se concentran tantos sentimientos, los buenos y los malos. Saber que el futuro se acabó, que un paso hacia adelante significa un paso hacia el foso. Mirar las imágenes de fondo, las del cuerpo, allá donde el mal, el cangrejo que muerde la carne, la pudre y la mata.

Andrés observa la última tomografía. Ha traído a casa los resultados y está sentado en la cama, alzando la placa para que la luz de la ventana le permita ver el cerebro de su padre. La lámina azulada deja ver las manchas con una precisión que ahora le resulta insoportable. El misterio siempre logra que la muerte sea un poco más soportable. Tanta puntualidad científica es intolerable. ¿A quién le sirve? ¿a quién ayuda?

Las preguntas se quedan el aire. El ojo del médico ya no abriga esperanza alguna. Queda saber cómo se comportará el enfermo, cómo reaccionará. ¿Cómo se lo sigue ocultando? ¿Cómo se lo dice?

Esas “imágenes tan definitivas” le dan un vuelco al mundo. Andrés Miranda sabe que su padre, el viejo roble Miranda va a morir. He allí otra de las tensiones que provoca el narrador. Por algún resquicio de la memoria o del alma le llega Celine para amortiguar un poco la realidad que tiene frente a sus ojos en esas láminas de polímeros donde  hay tantas verdades, que le cuestan revelar al legítimo dueño del mal.

3.-

Me sostengo en una vieja novela que siempre está presente: Cuerpos y almas, de Maxence van der Meersch, editada por Plaza y Janés para el Círculo de Lectores en la década de los años 70, donde los médicos, para ganarse el cargo, juegan con la vida y hacen de la muerte una especie de canon donde la competencia y hasta el odio se juntan. Pues bien, en esa obra la enfermedad es un comportamiento, no sólo en el paciente sino en los médicos, como lo es en las manías de Ernesto Durán, el que escribe con denodada intención a Andrés Miranda hasta convertir al mismo psiquiatra en un “enfermo”, en un depositario de tragedias e historias que sólo existen en la imaginación febril del paciente.

Un poco más acá en el tiempo me siento frente al doctor Vicente Lecuna Torres para hacerlo parte de estas líneas gracias a su libro Informe médico (Mondadori, Caracas 2006). En este espacio el autor relata sus experiencias con pacientes, con enfermos, pero también desnuda el comportamiento, la conducta de sus colegas, quienes han hecho de la profesión una enfermedad más. Claro, no se trata de rellenar estas líneas con una tratado de bioética, pero sí vertebrar la idea de que en La enfermedad de Barrera Tyszka es posible encontrar aristas que conduzcan a tratar sobre asuntos que van allá del tema que nos ocupa. Esta novela contiene elementos que prestigian la indagación que el mismo autor llevó adelante durante su elaboración. Un ars poética que se tradujo en ars narrativa, porque la enfermedad -¿miramos a Moliére?- es un tema que cuenta, relata desde imágenes cuestionadoras: el mismo Cervantes nos regaló un Ernesto Durán sobre un jamelgo.

4.-

Al final una pregunta: ¿A qué saben las últimas palabras?  Verso que podría iniciar un poema concluyente.

Así, El viejo Miranda vuelve a abrir los ojos, intenta sonreír y luego lo mira con una frágil ternura.

-Háblame –repite-. No dejes que me muera en silencio-dice.

El lector también cierra los ojos y la novela. Un gran silencio invade los dos ambientes, la habitación donde muere un hombre frente a su hijo, y la sala donde la lectura duele un instante, el instante que nos separa del misterio, de la ausencia.

EL LUGAR DE UN LECTOR DESTERRADO DE UN RELATO (II)

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Trepo con mi disfraz de Hombre Araña por el lomo del libro. Uso mancuernas y garfios, mecates y engranajes para poder ascender y, finalmente, abrir la tapa dura y colarme entre sus páginas. No soy Gorgojo Samsa. Soy Peter Parker, pariente de Kafka. Me pierdo entre los números del ISBN y las celdas del código de barras hasta adentrarme en las líneas de un epígrafe que no pude leer por la prisa en llegar al primer capítulo, encabezado por un sumario un tanto pedante y aleccionador.

He dejado a Mary Jane Watson colgada de una azotea mientras el Dr. Octopus intenta besarla.

Levo anclas con mis hilos invisibles. Es decir, suelto todo ese andamiaje de objetos y me dejo caer sobre el título de un microrrelato de Ramón Gómez de la Serna, “Brujería del gato”. Me acomodo como puedo y leo:

Por complicidad con la bruja había sido enjaulado el gato.

En tiempo pasado y sin máscara por el calor me dejé atrapar por el narrador y seguí:

Los inquisidores sospechaban que podía haber diablo escondido bajo la piel del gato y fue sentenciado a arder en pira aparte, porque podía haber pecado de bestialidad al quemar en la misma hoguera persona humana y animal.

Respiré hondo y continué:

Bien maniatado con cadenas, el gato brujesco produjo un repeluzno de escalofrío entre los asistentes al auto de fe. Había algo de caza luciferina en la presencia del gato.

La leña de la propiciación comenzó a arder y durante un largo rato se oyeron maullidos infernales, hasta que al final, ya consumida la fogata, se vieron sobre las cenizas dos ascuas que no se apagaban, los dos ojos fosforescentes del gato.

Los tiempos verbales se me confunden.

Me metí tanto en la trama que se me quemó parte del rabo. Soy araña con cuerpo de gato. Hedía a carne asada. Aún hiedo a Infierno, no al de Dante, al vulgar y corriente del catecismo. Llegado al final del relato pude ver a las personas que se alejaban del espectáculo por una esquina de la página. Felices, exultantes por haber contemplado con sadismo la agonía del pobre animal. Mi yo elíptico calcinado. La disolución de mi cuerpo, de mi traje de héroe literario, mi conversión evangélica para alejar las influencias del diablo. La reducción de mi pecado protagónico.

Pude ver los ojos ardientes del animal. De mi yo animal. De mi bestia interior. De mi araña y gatos negros metafóricos. En un descuido mío también pude darme cuenta de que la multitud había sido convertida en miles de ratones. Pude verlos con el rabillo del ojo derecho. Iban en fila, como en el otro cuento donde un flautista los guiaba no recuerdo a qué lugar. Yo los vi. Nadie me puede discutir lo contrario. Es decir, me incorporo y descoloco la objetividad del texto. Esa verdad que me ha convertido en un reflejo de gato con máscara de arácnido.

Desde ese momento tomé la decisión de formar parte del relato y revisar todo lo que se me atravesara en el laberinto de la lectura, aunque sólo quería ser un personaje. Pero lector y personaje no se contradicen. Se carnavalizan, se disfrazan plenos de humor e ironía.

Soy una máscara peluda, con dientes afilados y ojos encendidos.

2

He decidido contarme. Relatarme. Narrarme. Afiliarme a la historia. En todo caso, dada la moción de un jurado invisible, cercano a la muerte del gato de Ramón Gómez de la Serna, es mejor que alguien me asesine. Me saque de circulación. Flint Marko, El Hombre de Arena, por ejemplo. Mejor Gatúbela. Está muy buena. Que me borre malandramente del mapa del cuento que hoy pretendo protagonizar con todas sus aristas y escamas. Ya Platón de todas maneras me habría extrañado de su república, aunque no hago de poeta sino de gato/araña. Es decir, de aprendiz de cadáver de felino chamuscado con comiquita incorporada. Pero nada.

Es el día, no le temo a las citas citables. Busco la belleza en todas las entradas. La estética de la recepción, la de quien lee y se asoma sujeto y hasta objeto de miradas y relámpagos. Fragmentado, hecho pedacitos entre la ceniza. Digo no temerle a las entrecomillas, a la polifonía o a la intertextualidad, mucho menos a quienes me miran feo desde el público y han creído que he venido a esta Feria Internacional del Libro de la UC con una tesis de enjundias y laberintos, con un saco de sorpresas donde mitifique la crisis de los largos y grandes relatos, el sinsentido de la realidad. La morigeración de las pesadillas.

Mary Jane grita colgada de una ventana.

Soy un personaje autodiegético, digo, me narro yo mismo desde mí mismo. De allí que también sea un personaje/lector agónico, cambiante como el camaleón, como un X Men cualquiera, redondo a lo Henry James.

Soy parte de un cuento corto que hoy quiero poner en práctica en este auditorio. Aunque me pese. Así que le digo a quien me ha hecho parte de este asunto: “Ve, defiéndete solo, texto, tienes el lector que te mereces”, para testificar con la teoría de la comunicación en ausencia. Ausente yo, lector, ahora peregrino de gato renegrido. Casi ácaro.

Por ahí anda Violeta Rojo con el traje de la Mujer Maravilla. Y Armando José Sequera con los lentes de Clark Kent. Que me desmientan, total, puedo huir por una de las páginas menos peligrosas.

Duende verde agoniza. Me amenaza. ¿Qué tendrá que ver este par con este extraño sujeto?

3

Como no tengo nada que temer porque sólo soy una sombra, un líquido viscoso, un felino difunto, un simulacro, un montón de ceniza, un personaje ficticio, un bicho fragmentado, una araña despechada, me dirijo a ustedes, en eco con Daniel Pennac, y les espeto, desde los ojos del gato quemado en hoguera inquisitorial, Los derechos del lector, que son: El derecho a no leer, el derecho a saltarse páginas, el derecho a no terminar el libro, el derecho a releer, el derecho a leer lo que le venga en ganas, el derecho al goce inmediato y muy personal de las sensaciones a la identificación (debo decir entre paréntesis que no entendí este derecho, pero no importa. Mary Jane grita), el derecho a leer en cualquier lugar, el derecho a hojear, el derecho a leer en voz alta, el derecho a callar. Y yo le agrego: El derecho a lanzar el libro por una ventana. Es decir, el derecho romano y hasta el de los que se duermen cuando abren la tapa de un tomo, lo que también es un tipo de lectura. Y aunque personaje (diría que ya no soy lector) me dejo ver entre líneas para leerme la palma de la mano y saberme polvo cósmico, polvo funerario, polvo arácnido.

Mary Jane se aleja molesta con los codos y las rodillas escarapeladas.

Tengo mi lugar en el paraíso del cual ya fui echado de un libro genésico que muchos aquí han oído nombrar. Ya han intentado sacarme a patadas de Nueva York. Pero seguro estoy, desde el sitio en el que veo la agonía del animal, de que nadie en este recinto lanzará el texto al basurero. Digo yo, crédulo. Creo que el bicho en su sufrimiento guió al lector hasta las brasas de los ojos convertidos en linternas diabólicas. Y una araña entrometida apareció en escena. He allí el secreto: el gato al comienzo era un gato, pero terminó en un misterio: Soy el gato que era. Y la araña que nunca seré. Y al personaje le encanta eso, que lo lean quemado y arañado. Digo desde mi ardor que no cae mal un final feliz. O un final renal o cardíaco. Porque obliga a viajar al baño. O en caso extremo, por la inesperada aparición de un infarto.

Y así, queridos presuntos interlocutores. Sigo pendiente. Me deslizo por un ladito de la página y penetro en los ojos de quien entra y sale de este cuento (esas ascuas me persiguen). Me narro desde el mismo lector o desde el mismo gato que ya no existe y sigue siendo en mí. En una araña impúdica, desnuda. Me hago el loco mientras me relato. De allí al suicidio, un salto. Pero no aspiro a tanto. Sí espero que alguien descargue su ira o su arma de reglamento contra los capítulos de mi existencia —me arde hasta el alma— y acabe de una vez con esta agonía de ser parte de un tale o de un short story gaseoso, volátil, que, para no hacerlo más largo, asomo una listica que a un inglés —tenía que ser un pérfido Albión, para darle gusto al diccionario de insultos de este siglo XXI casi harapiento— se le ocurrió inventar: el folktale, que habla de las costumbres y mañas de la gente; el cuento de mentirillas o de hadas, llamado fairytale, y el talltale, que alude los relatos cómicos, brincones o mamadores de gallo. El cortico —como el café— o short tale, que hace referencia al cuento de hoy, tan moderno que rozamos el siglo XIX en comportamiento y lisura ideológica. Con animales en escena. Estoy metido en este último, enunciado anunciado, solitario y ruidoso por la esquizofrenia de este incendio en que me convirtieron. Amado o malquerido, el gato y yo somos uno en araña. Uña y sucio.

4.- Por ahí vino un señor Emilio Benveniste y le di la bienvenida. Me abrió la puerta de otra página donde me enuncia y me hace enunciación sin ángel bíblico. Dice el recién venido que soy sujeto, es decir, soy yo, que llevo otro sujeto en su interior, como el lector hembra de Cortázar, que es la enunciación, es decir, yo afirmo que yo soy ese yo. Igual le va al gato. Soy gato y otro gato. Araña asomada. Alguien, en medio de tal despropósito, que al parecer no lo es, llegó a decir que “El sujeto de enunciación es una hipótesis de todo texto y sirve para entender que las diferentes personas que aparecen en la ficción son, ante todo, formas gramaticales. “Yo”, “tú” “él” existen en el discurso, forman parte de un texto y no son individuos reales”. Es decir, pelé gajo. El minino también. No soy yo desde este yo que les habla. Alter ego arácnido. De manera que estoy muerto. Soy una ilusión. Pero no importa, fantasma al fin, sigo porque no me importa. Qué más da.

Me hiede la cola quemada. Allá va Mary Jane. Qué vaina.

Pero para darle más rienda a esta angustia de estar atrapado en un texto (ojalá sea corto y el conflicto sea menos difícil que éste que vivimos en la realidad nacional), me avengo a esta otra cita que andaba por ahí, realenga: “El narrador puede ceder la palabra a los personajes mediante el estilo directo o reproducir lo dicho por algunos de ellos utilizando dos técnicas: el estilo indirecto, que repite el contenido de lo dicho o el estilo indirecto libre, fiel al fondo y a la forma de lo supuestamente manifestado”.  El aliento del narrador olía a humo.

Bueno, aquí corto un rato para decirles del lector modelo, que dice mucho por ahí el signore Umberto Eco: es decir, el que maneja los mismos códigos, los mismos vicios lingüísticos, ideológicos o socioculturales. Es decir, nuevamente, que tenga las mismas mañas.

Esto de la enunciación, la intermedia, enuncia que “postula dos sujetos al mismo tiempo”. Y así les digo: el que dice o parlamenta y el que es “dicho” o por el que dice. Si les quedó claro, bien. Hablo como gato y soy gato nombrado araña. Si no, igual. Pero así es la cosa. Digo: hay un gato quemado y uno que es mencionado desde sus chillidos. Que le pregunten a Gómez de la Serna por su felino. Al Stan Lee y a Steve Ditko por su Spider man. O a don Augusto Monterroso por su bicho prehistórico. ¿Cuántos dinosaurios aún quedan en el mundo? Algunos retozan por ahí, echando  humito. Pero no llegan a dragones.

Más adelante, como se trata de encontrarle un espacio al que se enfrenta con el texto, es decir, un lugar para el lector, nos fajamos con el “tópico” que tiene referente aristotélico y nos lo topamos en piezas largas larguísimas, aunque en este instante lo corto sobra en la misma fogata del pobre gato.

5.-

No podía faltar el carácter minimalista del animal en el relato corto. De la microficción. O como se le dé la gana llamarlo. Y claro, tenía que ser así porque algo tan corto tiene que ser mínimo. Mínimo el texto, mínimos yo y el personaje, mínimos el  lugar y el tiempo, y hasta el mismo lector. Chiquitica la araña. Y en el caso del personaje de Gómez de la Serna, mínimo el minino. También podemos hablar de un lector corto. Miope o de aliento limitado al leer.  Aquél que repasa un textículo y se queda dormido. Y hasta es capaz de sonreír,  molestarse o sufrir un ataque de histeria. Que hay muchos que sí leen y lo hacen dormidos sobre las brasas de una hoguera onírica. Así lo dejó dicho Horacio Quiroga, que de asesinatos y de arañas venenosas sabía mucho. Corrijo, de tragedias, no vaya a ser que le apliquen la Ley Resorte y lo lleven a juicio. O a la cárcel y sea conocido en este relato con el bello eufemismo de privado de libertad. Por apología del delito o hasta por simulación de hecho punible, porque como es ficción, no vaya a ser. El pobre Quiroga sufrió mucho en la vida.

Llegado a este punto, el lector u oyente, molesto actúa con razón.

Entonces, una patada en un ojo me coloca al margen de la página, es decir fuera del cuento.  Expulsado del paraíso de Milton, de la República de Platón, de la Metamorfosis de Kafka, del reino de Utopía o de las arenas movedizas de la trama, no me queda otra cosa que alejarme, saludarlos desde lejos con mi rabo chamuscado y sin máscara y gritarles que si no les satisfizo esta lectura, podría comenzar de nuevo y tratar de que el final sea al menos un poquito más feliz.  O buscarle un happy ending distinto al del miserable gato, para que no termine con los ojos como dos bombillos de cien vatios.

Al fondo de un callejón, donde vive Don Gato y su Pandilla, dejé caer la máscara de Spider man. Me alejo con cara de Peter Parker, con Mary Jane bajo la luna. A lo lejos maúlla un gato viejo.

-Te quiero burda, Mary Jane-, digo bajito.

 

CODA

De esa acción quedaron estos tres intentos:

EL OJO

Todos  los días mi ojo izquierdo amanece lleno de peces. Un poco más tarde llega hasta la orilla de mi párpado un grupo de pescadores, que arroja sus redes en el fondo de mi maltrecho pozo ocular.

Los peces saltan impregnados de humor vítreo y se reflejan en la cara feliz de los pescadores. Entonces mi ojo se vacía y puede –al fin- advertir el mar que en la cuenca se agita.

Y así a diario.

Mis lágrimas suelen provocar inundaciones, fenómeno atmosférico que llena de nuevo de peces el fondo oscuro de mi ojo izquierdo.

Una marea de pirañas, tiburones, morenas, congrios y barracudas me despierta por las noches.

Entonces espero ansioso el amanecer para correr al encuentro de los pescadores.

EL OJO (Versión II)

Hoy  mi ojo amaneció lleno de pirañas…

(El narrador no pudo continuar con el relato porque  los depredadores lo habían dejado tuerto).

En otro extremo de la imaginación, el personaje le propuso al  gato de Gómez de la Serna para que le diera caza a esos bichos y se los  comiera asados con todo y espina.

Pero no lo veo: tengo una araña en lugar de ojo.

EL ACUARIO

Mi ojo es un acuario.

Afuera, donde llueve y los relámpagos sacuden al mundo, el gato malévolo de Gómez de la Serna vigila el movimiento de los peces.

He soñado que me embruja. Que rasguña mi cornea y se zampa los peces de un solo atracón.

Sólo me queda recoger los vidrios y llorar.

(Texto leído en el II Encuentro de Microficción de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, el viernes 26 de octubre, evento en el que participaron los escritores Miguel Gomes, Violeta Rojo, Armando José Sequera, Antonio López Ortega, Fedosy Santaella, Arnaldo Jiménez, entre otros.)

El día y la huella

 1

A Jesús Sanoja Hernández le sobraban palabras para hacer de su silencio un río de reflexiones. Su afán recopilador, su inclinación a guardar el país y el mundo en un universo de periódicos, no eran gratuitos. Su porfía periodística por hacer de los nombres de la literatura venezolana una fuente de consulta permanente, lo convirtió en un escritor muy dado al ensayo y a la crítica, escritura con la que trataba con sabiduría y belleza los asuntos abordados. Pero lo que más llamaba la atención era su respeto por la poesía, de allí el silencio que guardaba, hasta el punto de escribir y esconder materiales que algún día saldrán a la luz. De su talento poético sólo conocemos el celebrado libro La mágica enfermedad.

Del trajín de investigar, de su escritura sobre las letras nacionales, queda un título gracias al tesón del historiador Manuel Caballero, quien se dio a la tarea de bucear (obviando alergias) en los viejos papeles de Sanoja Hernández y convertirlos en El día y la huella (bid & co. Editor, colección Intramuros, Caracas, 2009). De esa entrega intelectual y amistosa queda este libro cuyo prólogo corre parejo con algunas de las cosas ya señaladas en este mismo intento: “No es mudez ni enfurruñamiento: es parquedad en el hablar, en contraste con la torrencial escritura de uno de los más empecinados grafómanos que hayamos conocido jamás. No he visto muchas veces a Jesús encaramado en una tribuna; pero en cambio, da la impresión de llevar pegadas en sus dedos las teclas de una maquinilla”.

Ciertamente, Jesús Sanoja Hernández vivió, respiró y luchó con las palabras. Con ahínco, con desesperación, como si le faltara tiempo para revisar el cotidiano devenir de la historia que se agitaba frente a él. Llenó páginas completas, una habitación de palabras, de días y noches en las que sonaban la voz propia y las huellas de los otros, de sus preferidos, de sus lecturas, de sus idas y venidas por la vida de este país engreído, díscolo y desobediente. De allí entonces que Caballero haya, a fuer de amistad y admiración, hecho de muchos de esos papeles amarillos, empolvados por el silencio y el olvido, un hermoso tomo que circula por todos los rincones de Venezuela.

2

Un texto inicial nos introduce en el problema de la crítica, con un título que desviste una situación a todas luces susceptible de tomar en cuenta: “Entre la loa y la destrucción”, donde el escritor razona: “La crítica oficial en Venezuela asume posiciones generales. Se declara valiente cuando acomete fenómenos vagos e imprecisos, posiblemente válidos para Escandinavia o Siam tanto como para nuestro país, pero es en sumo grado elusiva y huidiza cuando trata de bajar la abstracción al reino de lo concreto”. Tema recurrente en el mundillo de las letras. Tema que se ha paseado con muchas llagas por salas de conferencias y manuscritos transformados en tesis que posteriormente duermen el sueño de los justos en papeleras o archivos universitarios. Nuestra crítica es demasiado amigable, muchas veces; otras, pocas, en un país de pocos devaneos criminales en el mundo de la literatura, es terriblemente destructiva. Por ese camino se va Sanoja Hernández. Para dejar la marca, afirma: “En el país hay ejemplos y a ellos vamos. Miguel Otero Silva, novelista y poeta a quienes algunos admiran como periodista, publicó Casas muertas en los mismos momentos en que un grupo lo clasificaba dentro de un poderoso y ubicuo contragrupo con rasgos financieros”. Más adelante deja en la página este recuerdo: “Desde lejos, cuando vivíamos en México, leímos crónicas laudatorias, apologéticas, plenas de aparente sinceridad, que luego contrastarían con lo que oímos en tertulias y reuniones intelectuales de los postreros días de la clandestinidad”. Sigue ocurriendo. Ahora más, cuando la cresta de esta ola que nos agita devela el verdadero pocillo que contiene nuestra realidad cotidiana.

Luego, nuestro reseñado se pasea por las páginas de Picón Salas, en una suerte de biografía donde sentimos los avatares de quien construyó cánones y propuestas para mirar una nación que a cada momento anunciaba su derrumbe. Picón Salas fue “un gran escritor americano, acaso la prosa más elegante y sabrosa, pero también es cierto que de sintaxis no está hecho el hombre. De humanidad, sí, y el ser artista está muy lejos de eximir el cargo”.

3

Se deja ir por la historia de nuestra novela, donde Adriano González León y Salvador Garmendia han servido para revisar —con el marco de Gómez a la vista— el discurrir de nuestra narrativa de largo aliento. De este paseo, Sanoja Hernández preguntó: “¿Será ello obra de genios aislados como Gallegos o producto de las llamadas ‘nuevas generaciones’? ¿Contribuirán indistintamente valores consagrados y figuras todavía en formación? Es difícil determinarlo… En novela, al resguardo de la sombra que opaca, Gallegos, muchos esfuerzos loables han parecido secundarios…”. Bien, deja allí su manera de decir que el tiempo podría pronunciar la última palabra. Después de Rómulo Gallegos ha corrido mucha agua bajo el bongo que remonta el Arauca.

Después se asoman Blanco Fombona, José Rafael Pocaterra, Salustio González Rincones, Guillermo Sucre, González León, la generación letrada del 28, Gabaldón Márquez, Pío Tamayo, Pedro Emilio Coll, Ramos Sucre, Teresa de la Parra, Rafael Cadenas, Ludovico Silva, José Lira Sosa, Héctor Mujica, entre tantos otros que han enriquecido la palabra, el silencio y han dejado huellas profundas en nuestra historia y literatura.

Rafael Cadenas, en el epílogo de este hermoso trabajo de Sanoja Hernández, deja este tributo: “Permanece sí su ejemplo como creador que no tenía dejadeces postergadoras en lo tocante a su trabajo. Su escritura perdurable y la imagen que lo resume, donde se vuelca el afecto de todos los que tuvimos el privilegio de ser amigos suyos”.

Un libro que nos toca, nos descubre, nos alimenta. Tan necesario en estos días de enmascaramientos, de lisuras y arrogancias. Bueno para mirarnos en las heridas, puesto que los días que nos tocan dejan huellas muy visibles. Pero también en las cicatrices.

HASTA EL ÚLTIMO HUESO

1.-
El lector, ese prestigio o amago de intenciones, entra en una poética. Levanta la mirada más allá del paisaje y regresa a la “materia” de lo escrito con la venia de quien lo trazó en el papel y en el adentro:

Siempre hay que recordarle al poema
que tiene que ayudarnos a escribirlo
.

Esa confianza en el sujeto poema nos resigna a estar más cerca de la angustia que de la celebrada felicidad de los conformes. El poeta de esta “travesura”, el sevillano Francisco José Cruz, concita el encuentro gracias a la antología Hasta el último hueso (Poemas reunidos 1998-2007) que publicara el otro, el mismo (Mérida, Venezuela, septiembre 2007), dirigida por Víctor Bravo, y que ha propiciado tantas sorpresas agradables a los lectores de éste y del otro lado del hemisferio de habla castellana.
El autor de estos poemas, vidente de todos los mundos de la palabra, se anuda a la imagen que lo ha hecho decir en una entrevista: “Procuro que sea el lector el que ponga los sentimientos ante lo que se le muestre”. Y así lo ha dejado sentado en el prólogo del volumen antológico el poeta venezolano Eugenio Montejo.

El poema no aguanta aquí sentado
y a los pocos renglones ya desobedece,
trazando con los pies
los garabatos que le van saliendo
a la vez que se acerca hasta la orilla
del folio y allí naufraga,
como un niño advertido del peligro
que implica no hacer caso a quien lo cuida
.

“El travieso”, el poema/ niño, el poema/ rebelde, el desobediente, el que se suelta de la mano del padre y desbarata el mundo, dialoga con su creador, lo silencia y hasta lo conmina muchas veces a callar. Esta sensibilidad la encontramos en toda la poesía de Francisco José Cruz (Alcalá del río, 1962): se trata de un creador que vibra con su propia libertad. Andaluz al fin, se regodea en su ambulante imaginación. Gitano de los sonidos, canta su poética, la acomoda a la gracia de saberse sujeto a riesgos y aventuras. El poema –qué bien suena en Cruz- es un juego: suerte de maravilla que se agita en las manos del niño que lo inventa. Juguete, la palabra se hace visible a través del mundo que el poeta re-crea, instruye con el fraseo diario de la inteligencia, de una especial sensibilidad, cuyo referente está en la “perplejidad de quedarnos un instante entre lo que fue y lo que podría ser”.

2.-
Tres son los libros que aparecen en esta selección: Maneras de vivir (1998), A morir no se aprende (2003) y El espanto seguro (2007). En ellos, según palabras del mismo Cruz, ha quedado el paso del tiempo, lo que ha dejado en su discurrir. Más que el tiempo, sus sobras, los poemas, pero sin aspavientos, sin adornos que los hagan más cercanos, más hechos del barro con que es moldeado el ser humano. No tanto la tradición de que se vale, más de esa prosodia que tanto nos ha hecho andaluces a los que vivimos, soñamos y morimos en esta herencia llamada Hispanoamérica. Se trata de una poesía que se pasea por los laberintos del autor y logra salir luminosa, limpia de las sombras del cuerpo y del alma. Sus referentes no tienen fronteras: todo tema se hace transparencia, poema para consumir, para danzar con la inflexión de cada sonido. Podemos decir que bailamos con esta lectura, que nos sacudimos la timidez y nos hacemos lectores desengañados. Cada poema de Francisco José Cruz es la inauguración de una sorpresa. No es la sorpresa per se. No; se trata de la víspera de lo que nos espera, de lo que nos dará el poema con el primer encuentro.

3.-
Quiero quedarme en un texto que “piensa”, que nos imagina como sujetos de experiencia, porque todo lector –al ser invitado a compartir el ágape, algún diálogo- genera un espacio, el trozo de silencio que ocupa un lugar y forma parte de atracciones y rechazos. Digo: me quedo con este poema, “La mesa”, para regocijarme con este Francisco José Cruz que sabe verlo todo, que viaja por la luz y por la sombra, por las señas de identidad de los objetos renovados, hechos al gusto con los insumos de la imaginación, sin recargo de “belleza innecesaria”:

Si una cosa de las que tiene encima
le dijera que siempre no fue mesa,
que sus patas fueron ates raíces
-aunque las tenga lisas, torneadas-,
lo negaría con todos sus clavos,
barnices y molduras a pesar
de las vetas o venas que la cruzan.

Nunca ha echado de menos una rama
flexible, acogedora. Sin embargo,
siempre dispuesta todo lo recibe
sin quejarse del peso ni del roce.
Necesita sentir encima cosas
como si fueran pájaros dormidos,
confiados al ser de la madera.

4.-
Leo al desgaire, a placer, con la libertad que me brinda este saludable poeta. A tanto ha dado el tiempo, que deja sobre la misma mesa, bajo el cielo entreverado, las voces de quienes recuperaron la edad en el silencio definitivo. En “Manera de decir” Francisco José Cruz reafirma su condición de heredero del tiempo, de lo que dejado en el camino. Toda la poesía del sevillano es una provocación al lector. El mismo lo admite y así lo recalca: “Intento involucrarme lo menos posible en el poema para crear en el lector, no en mí, ese estado de perplejidad al que aludí antes”. El poeta se nos entrega, afirma su presencia con la participación de quien habla con los objetos, como él mismo autor lo dice. Y digo al desgaire para entrar y salir de los sonidos que repetimos en el silencio de la soledad, eco respetuoso de quien trabaja el tiempo acumulado:
Escucho en una grabación antigua/ las voces de poetas que ya han muerto:/ Son voces bien despiertas,/ ajenas por completo a la ceniza/ de las gargantas que las alentaron.// Tiene la eternidad que esas gargantas/ ni siquiera soñaron y, no obstante,/ sólo pueden decir/ estas pocas palabras que han quedado/ al margen del silencio, cuyo cauce// divide para siempre la memoria/ del olvido./ Las palabras son claras,/ parecen recién dichas,/ pronunciadas ahora que las oigo,/ como si nunca hubieran conocido// garganta, lengua, labios./ Voces solas/ hablando decididas de la ausencia/ sin que puedan callarse./ Tal vez están diciendo lo que aquellos/ poetas no dirían si volviesen.

5.-
Si bien poema y poetas vertebran la respiración de Francisco José Cruz, la materia prima, la materia, también se aproxima a los motivos de su pasión por vivir. Dejemos que sea el más adentro de su indagación el que cante, el que nos lleve de la mano al sótano de una mirada cuyo silencio es el mismo poema: Mis padres murieron hace doce años./ A veces sueño que vuelven y que tratan/ de vivir como si fuéramos los mismos/ y desde entonces nada hubiera cambiado./ Cómo explicarles que ya no tiene casa,/ que muebles y dinero los repartimos,/ naturalmente, entre todos los hermanos./ Nos miramos sin decir palabra/ hasta que me despierto con gran alivio. (Pesadilla). Restos del tiempo, de unas vidas que rescatan su espacio en la memoria.
Uno lleva ventaja cuando oye al autor decir sus poemas. Francisco José Cruz lee “desde adentro”, desde la iluminación de su invidencia, y nos acerca más a ser ángel o demonio, luz o sombra, vida o muerte, verano o invierno, esos contrarios que dice bien dice Montejo. Por eso, recurro a esta “Canción de sepultura”, tan de la tradición de su patio como el limonero en el soleado de Lorca:

Púdrete, amor mío,
que no hay más remedio,
púdrete sin mí,
que aún no me he muerto.

Púdrete, púdrete
dentro de tu sueño,
púdrete aunque yo
sin ti ya no duermo.

Púdrete, amor mío,
que no hay más remedio,
púdrete, púdrete
hasta el último hueso.

Con este último verso, nos damos por satisfechos. Mortalmente satisfechos, vivamente urgidos por alcanzar el próximo poema, la próxima estación que dice Virgilio Piñera: “Escribimos también lo que no vivimos”, citado para dejar claro que entre la vida y la eternidad casi no hay distancia.

ESTUDIO DEL RELATO METAFICIONAL EN SALVADOR GARMENDIA

 1.-

¿De qué manera deshojar la margarita y elaborar una teoría sobre la base de que Tim Mc Coy cabalga por la cabeza de un muchacho  de canillas flacas, que está mirando la sabana desde la piedra donde está sentado, bajo un arbolito amarillo que ya lloró todas sus hojas? ¿Cómo hacer con un texto así, tan de tira cómica, película vaquera asimilada ficción más allá del canon agregado de sabernos parte de un despiste, de una imagen hiperbólica, metafórica y metastásica, metonímica?

Entonces, el cuento “El relámpago de las praderas”, que Salvador Garmendia incluyó en Hace mal tiempo afuera (Fundarte, Caracas 1986), podría servir de plato de entrada para llegarle a este Estudio del relato metaficcional en Salvador Garmendia, de Efrén Barazarte, editado por la UPEL-Maracay 2007, con el apoyo de la Subdirección de Docencia, en el que el autor se desplaza por una serie de teorías hasta aterrizar en el campo minado de un narrador que experimentó e hizo del cuento y la novela una manera de ir más allá de la mera ficción. Garmendia rompió con la distancia entre realidad y ficción: hizo de ésta una forma de realidad que se materializa cada vez que el lector intenta acercarse, tocarla. Una vez en el interior de la ficción, en la sombra de la barriga de la ballena de Melville, el lector pasa a ser un ente crítico, un ente travestido, sujeto/ objeto de quien ahora lo narra desde afuera, desde la publicación que ahora es libro camaleón.

2.-

Sintaxis cambiante: el color de la lectura. Barazarte se sacude y trabaja “La contemplación metaficcional” donde destaca  “Las imágenes reflejadas”, de Suárez, desde donde percibe “el fracaso de la cultura occidental en el empeño por asir la realidad empírica que Bustillo (1995) refiere, partiendo del mito de Narciso como metáfora colectiva…”, y así hasta la metaficcionalidad mitológica. De ese granero teórico hasta la vocería de White, Hayden y Carlyle y su “Caos del ser”, sin olvidar a Velásquez y a Cervantes, benefactores del mundo fenomenológico así como del debate postmoderno, raíces de la metaficcionalidad. Don Quijote es transporte para esa explanación. Y lo hace mediante la voz de Carmen Bustillo y su tesis de la defragmentación del personaje.

Ese primer capítulo da pie a los que continúan: “El relato metaficcional en Salvador Garmendia”, “El narrador narcisista en los cuentos de Salvador Garmendia”, “La construcción deconstructiva del personaje”, “Aportes de Salvador Garmendia a la Literatura Venezolana” y “El otro espacio de la escritura”. Es decir, un estudio de aula/ laboratorio para especialistas que auguran un acercamiento con quienes suelen empatarse con la ficción con gesto inocente, con el ojo de quien disfruta y va más allá de cosificaciones. En todo caso, trátase de un estudio importante que merece tomarlo en consideración por lo que significa Garmendia, no sólo para los académicos sino para los lectores de este país y de otros donde lo conocen.

3.-

Vale la pena citar las palabras de Efrén Barazarte, con las que inicia ese espejeo con Garmendia: “…el relato metaficcional y sus variantes ocurridas en el relato de Salvador Garmendia, comienzan en un viaje de elipse y recorre las líneas teóricas del cuento. Se apropia del significante y de los momentos críticos sostenidos por el relato, y parte, de lo marcadamente teórico (un texto ilusorio para convertirse en metamorfosis, en cuento que reconstruye los distintos elementos del discurso.”

Queda así, en manos del muchacho de piernas flacas, el corcoveo del caballo de Tim Mc Coy y la sempiterna tranquilidad de la sabana por donde corre el pistolero y además donde un arbolito amarillo llora y se despoja de las hojas. Un disparo bastaría para acallar la ilusión, pero la ficción es más fuerte que la realidad, la supera, va más allá de cualquier consideración. Es más, va más allá de todas las teorías, necesarias para saberse –el investigador, el lector- parte de un invento, de una borradura. Es más, se descoloca de la bibliografía y cierra el tomo para seguir el ritmo de la cabalgata de Mc Coy.

Garmendia siempre gana, siempre cuenta. Y cómo lo hace.  Digamos que Efrén Barazarte, citado en esta crónica, es un sujeto metaficcionado, secuestrado por su propio libro, hipnotizado por los personajes, por el mismo Garmendia, por el silencio, que es lo que finalmente queda al voltear la solapa.

 MÍNIMA EXPRESIÓN
(Una muestra de la minificción venezolana)

1.-

Violeta Rojo insiste, no descansa. Su talento está centrado en bucear permanentemente en el cuento corto, en la minificción, en el microrrelato. Es una porfía que le ha dado excelentes resultados. Hoy día es una de las investigadoras más densas cuando se trata de indagar, entrar y salir, meterse por la ventana de este género que ya cuenta con un importante y poderoso equipo de jugadores. No ha dejado Violeta Rojo de asomarse e ingresar con todos sus bártulos intelectuales en las páginas que andan por ahí regadas, dando qué hacer y decir. No ha dejado de revisar el Breve manual para reconocer minicuentos, que ya tiene en su haber tres ediciones. Dos nacionales y una internacional. De modo que estamos frente a una académica que no se suelta de su objetivo, que busca, y como todo el que busca, encuentra.

Nuestra autora insiste, digo, porfía. Escribe y teoriza. Asiste a congresos, encuentros, discusiones, conversaciones, charlas, pláticas y hasta a conversatorios (horrible palabra que ha ingresado en el diccionario de la pereza criolla) y coloca sus conocimientos en buen sitio.  La investigadora investiga. Estudia, selecciona, ficha y escribe notas, tesis y prólogos sobre este género (no creo en sub-géneros) que tiene enamorado a más de uno. Porque hasta los poetas más oscuros, más allegados a Rimbaud o a Artaud, que todavía quedan, se arriman a la fogata del minicuento y cuentan.

2.-

Mínima expresión (Una muestra de la minificción venezolana), editado por la Fundación para la Cultura Urbana, Caracas 2009, es una muestra de esa testarudez de Violeta Rojo. Es un tomo donde aparece una buena parte de la creación minificcional del país. Es un libro donde José Antonio Ramos Sucre inicia la lectura, toda ve que se le considera como uno de los pioneros de este género literario. “La minificción venezolana nace con José Antonio Ramos Sucre a principios del siglo XX”. Escribe Violeta Rojo en el prólogo. Más adelante señala: “Los primeros que escribieron textos mínimos en el país han sido considerados poetas, como Luís Fernando Álvarez, Elizabeth Schön, Juan Sánchez Peláez, Ida Gramcko, Rafael Cadenas, Eleazar León, Alfredo Chacón y Antonia Palacios”. A partir de esa afirmación crece el montón. Siguen muchos nombres que la investigadora incluye en su obra. Así están: Alfredo Armas Alfonzo, uno de los representantes más conspicuos; Oswaldo Trejo, Orlando Araujo, Salvador Garmendia, Pérez Perdomo, Lira Sosa, Ángel Bernardo Viso, Juan Calzadilla, Adriano González León, Efraín Hurtado, Julio Jáuregui, Ramón Lameda, José Balza, Britto García, Eduardo Liendo, Chevige Guayke, Julio Miranda, Ednodio Quintero, Gabriel Jiménez Emán, Wilfredo Carrizales, Harry Almela, Armando José Sequera, entre otros más.

Es una lectura que revisa publicaciones orgánicas y periódicas que muestran la práctica, consciente o inconsciente, de esta escritura que tiene referencias universales en la antigüedad, en los libros religiosos, en la filosofía, en la voz popular, en los cuentos de caminos, en la chismografía cotidiana, en el mundillo más pecaminoso, en el de la santidad. En todas partes hay una expresión: una palabra, dos palabras, una oración, una frase que contiene o contenga emocionalidad, intención o no de descubrir pequeños mundos, de desnudarlos, de hacerlos posibles o imposibles.

Violeta Rojo se ha encargado de estudiar todo esto. Por eso nos entrega una visión del país, parcial, pero muy completa a la hora de hacernos llamar país microficcional. Es decir, Rojo jurunga en todos los rincones hasta tener una representación respetable de esta sabrosa aventura de contar en corto.

3.-

La investigadora cierra el prólogo con estas palabras:

“La unidad de los textos que vamos a presentar se da porque son muy cortos, son literarios, son venezolanos y porque el lector (o la recopiladora, pues) considera que siguen las normas elusivas, complejas, firmes, inaprensibles, etéreas y rigurosas que rigen a la minificción, y que son tan contradictorias como las que determinan cualquier forma artística a partir del siglo XX”.

INSTRUCCIONES PARA LEER ESTE LIBRO

1.- Sí, en efecto, se trata de un manual de lectura al estilo Fedosy Santaella. Así como nos llevó de la mano para ser testigos de diversos crímenes en Piedras lunares (Ediciones B, Caracas 2008), ahora intenta otra maldad: provocar desequilibrios emocionales en quienes osen meter la nariz en estas casi doscientas páginas. En todo caso,  es un manual de maldades ingeniosamente construidas, verbalmente reveladas con la intención de que el lector se deje enamorar, chantajear y hasta alucinar por quienes levitan en estas hojas que Santaella, una vez más, ha creado para felicidad de algunos gustos, tan alevosamente enfermizos como el mismo narrador que los retrata. Estamos frente a una inteligencia muy peligrosa, delicadamente peligrosa.

Es decir, usted, inocente lector, mira con ociosa manía los cinco pasos para llegarle a este libro: 1) Empiece por este introito delirante (y esperemos que no salga corriendo): Las “marmoleadas” de casirruqui; 2) Siga con estas historias realistas; 3) Dispóngase a disfrutar de este interludio (aproveche y rece por nosotros); 4) Ahora prepárese a padecer esta “libreta del no sé qué”; 5) Contemple una pintura de Malevich y luego léase estos “cuentos descabellados”, y 6) Cierre el libro antes de que el libro lo muerda. Gracias por leer, amén.

Cada paso contiene un lote de historias, unas interconectadas a través de personajes comunes, otras ligeramente alejadas y tras otras que navegan en la soledad de tramas y dramas muy particulares, remotas.  Es decir,  el que nos convoca a seguir el laberinto, una voz intrépida, ásperamente imaginaria, travestida en narrador que se sale de las historias y nos quiere involucrar en la realidad, sólo que el lector ya está atrapado por la ficción. Ya es ficción. Digamos que desde esta trampa, desde esta perspectiva, Fedosy Santaella nos invita – sospechosamente amable o amablemente sospechosa- a caer en una celada. Pero nada, somos ficción y como tal seguimos atados al contenido de un libro que se lee con el concurso del mismo autor, quien nos guía, solícitamente, por los caminos de esta larga lista de minirrelatos y cuentos de cierta extensión.

2.-

Contador de historias como se define, Santaella ha escrito un libro donde el humor escuece, pica, hincha y deshincha, muele cánones y se deshace de las bufandas de ciertas posturas intelectuales. Son historias torcidas, absurdas, cínicas, irónicas, cómicas, dolorosas, insensibles, sensibles, insidiosas, retrecheras, amables, alocadas, creativas, insistentes, incorrectas, conspirativas, dañosas, curativas, demenciales, deletéreas…son historias que reconstruyen al lector. Lo hacen de nuevo. Y también lo desfiguran. Se trata de relatos, cuentos y chismes que alteran el ánimo, lo inflaman y lo apostillan. Son cuentos que podrían servir de testimonios culposos. Cuentos de alcoba, de salón, de baños, de aceras. Cuentos sin rubores. Testimonios sin pelos en la lengua.

Uno de los inquilinos de  esa imaginación afiebrada, de esa máquina de inventar llamada  Fedosy Santaella, es Sinseso, un personaje que aparece y desaparece del mapa narrativo, un personaje que no pega una nunca. El típico fracasado. Un sujeto imposible muchas veces. Y tan real la mayoría de ellas, porque en este mundo hay de todo, tanto que existen estas Instrucciones para leer este libro (bid & co. editor, Caracas, 2012 ) como si se tratase de una modernísima versión del Manual de Carreño al revés y del libro Mantilla más al revés pero sin abecedario. Pues bien, sí, ciertamente, es un libro de mal comportamiento, mala conducta, como dicen, no bien recomendado. De dudosa reputación. Y quien ose leerlo debe tener en cuenta que el corazón también falla. No; no se trata de un novelón. Es que el libro se las trae y lo demás es cuento chino, aunque sí, hay un cuento de chino.

3.-

Para muestra, dos botones, leamos:

“-Te advertí que te amaría hasta la locura –dijo A sonriente.

-Sí, hasta mi locura- respondió B, y se lanzó por la ventana”.

El tipo no respeta, definitivamente. Es un libro loco, como deben ser los libros inteligentes. Como deben ser los libros felices, los que sirven para llevar a todas partes.

He aquí otro:

“Una vez que hubo pasado el berrinche del niño, ya en la fase del puchero con gimoteos, la madre se acercó a consentirlo, a mimarlo y a limpiarle los lagrimones que aún le quedaban. El niño apartó las manos adultas y dijo:

-Mami, no me quites las lágrimas, que aún las estoy usando”.

Si usted, amigo lector, no ha quedado convencido, busque el libro y verá. Eso sí, siga las instrucciones al pie de la letra.

4.-

Y para cerrar la puerta, usa este llavero:

“Y no se olvide de esta frase reveladora:

Men are born ignorant, no stupid; they are made stupid by education”,

palabras que encajó por ahí don Bertrand Russell.

En todo caso, en este libro hay muchísima educación (aunque usted no lo crea), sólo que quien no lo sepa se tropieza con su propia ignorancia, que puede rayar en la estupidez. Por esa razón, créalo, la educación conduce las más de las veces a la estupidez. Y a la ignorancia.

¿QUÉ HACES TÚ EN MIS SUEÑOS?

                                                                                                                                      

1.-

Comienzo a leer con los dientes postizos de la tía Nora, que Armando José Sequera me ha prestado y que antes ha vertido en el libro ¿Qué haces tú en mis sueños? (Grupo Editorial Norma, Caracas 2008). Bueno, lo hago porque es el primer cuento con que el autor empieza estas páginas donde habitan cinco historias más y quien habla es un chamo, yo diría que como de siete u ocho  años. O más, no sé. Se trata de un libro para muchachos como nosotros, porque como el mismo Armando ha dicho, no hay edad para ser niño. En verdad ignoro si lo ha dicho, pero yo se lo atribuyo, con la muy perversa idea de que me meta en uno de sus futuros relatos para probar como es eso.

Ahora sí, digo: el escritor Armando José Sequera escribe este libro en primera persona (se trata de una obra autobiográfica) para integrarnos al mundo que revela en sus líneas. Es una primera persona suelta, burlona a veces, pero inocente y hasta ingenua, como debe ser, libre de ataduras, dirán ustedes; claro, se trata de niños. Y es cierto: porque los muchachos que forman parte de este “chamario”, como definió el poeta Eugenio Montejo una comunidad de chamos, sobre todo sí son creativos, loquitos, soñadores y felices, no miden terrenos ni tienen límites para hacer bromas y hacen lo imposible para que sepan cómo son. Entonces, en  “Los dientes nuevos de la tía Nora” el lector vive la cómica crisis de unos personajes que durante todo el cuento se dedican a buscar las planchas perdidas de la doña, quien en un descuido las extravió mientras iban a un local comercial a celebrar que tenía dentadura nueva. Pues bien, ésta definitivamente se borró del mapa y tuvieron que comprarle otra. Hay escenas hiperbólicas en la que se siente la gran felicidad del narrador al exagerar la búsqueda. El autor relata un evento que podría parecer anodino, pero se trata de una historia que en realidad ocurrió y a la que Sequera le suprimió algunos elementos para que no pensara el lector que no era verdad. En todo caso, las vacaciones del joven de este episodio pudieron haberlo inclinado a estudiar odontología. ¿O mecánica dental? Pero, sigue escribiendo cuentos, como a él le apasiona.

Salimos de la masticación del personaje anterior y entramos en otros, que podrían ser los mismos, quienes viven la experiencia de una lluvia de hielo. Se titula “Granizo” y en él el niño protagonista es obligado por la abuela (“…tan maniática como el filósofo alemán Inmanuel Kant…”, por ser puntual en todo)  a recolectar trozos que caen por cientos sobre la tierra. Golpes, chichones y carreras dominan el tiempo y el espacio de esta tarea, que tiene como gancho guardar los pedazos de hielo en la nevera para que Irene, la madre del pobre recolector, las viera. Al final, cuando Irene arribó a la casa fue llevada a la nevera y abuela y nieto le ensañaron los pedacitos que ambos se encargaron de preservar para que ella los conociera. Una escena de abrazos conduce a pensar que la mejor experiencia se debe compartir como un regalo.  El pobre nieto se quedó con sus porrazos, pero también con la cara sonriente de la madre.

2.-

El cuento más divertido, más feliz, más travieso, digo yo, leo yo, “Mariposas en la matinée”,  llega de la mano de cuatro carajitos capaces de voltear la tranquilidad en una sala de cine. Jugadores de metras, se les ocurre la brillante idea, ante la invasión de mariposas en un patio, de meterlas en las bolsas de las canicas y luego soltarlas en la oscuridad de la sala del cinematógrafo, y así lo hicieron. La imagen –realmente hilarante- con la pantalla como luminito refleja a todos los muchachos tratando de atrapar a las mariposas. Por supuesto, los tres canallas: “Simón, Cristóbal, Gustavo y yo”, también formaron parte del sarao para disimular y no ser descubiertos. Terminada la sesión maripósica, el cuarteto  fue atrapado por la señorita Leticia, una mujer muy vieja que daba clases en la comunidad y al parecer era muy chismosa. Estaban aterrorizados porque si le contaba a sus padres, la de San Quintín…Pero no; la dama dijo:

“-Ay, mis bribones, ojalá todos los niños fueran tan inocentes como ustedes. El mundo no estaría como ahora”.

Y es verdad, queridos lectores, qué cosa más poética que provocar una invasión de mariposas en una sala de cine. Esperamos que eso pase a diario en los cines, parques, Asamblea Nacional,  casas de gobierno del país. Ni García Márquez, pues.

 Y llegamos al cuento que le da título al libro, “¿Qué haces tú en mis sueños?”. Es un relato que se desarrolla mediante un mensaje electrónico que Jorge le envía a su hermano Felipe, quien estudia en el extranjero. En él le confiesa haberse topado en un sueño con una muchacha de su gusto. Eso ocurrió en el Monte Everest, durante una  excursión sólo posible en un evento onírico. Jorge le cuenta a Felipe todas las incidencias de la bajada del monte en trineo. Fue tanta le velocidad que se le borró parte de la cara. Horas después, cuando salió del sueño, se encontró con Carmen, así se llama la joven, en el colegio. Ella le preguntó cómo le había ido en el Everest, y entonces apareció el título del cuento hecho pregunta en el sorprendido muchacho.

 “-Lo importante de los sueños no es soñarlos –dijo ella muy segura, justo cuando vi que tenía su cara completa y era muy bonita- sino compartirlos. Así se hacen realidad más rápido.”

Al final Jorge pide consejo a Felipe para enamorar a Carmen. El sueño sirvió para descubrir que Carmen no era una “mosquita muerta”, como en la realidad todo el mundo lo creía en el colegio.

3.-

“Como en las películas de guerra” es un relato de película. Regresé a “La vida es bella”. Me vi de niño en medio de un tiroteo. No era yo, era el personaje que Armando José  colocó frente a Miraflores en el momento en que un grupo de alzados trataba de dar un golpe de estado. El niño que cuenta su aventura cumplía diez años ese día y como regalo pidió que lo dejaran pasear solo por el centro de Caracas. Madre y abuela así lo dejaron y fue tomado de sorpresa por la asonada. Sucio de tierra, barro y muchas imágenes en  los ojos, no le creyeron cuando intentó contar lo sucedido. Claro, era un chamo muy imaginativo y casi nunca daban crédito a sus palabras, por creerlo un mentiroso.

Relato de aventuras, mantiene en tensión al lector. Pequeño cuento histórico, el autor lo deja allí, como una cicatriz del país, pero en un tono que imanta sin ningún tipo de rencor al joven que lo lea. La inocencia es un regalo de la edad. Una manera hermosa de contar una historia dura que ha ocasionado tantas tristezas.

Nos quedaba por leer “Tarde de cine con Berenice”, un cuento de amor de dos muchachos de un poco más de quince años. Él, deseoso de tocarla y besarla, decide llevarla al cine, pero el padre no lo permite. Hace maromas de toda índole hasta que éste lo permite, con la condición de que vayan acompañados con el hermanito de Berenice, Javier. El enamorado elabora  un plan para alejar a Javier de sus manoseadoras acciones. Cosa que logra, pero cuando todo era felicidad, apareció un personaje real en la pantalla pegando gritos. Era Javier, quien no encontraba a la parejita. Por supuesto, el chalequeo del público no se hizo esperar. Pero el joven galán hizo de tripas corazón para rescatar a su cuñadito de la tarima del cine. El final deja una reflexión: Era una película muy mala.

Este libro de Armando José Sequera forma parte de la larguísima lista de publicaciones con que cuenta su talento, así como de la también extensa lista de premios nacionales e internacionales. Con este tomo, quien lo lea regresa a la infancia, a la adolescencia, a las travesuras y peripecias que fácilmente cultiva la niñez. Es un regreso al tiempo feliz. Es decir, a los sueños compartidos.

(En una breve declaración electrónica, Armando me comentó que todo lo que está escrito en ese libro es cierto, tanto que tuvo que morigerar la realidad para que la ficción no fuese afectada en su verosimilitud. Cosas de la realidad, cosas de la fantasía).

RANA, DE  MO  YAN

1.-Uno lee Rana (traducción de Yifan Li, editado por Cora Tiedra, a través de la Editorial Kailes, Madrid 2011), del recién conocido escritor chino, Premio Nobel de Literatura, Mo Yan, como quien lee una cartilla. Es un libro cuyo narrador da muestras claras de que estuvo sometido a decir pocas cosas por la vieja censura comunista del inmenso país asiático. No obstante, dados los cambios en la nomenklatura china, Mo Yan destiló, gota a gota, muchas de las perversiones cometidas por quienes guiaban desde Beijing los destinos de esa poderosa administración política.

Es un libro de una abrumadora sencillez. Esta novela corta de Mo Yan es la primera que se traduce al español directamente del chino, porque las anteriores han sido vertidas del inglés o de otro idioma occidental, de modo que estamos en presencia de una lectura más cercana a la realidad de quien acaba de ser reconocido con el máximo galardón de las letras mundiales.  Y digo cartilla porque nuestra ignorancia acerca de tantas cosas que sucedieron en esa nación en la década de los años cincuenta, que es cuando el escritor comenzó a ambientar la obra, es casi oceánica pese a informaciones que se filtran.  Se trata de un período en el que se sentía una de las hambrunas más inhumanas provocadas por los delirios de un tipo llamado Mao Zedong, quien se encargó de llevar al máximo su idiotez ideológica hasta los límites más terribles, entre ellos la llamada Revolución Cultural.

Mo Yan concentra su atención en el tema del control de la natalidad ordenado por el gobierno, pero alrededor de ese clima muestra una serie de tópicos que caracterizaron a la China de esos durísimos años de hambre y represión comunista. Por ejemplo, la muerte de las clases sociales obtuvo rango de verdadera presencia de clases en la división que impuso el Estado Rojo mediante el goce de privilegios de parte de los funcionarios, la claque burocrática, la apegada al Partido Comunista. Así lo dice el autor: “…Tres eran los tipos de trabajadores: campesinos pobres, trabajadores independientes o campesinos de un nivel mediano y trabajadores con tierras o campesinos con riquezas”. Estos últimos, generalmente mal vistos, eran los que realmente mantenían el país. Así, los funcionarios y jefes se alimentaban con los cereales de los almacenes mientras el populacho comía raíces e insectos.

Pues bien, en ese medio, una joven mujer estudia los conocimientos básicos de la medicina ginecológica y se encarga de traer niños al mundo, tarea que la convertiría en heroína popular, toda vez que sustituyó a las ancianas “abuelitas” (comadronas) que causaban desgracias y dolores en las parturientas. Es decir, se trata de una médica  universitaria que se dedica enteramente a su trabajo en la comunidad.

 2.-

El personaje, Wan Xin, “Corazoncito”, según la tradición china de la época de poner apodos a los niños al nacer,  es el eje central de esta historia relatada en 88 páginas. Ella, a quien también apodaban “Bodhisattva” (diosa de la natalidad), logra conseguir novio en un miembro de la Fuerza Aérea, quien ilusiona a todos, pero que hace lo contrario luego al huir en su avión a Taiwán, donde gobernaba el Kuomintang, partido de Chai-Kai-Shek.  Este evento la transforma. La hacen presa y después  la dejan libre. Se dedica con ahínco a sus labores médicas y al Partido.  El abandono del novio piloto la lleva a un intento de suicidio. Deja escrito con su sangre: “¡…Soy una persona del Partido, cuando muera mi alma también pertenecerá al Partido¡”. Fanatismos de la época. Se salva y es castigada con más trabajo en el hospital.

Superados estos acontecimientos, el gobierno de Mao ordena la planificación familiar. Entonces, la doctora Wan Xin se convierte en una persona odiada por los hombres y mujeres de  su ciudad. Pero ella obedece sin chistar los dictámenes de Beijing.

En 1961, el hambre dobló al pueblo chino: “Las mujeres perdían la menstruación y los hombres la virilidad”. En 1963, con el aumento de producción de boniato la población comenzó a alimentarse mejor, así los hombres recuperaron la virilidad, el bigote y el deseo sexual; las mujeres los pechos. Después casi todas las jóvenes salieron embarazadas. En 1965,  la población aumentó brutalmente, por lo que el gobierno tomó fuertes medidas. Un viejo slogan lo recuerda: “Uno no es poco, dos son suficientes, tres son demasiado”, al referirse al número de niños. Regalaron condones, pero no eran usados, píldoras pero eran echadas a la basura. Entonces llegó la vasectomía con persecución y prisión a quien no la aceptara. Hasta que finalmente se impuso a sangre y fuego. Así terminaron los días de gloria de la doctora Wan Xin, la famosa “Tía”, conocida así porque los narradores hacen de sobrinos del personaje.

Rana es una novela donde destacan rasgos del realismo  mágico, por la cercanía lectora de Mo Yan a García Márquez. En la obra aparecen historias que dan cuenta de esta tendencia. Se trata de una historia que devela la realidad pasada y presente de la milenaria China en manos de un régimen que la ha convertido en una potencia imperial, por su imposición demográfica y su expansión terráquea a través de quienes huyen del exceso  de población, motor de miserias e injusticias.

LA RUEDA DEL SILENCIO

1.-

Rueda el mundo, desmedido, por un pedregal. Rueda sin tiempo, amargado, rotundo y seco. Los relojes se detienen en la hora exacta. La tragedia emerge de la pantalla y se instala en los ojos de quien se dirá testigo del futuro. El pesimismo, al Apocalipsis atado a los brazos de un Juan Liscano silencioso.

En medio del polvo, un libro nos enseña sus páginas. Giran, pasan violentamente por la fuerza del viento. Alguien a lo lejos, lo que queda de él, suerte de fantasma ciego, empuja la niebla de sus ojos. El calentamiento del espíritu no es una noticia sin fuente. Un poema revisa las inundaciones, el desierto universal, la muerte aún tibia a la orilla del desastre. Catástrofes interiores. El pesimismo nos hace ver sin mirada: carbonizados por el miedo, la herida de un cuchillo traza marcas sobre el ardor de la piel. Quien nos contará con detalles lo que pasó. Qué notario, qué cronista, qué contralor señalará los signos de la derrota. Los datos del tiempo. La quebradura de la geografía. Un hueco profundo espera el eco de los pétalos de Ezra Pound. Por allá lo dice de otra forma José Emilio Pacheco:

No el fin del mundo,
sí de este mundo,
el trueno que en la sombra se escucha hondo.

Ahora estamos a la intemperie.
Somos los dueños del vacío.

2.-

Quien pretenda engañarse, se topará con la desolación. Rueda bajo el influjo de la luna. El silencio arbitra el desalojo. Alguien que se creía ciudadano, es sólo perfil, osamenta, relación de cuenta. Nada es permanente: “Sólo es eterno el fuego que nos mira vivir./ Sólo perdura la ceniza./ Funda y fecunda la transformación,/ el incesante cambio que manda en todo.// Sólo el cambio no cambia y su permanencia/ es nuestra finitud.// Hay que aceptarla y asumirla: ser/ del instante,/ material dispuesto/ a seguir en la rueda del hoy aquí// y mañana en ninguna parte”. El poeta mexicano se acoge al eco de Erich Freíd: “De quien te dice: tengo miedo,/ no dudes./ De quien te dice que no duda,/ ten miedo”.

Vuelve el hombre a su esquina preferida. Vuelve a la calle, mira el universo a través de las hojas de un inmenso árbol seco. Las frutillas muertas cubren el suelo. Una hojarasca imprecisa remeda la estación del fin. ¿O es el comienzo del siglo, de este siglo que algún día terminará con nosotros? La plazoleta, atendida por la miseria, se mueve frente a los ojos del hombre. Se mueve de lugar, se aleja. El mareo metafísico, la redondez de la maldición. La tierra, la rueda del silencio. De noche, la luna lima sus puntas. Quien se sienta en la acera, solo, extraña el bullicio de las prostitutas. La osadía de los carteristas. La gratitud de los asaltantes. Un veterano homicida, frecuentador de cárceles, añora su visibilidad. La poesía, la rueca de quien llora el calambre de esta transición. Un “nuevo orden” atestigua frente a un juez denigrante:

Lo acumulado se rebela en caos,
secuestro bajo la muchedumbre ingobernable  
de papeles y objetos.

No hay que rendirse al pasado
sino echar por la borda el lastre.

Lo que fue hecho para frenar el instante
se transforma en cadáver de aquel instante.

Vivir ligeros, sin souvenirs, sin archivos.
Lo que ha sido se ha ido.
Ya se fue.

El mañana
vendrá como quiera y sin miramientos.

Sobre todo sin miramientos.

3.-

En el desierto cósmico, “en la ignorancia a medias de un idioma”, la aventura de vivir es un diagnóstico. Alguien pronuncia una palabra, el viento la borra. No hay oído que pueda oírla, que pueda sacudirla por el pecho y hacerla entender que no hay quien la oiga. Que no hay destino, que la rueda del silencio se ha apoderado del mareo de los que una vez paseaban por el parque o inventaban otro mundo. Aquí la poesía vuelve a su sitio: contempla, ríe, llora, se busca en algún rincón de un símil. Así, entre los espasmos propios de quienes agonizan, escuchamos a José Emilio Pacheco en un salón atestado de duendes: “Nuestro mundo se ha vuelto desechable”, dijo con amargura. “Así, lo más notable/ en el planeta entero/ es que los hacedores de basura/ somos pasto sin fin del basurero”.

Al final de la pasadilla, al terminar el vacío e iniciarse la conciencia, la palabra se detiene en un lugar a beber agua, la poca que encuentra anida los parásitos dejados por la huida. Respirar debilita, anuda al tronco muerto de lo que fuera un árbol orgulloso.

El aire está en tiempo presente.
La luna por definición en pasado.
Tenues conjugaciones de la noche.
El porvenir ya se urde
en los fuegos que hacen el alba.
Invisible para nosotros, porvenir nuestro,
como otro sol en la maleza del día.

Recreación de la palabra. El mundo no merece un análisis. El poema se pasea orondo. Rubrica su soledad bajo una luna rota a pedradas por el fanatismo. Las consignas de la muerte regresan de la muerte. Un ojo gigante desmesurado, miope y sucio, intenta lamer el alma de los desasistidos de la ley. El presente festeja en el barro pegado a los cascos de las bestias que regresan del pasado.

La rueda del silencio, la ubicuidad de la palabra. El silencio. El poema.

NOCHE OSCURA DEL ALMA, UNA NOVELA FANTASMA

En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada,
(¡oh dichosa ventura¡)
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
San Juan de la Cruz

1.-

Noche oscura del alma, la novela de Carmen Vincenti, es una historia de fantasmas en el fragor de una tragedia dibujada en la costa central de Venezuela, en los días del deslave que dejó una innumerable cantidad de fallecidos y desaparecidos mientras el país se debatía en medio de unas elecciones que mostraron, posteriormente, la verdadera cara de la muerte. El país de aquellos días era la escena de una larga fila de cadáveres vivientes en un enclave turístico convertido en un gran cementerio de tumbas abiertas. Una interminable fila de voces que escapa de la caída de las rocas y del deslizamiento  del Ávila hacia la costa guaireña.

La novela de Vincenti  (editorial el otro el mismo, Mérida, 2005) es un relato donde el amor frustrado tiene nombre en un personaje que cambia de rostro de acuerdo con el estado que se le antoja a la naturaleza o a la memoria del dolor. Adriana es un accidente existencial, un accidente que instaura  un recorrido en varios tiempos y espacios, prolongados por la incertidumbre.

(El lector, Yo lector, también fantasma entre las páginas de un libro que recorre el nervio narrativo que va de Caracas a Tanaguarena. La muerte y el amor destacan los capítulos titulados con adverbios de tiempo, lugar, modo, cantidad, negación, duda…)

Noche oscura, nombre del poema de San Juan de la Cruz, fraile del renacimiento hispano, fundador de los Carmelitas, ha servido a Carmen Vincenti para dar cuenta de una larga sombra de lodo, piedras, gritos, susurros y cadáveres que descubrió el desastre conocido como la Tragedia del Estado Vargas. Pero la de Vincenti es noche, con el alma, lo que la hace movimiento estático sobre el sueño, el sobresalto, el miedo, el terror, la desolación. Es decir, la muerte, la parálisis. Noche vierte toda su carga sustantiva con el pálpito del alma que la define, que la renueva, toda vez que es única porque se mantiene en la memoria sin cambios: desde ella y desde las mismas víctimas es una noche permanente. Noche oscura de una pesadilla que sufrió el alma de todo el país y que en la novela se hace paralela en la existencia de los personajes que la autora refleja a través de Adriana, voz relatora y sufriente, personaje que habita con los fantasmas del deslave y con los fantasmas de su casa. A la vez ella fantasma.

2.-

La imagen del escape, de la huida de la zona del desastre en la que una fila de hombres, mujeres y niños, así como de animales dispersos, descubre la tesis de la polifonía. Pero además la del monólogo de la naturaleza. Son voces vivas en medio de una tumba. Voces que emergen del barro, del hueco de un apartamento, de la colmena de un edificio fantasmal. Hablan, comentan, dialogan, silabean, componen una sinfonía que activa la imaginación, no sólo la de quienes sufren la tragedia, sino la del mismo lector que se convierte en un ser polifónico. Un lector múltiple, como ocurre con los narradores que estructuran la obra. Adriana actúa y nos cuenta desde afuera, desde la lejanía de su eco. También desde su más profundo adentro.  Narra sin su nombre. Se desnuda y usa los ojos para contar la muerte, los destrozos, la soledad, la desolación, el ruido, el silencio, el miedo. Se confiesa desde una locura cercana. Es más, forma parte de las notas y comentarios de prensa que se intertextualizan en la novela.  Da la impresión de que Adriana y los narradores que la rodean (siendo ella misma “intranarradora” o narradora interior) se hacen correlato, eco de las informaciones que la autora intercala. Se trata de una experiencia en la que la novelista nos dice que ella está allí, moviendo los hilos del asunto. Carmen Vincenti forma parte de la larga fila de personajes que se agitan en medio de la noche. Vincenti conoce bien la topografía, los nombres de las que eran las calles de los pueblos, los de los edificios, clubes, los apelativos de muchos de los que quedaron enterrados en esa gran fosa común.

3.-

Vale decir que la novela, que se muestra como un reportaje vívido, como una crónica en carne y hueso, es una crítica a aquellos días de ambición electoral de un país –porque el resto de Venezuela estaba más atenta al sufragio que al naufragio-, que luego sintió su propio ahogo cuando abrió los ojos y vio la realidad. Y, posteriormente, cuando la gran metáfora del desastre natural se convirtió en la hipérbole del  posterior desastre político.

La obra, también un símil que se ha hecho visible en la destrucción, no sólo de una zona del mapa de un país, sino de un grupo familiar, de un individuo (Adriana), revela la miseria discursiva de un personaje que piensa más en la ideología que en los afectos. Es más, su retórica elabora otra tragedia, la de la demagogia vertida sobre el dolor.

Adriana, el personaje que somos todos, regresó al lugar de la muerte y lo recorrió para reconocerse en ella, en la muerte, para saberse hermosa como ella. Un sueño muy real la desplazó por una casa vacía, rota, ya sosegada, como ella misma.

Noche oscura del alma es un espacio “con ansias en amores inflamada” y un golpe bajo en la conciencia de un país, ficcionado o no, que aún se mueve bajo las piedras.

Una novela fantasma poblada de fantasmas. Una novela que ambula por la memoria de quienes aún suben los “ojos hacia las nubes cargadas de angustia”.

SILVA A LAS DESVENTURAS EN LA ZONA SÓRDIDA

                                                                                                                                        Foto: Vasco Szinetar

1.-

En algún lugar de la desmemoria colectiva, Andrés Bello se pregunta con tropical insistencia: “¿Por qué ilusión funesta/ aquellos que fortuna hizo señores/ de tan dichosa tierra y pingüe y varia, / el cuidado abandonan/ y a la fe mercenaria/ las patrias heredades, / y en el ciego tumulto se aprisiona/ a míseras ciudades, / de la ambición proterva/ sopla la llama de civiles bandos, / o al patriotismo la desidia enerva…?”. En algún sitio del olvido han quedado estos sonidos, este instante cuando el viejo autor, derrotado por tanto ruido, se marchó a otros espacios geográficos.

Silva a la agricultura de la zona tórrida no sólo es un canto a los dones de la tierra. A la flora y a la fauna sino al hombre que vivía con ellas. Es un canto donde “la lisonja seductora” es también parte de un “ruinoso juego”. Es decir, este largo poema es una indagatoria, un inventario de conductas donde un verso habla “del engreído mando en la tribuna”. También es un poema político, un poema que revisa el discurso de quienes se han apoderado de la tierra, de quienes la llenaron de vicios, de quienes han hecho de ella recargo ideológico, falaz imagen de sus intereses.

En homenaje a quien se negó a regresar a su tierra, el poeta Harry Almela escribió el poemario Silva a las desventuras en la zona sórdida (Ediciones Estival, Maracay 2012), donde dialoga con Bello y desentraña el “paraíso perdido” que significó la imagen de esa tierra desde la infancia y desde la edad otra de quienes aún creen que vivimos en el Edén. El juego con el título del antiguo poema desnuda el presente, le quita la piel a la “agricultura” y a una región que fue tórrida, como tórrida fue la relación que fue un día y hoy es sórdida licencia del “brillar en torno aceros homicidas”.

2.-

Tres geografías contiene este libro de Harry Almela: Mientras crece el semeruco, Postales y Silva a las desventuras en la zona sórdida. Tres tópicos que recogen tres libros donde el autor se somete al texto de Bello y viaja con él por distintos sitios donde verbaliza distintas desventuras.

El tercer título, el que hace maromas con el de Andrés Bello, elabora una poética en la que el tiempo del viejo maestro se estaciona en el texto de Almela: allí se fijan el clima y los colores, metáforas y distancias. El autor recoge aromas de matas: nombra el cadillo, el culantro, la pira y el mastranto de memoria. El paisaje adquiere instantes de añoradas costumbres y disloca perspectivas, como si un túnel del tiempo trasladara objetos de un lugar a otro. La nostalgia también viaja en este desvelo poético: “Ya no hay bicicletas, / ni sillas de madera recostadas/ en las puertas de las casas,/ sosteniendo voces que murmuran/ cosas de otra edad”. Pero antes, al comienzo, el saludo clásico, la entrada que da pie para, desde un yo renuente, preguntarse; “¿Cómo puede un frágil recuerdo/ ascender hasta el poema?”. La teoría emplaza la osadía: la realidad se hace palabra. Un ruido confuso se convierte en música. Y luego: “¿De cuál ciénaga estéril/ intenta retornar ese chubasco, / ese aroma de hierba ensangrentada?”. También: “¿Puede la palabra/ profanar el sosiego, / la presencia?”. Bello hace silencio. El diálogo inconcluso destaca más adelante la angustia de quien escribe con la intención de saber de los hechos que este hoy sufre con la falsa máscara del pasado: “La lengua de pensar/ y de explicar/ se destroza/ bajo los cascos hirsutos/ que han regresado/ a devorarnos”. “La desventurada zona” es este tiempo verbal con trozos de imágenes  en las que Bello ambulaba haciéndose preguntas. Así, para rematar, el poeta Almela hunde la daga en la antigua desazón de nuestras miserias: “Salve desventurada zona/ de aquello de lo que somos/ hijos y padres, / y que anhela contar/ su leyenda,/ sabiendo, en todo caso,/ que nada vale la pena.// Ni el silencio”. Con razón la voz de Bello en el epígrafe nos conmina a vernos a los ojos: “No te detenga, ¡oh Diosa¡/ esta región de luz y de miseria”.

3.-

Mientras florece el semeruco es el yo actual, presente del autor. En estos poemas Harry Almela regresa a la visión de un hoy desde el cual invoca al viejo maestro, pero más, pide a la poesía que no lo salve de nada, y “Abandóname desnudo a la intemperie”. Esta exigencia es una justificación para confirmarse parte de la gramática de su existencia en la “desventurada zona” de estos días: “Vivo en una calle llena de mendigos, / en una ciudad de árboles que arden tercamente/ bajo el Sol detenido del verano”. Y así hasta el fondo del poema donde “la vida continúa, inocente, desde su precipicio”. A cierta hora el odio se concentra, se hace ingrediente del pesimismo: “Esta parece, al fin, / la hora de la bestia”. Se trata de un sujeto, de un “hombre que ahora escribe/ se debate solo/ entre la tempestad y la niebla”. Los poemas de este periplo hincan la piel. Y a sabiendas de esta afirmación, Almela se vale de Fito Páez y Joaquín Sabina para darse un paseo por el mundo, y seguro se sentía extraño como aquellos forasteros de la Venezuela de 1810 que don Andrés Bello destacó en su Calendario Manual y Guía Universal. La infancia se detiene en una ventana y desde allí es junio y las guerras interiores. Y así: “El gato traslúcido/ se asoma en la ventana/ y modula su maullido eterno”. El exilio voluntario, a la sazón para descubrir el otro yo del naufragio, se hace dolor en medio de todos los sueños. Por eso, “El mundo y yo no lo tenemos fácil”. La poesía también se exilia, se muda, se arranca la piel: la zona sórdida se siente de esta manera: “Los amigos se han hundido/ en el fondo de su plato sombrío.// He visto sus mariposas negras/ aletear dulcemente en mi almohada// (…) ”los que se han ido/ cada vez están más solos”. El poema se alarga como un animal eléctrico. Canta y calla. Se mueve y se detiene. El yo se hace muchos y desaparece. Y una parábola lo destaca: “Mientras tú y yo nos malgastamos/ en varios intentos por componer/ lo que Dios ha abandonado.// Mientras tú y yo nos consumimos/ frente a una taza de café caliente…”, hasta advertirnos parte de “los daños colaterales” que orillan el poema, que son la realidad de otro texto. Hasta la consigna que sacó a la muerte del juego político, mas no del colectivo ciudadano.

Postales dice países y ciudades que el ojo del poeta ha visto o ha advertido desde sus desgracias, calamidades o frágil felicidad. Desde Haití, pasando por Praga, Ocumare de la Costa, Florencia o Cubagua, la voz de Almela no deja de revisar y decir del horario de sus desdenes y alcances. Deja al final el pueblo donde respira y se ahoga a las orillas de un lago que hoy es un terrible atentado, “Este poema no quiere ser feliz. // Solo desea levantar la muralla/ contra el mundo atroz que lo alimenta.// Ya no hay Arcadia azul,/ ni esponja dormida. / Solo humo y cadáveres (…) Desde aquí escribirás a tu demonio/ al linaje vehemente que desgasta, / al sueño de panal que te devora” (…).

Al cierre, el poeta teoriza, lo hace en prosa para precisar el país que lo escribe y donde escribe. Desde  Vuelta a la patria hasta Mi padre el inmigrante, Rafael Cadenas y muchas sensaciones, el poeta Almela vertebra esta intensidad titulada Silva a las desventuras en la zona sórdida.

UNA VIEJA FOTO EN LA MEMORIA. A XXX años del Ateneo de Calabozo

1.-

La memoria es casi sepia. Gris también por la mucha tierra que ha pasado ante los ojos, por el tantísimo polvo acumulado en los párpados. La memoria se borra y regresa, como las mareas.

Bajo un merey están reunidos. Es tiempo desértico, tiempo de terredad, de cielos agresivos y oleadas de calor incesantes. Bajo la sombra del árbol esmirriado se ven los rostros de quienes hacían de la hora una fiesta, un estado del alma en pleno Llano.

La memoria alboroza el recuerdo. Lo trae intacto, casi ileso de los baches que en el camino halla. Y se queda para descubrir las miradas que desde la fotografía irradian un discurso también borroso, liviano por el tiempo. Allí están Efraín Hurtado en espíritu, Rubén Páez, Avelarda Viso de Venturini, Sara y Edgar Ceballos, Álvaro Hernández y Vilma de Hernández, Argelia de García, José Ramón Ascanio, Monseñor Helímenas Rojas Paredes, Freddy Núñez y María de Jesús Delgado, así como Santiago Clavel y María Luisa de Clavel, José Antonio Silva y Marcola. Era para la mayoría  de los nombrados la primera reunión de junta directiva el 25 de junio de 1982, en el Salón del Trono del Palacio Arzobispal.

Ya habían pasado por aquí, como quien lleva el paisaje en la sangre, Salvador Garmendia, Luis Alberto Crespo, Alberto Patiño, Pedro Paraima, Francisco Tamayo, Juan Sánchez Peláez, Antonio Estévez, el Chino Valera Mora, entre tantos otros que no logro fijar porque escribo de memoria. Imagino fuera del encuadre a José Antonio Silva, quien –imagino otra vez- mira con los ojos que tiene el universo plano de Mapurite. Eran tiempos de una felicidad que navegaba y encontraba puerto en las palabras y silencios de quienes construían la amistad,  la poesía y la narrativa del país.

Los extremos de la fotografía están gastados, doblados por los días de uso y huellas digitales que aposentan la nostalgia sobre las miradas de los que lucen juventud y ganas de hacer un país en el que siempre se está comenzando.

Entonces, habría que regresar sobre las agujas del reloj a las palabras de Efraín Hurtado para saber de aquel Manifiesto de Guardatinajas, donde también se movía Garmendia, Rubén, hasta que un día, pocos años después, Efraín ya ausente, Luis Morales Bance sugirió la posibilidad de la creación del Ateneo de Calabozo “Francisco Lazo Martí”. Y así fue a comienzos de la década de los ochenta, hace tres décadas. Ya vendrían otras luchas, otros esfuerzos, persecuciones y hasta carcelazos que llegaron hasta las orillas del río Tiznados. No por mampuesto, porque el sueño de un Ateneo en Guardatinajas formaba parte de aquel de Efraín y sus compañeros de travesía.

En la instalación estaban Luis Pastori, José Ramón Medina, Eduardo Casanova, Luis Morales Bance, quien ese día estrenaría su trabajo orquestal “Berruecos”. También Illia Rivas de Pacheco, Presidente de la Asociación de Ateneos de Venezuela, entre otros.

2.-

Tomo de nuevo la imagen y me detengo en una calle por la que habría de pasar, ya habitante del océano cósmico, nuestro querido Efraín. Y veo, en su silueta una suerte de luz envolvente. Desde la matriz de la Catedral de Calabozo emerge una música que se me antoja entre litúrgica y quirpa, entre escampo y verano sabanero. Entonces lo veo mejor, un poco cojo, de baja estatura, con la mirada aguda y un ojo más avizor que el otro. Soñaba para su Villa de Todos los Santos un lugar donde establecer la majestad de la belleza y la amistad. Y entonces, digo, me imagino. Aclaro, no soy historiador, invencionero sí, como Denzil Romero y como todos los contadores de cuentos de estos pueblos de donde provengo: No tengo ánimo científico ni técnico para acercarme a lo acontecido.  Por eso me hago de la licencia de decir que ese grupo de personas que he nombrado creó, y que me perdonen los que he dejado en el olvido, inventó, soñó, recreó el vetusto Ateneo de Calabozo, cuyo corazón sigue latiendo -pese a la estupidez de la actual realidad- en las manos de los calaboceños, en las manos de Guárico, en las manos de todo el país. Pero más allá de los nombres conocidos están los de aquellos anónimos que siempre han apoyado el trabajo tesonero de hombres y mujeres de estas calles viejas y calientes de Calabozo. Hombres y mujeres que continúan en las páginas de nuestros poetas y narradores, que se ven en los versos de Pancho Lazo, en los poemas de Efraín, en los de Ángel Eduardo Acevedo y Luis Alberto Crespo, en las imágenes del poeta Arístides Parra, en los viajes míticos y terrenales de Ángel Bernardo Viso. En Luis Barrios Cruz y su “Poema del poema no escrito aún”. En Alfredo Coronil Hartmann-Viso. En Mercedes Ascanio. En Arnaldo Acosta Bello. En José León Tapia. En poetas y narradores, magos y atrabiliarios de nuestra imaginería local y nacional.  Y así, hasta los nuevos nombres que hoy respiran en este mapa, fuera de la foto pero presentes en los extremos del recuerdo.

3.-

Bien vale decir que la música ha andado en sus predios y con las suelas de los pasos cerca del Ateneo en estos 30 años: Antonio Estévez y sus sobrinos Miguel y Raúl Delgado Estévez. Los hermanos Naranjo, Solistas de Venezuela, Norma Herrera, Otilio Galíndez, las voces polifónicas provenientes de varias ciudades como Maracay, Barquisimeto, Caracas, Valencia, quienes han celebrado el trabajo de este milagro que aún palpita pese a los golpes bajos de todos los gobiernos, sin excepción.

Fotógrafos, pintores, bailarines, jugueteros, voladores de papagayo, gurrufieros,  artesanos, enamorados y aventureros con alas, como el personaje de García Márquez,  han pasado por esta tierra donde Humboldt dejó asiento, bien dicho por nuestro recordado Lucas Guillermo Castillo Lara luego de aquella maravilla titulada “Villa de Todos los Santos de Calabozo- El derecho de existir bajo el sol”, en el recuerdo también de Carlos del Pozo, inventor, mago y revelador de misterios de aquel antiguo pueblo que aún se mueve en nuestros adentros.

4.-

Una de las perlas del Ateneo ha sido la Bienal Literaria que ha contado con una gran cantidad de poetas y narradores como jurados calificados. Y así algunos de los ganadores: Salvador Tenreiro, Gabriel Jiménez Emán, Freddy Hernández Álvarez, Carlos Rodríguez Ferrara, Naudy Lucena, Harry Almela, Jesús Morín, Belén Ojeda, entre los que recuerdo en poesía con el respaldo vigoroso de Pancho Lazo Martí. Y en narrativa con el apoyo irrestricto de don Daniel Mendoza.

Ha sido entonces una bella aventura.

Un instante largo de treinta años que no queremos que termine. Que no queremos que ciertas fuerzas oscuras nos arrebaten. Han sido tres décadas de luchas, de logros, intentos y fracasos, pero ha sido nuestro Ateneo, nuestra insignia cultural. Nuestro sueño, una crónica visible, hecha para que los calaboceños nos sigamos viendo en él.

5.-

Reviso la fotografía. Siento el sopor del clima. Siento el olor que emerge de la sabana. Me identifico en el bufido de un potro. Percibo el aroma de la carne asada y el bullicio de la espuma de la cerveza. La hora y el viento. Aquellos días de primeros sueños, de idas y venidas. De inventos. De fantasías y realidades. De golpes y sacudones. De estrategias. Pero sobre todo de poesía, de lecturas, de amores compartidos, de silencios y bullicios. De retornos, como el que nos exige Lazo Martí.

Sepia es la memoria.

Quiero decirlo con Castillo Lara, por la belleza de su pronunciación:

“Venía  la noche y nacían las estrellas. Venía el alba y todo era sol. Pero todos se preparaban para una mañana. Alba y noche. Estrella y Sol. El Polvo era igual en las pisadas, como era igual el cansancio de los cuerpos derrumbados. Todo pasaba y repasaba, hasta que llegó el momento…”. Era el día de la fundación de Calabozo, el 1 de febrero de 1724. Y también un día parecido el de la fundación del Ateneo de la Villa de Todos los Santos de Calabozo, hace 30 años.

La foto brilla bajo el sol.

Las caras se vuelven hacia quien la revisa. Habrá que escanearla y colocarla en todas la manos. O enviarla por Internet a todos los rincones del planeta.

He allí la foto, he allí aquel día.

(Texto leído en el Encuentro de Cronistas e Historiadores celebrado en Calabozo el 15 y 16 de septiembre de 2012)

EL HACER POÉTICO

1.-Muchas, miles, han sido las preguntas que han viajado y siguen viajando con el vuelo de la poesía. Muchas, incontables, han sido las interrogantes, los intentos por saber del origen de voces y ecos poéticos de nuestro continente. Y así como muchas son y han sido, Julio Ortega, dedicado a indagar y a inventariar la existencia de quienes se dedican a construir con palabras imágenes y mundos, no ha desperdiciado la oportunidad de acompañar en un denso interrogatorio a un grupo importante de escritores/ poetas  de nuestra América. De allí que nos ofrezca en El hacer poético I y II (Monte Ávila Editores, Caracas  2011/2012), un estudio de los afanes personales de cada uno de los creadores que aparecen en estos gruesos volúmenes.

En el primer volumen están, entre otros, Claribel Alegría, Juan Gelman, Rafael Cadenas, Ramón Palomares, Eugenio Montejo, Oscar Hahn, Rodolfo Hinostroza, Luis Alberto Crespo, Antonio Cisneros, Enrique Fierro, Elkin Restrepo, José Watanabe, Márgara Russotto, Octavio Armand, Carmen Berenguer, Juan Gustavo Cobo Borda, Alberto Blanco. En el segundo, igual entre otros, Piedad Bonnett, Yolanda Pantin, Minerva Villarreal, Pedro Serrano, Rodolfo Hasler, Luis García Montero, Rocío Silva-Santisteban, Julio Carrasco, Vicente Luis Mora, Carmen Verde Arocha, Claudia Masin, Rocío Cerón, Matías Rivas Undurraga.

2.-

En la entrada del trabajo, Ortega afirma que “convoca a las voces de la poesía iberoamericana actual al foro contemporáneo de una poética hecha en el diálogo plurilingüe y el nomadismo sin fronteras. Incluye, por eso, poetas de las Españas y de Brasil, y navega cargando de noticias y deleitoso de primicias. Todos estos, poetas son parte de una poesía migrante, con vocación de mundo, que anticipa las orillas”.

En efecto, se trata de nombres que han viajado con su poesía por las distintas tierras de nuestra habla. Por los diferentes acentos de nuestro idioma. Así como por los variados paisajes y giros de una lengua que entra y sale de otras lenguas a través de su poesía.

El entrevistador ha deslizado preguntas comunes a todos los protagonistas de estos voluminosos tomos. Preguntas relacionadas con el primer poema escrito o el primer libro, donde hace alusión a Vicente Aleixandre, así como los libros de poesía que impulsaron el trabajo poético en la primera juventud. Igual ha preguntado sobre la voz del poeta a lo largo de la obra o de otras voces que hayan sido espejo de la obra. Sobre poéticas formuladas, el uso de la primera persona, la relación con otros poetas, lecturas y escrituras que recomienda, entre otros aspectos. Muy distintas –por supuesto- han sido las respuestas. Unas densas, otras flexibles. Se trata, entonces, de un registro de opiniones, de confesiones que enriquecen al lector, que lo hacen cómplice de muchas de las reflexiones vertidas por los entrevistados.

3.-

Vale la pena citar de nuevo a Ortega, quien ha escrito al comienzo del primer tomo: “El hacer poético, ese lenguaje en obras, esa apuesta de la cultura, se documenta en este libro inclusivamente, y queda necesariamente abierto. Este es un proyecto que sólo puede estar incompleto. Por ello, cada lector es libre de hacer su camino de perfección”.

Para completar lo afirmado por Julio ortega, tomo en préstamo una de las declaraciones de un poeta  venezolano que nos ha marcado, como es Eugenio Montejo. En la primera pregunta deja para la eternidad estas palabras: “Uno de los mayores deslumbramientos que recuerde de mi niñez fue el percatarme de la invención de la escritura, de la posibilidad fascinante de poder representar el mundo visible sólo con la ayuda de unos cuantos signos”.

Esa fascinación del poeta bisoño, del niño poeta, aún sigue siendo asombro en cada verso de Montejo.

De Antonio Cisneros, recojo estos sonidos: “Yo pretendía ser escritor (no sólo poeta) desde mi más tierna infancia. Creo que mi libro de cabecera era algo así como “Los titanes de la literatura infantil”. Sin embargo, ya un muchachón de 16 o 17 años, lo que más me impactó fue, si mal no recuerdo, un verso de Oquendo de Amat: “Para ti tengo una sonrisa impresa en papel Japón”.

No quiero dejar pasar la aventura de Watanabe: “Tengo un comienzo algo dramático. Yo estaba esperando el regreso de mi madre que había ido a una de las casas vecinas. Habían venido a avisar que en esa casa donde, a excepción del padre, sólo vivían mujeres, había ocurrido una desgracia: la menor de las hijas había sufrido un súbito dolor de cabeza y luego un desmayo. Mi madre regresó tarde y llorando. Intentó explicarme lo que era un aneurisma, pero enseguida hizo silencio y me batió el pelo antes de dejarme solo. E4se día escribí mi primer poema…”.

Cobo Borda confiesa: “Había en casa un voluminoso libro rojo:   El libro de nuestros hijos. Allí estaban “La canción del pirata” de Espronceda y, qué curioso, un poema del mismo Aleixandre. “Se querían”. Quedaron resonando, indeleblemente. Más atred, en el Liceo de cervantes, en la calle 82 de Bogotá, regido por padres agustinos, donde nice mi bachillerato, las paredes en el hall de entrada tenían azulejos, de seguro traídos de España, con la historia pintada del Quijote: un mosaico que se desplegaba en la pared. Finalmente, cuando colaboré en la selección de libros para la fundación de la biblioteca, se me fue quedando uno, cleptómano precoz, que aún conservo. ..”.

Queda leerlos completos. Un libro para quedarse con él, para cleptómanamente tenerlo en la casa, aunque sea de manera precoz. Así es más sabroso.

Estas entrevistas de Ortega bien valen la pena tenerlas entre manos y leerlas. Disfrutar de la intimidad de quienes se desvisten cuando escriben un texto poético. He allí el hacer de un trabajo que deja callos en el alma, que despoja de miedo a quienes hacen de las palabras el paisaje para respirar libremente.

DE “LOS DÍAS ENMASCARADOS”  A “EL ESPEJO ENTERRADO”

¿Conservabas tu carne en cada hueso?/Ramón López Velarde

1.-

No dejó de imaginar el poeta de “La suave patria”, al escribir sobre piedra mexicana estas palabras: “Soñé que la ciudad estaba dentro/ del más bien muerto de los mares muertos”, y con la destreza de su fervoroso legado literario dejó abierta la puerta para que aquella tierra pariera los nombres de Octavio Paz, Juan Rulfo, Jaime Sabines, José Emilio Pacheco, Efraín Huerta, Juan José Arreola o Carlos Pellicer, pero más, hincado por la historia y sus más delirantes asuntos, Carlos Fuentes, quien acaba de rendirle cuentas a las más antiguas voces del pasado. Y así, Velarde, descubierto por la sombra que aún cubre el lago de los mexicas, le añadió  un ser humano común y corriente, asistido por esa región que aún lleva luz en su carne temporal al reconocer que: “Yo sólo soy un hombre débil, un espontáneo/ que nunca tomó en serio los sesos de su cráneo”, mientras el tiempo ocurría en el barro más transparente que Carlos Fuentes convertiría en monumental edificio literario.

Y la imaginación corrió sobre el papel desde aquella oración pronunciada por Humboldt, que marcó para siempre a la capital mejicana: “Viajero, has llegado a la región más transparente del aire”, y que más tarde don Alfonso Reyes hizo parte de su “Palinodia del polvo”. Desde esos instantes, hasta la aparición de la novela La región más transparente (1958), la historia de ese país se hizo más intensa, más extensa, más interna pero también más universal. Supimos de México y lo sufrimos y reconocimos a través de Ixca Cienfuegos, Froilán Reyero, Estévez, el marxólogo López Wilson, entre otros que reconstruyeron el imaginario que Carlos Fuentes regó por el mundo con sus ensayos, novelas, cuentos, obras de teatro y declaraciones públicas.

2.-

Un poco antes, en 1954, un más joven Carlos Fuentes entregó Los días enmascarados. Un libro de relatos que ya dejaban ver a quien sería el gran escritor que acaba de morir a los 83 años. En efecto, se trata de un libro donde se conjugan el mito aborigen en “Chac  Mool”, los aparecidos de otras horas entre las ruinas de una poderosa cultura en “Tlactocatzine, del jardín de Flandes”, texto de orígenes, juego de abalorios y de símbolos, sonrisa amarga oculta en “En defensa de la Trigolibia”. Es decir, se trata de un libro de relatos cortos donde Fuentes inicia el viaje hacia sus adentros culturales, bañado por las influencias del surrealismo, la magia y la ingenuidad reveladas por la humedad del tiempo. Desde ese momento, pasadas todas las páginas de su bibliografía, el escritor azteca no dejó de verse en el reflejo de una identidad que borrosa y hasta resquebrajada sigue siendo motivo de tesis, estudios y reflexiones. Pero más, México, en la mirada de Fuentes y otros autores, visto como una tragedia, como el germen de una permanencia. México como problema, como doble fondo: las dos caras de una nacionalidad densa, a la vez oculta tras la máscara de los diversos acentos y asuntos de un pueblo sepultado en el eco de su historia, de una patria “suave”, dura, sangrienta, cristera, revolucionada, violenta, poética, conservadora, relatora, fuente de maravillas precolombinas y sobresaltos coloniales. Todo eso es Carlos Fuentes en su destreza literaria, en su comportamiento ciudadano.

3.-

México nunca estuvo fuera de la obra de Fuentes. Cada página, cada novela, cada cuento, cada ensayo era México. En el prólogo de Cuerpos y ofrendas (Alianza Editorial, España 1972), compendio que recoge parte de la obra corta o fragmentada del narrador mexicano, Octavio Paz señala que el primer libro de Fuentes “prefigura la dirección de su obra posterior. Alude a los cinco días finales del año azteca, los nemontani: “cinco enmascarados/ con pencas de maguey”, había dicho el poeta Tablada. Cinco días sin nombre, días  vacíos durante los cuales se suspendía toda actividad (…) El vaso de sangre del sacrificio prehispánico, el sabor de la pólvora de la madrugada del fusilamiento, el agujero negro del sexo…” Libro extraño, dice paz, y en verdad se trata de una experiencia donde el miedo, las sombras y fantasmas se hacen palabras, imágenes y sospechas.

Más adelante, el autor de El arco y la lira precisó que Fuentes ha publicado “cinco novelas, dos nouvelles macabras y perfectas a un tiempo…”. La nota de Paz está fechada en 1972, la misma fecha de la edición de Cuerpos y ofrendas. Por supuesto, se ha quedado atrás esa afirmación, toda vez que han aparecido muchas novelas más, más libros y tesis que han hecho de Fuentes un polígrafo, un monumento literario de nuestra cultura en español.

La lista es larga: Aura, La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Zona sagrada, Cambio de piel, Terra nostra, Los años de Laura Díaz, Instinto de Inez, La silla del Águila, Inquieta compañía, etc.  Por supuesto, la cronología es arbitraria y los títulos se quedan cortos. En 1998, El espejo enterrado (Taurus bolsillo, México) descose el tiempo ocurrido: entonces la metáfora de Los días enterrados vuelve a flotar en la memoria de los lectores. La primera experiencia fue narrativa. Ésta, una de las últimas, ensayística, pero con el mismo fondo: los mexica, la cultura prehispánica, la conquista, la reconquista, el Nuevo Mundo, el Siglo de Oro, Goya, Simón Bolívar y José de San Martín, tiempo de tiranos, la Independencia…hasta el hoy que nos domina.

El espejo enterrado es el rostro que no vemos, las máscaras de la cotidianidad mexicana. El ocultamiento de nuestra realidad. El mismo Fuentes lo dice: “Los espejos simbolizan la realidad, el sol, la Tierra y sus cuatro direcciones, la superficie y la hondura terrenales, y todos los hombres y mujeres que la habitamos”. El adjetivo le da un contenido que implica novedad, “escondijo”. Paz: “…los espejos cuelgan ahora de los cuerpos de los más humildes celebrantes en el altiplano peruano o en los carnavales indios de México, donde el pueblo baila vestido con tijeras o reflejando el mundo en los fragmentos de vidrio de sus tocados. El espejo salva una identidad más preciosa que el oro que los indígenas le dieron, en canje, a los europeos”.

La metáfora es más redonda: de trozos de oro material y espejitos a un legado que hoy conforma páginas y más páginas, costumbres y tradiciones, idiomas regionales vivos y reveladores, un idioma heredado más rico cada día. América sigue siendo un continente enmascarado, también un espejo que, desenterrado, deslumbra y se hace más vigoroso. Reflejamos el mundo y éste nos refleja. Nuestra vieja carne sigue pegada a los huesos de un ataviado esqueleto  que danza bajo el sol.

ALY PÉREZ EN NUEVE LIBROS

1.-

La casa se advierte en la experiencia del poema. En el comienzo de su transición, pero también en el final de sus misterios. En cada espacio indica el tiempo que lleva ocultando y ofreciendo el lugar que ocupa en el interior de cada voz, de cada habitante. En poesía, como en los sueños, la casa es un habitante más, un ser que nos concede sus cambios, porque ella es testigo de todos los pasos, de los amagos de la vida y de la última piel de la muerte.

Los textos de Aly Pérez, recogidos en su libro Pasión según la casa (1991), vienen de muchas  preguntas, de íntimas lecturas, de recogimientos interiores que renuevan las imágenes cuyo rigor interpreta la vocación poética de sus intentos. Pero también de un inédito, ganador del Premio Jesús Bandres de San Juan de los Morros en 1995, Salmos de la vigilia, que creemos nació antes que el primero de los nombrados. Entonces es voz que se pluraliza cuando desde el poema modela esa epifanía que en Keats es el ascenso a la belleza y el descenso a la verdad. La casa, rodeada de imágenes reales, vierte una atmósfera que transforma al hombre de la palabra en un hacedor de experiencias estéticas. Nombres, autores, lugares, expresiones, el cuerpo de un milagro visual, destacan la contemplación de quien tiene en el lenguaje una particular manera de decir las cosas.

El Endymion, ascender y descender, retira la creencia según la cual el creador pierde -en medio de esta dicotomía ambigua- el sentido del espacio para crear una atmósfera. Este libro –como todos los demás- del poeta Aly Pérez transita por esa delgada línea divisoria.

Una lectura, la gracia de atreverse a penetrar en la memoria de quien irrumpe con una obra culta y a la vez sazonada con elementos de su cotidianidad, universaliza la imagen, verbaliza el silencio y la lección que nos tiene reservada la observación, la pasión por cada objeto que nos conduce a recrear el mundo. Cada poema de este libro es un símbolo de la pureza del autor, de su también contaminada costumbre de rozar con imágenes desnudas cada aventura con la palabra.

La casa ya no es la misma// En el patio/ no están las granadas rojas/ ni el amarillo de los jobos/ en la tierra, pero tampoco la portátil destreza de Mishima, Utamaro o el abanico japonés que la casa aceptó con benevolencia. Desde la casa, desde sus entrañas, y desde la contemplación hasta la elaboración del texto poético, cortado por el filo de la vida. Ascenso y descenso.

¿Qué nos tiene reservada la casa si somos para nosotros mismos habitación del silencio? ¿Puertas y ventanas no son acaso portadoras, dueñas de palabras que alguna vez resuenan reformadas porque el tiempo abusa de la desmemoria? ¿No hay en cada casa un silencio que nos lleva a morir cada vez que lo deseamos? ¿No es la casa misma una voz que nos convoca, que nos aturde en la soledad? ¿No están las habitaciones llenas de ausencia, de aquella muerte que nos prepara el terreno de la eternidad?

La poesía de la casa es la permanencia en ella. Una vez desalojada nos perdemos en un tipo de olvido, de abandono. La pasión por paredes, goznes y sonidos. Los ruidos de la noche en la sangre. El miedo que nos aleja de ella o nos acerca más. El silencio que debilita la voz nos hace profundos, quizás nada desde la calle, desde el recorrido que trazamos para marcarnos la única sílaba alguna vez escuchada en un sueño futuro. ¿Quién dijo que una puerta no es el límite entre la vida y la muerte?

2.-

En Salmos de la vigilia el poeta se ampara en el Rey David, con él inicia un tránsito  donde “nos congregamos todos/ como un grupo de aves/ que sueñan más allá de la muerte/ sobre esta patria/ hecha pátina de tedio/ cal de esperanzas/ a la cual vuelvo”. El poeta regresa, retorna a la tierra luego de una larga ausencia, de una intensa extensión silenciosa por poemas o versos iniciales marcados por el paisaje, por olores, colores y sonidos que despiertan a “los ángeles de la casa”, donde las cosas se agitan, respiran la angustia de sus habitantes.

“Hay una desolación de las cosas/ en los seres/ en el viento que se dobla tras el humo de los días…”, y que sigue con la casa a cuestas, con el vino escanciado, rancio, viejo entre la inminencia de los pájaros y un jardín.

Y así, “condenado al fracaso”, quien escribe se afinca en la naturaleza viva, en las palabras, en Dios siempre presente “cuando se nombran las cosas”. Ese instante funda el alfabeto de este hombre que halla el eco en muchas voces a toda hora, en el sueño y la vigilia, en toda la geografía de sus papeles. Común era verlo con la cara enterrada en los libros, allá en su casa de Los Colorados de Villa de Cura, ausente, alucinado, insulinamente extraviado, dulcemente  quieto sobre el esqueleto de un poema.

Siempre una casa y su patio, el universo entero en la mirada de quien describe cada paso, cada sombra o relámpago, cada nombre: el Nazareno, Mondrian, Virgilio, Homero, los talabarteros, los panaderos, las caminadoras, los ladrones. Cada salmo es un estar despierto con el mundo a oscuras.

3.-

Un homenaje frustrado a Borges toma cuerpo en unos versos donde la noche comienza y termina en “el paso del tigre blanco de Sumatra”, porque Aly Pérez tenía en Villa de Cura toda la geografía, toda la tierra recogida en los ojos, “donde el ángel de las sombras” alcanza el zumbido de sus trazos verbales. Así lo pronuncia en Rumor de alameda, escritura y espacio cotidiano, respiración en la que habitan todos los paisajes.

“Gira la tierra/ en su noche/ sobre el secreto canto de la muerte”. Aquí se resume este libro, que arriba a la imagen del viajero Alejandro de Humboldt en la Alameda Crespo, “donde un fabuloso animal de la tarde se hace palabra”. El tiempo, recurrencia que admite la presencia del cosmos: el poeta viajaba ensoñado, desde un almendrón tropical hasta un ciprés sirio o andaluz. Desde una calle de su pueblo hasta la Judea filistea y cristiana. Un cují pudo haber sido el árbol de la muerte del traidor. Árboles, vocablos, la sombra del poeta, los meses crueles, las estaciones enfermas, el paraíso perdido, el perfil del abuelo Carmelo Aponte en 1928, la “patria borrosa”. O el hijo reciente, su boceto en el poema mientras noviembre descorre “los pliegues del corazón”.

Todo el olor recogido en la mirada perdida del amigo: Omar Gutiérrez “bajo un árbol de agua desplomado”, mientras  Leonardo Da Vinci hunde sus pasos en un libro de historia del arte.

La casa, una vez más, en una elegía. Los cajones repletos de sombras, de apellidos, la nostalgia y Miguel Ramón Utrera en su “otra claridad”, presente en el río y en el aire. Algunas cartas lanzadas al aire, a poetas y al tiempo.

4.-

Y de esas tantas anteriores, Cartas a Ofelia, un libro de amor. Es el material de la espera. El poema se estira sobre el cuerpo amado y se hace músculo tenso, lo imagina, lo hace casa habitable; sin embargo, “Cada vez que intento el poema/ se salpica de un no sé qué de ti”.

Abunda: “Siento el aguijón del retardo/ posiblemente no vengas”. La voz de quien habla por lo bajo se queda adherida al nombre de Eloísa, silenciada en el secreto de un texto, pero prevista en las manos que tocan con el mismo poema: “Tú que eres soplo de nube/ en el álgebra de la mañana”.

El tiempo acosa al escribano, al amante. Él es “fugacidad”, temblor, pecho, sudores, “ángeles de Boticelli”. La música “a la deriva de quebrados silencios”. La piel de la mujer es un “delicado óleo de Renoir”. Y un gato se apresura a ser otro poema en el que ella es “beso sedoso”. Finalmente, Ofelia, una primera carta,  nombrada, sacada del misterio para decirle que “es otoño de abril” en el pueblo que lo habita.

Insiste en el viaje por el mundo con ella en el recuerdo y calificarse “sueño oscuro”, solitario en el poema. La segunda carta a Ofelia descubre la imposibilidad de su cuerpo, de los pliegues de su pensamiento. Ajena, la despedida en la voz de la mujer que ama, que lo ama y no debe.

5.-

La comarca era la casa: este libro se abre con una ventana y luego se completa en el hogar, el que el poeta lleva a cuestas en todas sus páginas, en el denso clima de sus sueños: regresa al tema, insiste, entra y sale por la misma puerta silencioso, eufórico, solo, triste, vivo con el pintor Carlos Martínez “Cejota”. Es la comarca palabreada, vocalizaba bajo la “arquitectura umbrosa” de su “antiguo cielo”.

Pasea Aly Pérez por el país perdido “intentando cantar una canción/ sobre lo poco que hay que alabar/ en el fondo de lo que se respira”. Poema crítico este “Colorado blues” en plena calle donde la podredumbre se confunde  con los buenos sentimientos o con los ojos sucios de “sombras de perros hambrientos”. Poema nostálgico en el que se aprecia el tiempo perdido porque “la casa y el barrio/ dejaron de amarse”. Una metáfora de nuestras heridas abiertas, de nuestros ardores nacionales.

Nada deja de tocar este hombre que escribió a prisa, porque sabía de su vida y de su muerte. Desde aquella declaración: “Siento deteriorarse la casa/ y con ella la casa real/ casa de adentro, / casa humana/ cargada de pesares”, él casa, agónica, moribunda casi. Una crónica del lugar y del tiempo, de los ancestros, de sus voces retomadas. Un largo trecho de tropiezos y ahogos donde los libros se confunden con el barro viejo, el de las paredes, el del cuerpo vencido, enfermo. Atrás quedaron las fotos, los muebles, una “mujer que se perdió/ en el vibrar de una pantalla de cine”. Y así sigue la voz de la casa a la calle, al amanecer, a la noche de la misma casa hablada o silenciada, a las “porosidades del tiempo”.

6.-

Sigue la casa en la memoria: un paisaje recurrente en los cantos de Aly Pérez. Los objetos domésticos forman parte de la complejidad del universo.  La paz y los sobresaltos del recinto materno. La matriz de barro, la techumbre de linfa. La madre inicia esta aventura en Nochevieja (Premio Concurso de Literatura Augusto Padrón de la municipalidad de Maracay), atrapada en el silbo de un pájaro, en el extravío del perro junto a un venado que aún se mueve en el recuerdo. Sigue, en esa instancia, la casa/ cuerpo del poeta, en sus órganos vitales, en sus enfermedades, en el diagnóstico de su soledad. La casa es el poeta agónico. Casa y voz,  la misma materia, lectura del tiempo en el sufrimiento de quien dejó estos versos anclados en varios libros inéditos: huesos “traqueantes”, “muebles de madera”, el exceso de azúcar en el torrente de su sangre liviana, los discos, el páncreas, los dibujos, la insulina, los islotes de Langerhans, la diabetes. La casa es el poema de la enfermedad, “el dolor de la lengua/ dientes y resecor de la saliva”, dicho en “Anotaciones para una fisiología del cuerpo y la casa”.

Así comienza este libro: “Yo era niño y estaba sentado/ en las lomas de la inocencia…”, el muchacho que viaja de Villa de Cura a Varsovia en medio de la noche: la espera como pregunta frente a un vaso de vino, tantas más preguntas sin respuesta. El desvelo, la noche otra vez, la eternidad a través de la ventana. La casa perdida. Un poema polaco donde Milosz, Kósnik o Wilsawa Szymboska se pasean en confianza, asidos de las palabras que Aly recogió bajo el manto oscuro de las madrugadas de su villa. El país sitiado por el miedo y la depresión, por la muerte.

Así: “Consumo sorbo a sorbo este vino/ pienso en mis amigos cercanos/ y en usted poeta Watt/ que esta noche tan nueva/ y tan vieja como la suya/ me hace meditar mis 45 años/ frente a túmulos de tierra/ donde busco a los amigos/ con quienes compartí el instante”.

La tarde atraviesa la sombra de los “árboles y bancos de la plaza Miranda”, el Café Ayacucho recurrente, mítico y vivo entre los dedos del autor.

Los ojos del poeta miden las calles y hacen un inventario de pasos y almas que cruzan las paredes de afuera; por el friso del café: referencia de pueblos, Grecia y algunos nombres clásicos: todo un viaje imaginario. El mundo es Villa de Cura. Rubens dialoga con Boves, con la estatua de Miranda.

La cultura del poeta villacurano en cada verso, en cada ensueño. Y así Maracay, la nostalgia de unos nombres, la trama de la memoria en las tantas esquinas, la geografía desordenada en cada línea emotiva…los poetas preferidos. Poemas largos donde el autor pierde la piel: “Al otro lado de estos textos/ el mundo es ajeno…”. Y así, en medio de tanto silencio, Aly Pérez se consume en palabras.

7.-

El lugar, el topos, la exactitud del paisaje habitado. En Pisando el valle Aly ingresa en el resplandor, en el padre que lo repite al nombrarlo. Elegíaco, el sitio, el valle donde se oye “el resonar de tus pasos”. El dolor, la muerte cercana, cautelosa, en fin, el silencio más allá del poema dejado a la orden de los que quedamos mientras tanto: la voz desnuda, en carne y hueso, viva. También, dilatada, está la música: B.B. King, Biella Da Costa, Ella Fitzgerald, Sony Boy Williamson o Baco, “en el vuelo gris de las torcazas”.

El diario devenir, la permanencia de la misma imagen, los muros de una casa llevan hasta un espacio preciso en el que hay “una tierra que no existe”.

Alucinado, bajo la fuerza de las imágenes, el poeta pierde el rumbo del polvo, por eso deja marcas en su mapa personal, de allí que “vivo en una provincia dura/ al sur de un país duro/ que no veo”.

Viaja por el azul de Salmerón Acosta, el otro poeta enfermo, en un “inconcluso texto”. La casa, testaruda pasión, aparece y desaparece. Es una palabra toda su poesía, el destierro de las voces apagadas. Y al final, otro viaje clásico, el del eterno retorno a los orígenes, a las piedras de  Grecia de nuevo, a los árboles de Creta, a Orfeo y Eurídice, a la carne literaria de Ulises, “un viaje hacia las sombras”.

8.-

No es un café del Barrio Latino, pero como si lo fuera. En Cartas del Café Ayacucho la poesía revienta su corsé municipal y viaja con la sombra de un lugar en el que tanto París como Villa de Cura encumbran el trago de la palabra. Y Aly Pérez siempre lo supo, a pesar de tenerse en pie -frágil naturaleza- bajo los árboles del trópico, muchas veces cantado a través de sus inviernos y sequías, sacudidos por las voces de poetas lejanos traídos a esta comarca desleída.

Un hombre –un poeta para ser más preciso- se sienta en un café pueblerino e inventa el mundo. Solo o en la compañía de quien abre un libro, las calles historian el poema, lo revisten de un largo aliento en el que caben los adjetivos, el tiempo y la muerte. “Vuelvo a este lugar/ tal vez atraído por el sopor de la memoria/ pero allí no está el lugar/ todo el Café se ha ido, / sus pequeñas mesas/ el espejo en la pared…”, el poeta advierte la sorpresa, el tiempo aprisionado en la calle, la que queda, la que corre hacia el oeste y tropieza el comienzo del poema: “El Café Ayacucho fue/ una fábrica de ocultamientos/ donde siempre se dijo la verdad”. ¿Cuál verdad? Sólo las palabras tienen derecho a develar ese secreto, esa verdad oculta, escondida en pleno paisaje villacurano.

El poeta que habla en este poema es un fantasma “de días desvencijados”. La muerte lo ha convertido en el visitante más aventajado del Café Ayacucho. Nada, Aly Pérez se pronuncia desde el lugar de aquellos días.

La fiesta de su silencio nos regresa a esta conclusión: “Definitivamente estamos enfermos de miseria”, como dejara en sombría amonestación en el poema que abre y da título a este libro de cartas, de envíos especiales a los fantasmas que en vida lo acosaron amablemente.

Se advierte, de manera clara, la influencia de muchos de los que jalonaron su pasión por la poesía. Los detalles y la euforia por artistas que lo hicieron pintor. Sonríe por un blues o un jazz en el fondo de un patio cubierto de flores de apamate.

Entonces se encuentran en el Café, taciturnos todos. Allá afuera, en medio del silencio de la tarde: Phillip Larkin, Antonio Trujillo, James Wright, Gustavo Pereira, Elizabeth Bishop, Luis Alberto Crespo, Joseph, Brodsky, Alejandro Oliveros, Charles Wright y Laura Jensen. Personaje al fin, el pueblo que lo vio nacer y morir, Villa de Cura: “Fue la vida/ tal vez el destino quien eligió/ abrir mis ojos/ en el valle”. El poema, artefacto litigante, mereció igualmente el mensaje: “Dando la cara/ a la inquietud del poema/ que me mira de reojo/ con su yodo solar/ de gato sin dueño/ buscando a quien pertenecerle/ si es que elige corresponder”. Y, finalmente, cardinal y señero, el Sur, la bóveda celeste de nuestra geografía comarcana y global: “Los ojos avanzan/ bajo estos cielos vacíos/ soplan secos los vientos/ y un azul metálico quema/ el verde de las montañas”. El mismo Sur de Miguel Ramón Utrera, el profundo sur del gentilicio.

Son cartas poemas. Poemas cartas que son poemas nada más. Sus sonidos, tanto silencio abrevia, lo dicen, lo aseguran, como ponen en duda la escritura del tiempo. Estos papeles que el poeta dejó sobre la mesa para que fuesen recogidos, entre tazas vacías, un mantel manchado y unas flores artificiales en el viejo café de su villa, se desnudan y recorren el pequeño universo de este lector apresurado.

Hace rato me llegaron estas cartas como un mandato del poeta, como una gracia del Aly que siempre nos honró con su amistad.

El mismo miedo, el de siempre, el de Char en medio de su desértico silencio. Pero esta vez fue más agreste: la poesía de Aly radical y angustiosa, porque la vida lo empujaba, y verbalmente terrenal. Atiné a regresar a su manera de leer, a la forma de inventarse desde su propia sombra. Me dije: este libro es la verdadera despedida, tan personal, tan sin embargo abierta. Y me di en leerlo con el peso de quien está solo en la muerte, con la incertidumbre de quien está solo en la vida.

“En la barra leía poemas con mi amigo, / un viejo vago, asiduo visitante, / me hablaba de Teócrito y sus bucólicas,/ yo de Cavafis,/ de las destrucción de las ciudades”. Desde este instante, el libro se confirma: la poesía se cartea con sus hacedores. La lectura con el amigo destaca la aventura de Aly: hablarse con los poetas nombrarlos con la suficiente confianza de su dolor por Villa de Cura,  de la que páginas más adelante dice: “Tampoco tengo la culpa/ de mirarte con tristeza/ ni de atravesar tu ausencia/ en la lejana Alameda Crespo, / buscando en ti/ un trozo de patria,/ una ventana de afecto/ para poder decir/ que te amo”.

La yuxtaposición abrevia el libro. Es un solo poema cuyo destinatario se multiplica en los nombres de algunos de sus poetas más cercanos. Pero Villa de Cura es el verdadero motivo, la fuerza que impulsa a Aly Pérez a hacerse de otros ámbitos.

Una constante al comienzo de estos textos: El tiempo, los colores  y sus andanzas, la lluvia o la sequía, la hora de manifestarse el poema: “Ha soplado el viento toda la mañana/ en el verde de los cerros…” (Carta a Phillip Larkin); “En estos valles el verano no reposa…” (Carta a James Wright); “En el espeso verdor del mediodía…” (Carta a Gustavo Pereira); “Se desgaja el invierno/ como una rosa oscura…” (Carta al alce de Elizabeth Bishop); “No vendrá el diluvio/ tras nosotros...” (Carta a Joseph Brodsky); “Frente a vientos de cuaresma/ el rumor de la sequía nos destierra/ ante el borbotear del verano…” (Carta a Alejandro Oliveros); “Frente al velamen del poema/ se abre el amarillo agonizante del verano” (Carta a Charles Wright); “Como sonata de anhelos perdidos/ emergen sus cuernos de vaca blanca/ en la claridad de los traspatios…” (Carta a Laura Jensen), y “Los ojos avanzan/ bajo estos cielos vacíos/ soplan secos los vientos/ y un azul metálico quema/ el verde de las montañas…” (Carta al Sur).

Desde la soledad del Café Ayacucho, donde alternaban los duendes silenciosos de la poesía, la ficción se hace fiesta de la nostalgia. ¿Quién niega que Buñuel o Fellini saludaran con regocijo a los paseantes de la plaza Miranda? No era nada extraño que “junto a la música de las cañafístolas / y el blues rabioso de Janis Joplin” se advirtieran Gonzalo Rodríguez, Kristel Guirado y Rosana Hernández Pasquier, mientras José Pulido repasaba la calle de sus eternos viajes. No era raro Oxford, Londres o Turín frente al Santo Sepulcro. Mucho menos John Constable, René Char o Paul Celan buscando las escaleras de El Calvario. O las costas del Egeo en la sonrisa del mismo Aly levemente suspendido por los “brazos olvidados de Yorgos Seferis”, bajo los “brotes de samanes”. Los campos de Ohio no eran extranjeros en el Valle de Tucutunemo, mucho menos los “amarillos delicados de Giorgione”.

Por algo confesó el poeta de la dulce sangre: “Soy en vano mi límite/ tuerzo los márgenes de las palabras”.

9.-

Y si él se concede el espacio de una frontera, precisamente, en Sagrado límite del silencio se concentra toda la fuerza de su espíritu, la que promueve la vuelta al origen, al vacío, a la nada que consagra la esencia de la poesía: el silencio, que se sacraliza con la hermana muerte, como decía Francisco de Asís. No bastan los pájaros o un árbol. El silencio se aproxima, “es sólo una hoja/ del día puro que amanece”. Y así, el calor, el clima, la temperatura de un instante de la naturaleza, acosan la carne y la armazón física del poeta: “Como estaca enconosa se incrusta/ en cartílagos y huesos, / ante tanta luz mortecina”.

Casandra lo confunde, lo conduce a su oráculo, y por eso pregunta: “¿Conocerás los límites de mi biología azotada por la conspiración de los minutos?”. Más adelante: “¿Puedes predecir el paso de mi vida/ atravesando la irradiación de este valle…”.

La infancia lo vuelve a convocar, con ella al lado recoge los pasos en la casa de la abuela mientras “al fondo la llama de la vela/ dibuja su rostro/ viejo como el mundo…”

Mientras tanto, sea paseo por el pueblo, por la pequeña provincia de la Villa con amigos y fantasmas. Perros que acechan y asechan, un venado y alguien que “sabe/ que la vida/ es una gran mentira…”

Vuelve a su cuerpo lesionado, suerte de cuerpo otro visto desde afuera, de “frágiles tejidos de carne descompuesta”. Y así la antigua Grecia, en medio de sus ruinas, en “Hesíodo y su Teogonía”. Un periplo por la biología de la Enfermedad (la mayúscula no es exagerada), toda vez que Aly Pérez se consagró a ella y la hizo parte afectiva de su paso por la vida, sin querellarse con ella. Un viaje por ventrículos y heridas, mientras “la inspiración de Dios/ pegado a sus escombros/ en secreto pensamiento”.

Huesos, “una osamenta de res”. Este poema escrito en medio de una espesa sequía lo lleva a decir: “Tanto hueso amontonado/ hiede a muerte/ demorada por sí misma”. En otro añade: “Morir, tal vez sea/ esa misteriosa y clara manera/ de lavar losas, cerrar grifos”. Una doméstica mirada como despedida.

Pasan meses, estaciones y voces de amigos, dedicatorias, más pájaros y otros árboles, referentes de la vida en plenitud.

Una “crónica funeraria” cuenta la rutina de la muerte en un entierro, en un homicidio, en el adiós a los muertos. Las tantas veces desde el centro del pueblo hasta el cementerio, esas que el poeta vivió con la elegía de su caminar lento hacia el silencio.

Este es el libro de una muerte. Este es el libor donde muere el tiempo y con él Aly pronuncia: “…tanta indiferencia/ ante el respirar de la vida,/ y de ese Dios que vacía su mirada/ en el frágil/ solitario cristal de la luz que somos”.  Finalmente, se hizo luz, silencio. Una poética de la despedida.

Y en estas palabras lo acompañamos todos, hasta el fin de los tiempos.

Coda:

Todos los libros de Aly Pérez llegan al mismo lugar. Cada uno se ata al que sigue. Son libros amarrados al paisaje que los inventó. Aly Pérez sigue en ellos, pendiente de cada giro de la tierra. Tan vivo como el pájaro que descubre su presencia diaria en los árboles y calles de su antigua ciudad.

LA VIDA ES UN INVENTO MARGARITEÑO

1.-

Han pasado largas semanas desde que Mélido Estaba Rojas me hizo llegar –vía José Rosario Delgado, que es como decir correo privado por lo eficiente- un ejemplar de su libro La vida es un invento margariteño (Edición personal, Maracay 2012), que más que un libro es un verdadero invento donde confluyen las más sabrosas e ingeniosas hipérboles que “guaiquerí salao” alguno haya inventado. Y mire que lo digo con casi conocimiento de causa dada mi activa participación en las mitomaníacas elipsis y revelaciones de mi querido amigo José Antonio “Nono” Sucre Millán, margariteño nacido en Porlamar, quien hoy reposa sobre el manto de su amada Virgen del Valle, mejor conocida como “Vallecita” o “La pendejita”, tan cara a los orientales como a muchos de los que no somos de ese lado de la tierra. Pues, digo, sí, y espero que ningún contendor me desmienta, que estoy frente a un tomo de papel glasé, pesado como medio kilo de mero y la mar de agradable por los personajes y los cuentos y anécdotas que “Tivita”, nombre con el que conocen a Mélido en los bajos fondos de Altagracia, Los Hatos, Conejero, El Tirano, Macanao, Juangriego, Playa El Agua, la calle Guilarte,  o La Asunción, allá en “Láisla”,  y en algunas esquinas del barrio El Carmen de Maracay, cuando El Imparcial era El Imparcial y éramos mozos y jodedores, por allá por los años 70. Y vuelvo, porque me perdí, nombre con el que Mélido le da cuerda a quienes a diario inventan a Margarita y se inventan ellos mismos, porque no hay pueblo más ingenioso que el pueblo margariteño. Cosa que certifico con la venia de Chuchú Rosas Marcano y José Lira Sosa, quienes actualmente juegan truco entre las motas de nubes que Ángel Félix Gómez (Felito) sigue inventando sobre los cielos de la bahía de Juangriego desde la puerta de su vieja farmacia.

2.-

Practicada esa primera bocanada de aire, me voy por las hojas que Mélido me ha regalado con tanto entusiasmo insular. Y las leo a la orilla de su pasión por su tierra, por su mar, pero sobre todo por la pasión que siente por su gente, protagonista genial de este libro armado en Maracay pero con sal y viento de nuestra añorada isla.

Debo confesar que me he reído en silencio, con la voz hacia adentro. Claro, leo solo, en la más lluviosa soledad del trópico.  Y he llorado  –casi con jipidos- por la gracia bondadosa, por la memoria de tantos amigos que ya no están, por quienes me han recibido en la Margarita de todos mis afectos. ¡Qué vaina, Mélido, ponerse uno así en estos momentos tal electorales¡ Pero bueno, ha pasado, para eso son los libros, para destaparle las cañerías del alma a quien los lee.

Comienza el autor por dedicarle su obra a un gentío, incluyendo a la Virgen del Valle y a su divino vástago, Jesús, “ejemplo de bondad y sacrificio…Y así a su pueblo de Altagracia o Los Hatos, a toda su familia, bastante numerosa, digo yo, casi incluido. A los panas de su generación, a Mónica Cristina y a los lectores. Después aparece en escena Gregorio Salazar Marval, con una escritura impecable e inteligente. Escribe un “Prólogo desde la Plaza”. Después entra Mélido, o “Tivita”, con su lengua suelta, jacarandosa, alegre, febril, contenta, insular, isleña,  llena de “ocurrencias naturales”, como dice Renato Marín de un personaje del libro  -que podría ser el mismo Tivita-, uno de los tantos  que viajan por esas líneas que Mélido ha sabido acumular con gracia y donosura, para no perder la costumbre quevediana.

3.-

No quiero abundar sobre el contenido del libro porque sería descubrirlo, y la idea es que usted, pana burda lector, se vaya a buscar a Mélido Estaba Rojas en cualquier calle de Maracay o al Colegio Nacional de Periodistas. O donde a usted se le ocurra a través de un amigo y se haga con el libro. Además, son tantos los cuentos, las crónicas, que vale la pena tenerlos en reserva para disfrutarlos como yo lo hice en mi soledad lluviosa detrás del Mausoleo de Juan Vicente Gómez, vecino con quien comparto días y madrugadas.

Eso sí, puedo anunciarles los nombres de las crónicas, para que no se arrechen conmigo. Ahí van: “Los Hatos, un paraíso donde nada era extraño”, “De Los Hatos a Altagracia”, “La primera pared de bloque”, “Cabras productoras de guarapo con leche”, “Agundino Cuacho: el cuidador de moscas”, “Entre los duendes y el comején” y “Una buena señal de rebeldía”.

No se pierdan ninguno. Son realmente geniales. Se trata de un monumento a la gran mamadera de gallo. Un monumento a la memoria humorística de Margarita. Es más, una crónica muy seria donde la broma y la alegría son un auténtico patrimonio regional. Nacional, diría yo.

Estimo pertinente repasar estas páginas de mi amigo y colega Mélido Estaba Rojas con sumo cuidado. Nada, no se trata de peligro alguno. Todo lo contrario. Es que una vez que entra al libro usted se hace parte de  él. Es decir, se convierte usted en un soberano gran carajo: inteligente, fresco, venezolano de Margarita. Haga el intento. Después me avisa. Si no quiere ser todo eso, entonces, dedíquese a leer los clasificados de un periódico chino.

HASTA EL ÚLTIMO HUESO

1.-
El lector, ese prestigio o amago de intenciones, entra en una poética. Levanta la mirada más allá del paisaje y regresa a la “materia” de lo escrito con la venia de quien lo trazó en el papel y en el adentro:

Siempre hay que recordarle al poema
que tiene que ayudarnos a escribirlo
.

Esa confianza en el sujeto poema nos resigna a estar más cerca de la angustia que de la celebrada felicidad de los conformes. El poeta de esta “travesura”, el sevillano Francisco José Cruz, concita el encuentro gracias a la antología Hasta el último hueso (Poemas reunidos 1998-2007) que publicara el otro, el mismo (Mérida, Venezuela, septiembre 2007), dirigida por Víctor Bravo, y que ha propiciado tantas sorpresas agradables a los lectores de éste y del otro lado del hemisferio de habla castellana.
El autor de estos poemas, vidente de todos los mundos de la palabra, se anuda a la imagen que lo ha hecho decir en una entrevista: “Procuro que sea el lector el que ponga los sentimientos ante lo que se le muestre”. Y así lo ha dejado sentado en el prólogo del volumen antológico el poeta venezolano Eugenio Montejo.

El poema no aguanta aquí sentado
y a los pocos renglones ya desobedece,
trazando con los pies
los garabatos que le van saliendo
a la vez que se acerca hasta la orilla
del folio y allí naufraga,
como un niño advertido del peligro
que implica no hacer caso a quien lo cuida
.

“El travieso”, el poema/ niño, el poema/ rebelde, el desobediente, el que se suelta de la mano del padre y desbarata el mundo, dialoga con su creador, lo silencia y hasta lo conmina muchas veces a callar. Esta sensibilidad la encontramos en toda la poesía de Francisco José Cruz (Alcalá del río, 1962): se trata de un creador que vibra con su propia libertad. Andaluz al fin, se regodea en su ambulante imaginación. Gitano de los sonidos, canta su poética, la acomoda a la gracia de saberse sujeto a riesgos y aventuras. El poema –qué bien suena en Cruz- es un juego: suerte de maravilla que se agita en las manos del niño que lo inventa. Juguete, la palabra se hace visible a través del mundo que el poeta re-crea, instruye con el fraseo diario de la inteligencia, de una especial sensibilidad, cuyo referente está en la “perplejidad de quedarnos un instante entre lo que fue y lo que podría ser”.

2.-
Tres son los libros que aparecen en esta selección: Maneras de vivir (1998), A morir no se aprende (2003) y El espanto seguro (2007). En ellos, según palabras del mismo Cruz, ha quedado el paso del tiempo, lo que ha dejado en su discurrir. Más que el tiempo, sus sobras, los poemas, pero sin aspavientos, sin adornos que los hagan más cercanos, más hechos del barro con que es moldeado el ser humano. No tanto la tradición de que se vale, más de esa prosodia que tanto nos ha hecho andaluces a los que vivimos, soñamos y morimos en esta herencia llamada Hispanoamérica. Se trata de una poesía que se pasea por los laberintos del autor y logra salir luminosa, limpia de las sombras del cuerpo y del alma. Sus referentes no tienen fronteras: todo tema se hace transparencia, poema para consumir, para danzar con la inflexión de cada sonido. Podemos decir que bailamos con esta lectura, que nos sacudimos la timidez y nos hacemos lectores desengañados. Cada poema de Francisco José Cruz es la inauguración de una sorpresa. No es la sorpresa per se. No; se trata de la víspera de lo que nos espera, de lo que nos dará el poema con el primer encuentro.

3.-
Quiero quedarme en un texto que “piensa”, que nos imagina como sujetos de experiencia, porque todo lector –al ser invitado a compartir el ágape, algún diálogo- genera un espacio, el trozo de silencio que ocupa un lugar y forma parte de atracciones y rechazos. Digo: me quedo con este poema, “La mesa”, para regocijarme con este Francisco José Cruz que sabe verlo todo, que viaja por la luz y por la sombra, por las señas de identidad de los objetos renovados, hechos al gusto con los insumos de la imaginación, sin recargo de “belleza innecesaria”:

Si una cosa de las que tiene encima
le dijera que siempre no fue mesa,
que sus patas fueron ates raíces
-aunque las tenga lisas, torneadas-,
lo negaría con todos sus clavos,
barnices y molduras a pesar
de las vetas o venas que la cruzan.

Nunca ha echado de menos una rama
flexible, acogedora. Sin embargo,
siempre dispuesta todo lo recibe
sin quejarse del peso ni del roce.
Necesita sentir encima cosas
como si fueran pájaros dormidos,
confiados al ser de la madera.

4.-
Leo al desgaire, a placer, con la libertad que me brinda este saludable poeta. A tanto ha dado el tiempo, que deja sobre la misma mesa, bajo el cielo entreverado, las voces de quienes recuperaron la edad en el silencio definitivo. En “Manera de decir” Francisco José Cruz reafirma su condición de heredero del tiempo, de lo que dejado en el camino. Toda la poesía del sevillano es una provocación al lector. El mismo lo admite y así lo recalca: “Intento involucrarme lo menos posible en el poema para crear en el lector, no en mí, ese estado de perplejidad al que aludí antes”. El poeta se nos entrega, afirma su presencia con la participación de quien habla con los objetos, como él mismo autor lo dice. Y digo al desgaire para entrar y salir de los sonidos que repetimos en el silencio de la soledad, eco respetuoso de quien trabaja el tiempo acumulado:
Escucho en una grabación antigua/ las voces de poetas que ya han muerto:/ Son voces bien despiertas,/ ajenas por completo a la ceniza/ de las gargantas que las alentaron.// Tiene la eternidad que esas gargantas/ ni siquiera soñaron y, no obstante,/ sólo pueden decir/ estas pocas palabras que han quedado/ al margen del silencio, cuyo cauce// divide para siempre la memoria/ del olvido./ Las palabras son claras,/ parecen recién dichas,/ pronunciadas ahora que las oigo,/ como si nunca hubieran conocido// garganta, lengua, labios./ Voces solas/ hablando decididas de la ausencia/ sin que puedan callarse./ Tal vez están diciendo lo que aquellos/ poetas no dirían si volviesen.

5.-
Si bien poema y poetas vertebran la respiración de Francisco José Cruz, la materia prima, la materia, también se aproxima a los motivos de su pasión por vivir. Dejemos que sea el más adentro de su indagación el que cante, el que nos lleve de la mano al sótano de una mirada cuyo silencio es el mismo poema: Mis padres murieron hace doce años./ A veces sueño que vuelven y que tratan/ de vivir como si fuéramos los mismos/ y desde entonces nada hubiera cambiado./ Cómo explicarles que ya no tiene casa,/ que muebles y dinero los repartimos,/ naturalmente, entre todos los hermanos./ Nos miramos sin decir palabra/ hasta que me despierto con gran alivio. (Pesadilla). Restos del tiempo, de unas vidas que rescatan su espacio en la memoria.
Uno lleva ventaja cuando oye al autor decir sus poemas. Francisco José Cruz lee “desde adentro”, desde la iluminación de su invidencia, y nos acerca más a ser ángel o demonio, luz o sombra, vida o muerte, verano o invierno, esos contrarios que dice bien dice Montejo. Por eso, recurro a esta “Canción de sepultura”, tan de la tradición de su patio como el limonero en el soleado de Lorca:

Púdrete, amor mío,
que no hay más remedio,
púdrete sin mí,
que aún no me he muerto.

Púdrete, púdrete
dentro de tu sueño,
púdrete aunque yo
sin ti ya no duermo.

Púdrete, amor mío,
que no hay más remedio,
púdrete, púdrete
hasta el último hueso.

Con este último verso, nos damos por satisfechos. Mortalmente satisfechos, vivamente urgidos por alcanzar el próximo poema, la próxima estación que dice Virgilio Piñera: “Escribimos también lo que no vivimos”, citado para dejar claro que entre la vida y la eternidad casi no hay distancia.

COMPAÑERA

Yo no lo sé de cierto, pero supongo/ que una mujer y un hombre/ algún día se quieren,/  se van quedando solos poco a poco,/algo en su corazón les dice que están solos,/solos sobre la tierra se penetran,/   se van matando el uno al otro./

-Jaime Sabines-

1.-

Con este poemario Adhely Rivero arriba a un espacio que había visitado en tono menor o con otra mirada. No quiere esto decir que no haya estado en sus accidentes,  meandros,  alturas y profundidades,  pliegues,  luces y  sombras, en sus habitantes animados por afectos o desafectos. Compañera  (Ediciones A, Valencia 2012) es el libro de un segundo aliento, el que atañe al amor, a la mujer: la que llegó después de una primera y larga experiencia  cuya ruptura lo dejó un tiempo trastornado. Es el libro donde da con María, personaje de carne y hueso que en estas páginas representa  la idealización de un reciente propósito existencial.

El poeta de Arismendi, quien siempre ha porfiado por su tierra y sus labores, es hoy parte de otro paisaje, el que lo confina a una hacienda con los animales de su diario devenir. No está en la tierra siempre cantada, sino en una casa de campo próxima al mar, ese otro llano como decía Lazo Martí:  “El llano es una ola que ha caído”. Esta escritura fue formulada en la costa con una mujer al lado, correlato afectivo que tiene sus antecedentes en una dolorosa separación que se advierte en muchos de los versos que en este libro moran.

2.-

Con un dejo en el que Sabines levita, el autor de Los poemas del viejo desnuda su intimidad y menciona con nombre y apellido a María Sequera, “compañera del alma”, quien como el texto del mexicano es motivo de incendios, de penetraciones sobre la tierra, la misma que menciona Rivero en el epígrafe en el que recurre a Rafael Cadenas (“Vivo / como la tierra de donde vine/ la tierra que recorrí con mi padre”). Y esta instancia, el autor deja ver al lector que  Arismendi sigue estando en la memoria: con una amante/enfermera a la que “me dan ganas de decirte/ que no vayas al trabajo, / que te quedes en la finca viendo los animales”.  Es la misma mujer que debe atender sus labores en un  hospital y a la que el poeta sugiere dejar “que Dios cuide sus criaturas”.

Un tema que llama la atención en esta ¿nueva etapa? de Adhely Rivero tiene que ver con la presencia de Dios en muchos de estos poemas. Se trata de versos/ plegarias en los que el autor clama e invoca al Ser Supremo: “Me voy a la biblioteca a pedirle a Dios/ que se acaben los enfermos/ y me dé ánimo para rezar y oírlos cantar”. Los mismos enfermos que María atiende en el hospital donde trabaja.  En otro poema, inicia el texto un “Señor” que convence más al lector  de que cierta feliz espiritualidad ha acudido a la vida de quien escribe sin ningún temor, sin tapujo alguno sobre un tema tan delicado. Así: “Eres la compañera más bella/ y completa/ que he tenido en mi vida. / Ahora vivo solo./ De una orilla a la otra el agua/ del mar es salobre./ A Dios le quedan días/ para los dos en la eternidad./ A nosotros nos atajará la casa,/ ese lugar de amor en la tierra”.

El amor, se alcanza a creer, atiza el fuego que la anterior poesía de Adhely Rivero trataba por otros medios, a través de otros motivos. Ya no es el sitio, el lugar físico. La mujer –espacio en el que coinciden todos los sonidos- concita una revelación: apuesta a la creencia de que Dios siempre ha sido el responsable de la escogencia de la mujer de hoy. Entonces  asume el hábito, pero no deja de recordar que ha sido quebrantado, que ha “ganado mucho/ pero he perdido todo”. La soledad que le dejó el pasado se dibuja en el perfil de los animales de crianza, en las lecturas y trazos que hace con las palabras, “contemplando el desamor y cómo pasan mis días/ a la espera de la última mujer en mi vida”. Con este mismo tono afirma que “La mujer que tengo me va a incinerar”. Añade sin ningún enmascaramiento que quien con él vive lo esconde de todos para estar ellos dos. Y a ese paso, desliza: “Y yo en vida pienso que no tendré/ una muerte justa, bella, a mi gusto./ Quiero pasar mi muerte/ en la sombra de un árbol frondoso”. Vieja ambición de quien nació en plena sabana. Y así el otro deseo: “No dejes María que me pierda, / aprendo tanto cuando sueño”.

3.-

Es un libro de un hombre que viene del desarraigo, de una separación de “las miradas/ y las comidas”. Pero no se trata, como podrían creer muchos, de un despecho lacrimógeno. Se trata de una mudanza a la soledad: “Uno se va solo en el viaje del amor/ con la mirada de Dios”. Para luego entrar en una situación diferente: “…para proponerte María vivir conmigo la belleza/ del mundo en esta casa”. Y más adelante escribir: “…solo me llenan el terreno/ mi compañera del alma y avatares”.

El sobresalto de la ruptura quedó plasmado claramente en “La casa no se pelea/ le pertenece a los hijos,/ a la mujer./ Tengo visto un terreno/ junto al mar,/ se ve el cielo./ Uno debe tener animales pastando/ si tiene casa para su familia./ Voy a vender las vasas lecheras/ los caballos de paso/ y los toros/ para comprarme una casa./ refundaré la finca,/ después de haber salvado el amor./ Veré crecer animales en los pastizales/ sin temor a la vejez,/ hasta que Dios tenga la última palabra”. Y comienza de nuevo otra etapa vital, con otro cuerpo, en otro tiempo.

Una clave de este libro/otro de Adhely Rivero la encontramos en las más de diez veces que nombra a “Dios”. Las doce que menciona la palabra “casa” y le agregamos cinco de “finca”, siete veces “mujer”. Cinco aparece la palabra “amor” y catorce  “mar” o lugares relacionados con el mar. Es decir, el poeta, hasta ahora, ha encontrado el mundo en otro paisaje. Ya volverá a sus andanzas, de nuevo a la tierra prometida, como ya ha anunciado al margen de este libro.

UNA ESCRITURA DESDE LA PANTALLA

 Los escritores siempre tuvieron la ambición de/hacer cine sobre la página en blanco: de disponer todos/ los elementos, y dejar que el pensamiento circule del uno al otro.

                                                                                                                                                     Jean-Luc Godard

1.-

Freddy Krueger roza sus garfios de acero contra la destreza del poema. Desde la sala oscura o frente a la pantalla del televisor, quien imagina el poema borra la película y deja el rostro del personaje en el fondo del relato. Quedan los títulos en la memoria, son nata en la premura de quien se dirige a la hoja de papel, a la pantalla del computador y desliza retazos de aquellos lejanos ecos: Martes Trece, Pesadilla en la calle del infierno, en los que Terry Kiser, John Buechler o Wes Craven son también un mal sueño. Pero no, el espectador, que ha sido víctima durante varias horas, se  mueve sin temor alguno

Te juro/no quisiera/de rigor estar vestido/sin claridad/postrado//en medio de la fiesta//Sacudiera estos versos ateridos/de anotaciones ciegas/países que se inventan/el deseo//Si alcanzara el compás/derecha un dos izquierda un dos// Si bailase/flotaría en mi libre Dios/No habría sangre en mi cara/de invitados y novias/que reían

¿Dónde está por todo esto el sujeto que ingresa en nuestra pesadilla personal y destroza el sarao de nuestros sueños? Freddy Krueger se agazapa en el texto y discurre con sangre en las garras. ¿La mía, la de aquella muchacha que se quedó dormida en la fiesta? El poema justifica la existencia del título y descansa a la orilla del miedo. Alguien despierta el texto con una carcajada. Ya no es como lo afirmó Godard. Los escritores intentan hacer cine desde una pantalla en blanco que se convierte en palabras, en la sonoridad de historias que  “circulan del uno al otro” con plena libertad. Sin sudor en las manos.

2.-

La justificación para construir este libro está en una pantalla, donde los ojos de Oswaldo González están fijos, en blanco, como el papel que más tarde habrá de usar para imaginar el mundo que Stanley Kubrick coloca en la cara de un demente. Desde El resplandor de la atención del escritor que Jean Luc-Godard prefigura, desde esa máscara  llamada espectador, el poema se disuelve  en él mismo: Huya/ de tanta infección// Llévelo todo/ el pubis/ las obras completas/ Borre de la pared los signos/ del deseo “Manantial que no cesa”// De esta noche/ sin cimientos sobre roca

Siempre el deseo, el ámbito del ímpetu. La noche del cine, la de la sala a oscuras, amplía las posibilidades íntimas de las imágenes.

En el ínterin, las tiras cómicas sustentan la carrera hacia lo cotidiano. Los comensales se miran en los ojos de Meteoro, en el idioma del Pato Donald, en las pantuflas de Tribilín. En las audacias de Batman sin Robin. La realidad es más poderosa,

y el codo en la mesa/ la desmesura/ de esta tipa al tragar/ sus espaguetis boloña.

3.-

Un día se le ocurrió a Borges asomar la nariz y afirmar que sus primeros relatos “son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar  (sin justificación estética, alguna vez) ajenas historias”. Algo parecido discurre por este libro de Oswaldo González, si decimos que el cine, ese correlato de la realidad, se insertó en un poema y se hizo parte de una existencia, la del mismo autor convertido en víctima, porque quien aguza la imaginación para hacerle un tributo a Stephen King vive con los nervios a flor de piel. Por eso estos textos son un susto donde la inteligencia del poeta se abre y se debate entre un humor muy fino y un temblor en los verbos.

¿Quién no ha querido ser hombre lobo? ¿Quién desde la licantropía del sueño no ha abordado el aullido de aquel sujeto que atendió al dicho del “lobo del hombre” y se quedó con el lobo en sus genes? González también se hace animal de mucho pelo y se desliza bajo el astro a repartir las huellas que al amanecer suscitan dudas y discordias. Aquí nos lee en voz alta: Luna reina loca/ pálida de contener un grito// Cuando empieza a asomarse/ entre los negros pinos/ mi alma gime/ hostigada/ por la belleza. ¿Será la misma belleza que Rimbaud castigó? ¿Cuál lobo lleva el poeta en su alma? ¿Quién lo hostiga entre versos?

Un poco más allá, la Zona muerta donde la imaginación corrobora la vaguedad de la historia que la pantalla cuenta. En este ángulo de la sala el poema susurra: Me he desnudado hasta dar mis huesos a un poco de luna/ fría sigilosa. Uno, impuro y solitario lector, mira cada paso bajo el disco amarillo de la desolación. La noche es propicia para desgarrar la carne y dejar que el poema germine mientras la gente abandona el local. Los caracteres terminan de vaciar los temores.

4.-

Se ve una manera de ver, para decirlo casi como V.F. Perkins en El lenguaje del cine. ¿Qué ve un poeta en una película? Habría que estimar su deseo, tantas veces expresado en estos textos. Habría que pesar su angustia, su “felicidad”, sus sueños, quizás perturbados por alguna pesadilla. Habría que ver para ver. Nos alejamos de un modo de abordar los miedos para encarar el que nos suministra Relaciones peligrosas, aquel duelo impertinente en el que los bajos instintos se congregan: Un murciélago/ y un joven// Maravilla/ que engendran el arte/ y la ciencia/ singular pareja// El Guasón ríe/ insondable/ “Tanto que hacer/ y tan poco tiempo. El mismo tiempo de la muerte. El mismo de la vida. Quien ríe se refleja en el rictus del que cae fulminado por la traición, por el filo de una espada. Queda a la orilla del poema un trozo de celuloide.

5.-

El libro continúa de pantalla en pantalla, un poco borroso porque cuenta otras historias. Se hace poema desde la perspectiva de un sujeto que crea, inventa, re-crea, reinventa, hace un inventario de imágenes y se va lentamente sobre otros títulos como Portero de noche, donde la libertad es oscura. La mosca en sus varias versiones se posa sobre un “postre precario”. En La guerra de los Roses todos sufrimos/ plagas cotidianas, mientras una voz aparta el odio, el rencor. Así, El silencio de los corderos las nubes braman/ sus ansias de tormenta, mientras Allí yace mi amada.

El niño solitario/yace sobre su cama/de costado// Escribe/ “Es tanta la tristeza/ y sin embargo/ la brisa hace bailar/ suavemente a las hojas (…) Atisba su destino/ de poeta/ forense

Jalona en La sociedad de los poetas muertos, lugar donde Peter Weir deja vivir y sufrir a un Robin Williams pedagógicamente aventurero.

Con este libro, con esta puesta en escena de títulos en los que las películas se han quedado en la pantalla, Oswaldo González nos demuestra su capacidad para hilvanar sus propias pasiones, su amable manera de tocar y verbalizar lo que hace tiempo quedó en su retina. Pero más, quedó en su alma, ese espacio que suele jugarnos malas pasadas, como ésta en la que un poeta se convierte en personaje de muchas historias contadas por otros.  O por él, que es otro.

(Prólogo al libro Zona muerta, publicado por La Mancha ediciones, Caracas, 2010)

DOCE VOCES EN EL OJO ERRANTE                                                                                                                                   

                                                                                                                       Ilustrac.: Eduardo Bárcenas

1.-

Doce son las voces que transitan por las páginas de El ojo errante, el nombre escogido desde la cercanía con Umberto Saba para inventar un libro donde cabe una docena de poetas, habitantes de un taller que Edda Armas ha sabido concebir con el vagabundeo de las palabras, los lugares y las imágenes del mundo. Doce, entonces, hacen de esta aventura el sitio que la editorial El pez soluble convirtió en libro para gusto de quienes son cómplices, inocentes o culpables, de la poesía. Podemos decirlo con Manuel Casado: “…el pensamiento –como también el mundo- es inseparable de la red de los lenguajes, y la poesía consiste en crítica que el lenguaje se hace a sí mismo, disidencia de lo codificado, puerta para la posibilidad de cambio”. La puerta, como el pensamiento, está abierta.

Y muy bien que lo afirma Edda al comienzo, en una suerte de declaración en la que dice de quienes son en este poemario plural: “El errante se atreve. Renuncia a ser perezoso, aunque reconozca la perentoria necesidad de tiempos de reposo y de silencio”. Ciertamente, quienes escriben aquí, quienes despellejan palabras para sacarles brillo, son ciudadanos de variadas pintas y oficios, caminantes y viajeros cuyos códigos emergen como distintivos de una emergencia llamada poesía, porque ésta siempre estará en una sala de parto, en el lugar del alumbramiento, pero también en el centro de la tristeza, de la alegría y del olvido. Por eso trabaja, a sabiendas de que el cuerpo se cansa, como asedia Pavese y amenaza un río sobre la tierra yerta.

Los doce del patíbulo poético (juego de palabras para imaginar que le rebanan la cabeza al cisne); los doce apóstoles, los que cortan el pan con las manos y lo llevan a la boca plena de versos y sonidos poco comunes. En fin, don doce poetas que han escogido “el oficio más peligroso del mundo”, donde no caminan “de manera idéntica” los miembros del taller. Edda Armas dixit.

2.-

Los doce son Rubén Ackerman, Hildegart Acosta, DMargot Baptista, Tere Casas, Ligia Colmenares, Leonardo González Alcalá, Ruth Hernández, Aymara Lorenzo, Georgina Ramírez, Marcia Reverón, Anabela San Vicente y Héctor Vera.

Los ausentes

Rubén Ackerman es un poeta que ora. Ackerman es de esta tradición. Ser judío es ser una oración interminable, errante. Leemos a un hombre que habla con los que no están, como él mismo ha declarado. Habla con Dios y los ausentes. Ora desde el silencio. La belleza de sus textos conmueve por la sinceridad familiar con que los escribe. Una voz que canta desde el dolor, desde la invisibilidad de quienes un día fueran parte de la casa. La sangre que ya no está. La poesía, códice de una cultura en la que Dios es una metáfora: “Un tío muerto cava una enorme tumba en las nubes por/ si el destino es aciago y nos dice/ Vamos a dormir hasta que termine la guerra”. Porque Dios se muestra de distintas maneras: “el Dios que partió para siempre con tu muerte”. Un poeta encajado en la carne del silencio. La ausencia es una voz que no se borra.

Peregrina

La palabra ambula en el tiempo. Es “el río en que me voy haciendo y deshaciendo”. Así lo dice Hildegart Acosta, poeta que “está” en la poesía como ella misma confiesa. Y como vive en poesía hace del tiempo tránsito hacia un horizonte donde se siente la vida y la muerte. Como la pérdida, el vacío mientras sucede la noche. Poeta nocturnal tiene en la sombra, en la niebla, el “grano de sol” que se extingue. Con el paso del tiempo descubre un rostro en una pregunta: “¿Dónde estará la noche, / el fuego de la hoguera…?”. En la brevedad también se encuentra y se desvanece: “Ayer caminaba contra el tiempo/Hoy camino con el tiempo”. Finalmente, el milagro, la poesía, el peregrinar.

Materia voluble

Para DMargot Baptista todo es escritura. Por eso le asiste la razón de la poesía, la que es forma desde la psiquis y la mano que traza las palabras. El cuerpo, la savia de su adentro, se asimila voz y ligamento: alma y carne, espíritu y músculo. Por eso, “en la superficie/ el verbo se aniquila/ queda sin trayecto”. Es decir, la escritura viene desde una distancia ausente, invisible: “Palabra poblada de silencio”. Materia voluble nos dice que quien habla es “cuerpo maleable dispuesto a/ Respirarte/ Envolverte/ Bailarte/ Humedecerte”. Mujer/ deseo.

Canasta de pomas

Poeta sembradora, deja correr estos versos: “mis manos cavaron surcos/ guardé semillas/ un rocío de lágrimas las regó (…)”. La esperanza, digamos, en un pedazo de tierra imaginada, en la fortaleza de la hija, el nuevo ser, quien también cuida la vida pese a la sed que sufre el mundo.  La poeta mira desde la mirada que la contiene, sentada en la ingrimitud de una estación existencial. Desde allí observa mientras “navega mi alma solitaria”. O vuela hacia quien desata sus alas. Son poemas/ nudos que, finalmente, se hacen pensamientos libres, revelados en sus propios miedos. Después, la serenidad, la “húmeda oscuridad”.

Más allá de la palabra la poesía es

“Blanco sobre blanco/ mórbida textura que incita/ la palabra…”, en efecto, la voz al ritmo del tiempo, “la vida”, así lo escribe Ligia Colmenares quien insiste en el blanco, en la “menguante luna”, donde el blanco es la luz donde se escribe el texto, el trazo acostado e invisible, el verso, como el aire, el aliento que se somete al vuelo, al pájaro, que es gota de vino, lágrima y caída. Y digo insisto porque Colmenares no deja de nombrar y construir el lugar donde esa palabra suena, existe, es: la casa, “primigenio lugar de los ancestros (…) Casa del Oráculo (…) Casa de la memoria (…) Casa de la poeta”. La poesía de Colmenares destaca la presencia de la “tribu”, la familia en el padre, de Dios, de la sed, donde abreva el “Ojo de camello”  y su “oblicua mirada”. La poesía –entonces- es un viaje por el desierto.

Estamos aquí para sostener el espejo

Leonardo González Alcalá tiene en la poesía un cuenco de dudas. En ella vierte sus “verbos hostiles para nombrar lo pasado/ como si fueses una novedad…”. Este espejo que es su escritura lo refleja y lo calca en la ausencia vertida en los objetos  y la puerta por donde una mujer habría de pasar.

El espejo, el motivo de estos textos, colgado en algún lugar de la palabra. Sostenido por un poema. De allí que avise: “para saber que el poema que nace del vacío/ es el que va más lleno de nosotros”. Y así, plural, el texto como personaje, como alguien que duda frente a su imagen.

Nocturnidades

Harold Bloom escribió un día que “la lectura es una praxis personal, más que una empresa educativa”. Aquí sentimos, desde esta lectura de los textos de Ruth Hernández Boscán, que “en todo encuentro se paga un sacrificio” y la praxis personal podría ser un sacrificio en la medida en que vayamos asumiéndola como un placer. Se disfruta trabajando. De modo que leemos en soledad para que luego la escuela sea más fructífera. Pero la lectura/escritura nos lleva al sueño, a la infancia, al vacío. Un fantasma invade el poema, ese que viene por quien inventa los sonidos, la “tormenta (que) va por dentro” y se hace “destino” personal. Todos los sueños conducen al despertar. He allí la poesía, luego el poema nocturno, oscuro, vivo.

Cuerpos paralelos

Poemas carnales unidos al deseo. Esta aventura de Aymara Lorenzo la hace ver en una penumbra en la que el cómplice es un olor corporal. Y así, la muerte en otras líneas que se hacen segundo día. Un calendario de instantes, de ecos perdidos, el misterio de un cuerpo que es otro al día siguiente, como Otro se es en el poema. El día quinto es el abandono y el dolor. La aridez de una piel. La hora infértil. Finalmente, la soledad, la invocación. Un “cuerpo áspero”, relegado. Dos poemas se saltan el tema, como una estación para olvidar. Luego, la pérdida para decir “Te rozo en el aire// no te alcanzo/ mis ojos sienten tu frío/ en la hoja en blanco”. Vendrá otro poema sobre esa hoja, como otro cuerpo.

Degustación

Degustar es saborear, gustar un sabor. En el caso de Georgina Ramírez estamos frente a una voz que ilusiona, que degusta búsqueda y pérdida, porque se vale de una mirada absoluta que más tarde hace que descubra “que sólo la nada/ me pertenece”. Luego de estar, “de tanto tenerte”, la lengua que aquí habla se aleja hasta la pérdida. El amor, ese absoluto riesgoso, pesa y pasa por estos versos donde dolor y miedo son sometidos al escrutinio de la sinceridad: “Quiero esconderme/ en los rincones/ de tu vientre”, dice en un deslizamiento. Y aquí: “Tu cuerpo/ esférico/ lunar/ se irriga en mis entrañas”. El cuerpo asumido como salvación o como despojamiento. Ausencia sensible, vacío, olvido, desesperanza. Así respira esta voz.

Con Vivaldi

¿Cuántas estaciones pasan por Marcia Reverón para titular sus versos con Vivaldi? Que no son cuatro las estaciones, sí la fuerza con que amanece y se toma un café mientras el compositor italiano se riega por la casa. Y así los poemas, húmedos de Vivaldi, recién despiertos con la música: “me lanzo al sueño desnuda/ como una bailarina sin velos/ en las profundidades del agua/ inicio la apertura/ mi vientre suena a fragua/ engendra adagios fugas/ guarda dulces concavidades…”. Un viaje en sueños, la memoria y un camino, el valle donde nace el amor o la llegada de un ángel contemplativo. Todo o nada: la música activa estas imágenes. Vivaldi en un “círculo de fuego”, en las manos de Marcia Reverón, mientras “una copa de Malbec/ frente a la luna/ despeja la noche/ y mis pies/ se convierten en lugares”. Allá, afuera de la cocina, danza el Monje Rojo, Vivaldi en el poema.

Alas

Anabela San Vicente da “vueltas y vueltas” sobre las palabras, pero logra estacionarse y escribir el poema. Su poesía alude muchas cosas, no se detiene, es totalmente libre. No obstante, se exilia en dos islas y allí cavila, hasta decir frente a las mareas: “-Me parió la madre, me parió la mar-/ la misma tierra traga cenizas”. Y sigue, sin parar, a pleno vuelo, sobre las crestas oceánicas: “No sólo en el aire se vuela/ también un destino se persigue/ en el tiempo/ cuando anhelas un puerto/ se personaliza la eternidad”. El tiempo, un lugar para llegar o advertir el extravío: “Naufragar, cuidar esa nostálgica distancia/ Hasta siempre…”. Dos estados del alma vertidos en versos hasta arribar a La consagración de la primavera, de Stravinsky  y cerrar el telón.

Flor y piedra seducente

Clausura el libro Héctor Vera, quien ha declarado un poco antes que se busca en el yo del otro, en el que no se reconoce. Y así, “La duda severa”, vertebrada en estas líneas: “la espada que decía engullir, / lo que creíamos/ sin un dejo de duda”. Declara en un denso texto en prosa: “La palabra, el umbral de la nada, por eso el escribiente”. Vera es un poeta que se maneja bien en verso y en prosa. Se recoge en los juegos cotidianos y logra tomarse un helado con mucha seriedad. “Porque nos sabemos inferiores, requerimos de los dioses, sus odios, sus helados”.  E insiste en el “círculo de las dudas” hasta incendiarse y mirar el entorno con su “ojo errante”, el mismo que Saba entregó a doce dialogantes en estas bellas páginas.

LA ANTOLOGÍA PRESUNTA DE EDUARDO LLANOS

1.-

Una palabra se afilia a la conversación con el poeta chileno Eduardo Llanos Melussa: ironía, la que hace más evidente una inteligencia sutil. Podríamos afirmar que se trata de una ironía expresamente pedagógica cuando se entabla relación directa con el poeta.

Es un poeta casi inédito para los lectores del resto del continente, “descubierto” a través de Antología presunta (1976-2002), publicada en 2003 por  el Fondo de Cultura Económica, en la Colección Poetas chilenos/ Tierra firme. Libro donde aparece (aunque incompleto) el poemario Contradiccionario (1983), muy celebrado por los poetas Gonzalo Rojas y Enrique Lihn.

El lector se preguntará por qué una antología “presunta”. La respuesta nos la ofrece Niall Binns, quien abre el tomo con un prólogo enjundioso donde destaca el carácter de inéditos de los poemarios, excepto, precisamente, el ya mencionado Contradiccionario. Por supuesto, el trabajo de armar el libro fue labor del mismo autor, lo que hace más presunta la antología, toda vez que los libros permanecían guardados en un secreto tránsito de acomodo al mundo.  Pero también porque se trata, como señala en un texto inicial, del fondo contradictorio de su autor. De allí la inteligencia sutil (la sutileza es fina revelación en muy pocos autores) de Llanos Melussa que, gracias al X Encuentro Internacional de Poesía de la Universidad de Carabobo 2012, nos permitió conocerlo personalmente. Y también nos dotara de un ejemplar de su trabajo.

En efecto, Binns ha afirmado: “La contradicción aquí es claramente una dicción en contra, un rechazo racional, barbado de ironía, a determinados comportamientos sociales de los poetas”.  Para demostrar esta tesis aborda el poema “Aclaración preliminar”, primer texto del libro en el que deja sentada una poética que se advierte en toda su obra: “Si ser poeta significa poner cara de ensueño,/perpetrar recitales a vista y paciencia del público/ indefenso,/ infligirle poemas al crepúsculo y a los ojos de una amiga/ de quien deseamos no precisamente sus ojos;/ si ser poeta significa allegarse a mecenas de conducta/ sexual dudosa,/ tomar té con galletas junto a señoras relativamente/ deseables todavía/ y pontificar ante ellas sobre el amor y la paz (…) / entonces, entonces, no quisiera ser poeta”.

2.-                                                         

Los libros que contiene este periplo, mencionado ya Contradiccionario (1976-1983), son Disidencia en la tierra (1976-1988), La brasa y la brisa (1986-2000), Paisaje histórico (1984-1989), Prohibido estacionar (1992) y Cofre de Haikus (1988-2002).

La tradición poética chilena es de largo trayecto.  Versos que conversan entre ellos, hacen de Llanos  Melussa un representante que no deja dudas sobre su agilidad y esmero por  asentar que las palabras deben usarse para decir, para encantar, para doler  y hasta para desechar. Llano Melussa es un poeta cercano a Nicanor Parra. Heredero de una cultura donde la irreverencia asoma siempre su cuerpo, nuestro autor destaca porque, como afirma el prologuista, “la esencia de la humanidad son las contradicciones”.  Valga el ejemplo de “Clausura”:

“Bueno, bueno, lo reconozco: / como tantísimos adolescentes,/ yo también incurrí en imperdonables poemas/ para que la amada de turno suspirara en sus tardes/ de gripe/ (amada que era apenas un rostro ardiendo al fondo/ de un sueño). // Pero hoy que mis horizontes van ampliándose/ -limpiándose diría si hubiera suficientes micrófonos/ en torno-, / quisiera rehabilitarme como un hombre de buena/ voluntad/ y hacerme digno de mi propio lenguaje, / dignidad en cuyo honor clausuro este poema”.

Tono en el que el autor se somete al escrutinio del tiempo. Desdice y dice: va al pasado y retorna al presente con la carga de una humorada que se convierte luego en oficio. He allí el carácter indoblegable de quien no teme arrancarse los verbos de la piel y hacerlos parte de un texto donde viven y sobreviven la “gripe” y el poema. Porque el resfriado de una novia de la adolescencia jamás se olvida y hasta se convierte en leyenda urbana cotidiana, como todos los textos que en esta antología presuntamente existen. Y vuelvo a lo de presunta porque, en efecto, somos lectores presuntos dado el grado de peligrosidad de estos trabajos en los que Llanos Melussa provoca, conspira y se hace el loco a la hora de los cargos de conciencia. Es decir, el autor nos crea, nos inventa en la medida de su recreación (y re-creación): una suerte de mirada a un paisaje que se instala en el imaginario de quien abre estas páginas. Sí, es un libro donde el ser social y el ser político se confunden con el ser poético, con el gracejo de quien siempre se tropieza con el mundo y lo analiza con cabeza fría y muchas veces ahogada con una risita de medio lado. Existe una ética del decir. Existe una ética/ poética a la que somos sometidos, voluntaria o involuntariamente, los que osamos acercarnos a él, al poemario, a su presunción.

3.-

Digamos de Disidencia en la tierra, juego donde Llanos Melussa contradice el título de Pablo Neruda, lo revisa y le da otra dimensión. La residencia se extravía y se confirma exilio, tortura, voz contraria, destierro, pérdida y hasta extravío. Muerte. En este espacio verbal el poeta habla desde el adentro y el afuera de una realidad que conmovió al mundo entero. La dictadura chilena sigue siendo un largo poema donde el dolor, el reclamo y la ironía produjeron textos como “Aviso clasificado”:

“Centro de inteligencia y prisión preventiva/ en vías de expansión a todo el territorio/ necesita contratar personal de apoyo/ en jornadas nocturnas, diurnas o vespertinas.// Se exige dinamismo, reserva, sangre fría, / olfato, patriotismo, buen oído y buen ojo./ Deseable posesión de vehículo propio,/ estudios de kárate y buena puntería.// Se ofrece buen sueldo, comisiones y viático. / Labor no rutinaria –con viajes de confianza/ dentro y fuera del país-. Carrera funcionaria.// Postular solamente los más interesados. / Enviar nombre completo, sin datos ni currículo: / de eso ya tenemos un registro exhaustivo”.  Queda en la lengua -y allá en el fondo de la memoria- una carga tan humana que deshace el oficio del soneto. El poema es –precisamente- el oficiante, el que advierte de todo lo que podría ocurrir y no ocurrir. El dolor es un largo y afilado poema como el mapa de Chile. Y así como es largo el territorio austral, así este poemario que deja un extraño sabor en la boca. Con estas palabras cierra el libro el poeta santiaguino: “Pero es cierto también que ahora, al balbucear/ y bucear en mis propias lagunas mentales,/ me sorprendo in fraganti a mí mismo proclamando/ ideales libertarios en un tono impositivo, igual/ que un almirante jubilado que se desgañita/ arengando a una tripulación inexistente,/ poniéndome y sacándome y poniéndome de nuevo/ la máscara del desenmascarador./ Así que ya no sé quién soy ni quien no soy/ y prefiero interrumpir aquí este verdadero-falso/ testimonio”. He aquí entonces una forma de desdecir o afirmar una sociedad que aún navega en la incertidumbre, que una vez hizo decir a Neruda: “Cadáveres dormidos que a menudo/ danzan  asidos al peso de mi corazón…”.

4.-

Entramos en el paisaje nacional con el primer texto de La brasa y la brisa. Justificación para volver a sus andanzas: el poeta reflexiona y juega. Al derecho y al revés. Dice: “Serenidad del cielo/ al atardecer, / como si Dios meditara/ bajando los párpados”, luego de esta hermosa tarjeta de presentación (“Chiloé”), en la que no cabe ironía alguna, Llanos  Melussa nos revuelve el agua verbal con “Pantano nocturno”: “Cierto: aquel pantano hedía/ insoportablemente. / Pero, suspendiendo un instante la respiración, / uno descubría que en su superficie/ también se reflejaban las estrellas” (y coloca el próximo verso al revés, como si lo viésemos en un espejo). ¿Cabe este pantano en Chiloé? Podría ser en la superficie. En el fondo, donde no caben todas las cosas, la belleza: la contradicción, elegante y provocadora, desnuda a quien se maquilla y por dentro está lleno de espinas. Para burlarse de él mismo (como debe ser), dispara: “Una larga experiencia/ me ha mostrado/ que una larga experiencia/ no sirve para nada”. O: “Luego de intentar/ una atenta reflexión/ veo que jamás he hecho/ una atenta reflexión”. Estas paradojas, esta suerte de trote aforístico, confirman la búsqueda de quien se cree perdido, extraviado en medio de un desierto. Para redondear, se larga con éste: “Después de observarme detenidamente/ sé que no puedo observarme detenidamente, / menos observar si me observo o no me observo/ y mucho menos hacerlo detenidamente”. Tesis, una vez más, puesta en evidencia: el poeta usa la contracción como una manera de deshacerse de la abulia reinante, de la oquedad de ciertas reflexiones. Para hacernos más fácil el atajo, el poeta chileno nos hace entrar en la poesía dibujada que en México Juan José Tablada practicó a su antojo, y que hoy Llano usa para enmarcar su talento poético y su ocio existencial, que en el fondo son lo mismo. Palíndromo y caligramas, haikus y demás experimentos se pasean felizmente por estas páginas que, para casi clausurarlas, terminan así: “Siempre y en cualquier parte/ escribir ha sido nadar/ contra la corriente. / Sólo que aquí se incluía/ la corriente eléctrica”. Si hacer poesía es lo más contradictorio del mundo, también –como decía Hölderlin- es el oficio más peligroso, tanto que la picana es una metáfora.

4.-

Paisaje histórico: cruces de palabras: “Miré s muertos de la patria mía”. Cruces y más cruces. Caligramas. Cruces, muertos, agonía, tortura. Cruces, hasta llegar a Prohibido estacionar, donde la descarga es la de un sujeto que habla de la poesía, de la ciudad, de las muchachas, de una taza de café y muchas miradas. Textos donde el país sigue siendo una borradura, un paisaje fresco, una cálida estación de voces. Y luego, Cofre de haikus donde el poeta muestra su capacidad lúdica. Poemas donde un niño juega con las palabras. Donde un adulto se hace esas mismas palabras.

 Así, al cierre, me atrevo a afirmar que este libro es un inmenso ars poética donde la misma poesía (¿y su más allá?), los afectos y la gente constituyen una atmósfera cuya densidad se condensa en un silencio que nos ahoga al leer el último verso.

CARTA CASI ABIERTA A DON NICANOR PARRA

                                                                                                                      

Estimado y respetado antipoeta:

Digamos que comienzo casi por el final. O que el final se hace comienzo en este instante de voces agoreras, perdidas en el espacio como lo estoy yo en este momento. Digamos –o digo-, don Nicanor, que nada de lo que diga aquí tiene sentido, sólo aquella vieja manía de acercarme y colocarle una mano sobre un hombro –vaya confianza- y saberlo  parte del aire que todos respiramos o más o menos respiramos mientras agonizamos.

También debo decir aunque no diga nada, que soy posible gracias a unos versos que alguien dejó tirados en un antiguo hospital de pueblo, y que yo tomé como herencia de un enfermo terminal, hoy olvidado, tirado en una tumba seca, sin marca ni epitafio. De alguna manera debo afirmar que el mundo sufre de gota y de goteras. De alguna forma debo señalar que nada de lo que pasa en la Cordillera de los Andes me es ajeno. Y voy, jalando, dando y dando. O, quién sabe, recibiendo, para no quedar mal con el Vaticano y con los organismos de seguridad de quienes se postulan salvadores del mundo, del planeta y demás astros de la farándula cósmica.

Estimado don Nicanor, señor antipoeta (poeta digo yo, con todas sus letras), querido señor de tantos caminos andados mientras la calvicie de algunos es sólo pesadumbre:   Escribo desde un pedazo del trópico –por supuesto no nieva ni hay estaciones, lo cual podría parecer un fastidio- donde ciertos pajarracos vuelan y se estrellan contra los vidrios de la ironía. También chocan de frente contra ellos mismos por aquello de hacerse los locos a la hora de enterrar en el cementerio municipal las urnas de la opinión y de ciertas decisiones que el don de mando no toma en cuenta a la hora de las emergencias.

Usted se preguntará a qué viene esta carta de un desconocido y yo me pregunto lo mismo, digo, por la carta (que puede tomar como un antipoema que no es tal pero que podría parecerlo), no por la alegría de leerlo o saberlo vivo pese al peregrinar de los sinsontes y el agotamiento de la capa de ozono. Se preguntará qué hace en sus manos este papel  arrugado que le llega y que seguramente no terminará de leer por la extensión de quien cree que usted  forma parte de un largo relato. Es más, se ha creído que usted es una ficción que nos anda regalando fantasías tan reales que forman parte de nuestros sobresaltos, poemas alocados o geniales, pájaros de papel que caen desde los volcanes de Chile. O que también son parte de los interminables terremotos de esa tierra donde nacen poetas como espigas y termina un continente en la delgada tira de un país donde se comen empanadas y se baila cueca.

Como es una carta casi abierta que en el fondo no dice mucho, me despido de usted con la mano en la calva (que no uso) y los ojos puestos en  cada movimiento sísmico de su larga data antipoética. Que es como decir de su paciente estilo de espantarle las pulgas al mundo todo.

Un ocioso lector lo saluda.

EL AVIÓN NEGRO

1.-

Juan Domingo Perón es imaginado en un poema que vuela sobre la ilusión, sobre una ciudad que vive los avatares de un tiempo que se repite diariamente en las vidrieras de las grandes tiendas porteñas. En el hedor que despide la basura de la ruidosa y crecida Buenos Aires,  Juan Domingo Perón rebota entre las vértebras de un poema que Esteban Moore compone desde las vísceras de una vieja nave aérea, desvencijada por el  óxido de los años, pero no borrada del todo de la fiebre de quienes aún piensan que el mesías uniformado bajará por una escalerilla a salvarlos de la insania política de los días más cercanos a estas horas.

El 2 de diciembre de 1964, el pueblo argentino soñaba con ver llegar al caudillo en un pajarraco oscuro que aterrizaría  y volcaría felicidad sobre las miles de cabezas que ansiosas aspiraban a regresar a los primeros tiempos del general. Pero el tal avión no era negro, se trataba del vuelo 991 de Iberia, el cual fue detenido en el aeropuerto de El Galeao por las autoridades brasileñas, por instrucciones del presidente Arturo Illias. La Operación Retorno se quedó congelada en el tiempo, en un poema que roza los deseos de aquella gente recostada de un mito.

El poema de Esteban Moore, contenido en el tomo del mismo nombre, El avión negro, Papel Tinta Ediciones, Buenos  Aires, 2007), reflexiona sobre este hecho y aborda detalles familiares que le dan más fuerza evocativa a la historia. Este poema conversado, como casi toda la poesía de Moore, repasa el libro de historia de aquella nación que aún se debate entre el apellido del militar y la modernidad democrática.

La memoria del niño que era Moore se explaya en el texto desde el bar de Ferraresi, donde iba con el abuelo. Allí hilvanó las raíces del texto sentado “en una mesa frente a las carameleras / y a cambio de buenos modales/ –estarse quieto y mucho silencio-/ me dejaba pedir la Bidú y el helado que pudiera consumir” (…) Fue allí/ donde por primera vez escuché hablar/ del avión negro/ —Si—fue ahí—podría jurarlo (…) Hoy a décadas de distancia mientras espero para cruzar una calle/ en una Buenos Aires/ -crecida –sucia- ruidosa/ el avión negro es ya un acontecimiento anecdótico/ pero es también esa pregunta nunca contestada

El poema anida en el mito, recobra la sintaxis de esos días de sueños, de ensueños e ilusiones aún no superados.

2.-

La poética de Esteban Moore hinca en detalles del pasado, desde un yo que se amplía y se reconoce en la sonoridad de unos versos bien respirados.  El ojo del poeta hace un inventario de los eventos que lo marcaron en la niñez, en la adolescencia, en ese pasado que se hace hoy en el tono y la acentuación de la lectura. La voz curiosa de Moore relata desde la atmósfera de los secretos familiares, desde las sombras y las luces de sus antiguas casas, desde los nombres que cuelgan de la memoria. Precisamente, en “Viejos papeles” hay una fotografía color sepia, un cuadro en el que aparecen palabras y objetos escondidos: “Un sábado por la tarde/ dedicado a la limpieza de la baulera a poner en orden trastos viejos/ descubrí entre unas cajas de cartón un paquete/ envuelto en papel madera/ atado con grueso hilo de cáñamo/ oscurecido —empolvado por el tiempo”. Tiempo y espacio, historia y lugares donde la mirada de Moore se estaciona, se hace historia, verso, poema en prosa.

En el poema “Fotografía” es mucho más evidente lo afirmado arriba. La imagen tiene doble contenido: la imagen misma, la descripción de los personajes y la nota que en el reverso se puede leer en dos idiomas. El poeta se recrea en esta instancia y seduce al lector al acercarlo a la mirada, al rostro de una anciana y de una niña. El pasado como sustancia viva del poema.

Un paisaje se congela en la voz de quien lee lentamente: “Mirá eso, pronto no lo volverás a ver”: quien transita por estos versos hace un viaje por costumbres que ya no existen. Trazos largos donde se siente el deseo de darle una respiración profunda a la lectura. Se siente el tiempo hasta la llegada del futuro en el último verso. El túnel del tiempo rodea cada poema, lo exalta, lo hace presente. “Los chacareros”, los agricultores, los campesinos…los arreadores: el color local y universal de hombres que hacen del silencio un modo de “vigilar el maizal”. Personajes como “El turco de la bolsa”, quien pasó toda la vida en una esquina  vendiendo “beines, beinetas, hebillas, hilóz, agujaás y otras baratijas”, hasta que desapareció y se hizo leyenda, memoria colectiva, dolor en la ausencia: “Allí/ jornada tras jornada –pasaba largas horas/ siempre de pie –en posición casi marcial/ esperando a su posible clientela// Siempre lo vimos con la misma casaca militar…”. Un personaje lejano como en una fotografía, pero presente en la mirada del poeta reflejada en el lector.

3.-

La lectura vuela, viaja, se desliza por la geografía afectiva de una ciudad: Buenos Aires entrega “Los boliches”, “Los cines”, el “Restorán Los vasquitos”, un “Tiempo de cosecha”, la “Crónica de estos días”, y así hasta una “Carta a Marco Polo/ Venecia”. En estas líneas la vida y la muerte tienen lugar: la tortura y sacrificio de Alejandro Javier, a quien llamaban “Bocha”. La panorámica de la memoria hace de estos espacios parte del mismo rito urbano: las ciudades engendran, paren y abortan sus locuras y bellezas. Esteba Moore elabora un discurso que cuenta, relata –como una conversación entre amigos- la historia de su barrio, de su patio, de su ciudad, de su mundo. Y lo hace consciente de que la historia se debate entre el mito, la estupidez  y la tragedia. Entre la paradoja y un largo poema que habla consigo mismo.

Un avión cruza el cielo del poema y libera al posible lector de las sombras que marca su vuelo.

Leyenda fotográfica: Alberto Hernández, Sam Hamill y Esteban Moore.

Sam Hamill:

OJOS BIEN ABIERTOS Y OTROS POEMAS

                                            El alma debe aprender a perdonar aquello que la boca canta.

                                                                                                                                                         S.H.

1.-

Sam Hamill es un hombre de fuertes  pasos, de sonrisa fácil e inglés sonoramente firme. Su pronunciación alberga una pasión casi impulsiva. Se trata de un poeta norteamericano que no cree en las políticas de su país. Se trata de un poeta cuestionador,  que canta sus experiencias desde la dureza de la realidad y desde un espíritu afectivo que tiene raíz en su condición de budista. Se trata de un poeta  profundamente humano tocado  por la orfandad, por el dromómano  afán de ser universal,  mundano y enemigo del odio y la muerte, ocasionados por la guerra.

Sam Hamill se aproxima desde el reflejo de sus anteojos, con los párpados casi cerrados para evitar el relámpago del trópico o la luz criminal de una bomba en el corazón de una ciudad indefensa.  Y digo del trópico por mi experiencia con él en Valencia durante el X Encuentro Internacional de Poesía de la Universidad de Carabobo (2012) en el que coincidimos y nos conocimos brevemente. Y digo de las bombas por su rechazo absoluto a las guerras, escrito en sus poemas y en la piel de sus palabras, por sus críticas rotundas contra la administración Bush y contra todo lo que huela a pólvora y metralla. De modo que es un poeta militante, un poeta vigoroso, un hombre entregado a la vida, a las letras, a la disidencia, al mundo. Después de oírlo y mirarlo, queda el sonido, el estruendo de su pronunciación, el verbo encendido de sus versos, algunos reunidos en el libro Ojos abiertos y otros poemas, publicado por la Colección El Cuervo del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, en 2006, con traducción del también poeta, el argentino Esteban Moore.

2.-

El primer poema de este libro -suerte de anzuelo-  pesca a quien lo lee. El lector es un pez invisible. “Las redes” anima la imagen de un pescador que recoge y desenreda las cabuyas de una atarraya. La metáfora aproxima nuestra lectura al deseo, al espejismo del agua y a la sangre que brota de los dedos del hombre de mar. Es un poema donde el tiempo y la distancia elaboran la presencia de un ser humano frente al universo, frente al océano. Las pesadas redes del deseo…, instancia que encierra el pensamiento y también los sonidos que contiene el mundo. Un hombre solo desenreda las horas de su silencio.

Una página más adelante nos aborda con “Viejos huesos”, un texto dividido en tres partes en los que Hamill recuerda a algunos poetas cercanos a él: Snyder, Pound y Lu Chi aparecen mientras el poeta que habla modela el mango de un hacha. Luego, Hui Neng protagoniza el segundo texto desde el polvo de sus huesos. El tercero recuerda a Basho y la fábula del agua y la rana. Es decir, Hamill resume la paz del mundo en pocas líneas: tiempo y memoria, espacio y sonidos retraídos hacen posible este hermoso instante verbal.

3.-

“Un dragón en las nubes”, “El don de lenguas”, “El ganado de Dresden”,  “Dos pinos”, “Montañas y ríos sin fin”, “Lo que sabe el agua”, “Perdido en la traducción”, “La flor de la orquídea”, “Discurso inaugural ante la asamblea legislativa, 2003” y “El poema de Nueva York” abren la puerta de acceso al extenso texto “Un canto pisano”, donde Hamill se pasea por diferentes instancias de su vida, su ideología, sus gustos por las culturas clásicas, la griega y la latina, y su paso por la china y japonesa, sus viajes bajo la luz de los Cantos Pisanos de Ezra Pound. Pisa es la escenografía por donde ocurren las palabras del autor. Un poema de largo aliento que le hace decir: Yo no soy Odiseo, sólo un monje en una orden de poetas, /un viajero hacia la Toscana, un turista en Venecia…. Nombra y dice de los poetas maltratados Akhmatova, Hikmet, Tu Fu, presos y exiliados. Un canto dolido que también tiene en el tao, un camino a seguir. / Mis colegas poetas lo sostienen, / he apuntalado mis muros/ he invitado a mis barricadas/ a aquellos que abrazan la tradición.

En otro lugar del poema asiste y canta: Kannon, Kannon, / perdonar es una cosa, / olvidar otra. Se pasea por los campos de concentración, por los bombardeos contemporáneos, por el acento de Confucio…hasta llegar al poema, a la pulpa del poema como músculo y aire, como humano proceder: El templo de las palabras, / el poema es el amo./ El poema. Únicamente. / El poema”.// Es el sendero a la iluminación (…) allí donde todo es música, / todo es luz. Largo viaje por el cuerpo sonoro de este hombre que ha sabido sobrevivir.

“La flor de la orquídea” se queda flotando en la memoria. Un poema donde Sam Hamill ha dejado parte de su vida: una flor que pasa por la vida, una flor que muere. Este poema tiene que ver con el fallecimiento de su esposa. La lectura nos obliga a citar: En el instante en que me pregunto/ si la orquídea va a morir/ ella florece//…abriéndose en el apogeo del verano/ pequeña, perfecta en su plenitud// Incluso para un poeta/ de cabellos blancos y rostro curtido, / ella es en su pureza, erótica, //…Ella es erótica/ porque en el corazón del nacimiento/ la muerte afirma su existencia. Un poco más adelante, remata: quien a cada momento se vuelve más bella/ simplemente porque uno de nosotros ha de morir.  Un poema en el que Hamill aguanta la respiración un rato y mira alrededor del mundo que lo estrecha.

4.-

El poema que le da título al libro, “Ojos bien abiertos”, insiste en el mismo viaje, en el mismo tema: un canto desde una joven mujer para entrar en su historia japonesa en Okinawa, donde fue marine norteamericano. Y habla de su niñez, de su llanto nocturno, de Homero y los muertos, de El arte de la guerra de Sun Tzu. Todo dicho “con tus ojos bien abiertos”. Y así, agudo en la denuncia, escribe “Sobre la muerte de James Oscco Anamaría”, en el que desnuda la aventura de un crimen cometido por la mano de un poder desconocido, aunque se presume de una sigla que siempre ha metido las suyas en ámbitos ajenos.

Cuando hallaron su cuerpo/ en el basural/ cerca del puente Pachachaca/ en Abancay, // nadie pudo decir/ quien fue el que/ le arrancó/ las uñas de los dedos,// quién le rompió las piernas/ quien le extirpó el ojo/ o quién finalmente lo degolló…. Es un poema desnudo, duro, amargo, pero también amoroso. Oscco Anamaria era un poeta joven quien sabía/ que la poesía es amor, / y en este mundo/ el amor es cosa peligrosa.

En “A partir de Borges”, el poeta Hamill descarga toda su batería crítica contra el poder, contra el abuso del pasado, contra quienes se creen  que son “la madre patria”. Y escribe: No, no hay héroes, excepto aquellos/ que despiertan para saludar al amanecer con las manos vacías/ y el corazón agobiado en un tiempo brutal. Más adelante: Ésta no podrá ser hallada en la grandilocuencia/ de los pomposos imbéciles del pueblo que aspiran a cargos públicos/ sólo porque desean el poder. Muy claro para advertir que estamos en un presente parecido.

Al final, “Paseando por la calle Florida”, Sam Hamill lee los árboles, la cara de la gente, los pasos que Neruda y García Lorca dieron por Buenos Aires, por la rúa donde Alfonsina se encontró/ con su antiguo amante. Calle-mercado de paquetes e ilusiones, de nombres, de Borges y sus Obras Completas, de Perón, de la Plaza de Mayo, de la bienvenida a todos aquellos que la visitan.

Este libro de Hamill, el poeta de la orfandad, el poeta viajero y traductor, nos encuentra con los “ojos bien abiertos” mientras otros poemas van y vienen en la imaginación de un hombre que sabe que el  mundo seguirá siendo redondo pese a las pestes que la habitan.

LA UTOPÍA VERBAL

El paraíso en cuestión

                                       El escritor, como amo, ama la lengua, pero lo que ama no es

                         la lengua abstracta sino la lengua del corazón, el cuerpo de la lengua,

                                     la sustancia adherente, inseparable ya de sí mismo, por donde

                       se deslizan sus máscaras y desvelos.

                                                   Sabor y saber de la lengua. María Fernanda Palacios.

Signada por la presencia de José Lezama Lima, Palacios recurre a una definición particularmente visible, “el cuerpo de la lengua es una sustancia adherente”, porque al señalar la poesía recurre al cuerpo tocado de la lengua, donde reposa el verdadero fundamento del  imaginario, la utopía desenterrada, el espejo del paraíso verbal.

Desde esta orilla, apostamos entonces al cuerpo de la lengua cuando expresamos, no el manido concepto de identidad, sino la propensión a ser de quien “hizo” un idioma. Desde la duermevela del monje benedictino Gonzalo de Berceo, quien jamás supo de dónde provenía su afán, aunque el amor místico haya sido posible por el rigor impuesto en medio de una sociedad ritualizada por el Santo Oficio o el oficio de los santos. Para Berceo la tierra y el cielo estaban unidos a través del corpus de la revelación divina, de allí los imaginarios místicos refundados hoy por el fragmentarismo del yo y la esencia corporal del Otro, en nuestro sincretismo esquemático (la antropología también se asume utópica), en este mestizaje que es un cuerpo indefinido aún, porque nuestra ¿identidad? sólo existe en la intratabilidad de su propio cuerpo, sólo posible en la lengua.

Palacios se vale de Bergamín para sustentar y sustanciar la presencia del isotopismo, el reflejo: “el verdadero diálogo, como la caridad verdadera, empieza por uno mismo: porque uno mismo es dos”. La lenga nos espía, nos somete a un tercero: somos dos y en medio está la lengua. Es decir, somos otros porque la lengua nos coloca en un sitio, en un extremo, en un contrario que se encuentra con otro que podría hacerse su igual. Ser solos en la inmensidad de los sonidos, en este desierto lleno de signos y símbolos metamorfoseados, significa estar al borde de un precipicio donde el ruido es lo más cercano al silencio.

En este continente donde el curso de la voz se comporta muchas veces como un extravío, el paraíso está en cuestión. Somos vocablos diferidos, en constante revisión. Solos como estamos en el poema, en el relato, en el gran lienzo de nuestra historia, nos topamos con ese intruso que nos interroga, la lengua, el Otro, concebido como el reflejo donde nos miramos siendo un nosotros, pero destinados a borrarnos.

La lengua castellana nos ha definido a través de su permanencia, de su renovación constante. Lagarto que cambia de piel, la lengua nos cambia, nos quita el nombre, lo difiere. Nos hace un otro en permanente exilio. Hablamos –a pesar de todo- como los conquistadores. Estamos más cerca de la vieja España que los propios españoles de hoy. Sin embargo, la lengua se ha revitalizado por la presencia de las emergentes necesidades culturales. Comienza a disiparse el paraíso donde abrir la boca era pronunciar un universo mágico, distinto al racional europeo. Somos el correlato de los antiguos textos perdidos en la utopía de Thomas Moro. Somos, en definitiva, ese Otro extraviado en permanente búsqueda de una palabra que nos ubique. Que sepa ubicarnos en algún tiempo, en un espacio abierto donde podamos verle la cara a Dios o revelar la presencia de los tantos dioses nuevos, encontrados bajo las piedras de la tierra inesperada. Adánicos al fin, procuramos el poema o el relato que haga el verbo aún no encontrado.

Hechos de varios barros, poseemos todas las máscaras, los desvelos de los fantasmas que aún transitan por la lengua heredada. La poesía, el imaginario de la pérdida, la culpa sembrada desde nuestro muy terrenal génesis, surcan con denuedo la voz imaginada, el vocablo del paraíso perdido, puesto en cuestión para no recobrarlo, pero al menos para saber que venimos de él, mudos o maravillados por el verdadero sortilegio de la creación. O de la tragedia.

La palabra que nombra, la que borra

                                                     

                                                         A través de España, las Américas recibieron en toda

                                                   su fuerza a la tradición mediterránea. Porque si España

                                               es no sólo cristiana, sino árabe y judía, también es griega,

                                                              cartaginesa, romana, y tanto gótica como gitana.

El espejo enterrado, Carlos Fuentes.

Nunca advirtió el padre Gonzalo de Berceo, que su esfuerzo, su afán por alcanzar el eco de Dios, lo iba a convertir en iniciador de una lengua que luego correría la suerte de crecer y multiplicarse, y enrumbar los misterios de un pensamiento, los reflejos de la conversación diaria y la forma de concebir el mundo a través de una arquitectura verbal llamada cultura hispana. Tampoco se imaginó este monje que sus desvelos, -en franca relación con las luces y las sombras- lo harían el primer poeta de la lengua castellana.

Pero más, que esta lengua sería espacio para otras lenguas que aportaron palabras y colores, climas y silencios. De allí –como todo crecimiento- que no la afecte la irrupción de un castellano mestizo, que contiene la voz de muchos “alguien”, que estuvieron por allí juntando sonidos, llegados de otros tumultos sangrientos, hasta hacerse una misma entonación, el mismo texto, hoy sembrado en América como transfiguración, cuyo referente seduce constantemente la producción literaria de nuestra contemporaneidad. Digamos que el tiempo es la dádiva de la eternidad, en la notoria presencia de las cenizas de Jorge Luis Borges.

1.-

Tomemos un poco de aire y miremos a nuestro alrededor, hacia atrás. Validos de la magia, la superstición, la poesía y el crimen, la alquimia verbal, dioses desconocidos o deidades invisibles, el hombre creó los sonidos para entenderse y extenderse, prolongarse, mutarse, cambiar de piel.

La mirada comenzó a hablar, a darle forma a lo inaudible, a lo que no se veía, a lo oculto, a ciertos objetos, a fenómenos aún incomprensibles, a su forma de hacer las cosas la divinidad, las bestias y ciertos sujetos que miraban diferente. Se aproximó a la fogata y penetró en un mundo que le confió susurros extraños, verbos, chasquidos, lamparazos interiores, inflexiones, caídas de la voz en el vacío. Tomó con torpeza la piedra y la sobó con detenimiento. Sabía lo que tenía entre los dedos, un sonido sólido, un golpe, pero también el silencio que oculta la piedra. Su nombre piedra. Y entonces comenzó a acariciar la superficie de la roca. Su garganta produjo un rasguño, un ruido, un gruñido, un desprendimiento cartilaginoso, un temblor. Un antiquísimo secreto emergió de su cuerpo, mucho más allá del cuerpo, de lo incomprensible. El sonido se acomodó a la tierra. Tocó con casi dulzura, con extrañeza más, las marcas del objeto que tenía frente a sus ojos. El universo en una mano. Dijo de nuevo sin saber lo que hacía, porque la noche, el día, el calor, el frío, la vigilia, el desvelo, el hambre y la soledad lo obligaron a conocer la cosa que tocaba, la que otro podía pronunciar y de cuyo eco él se hacía parte desconocida.

Y entonces repitió y le agradó. Nombró, por primera vez regresaba al silencio de la piedra, al nombrarla. Y al callar, la borraba. Le daba cuerpo y espíritu a un objeto que servía sólo para interrogarse. Pero también la desaparecía al silenciarla. Al darle nombre existieron la piedra y él. Porque al nombrar se nombraba él mismo, siendo otro. Al decir él, se reafirmaba y se interrogaba. Se nombra con el nombre de otro.

De allí, ¿cuántas lenguas hablamos? ¿Cuántos castellanos? Venimos de voces cristianas, moras y judías, grecolatinas, cartagineses. Hemos sido multiplicados por la lengua. Somos en su propia medida. Rasados por ella, somos, como afirma Carlos Fuentes, “en cierta manera, nuestro lugar común”.

2.-

Esa fórmula misteriosa, isotópica, manera de hacer la primera palabra, pudiera referir una contradicción. Frente a lo nombrado también expresamos el silencio. Pronunciar es callar, silabear lo indecible.

¿Quién me nombra y se esconde? Pareciera preguntarse el mono adánico. El gramático de Octavio Paz va un poco más allá, escribe con normas o las viola por conocerlas. La Biblia, ese extraordinario compendio plural, escrito desde el Otro, nos avienta al Popol Vuh, al wanadi amazónico, a la cábala del silencio cósmico. Hasta a El libro de muertos de los egipcios. Igual la vacuola darwiniana contenía un sonido, anunciaba la pronunciación de un ser que adquiriría competencia espiritual: una lengua, un universo de significados, una península de augurios donde el otro colectivo se multiplicó en vocablos. Los celtas y los íberos –atados al latín- convergieron para dotarnos de este dialecto que reúne el palimpsesto del padre Gonzalo de Berceo, manuscrito que subyuga porque nació en poema; la poesía se deslizó posteriormente en la transgresión de una traducción alquímica donde el polvo del tiempo y el dios cristiano jugaron papel primordial. Estamos hablando del siglo XII. De fechas que van de 1195 a 1264. Estamos hablando de casi mil años de proceso, de papeles que repiten la misma voz, la presencia de alguien que nos sacude en el momento de entrar en el territorio de nuestros imaginarios. Un “otro” que nos persigue dentro del poema, al borde de la imagen. Ese curita que elevó la vos a Los Milagros de Nuestra Señora, que habló de La vida de Santo Domingo de Silos, de La vida de Santa Oria, fue el primero en dejar sentado que ese dialecto contenía y contiene el aliento que nos repite. Con esa riqueza viene la palabra que nos define, pero también la que nos interroga desde los labios de la otredad.

3.-

Herederos de quien nos hace otros, en esa química del mestizaje, revisamos constantemente la aventura de la ficción, la imagen traducida por los vocablos que desaparecieron de paredes y bocas de España.  La fecha cercana a la llegada de Cristóbal Colón, la mirada de Thomas Moro en los designios cabalísticos de la jodienda sefardita. Colón y sus hombres en una odisea donde el tiempo y la tradición identificaron a los otros que somos en bandidos extraídos de cárceles y retenes de viciosos. Las primeras palabras tenían sabor y olor de Dios y penitenciaría. Somos herederos de rufianes de muchas nacionalidades; de la vulgaridad, de una germanía atascada en las costas del Nuevo Mundo.

Con ese barro sucio también venía Berceo, el otro que nos inventó. Cervantes y su carga demencial, exagerada, lúbrica y catequística, mosquetera. Catecismos, libros de misterio, ocultos en otro que renunciaba a su origen judío. Escritos de marinerías, cosmología, libros de prohibiciones, cantos y maldiciones. La poesía reducida a un silencio destapado en la conjugación posterior de las sangres. Y con ellos, los árabes, la cultura más delicada que haya arribado a la península. La visigoda, con su carga de voces impronunciables, que luego se hicieron castellano gustoso, sonido brillante por la sonoridad de los sueños, el placer y la muerte.

Y aquí estamos hoy, en medio de tantas palabras que siguen llegando y a diario alimentan el castellano, el espíritu que nos repite, criba de aceptaciones, la democracia de los vocablos y sus significados.

La palabra que nos oculta

                                      Del hebreo al español: de una narración ritual que el niño sabe

                                 de memoria, el narrador pasa a otro episodio, a un tema diferente

                                   (el del jardín y la lengua alemana), pero que sí está emparentado

                              con el anterior, pues el autor emplea el relato del Éxodo justamente

                      para introducirse en el área temática de la multiplicidad de las lenguas

Entre el silencio y la palabra. Francisco Rivera.

Reconocerse en las palabras del otro, en sus gestos. En su origen verbal. Hurgar en la voz de ese lejano anónimo, funda en nuestra poesía un campo multiplicado: desplazamiento de imágenes que recrean la posibilidad que brinda el yo enfundado de quien traduce el universo literario.

Laberinto, inventario de vocablos que estructuran un espacio llamado cultura. La poesía contemporánea venezolana ha transitado diversos estadios: desde el paisaje material hasta la hondura de una intemperie interior donde una voz solitaria intenta motorizar sus referentes. Desde ese adentro reconstruye un pasado, atemporiza la disposición de los sentidos, hasta dar con los signos que transparentan una “realidad”. Esta, acosada por recuerdos, objetos, pistas, exilios, represiones y pérdidas reinventa el universo, la espacialidad de vocablos que renuevan el mundo referencial, los trastocan y transforman en un síntoma: nuevos signos, palabra que establece “las posibilidades y límites de nuestra mirada”, como señala Víctor Bravo.

Nuestro imaginario (ese lenguaje: espacio donde no estamos) nos ha sido dado para acercarnos a esa reconocimiento. De esos tantos yos incuestionables nace la posibilidad de ser dominio en otras voces, en diferentes consciencias: la “identidad” es sólo la maceración de contenidos: paisajes, voces, atmósferas, climas, gestos corporales, acentos, posturas del alma. Manoseada para muchos fines, la identidad ha sido tomada por asalto por quienes quieren reinventar la personalidad colectiva e individual de nuestros ámbitos culturales.

Nuestro éxodo, ese del exilio dentro del mismo país, revela la multiplicidad de una lengua que cambia siempre. Del Caribe al español, del taíno al castellano. De todas esas lenguas que hoy fortalecen el continente de habla española. El americano de este lado, el proveniente de España, Portugal e Italia, ha sido responsable de ese fortalecimiento. De allí que nuestra literatura siempre interrogue al otro desde el otro que negamos. Negamos una cierta identidad, una sombra que no se identifica. De esta manera inventamos una dinámica de espacios. El otro, a fuerza de mixtificaciones, se hace nuestro otro, a veces falso, a veces ambiguo, el que faltaba en la mirada profunda saturada de utopías. Nuestra memoria mantiene el paraíso perdido en manos de una infancia ideológica que siempre choca con el vacío. Esta complejidad contradictoria propició la continentalidad, la terrenalidad, el telurismo, hasta desembocar en el espíritu que cada texto fundacional ha tratado como transmigración: de un espacio a otro hasta construir una poética aún en ciernes, pero poética al fin. La poética de la incertidumbre, como práctica, porque los textos sucumben frente al que nos refleja.

El yo es demoníaco. Es tan insocial que ha tenido que recurrir a esa multiplicación. Proteico, el fenómeno poético venezolano, por no decir latinoamericano, ha frecuentado los canales de un silencio que finalmente trasciende en su estado pendular y en la búsqueda permanente de su lenguaje, aunque hayamos pasado por la crisis de ser una zona peligrosa, copiada de esos epígonos que hoy comienzan a caer con los disparos de una crítica a veces despiadada. Nada es definitivo: otredad e identidad forjan ¿o forcejean? El mismo espacio, la misma habitación donde perviven legítimamente hasta conciliarse, pero desde  esa perspectiva, desde la mirada del otro, sin darle tregua al silencio y a los campos encontrados de la falsa propuesta de la identidad terrena, sacudida últimamente por sus detonaciones ideológicas. La identidad es el otro traducido por la voz y miradas de quien siempre ha estado extraviado.

Una definición

Los signos de la otredad (alteridad: verificación de que más allá de nuestros límites hay un abismo donde volvemos a repetirnos, pero de manera distinta. Sísifo con varias máscaras, la misma piedra) señalan también la confusión.

La poesía se ha valido, desde Rafael cadenas hasta Armando Rojas Guardia, desde la tiranía del yo objetivo, aislado por la persistencia, hasta la mirada de Dios, escondido detrás del biombo, detrás de la sorpresiva aparición de lo místico para desencadenar vertientes que le han dado a nuestro ars poetica ese paisaje interior, ese “afuera” desde “adentro”, signado por la paradoja, por la simulación –válida para demostrar que seguimos íngrimos- por la incertidumbre: nuestros yos, nuestros otros siguen solos en nosotros mismos. De manera que la identidad no es más que el deseo de multiplicar los bienes espirituales de una lengua que no termina de pronunciarse a través de la palabra de aquel niño que Elías Canetti dejó sentado frente a su viejo idioma y que entró en otro para enriquecerse, para hacerle frente a la pesadilla, al dolor, al crimen contra su cultura.

Un vocablo: Identidad

Quien lee, se borra, es.

AH

El ropaje que nos designa es la lengua, cuerpo que no construye frases, que no tiene “sintaxis”, al decir de María Fernanda Palacios.

¿Quién está detrás de la voz que se pronuncia ella misma? Hay otro, una mirada ajena, anónima que desfigura el texto porque la voz es el tejido que rubrica la presencia de quien repite permutativamente una entonación interior muchas veces en sincronía con el tiempo. Su diacronía está en mirar –desde la otredad- que alguien nos semeja, nos asemeja, nos hace suyo, nos viaja desde  el pasado y nos convierte en órganon del futuro. La voz, la que hace el poema un lenguaje polivalente, es el espejo del tiempo: el poema, el esqueleto, contiene la trama de la poesía, que es el espíritu, que es el discurso que selecciona la eternidad del otro. Contextualmente, una fuerza centrífuga que relata nuestro adentro: enseña al que está desde el poema, el otro que nos identifica y nos marca sus símbolos.

Marcel Proust, citado tantas veces, llegó a decir, seguramente maravillado por su propia experiencia, que “En realidad, cada lector, cuando lee, es el propio lector de sí mismo”. Sí, pero teniéndose como el otro que una vez fue antes de abordar la lectura. La lectura contiene la carne y el espíritu de quien nos relata. Ese profuso espejo que nos refleja lentamente, que nos hace el otro siendo otro con distinto ropaje.

Detrás la voz convertida en lectura, hay alguien que nos convoca. La poesía, diálogo sincrético, augura una convocatoria. De seguro la auspiciada por Mallarmé, todos los otros haciéndola, carnavalizándola, haciéndola presente continuo.

Ser uno en el poema es la única posibilidad de que el término identidad adquiera el otro que está afuera, pero igual el que está en el interior, la alteridad.

El encuentro entre otredad y alteridad es lo que promueve la isotopía, la mirada en el espejo desde la poesía, la escritura, el relato, el drama, destaca el intratexto, la voz tercera que amaga con deconstruirnos. En este sentido, nos fragmentamos para desmitificar  la multiplicación de los signos y sus significados: somos, en definitiva, un espacio demarcado. “Porque el verdadero diálogo no consiste tanto en entender lo que otro dice sino en atenderlo” (hacerle sitio)”, María Fernanda Palacios dixit.

Un sonido nos hace otro. Primera persona. Al ocurrir tal evento me arriesgo: paso a formar parte de ese misterio en el poema, en el relato. Me incorporo con otro yo a ese espacio que he reservado. Entonces, soy otro. Adquiero una nueva nacionalidad, me permuto: Gregorio Samsa sobre el papel, insecto reflejado, animal, bicho y bestia frente al espejo: lector.

De adquirir conciencia, me hago de una lengua, de un lugar, de un laberinto como el de Creta, de una resurrección. Me identifico plenamente con lo que je dejado de ser para ser el sitio donde habita el relato, el poema. Sus sonios revelan, ritualmente, una ausencia: he allí la tan manida identidad. América es una ausencia porque ha tenido una voz, a veces invisible, otras veces es el esqueleto del texto por hacerse. Jean Claude Milner, citado por María Fernanda Palacios, dice: “Desde cualquier ángulo que se la considere, la lengua es otra que ella misma, incesantemente heterotópica”. Reflejos, ella misma, eco. Un eco puede salirse del espacio, revelarse como muchas porque no está atada a un solo cuerpo. Es decir, es susceptible de no identificarse, a la manera de Lacan. Porque la lengua, la que se mira el rostro, contiene la pasión, la revelación de su sonido, los pliegues hondos de esa utopía por deshacerse de los modelos y ser la presencia única de su multiplicación, porque no es un todo. Sólo nos identificamos en lo que tenemos de fragmentarios, de voces que nos individualizan en medio una multitud.

PALACIOS, María Fernanda. Sabor y saber de la lengua. Monte Ávila Editores, Caracas, 1987.
FUENTES, Carlos. El espejo enterrado. Editorial Taurus de bolsillo. México, D.F.,  2005.
RIVERA, Francisco. Entre el silencio y la palabra. Monte Ávila Editores, Caracas 1986.
Ponencia leída en la Universidad de San Diego, California, Estados Unidos.
Abril de 1997.  

POÉTICA DE  NICASIO DUNO

1.-

¿En qué cuadro de Nicasio Duno no caben los duendes del poeta Rafael José Álvarez, si ambos, pintura y poema, son parte de un mismo misterio? ¿En qué instancia de la mirada es posible encontrar una inquieta criatura, si es cotidiana la travesura de salir y entrar de los libros y hacerse trazo y color en los cuadros de gran formato del pintor de Churuguara?

La noche cuelga de un árbol -del genésico- que Nicasio suele regar desde la ventana de su imaginario. Y así, entre la bruma y la fábula, el poeta Álvarez emerge pequeñito, lleno de luces para hacerse personaje del silencio del pintor, escondido en los bolsillos de alguien que vela desde el bosque la llegada de lo invisible.

Uno, a medio andar en la locura, se acerca a Sueño bajo la lluvia de oro, y un escalofrío emerge de la lectura de Trato con duendes, la crónica que el poeta falconiano registró luego de transitar por el mundo de quienes se dejan ver por los cercanos a la magia. Uno, ya de lleno en la locura, se pasea por el réquiem que oímos en Desde el sueño, y tratamos de huir de la mirada cerrada de quien sabe que la muerte es eso, cerrar los ojos e imaginar el resto del universo.

2.-

Cualquier noche es buena para ser gato. Cualquier instante es saludable para la fábula, para los rostros que nos miran mientras una muchacha se inclina sobre la foto de un hombre, vivo o muerto, pero amor al fin, sacudido por la distancia. Entonces, De la vela salen las imágenes de los santos es parte de una historia que aún se oye en los pueblos, en las esquinas de los caseríos y hasta en el alma de las grandes urbes, para que un solo hombre recuerde el pasado, y es suficiente.

Noche y fábula se juntan para fabricar la casa donde Locadia la iluminada lee las cartas de los ausentes, de los imaginados, de los despojados del abismo. ¿Cuántos sueños ha creado Nicasio Duno para llenar el mundo de imágenes, de grandes ventanas hacia lo imposible?

En verdad, nada es tan eficiente como un cuadro de Nicasio para arrancarse los desvaríos de la lucidez. Digamos que anda siempre asombrado porque ha presenciado el firmamento, el mismo de Y los peces llovían del cielo, revelación calculada, hecha precisión del alma y de la fabulación.

Y un poco más allá del muro, donde se recuestan los inventos, uno, el mismo y el otro de todas las miradas, se tropieza con Los que habitan en el agua: los duendes, las criaturas del poeta, el que flotó por encima de los árboles y se encontró en perfecto estado de salud bajo el buche de un gallo, que a la vez estaba bajo una nube.

3.-                                                                                 

Y como lo dijera Juan Calzadilla: “El espíritu legendario que encarna en los relatos fantásticos que circulan entre los pobladores de la Sierra de Coro tiene en la pintura de Duno, por momentos, a un cronista parecido al que la literatura encontró en los relatos de duendes de Rafael José Álvarez”. Ambos, pintor y poeta, relatan esos asuntos de la noche y la fábula: palabras atajadas por la niebla y contenidas por los colores de quien finalmente confiesa su andariega tentación ante el espesor del misterio.

4.-

Andamos, definitivamente, entre duendes. Pisamos las pequeñas huellas de sus andanzas nocturnas. Bien sabe Nicasio Duno traerlos a la realidad que nos consume. Y si bien es cierto que sólo somos sombra de nuestras flaquezas, también nos dilata la verdad de sabernos parte de un invento, de la envidiable fábula que los poetas de Falcón llevan con orgullo en las alforjas del imaginario de esa tierra. Por eso, y le sobra cielo y razón, Nicasio Duno se deja caer en un Edén, en cuyas aguas respira una naturaleza bulliciosa, musical, donde la Vigilia del búho blanco nos sacude del tiempo.

El “buen camino” de este pintor es el mismo que encontramos en la energía de sus colores, en las formas de su elevada amistad con la ensoñación.

Somos noche y fábula. Somos, independientemente de que seamos, duendes de nuestra propia desmemoria. ¿Cuántas veces salimos del olvido y nos extraviamos en un bosque? ¿Cuántas veces somos noche bajo el sol? ¿Cuantas veces no somos y dejamos una huella en el agua?

LOS OJOS  DE ELOY TARAZONA

                                                                                                 

** Un antiguo rumor daba cuenta de un supuesto tesoro que había enterrado el perro guardián de Juan Vicente Gómez, quien habría sido hipnotizado por un reconocido mago contratado por Pérez Jiménez para que dijera el lugar donde estaba el codiciado tesoro.

** Tres Presidentes de la República se dieron a la tarea de buscar ese alijo para incorporarlo al Tesoro Nacional, pero hasta ahora nadie ha dicho nada acerca de todo estoSe trata de un secreto bien guardado.

1.-

Los ojos de Eloy Tarazona penetraron en los del mago argentino Fassman, quien fuera contratado por dos colaboradores de Pérez Jiménez, Fortunato Herrera (“El Platinado”) y el coronel Pulido Barreto, para que hipnotizara al esbirro y perro fiel de Gómez y así ubicara el famoso y legendario tesoro que habría enterrado en algún lugar de Aragua, en el sitio donde tres coposos samanes vigilan en triángulo una urna llena de joyas, libras esterlinas, morocotas y barras de oro.

Según cuenta la leyenda, “el indio” Tarazona fue quien dejó medio loco al argentino. Se comenta que días después del intento del prestidigitador, el servidor de Gómez falleció, seguramente por el terrible esfuerzo que hizo para evitar que el mago entrara en su mente y le sacara el lugar donde el codiciado tesoro está aún enterrado. Hasta hoy, pese a los esfuerzos de López Contreras, Isaías Medina Angarita y del mencionado Pérez Jiménez por encontrar la fortuna de Tarazona, éste no ha sido ubicado.

¿Qué le habrá dicho Fassman a Eloy Tarazona cuando trató de hipnotizarlo en la terrible cárcel de El Obispo? El secreto se fue a la tumba con el esbirro venezolano.

2.-

La mitología venezolana acerca de tesoros enterrados ya forma parte de nuestra cultura. La creencia popular destaca que se debe rezar en el momento de desenterrar una botija o tinaja llena de oro, dejada por alguien que desde la otra vida sigue cuidando su pertenencia. Según se oye, la oración recorre las sombras de la noche: “Señor, de parte de Dios te pido que no me asustes ni espantes y dime más bien dónde está el entierro”. Luego de toparse con él, se le hace una misa y se pagan las respectivas promesas a quien un día enterró riquezas para convertirse en una especie de leyenda.

Se ha dicho de gente que ha encontrado tesoros gracias a una lucecita que se atraviesa en el camino, bajo un árbol o en una casa vieja. En cualquier sitio puede estar enterrado el futuro de quien tenga la suerte de ser convidado por un muerto a hacerse rico. También se comenta de quienes han muerto luego de inspirar los gases que emergen de las botijas. O de uno que fue asesinado porque la noche anterior confesó que iba a sacar un “entierro”, pero en el momento de hacerlo lo sorprenden y matan. Riquezas de la noche a la mañana han dejado pasmados a familiares y vecinos. “El muerto de la mata del ahorcado me dio el entierro”.

3.-

Pero el de Tarazona quedó como un problema económico o político, toda vez que impulsó a tres Presidentes a buscarlo. ¿Tenían en mente incorporarlo al Tesoro Nacional? Sea lo que haya sido, Eloy Tarazona le movió el piso a mucha gente. Todavía en Aragua se habla de esto, pese a que “el indio” se aseguró de que los enterradores no regresaran vivos a Maracay. La leyenda afirma que el colombiano los mató para que no dijeran el secreto. Es decir, esta historia ya forma parte del imaginario venezolano, pero los que están convencidos de que el tesoro existe, sueñan dar con el lugar para mitigar sus penas materiales. Pero ¿qué oración le rezarán a tan implacable muerto? De toparse con él, habrá que invocar también a Fassman, porque éste de alguna manera pudo acercarse a la conciencia de “el indio”, por lo que algo lo conoció. Si fue Tarazona quien hipnotizó al argentino, algún rastro quedó en el sureño. Pero tampoco estamos seguros. ¿Cuál de los dos muertos será el que recibirá las palabras del buscador? Creemos que Tarazona, porque el mago se fue con la cola entre las piernas. De modo que el esbirro de Gómez es un muerto de temer. ¿O será el Benemérito el poseedor del secreto? Tampoco sabemos. En todo caso, sería recomendable no seguir buscándolo, así la leyenda continúa y nos sentimos ricos los que aspiramos a hallarlo en algún lugar del país  de esta tierra donde el dictador se aposentó e hizo de las suyas.

EL IMAGINARIO DEL ORIGEN

Vuelan fronteras de un país

cuyo falso centro está en nosotros

que quién sabe dónde estemos.

El norte está en el sur,

este y oeste se confunden,

el sur se pierde entre la bruma

y dentro lo más vivo es la mentira.

Ida Vitale

1.-

Del origen, la sombra que nos lleva y nos desaparece.

En un lugar se aventura el origen, inventamos el imaginario, el país o la mentira de un polvo de tierra sin peso. Las entrañas de la memoria transitan sin averiguar colores, la ortografía de los ríos o la religión del horizonte.

Se verifican los sonidos interiores, una frontera borrada a mano, la misma que se mueve con el tiempo, el perdido hace horas por la intransigencia y el desvío de la mirada.

De lejos colmamos el alma de tierra y grumo. Alistamos los recuerdos, sorteamos el lugar que habremos de tener hasta la muerte y dejamos atrás la lectura del que fuera inocente. ¿Dónde nos quedan los puntos cardinales? ¿En el poema, en la palma de la mano, en la pisada que ahueca en silencio?

Suficiencia la que nos embarga al retorno: los mismos pasos, la hartura de los espacios imaginados, el ave que herimos de una pedrada, el sabor del alimento y el agua derramada tantas veces para limpiarnos el cuerpo y la sombra.

Venimos de ninguna parte, de aquella que ignoramos o sabemos cierta en la confusión. Y nos instalamos incómodamente en un viaje de paisajes borrosos, los mismos que hacen cuadro con aquel “quién sabe dónde estemos”. Pero volvemos a la noche, al ámbito de la palabra y el sueño. Con Gerbasi redundamos y nos apeamos de la bestia mañosa. Venimos de tantas noches porque sabemos de muchas muertes. Las que nos sobran, las que a diario nos anuncian en las calles y callejones del miedo.

2.-

 Cuando la muerte existe, ya

no existimos; cuando

existimos la muerte

no existe.

Epicuro.

Descreemos del sitio donde hemos caído. Para mirarnos de otra muerte, nos mordemos la carne. Regresamos mudos a la sombra del padre, a la mirada frágil de una mujer que destinó la vida a confirmar su conciencia épica.

Un ensayo peregrino del lugar donde brillan los huesos que dejaremos regados en el camino. Pulidos por los elementos, por la muerte que no existe, sin vernos el esqueleto. La muerte nos anda por la piel y nos olvida. Existimos en la tensión de la distancia: nos dejamos ir abrigados por ecos y susurros.

El árbol de la existencia cumple el ciclo del viento. Una lectura raigal: tenemos tierra en los ojos, el corazón es sólo una bomba que no siente. Sólo el lugar donde estuvimos por vez primera se atasca en la memoria, de allí el fuego impenitente de tornar el poema una revelación, un espejismo. Una mentira. Un país que no existe, como la muerte.

Sánchez Peláez lo hace mujer a través del aire, el agua y el olvido. Elena también vio la guerra en su propio terruño, y no tuvo corazón para extraérselo frente a la pila de cadáveres quemados. Hay dos mujeres: Elena y sus elementos y la Helena, la subastada, la rescatada, la griega.

Se imagina la muerte, la existimos en creer que ésta es. Merecemos, entonces, la agonía, para dejar constancia de que vamos al mismo lugar, al origen. Al morir nacemos desde la podredumbre.

3.-

¿Qué ojos no han mirado el sitio donde sólo es posible revelarnos como restos de barro, madera, vega sigilosa donde el animal acuático entorpece nuestro tránsito por la única confesión que no hacemos? Otro ha muerto en nuestro lugar, lo calumniamos en la caja del viaje, y nos miramos en los párpados cerrados de quien lleva carta de presentación a lo desconocido. La alteridad carga el recado: nos vamos al lugar dejado por el que silenciosamente “decidió” percibir primero el imaginario invisible.

¿Qué polvo nos percibe, el quevediano? De muerte enamorada estamos hechos. El lugar nos selecciona, nos revela sus adentros, donde sólo cabemos en silencio, atados a un bocado de tierra, a una bocanada de muerte, que es decir el silencio mordido por la mueca final. El lugar sigue allí, con los huesos de lo que callamos.

4.-

Donde quiera que vayas o vivas,

de modo sorpresivo o secreto,

algo llamará para llevarte

a un país más hermoso que es el tuyo,

 a una ciudad tan hermosa que era casa.

Marco Antonio Campos.

Pero tendremos otros ojos para mirarnos, para desnudarnos y deshacernos de la desmemoria, de aquello que dejamos a un lado, lo que olvidamos en el quicio de una tarde y dejamos que el moho de las horas borrara de nuestro empequeñecido horizonte. Alguien se sienta en la misma silla de aquellos que no están, de aquellos que son sólo un pedazo de imagen en medio de la embriaguez o de la dulzura del sueño. De aquellos que se aparecen bajo el sol y caminan a nuestro lado. Finalmente, son calcinados por la luz, empujados hacia la sombra que se mueve bajo un árbol mudo y reseco.

Por esos lados está el lugar, el sitio que acumulamos en las sienes y amamos hasta aturdirnos. El sitio que no casi no frecuentamos, el mapa que se nos rompe a cada paso. El papel que nos nombra y nos confirma la legalidad en esta tierra que pisamos y maltratamos. El origen nos reclama. Nos limita: ya no somos de allí, de esa costra de tierra, de ese barro y germinación del día con que amanecemos…quedamos intactos en la vieja foto. Pero no somos los mismos. Hemos regresado al futuro. Allá, donde queda el estanque hay una sombra nominada por la boca de quien invisible pisa su propia ausencia.

En caso de andar de puntillas, queda saber si es posible acallar tanto silencio.

LA VOZ DEL HATO, ALFABETO DEL POLVO Y DEL BARRO

1.-

Una aproximación a la lexicología venezolana significa un igual acercamiento a las primeras resonancias del habla campesina, suscitadas en fundaciones productoras pecuarias del llano de nuestro país.

No es extraño, entonces, que con la casi desaparición de las etnias aborígenes ubicadas en nuestras planicies, los nuevos habitantes, los colonizadores, hayan destacado y movilizado grandes cantidades de ganado vacuno hacia estas tierras donde la inclemencia del período de lluvias y la agotadora temporada de sequía hicieron posible la presencia de las tres voces de nuestra cultura mestiza: blancos criollos y peninsulares, aborígenes y negros libertos. Todos ellos juntos de acuerdo con los estamentos de la relación de producción y las leyes que imperaban. Esclavos, libertos e indígenas sometidos por los blancos coparon la extensidad de la llanura para dedicarse a la cría de ganado, sobre todo de semovientes vacunos gracias a las virtudes de la geografía.

2.-

Nace entonces esa unidad enclave llamada hato que se corresponde con el hatajo de animales que cada conglomerado posee. Destinados a la producción de alimentos cárnicos, leche y sus derivados, los hatos venezolanos –como otros del continente- llegaron a ser posesiones determinantes para la fundación de un país que comenzó siendo rural, campesino.

Toda población maneja códigos materiales y espirituales. La palabra es un espíritu que se conjuga con la cultura material, o tiene, como afirma Saussure, las dos caras de una moneda, un significado y un significante.

El hato es portador, sus hombres, de un registro lingüístico que ha invadido toda la geografía. Es por ello que podemos afirmar que lo que se habla en las grandes polis tiene referencia en muchas de las primeras palabras encontradas o inventadas en la soledad de la llanura. Es decir, el discurso urbano tiene origen en los más humildes espacios campesinos.

3.-

Las ciudades pioneras en Venezuela eran simples haciendas, unidades productoras de caña, cacao y otros productos tropicales. De modo que la ciudad hablaba lo que consumía. La forma de expresarse del campesino de Higuerote, Barlovento o Cumaná era muy parecida a la forma de hablar del campesino caraqueño. Caracas era una hacienda elegante y aún lo sigue siendo, con las variantes que da la cultura urbana, la tecnología y las germanías propias de una polis contemporánea, caótica, desordenada y delictual. Como aparte, el habla de Nueva York, de la inicial ciudad de NY, era el acento del campesino inglés, con los sesgos de una minoría aborigen y negra. De allí ese arrastrado acento, metálico y chillón del inglés de esa ciudad. Igual sucedió en nuestro país, en nuestra América de habla española y portuguesa.

Todo acento, todo idioma con sus variantes regionales, debe ser enfocado desde la etnología para poder entender la multiplicidad de voces y la polisemia de sus contenidos.

El hato como centro de trabajo, de faena campesina, produjo sus propios códigos. De una riqueza extraordinaria derivó en productora de sintaxis, neologismos, jergas, cadencias que fueron acentuándose más con la llegada de otros conglomerados culturales.

4.-

Voces indias, negras y europeas: en síntesis, un diccionario que se extendió por toda la geografía nacional para unificar nuestra idiosincrasia lingüística. Así, el hato es un generador de vocablos y comportamientos verbales que llegó a ser superado por su propia producción; es decir, en muchas ciudades desarrolladas demográficamente aún se oyen vocablos y giros nacidos en los hatos apureños, guariqueños, barineses y cojedeños, los cuales ya forman parte de una cultura que sigue su curso progresivamente. No fue extraño entonces que nuestra gran literatura vocacional haya comenzado con Rómulo Gallegos, quien le colocó la marca a una manera de decir de una zona que expresa verbalmente una ética y un comportamiento.

5.-

Decir arriero no sólo significaba arrear el ganado, sino entender el estado de ánimo de la sabana. El biorritmo, el ritmo circadiano del llano. Un espíritu oculto estima posible el arreo. No todo llanero podía hacerse cargo de la madrina, la cabeza del arreo, y por ende del registro verbal de los hombres de este difícil oficio. Quien hablaba y cantaba para cumplir cabalmente la faena de desplazar el ganado de las partes bajas a las altas cuando las lluvias amenazaban.

Toda palabra es un espíritu y cada una tiene su historia, su conducta. En el llano las palabras comportan no sólo el significado y el significante, sino que contiene un desdoblamiento, un segundo yo, un ánima que como las voces griegas prometen un comportamiento: el miedo, la gracia, la divinidad, el misterio, pero sobre todo este último, porque el llano es palabra y también profundo silencio. La voz del llano se maja en la soledad.

6.-

La forma de hablar del llanero es profundamente telúrica: abarca los sueños y los misterios propios de las horas del día y de la noche. Un llanero puede ser víctima de alucinaciones a las tres de la tarde. Así como puede perder el rumbo con el canto de algún pájaro. O conseguir el camino con una leve brisa, que también contiene un corpus sintáctico. ¿O es que acaso el viento no “habla”?

La naturaleza crea sonidos que se transforman en palabras y en pausas. El ronquido con que se expresan muchos llaneros para señalar duda o sorpresa, es un aporte de los gruñidos zoológicos, de los ruidos del paisaje, de los movimientos del cuerpo producidos por el trabajo.

No es lo mismo soñar o hacer el amor en una cama bajo techo, que hacer lo mismo en un chinchorro y bajo las estrellas. Esa experiencia promete la proliferación de vocablos que seguramente multiplicarán una sindéresis ética, lingüística y psicológica. Indudablemente, incidirán en la manera de decir, de hablar y de sentir las palabras.

Suena a especulación: hacer la prueba podría significar llevar a cotidiana una manera muy especial de humanizarse animal bajo el cielo nocturno.

7.-

El imaginario, es decir, la memoria fabuladora, es un acento que estaciona una atmósfera en esa manera de decir y construir imágenes y contenidos significativos. No es lo mismo decir troja que alacena, por muy evidente que parezca. Decir troja significa haber estado estacionado en un tiempo, en un lugar donde el clima y hasta los olores particularizaron la forma de pronunciar la palabra. La troja contiene la seguridad del alimento, igual la sombra que muchas veces albergó el miedo de quienes sentían amenazadas sus vidas. Muchos inocentes y culpables se pusieron a buen resguardo de las hordas criminales de Boves. Ese significado: Lanza de Boves calificaba el comportamiento de un muchacho y sólo tiene sentido en el estado Guárico y en lagunas zonas muy reducidas de los llanos centrales. Tiene carácter familiar, doméstico.

De modo que así como comemos casabe, cachapas, sancocho, yuca, ocumo y pronunciamos los vocablos totuma, chácara, gurupera, quesera, cincho, enjalma, bozal, mandador, entre otros más, también somos capaces de asumir la ética de esas palabras por el origen que tienen. No es lo mismo decir busaca o chácara que decir morral, cartera o monedero. Palabras de este aquí. Palabras de aquel allá, cosmopolitas. Las primeras nos identifican y nos aportan una nacionalidad local, regional. Las segundas fortalecen la nacionalidad global. Tendríamos que hablar del hato como una nación creadora de palabra e imágenes que recorren el mundo gracias a su permanencia en el hablante venezolano, criollo.

Toda una teoría etnolingüística a ser elaborada para poder entender e interpretar los hallazgos diarios de este universo verbal que obligó a José Antonio De Armas Chitty a escribir el Diccionario del Hato (Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas 1966), aporte que debería ser incluido en las escuelas de nuestros estados llaneros.

  “POEMAS PARA COMBATIR LA CALVICIE” Y OTROS PELOS EN LA LENGUA

(Muestra de antipoesía o Nicanor Parra promete un discurso)

1.-

Abro el libro. Un ataque de asma verbal me inclina sobre las páginas. Y allí está el peine empujando las letras hacia el cráneo desértico de una hoja de block recién arrancada de cuajo. Con sus líneas intactas y un Julio Ortega que intenta interpretar la voz de Nicanor Parra, el poeta revoltoso de Chile ha llenado de provocaciones el mundo y ha cubierto las paredes de América Latina con los graffitis de la amargura ajena. Se trata de un poeta paródico, signado por una locura que bebe el agua de un idioma como el español, fraseado por la lengua viperina de Cervantes y por los ganglios de Vallejo a la hora de hurgar y sacar a la sombra los recados de todos los demonios.

En un coloquio con su día a día, este Parra, el llamado Nicanor, hermano de Violeta, nos llena de inclinaciones ante precipicios y montañas. No en vano le cantó a la Cordillera de los Andes con una letanía propia de un cura desnudo en medio de la lluvia.

Ortega lo trae en el prólogo de Poemas para combatir la calvicie (Muestra de antipoesía), que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, la Universidad de Guadalajara y el Fondo de Cultura Económica de México entregaron como libro en 1993, y que hoy, a propósito del Premio Cervantes que Parra no fue a recoger porque necesita un año para escribir el texto que oirían los asistentes al evento, a los 98 años, se nos ocurre más antipoeta, más soliloquio, más contrapunto, más notación, más canción y más articulado al mapa de sus temblores nacionales.

2.-

Arrebatado por un humor cuantioso, sacado de la calle, de los rincones de los barrios, de las mismas academias, de los burdeles, de los confesionarios, de las casas de gobierno, en una inusitada precisión canónica, por decir que ha generado escuela y seguidores, fue impulsado con la acidez de sus textos a un tiempo para decir y a un tiempo para seguir diciendo mientras el peine va y viene sobre la cabeza pelada del Universo.

Tendría que preguntarle a la máquina de escribir de Nicanor Parra que el nieto llevó a Asturias para poder entender esa prédica permanente, moldeada de artefactos, poemas de emergencia, discursos, sermones, chistes, coplas, ecopoemas, hojas que llevan su apellido, trabajos prácticos y poco prácticos y hacerme a la idea de que navego en un poemario lleno de respuestas que nunca tuvieron preguntas porque no hacían falta. Y así, insatisfecho con el ritmo de su respiración, se desmintió y hasta se mintió para decirse y hablarse en una poesía que es antitodo o antídoto, pero que en el fondo, en lo más oscuro de su silencio, es poesía. Y mire que ha andado el hombre en medio de voces, de frases, rasgaduras, diálogos y monólogos. Tanto que nos deja pasmados como lectores y nos seduce con la cierta amargura de su destreza para demostrar que es tan feliz como una ostra, lo cual enorgullece a quien lo lee y lo estima o lo deja a un lado mientras el mundo se abre en manifiesto político, ecológico, crítico y hasta lacónico, por decirlo un poco con Ortega, quien lo desgrana y casi lo hace ver panteón nacional de no sabemos qué cosa y hasta de la poesía. Que vale decirlo con todas sus letras y pausas: Nicanor Parra no es calvo, pero es poeta y muchas veces no usa peine, pero sí escribe. Oral también es porque habla y cuando calla también es oral. Es decir, como cualquier poeta de trasnocho que corre para rebajar y mira la luna para no caer de bruces contra el asfalto que lo sostiene. Una bobada más. Abrigo la lectura de otro prólogo, el de Enrique Lafourcade, en el que afirma: “Humaniza lo solemne. Es su método. Le quita tontería a las cosas mediante lo cotidiano y directo, la voz coloquial, el dicho, el remoquete…”, y así en medio de un bochinche de voces, gritos y anuncios donde revisa fechas, países, candidatos al infierno…es un decir. Y también quien lo mide y lo medita, José M. Ibáñez-Langlois, quien lo presenta en sus Antipoemas, como el anterior en su Poesía política. Este Ibáñez dice: “Entre risas y acrobacias ha robado el fuego sacro donde lo ha encontrado, tomando a los simbolistas la música, a los surrealistas el sueño, y al hablar espontáneo de su pueblo la intuición”. Y así, es Nicanor Parra.

3.-

Sus Versos, los publicados en entrega ilustrada con fotografías de Daniel Vittet por la editorial Nascimiento, en un año que no aparece por ningún lado, Nicanor Parra le dice al lector: “Yo no permito que nadie me diga/ Que no comprende los antipoemas/ Todos deben reír a carcajadas.// Para eso me rompo la cabeza/ Para llegar al alma del lector.// Déjense de preguntas. / En el lecho de muerte/ Cada uno se rasca con las uñas.// Además una cosa:/ Yo no tengo ningún inconveniente/ En meterme en camisa de once varas”. Y lo hizo, se metió y salió bien librado. Hasta elegante.

Pero dejemos esos pasmos a un lado y volvamos a los Poemas para combatir la calvicie, porque, total, se trata de una recopilación de muchos de los textos que aparecen en los libros mencionados, y que hacen y deshacen en estas páginas donde el chileno sigue siendo chileno y donde en los “Artefactos” nos regala: “Revolución/ Revolución…cuántas contrarrevoluciones/ se cometen en tu nombre”, en una pregunta que anda de respuesta en respuesta. Y que nos afinca en este ahora donde saltan y cansan los que no tienen respuesta. También: “El pensamiento muere en la boca”. O: “Para ser Presidente hay que ser escupido previamente”. O éste: “…Y así fue como lo convirtieron en tonto útil de izquierda y en tonto inútil de derecha”. Como si nada. Y es mejor no seguir porque estos artefactos son herramientas de peligro. Así es Parra, da con porra.  En “Acto sedicioso” canta: “el poeta se corta la venas/ en homenaje a su país natal”. Otros cobran.

Como si lo atajara, puesto que este texto lo escribió hace muchos años, digamos que en los 90, Nicanor Parra imaginó: “con este premio paso a la categoría/ de caballero de la triste figura: // donde me siente yo/ está la cabecera de la mesa caramba¡…”. Quién iba a creerlo.

Un poco más adelante en las mismas páginas dejó escrito: “Después el Rulfo sueña con el Nobel? / me pregunta al oído una prostituta/ como si yo fuera la Susana San Juan/ y ella el padre Rentería// y yo le respondo con otra pregunta:// si no se lo dieron a Rulfo/ por qué me lo van a dar a mí? Y se lo dieron. Después, el Cervantes, que no ha ido a recibir porque no ha terminado de escribir el discurso mientras un elefante sostiene su muerte con la trompa detrás de los respetables cazadores. Cosas de un antipoeta que también dijo: “Se escribe contra uno mismo/ Por culpa de los demás”. Así es Nicanor Parra. Cierro el libro.

ELEGÍA SIN ESTATUA

1.-

Entre Felipa Moniz y el cartógrafo Toscanelli la muerte armó sus sílabas. Mucho valieron las noches: en adelante, los gatos se amancebaron con reyes y cortesanas. Vino a cuento lo del huevo y la redondez de la tierra.

Y entonces, con la tragedia a cuestas, se llegó al lugar de su gloria, martirio de tantos cadáveres y vidas. Por el fondillo del yerro, la caída de quien por años mantuvo el brazo estirado hacia algún lugar de la bruma caraqueña.

Cristóforo, muerto como desde hace siglos, se fue al más allá en la creencia de que había arribado a Asia. De modo que fueron asiáticos quienes lo bajaron de su altura.

2.-

A gatas, entre las arengas de los mismos que vinieron con él, los operadores de la guillotina. Cortado por las piernas, los huesos de Colón ambulan la miseria del tiempo.

¡Vengan los fantasmas, Diego¡ ¡Vengan a entregarme a la muerte, la deseada, la de bronce moldeado, la muerte, la gran puta¡

Un letanía amarga, un latido en las sienes. Una herida mortal para la muerte.

Un hombre blanco leyó el veredicto. ¿Cuántas muertes para alcanzar la muerte, la verdadera muerte que camina por los labios de los empalados, por los frenillos de boca de los ajusticiadores? La venganza siempre llega, grasosa, bajo la lluvia.

Aún faltan algunas tragedias para hincar la rodilla sobre la muerte de la muerte.

3.-

Y en el horizonte desvaído, los truenos de las próximos lluvias. En los cerros cercanos, el clamor por una nueva dicción cotidiana. Ha pasado el tiempo. Letra muerta es la vieja consigna colonial, el áspero desafío a los nativos, desmembrados por las sílabas de aquellas sospechas con barba. Se trataba de gramáticas amalgamadas con la flora y la fauna de una tierra desconocida. El calor y las aguas arrastran las epidemias ante los ojos afiebrados de los recién llegados. Y el almirante, con el dedo fracturado, duerme su eternidad en un sótano.

En las calles, la algarabía, la insensatez y el crimen. En las casas, las manos que redondean el alimentos, el consejo a los hijos, la diestra sobre una rodilla inútil, acalambrada por el temor a salir pelear con fantasmas.

4.-

El algún lugar oscuro se rebelan los gusanos sobre la carne pútrida. Del Almirante no queda nada. la mirada orgullosa sobre el horizonte del Nuevo Mundo. El dedo fracturado. Las piernas rotas. La nariz quebrada, atenuada por el mordisco de los días. Y mientras se suceden los días, también acaecen los odios, esa semilla ácida que arrastra el miedo de los más inocentes.

Por las calles de la polis la suela gastada de unos zapatos. Unos cuantos denarios en las muelas podridas del Comendador. La llaga silente en las tripas y el vigor de aquel siglo XVII apestoso, cabritando sobre los ijares de las prostitutas recién llegadas de las Antillas. Tantos ojalá para que no haya cadáveres expuestos al sol, como las guerras que luego sucedieron y dieron al traste con la poca gobernabilidad que existía, más allá de la esclavitud, el abuso, la usura y tantas más quejas que hoy siguen ardiendo en el cuerpo y en el alma.

La mortificación de las pelucas. La redención de los trajes tiesos. La muerte de quien reniega y hasta se hace el loco en pleno siglo XX. Y con la llegada y del XXI  mascaradas, incertidumbres. El Almirante sueña, no deja de hacerlo desde su mutilación. Es una simple estatua, grita un desaforado. Y es verdad. Es sólo bronce italiano.

5.-

Una elegía para quien calla y muere eternamente en un sótano, en un patio, en el vientre hinchado de una historia que no termina de definir su gramática.

Una elegía agreste, pedregosa, barrosa, contaminada por los gritos de quienes se lanzan desde lo alto y terminan destripados por los camiones, por las ruedas del tiempo, por el engranaje de las horas que ya pasaron.

Sólo queda la ruina. Un montón de palabras arrumadas en la puerta de una casa abandonada.

El silencio se arrastra como un reptil.

UN  PAÍS BORROSO

I

¿En qué persona habla este texto? ¿En qué tono ponerlo a pensar? Faltan muchas cuadras para llegar a ese país donde habitan tantos amigos, conocidos o desconocidos. A la distancia, nos vemos bajo la mirada ausente de una multitud disgregada.

Pero la voz que agota estas inmerecidas tentaciones, por darle personalidad a esta crónica, no basta. El país habla solo, se queja sin esperanzas de encontrar la salida para poder entender sus yerros.

Las preguntas se reflejan innumerables. ¿Por dónde anda quien nos ve? ¿Quién desanda estas sombras y las pisa sin darse cuenta? ¿Qué esperamos de quien no nos espera? ¿Cuántas esquinas hacen falta para que el país se sepa desnudo en sus palabras? ¿De dónde extraer la suficiente sangre para entender que estamos vivos a pesar de las muertes que se nos adelantan? Este país cotidiano, dado a levantar sospechas.

II

¿Precisamos de la segunda persona para no sentirnos fichados por la realidad? Una respuesta roe la puerta, saca las pezuñas y se entretiene entre los golpes que el cuerpo resiste en silencio. Este país tan cotidiano, tan realista, tan psicológicamente extraviado. Tan llanto de mujer exprimida por una orgía de desventuras.

La paz se quita las enaguas (¿aún existen?),  en el mejor de los casos el blue jeans deshilachado, decolorado por el uso diario de las rodillas.

Mientras damos con el paradero de esa segunda persona, asumimos la tercera para viabilizar la inocencia del resto de este pequeño mapa convulsionado. Sin embargo, será difícil: todos cargamos con las culpas que nos han endilgado desde algún sitio a oscuras.

He allí el país cotidiano, el que nos hace sombra. El que nos pregunta en voz baja y nos apunta con el índice nuestras deficiencias.

El día se hace todos los días. Nadie responde. Somos tan cotidianos que el país se nos deshace en las manos. Mientras tanto, solemos hacernos los descuidados.

Falta una página de este libro. El poema que nos leía fue borrado para que la mudez nos conquiste definitivamente. Alguien nos maldice.

III

Somos cotidianos por la espesura que nos cubre. El país nos desangra el ánimo, desestima lo que se lleva de alma en el silencio. También es un secreto a voces que nadie tiene la capacidad de guardar la compostura.

Debajo de la lengua están otras preguntas: ¿Quién sabe de la hoja perdida, del salto en la lectura? ¿quiénes se saben parte de esta historia y no quieren reconocerlo? Entre los ruidos de la noche se agita la conspiración de los ángeles caídos. Un crucero de manos jura por la vindicación de lo imposible. Asaltar el cielo hoy no es nada fácil. Es un imposible: el cielo no existe y la tierra es cada día más pequeña. Sólo Dios sabe si existimos.

¿Cuántos países hemos perdido? Cuántos héroes aguardan en la puerta del cementerio? ¿cuántos seres humanos desfilan delante del féretro del mundo, de este diminuto país extraído de un testamento de agónicos de última hora?

Para los que se saben lejos de la cotidianidad: las calles aguardan, disipan dudas, cantan victorias y derrotas, afilan cuchillos y limpian las cánulas de armas escondidas en el pecho femenino de este cuento de nunca acabar.

Alguien habla, calla y se lava las manos. Una mujer sin labios, violada por la culpa de un defensor de canciones desgastadas. Una muchacha sin útero. Alguien conspira contra la corriente alterna de la sangre. Alguien conspira y no lo sabe. Alguien es culpable y se deshace de los expedientes del abuso. Un país tan cotidiano, tan falto de carácter.

¿En qué persona habla este texto? ¿cuántas personas ocupan su sintaxis? ¿cuántos muertos leen la eternidad en el punto final? ¿qué persona me nombra, nos nombra, nos borra de la cinta, nos exige el origen?

Este país, tan poca cosa de nosotros, tan ilegítimo y legal, tan despiadado en algunos que pasan la página y sonríen. Cotidianos, paisito de mis sueños, de nuestros sueños revueltos, animados por la anemia de la última hora.

TEATRALIDAD
(Textos de crítica y teoría teatral)

1.-

El teatro encuentra espacio en cualquier espacio. Se hace espacio. Es espacio. El teatro, mímesis y remedo del tiempo, se cuestiona a diario, se critica, se registra, se hace cómplice de sus propios tropiezos, hincha los carrillos y escupe contra la estupidez humana. El teatro también es un salto mortal hacia las sombras. Cuando la luz se hace escena el teatro es demasiado evidente. Es como la poesía: misterioso, abierto de ojos, cerrado a quienes pretenden usarlo como herramienta para sus fines personales, políticos o estomacales. Por eso tiene una crítica, un cuerpo que lo representa en las ideas. Por eso es teoría y práctica. Cuando ya se ha hecho la escena, el pensamiento se despliega en la soledad de quien se admite dentro de él sin necesidad de desplazarse sobre las tablas. El crítico aguza la mirada, abre las fosas nasales, orienta el oído, saca la lengua, toca el cuerpo sudado de los actores…en definitiva, el crítico subraya su presencia y a veces abusa de ella para hacerse sentir. Pero eso no le hace al teatro. No le quita la grasa de sus ancas, la gracia de sus movimientos. Un crítico, a veces, es tan inútil que pasa inadvertido, y más cuando el teatro que se lleva a escena es precario, pobre y desaliñado. En estos días de desencanto ocurre con frecuencia. Entonces, en estos confines de las entrepiernas de la teatralidad, sí que es necesario el crítico.

¿Qué hace un crítico en una sala vacía? ¿Podrá reinventar un público, un acto, un escenario o las ganas de acercarse a la inteligencia de los actores y a la del mismo dramaturgo? Quedan las respuestas colgadas  del hacha del verdugo.

2.-

En estos días de abulia, de refranes cortesanos, de andamiajes cursis, de arrebatos históricos, el teatro busca imponerse a través del silencio. De allí entonces una poética que Marcel Marceau llevaba en la bolsa de los ojos, en las manos, en el pelo, en las manos, en las piernas, en la manera de decir y callar, en la manera de gritar. Mimo y universo, a la manera de quien escribe esta nota.  Silencio. Y también el “Teatro y la poesía”, a través de un diagnóstico de Inés Muñoz Aguirre, así como una aproximación de Juan Martins a “El gorro de cascabeles…”, de Pirandello. Un poco más allá, en el telón de fondo, Jaime Chabau Magnus nos hace leer “Rick Clucci y Beckett”, como para seguir lidiando con el absurdo y las consignas del destiempo vivido. Sigue Miguel Torrence con “Lo que subyace”, suerte de travesía por el signo teatral, por lo que flota sobre el texto, lo que trajina en la voz y acción del actor, o de quien ha escrito la pieza. Un buen bocado para saber que la crítica teatral es también reflexión, ocupación y preocupación, arraigo y desarraigo.

 3.-

El dossier del XXVIII Festival de Teatro de Occidente ocupa un buen espacio en la revista Teatralidad (Maracay, noviembre 2010.  Año 1/ No 2). Lugar y tiempo que ayuda a quienes tienen en ese evento un punto de referencia para el tiempo presente y para los futuros encuentros que habrán de darse. Y así, “Trascendencia y valor de un festival de teatro”, con firma de Carlos E. Herrera. La programación del mencionado festival se ofrece como ayuda para estar atento a las obras, autores, actores y actrices, por supuesto, que se balancearán sobre la tela de una araña con el elefante de la canción.

Una buena noticia para los lectores se centra en la publicación de la obra “Al tibio rescoldo de la noche”, texto original de Rosana Hernández Pasquier, que resultara ganador en el Concurso Literario “Miguel Ramón Utrera”, mención dramaturgia, y que el consejo editorial de Teatralidad, conformado por Juan Martins, Miguel Torrence y José Ygnacio Ochoa, tuvo a bien regalar a la gente de teatro.

LOS COLORES INTERIORES DE JORGE CHACÓN

                                                                                                                                                                                                           Fotos: Leonor Basalo

** Este pintor, envuelto por la atmósfera de los pigmentos de Sabaneta, resuelve el espacio en una aventura hacia él mismo, sin abandonar la tierra y sus fenómenos. Altares mágicos, entre los huesos de la imaginación, son los recursos que encontramos en esta fuerza telúrica creativa.

Entre la modestia angelada del paisaje está Jorge Chacón. La mano derecha se detiene en el tiempo de una barba rala. Nacido por primera vez en el Táchira, tuvo en Sabaneta de Aragua la cuna de su imaginario, donde ha convertido los sueños en colores, formas y follajes.

Este hombre ha hecho docencia con la naturaleza. Paisajista innovador de la abstracción verde y el rojo deslumbrante, este indagador de las hojas metió los ojos en la ceguera de la luz para sombrarnos con sus grandes formatos y la aventura de saber decir su interior.

Entre pinceles, trapos, cuadros, formas y olores lo encontramos, mitificado en el calor de su faena. El 22 de febrero de 1992 abrió la puerta de una exposición en la Galería “Tito Salas”, con los auspicios de la municipalidad de Petare y la dirección de Cristina Moros. “Los espíritus de la naturaleza” invadieron los espacios de esas paredes donde el trópico invencible se adueñó de cortezas, inmensas hojas y asombros en diversos volúmenes.

Antes, allá en Sabaneta, en el mismo pueblo de El Consejo, estuvimos para radicalizar la creencia de que Jorge Chacón vivía en el rumor de los árboles, entre los camburales, en el murmullo envolvente de la naturaleza viva. El sol es sólo un camino de tierra hacia la casa.

“Hay artistas que se detienen en el tiempo, otros claudican. El artista latinoamericano debe recoger las raíces de su continente. Yo me siento muy cerca de los orígenes de mi país. Por eso me gusta pintar su luz, el follaje, su ritmo. Y, ahora, me gusta pegar semillas, huesos, piedras, totumas, fósiles. Son cosas que me expresan como venezolano y latinoamericano”.

El maestro Jorge Chacón se queda con la mirada suspendida, adherida a la copa de un árbol pensativo. Mueve lentamente la mano izquierda y un primitivo y fresco susurro lo devuelve a la realidad. “Hay que renovarse. Es necesario renovarse”.

-Es como un reto-, afirma. “Es parte de la vida de un pintor. No se puede uno detener en una fórmula. La lectura sobre las corrientes del arte contemporáneo me decían que era necesario estar al día. Yo siento que los altares son parte de una renovación en mi obra”.

 Altares de ritual

El aliento de los tiempos se aposenta en la casa de Jorge Chacón. Una atmósfera liviana y alegre se vierte sobre las telas y rostros a la espera de un designio. Más allá, la magia, el acto místico del experimento, de la búsqueda constante. “Hace años yo hice algunos estudios sobre los retablos venezolanos del siglo 18, y de algunas manifestaciones artísticas de mano esclava. Después hice retablos pequeños, a manera de experimento, pero sin el sentido religioso cristiano. Yo, más bien, me fui hacia la raíz indígena y negroide. Empecé a incorporar diversos objetos, trozos de tela pintada, velas, huesos, madera…”.

De la palabra del pintor emergen imágenes de la selva. Una voz tupida de danzas y gotas instaladas en las hojas de los granes árboles. Movimientos desencajados  de los cuerpos alucinados de las horas. Gestos inquietos, amagados por la llegada violenta de otros rostros. Manos tibias sobre la piedra de amolar, donde el trozo de madera cautiva la fruta arrancada de la flora. “Luego me gustó la idea de los altares mágico-religiosos de los chamanes y sus bellos rituales. Allí el brujo se pinta la cara y el cuerpo, baila como un felino, salta sobre el fuego y hace sus ofrendas a los dioses. En totumas va depositando el cacao, las semillas, las frutas y los collares. Yo trato de recoger un poco ese hermoso ritual”.

 Magia especial

-La pintura siempre está ahí. Es la que armoniza el todo. Y, sabes, es difícil armonizar los objetos, las cosas ya hechas. No es como la pintura donde en la que tú vas creando los espaciaos, las luces, los ritmos. Aquí ya las formas están determinadas. Entonces, debes disponerlas como si fuera un cuadro. Y a veces hay que usar la pintura. La pintura siempre está ahí, es la reina, la diosa, el centro de mi trabajo.

Jorge Chacón se ve en silueta, mientras la luz del sol corta su cuerpo pegado a la puerta.

Desde el exterior encontramos toda esa arquitectura de la imaginación. Y se entiende, entonces, que ese hombre de mirada interior y serena posee los secretos del chamán, los embrujos de los colores perdidos. Sus altares, esos abalorios de la vuelta a un pasado inmenso, lo sacuden para dejarlos a la vista de todos. “Con los altares amplío el campo estilístico. No lo cambio. Algunos de esos trabajos exigen mucho rigor, colocación minuciosa de los objetos: pegar, inventar, ordenar, tallar. Cuando era muchacho trabajé la orfebrería y la cerámica. Mi padre era joyero, orfebre, grabador. Aprendí bastante de su oficio y me gustaba. Es un reencuentro con mi padre. Por eso, también me considero un poco escultor. Siento que tengo cierta facilidad. Antes había trabajado la madera, la arcilla y la piedra”.

 El camino del color

-El nombre de la exposición lo inventó el crítico de arte Roberto Guevara. Allá incluí paisajes de mi primera etapa plástica.

A Jorge Chacón lo rodea el universo, un paisaje plural. El mismo es un paisaje. Dentro de los árboles, el sol y los camburales están en armonía para hacerse espacio de ese paisaje. “La pintura es la razón de mi existencia. Un placer que no podría explicar pero que me mantiene feliz frente a las adversidades”.

El maestro Chacón se enfrenta a los colores con la osadía propia del creador. Hay, como es natural, hasta cierto temor al abordarlos. “Yo amo los colores fuertes. Me gusta el rojo, el amarillo, el violeta. El verde que me dominó mucho tiempo lo he ido dejando poco a poco, y lo he cambiado por el azul, los grises, los violetas”.

-En el momento del trabajo están mis colores interiores, pero otras veces es la naturaleza y la luz que me invaden. Son ellos los que me escogen para pintar.

Dentro del movimiento de esos colores sumergidos en el follaje está la mirada nostálgica del pintor Jorge Chacón, quien tiene en la memoria todo el campo y la vida para seguir haciendo las imágenes y texturas que le permitirán no ser olvidado.

Hoy, desde la habitación cósmica, los colores del trópico lo siguen deslumbrando.

RETAZOS DE OTROS DÍAS

Regresar del susurro

Bajar las escaleras y sentir el silencio acuoso de la mañana. Poner el pie (derecho o izquierdo) y contar y recontar 1, 2, 3, 4, 5, 6…hasta que el infinito nos diga que las horas se han encargado de manchar la espera.

Colocar las plantas de los pies muy juntas,  a una distancia prudencial, para que cuando vengan Hércules Poirot  y Edgar Allan Poe tomados de la mano se silben al oído el secreto de algún homicidio no resuelto. Cuestión de estilos, de silencios y susurros que incursionan por la boca abierta del cadáver asistido por los detectives. “Déjenme pensar en el lóbulo animal, en la huella dactilar de la mano derecha, en la pupila retraída”. Quedarse con las manos en el vacío. Buscar con qué vencer es soledad se que cuela con desgano por la escena del crimen.

Está allí el lienzo invisible, tentando mi imaginación, robándose la iniciativa. Con desparpajo casi infantil encaro la altura de la iglesia desde la cual se advierte la pérdida del equilibrio del  niño sacristán, la caída, el agujero del miedo en el estómago.

Frente a mí el vómito. Mi cabeza reposa en la orilla de la acera. Me hundo en el mar. En el aire cubierto de nubes. El ahogo, el susurro en la puerta de la vieja casa. La escalera podrida por el tiempo.

El rostro

La mano comenzó a buscar en las arrugas. Los dedos, hinchados de líneas, adivinaron la forma de la cara. Y así enfrentaron la ira y el lamento. Hosco, el anciano inició una risa estridente, sin dientes, desde los labios apretados. Después, otras vez, la mano en el mentón y luego en los pómulos.

Se acercan con la noche

Las miré venir en medio de la oscuridad hacia los ojos desmesuradamente abiertos de la niña. La madrugada, la pesadilla, el agua por debajo de la puerta. Cuestión de camas y colchones. Cuestión de dormidos y despernados. Cuestión de espíritus burlones.

La inundación. No me pregunte usted por la ventana. No hay manera de salir. Mis amigos lejanos no vendrán. Aquellos que han vueltos los ojos con indignación ante mi cuerpo ahogado. Las hormigas comienzan con mis pobres testículos. El evento ya es noticia: la oferta del día: el color de mi carne en las pantallas públicas.

Con la noche llegaron. Se llevaron todo, hasta los deseos de escapar de la subida del lago. Allá, donde quedaba una isla, están los duendes, los muertos que jamás podrán llegar a tierra firme.

Escapes

1.-

A nocturnas de una sed infinita, paseo mis labios por una palabra jamás pronunciada. La saboreo sin miedo, sin ninguna necesidad. En medio de la palabra aparece el silencio. El momento de callar, de cerrar los párpados y desaparecer. Sigiloso el mundo cambia de sitio. La lluvia, su llegada inesperada, dice del escape.

2.-

L a maldición a la belleza surgió de la boca del mendigo. Bajo el techo quebrantado el cuerpo ulcerado, agónico, a la llamada ecuánime. En medio de la peste.

3.-

Los guerreros van dejando la sangre: se mueven en un griterío insoportable: se someten a una locuaz algarabía.

4.-

Pasa el enemigo con su risa común. Me espera con el acecho en sus manos. Me deja pasar, me saluda. Siento el homicidio pegado a mi cuello. El cisne dobla la cabeza débil. Y toscas tempestades bajan a acariciar el puñetazo inesperado.

5.-

Si alguien se me acerca, huyo. Mis manos han abandonado la turbia daga. Me mueven antiguas maneras de desaparecer. Presiento que alguien llegará a mi puerta. Sólo oigo los secretos de quienes están a punto de entrar.

6.-

A diario, casi a cada hora, nos persigue la mirada de algún fantasma escondido bajo el manto de la impunidad. El día es escurridizo. Una mujer, colmada de duendes y doncellas, copula con la sombra, entre flores podridas.

ELÍAS CANETTI O LA PROFESIÓN DE ESCRITOR

1.-

En enero de 1976, Elías Canetti pronunció un discurso en Munich. Entre otras cosas dijo: “Pues lo cierto es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo”. De esta manera, el Premio Nobel de Literatura 1981 liquida la idea del hombre encerrado en una cripta, rodeado de libros, absorto en sus fantasmas.

El título de esta crónica es el mismo de un ensayo contenido en La conciencia de las palabras, del autor búlgaro y, precisamente, recoge la angustia sobre los peligros en los que se encuentra el mundo. De allí que sean los escritores los que salen a tragarse el humo de los vehículos, los insultos del poder y el gas de la represión, así como las protestas de quienes sobreviven entre el sobresalto diario y la muerte.

“Quien no tome conciencia de la situación del mundo en que vivimos, difícilmente tendrá algo que decir sobre él”. ¿Cómo se vive en cualquier paisaje si quien se dice escritor mira desde su miopía el polvo de unas letras que contamina la realidad y la misma imaginación? No se trata del viejo tema del compromiso y la llamada realidad. Se trata de saberse parte del universo, de sus movimientos, de las revelaciones humanas, de la decadencia de los dioses, de la ascensión de la muerte en bombas y disparos. Se trata de ser parte de la política, aun cuando sea para registrarle los bolsillos.

2.-

Los escritores que viven en castillos de cristal amasan la fortuna del silencio. Atajados por el temor a ser colocados en el sitio de la realidad, presumen de puros, de estar más allá de los pecados humanos, toda vez que los ángeles que escriben tienen alas y revolotean alrededor de la vida y de la muerte.

“Tal vez valga la pena preguntarse si, dada la situación actual de este planeta, existe algo en virtud de lo cual los escritores –o los que hasta ahora han sido considerados como tales- puedan ser de utilidad”.

En efecto, ¿para qué sirve un escritor si la conciencia que tiene de las palabras es solamente lúdica, estrictamente literaria, ficción pura, poesía abstracta? El mundo, tan dinámico, cargado de estupideces y crímenes, bien vale la participación de la presencia de los escritores. Por supuesto, no bajo la batuta ideologizante del poder, porque éste tiene sus intereses bien fundados. Así, “la literatura podrá ser lo que quiera, pero muerta no está, como tampoco lo están quienes se aferran todavía a ella”.

Se escribe sobre la piel de los hechos, sobre el cuerpo vivo de un mundo agitado por la política, la pobreza y los cataclismos naturales. En ese juego, calcado por la inteligencia humana más sensible, se debe colocar el ojo de quien usa las palabras como arma, como reflexión.

3.-

En estos días de tomas de decisiones, es bueno retomar las páginas de los escritores que vivieron los momentos más terribles de la persecución. Los que murieron en nombre de su oficio y de su conciencia, plasmaron la evidencia de que valió la pena, de que la libertad es el don más preciado del ser humano. Es decir, el uso de las palabras no exime al escritor de formar parte de los hechos, de las acciones que intentan convertirse en absoluto. Un escritor debe tener la libertad para tratar todos los temas, para abordar la luz y la sombra, para luchar por la vida y pelearse a muerte con la muerte. Un escritor no es un héroe, pero tampoco debe ser presa del miedo. “Un escritor sería, pues –tal vez hayamos encontrado la fórmula con excesiva rapidez-, alguien que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o acaso más, que entre los seres humanos; que se entrega a ambos…”. Palabras para los hombres, la humanización de la escritura, sin olvidarse de la calidad de éstas, porque la mediocridad, el poco cuido, la falta de pulitura ensucia la libertad que éstas ofrecen al acercarse al lector, quien deberá ser siempre el objetivo de la escritura.

La responsabilidad del escritor para con los suyos tiene que ver con el estrujamiento del talento. Tal responsabilidad reclama la presencia de la belleza, por muy hosca y dura que sea la realidad. Escribir es un acto de sensibilidad. Y por muy estéril que sea el tema, se impone la calidad idiomática, que es la raíz de toda imagen, de todo esfuerzo por conjugar lo verbal y lo humano. Una palabra que no vibre, es letra muerta. Una palabra fría es un cadáver de la conciencia. Por eso, con Canetti, es preciso ponerlo todo en duda, así la misma profesión de escritor y la sexualidad de los ángeles que se creen musas de la realidad.

Los rasgos comunes de Sánchez Peláez

I

Una lectura, una carrera en línea curva sobre el poema. Se trata de un intento, el mismo de salir airoso del follaje, de los animales que tanto abundan en el ramaje de mi ventana, por donde el mundo entra a pedazos y estaciona sus pecados y viajes sobre la página 30 de Rasgos comunes (Monte Ávila Editores, Colección Altazor, Caracas, 1975), donde “Trayectoria” retorna, luego que el polvo hiciera su labor por largos meses en el anaquel de los poetas sobrios, los sombríos, los luminosos, los borrachos, los viejos (labrados en Aire sobre aire), los a diario resucitados, los amados, los que no tienen lugar donde dejar el olvido.

El poema respira sin ayuda. Es un diafragma, un músculo que ataja el ojo y lo vacía, Juan Sánchez Peláez se deja ir, con una respiración agitada: “Cuando os veo vacas verticales y sagradas, os veo vacas/ próvidas, os veo de cerca saltonas en las veredas, hembras/ para el macho con aquella ubres, dando tumbos vuestro/ blanco licor, fuente de Adán en nuestros paraísos,// cuando os veo y la luna llora también como un camino/ abierto de frente a vuestros ojos,// cuando con excesos de vida os derramáis, cuando estáis/ oblicuas, rectas, agachadas, bien dispuestas,// bellas a boca de jarro que inquieren a nuestro alrededor// no las nubes de Kioto// no los techos de París// ni sólo viajes// velas o el mar oceánico// y que nos padecen y divagan por nosotros// y así nosotros por ellas en tanto que amantes// jirones de tierra en la duración.

II

¿Qué hacen esas vacas en medio de un poema? Sagradas, verticales, próvidas. Juan Sánchez Peláez las ve, no las inventa, no las crea. Son vacas verdaderas, verdaderamente surrealistas, nacionales, por lo que tienen de ubres y huidizas, orejanas. Las vacas de Juan son las vacas de sus ojos, las de sus ojos de búho, como decía Gerbasi. Pero nada, también son astros que giran alrededor de la mirada de quien las descubre con las tetas llenas de licor, borrachas desde abajo. Por eso los ojos de las vacas de Sánchez Peláez son oblicuas, rectas y agachadas. Y como así son ellas, aunque tenga semovientes de ese tipo en su patio o en un poema, que no el poema mismo, curvo, sorpresivo, imaginario, mareante por lo que tiene de continuo el golpe del mar contra la costa de sus palabras.

Como lo escribe Juan Gustavo Cobo Borda, “entre el derroche y la privación; entre el fulgor de ciertas imágenes y el carácter indigente de su labor, logra que la realidad se oculte y se revele a la vez”. Luz y sombra, atarrillamiento de algún animal de costumbre bajo un árbol desnudo. Así es esta lectura, un poco vaca, un poco desparpajo. Surrealista por rebelde, por estar contra el totalitarismo de la estupidez, contra la dictadura del cinismo más barato. Que lo digan las vacas, que son tan amigas de ser verdaderas, aunque sean sólo una imagen de texto, reflejo de mirada en un verso.

III

En sus “Signos primarios”, segunda parte de Rasgos comunes, Juan Sánchez abre la posibilidad de descubrirse en la soledad de la casa. “Entre tu imagen y el horizonte, águila en el hombro de ningún centinela, ella se deja estar”. Cierto, detrás está el mundo, el que ha dejado el poeta con su muerte o, mejor, con su silenciosa retirada “Indócil en ocasiones a tu amor…”.

Más adelante, entre el polvo del tránsito eterno, el poeta suelta: “De nadie es mi sombra. Tuyo y de nadie es el camino/ abierto.// De nadie es mi luz: se encorva en mis bolsillos como una/ sombra más, la nada es común del girasol”.

Como leo bajo la lluvia y mi árbol personal cae cimbrado sobre la ventana, tengo al poeta preso en la nostalgia, en la causa de su lejanía. Lo leo en voz alta para la sordera del mundo: “Nadie me ve estos ojos, los desesperados ojos como cosas/ escritas en sueño. Nadie me ve sentado en una silla de oro/ tocando el universo simplemente con la marea que roza/ labio a labio mientras afino mi flauta con la ley de los/ pájaros”.

Uno de ellos se acerca, estride mi mañana, la rompe, me quita la mañana, se desquita para acercarse a Juan Liscano: “Tienes nombre propio si excavas dentro de ti y rechazas/ el miedo a morir y aceptas el verbo que/ conduce al silencio…”

Palabra más palabra, poema. La muerte y lo que queda, estos textos, esta desolación desde mi biblioteca, desde la ventana abierta que me descubre frente al cielo lluvioso.

Juan Sánchez Peláez quieto, ojos de salto de agua, animal de costumbre cuyos rasgos son tan comunes como su eternidad.

RICARDO RODRÍGUEZ ENTRE POETAS, DRAMATURGOS Y LOCOS

1.-

Mientras  Vicente Gerbasi se acomodaba para iniciar la pasión del día en boca de quienes lo teníamos cerca en las lecturas, Meyerhold, Stanislawsky, Chejov y Brech se asomaban a la pequeña puerta de nuestro pequeño edén teatral del Pedagógico, de manos de Ricardo Rodríguez. No faltaban por supuesto los locos de nuestros parentescos: los familiares y los desconocidos, los que se hicieron páginas y personajes y los que todavía ambulan por nuestra imaginación.

No sabíamos qué años corrían por nuestras venas, pero sí de una gran felicidad, tonta felicidad, como decía alguien por allí, entre los estruendos de nuestra fiesta permanente y las bombas lacrimógenas que también formaban parte de nuestros cotidianos placeres mundanos. Ricardo nos veía en medio del humo de los cigarrillos y ponía cara de serio, como la que ponía cuando nos marcaba en el escenario. O cuando se dirigía a los fantasmas que a diario lo acosaban desde sus tiempos de su natal valencia. Claro, eran duendes, fantasmas afables, aquietados a fuerza de lecturas y algunas malacrianzas que también formaban parte de su pedagogía.

2.-

Nos sonaban los nombres de Ricardo Chalbaud, José Ignacio Cabrujas, Clemente Izaguirre, Humberto Orsini, Herman Lejter, Rodolfo Santana o Armando Gotta como directores del ya épico Teatro Universitario de Maracay, así como el de Ricardo, también fundador de esa locura que dejó marcas en el alma y en la carne de muchos actores y actrices de esta malhadada ciudad.

Debo decir con toda sinceridad que no éramos bien vistos por los profesionales del teatro maracayero. Nos calificaban de advenedizos y muchas glándulas endocrinas salieron a relucir a la hora de hablar de Ricardo, quien en más de una ocasión tuvo de defenderse hasta de él mismo.

Los que nacimos en el Teatro Universitario del Pedagógico (TUP) teníamos como slogan ser gente de teatro, entrar y salir de escena de la mano de quien nos regañaba y nos abrazaba. De la mano de Ricardo Rodríguez Jiménez. Fueron años jodidamente hermosos. Fueron años de mucha ingenuidad, de mucha carnalidad con al aderezo de unos espíritus rebeldes, alocados, infrecuentemente amistosos. Hasta que la realidad nos dio la voltereta y nos hicimos parte de un proyecto que nos llenó el alma y nos hizo entender que el teatro es una forma de vida, más allá de que se ponga en escena. Eso nos lo enseñó quien acaba de recoger sus bártulos y tomar vuelo hacia el soñado teatro El Globo londinense, el viejo teatro isabelino que luego nos trajo, de boca de Isaac Chocrón y Cabrujas la voz de Cervantes encajada en nuestra nacionalidad. Aprendimos tantas cosas que ya las hemos olvidado.

3.-

Me ha tocado hablar de mi profesor, de mi director, de mi amigo. Y me ha tocado desde cierta lejanía, la que producen las distintas vías que nos ha procurado el país. Siempre hemos estado en el lugar para elaborar nuestro afecto.

Han pasado muchos años desde que Maracay tenía teatro. Hoy día los grupos han desaparecido. Quedan algunos sobresaltos de tarima. Quedan muchas quejas. Quedan tristezas. Algo así decía otro amigo que también tomó el camino eterno.

La certeza me obliga a decir que andábamos entre libros de dramaturgos, de teóricos, de poetas y de locos. Todo eso fue ganancia y seguirá siéndolo. El poeta Villon no nos dejará abandonados. Ni Genet se olvidará de nuestros pequeños asaltos al cielo con Ricardo Rodríguez al lado.

Me lo imagino, a Ricardo, de paseo por los Campos Elíseos, a los que tanto amó. Me lo imagino de guitarra terciada, de serenata en serenata. Me lo imagino con Isadora Duncan bailando bajo los árboles vetustos de nuestro pedagógico. Casi lo veo con Chaplin sudados bajo el sol de esta ciudad de locos, de empedernidos.

Y entonces, Gerbasi, luego Montejo, Cadenas…todos ellos sobre las tablas. En sueños y en pesadillas. Y un día cada quien tornó a sus terronales, a sus ventanas entornadas, a la calle solitaria de la poca querida provincia. El teatrico del Pedagógico sigue en el mismo sitio, lleno de nuestros ecos. Al fondo, un hombre sentado, pensativo, bajo el cenital amarillento. y entonces la poesía, la voz del viejo actor, las instrucciones del maestro, el canto de los pájaros, el amanecer.

A pocas horas de su partida, Ricardo con Clemente Izaguirre en Roma. Foto sepia, color del recuerdo, color ido y recién llegado. Ambos eternos, como si nada. Allí están.


EL LLANO EN MOVIMIENTO: TRASHUMANCIA

Héctor Valera nos ubica en el polvo, en el que dejan las bestias en su constante movimiento. La mirada magistral del fotógrafo nos introduce en el Llano y nos deja instalados en las huellas que dejan las reses mientras los caballos elaboran con sus inmensos ojos la noche que los inventa.

Quien se acerque a estas imágenes viajará sobre un caballo, será parte de su olor, del polvo de los caminos andados. Será punto cardinal con la mirada en el próximo horizonte, porque el pastoreo es viaje, movimiento, rotación de la tierra, continuación del tiempo.

En un poema de Eugenio Montejo sentimos estas fotografías de Héctor Valera: “Miró a lo lejos, pastando en la luz verde, / la mitad de un caballo. Sonaba el tiempo/ entre la espesa ondulación de las gavillas, / sonaba la lluvia en la ventana…/ Sólo medio caballo para tanto horizonte/ y lo demás dormido, bajo tierra”. Entonces, quien mira, el espectador, se asume jinete viajero, audaz sobre el mapa del Llano, sobre la relevancia del polvo que su propia imaginación levanta.

El poema de Montejo cierra: “La mitad de un caballo esperaba allá lejos/ pero bastaba para llegar a cualquier parte”. Y ahí lo dice la lluvia, las inundaciones: cualquier altura en pleno Llano es buena para sal

var el arreo, para no dejar que el ahogo esconda el esfuerzo, para evitar la muerte.

El Llano viaja en una res. En un caballo, en la mirada turbia de un hombre que lo cabalga. El Llano se mueve con la tierra que gira más allá, mucho más allá, hacia donde van las bestias. Cada foto de Valera es parte de la jornada que viven estos hombres.  Héctor Valera cabalga con la cámara y hace del viaje un asunto épico, una gramática del movimiento, una lectura que nunca termina, como nunca termina el Llano.

La belleza de sus imágenes nos delata: nos hace personajes de su aventura. Aprendemos a colocar los aperos, a limpiar los cascos de los caballos, a mirar los belfos del potro, a revisar la oreja del becerro, a cargarlo como un niño cuando se rezaga, a encontrarle sentido a la noche y dirección al día.

El mismo Montejo, en otro memorable texto, dice: “En los llanos estuve, / tierra adentro, hacia el alba de soles salvajes,/ donde la única montaña es uno mismo/ o su caballo”. Y así, desde esa altura, desde la silla de montar, el paisaje de los animales en fila, agrupados hacia el poniente, hacia la hora de un tarde cualquiera. Sobre esa altura se mueve el universo. Y Valera lo hace ver con todos los eventos que ocurren a su alrededor.

Durante ocho años, este hombre enclavado en Calabozo, se ha dedicado a seguir el paso a quienes viajan con sus bestias por el país llanero. No ha descansado: he aquí la muestra de su esfuerzo artístico. La trashumancia lo ha contagiado de la compañía de los astros, mientras el polvo se hace nocturno y los ojos del llanero se cierran mientras los de los caballos vigilan y miden el camino.

FÁBULAS DE CARNE Y HUESOS

                                                                                                                                          La lectura ennoblece el alma, y un amigo sabio la consuela.

                                                                                                                                           Voltaire. El Ingenuo.

1.-

Certeza la que encontramos en la idea que nos suministra el también autor del Tratado sobre la tolerancia y del Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones. Certeza que nos obliga a decir que la lectura alberga demonios y santidades, sombras y luces, bosques y desiertos, poesía y maldiciones, verdades y mentiras, crónicas e historias, revelaciones y fábulas. Y, precisamente, en esta que hoy nos atrapa, el alma se ennoblece gracias al escritor amigo que se ocupa -en su ociosa paciencia- a hacerle juego a todos esos contrapuestos que también hacen posible que respiremos y a veces nos ahoguemos. Se trata entonces de un hombre que nos tiene acostumbrados a subir y bajar alturas en el momento de trazar sus momentos de reflexión. Se trata de un periodista y escritor falconiano de nacionalidad espiritual y corporal llamado Manuel Felipe Sierra y quien, por esa doble razón, ha escrito Fábulas de carne y huesos (FB Libros, Caracas, octubre 2011) en el que volvemos a decirnos de la noble lectura que nos revisa y revisa a los demás, los ausculta y nos ausculta como lectores. Es más, Manuel Felipe Sierra es el depositario de sesenta episodios donde habitan personajes, situaciones, historias pues que vagan de página en página y que nos hacen ir y venir en nuestros tiempos de vida, en nuestros momentos de carne y huesos.

Este amigo sabio, quien además escribe, ennoblece el alma de tantos duendes que en su libro habitan. Los ennoblece su manera de decir, de trazar el rostro sombrío de los dictadores, el perfil revelador de los constructores de sociedad, de los alfareros de espíritus, de los tantos personajes que Sierra ha retornado a nuestra desmemoria. Se trata, digo, de un libro –para pronunciarlo con el mejor acento  de otros días- sabroso para degustar, hondo para bucear y sabio para aprender.

2.-

¿Qué hay en estas páginas? ¿Qué nos hace cómplices de estas 220 páginas, de estas sesenta crónicas bautizadas fábulas? ¿Qué nos dice Manuel Felipe Sierra? Pues bien, el autor, periodista de larga carrera, escritor y comentarista, nos lleva de la mano y nos hace abrir esta ventana donde nos encontramos con personajes como El Chacal, Medina Angarita, García Márquez, Gallegos, Humboldt, Graterolacho, Fidel Castro, Jóvito Villalba, Delgado Chalbaud, Mario Vargas Llosa, Pérez Jiménez, José Agustín Catalá, Kapucinski, Al Capone, Salvador Allende, Pérez Alfonzo, Perón, Manuel Caballero, Correa, Duvalier, Humala, Fujimori, Carlos Andrés, Cabrujas, Chávez, entre otros tantos que se  enriquecen con las partidas de nacimiento de quienes han quedado impresos en estas Fábulas de carne y huesos.

Y la certeza se hace más cierta cuando anclamos nuestra atención en la manera de escribir o de decir de este fabulador que escribe libros y lee poesía y tiene apego a la buena literatura. Es decir, estamos frente a un hombre que sabe escribir libros, que cabalga con nuestro imaginario verbal y hace de sus crónicas un legado de respeto por el idioma que lo amamantó y lo vio crecer. La certeza, porfío, está en sabernos parte de un libro porque al leerlo somos él, somos los personajes que trata, somos las páginas, las que olemos, las que dejamos y luego retomamos, las que nos hacen cerrar los ojos y respirar hondo, las que nos levantan y hacen ir a tomar una taza de café en medio de tribulaciones e imágenes que Manuel Felipe nos ha regalado.

Un cuerpo orgánico, como todo cuerpo que se respete, tiene carne y huesos pero también sangre. Se trata en todo caso de un libro anatómicamente vivo, respiratorio, circulatorio, histórico, geográfico. Un cuerpo fabulado, crónico y sincrónico cuya sangre, el icor de su estirpe, igualmente nos recorre cuando lo palpamos, lo leemos, lo desnudamos y le damos forma cuando lo proyectamos, lo comentamos y lo hacemos otro libro, el libro otro que siempre es conveniente llevar en la memoria para poder decir cosas como estas que hoy digo, con el perdón de Manuel Felipe Sierra.

Hay entonces de todo un poco en este libro. Los personajes tratados giran alrededor de eventos en los cuales hemos estado presentes desde lejos o en el mismo  sitio de los hechos. Hemos sido protagonistas y ahora más con estos nombres que nos acercan a la pequeña historia, a la fábula universal, al destino de los que quedaron marcados por el tiempo, de los que ya son parte de diccionarios y libros de texto. Fábulas de carne y huesos viste el viejo esqueleto del olvido. Nos hace en la medida en que ambulamos por sus páginas y sentimos que su autor ya no es dueño de ellas.

3.-

Entro sigilosamente en “Cabrujas”, en una de las últimas fábulas del libro. Y lo hago por la cercanía afectiva con el personaje y por la calidad con que Manuel Felipe lo aborda. Un trozo para fijar parte del país que recordamos. Un trozo para volver al “MAS de mis tormentos” y a la revista “Punto”: “Un día, Luis Bayardo Sardi, miembro del consejo editorial, se apareció con una colaboración firmada por Sebastián Montes. Después de varias publicaciones la columna comenzó a llamar la atención de los lectores. Estaba escrita con pulcritud, desenfado, irreverencia y una fuerte dosis de humor. Al tiempo se supo que se trataba de un seudónimo de José Ignacio Cabrujas, ya famoso como dramaturgo y quien junto a Román Chalbaud e Isaac Chocrón formaban la “Santísima Trinidad” del teatro venezolano. El nombre Cabrujas también era noticia en la crítica cinematográfica. Había estallado el “boom” del cine nacional en pleno esplendor de la “Gran Venezuela” y su nombre estaba asociado con las películas que registraban mayor éxito de taquilla…”, y por ahí se fue Manuel Felipe, quien dejó escrito a un hombre a quien también tuvimos cerca e hizo amistad con nuestros huesos maracayeros, Luis Bayardo Sardi, el “príncipe”.

Me desplazo por el libro con el mismo sigilo y menciono otras fábulas como las dedicadas a Allende,  Humala, Baduel,  Kapucinski,  Catalá que, por la misma certeza de líneas anteriores, merecen espacio antológico. Es decir, todo un libro para lectores que quieran revisar el mapa y la anatomía de un país medio borroso. Un país de estos días que nos duele y nos escuece. Un país lleno de gente -sabia o perversa- que flota en las páginas de un libro escrito por un periodista nombrado Manuel Felipe Sierra. Un libro fabulado y fabuloso. Un libro.

DIARIO DE AGUAS

1.-

El agua se desliza por los meandros del poeta. Podría leerse en cada uno de sus cauces las veces que el río lo mojó y lo secó bajo el sol. Podría decirse del Caramacate, corriente amarilla, lenta y descuidada que pasa por San Sebastián de los Reyes. El agua, entonces, es la mirada de un hombre que escribe bajo el rigor del trópico. Así, entre nubes, surge la poesía, la voz de Miguel Ramón Utrera hecha agua, silbido líquido, palabra que inunda las calles del poblado y traduce el susurro que entra en el bosque, en  los hierbazales cerca de las cuevas donde se iluminan las creencias, los misterios.

El agua se hace libro dedicado al poeta. De esta manera lo ha confesado en el epígrafe de su poemario José Ygnacio Ochoa,  Diario de aguas, publicado por Ediciones Estival. Edición que precede otros títulos que ya han comenzado a darle la vuelta al país.

El agua corre por este libro en cuyas páginas respira el poeta Utrera y en el que aparecen códigos que revelan la pasión de su autor por el viejo juglar del Sur de Aragua. Ochoa lo canta con la presencia del río que pocos nombran por no conocerlo. Ochoa lo hace poesía de agua, con el mismo líquido de sus versos apagados detrás de todos los elementos de la naturaleza. El agua de este libro es una metáfora a quien se dedicó a inventar un paisaje. Un viaje por cada uno de los mitos y rincones de San Sebastián.

“Se construye una historia de desalojos/ desencuentros con iniciales/ escrúpulos agobiantes/ desde el comienzo/ un final que se deja/ escurrir con el requiebro/ solapado entre la esperanza/ el árbol con su rama/ anclada en el cauce/ del agua tibia”. Así comienza este poema, este libro poema que hace al viejo poeta parte del agua que discurre o se queda.

Doce veces Ochoa usa la palabra poeta y una vez el apellido de quien habla. Poeta en docena y Utrera en soledad para recogerse en el agua que Gaston Bachelard ha hecho teoría para entrarle al poema. El agua es, lo dice el teórico francés,  cuerpo inocente, inicial, íngrimo, desnudo, puro, ensoñado, dulce como agua de río o de lago, que no de océano, porque los mares no son nada inocentes, contienen todos los viajes y todas miserias del mundo.

 José Ygnacio Ochoa confirma el inicio de esta aventura: “Memoria/ pedazos alojados/ en el olvido celestial/ acompañado con la voz/ del poeta en su canto/ que nunca acaba”, y lo destina a ser aparición en cada una de las páginas que escribió para que Utrera se moje una sola vez  el rostro y las palabras. Bachelard lo asegura: “No nos bañamos dos veces en el mismo río, porque ya en su profundidad el ser humano trae el destino del agua”.

 2.-

La poesía es voz líquida. La palabra, su semilla, germina. Por eso el habla del agua es coherente, comprensible, potable, legible.  De esas cualidades emergen los sonidos, la paz y las corrientes normales del río. Un río no es río cuando llueve en sus cabeceras, cuando se desborda. Se convierte en monstruo, en caos, en aquelarre, en muerte. Un río para serlo tendría que ser apacible, de lo contrario habría que verlo como humano.  Los ríos y los lagos producen poetas. El mar, el océano: narradores. La acción del mar relata la épica, los viajes, los crímenes, la traición y el asalto. El desplazamiento de los lagos, dentro de su cuenca, habla, musita, imagina. Cuando inunda deja de ser lago, es devastación. Igual el río: siempre será un viaje, nuevos paisajes, ensoñación.

Por eso dice José Ygnacio Ochoa:

Deja que el agua

diga con su movimiento

lo que no pueden

decir los ojos

Una página más adelante el poeta de Diario de aguas escribe:

Recorre el estanque

con la mirada de la distancia

Y así, para expresar la última estación de agua, deja esta imagen:

Tanto andar y no llegamos

al final de la palabra.

Por todo eso, el poeta rinde “culto a la comarca…en su deambular con el juego/ de las aves al frente del ventanal claroscuro”.

3.-

Biografía de un poeta a través de un elemento. El agua elabora el nombre, lo pronuncia. En el recorrido, en el ámbito del poema, su autor sólo dice “poeta”, “el poeta”: lo figura, lo dibuja, lo amasa con agua del río y de la lluvia. Adánico, comienza a nombrar lugares: “Fluye el caudal del río/ la alcantarilla/ está en Pedregal/ al lado de la/ casona sola/ del poeta”. El personaje es trazado en pocas palabras: “Quien deambula en su soledad/ manifiesta el silencio”, y así, Utrera, el aún no mencionado, transita con el silencio la única calle que de memoria lo reinventa.

Recuperado el aliento, luego de calles y miradas a diferentes rostros, el autor escribe como para justificar el intento de saberse parte del mundo recorrido: “En el camino nos encontramos/ con un túnel de árboles que une/ a las dos vías/ norte/ sur/ aquí/ allá/ sobre el ocaso de un diario de aguas”. Entonces encuentra el motivo, la voz del libro, el título de esta cuenta pendiente con una biografía.

El viaje, luego de entradas y salidas, converge con esta estación:

La soledad de su nombre palpita constantemente

en el aliento intenso de la palabra de Utrera

son palabras continuas

noche

día

vigilia impulsada por cánticos de seres

inmaculados.

El agua corre por los meadros del poeta. Utrera es el poema. Su autor, en este periplo incesante, José Ygnacio Ochoa, aún se pregunta en qué río invisible estará instalada la mirada de quien inventó una comarca y le dio nombre al universo.

JORGE NUNES: CINCO INSTANTES

Cinco libros. Cinco momentos de un escritor que fue atrapado por el silencio por más de treinta años. Una dolorosa enfermedad lo alejó del mundo y lo acaba de relevar de la vida. Jorge Nunes (1942-2012) dejó varios títulos de los cuales cinco arriban al puerto de esta crónica:

1.- IMÁGENES Y REFLEJOS:

El poema anexa imágenes a través de un espejo. Dos caras, dos maneras de verse, de retraerse al mundo. El poema –construido en prosa- es un monólogo que silencia al lector.  Aunque hay voces al fondo del azogue: las respuestas siempre quedan colgadas en la lengua.

Que lo diga el mismo texto: “La luz estalla. / El cristal la proyecta sobre tus ojos y crees percibirla./ Te acuchilla la retina y sientes deseos de llorar./ Vuelves la cabeza, intentas pensar y verificas la oscuridad./ Renuevas otra vez la vista sobre el espejo y ahora gritas, enloquecido./ No huyas. No hay remedio / Los rayos se han proyectado disolutos pero la luz permanece atrapada”.

Este ejercicio, Imágenes y reflejos, fue publicado por ediciones en haa en 1967: el poeta anima a un personaje a ser sujeto y reflejo de él mismo. Desdoblamiento, la sensación de seguir vivo en el espejo, aunque la derrota lo atormente: “Constará que le ha perdido el rastro a su existencia. / Entonces, también usted se verificará colgado en la pared, siempre/ deslumbrante, en un inagotable estallido de reflejos”.

La imagen –tan falsa como la realidad- es sólo la mirada de quien cree verse más allá de los ojos. Es sólo un reflejo, una imagen. La imagen de un reflejo.

2.- FUEGO SUCESIVO:

Y el otro tiempo/ los amigos de entonces/ las piedras tibias a orillas de la playa/ la arena pegajosa bajo las palmeras, / los amigos de entonces/ los yo-yos y los nombres/ pronunciados a las cuatro de la tarde/, los crepúsculos temblando/ junto a los “escondidos”/ los crepúsculos incendiando/ sombras de blanco y negro sobre las aceras”.

Y así quedó todo, quieto, lejano, olvidado. Aquellos tiempos pasaron, murieron, hasta la memoria se agotó y los cuerpos desaparecieron. En este libro de Jorge Nunes, editado por Monte Ávila en 1972, están  las mujeres, los nombres de las mujeres, los sinsabores y la calle. Destaca el recuerdo, la piel sumergida en el otro. Hombre y mujer con un solo bastimento. Libro juvenil dedicado a la sensualidad, al sudor y a los jadeos. El poema rebelde, alocado, desnudo, hecho a la medida de una edad, de una felicidad emergente, eterna porque se es joven. Libro libre.

 3.- NINFAS, FÁBULAS Y MANZANAS:

Una novela en las que los sueños se apropian del discurso. Es la novela de Jorge Nunes. Es el universo narrativo de este autor/ poeta que se arriesgó con este título, cuyo primer capítulo ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional en 1972.

Con este trabajo Nunes experimenta, viaja por los sueños, por los deseos de la carne, por la fantasía, por personajes desleídos, extraviados en su propio caos. Novela de capítulos salteados, donde los actantes entran y salen, aparecen y desaparecen: guerrilleros, imágenes circenses, niños gargantúas, exagerados, pantagruélicos, exorcistas de pulgas…total: una novela de aquellos días que siguen siendo estos. Ninfas, fábulas y manzanas,  publicada por la Editorial La Enseñanza Viva en 1977, es una maniobra lúdica, surreal, amparada por una escritura donde la poesía también es personaje.

La entrada del capítulo XIII, “El domador de pulgas y el circo mágico”, nos abre el camino: “Arrastrada pesadamente por un burro raquítico, una mísera carreta fantasma se desplazaba bajo el sol de los llanos. Atrapado en un paisaje desierto, el viejo carromato parecía una visión extraída de algún libro de apariciones. Sentado en el estribo, látigo en mano, cubierto por los restos de un sombrero derruido, un hombre de rostro esquelético se aferraba a las riendas apresurando al animal”.

4.- OCULTO EN SU MEMORIA:

La memoria también es un espejo, refleja, a veces esconde, desfigura, aleja. En este poemario, editado por la Colección Letras de Venezuela N° 59, Serie Poesía de la Dirección de Cultura de la UCV en 1978,  el autor insiste, porfía y desanda algunos tópicos de Imágenes y reflejos. El texto que le da nombre a este libro, Oculto en la memoria, lo advierte: “Trataron de hacerlo a la medida de la vida/ y de las cosas que no/ permanecen/ lo tomaron de las manos/ lo contaminaron de calor/ y hasta le transmitieron destellos/ y caricias/ semejantes al amor/ y a la luz del trigo/ y al brillo de la/ noche. // Pero él no estaba allí/ Desde hacía mucho tiempo/ permanecía oculto en su memoria”.

Instancia para el olvido, espejo para la opacidad, quien vacila en los códigos de este poema se debate entre el equilibrio y el temor a dejarse llevar por algún abismo, por alguna razón contraria a sus deseos. De allí que para evitar caer en la tentación, mejor era esconderse, ocultarse de todo cuanto pudo haberlo extraviado. Pasa igual con el espejo: el reflejo es un escondite mientras la imagen real es parte del mismo escondite. La vida otra, la que no tiene dueño vive en el poema, como el reflejo en el vidrio. En este otro poema lo leemos: “¿Por qué siempre permanezco estático/ como si pretendiera que en mis ojos/ se diseña la parte más clara de mi vida? // Al margen de este sueño y de esta noche/ queda una vida que nunca será mía/ una palabra estéril/ y la misma sensación de/ cansancio/ de inutilidad frente a los/ días”.

El recuerdo, lo olvido, el tiempo en el cuerpo y en el alma: la poesía como parte del naufragio. Y el amor, esa ascética liberación. Los sueños, tema ineludible: “Resisten la oscuridad/ y los días de lluvia/ Son flexibles como las olas/ dóciles/ y transparentes…”. Esta metáfora se resiste a ser cambiada: los sueños no desvían ningún camino, ninguna hora, ninguna convocatoria: están allá, pasan, se olvidan, se borran, se salen del espejo. Son reflejos. También son parte del ocultamiento.

5.- RETRATOS DE ARENA:

“ecos/ provenientes del tiempo anterior/ estuve allí lo presiento/ a veces atravieso sueños/ como si fueran cielos/ cuerpos/ la textura de otra imagen/ la chimenea/ altas lenguas brillantes entre sombras/ el cuarto acostumbrado a tus pasos/ cholmeley crescent 31/ pronto encontrarás la casa/ los álgidos corredores/ la empinada escalera/ el perfume a madera húmeda/ incrustado en las paredes/ en el techo/ todo permanece exacto/ inmutable/ como el tiempo en la memoria”.

Poemas de su hora londinense. Poemas en lo que el autor fija, como en una fotografía, detalles de un logra, la dirección de la residencia donde vivió, el clima, el olor de las cosas, los cinco sentidos preparados para entrar en una nueva estación. Y así, el tiempo, ese araña que teje sus trampas en la memoria, fuente de ocultamiento, escondite del mundo. La constante se agudiza en la metáfora “el olvido es la nueva memoria”, presente en el texto “Octubre”, en el que dibuja parte de la ciudad: “londres emerge entre la neblina de octubre como bailarina/ en escenarios de sombras/ octubre titila/ dolor casi cobre de hojas caídas/ hay un espacio que sobrevive a los pasos/ algo de nuestros ojos a sus miradas”. Al final del poema, vuelve el relato del espejo en el traspaso de miradas, en la entrega de quienes se encuentran y se hacen reflejos en una ciudad opaca.

Y como la memoria se diversifica, Nunes la hace homenaje en los nombres de Dylan Thomas, William Blake, Emily Dickinson y en los lugares que más marcaron sus horas en la capital británica: Leicester Square, Trafalgar Square, Picadilly, Hyde Park, Stratford-upon-avon. No podía faltar el reflejo de Los Beatles en “Penny Lane”, una mujer llamada Alicia, las estaciones extremas de ese paí, entre tantas otras imágenes que recorrieron recuerdos y se transformaron en libro.

Y así el viaje por una segunda y tercera parte donde la ciudad y sus asuntos continúan impresionando al joven venezolano que hizo estudios de posgrado en Inglaterra y regresó con un legajo de líneas que luego aparecieron con el sello de la Gobernación del estado Mérida, por haber sido galardonadas con el Premio Especial Concurso de Poesía Héctor Vera en 1984. El libro apareció finalmente en 1987.

De Jorge Nunes quedaron en el olvido de este país desenfrenado otros títulos, entre ellos su primera aventura literaria: Oscilaciones (1966), Aproximaciones al roce (1980), entre otros de ensayos.

TODOS LOS RÍOS

Dos ríos cruzan la existencia de Francisco Arévalo: el Orinoco y el Caroní. Dos fuentes verbales sometidas a la eternidad de la corriente. Ríos poéticos que hacen serpientes sanguíneas en los sueños y en la vida cotidiana de quien es un apegado a las palabras, a los sonidos interiores, a los malabarismos de las imágenes y al cuestionamiento de ciertas irrupciones humanas. Afirmo por esto que Francisco Arévalo también es esos ríos, a veces silencioso, la mayoría de ellas turbulento.

«Se me silenció la lengua buscando serenidad en la turbulencia de tu piel…», confiesa en medio de un remolino desatado por la pasión de las mareas del viento de aquella tierra extensa y misteriosa. Sobre el cuerpo ondulante de esas bestias fluviales, el poeta construye el imaginario que el paisaje, anudado a la contemplación, dilata sobre el agua. Serena es la turbulencia, el carácter del río, de los ríos, igual al diario devenir de quien poetiza y realiza, de quien niega y afirma, de quien se orilla en el barro y amasa las voces del pasado y el presente.

Estos poemas líquidos de Francisco Arévalo, donde el agua también es sangre, circulan libremente hasta encontrar un delta, la multiplicación del verbo, la riqueza atesorada muy cerca del sonido marítimo del universo. Se trata del silencio, el que él convoca en la lengua que habla y saborea.

Luego están los misterios: una naturaleza que habla, que para muchos ha sido portátil, numérica por la cantidad de nombres y asuntos que la muestran ante el ojo y el poema. Estos ríos pasan frente al rostro del poeta, culebras de agua entre la espesura de la selva. De allí los maleficios del clima, de allí la geografía que redime y obliga: Angostura acerca y aleja una y otra orilla verbal. La palabra es una topografía. Un desliz de tierra y agua: barro.

Los ríos se multiplican, se agostan hasta ser uno solo: el gran río de agua, vegetal y zoológico. Cósmico además por lo abismado de sus constelaciones sometidas por las noches. En el fondo, un río es una mentira estelar. Un espejismo, como un poema. De allí su paso, su siempre despedida frente a un muelle, frente a quien lo mira y lo niega, a quien siempre sabe que es la misma corriente, la dicha por aquel que hace muchos ríos sigue en la permanencia de su avance.

 «Me reafirmo en el muelle abierto y los remolinos delgados que rozan la piel/ Obviar la causa del río al mediodía es un paso suicida», pronuncia el poeta con un dejo de ensayo reflexivo. Mientras tanto, la corriente se hincha en los ojos del observador. Avanza pesada como un animal y «Sigilosa la bestia en los manglares», se confunde con la muerte, con el vaho del miedo.

Y así, para no dejar espacio para la duda: «Movedizo motivo del Sur culebra de agua contra el párpado cerrado…».

¿Fue el sueño, fue la muerte, fue un descuido en medio de la agonía del hombre que frecuenta el río con las palabras y el cuerpo, el que se dejó vencer por su impostura?

Ahí quedan los dos ríos, todos los ríos, todas las palabras que empujan hacia el infinito en estos poemas de Francisco Arévalo.

(Este texto es el prólogo de Más sobre el río, publicado por Ediciones Estival en noviembre de 2011)

La verdad de las mentiras
LECTURA DE UNA FICCIÓN

Trátase entonces de un país, de un libro abierto, pero sin letras. Trátase de un lugar común en plena calle, entre pancartas, ruidos, consignas, maromas del espíritu y cuerpos hermosamente femeninos que le meten el pecho a la vanguardia del horario y se sacuden las mariposas azules de un ideario postrado.

Retos estos que fabrican la novedad de no saber aún hacia adónde va el tiempo, el reloj digital de este misterio de lectura que todavía no encuentra el epílogo.

Se trata, por ejemplo, de La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa, un libro recién abierto que nos comenta desde viejas aventuras a la sombra de la tranquilidad, del silencio ganado a fuer de alejar la muerte y frecuentar el bar de los sueños. Trátase de una lista de recuerdos, de libros al alcance de la mano pero también perdidos en los anaqueles del polvo y las alergias. Digamos que Vargas Llosa nos invita a la isla solitaria donde uno o dos títulos podrían saciarnos y dejarnos exhaustos frente al mar, frente a la esperanza de ver pasar un barco y arrojar la cédula de identidad de Robinson Crusoe.

Por supuesto, el escrito del novelista cholo abre un prólogo sobre las mentiras que contienen las verdades de la ficción. Y por ahí ahila, fresco y cordial, para tendernos la trampa y el anzuelo de este placer milenario, enemigo de la realidad circundante: los abundosos y relamidos discursos de nuestra tragedia.

Nos dice el autor de La casa verde, que “los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos –es decir, mentirosos- podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios”. Maravilla peninsular que olvidaba las exageraciones de nuestro sagrado Don Quijote y las vapuleadas novelas de caballería. Negaba España el espíritu del mester de juglaría y se quedaba con el de clerecía, dejando a un lado los “absurdos” misterios de la divinidad cristiana y las hipérboles de pueblos que se desarrollaron entre el salvajismo y la civilización árabe, tan fabuladora como los “disparatados” hispanoamericanos. Pero bueno, entremos en La verdad de las mentiras. Largo es el camino que Vargas Llosa transita en su entrada para donarnos su lectura de algunos de los libros recorridos por su curiosidad. Para cerrar, entrega: “Los hombres no viven sólo de verdades; también les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia. La ficción enriquece su existencia, la completa, y, transitoriamente, los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: la de desear y soñar siempre más de lo que podemos realmente alcanzar”.

2.-

En ese contexto, pasamos las páginas, luego de saborear bajo las ramas benignas de un árbol invisible lo que la memoria nos regresa. ¿Quién no se ha sumergido en Thomas Mann para intentar comprender la complejidad de La muerte en Venecia, ese trasunto de “un fondo oscuro y violento”, en el que nadie sale ileso porque hurga en la búsqueda de una civilización, donde la razón y las pasiones determinan la fuerza de la obra. La corrupción, esa indivisa recurrencia, toca el amor y lo perturba aún más. Acabado uno de los protagonistas, la pieza desencadena más preguntas, muchas sin respuestas, pero todas dirigidas a un ser humano ahíto de ellas, dispuesto a dar la vida por encontrarlas. Atrás quedan los vestigios de la brutalidad, los síntomas que iniciaron el amor de un hombre por la belleza de un muchacho: deseo que despierta la vida y la muerte.

De Venecia, Vargas Llosa nos lleva a Dublín, la ciudad de James Joyce, la polis de una novela cuya estructura es un río de imágenes, el libre correr del pensamiento. Leopoldo Bloom es un solo día, una memoria desbocada en el Ulises.

Dublineses, traducción que emparenta con un gentilicio, pero además con un modo de ser.

De relacionar la rutina con el aliento sobresaltado de personajes que se habitan desde el paisaje de una ciudad permanente, instancia que agobia a quien la escribe, la transita y la escabulle del sueño. Ojo objetivo, Dublín es un propósito, si no de enmienda al menos de testimonio para quien se deshace de ella.

Otro espacio, otro mundo, otra locura. Manhattan transfer, Nueva York en la mirada de John Dos Passos: “Capital del enjambre y la destrucción”, como subtitula Vargas Llosa. “…Nueva York, ciudad que aparece en sus páginas como un hormiguero cruel y frustrante, donde imperan el egoísmo y la hipocresía y donde la codicia y el materialismo sofocan los sentimientos altruistas y la pureza de las gentes”. Personajes borrosos que hicieron de la literatura latinoamericana un rencor: el boom, aquel trasiego, partió de ese puerto, del cual, pese a marcar cierta distancia, Juan Carlos Onetti, abrevó con la ayuda del espíritu decadente de su Uruguay triste y malevo. Literatura de recortes, de lamparazos, collage en el que nada queda fuera del enfoque. Novela cinematográfica por lo que tiene de global en el tratamiento de las historias que la fabrican. Novela pintura que se dice de esa técnica, que luego se reveló en el cine y después en la escritura de ficción.

Londres desanda en La señora Dalloway en la impertinencia vital de Virginia Woolf: se trata de un día cualquiera, como el de Bloom que luego se hizo aventura: un día de caminar por la ciudad, en uso de un horario temprano para dejar exhausta, al final de la jornada, a quien sorprende la muerte de un joven, de un suicida enloquecido por los ruidos de la guerra. Londres diagnostica la demencia, la hondura de la subjetividad, percibida por una mujer que terminó con su propia vida al mando de los demonios que la acosaban.

Scott Fitzgerald remueve los locos años veinte. La vanidad, la banalidad, el delito, la ciudad embebida en su propia discordia, en el Gran Gatsby, aquella escritura de la imperfección deslumbrante, donde la fascinación predica la vaciedad de la vida. Al término de ésta queda la resaca de la muerte en varias botellas de whisky, para no llevar en la valija el ruido de los casinos y la podredumbre en las calles y sótanos de una ciudad aún irrealizable.

¿Qué camino nos proporciona Hermann Hesse en El lobo estepario? Europa frecuentaba los signos de una cultura pudiente en su conservadurismo, cansada de mirarse el ombligo: un hombre sin rostro, desfigurado por las guerras y la desmemoria, el hombre revelado, asistido por la furia de saberse estepario, tomado –su autor- por asalto a través de una generación que vio en él la explicación de un misterio. Perdido, extraviado, Harry Haller se evade, se pierde, se encuentra, jamás regresa, como el tiempo que se queda en un sitio, por lo que es necesario dejarlo reposar, como los muertos.

3.-

William Faulkner jamás termina de irse. Con El sonido y la furia enloquecimos, aprendimos el discurso de un bobo, nos encaramamos en el epígrafe de Shakespeare y, finalmente, deslucimos al comentarlo. Pero no se trata de esa agonía. Estamos frente a la ficción de Santuario, un desparpajo en el que el incesto juega a la ruleta rusa compartida con rupturas espacio/ temporales que nos terminan de deslucir, de quebrantar y relegarnos al armario, pese a tratarse de una joya que inicialmente fue olvidada, como sucedió con uno de sus personajes que, en la primera versión, saltaba de página en página, mientras en la segunda era sólo una referencia “cordial” en los diálogos y acciones de Popeye y Temple Drake. Fortalecida por la náusea de su contenido, Santuario es un templo al pesimismo, muy propio de una sociedad que se veía atrapada por la decadencia y los influjos de la perversión.

“El paraíso como pesadilla” es el subtítulo que Vargas Llosa usa para adentrarnos en Un mundo feliz, donde Aldous Hauxley diseña una nación cuya estructura es el cinismo y el sarcasmo para entrar en el sueño inalcanzable, la utopía, la revelación insaciable, pese al terror a la anarquía. Un mundo feliz es la burla, la befa a lo actual para desacreditar el futuro mediante la idea de una sociedad constreñida, asfixiante. El fondo de esta novela aún sobrevive como una pesadilla, como el absoluto que el poder intenta imponer a través de los paraísos prometidos, la felicidad en una isla de la fantasía que termina en el horror.

Se nos quedan en la maleta Miller, Camus, Canetti, Graham Green, Nabokov, Pasternak, entre otros autores que nos agregan más vigilia en este mundo dislocado, sobre todo en este que respiramos en estos tiempos de salvajismo e intolerancias. Ligero paseo por la ficción que nos aproxima a la realidad, a este mundo que de tan feliz parece inventado por un loco.

Juan Liscano
EDAD OBSCURA

El eco de Juan Liscano se derrama sobre la Cruz del Sur y la inclina hacia el costado de la crítica, como motivación de quien sabe de las convulsiones y sobresaltos que nos tiene reservado el mismo hombre. El futuro, esa discriminación del tiempo, define la duda y el silencio atado a las palabras. Una edad en la que estamos instalados, sometidos por un rato de extravíos, de tormentas.

La pérdida del paraíso es la constante en Edad obscura, editado por vez primera en 1969.

La voz de este libro es la de un poeta perdido en el tiempo, sólo avizorado por la confusión, la misma que Robert Penn Warren (citado por Juan Carlos Santaella en el ensayo ¿Una escatología literaria posmoderna?) señala acertadamente: y cuando se llega a los escritores después de la segunda guerra mundial, se encuentra el mismo tema agravado por una visión del ser humano encarado a una sociedad mutilada y aún sádica y a un creciente espíritu general de protesta, de desesperación, desorientación, violencia y transacciones amorales en todos los niveles. Liscano ha mantenido, desde todos sus tiempos, esta posición: el hombre fue inocente, libre del miedo a un poder extraño. Desde este libro, el terror tecnológico, la pérdida incesante de la orientación humana.

Comí de la fruta prohibida

perdí la inocencia, la tersura, tuve hijos,

-frutos humanos decimos-

¿para el bien? ¿para el mal?

¿para continuar la guerra de la tentación

De la caída y de la expulsión del paraíso

y transmitir golpes, desgracias, pedazos

y andar más cargado, más perdido en el tiempo?

2.-

Liscano escribe desde la desesperanza, desde una página donde el futuro omniabarcante desfigura la voz y la mirada del hombre.

Sólo el amor, la palabra balsámica, la poesía, pueden revelar –que no salvar- el tránsito de quien protagoniza su propia tragedia.

Un día sombrío nos somete: No estoy muerto. Duermo./ Somos tantos ahora yo y tú/ acorralados pero juntos/ dormidos despiertos/ más adelantado yo/  mayor en la edad obscura/ y tú menos, soñando historias reales,/ símbolos que devuelven la imagen de tu vigilia.

En este libro –tan vigente aún- el poeta de Cármenes busca las fuentes, como dice Antonio López Ortega, para orientar mejor la marcha. No obstante, Liscano va más allá, se desliza por las imágenes del pasado, las toca, regresa a los ritos de sangre y desde la amada mira el porvenir. Es decir, de la desesperanza a la aproximación de un destino cierto o, al menos, llevar juntos la marca de la destrucción, tomados de la mano.

Un país, un universo, late en la chatarra que emerge ruidosamente y nos agrede. El poeta no se esconde, irrumpe en medio del dolor para hacerle frente a la ruina, a la oscuridad recorrida por las páginas de un alarido, como aquel de Ginsberg, o el que tantas veces nos aproxima al oído de Mariño Palacio.

Lo más nuevo es una ruina que empieza/ lleva su grieta de nacimiento/ su hendidura natural/ la herencia de las destrucciones/ y del pecado original de haber nacido. Predestinados, sujetos a un sino enmascarado, criminal, plástico. La historia se deshace, se devora ella misma. Lo que se construye, destruye. Entonces, regresamos al olvido. Sin embargo, Miro gestos en la luz antigua/ el andar de animales sueltos e inocentes, como desde allá, del eco del pasado, nos convocaran.

Para clausurar el último tiempo, el poeta toca con dedo lapidario:

De las cosas que hacemos a la cosa que somos

pasa el tiempo o pasamos nosotros

sin advertir que las cosas acaban con nuestra causa

que nos volvemos cosas de las cosas.

Libro de obligada lectura para saber de qué estamos hechos, en éste y en el otro tiempo que nos queda.

LA ECUACIÓN AGÓNICA

a mi tío Juan Delgado

1.-

Ninguna muerte es capaz de atarse al olvido. Ningún capricho de la eternidad sabe de los sobresaltos invisibles que suele causar el dolor, ese viaje lento que luego se hace pozo interior.

Larga la sombra que atenaza el cuerpo de quien postra las palabras y guarda silencio mientras mira correr el mundo con la prisa de la soledad. Inocente, pequeño como un niño avisado del final.

Yo lo veo desde mi altura mientras el quejido cerca de las costillas lo obliga a ocultarse del futuro. Envuelto, desnudo, listo para retornar al barro de su tierra, al limo del río que lo lavó muchas veces, hueso y ceniza de la fronda donde depositó la forma de guardar las horas y reír, mirar y olfatear el patio y las bestias que lo circundaban.

Desde el primer día supo del obligado tránsito. Supo que vendría el momento para encomendarlo con el recado. Lo digo con mi amigo Eugenio Montejo: “Dios me movió los días uno tras otro, / dio vueltas con sus soles hasta paralizarme/ como un gallo ante un círculo de tiza (…) Fue Dios el que movió todos mis días,/ la redondez de Dios que no da tregua”.

2.-

Lo miro y lo resuelvo en su ecuación agónica. La muerte es un asunto de cuidado, tanto que amuebla la casa y abre las ventanas. Invita con descuido a los que viven lejos.

Lo miro y me mira. Él sabe que llegará primero al lugar predestinado, donde habitan los otros que lo precedieron.

Entiendo a la muerte desde sus ojos, desde esa forma de no querer sonreír, de hacerse más pequeño, encogido en el útero que lo anuncia. Tiene las manos para asirse de la luz que lo ciega.

Mientras muere se acerca a nuestra congoja. Conoce de las oraciones que hemos preparado para aliviarle el polvo y el horizonte. Hemos traído aceites para untarle el cuerpo. Una camisa para cubrirle el maltrecho corazón. Hemos abierto la boca para lamerlo y lavarlo, disiparle el miedo con bálsamo y mentoles sacados del viejo baúl de la abuela. Lo hemos encomendado para que no se pierda en el camino.

Pasajero del último instante. La agonía repara la memoria. Alfabeto invisible, abre los ojos y desde la pequeña lumbre de su adentro desdobla el rostro, los gestos de encontrarse. Alguien lo vio días después en una esquina ataviado de blanco bajo una lluvia inesperada, sorpresiva, fuera de tiempo.

¡Qué cosa tan delicada la muerte¡ Desconsiderada entra y sale sin saludo alguno.

3.-

Respiramos su agonía y morimos con él. Nos vemos en él y nos oscurecemos. Quedamos sin ojos en medio de la tormenta. Volvemos a los días de abundancia, a los gritos para espantar los animales inoportunos, al calor forastero, a la túnica de la noche.

Ajados, bajo la tiranía del desvelo, comenzamos a construir las últimas palabras, unciones, deberes en conjunto.

Se despide en un sueño. No habrá pesadillas ni despertar para contarnos la aventura. Alguien intentará despertarlo, decirle de cosas que quedaron pendientes, como aquello de repetir el chiste, desearnos la salud con un trago, abrigar la taza del café caliente, descubrir que estamos en plena sabana y que somos capaces de orientar el sol y las estrellas. Recordar el nombre de un caballo, afinar la tonada mientras las ubres representan la cosmogonía de nuestro origen.

Todo esto lo digo mientras la superficie de la espera hace hondura en el pecho de albergar el silencio. Hechos de la misma ceniza, resuelvo entonces verificar la hora y el clima, las vueltas de un árbol y la mirada de aquel perro que vivía bajo la sombra de la abuela.

En todo caso, como el tiempo es interminable, saldremos a pasear bajo la misma luna y hablaremos.

DIARIO DE REGRESO

Queda sola en la ventana iluminada. Quiebra la cadera. Adelantando los pechos se ciñe el suéter   con una larga caricia que recorre todo su cuerpo y termina arremangándose la pollera para mostrar los muslos gruesos, de masa vibrante, mientras con la otra mano  se sube el pelo, frunciendo los labios como para besar con loca pasión./José Donoso (El obsceno pájaro de la noche)

1.-

Luisa guardaba un viejo secreto. Las pocas veces que se dejó ver en la ventana estrenaba  gestos que delataban una rara complicidad al mirarme. ¿Quién, entonces, sabía lo que Luisa llevaba en la memoria? ¿Se trataba de un acto hipócrita, de un desencanto más, luego de aquella escena en la que mostró unos senos blancos salpicados de pecas?

La mañana que pude advetir la intención de que quería decirme algo, le daba de comer a un extraño pájaro azul que su padre le había traído del Mato grosso. Era un bicho de ojos torcidos y plumas engrifadas. Sobresaltaba a la gente con un canto áspero, entre graznido y rebuzno, de modo que podríamos improvisar un nombre poco original, pero acertado: el pájaro burro. Ella le daba de comer con gracia y mucho afecto y como tratando de adivinar las reacciones del pajarraco frente a mi insistencia desde la calle.

La última vez que logré verle la cara en la ventana, supe de su arranque de ira contra el pájaro/burro. Me enteré de que lo había matado y que luego  se lo había dado a los perros. Sólo guardó la cabeza del animal cuyos ojos bizcos traspasaban las intenciones de esta mujer cada vez más enigmática. Hasta que se encerró en su habitación y decidió no salir más. No probaba alimento. Pasó ocho meses sin comer. Creí que había muerto por el tufillo que salía del cuarto donde la oscuridad reinaba con ventajas.

2.-

Domingo, 9 a.m. Luisa acaba de salir de su encierro. Luce una máscara de polvo que la aproxima a una estatua. Las manos amarradas a una melena incolora. Los ojos desorbitados. Los dientes negros y las encías hinchadas.

Delgada como un fantasma, se aproximó al patio y miró hacia arriba. “Hoy el cielo está más claro que nunca, parece que va a llover”. Pidió algo de comer y se sentó a contarnos con lujo de detalles cómo había matado el pájaro de la selva. Reía sin ton ni son. Cuando lograba fijar algún recuerdo callaba y volvía a reír. “Se me ha olvidado todo. Me jodí, se borró el disco duro…”

Era un rostro empezado por un lápiz negro. Era una cara borrada, comida por la sombra. El perfil, unido al viento de la noche, indicaba que allá adentro –donde realmente habita o habitaba Luisa- no había nada más, sólo bruma, precipicios, despeñaderos. Entonces susurró algo que no entendí. Se levantó de la silla y se internó en la oscuridad de la noche del patio. Cuando regresó, una hora después, sonreía.

3.-

Se recostó del viejo muro colonial de la casa y ajustó el perfil a un silencio inexpresivo. Ladeó la cara y me miró:

-Tú siempre has querido saber algo que llevo aquí y que jamás te voy a confesar, pero te voy a mirara hasta que te seques, hasta que no sientas más curiosidad.

Luisa siguió viviendo una vida silenciosa, hasta su muerte.

Comía, bebía, se reía sola, sin carcajadas, mordía el pan, sonreía, caminaba por la casa como una sonámbula. No tenía olor corporal. Dejó de ir al baño. A veces torcía los ojos y decía una palabra en portugués.

GINSBERG: UNA VOZ EN LA TIERRA

 1.-

En Barnes and Noble la cara de Allen Ginsberg conserva el color lejano del óleo, marchito por tantas miradas y manos que tocan la ya encanecida barba del irreverente poeta de Newark. Los ojos detrás de unos anteojos psicodélicos nos relatan el fondo de una tensión desmedida.

Anaqueles, olores a libros nuevos, la tinta impregnada de sangre, la sucursal de una librería neoyorkina dice mucho en la frívola y poco literaria Miami, donde vivir es un salto al vacío, una permanente transgresión al encanto de un paisaje desmembrado por el tiempo. Mientras tanto, Ginsberg, adobado por los afeites de la funeraria, respira bajo tierra el silencio de un país que sólo lo tiene presente en algunas páginas del Times de Nueva York o en el obituario de Los Angeles Times.

Es domingo en San Francisco. Los diarios revientan con la cara de quien escribió:

 When I died, love, when I died

my heart was broken in your care;

I never suffered love so fair

as now I suffer and abide

when I died, love, when I died.

 Para despedirlo, el también poeta Lawrence Ferlinghetti escribió: A great poet is dying but his voice/ won´t die/ His voice is on tle land, texto simplón que alude el carácter terrenal de quien jamás sucumbió a las tentaciones de la ciudad que albergó hasta la muerte.

 2.-

El The New York Times del domingo 6 de abril recogió en toda una página los distintos rostros y viajes de Ginsberg, quien había muerto el día anterior en la ciudad de los rascacielos víctima de un cáncer de hígado. Por muchos años había sido la voz más rebelde y engreída de la Generación Beat.

Una nota que promueve una de las tantas historias del poeta de New Jersey, tiene que ver con la madre internada en el Pilgrim State Hospital, donde murió en 1956. la paranoia y el laberíntico estupor frente a la represión colocaron a la progenitora del poeta en un estado de de permanente alucinación: The key is in the Windows, the key is in the sunlight in the Windows. I have the key-get married Allen, dont´t take drugs…Love your mother.

Tres más tarde, Allen Ginsberg escribió un poema dedicado a Naomi Ginsberg, una elegía considerada como un texto de fino y delicado dolor. Mientras tanto, en el instante de la la lectura, Ray Charles entona un blues.

El viaje de Ginsberg a la otra eternidad representa una larga travesía por el nublado y espeso cielo de Nueva York, donde reside el paraíso del desencuentro.

 3.-

En 1994, Ginsberg leyó –sacerdote penitente- su poema “Alarido” (Howl) en las afueras del Distrito de Courthouse de Washington. Un poco antes, la persecución, aldabonazos de cárceles y bofetadas que lo convirtieron en la “voz sobre la tierra”, esa que Ferlinghetti ahora plasmó en la portada del diario de Los Angeles.

En juicio al tiempo que le tocó vivir, Ginsberg escribió sin piedad acerca de todo lo que veía y sentía a su lado. No se permitió ausentarse de Dios, a quien tenía como eslabón entre la temporalidad terrenal y el espacio del eterno instante: “Espero que algún monje salvaje deje sus panfletos sobre mi tumba para que Dios me los lea en las noches frías de invierno en el paraíso…”

 4.-

La política de McCarthy lo llevó a decir: America I´m nothing/ America two dollars and twentyseven cents January 17, 1956, y a pesar de haberse entregado por completo a la invisible tierra, Ginsberg era un proscrito cuyo valor se materializaba e el duende de una moneda que carcomía la sombra de su espera.

Para dotarse de presencia colectiva, abortaba el silencio al lado de William Burroughs, Peter Orlovsky y Gregory Corso, quienes formaban parte de la Beat Generation Writers.

Arrestado en 1967 en Nueva York, Ginsberg participó en innumerables actividades como parte de la contracultura que le dio vida a una década convulsa. Una vieja foto lo describe en Hyde Park, en Londres, haciendo gárgaras con los ojos de los asistentes, mientras la primavera cabalgaba sobre sus hombros.

Decidido a permanecer en el regazo de Dios, Allen Ginsberg nos dejó el texto inicial de Howl, y digo nos dejó porque forma parte de aquellos gritos que en nuestra pasantía por la adolescencia dijimos afanosos con otros textos emergidos de crucigramas y carreras precipitadas.

 I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked.

 Traído a nuestra memoria, traduce el tiempo en que perdimos la inocencia y nos entregamos a los fantasmas de la muerte.

                                                                       San Francisco, California, abril de 1997.

CON LA TIERRA QUE BEBEMOS

                                                                                                        Foto: Alberto H. Cobo

Foto: Alberto H. Cobo1.-

En la esquina del Indio Bastardo solía instalarse la ensoñación. Del abajo de la mirada, donde el mundo giraba en torno de todos los estallidos, la calle La Mascota de Valle de la Pascua nos llevaba a convertirnos en un instante, en un sol a punto de agotarse sobre la superficie de la Laguna Nueva.

Entonces corrían los años sesenta y, tripón yo, como dice Luis Alberto, oía de boca de los más grandes, adolescentes engreídos y rebeldes a lo César Vallejo, que el mundo era un incendio por esos montes de Dios.

El país se agitaba como un animal enfermo. Sucumbía ante las heridas, unas abiertas, otras por abrirse. Desde la infancia, era imposible ver más allá de cualquier paisaje. El pueblo que me habitaba era el centro del universo. Y como muchos niños, poseía los poderes de todos los héroes del momento. A poco de morir frente a una roca de kriptonita, me topé con los libros, y entre papales, notas y pérdidas momentáneas, comencé a oír el nombre de Angel Eduardo Acevedo, un muchacho fundador de un pueblo por los lados del río Tiznados, cerca de Guardatinajas. Un rebelde, hijo de Changuelito, como un día me lo confió mi hermano Hernán, hermano también de Angel Eduardo, como el negro Acevedo de los demás hermanos del poeta.

Descubiertos sus afanes, Valle de la Pascua -ya en la lejanía de Valencia donde llegamos a vivir- se nos hizo mito, gracias a

Fui enviado a la ciudad

porque en ella no existen rebaños

de ganado (sólo de gente).

 

Para que fuese sabio o doctor

o no vistiera más de dril

o no calzara sino zapatos.

 

Para que cambiara tristeza por riqueza.

 

Pero recuerdo un muchacho loco

un hombre tan loco

que sólo es posible llamarlo muchacho.

 

Hombre pensando en frutas

consintiendo pájaros

un loco.

 

Silbaba solo en los caminos

y hacía clarinetes de carrizos.

A veces se perdí con el alba

mientras los hombres labraban la tierra

y aparecía al anochecer con huevos de perdices

 

Un loco.

 

Y yo no he querido sino ser como él.

 2.-

De allí, de esa consagración verbal, viene el nombre de Angel Eduardo Acevedo en la familia, en ese llano que crece cada vez que el poeta lo nombra. De allí, de esa peregrinación, de ese loco magistral, de ese muchacho recolector, nos viene a los pascuenses, a los calaboceños, a los de Guardatinajas, a los de San Juan de los Morros, a los de Sabana Grande, a los de Mérida, Trujillo y Barinas ese sabor a Angel Eduardo, esa pasión por la amistad, por su poesía, por ese primigenio Mon Everest, por años bajo la luz amarillenta de un bombillo, por años referencia que se convirtió en fuente de consulta afectiva, de búsqueda de un origen que se nos pierde en las estrías de las manos.

En esa esquina, en la del Indio Bastardo, en la que fue la Avenida Táchira, supe de esas frecuencias de un hombre que se llevó al poeta campesino a la ciudad, que no abandonó sus costumbres, que jamás olvidó la calle y la habitación donde lo concibieron, por mucho París que haya pasado por su espíritu, por muchas páginas que lo hayan arropado más allá del techo familiar.

Y si la ensoñación tenía lugar en las calles de Valle de la Pascua, una suerte de Anteo se le reveló para crear un pueblo durante aquellos años también ensoñados.

“Solamente vivía cuando despegaba de la tierra y, colibrí humano, me sujetaba una fragancia de los follajes encumbrados”.

Todavía en Monte Oscuro conservan un violín que Angel Eduardo regalara, como para sellar para siempre su compromiso de pionero y de forjador de amistades y cantos.

3.-                                                                        

Razón existe para haya dicho o escrito en las hojas finales de Mont Everest sobre su relación con la patria chica y sus efectos: “Mi padre apremia en este remolino, en este embestir y retroceder, antiguo callejón de los castigos, de la más vieja bestia amante y de la primera serpiente.

Mi padre es un dios que está en la casa gobernando por entre sus pestañas y está a la vez ecuestre allá lejos, donde se quiebra en alto el camino, oteando y silbando toros.

Yo desespero a pie, mi potro zaino, mi saeta arrebatada por un joven demonio…” De esos sonidos, en medio del llanto, el poeta nos prepara: “Lloro, padre que estás aguardándome, pues el diablo anda en mi cabalgadura, el que desportilla potreros, barajusta rodeos y rompe las compuertas del agua.

Lloro, pues hay que ser hombre y el diablo vuela en mi caballo”, y así hasta merodear el final y volverlo comienzo. Este padre, lejano y cercano, es el mismo del cual nos habla Pepe Barroeta en su ensayo sobre la constante búsqueda de esa imagen del poeta venezolano.

 4.-  

Se aparecieron los años de Calabozo. Allá, con José Antonio Silva Agudelo y Marcola Hernández, nos reconocimos en el pasado y en el presente, gracias a la poesía, a la enorme necesidad de pesar el tiempo que nos legó el llano. En algún lado andaban Efraín Hurtado y Alberto Patiño.

Por eso, Jesús Sanoja Hernández, en la contraportada de Papelera, tanteos estéticos sobre el vivir, escribió: “No es lo mismo haber nacido a orillas del Sena que en la confluencia del Apurito con el Guariquito, y no lo es, esto debe aclararse, para Angel Eduardo Acevedo, amarrado al botalón de la infancia, prendido en soles que hacen ardoroso hasta al Everest suyo, y amante de las garzas como cualquier Bolívar Coronado. ¡Vaya, un poeta sin cisnes y un raspador de violín sabanero que se atreve a juntar, en una misma página, a Beethoven con Angel Custodio Loyola”.

Digo y redigo que Angel Eduardo Acevedo, de los Acevedo de los montarascales de Infante, sigue siendo pariente, como él mismo lo reconoció, del Jorge Luis Borges Acevedo de Buenos Aires, como lo ha sido de Efraín Hurtado y Luis Alberto Crespo, de quien esto dice en juntamiento con Pedro Ruiz y otros de los tantos que loquean por este mundo.

¿Cómo hablar de la poesía de Angel Eduardo? ¿cómo hacerlo si la cercanía es tan evidente que nos hace resbalar sobre sus versos y convertirlos en atajos, en espejismos en el fondo de los ojos? ¿cómo decir desde alguna academia de la poesía de este creador cuya impertinencia radica en ser demasiado humano, demasiado celestial y terrenal a la vez?

 5.- 

La larga sierpe carretera que une a El Sombrero con Valle de la Pascua nos da la medida de su afán, ese de andar cobijando palabras, enalteciendo giros y creando imágenes para su felicidad y la de los otros. En un texto inicial, el poeta Acevedo nos arranca de la piel:

Sólo existe un tiempo y sus poderes

la tormenta de olor de los montes

que se sumergen o arden.

 Con furia irrumpe el agua, el sol.

 Me encomendaba a ti y te ensoberbeces.

Por ti rogué y me incendias

pero no puedo sino venerarte

porque mi pulso es ya tu resplandor

que me envuelve.

Con esa esquina en los huesos, en las sienes calenturientas, Angel Eduardo nos entrega Los paraísos, unos textos que fueron parte amorosa bajo el mango de José Antonio y Marcola, mientras esperábamos a Rubén Páez, Gisela Egui y Juan Naranjo. Allí estaban mis hijas, enamoradas del fraseo llanero del poeta y de su forma de mirar el mundo.

En ese momento, estas palabras: “Alguien ha muerto en mí”, y más adelante, como quien adelanta la niebla y la lluvia: “Alguien que con los hados coreográficos me inamistaba ha muerto y despeja el ámbito de las hijas mías, reinas mías”.

En esta liviandad, en esta volátil ensoñación aparecen el Chino Valera Mora, Jesús Sanoja Hernández, Manuel Bermúdez, Eduardo Espejo, Manuela Yélamo, Roberto Juarroz, Juan Sánchez Peláez, Pedro Ruiz y quien esto rasguña.

Hemos vivido y viajado con este poeta del resplandor, con este hombre de la planicie ahora habitante de las alturas merideñas. Hemos avisado a los dioses, al entusiasmo de su permanencia.

Vuelvo de nuevo a la esquina, la tantas veces hablada y cantada por Angel Eduardo, cerca de la cual, seguramente, vivió una muchacha llamada Rosita, a quien le cantaba los primeros versos, los primeros encantos, los primeros paraísos.

Coincido con el silencio y con el ruido para celebrar esta respiración, este espíritu, a este hombre que nos ha dado y nos seguirá dando parte de su hondura. Y como Whitman, me celebro al celebrarlo, al amarlo desde la mirada extraviada de mi hermano, parte sustantiva de Angel Eduardo.

Siempre brindaré por él, con el licor divino, con la tierra de nuestros muertos, con el agua de nuestras navegaciones, con el aire de nuestros vuelos.

CHOCRÓN Y NOSOTROS

Fue el 15 de enero de 1981. Me lo recordó Isaac Chocrón en el prefacio de “Nueva crítica de teatro venezolano”, que publicara Fundarte para recoger los trabajos producto de aquel famoso seminario de la Maestría de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Simón Bolívar.

Ese día comenzó el seminario. Ese día comenzamos a conocer al profesor Isaac Chocrón Serfaty. “Simplemente Isaac”, como a él le gustaba que le dijeran: “Como en la Torá, como en la Biblia”, le oí decir a la puerta del aula entre chanzas.

Ese día supimos que jamás olvidaríamos esa experiencia, que seríamos unos privilegiados. Isaac no parecía un profesor con experiencia en importantes universidades del mundo. No; parecía un rabino bromista, un venezolano pleno de alegría al hablar del teatro venezolano y latinoamericano. O del universal. Su genialidad se quedó marcada en nuestro espíritu.

Ese día, repito, comenzó el seminario que se prolongó hasta el 2 de abril del mismo año. Con Isaac leímos, discutimos, visitamos el Nuevo Grupo, compartimos con José Ignacio Cabrujas, con Román Chalbaud. Vimos una reposición de “La revolución”. Estudiamos y luego publicó nuestros intentos en el mencionado libro de Fundarte. Allí estuvimos Francisco Flores Gallardo, quien trabajó “Los canarios” de César Rengifo; Juan H. Querales el ciclo petrolero del mismo autor; María Esther Sanjurjo de Casanova, quien se paseó por “María Lionza” de Ida Gramcko; Francisco Rojas Pozo se ató a las tablas de Cabrujas con “Acto cultural” y “El día que me quieras”; Margarita Troyano, viajó con José Ignacio a través de “Fiésole” y “Profundo”; Luisa Valeriano escogió “La quema de Judas” y “Los ángeles terribles” de Chalbaud; Julio César Sánchez trabajó también “Los ángeles terribles”; Morela Contramaestre se fijó en Chocrón a través de “La máxima felicidad”, “La revolución y “OK”; Miriam Marinoni de Foti viajó con “Mesopotamia”, también de Isaac; León David Montoya escogió “Nuestro padre Drácula” de Santana, y Alberto Hernández seleccionó “Resistencia” de Edilio Peña.

Chocrón escribió en la introducción del libro: “El Seminario eliminó mi típica creencia caraqueña de que en el interior hay poca inquietud artística o mucha modorra intelectual (…) Los resultados fueron espléndidos. Aportaron el rigor intelectual y organizativo de la crítica literaria al análisis de nuestro teatro. Se empeñaron en el estudio de textos, tan infrecuente en nuestro medio”.

Desde esa experiencia, Isaac Chocrón siguió siendo nuestro maestro, nuestro amigo. Se nos extraviaba en cada  viaje. Regresaba y varias veces estuvo en Maracay donde conversamos y hasta llegó a borrar mi rostro y reconocerlo luego de que Francisco Rojas Pozo lo trajo a la realidad: “Ah, claro, si te dedicaste más que todo a la poesía”. Y sonrió con la facilidad que tenía para hacerlo. Con esas palabras nos despedimos.

Al final de la calle Soublette sur, en la que era la Maracay de los catalanes, se siente la mirada de quien una tarde pasó por ahí y dijo: “Aquí nací yo”.

Por esos mundos anda alborotando nubes, entre “revolución” y “revolución”, al lado de José Ignacio Cabrujas, su pana.

MANÍAS DE CIUDAD

1.-

De Joseph Brodsky aquella manía de encerrarse en una botella y dejar la ciudad asilada, al resguardo de quienes hacían de la borrachera fiesta para consagrar. No en vano comentado por el poeta Juan Gelman, me traslado desde su lectura hasta el poema “Una fotografía”, para aislarme un poco y deshacerme de la pesadilla que a diario corrompe nuestra tranquilidad: “Vivíamos en una ciudad color vodka helado. / La electricidad venía de lejos, de pantanos, / y el departamento de noche parecía/ sucio de turba y picado por mosquitos”.

De paseante de esta Maracay, paso a refistolero, a calumniador de árboles, los mismos que Brodsky deja a un lado para seguir tocando las fauces de la urbe: “Las ropas eran gruesas, denunciaban/ la cercanía del Ártico. Al fondo el corredor/ se crispaba el teléfono recobrado, reacio, / el sentido después de la guerra terminada”. En vista de la nuestra, refriega nacional que nos trajeron, develo este cansancio, estas ganas irrefrenables de detener la muerte, el zumbido de la eternidad en los ojos.

2.-

Manía que recobra la calle en el parpadeo del hambre, en la sinopsis de la angustia, tan grata a los programas de donde proviene el aliento del miedo. Esta ciudad está a merced de la queja. Desecho visual, respiramos los gusanos y los pájaros negros de la mentira: dicho y hecho, Maracay nos ladra en los oídos.

Manía de sacudir las manos en la cara de la indolencia. Manía insoportable para mí mismo, dado a reclamar –como si me tocara, como si tuviese derecho- a los nacidos en esta urbe de egotistas , en la que ya casi nada es posible pensar en hacerla posible. Y así, maníaco depresivo, aturdido y vapuleado, quien me habita desde afuera es una mueca, un alarido desde lejos en este cementerio de alimañas.

Manía, sí, tan desperdicio como zozobra, que tiene en el poeta ruso-norteamericano la misma marca: “El billete de tres rublos divertía a los aviadores/ y a los mineros del carbón. / Yo ignoraba que un día todo eso iba a desaparecer. / En la cocina, ollas esmaltadas/ inspiraban confianza en el futuro/ convirtiéndose en sueño,/ obstinadamente, en sombrero o ejército marciano”.

Que no quepa la menor duda, somos un ejército de extranjeros de otras galaxias, aliviados por los discursos, las marchas y contramarchas, los muertos con los ojos abiertos, las mujeres violadas, los hombres ahogados o calcinados por la fantasmagoría de esta impericia cotidiana. Púlpitos, bufetes, pantallas televisivas, palacios y casonas corroen el tiempo, la tranquilidad del viejo reloj detenido, arriba en la torre de la Catedral.

3.-

Con la boca cerca de la basura, entre las moscas y el olor ácido de la lechuga podrida, crece el mundo de la desesperanza. Mientras apestamos, el porvenir es tan inseguro como la belleza del montón de miedo que nos llega a los hombros.

“Los autos también/ iban hacia el futuro, negros, / grises y a veces –los taxis-/ hasta color marrón claro. Es extraño y no muy agradable/ pensar que ni siquiera el metal conoce su destino/ y que la vida se ha gastado gracias a una apoteosis/ de la compañía Kodak, con fe en las fotos/ y tirando los negativos. / Aves del Paraíso cantan, a pesar de que las ramas no se mecen”.

4.-

Digo de la metáfora de un árbol que ambula en la ciudad. Una fotografía, un hombre recostado de una viga de ahorcado, un borracho alucinado, un maníaco que se quiere comer la luna, un uniformado que hace el amor con su pistola, un iletrado que lee la Ilíada y canta desde el disgusto de saberse parte de las heces del mundo.

Vieja manía la de morir siempre en la orilla. Manías engendradas por la sangre de los antepasados. Manía de vivir pese a la fosforescencia de Pavese bajo la sangre de Pasolini. Manía de ciudad y dejar de ser humano para arribar a la savia de un árbol y olvidarme de Brodsky.

Pero, vamos, vivimos, maníacos, entre los miedos naturales y los inventados por los fantasmas de este mapa carcomido por las polillas de la indecencia. “Aves del Paraíso”, ¿cuáles?  La carroña espera por los pájaros de Hichcock, por los muertos de Poe, por los niños monstruos de Quiroga, por el que a diario nos espanta con su cara de palafrenero. Manía, tanta manía, tantas ganas de ser ciudad y rechazar la calle hacia el infierno.

LA PÁGINA BORROSA

 1.-

La senda de la palabra nos revela que al final hay un desencuentro con la certidumbre. Todo es cierto cuando sabemos que un significado nos enfrenta con la realidad, esa “cosa” abismable.

El arte, sobre todo ese que nos toca tan de cerca, la poesía, es sólo una justificación. En medio de ese tránsito vamos dejando trozos, voces muertas, sobras de frases, equipajes y monederos vacíos, cuerpos adoloridos, reflejos, ecos. Pérdidas que enriquecen y alejan el fondo de lo que nos ahoga, lo que nos rodea. La realidad es una simple fantasía inventada por los sentidos. Más allá del espejo, en su allá inescrutable, está la razón de ese desencuentro, el sabernos hechos de “verdades”, de paradojas.

Una lectura universal sin pasión de todas las páginas revisa cada paso adelantado, cada abismo rozado por el miedo. De esa desordenada vocación, ¿qué nos queda? Pequeños destellos, una larga desmemoria que se metamorfosea, nos acompaña.

Todas las lecturas definen esa larga soledad con el texto. Pero no todas las soledades definen los textos. Sí, un texto, digamos Tirant lo Blanc, el primer invento literario de caballería de los íberos. La revelación cuestiona la alocada perfección de Cervantes.

2.-

No se termina nunca de leer, sobre todo si nos movemos en la tesitura de la sugerencia de Italo Calvino en su libro Por qué leer los Clásicos, pieza extraña en estos tiempos cuando el afuera ha invadido los lugares del espíritu, el aposento del pensamiento, ha desalojado sus secretos, golpeado febrilmente las sombras de cada quien. Una vieja página perdida, irrecuperable, como un cadáver a la orilla de una carretera intransitable.

3.-

En la extrañeza de una pupila caben las preguntas: ¿Ganamos en tecnología si dejamos de leer la Odisea? ¿Se nos caerían las alas de los demonios cibernéticos si nos aproximamos a Jenofonte, Ovidio, Cardano, Galileo, Cyrano, Crussoe, Diderot, Sthendal, Balzac? ¿Dejaremos de ser posmodernos si nos aposentamos en un laboratorio de microchips con la memoria cercana a Dickens, Flaubert, Tolstoi, Twain, James, Stevenson, Conrad, Borges, Onetti?

Estas preguntas no las formula Calvino, pero en estos momentos de virus y apotegmas tecnobiológicos quien esto rasguña se las formula. Las polémicas han sido virtuosísimas en medio de tanto scanner y nerds apostados en la imaginación virtual. ¿Somos hombres en la medida de nuestra memoria o seremos más hombres en la medida de nuestras habilidades virtuales?

4.-

Una hoja antigua se nos queda en el hombrillo de la ruta que seguimos. Hemos saltado la verja y alguna herida nos marca las rodillas. Sin embargo, la caída no ha sido sentida. ¿Todos los Clásicos caben en la desmesura de una pantalla de computador? ¿Todos los hombres cavilan desnortados como para someterse al escarnio del silencio de esa máquina que lo copia y lo “perfecciona”? Nuestro extravío vive, lentamente, la búsqueda del lugar señalado en los sueños, el web site donde las fantasías se consagran por la lectura. La tecnología -esa inteligencia que fabrica edenes temporales- es, ya se afirma con regusto, un mal necesario, para usar el más lugar común de Dios me salve el lugar. La fuerza de la palabra desatará un larguísimo silencio. La mudez volverá a los libros, extraños instrumentos de hechicería. Módulos de estancos, archivos de mampostería, inventario de museos. Así dicen los tecnócratas. Reflexión triste para aquellos que estamos de este lado, persiguiendo fantasmas con Italo Calvino. A ver si de algún lado emerge alguien y nos sorprende con los olores virtuales de Don Quijote.

5.-

La última página. O la extraviada en medio del miedo y los asuntos de la calle. La burocracia, el fracaso, la rutina, la abulia, el fastidio: Juan Carlos Onetti nos revienta en una esquina. Mario Benedetti en una oficina. “Para rendir pasablemente en la oficina, tengo que obligarme a no pensar que el ocio está relativamente cerca. De lo contrario, los dedos se me crispan y la letra redonda con que debo escribir los rubros primarios, me sale quebrada y sin elegancia”, dice un personaje de La tregua del  fallecido escritor uruguayo. He allí una pérdida, la estrategia de la artritis del temor al fracaso. Es el mismo sujeto que se aferra al diagnóstico de Montevideo.

¿Cuántas páginas nos quedan por diseñar, por escribir, sin necesidad de que la muerte nos aparte a un lado, nos haga su cómplice? ¿Qué puede sacar en provecho cada uno de los que hacen vida en el cuento “El presupuesto”? Allí habitan quienes no encuentran cómo reconstruir sus vidas, un país, un microclima que los lleva al silencio, a la muerte.

¡Cuán parecidos los personajes de La tregua y los personajes de La vida breve¡ Tanto Onetti como Benedetti saltan la cuerda de una pequeña nación predestinada a ser un juicio: la parálisis de alguien asomado a una ventana, la de un hombre que se detiene en la calle y allí permanece hasta el desgaste del día. Alguien sabe que va a morir y se sienta en una plaza, a la espera de que el médico, su ex compañero de estudios secundarios, le diga que no tiene la muerte instalada en los intestinos, la misma que acabó con el escritor nacido en el sur. ¡Qué distancia tan larga para predestinarse, para saberse el mismo personaje del cuento “La muerte”, parte del libro La muerte y otras sorpresas¡

Aquí, en esta línea, perdemos el equilibrio. Ha muerto quien inventó y borró, quien supuso la felicidad y se perdió en una biblioteca de utopías. Todos terminamos siendo personajes de una sola novela. Y así como él, otros han muerto. La página vuela agitada por el viento en medio de una calle tocada por una ventisca. La página borrosa es la misma que ha quedado oculta en el computador, la misma que una noche perdió algún monje de la Edad Media. El copista que alojó en sus ojos la sombra del futuro.

ENCUENTRO CON BLAS COLL

 Para recordar a Eugenio Montejo

1.-

¿En qué momento descubrí -al frente de varias cervezas y un montón de libros que su autor, Eugenio Montejo, dedicaba a quien esto escribe, en un bar de esta ciudad-, que Blas Coll andaba de mesa en mesa calificando símbolos, anudando realidades? No en vano, Montejo, con la amabilidad que lo caracteriza, intentaba aplacar la desmesura de quien lo miraba distraído, inquieto en descifrar el color de los ojos del viejo maestro de Puerto Malo?

El poeta –el de carne y hueso- auspiciaba la calma de la calle desde su privilegiada posición en el local. No tenía yo la posibilidad de reconocer al hombre reflejado en el vidrio, aquella tarde de cualquier mes de hace cinco años.

Por los vientos que soplaban (hacía un calor intenso en esta ciudad), Montejo llevaba en algún lugar del cuerpo la marca de su maestro. Por eso asentía cada vez que una palabra encajaba en sus acuerdos, en la redondez de una respuesta. O en el silencio que aparecía sin permiso mientras esperábamos a otro poeta que se había quedado rezagado en el laberinto de sus emociones.

“-Los hombres en cualquier época son fatalmente conservadores, no hay más que ver cómo se comportan ante los cambios del lenguaje. En todo tiempo se hallan prestos a demoler el mundo para rehacerlo de cabo a rabo, aunque ello no sea más que engendro de su hastío metafísico. La lengua nuestra, en cambio, con cuánta comodidad se adecua a la indolencia de antiguas formas. “Pueden meterse con todo, pero no toquen el lenguaje”, decía el travieso Voltaire”, se le oyó decir al celaje que pasó por los ojos de Eugenio.

 2.-

Precisión, coherencia, dicción. La voz del poeta de Papiros amorosos nada cuestiona. Se aferra al eco del maestro. Inclina la cabeza y se concentra en la dedicatoria. Sorbe la cerveza. Se le nota un aire de Lisboa en el acomodo de los gestos.

-¿Cómo era Blas Coll?

-Quienes lo conocieron lo describen con rasgos más o menos aproximados. Anoto, de mis averiguaciones, las señas que más se reiteran: era menudo, de mediana estatura y rostro ovalado. Llevaba siempre gafas doradas y un sombrero de fieltro, al parecer su prenda más definitoria, junto con lápiz achatado sobre la oreja derecha…

-Entonces, ¿para Montejo es un fantasma, una referencia verbal?

-Sí y no. Te lo puedo responder con las mismas palabras que usé para una bella edición, la más reciente: “Tarde, muy tarde han llegado a mis manos los restos del cuaderno de Blas Coll, cuyos fragmentos más legibles trato de recomponer en las anotaciones que transcribo. Su autor ya tenía más de veinte años de muerto al momento de mi hallazgo…”

-Me pareció verlo hace sólo un rato, poeta.

-¿A quién, por favor?

-A Blas Coll. Creo que hacía de mesero. Y casi afirmo que usted también lo vio. Hasta oí algo que le sopló muy cerca. La última palabra fue Voltaire. ¿Me equivoco?

-Bien, suele aparecerse, pero no es un fantasma común y corriente. Es una aparición encantadora. Un maestro del silencio, de los susurros…destaca por un perfume que suele contagiar, como un limonero en una sala cerrada. ¿Nos sentiste ese olor?

-En verdad, no. Pero sí su ectoplasma.

3.-

La tarde seguía instalada en el cristal que nos separaba de la calle. Otro par de cervezas aligeró la carga de la afirmación anterior. Eugenio se quitó los lentes y sonrió con diplomacia, a sabiendas de que quien lo escuchaba no poseía la virtud de conectarse con el maestro.

-Debo aclararte que Blas Coll era mudo por voluntad propia. Entonces, ¿cómo fue que oíste parte de lo que me dijo al oído?

-No sé, pero algo me llegó. La palabra Voltaire me sacudió. Y no porque lo haya leído en el cuaderno. Hasta el tono de su voz se familiariza con la realidad. Es decir, la ficción, lo que nos atrevemos a afirmar como tal, queda descartada. O en todo caso, la imaginación nos traiciona.

-Podría ser. Se dice que Blas Coll no es su nombre verdadero. Desde que llegó a la bahía en 1932 se le conoció con ese nombre.

-¿Y cuál es la duda?

-Ninguna, sólo que haberlo oído fuera de mí es algo extraño, lo que significa que se podría corporeizar en cualquier momento…

-Creí haberlo visto.

-O imaginado.

-¿Y no es lo mismo?

-Sí, en eso no cabe discusión alguna. Es lo mismo: la imaginación es la única realidad que nos queda, como la poesía la última religión.

 4.-

-El mismo Coll nos da la razón cuando afirma que “La lógica sirve a la realidad tanto como la geometría a las nubes. De llegar a mostrarse a través de formas rígidas y predeterminadas, qué poco encanto ofrecerían a la contemplación las cambiantes formas de un nubario matinal”.

-Sí, hermoso pasaje.

-Pero, Eugenio, ¿no será acaso Blas Coll producto de una fiebre contemplativa?

-¿Qué diferencia tiene esa frase con la creación? El hecho creador entraña un desdoblamiento. Es una suerte de enfermedad.

-Que no nos extrañe entonces toparnos con Coll a la vuelta de esquina.

-Seguramente, pero no hablará. Lo que oíste fue parte de este momento de ficción que vivimos. Somos retazos de la realidad. Es decir, encajamos perfectamente en ese invento trágico y a la vez maravilloso llamado tiempo.

-Es decir: “La contemplación es el abandono de las imágenes lingüísticas por las más inmediatas de las cosas en sí mismas”.

-Justamente. Blas Coll llegó a creer que el único hereje verdadero de estos tiempos era él. De manera que no es extraño que lo veamos en la calle, sumergido en su silencio, con la esperanza de retornar a Puerto Malo.

La mesera trajo más cervezas. La tarde pellizcaba la superficie del vidrio. La ciudad, allá afuera, era una condición.

Un rato más adelante, la calle nos recibió. Por el oeste se escapaba la memoria del día. Eugenio Montejo se despidió con el abrazo de siempre. Mientras su carro se alejaba, alguien, sentado en la orilla de la acera exclamó bajito: “¡Qué raro se nos hace dirigirnos con un mismo pronombre a seres tan distintos, a tan variadas personas¡”. Recitó otras cosas que no logré entender.

La pesadez de la bebida me condujo a un laberinto del cual no he podido aún salir. Sin embargo, suelo entablar un denso diálogo con una voz que ya me es familiar.

Ese día con el poeta Montejo descubrí que los imaginados éramos los dos.

EL SUEÑO SUMERGIDO DE CELSO EMILIO FERREIRO
(O soño sulagado)

1.-

La lengua gallega habla desde el abismo. Final de la tierra para los que venían de muy lejos a hincar los ojos en el mar agitado, línea que separa los sueños de la realidad. Galicia se nombra con la boca cerrada, con palabras que sólo Celso Emilio Ferreiro sabe arrancarle a la espuma venida no se sabe de donde.

En mi garganta brotan las palabras

que desde fuentes muy hondas van viniendo

y se hacen largos ríos por las venas,

rosas de luz en los ojos o espumas.

El poeta mastica la arena y la escupe para nombrar la terra galega, la que revisa desde muchos siglos el ir y venir de su gente, los emigrantes embalados en los grandes barcos y la idea de América guardada en una maleta o en los latidos del corazón.

¡Qué gozo para los ojos ver en Vigo

hileras de emigrantes por las calles

cuando hay barco en el puerto¡

Caminan asombrados,

henchidos de luz y de saudades

de las ignoradas tierras presentidas,

allá donde se juntan mar y cielo.

La tierra gallega conjuga la angustia con la palabra viaje. El abismo encuentra nombre en los pies de los desheredados, los que hallaron fijadas en las piedras celtas las palabras que ahora entonamos con poeta:

Yo canto a los emigrantes que no quieren

ser topos hozando día a día

en la ingrata heredad, siempre andrajosos,

sudando como forzados

entre el estiércol de noches sin estrellas.

2.-

El sueño gallego emergió de lo hondo, de esa hondura que es ahora rosa de los vientos: “Anclados en la orilla nosotros quedamos/ sordos y oscuros/ a la voz de los siete mares que nos llama”. Pese al dolor, la dulzura de Rosalía de Castro en los ojos de quienes se atrevieron a cruzar el océano.

Celso Emilio Ferreiro, como todos los “galegos” conoce el miedo, ese gusano que nada en la sangre y atestigua el pasado: “Cuando el cuervo de la noche se posaba/ en las últimas luces de la atardecida,/ mis ojos de niños/ se llenaban de relámpagos y de lágrimas”. Los mismos relámpagos que los emigrantes trajeron y sembraron en este mundo nuevo de América para sus ojos. La saudade gallega tan parecida a los cambios climáticos que interiormente ahogan los nombres de las aldeas dejadas en la memoria.

“El viento que rezongaba en los senderos/ era un hombre grandón envuelto en niebla/ con un saco al hombro para llevar niños.// Los árboles semejaban/ fantasmas de caballos desbocados/ galopando los campos”.

¿Cuántas veces la tierra de aquella lejana Celta no ha entrado en el barro de esta orilla? ¿Cuántos alumbramientos fueron en medio del mar? El miedo, el no saber qué cielo los protege, qué fantasma o duende de la niebla asomado a la ventana de un “neno triste/ con cárceres durmindo longas noites”. Así, la voz del poeta es vértigo frente al niño que se repite en el adulto, y se nombra: “Un miedo que me llegaba/ de las raíces del mundo/ temblaba en mi sangre”.

 3.-

Galicia es un hombre que sonríe mientras conduce un jumento cargado de heno. Nadie imagina que esos ojos campesinos e ingenuos también llevan bajo la piel los sonidos antiguos de Santiago, los pasos de los peregrinos, el miedo de encontrarse frente a la inmensa revelación del misterio.

Por eso la biografía, el retrato para disipar, a través de una anciana: miedo sacudido por la voz del silencio. El retrato: “Os hablaré de mí aunque me duelan/ las oscuras raíces de mis sueños./ Celso Emilio me llaman, pero tengo/ otros nombres más ásperos escritos/ en un registro de vientos polifónicos/ con un fondo musical de flauta triste”.

La tristeza, la “morriña”, característica de una cultura que hincha la imaginación de los poetas de Galicia:

 Mis nombres sin palabras. Despaciosamente,

siempre abiertas de par en par las puertas,

esparciéndome voy por los caminos,

con el corazón encendido en cien amaneceres,

en las manos, luz, en los ojos, margaritas,

y una piedad de río sin orillas.

 ¿Cuántas arcadias caben en la tristeza? Todos los atajos llevan a Galicia, a quien se nombra, por eso, “Así me llamo yo. Escritos en humo/ están mis nombres. Idlos diciendo/ con un fondo musical de flauta triste,/ de lágrimas deslizadas”.

Galicia es el fin del camino, los tantos por sacar del sueño, “o soño sulagado”, el que emerge a diario del último mar de la tierra. Galicia también es el comienzo del mundo.

 LUNARIO

-Háblase de locos, poetas, dráculas y hombres lobos-

 1.-

La luna de estos días es un reflejo en el agua de un ojo. De las estrellas, la espera para verlas cuando la tormenta deje de enumerar su alfabeto de gotas. La luna tiene prontuario en el lado oscuro de su permanencia. La luna es un invento de la tierra. Como flota sobre nuestras cabezas, amaga muchas veces con caernos encima. La detienen las copas más altas de los árboles y el canto exagerado de algunos pájaros. De lo contrario, hace siglos seríamos lunáticos, habitantes de desiertos sin aire.

Los terrícolas solemos mirarla con ojos incrédulos. Pese a los siglos de estar allá arriba, se nos hace difícil entenderla, saberla parte nuestra y a tanta distancia. Muchos dicen que es el cementerio de almas que no tienen cabida en las sombras de la tierra. Otros, que se trata de todos los ojos aumentados de los insectos de otros mundos.

La luna –motivo para poetas y lobos- es el globo de un niño de otra galaxia. Y aunque parezca infantil y falto de seriedad, es simplemente el satélite de nuestro planeta, éste que tenemos como juguete para destrozarlo. Pero así es la cuenta, la que toleramos a la hora de sabernos en la noche y mirar cuanta luna se nos atraviesa.

 2.-

No se puede desairar a la luna. Su ojo abierto, el que nos mira sin cesar aun apagado, alimenta la sombra, la hincha, la hace correr hacia nosotros. Vivir de luna es un misterio. Vivir contra ella es una verdad científica: no nombrarla, silencia a quien la olvida. La luna jamás ha existido: es un reflejo de nuestros deseos. Quien crea en ella muere bajo su disco sin conocer el camino que habrá de recorrer. La luna es la mirada de un gato a punto de reventar. La luna pasta al lado de una vaca. Muerde con holgura el agua que lava los bordes de las madrugadas.

Si alguien intenta salirse del poema, la luna le amarga la vida. Su horario, de particular templanza, bate las hojas de los libros y bota las letras. Sin embargo, saberla en la ventana es como desentenderse, nombrarla sin mucho ánimo, revolverle el cabello.

Pero la luna, insiste quien la toca, es un trozo de queso iluminado en la nevera. Es fría, calculadora, lujuriosa, perversa, única. Es sólo luna, y quien es luna, favorece la noche, el impulso de flotar en la sangre galáctica.

 3.-

¿Para qué sirve la luna? ¿Con qué se comen sus manchas y mares de arena? Caben otras preguntas: ¿quién la invitó a permanecer sobre nuestros techos? ¿por qué nos espía? De no existir en nuestro cielo, otro la habría puesto sobre la ciudad menos bulliciosa. Pero, nada, la tenemos, nos lleva a todos lados, de noche y de día. Nuestros ojos la atisban y ella se pega del camino que pisamos. Y su luz nos estira en sombra contra el suelo.

La luna nos hace varias caras. Los mares saben de sus efectos. ¿Cuándo la luna es nueva o llena  si desde hace siglos nos enseña parte de su acné? ¿Por qué menguante si nunca se acaba? ¿Y creciente, si sabemos que es del mismo tamaño desde que alguien la pegó del infinito con saliva eterna de algún unicornio enfermo?

La luna y su álbum: quien escribe acerca de su permanencia no es más un loco, un lunático, un ido de la tierra. Los que la adoran aúllan y se comen a sus críos. La licantropía nació en la luna con un lobo en los brazos.

La lluvia que la oculta es cómplice de sus desafueros. Que lo digan los asaltantes de camino.

 4.-

Un eclipse de luna revela la cara oculta de quienes lo ven. O tratan de verlo. La luna siempre está allí, apagada, sin luz. Nunca ha tenido luz propia: es parasitaria, confiscatoria. La luna vive de luz robada. O prestada. Por eso cuando llega un eclipse, nadie debe asombrarse. Sin el sol la luna no existe. No es nadie. Pobres enamorados, se quedarían con el sol, quemados.

Un eclipse asoma la verdadera cara de la luna. Y si es el sol quien trata de ocultarla, la señora Luna (¿será señorita?) se rebela. Se pone arisca, trata de evadir el cuerpo caliente de su lejano amante. Los dislocados o, mejor, los descocados, asumen que la luna no es más que reflejo, un pedazo de luz prestada, un instante del sol. Pero se equivocan: no hay nada más verdadero que la luna. Que le pregunte al Hombre Lobo, a al Conde Drácula, a los Lunáticos (los locos, pues). Que le pregunten a la savia de los árboles. Al geotropismo negativo. A la piel de algunas doncellas. A la lengua viperina de magos y brujos, tan volcánicos que le tienen miedo al día.

De modo que la Luna es muy poderosa. Alberga nuestras emociones. Hace que veamos el atardecer y el amanecer. Que nos desatemos y volquemos la angustia sobre su inmensa superficie plena de acné juvenil. Pese a que tienes dos caras, la Luna no es hipócrita como algunos que la invocan y le cantan. Quedan por allí algunos poetas tan lunáticos que la odian, la rechazan o la convierten en pésimos versos.

La Luna sirve de mucho: está allí, latente, flotando sobre nuestras cabezas. A diario, de noche, ella nos mira y se hace la loca, para que nos pongamos más orates de lo que estamos, porque hay que decirlo con todas las letras: Gracias a la Luna la locura se aleja, se anuncia y se despide. Ojalá que siga actuando y nos premie con la claridad de su silencio. Porque para locos, los achicharrados por el Sol de este trópico demente.

LA REFRIEGA

-A la memoria de los que no tienen memoria-

1.-

Un solo disparo bastó para que Manuel Cachutt conociera la muerte.

Luego de la provocación, el hombre corrió hacia el vehículo donde tenía el arma que lo ayudaría a salir del incómodo momento.

La bala horadó ruidosamente el cerebro de Manuel.

Fijadas las acciones, veremos el cuerpo de Cachutt irse lentamente contra el tablero del carro, con los ojos desorbitados y un agujero en la espalda de la cabeza. La muerte fue casi instantánea, sólo le dio tiempo a entender que todo había sido, que el resto del mundo que veía a través del parabrisas ya no le pertenecía.

Vinieron otros acontecimientos que revolcaron al pueblo en sangre y degradaciones orales.

El homicida fue encerrado en un edificio donde funcionaba el juzgado, porque la prefectura se había tornado vulnerable por el empuje de la ira colectiva. Hasta allí subió la multitud, destrozó lo que a su paso encontró, hasta dar con la humanidad acobardada del asesino.

(Una fotografía del viejo Isaac muestra la cara del hombre sacudida por los golpes. Una mujer intenta sacarle los ojos con la punta de los tacones de sus zapatillas).

2.-

Horas más tarde, Juan Manuel Loreto se apareció con la ropa teñida de sangre. Todo el cuerpo, hasta el pelo, era una ducha pegostosa de la sangre del hombre que horas antes había disparado  contra el menor de los Cachutt en el interior de la camioneta con la que distribuía cigarrillos.

Mi tío Juan Manuel, quien fue uno de los exaltados asaltantes a la casa donde tenían al Caín –así le decían-, se cambió de ropa inmediatamente y se “enconchó” en una construcción vecina donde finalmente lo encontró la policía, para luego encerrarlo en la penitenciaría de San Juan de los Morros por varios años. Así, muchos del pueblo fueron sometidos al escarnio de la persecución por parte de los organismos de seguridad del estado.

Una imagen retardada de Valle de la Pascua, escenario de los acontecimientos antes relatados, nos muestra la actitud vociferante, aguerrida y vengativa de los que conocieron a Manuel Cachutt. Hasta los niños participaron en esa guerra donde tuvo que intervenir la Guardia Nacional y el Ejército, solicitados por la policía al Cuartel de Roblecito. Yo, que tendría once años, quise hacer lo mismo, pero la fiera mirada de mi padre, Baltazar Hernández Loreto, torció mis intenciones de hacerme protagonista de ese Fuenteovejuna con héroes de película mexicana.

3.-

Los años no han logrado borra esta historia. Se enriquece la memoria, vuelven a sucederse los mismos movimientos, los gritos, la sangre. Bajo la mata de tamarindo de la abuela Amelia, donde quedaba su casa de las calles La Mascota y Leonardo Infante, veo hoy a mi tío Juan Manuel quedar totalmente desnudo. Lo miro sorprendido quemar la ropa en el humilde fogón de barro de la cocina. Sin embargo, tuvo tiempo de hacer una broma y de responderle a papá con arrogancia por lo hecho ese día de aciagos intentos.

4.-

Manuel Cachutt está muerto. Sigue muerto bajo la tierra de Valle de la Pascua.

La tumba se tornó una romería, porque la gente iba hasta el cementerio a llevar flores y a lanzar maldiciones contra el asesino, quien rodaba por las escaleras del juzgado de Valle de la Pascua y a punto de ser quemado en plena calle, hasta que fue rescatado por la fuerza pública.

El cuerpo de Manuel Cachutt se descompone lentamente. Se hace polvo. El rostro del joven pierde belleza y personalidad. Se deteriora. Ya no es el “pavo” de sombrerito de aquellos años 60, buenmozo y simpático que compartía el reparto de cigarrillos con una partida Caimanera de pelotita de goma en la calle La Mascota, frente a la bodega de Carmelo Sarmiento. Era y es un cadáver perdido en la sombra de la tierra. Afuera, la gente que lo conoció inició la primera revolución armada contra el crimen. Pero todo quedó así: Manuel, un muerto que se fue deshaciendo con el tiempo, y el asesino, sordo y saturado por la inclemencia de treinta años de condena.

La foto del rostro del pistolero todavía nada por ahí, en las casas de algunas familias que guardan celosamente la memoria de un cuerpo cicatrizado y deforme, como para espantarse el olvido que lo acosa por todas partes.

DÍAS DE CARGA SOBRE LOS HOMBROS

 1.-  

Días de abulia, días de carga sobre los hombros. El país se nos deshace en el interior, en los espasmos del diarismo. Días pesados, piedras atadas a los pies. El clima se niega y sus efectos conservan la desesperanza: las lluvias son sólo un anuncio de su poquedad. Las calles, sucias y abrumadas por la miseria, nos encaran y gritan desde una esquina. Nadie ha salido ileso de estos largos días de ingrata realidad. Unos, agitados por la planificación ojerosa del poder, se cimbran con una mochila que los apoca frente al mundo. Otros, desnudos por la necedad, fabrican el destino con cortos mensajes clandestinos.

Los días naufragan frente a nuestros ojos. Entonces resuelvo encontrarme en un poema de Beverly Pérez Rego, para no olvidar la infancia que tantas veces fue una hoja de libro, o el polvo de una alacena oscura. “No intentes, niña, mirarte en la faz del fondo insondable. No busques el origen de esas tristes voces. No desnudes tanto. Eres atrevida, niña mía; sonríes a los espectros y esperas ser perdonada. Se hace tarde. Obedece. Devuelve tus muñecas al sepulcro…”. Amarga esa infancia, ese recuerdo duro, denso en los huesos.

 2.- 

Los días siguen su curso entre la algarabía, las aves desplumadas de un país irredento. La ciudad, la que a diario nos tropieza, abre los ojos y nos emplaza con un texto de Leonardo Padrón: “Todas las tardes me dedico a deambular por esta bella ciudad de mierda/ sin mayor orden ni concierto que recoger tickets de lavandería del suelo,/ y contar toda la chatarra que consigo a mis pies/ desagües, ancianos, naranjas,/ adolescentes narcotizados,/ talleres mecánicos, Dientes cariados,/ ojos eléctricos,/ ex boxeadores orinando la fachada de las iglesias/ vendedores de fritangas y fresas oscuras/ recitales de poesía en idiomas imprevistos/ niñas líquidas que exhiben su ombligo de cristal/ donde yo juego a encajar una esfera que no es el amor…”.

Me evito renegar de cuanta especie bípeda me mire a los ojos. En todo caso, soy el que me mira, el que me irrita con la oscura premura de su descripción. Soy un sujeto, sólo eso. Una parte de la oración que no ejerce acción alguna. Sólo camina y se revisa los dientes en el reflejo de una vidriera.

La ciudad, los días, la perversión del sol sobre nuestras infamias. De reconocernos, podríamos desatar arengas para que nadie nos oiga. Un cansancio invertebrado se pasea triunfante sobre el silencio de los que regresan a la casa luego de una larga jornada de trabajo.

3.-     

Y en ese mismo ardor, la tristeza se anuncia sobre el pesimismo. Aturdidos divagamos con los ojos puestos en lo que nos hace trastabillar. “Por nada me dan ganas de llorar/ a veces/ Si al amanecer un pájaro pasa/ Y yo sentado en ese escalón escascarañado/ Recuerdo y fumo y olvido/ Si tu mirada de pronto en un espejismo/ Y está lo imposible de un beso/ Si en la neblina te prefiguro lejana/ En la madrugada cuando regreso/ Si después sobre la cama y en el espejo…”. Adolfo Segundo Medina regresa del resplandor rojo del aire para decirnos eso, lo que acabamos de dejar en las líneas de arriba, las que nos hacen recientes y tardíos.

A veces nos ponemos de acuerdo para amarnos. O para odiarnos. La ciudad nos arranca los ojos. Nos hace perros, insectos en los bares, en los cafés donde el país nos hinca la piel. Dicen que retornamos y siempre llegamos. Que somos distintos. Que nos han dividido. Que el día sigue siendo aciago, tortuoso, curvo.

Son pesados estos días, amiga. Tanto, que te busco y sólo la sombra animal de un árbol atestigua la desazón, la muerte de puntillas.

El peso sigue sobre los hombros. Un dolor agudo tiraniza los huesos planetarios. Fardo de las horas. Los poemas sólo son un momento, un regalo de algún dios aturdido bajo el calor de la ciudad.

4.-

La noche se instala felizmente. Queda en nuestros oídos el sabor de los textos. Mientras la ciudad duerme, alguien levanta el codo y celebra, a sabiendas de que el día siguiente volverá a instalarse en la pesadumbre.

Vuelvo a entonar la lectura. Me recojo ileso acostado sobre la sonoridad de Eugenio Montejo: “Escribe claro, Dios no tiene anteojos. / No traduzcas tu música profunda/ a números y claves,/ las palabras nacen por el tacto./ El mar que ves corre delante de sus olas,/ ¿para qué has de alcanzarlo?/Escúchalo en el coro de las palmas…”. Suerte tener estos poemas, estos milagros. Sabernos parte de su elaboración, de su eterna discrepancia con la sangre que nos recorre internamente. Días de abulia para vivir, para desandar, para regresar a todos los lugares, a todos los poemas.

HUESOS DE PASOLINI

1.-

“Un poema efímero de la mañana/ como tú de la noche”, de esta manera nos aborda uno de los primeros textos que en este libro de Víctor Loreto López, Huesos de Pasolini (Clantos), es parte de una indagatoria en la que el autor se descubre y descubre para los lectores la ambivalencia que involucra el canto y el llanto, especie de “Género literario cuasi poético que se origina cuando se quiere ‘cantar las penas’ pero el llanto no lo permite. La escritura del canto frustrado (que ya no se puede cantar más pues en cada intento el llanto recrudece) conlleva a la catarsis del autor. El Clanto es un testimonio más del secular esfuerzo de mitigar el sufrimiento por medio de la expresión artística”. Palabras que Pierre Ménard dejó al desgaire en una monografía por allá en 1900 y que nuestro autor de hoy, el poeta y dramaturgo calaboceño Loreto López, recoge sin abandonar la curva que suelen las sonrisas entregar luego de una travesura de su dueño. En efecto, este “género”, donde también el teatro juega su papel, representa –si se quiere- la clásica imagen de las máscaras de la tragedia y la comedia. Entonces “Clantos” flota en esa provocación de quien nos invita a leerlo en este libro publicado por El perro y la rana (Caracas, julio de 2008).

Se trata de un libro para deshacernos de intimidaciones propias de los manuales que nos dicen cómo hacer poesía. Este propósito de Víctor Loreto nos releva del compromiso de sabernos protagonistas de un trabajo donde el  intimismo y la seguridad de la niñez, a veces tomada como amarga, se nos convierte en imágenes y movimientos. A una pregunta de qué tiene que ver la niñez con todo esto, vale esta respuesta: Nada. Como la que podríamos darnos a la hora de saber el origen casi cuestionable de la realidad, esa que nos empuja y desequilibra sobre estos textos resbaladizos.  Quiero decir: Libro glosario que trata de interpretarse frente a los lectores, de abrir un espacio, una motivación, en tanto que quien escribe, desde el silencio y la intención apócrifa, se transforma  a la larga en  otredad colectiva, que es lo que ha pasado con Loreto López, hombre de escena pero también de mesura en su acontecer personal (las máscaras (másjara) podrían definir a quien sabe que esta palabra significa bufonada, burla, teatro,  en el viejo y siempre presente árabe de nuestra herencia cultural, que unida a “persona” concluye la faceta de quien actúa o escribe.

2.- 

Sometido a varias pruebas de gravedad, el poemario de Víctor Loreto transita una madurez propia de quien ha descubierto que es posible ir más allá de la colocación de versos para armar un poema. El autor es un provocador de oficio. Es decir, experimenta con el lector, le lanza el anzuelo y lo deja allí hasta que éste queda atrapado por la boca de leer. Esta manera de ser en la escritura se cuestiona desde el yo de un personaje (enmascarado al fin) mirado con los ojos cerrados. Construidos en medio del ruido de la calle, del teatro, en la intimidad silenciosa de una habitación o en una trifulca callejera, estos versos cantan para celebrar, pero también para cuestionar, así como para llorar, toda vez que revelan la fragilidad humana, así como la estupidez añadida a cada dictum cotidiano. Canto y llanto sintetizan a ese animal de carne, hueso y espíritu que se extravía en una avenida y termina divagando en el cosmos.

Son páginas abiertas en los que cada poema multiplica los temas. De manera orgánica se arma el libro, premeditadamente pedagógico (en el estricto sentido de la palabra, no escolar). Se hace palabra a palabra hasta confirmar que cada una de sus partes es un cuerpo con significados distintos y plurales. El autor dinamiza el contenido con un diccionario donde queda a suerte del lector tomarlo o dejarlo. La libertad es un ejercicio personal. También los prólogos amplían la respiración del libro: Rafael Alberti, Thomas Stearns Eliot y Arthur Rimbaud ambulan por esta lectura.

3.-

Nuestro autor, premeditadamente, navega con carlos Marx, se somete a los designios del dolor ajeno y participa de ese adentro donde lo social, el humor y el desenfado ácido fabrican el imaginario de quien dice y desdice –o contradice- desde el mismo poema. Nos acerca a pensar el poeta de esta aventura a soltar las amarras para decirnos que es posible regresar a ciertos lugares, aciertos tiempos, a ciertas ausencias y olvidos donde susurra la poesía, la que en otras horas nos hacía inocentes, aunque luego hayamos sentido que la culpa también es una buena excusa para trazar las líneas donde nos veamos las dos caras, la de cantar y la de llorar.

Cierro este corto viaje con estos versos: “Aunque se compre/ con el oro de la palabra/ una inundación jamás será/ agua muerta”. En efecto, la muerte está en otro lugar. El agua sólo se acerca para comprobarla. No obstante –sigue la porfía-, en la parte final del poemario radican los “Clantos presos”: escritura que se puede leer en las paredes y en algunos papeles sucios de los encerrados, quienes añaden al final su nombre, su mote, la germanía de su sufrimiento o de su burla. Especie de Juan José Tablada en Tocuyito o en La Planta. Dejemos al lector que especule o invente su propio “clanto”, su propia dimensión como parte del poema.

LA MOSCA Y EL POEMA

                                                                                                                                

1.-

En este poema que no lo es porque es un cuento que quiere serlo, habita una mosca desprevenida, no una de las moscas de Monterroso. Es una mosca muy particular porque casi no es mosca, aunque ella dice que lo es con mucho orgullo. Y los que la vemos desde el prestigio del plato de almuerzo pensamos que es una mosca con ganas de serlo pese a que en la mirada se le nota que no ha llegado a tanto.

Intento equívocamente espantarla para poder contar un cuento a mi hija pequeña, que por pequeña cree que la mosca escribe el poema que no es lo es y que ya casi es un cuento. Ella, la niña, sopla el papel donde salta el poema asustado por la mosca. Y como es un poema vivo, nervioso y agresivo brinca también, a un lado claro, con los puños en alto como si se fuese a medir con el viejo Sugar Ray Leonard o el reciente loco Pacquiao, asustado por la mosca que está dejando de serlo.

2.-

Finalmente, porque ya me cansé de tanto imaginar, pero no mi hija, agarro a la mosca por las patas y la envío bien lejos del poema, a un país menos loco que éste. Pese a  ella, he logrado escribir este engendro que es un duende pero no mosca, insisto,  que ustedes leen con mucha parsimonia, que no es un poema y es lo menos parecido a un cuento, pero sí una mosca disfrazada de ambas cosas. Digo yo.

Que nadie tome a extraño este afán de seguir con el tema. Sí, este es un poema que no lo es, pero pudiera parecerlo, porque está escrito para que algunos lo crean, aunque muchos dirán que no, que no es, pero sí un cuento. Y otros afirmarán que no es un cuento, relato o historia porque no cuenta con una anécdota. Pero no importa porque poema o cuento lleva en su interior una mosca que la hace las dos cosas: poema y cuento, aunque no sea mosca. ¿Está claro?

Mientras tanto, mi hija, que ya no es tan niña porque ya es madre, aunque para mí sigue siéndolo, le cuenta el poema o le lee el cuento a mis nietos y les dice que la mosca vuela cada vez que el poema o el cuento, que no lo son porque ellos lo niegan aunque la mosca lo afirme, forma parte de un adorno que aparece cada vez que alguien abre la boca o el libro para leer el poema que no lo es y el cuento que tampoco lo es, pero sí mosca. ¿Entendido?

3.-

A todas estas, la tierra gira, aparece el sol, se mete la luna, llueve a cántaros, el sol quema. Y si queremos ser más explícitos, a relámpagos, truenos y centellas les ha dado por entrar sin aviso al poema que lo es y al cuento tampoco lo es, pero parece. Algo así como que hay mal tiempo en el poema y en el cuento, aunque la fuerza de la naturaleza se deje gobernar a veces por algunos versos que son fragmentos y juegan  sin querer con estrofas que incurren en errores y admiran lo hiatos y las sinalefas, pese a que éstas no estén presentes, pero así son las cosas de las moscas, tan entrometidas, tan rebeldes, tan poco dadas a respetar las normas y cagarse en la comida y demás gracias que no están en este cuento o en este poema, que no lo son, m{as allá de que usted, amigo lector, diga lo contrario. Y que conste, no soy dogmático y mucho menos cuentero.

Si se quiere lograr un final digno, es preciso borrar todo el poema, que lo es, o el poema, que tampoco lo es. O matar la mosca que sí lo es aunque el poema y el cuento, que no lo son, lo nieguen. Pero creo que con la muerte de la mosca es suficiente para cerrar este capítulo que creía nunca iba a terminar. Pero así son las cosas de la literatura y las moscas. ¿No cree usted, señor Monterroso?

Al final, subversivo el poema, como siempre, es lo que queda. Aunque a alguien se le ha ocurrido que alguien lleva un cuento entre pecho y espalda y una mosca que le sigue los pasos. ¿Satisfecho?

CANSANCIO

1.-    

Ese día prometí no hablar más. No abrir más la boca.

Los que me conocían saben que cumpliría con la promesa de no pronunciar palabra alguna. Juraban que lo haría, que no dejaría escapar el más mínimo de los susurros, razón por la cual habría que tener cuidado con esa conducta cercana al suicidio.

“No hablar acerca de la muerte, del desarraigo. Si él no quiere hablar, pues que no lo haga. No lo obliguen. Le hace un favor a la humanidad, necesitada de silencio”.

2.-

Ese día comenzó la tragedia de los más cercanos. Un silencio áspero acaparó todos los espacios de la casa. La madre de Francisco asumió con dignidad la decisión del empecinado hijo. Pero se le veía en los ojos las ganas de arrancarle una frase, una palabra que pudiera expresarle la razón por la cual había dejado de abrir la boca para hablar.

En vista de la tozudez de Francisco, doña Mercedes decidió acompañarlo en su épico autocastigo. Los dos estaban sentados –cara a cara-, mientras el resto de la familia, los visitantes y los curiosos hacía apuestas de cual de los dos rompería con ese extraño voto en una casa donde nadie se queda callado frente al más insignificante de los sucesos.

 3.-

Una semana después de la determinación de doña Mercedes, Francisco cayó en un letargo profundo. El cuerpo se enfrió a extremos de muerte. Pero la madre no abrió la boca. Pese al estado del hijo, quien permanecía sentado con la mirada extraviada, la madre no daba muestras de preocupación alguna. Los que hacían guardia en caso de que alguno de los dos decidiese regresar o caerse de la silla, bostezaban y esperaban ansiosos que abandonaran esa “extraña promesa”, puesto que para muchos se trataba de un problema religioso, de una deuda con Dios, de una flagelación espiritual.

Cuando todos habían perdido el interés, pasados los tres meses de silencio, Francisco salió del letargo, se levantó de la silla y se le acercó a doña Mercedes, quien pestañeó en el momento en que el hijo le sopló la cara. La mujer sonrió, entonces el hombre regresó a su posición original y cerró los ojos.

 4.-

Un día, olvidado el mundo de estos empecinados seres, la hija menor de doña Mercedes entró a la habitación y se tropezó con unos huesos. Llamó al resto de la familia y ordenó una misa por el descanso eterno de sus parientes.

En medio del rito religioso, se oyó la voz grabada de Francisco, quien le respondía a doña Mercedes una pregunta harto peligrosa:

-¿Por qué te quedaste en silencio?

-Por la misma razón que tú lo hiciste, madre.

-¿Por cansancio, por agotamiento?

-Por eso y por más, pero no importa.

Los feligreses, familiares y amigos, miraron al sacerdote con el ceño fruncido. Este, con mucha calma, apagó el grabador y encaró a los preocupados asistentes:

-Nada, que ellos decidieron lo que decidieron. No hay más palabras. Quien tenga algo que indagar que le pregunte a los hermanos Francisco y Mercedes. El cansancio es una prolongación de la vida. Sin él es imposible entender la muerte. De modo que váyanse tranquilos a sus casas y no hablen más de este asunto.

Todos salieron en silencio, sin entender nada.

El cura encendió de nuevo el grabador, una vez solo en la iglesia, y escuchó:

-¿De qué vale madre haber escrito y leído tanto, haber hablado tanto si no llegamos a nada. Yo me cansé de las palabras.

-Sí. Eso lo entendí cuando tomaste la decisión de cortarte la lengua por haber delatado a tu padre. Yo sí cumplí. En estos momentos debo tener la boca llena de gusanos.

5.-

El día que me senté en esta silla pensé que ocurriría lo que ya pasó, excepto saber que me habían cortado la lengua y darme cuenta de eso cuando la muerte ya era inevitable.

CAVAFY, DE TABERNA EN TABERNA

1.-

La noche tuerce el destino. Al trote del tiempo, la imagen de un borracho recostado de su último impulso. El horario de la muerte empuja hacia la madrugada. En Itaca como en Maracay nos abruma un poema, nos arrastra con sus caballos enloquecidos por aceras y puentes derribados. Que no quede deidad bajo los cielos, cabría oírle a Emile Teste al hablar de Cavafy y otorgarle aquella hermosa imagen aún fresca sobre el friso de todas las ciudades: “místico sin dios”. La certeza no es casual. Un heleno multiplicador de mitos. Un heleno que yuxtapone voces, personajes, instancias, momentos, soledades. Sin dios. Místico. ¿Se trata de esconderse del misterio de los cielos o de buscar sin descanso al Alguien deseado? En definitiva, Dios siempre anda desnudo y más a los ojos de un poeta. Quien esgrime este atentado, esta lectura, sabe que le espera un verso, una puerta abierta donde la bohemia reúne todos los fantasmas.

“Debía ser la una de la madrugada,/ o la una y media./ En un rincón de la taberna,/ detrás de un tabique de madera./ Sólo nosotros dos, en el local totalmente vacío./ Lo iluminaba apenas una lámpara de petróleo./ A la puerta, cansado de tanto velar, dormía el camarero”.

2.-

La lumbre se agita contra el viento que entra y sale del lugar. El poeta, acosado por la viudez de las horas, intenta un balbuceo. La boca, cerrada al estrépito de una ventana rota, pronuncia un juego de sonidos: “A permanecer”. La frontera del país que lo aprisiona corre con los ruidos de la tierra. La soledad lo salva de la mirada de un ebrio que en el fondo de la taberna se responde preguntas. El plural de las líneas no es nada extraño en soledad: se vive con el yo. Se vive en dos estados de muerte: el yo y quien vive sabiéndose yo u otro.

“Nadie nos veía. Pero, de todos modos,/ estábamos ya tan excitados/ que no éramos capaces de cautelas.// Semiabrimos nuestras ropas –no eran muchas,/ pues ardía el divino mes de julio”.

Sin embargo llovía aquí en el trópico. Un solo poeta en la calle basta para saber cuán desolados vivimos. Un hombre amparado por sus cuadernos es suficiente para sabernos perdidos. En esta ciudad nadie resucita en medio de la madrugada. No obstante, el poeta sin dios entra y sale de los lugares prohibidos, sueña bajo el farol de una esquina. Atiende con amabilidad los duendes de sus zapatos y sabe decirle amor o puta a una mujer nocturna.

Era julio. Sigue siendo julio. O mejor, siempre es julio. Siempre es poesía. Una maldición.

3,.

“Oh gozo de la carne por entre/ ropas entreabiertas;/ rápido desnudar de la carne: su imagen/ ha atravesado veintiséis años y viene ahora/ a permanecer en estos versos”. Carne prohibida. Carne del otro, concebida hasta el último sonido del poema.

Ya en la calle, el texto se bifurca, es otro. Y así, dos poemas, dos momentos, dos pecados. La taberna sigue en el mismo sitio y hasta se multiplica en el portal de otra que una cuadra más adelante se abre entre ventanas. Camina entre rostros. La hojarasca de un otoño imposible deja la lluvia de julio y revienta en olores.

“Su simpática cara, un tanto pálida;/ sus ojos marrones, como ojerosos;/ de veinticinco años, pero más bien aparenta veinte;/ con algo de artista en el vestir/ -algo en el color de la corbata, la forma del cuello-, camina por la calle a la ventura,/ como hipnotizado aún por el placer prohibido,/ el placer tan prohibido que acaba de obtener”.

¿Qué destino tenía en proyecto el hombre, el poeta miserable, el recóndito, el de los libros suministrados por los dioses que no están en su agenda de creencias? Mentira, nada se ha torcido. Es el mismo destino: el tiempo sabe mucho, suda bajo las manecillas del reloj, soporta el sonido perfecto de la maquinaria diminuta del tiempo. El poeta se mira los zapatos. La lluvia corre hecha forma por las sucias calles. Más allá del poema pensado, un asesino arrastra sus cuchillos. Trae la muerte en el filo de un puñal.

¿Qué puede hacer Platón ante un homicida? Cavafy escribe: “Aquí somos una mezcla: sirios, griegos, armenios, medos./ Y así es Remón. Sin embargo, ayer, cuando la luna/ iluminaba su amoroso rostro,/ nuestro pensamiento se remontó al Carmides de Platón”.

Una hoja de cuaderno empoemado se aleja del solitario. Piensa en la enfermedad de Clitos. La fiebre de Alejandría se ocupa de los vivos. Los muertos disfrutan del olvido.

El demonio ambula por esta ciudad. Un poeta entra y sale de una taberna. Maldice los relámpagos. Cambia de sitio en la calle. Regresa a sus asuntos sobre una mesa impregnada de vilezas y bondades.

ELOGIO DE LA OTRA INTEMPERIE

La realidad es, a menudo, un vuelo.
-Luis Antonio de Villena-

1.-

De antiguo le viene al hombre la miseria líquida y pastosa: la realidad. Posturas ante espejos de agua para levantar el cuerpo. En vuelo. Miradas altivas para intentar apaciguar airadas retaliaciones y levantiscos complejos individuales. Volar no es difícil, apena no tener alas.

Como hoy, maledicentes, malquistados, malhadados, malcarados, malmirados por la herrumbre, la humorada de la seudonimia aterra y sacude el espíritu. Acto criminal es someter al hombre –al de las palabras- a una espera que podría significar su alejamiento de la “realidad”, cálculo físico que se ha convertido en un poema gótico. Criminal todo, donde las víctimas y los testigos se revelan contra la altura. Así, de viejo, nos viene la manía de querer volar sobre las iniquidades pero, vano afán, quedamos postrados en tierra, rostro a rostro, fealdad a fealdad, mientras Dios baraja el destino de cada uno con la calma milenaria que lo ha caracterizado.

Una nueva intemperie, otra mejor para desmitificar esas voces que tratan de hacer novedad de todo, como si las piedras hablaran y los pájaros filosofaran. Otro designio, tan destacado por la fascinación, por el olvido, porque fascinarse es olvidar que existió el pasado, el atuendo de otros días, los malos olores del cuerpo, los más terrestres del alma, la putrefacción de la historia.

2.-

La realidad, tan en desuso, provista de espinas, nos ha sido dada para confirmar que estamos, que somos o que no somos. Pero acontece que la realidad ha perdido vigor, ya no es. Palabra sólo para mitigar el cansancio de quienes respiran la fantasía de lo “nuevo”, tan nuevo que viene con arrugas y demencia senil. El hombre es tan viejo como el agua. De nada le viene esa novedad tan pregonada. Los buenos y malos sentimientos forman parte de su esqueleto conceptual, de sus enigmas. Quitarle lo viejo al humano ser es convertirlo en un extraño al planeta, a la concepción de su “pureza” original, tan defendida por Rousseau, por los habitantes del Génesis, con la excepción de Caín, el que verdaderamente inventó la realidad. La intemperie de esa imagen geográfica, espiritual y humana levita frente a los ojos de los soñadores, los que creen que el mundo anda a gachas en busca de otro astro que lo alumbre.

La otra intemperie, la interior, es más densa que la de afuera, la realidad, la puñalada o el golpe en el cráneo de Adán. La cabeza de burro que usó el primer asesino nos cuestiona. ¿Ya estaban allí los asnos, humillados por ser lo que son y ahora herramientas del crimen? Queda pensar eso a la sombra del árbol del bien y del mal.

3.-

Que esté claro: no dejo de creer en esas letras de la divinidad, sólo que la otra realidad, la que me confronta huye y se burla de los padres del primer programa de televisión de suspenso. Porque, veamos, algo pasó para que esos muchachos llegaran a lo que llegaron: uno a matar y el otro a dejarse matar. El destino, casi manifiesto, alberga la esperanza de que Caín estaba predestinado a ser un morboso criminal, mientras Adán a ser un tonto que se dejó matar siendo el protegido de Jehová. Herejía aparte, creo entender que se trató de un instante de descuido del Creador. No lo juzgo, válgame Dios. Sólo que cabe pensar que la realidad lo confundió. Porque haber creado al mundo y al ser humano es tarea titánica. Y que haya ocurrido esa desgracia es como haber destruido todo lo inventado.

La filosofía ha hecho turismo sobre esta idea. La realidad no existe. Y si existe está tan cuestionada que tiende a desaparecer. Es decir, regresaremos a la quijada de burro o al talco sideral. Si polvo hemos sido, por qué no regresar a él una vez previsto que la realidad es un zumbido en las orejas o una ilusión. Un espejismo que se ha quedado mucho tiempo en el espejo.

Queda resolver un problema: ¿Qué es la realidad? ¿Importa saberlo? Para la teología no hay discusión: Dios la hizo y la dejó para que el hombre la maltratara. O la biología la perfeccionó, la evolucionó, la cambió, la hizo nueva hasta traernos a estos confines del pensar, del ser. Somos porque pensamos dijo el otro y allí nos hundimos. Al pensar, cavamos la tumba de la biología: dejamos de evolucionar. La ignorancia nos había hecho sabios. Ahora, convertidos en una realidad que piensa, acabamos con ella, con la realidad, con el pensar que es sólo ilusión.

En todo caso, amigos lectores, no dejen de vacilarse la especie según la cual este texto no existe y usted es un dibujo de un loco que quiso soñar y no pudo. Lea y sentirá que todo lo que usted hace es un trazo de luz, una mera ilusión. Usted no existe, podría llegar a ser, si la realidad se lo permite.

-RETAZOS PARA UN PAÍS ESCRITO DE MEMORIA-

1.-                                                                             

Sobre la misma tierra, como decía el novelista, nos queda mucho terreno que pisar.

Anormales –o más allá de la certeza de serlo-, lubricamos el discurso impelido por un país donde la locura cabe perfectamente en el final de un poema escrito por un personaje de Faulkner. Que nadie lo subestime, somos así, paranormales.

Todos los personajes de Gallegos eran la crisis que somos. Cada uno hizo de su parcela nacional un trozo de vergüenza, de decoro o de misterio. Más allá de la normalidad, nuestro novelista metió la mano en la carne podrida de un país que no termina de saberse Nación. De allí que aún, a esta altura del siglo, seamos el acento de esos personajes. Son nuestra representación.

2.-

La mano junto al muro revisa el horizonte donde no queda lugar para pensar. Somos un país extraño, demasiado pequeño para lo grande que nos creemos. Nos deslizamos con placer sobre la brasa de un parloteo incesante. Paranormales, no sabemos si ser reales o un invento clásico de nuestra desmesura.

Merecemos una crítica a nuestros enfermos asuntos. Una mujer, una prostituta, roza la piel de un hombre que la busca. Era aquella costa la visitada por el turismo sexual que bajaba de los mercantes y yates provenientes del resto de la tierra. La miseria nos tatuaba a diario. El novelista, Guillermo Meneses, sólo nos dibujó en el vicio, en la traición, en el descuido, en la arrogancia de quienes nos dieron la sangre de hoy. Eso hemos sido, una mano sucia contra un muro derruido.

 3.- País portátil que nos lleva de lado y lado.

Líquidos bajo el plomo de una guerra de verbos gastados, terminamos en la penúltima página de una novela premiada. Adriano González León nos introdujo en la maleta de una historia donde la violencia nos arrojó a muchos años de atraso, los mismos que hoy nos apuntan con el hierro de marcar reses.

“Por entre los eucaliptos dela vieja estación venían ellos: verdes, amenazantes, con metralletas y fusiles. De nuevo se iniciaron las carreras, los empujones, el retroceso al cerro”. Esa ha sido nuestra historia, un retroceso hacia el cerro, hacia la pobreza, hacia la violencia, hacia el dolor, hacia nuestra más autóctona estupidez.

4.-

Las historias de la calle Lincoln se han quedado en la piel reseca del olvido. La mano que la escribió es la artritis de un duende que camina entre botellas e indigentes tirados en las calles de la gran ciudad. La mendicidad tiene sentido muchas veces. Carlos Noguera parece haber olvidado los rincones de sabana Grande, el Callejón de la Puñalada, los placeres con aquellos que lo acompañaron, los que hoy son sombra y olvido. Aquel país metido en la Lincoln se ha desdibujado. El autor pasó a ser parte de lo que confirmaba como antiestético.

5.-                                                                             

Cien años de soledad para quienes despertaron frente al dinosaurio y no supieron que los edificios de la gran ciudad no regaban cagarrutas en los parques del mundo. Gabriel García Márquez regresa a su viejo lar. En el pueblo que lo vio nacer sólo quedan los huesos de los monstruos prehistóricos que se han instalado en nuestro patio doméstico.

6.-

Varios títulos encerrados en una biblioteca que sólo una sola mano podrá extraer escondido de Los pequeños seres. Salvador Garmendia supo retratarlos, hacerlos la parte que nos toca, la que somos realmente, esa oscura materia que transita por las calles entrenada por la desidia, la maledicencia y la celebración repentina. Somos seres anónimos con la pretensión de pasar a la historia subidos en las ancas de un caballo. Somos simples seres manipulables, hechos con papel maché y alambres para ser movidos en un escenario de sonámbulos.

7.-

“Cuando en los lomos del siglo veintiuno el llano, MdeJ., tío Ricardo, la tía Trina y la perra Anémona, lloren una vez más ante la muerte aparente del desierto: Yo, Rey de los Chigüires, no dejaré huellas en las arenas de mi reinado”. Así  empieza Palabreus de José Vicente Abreu. Y comienza como se comienza un siglo decadente como éste que nos ha tocado. Un siglo donde caballos, asnos, perros y orangutanes han resucitado para regresarnos al desierto, donde no quedarán huellas, marcas o pivotes para decir que se estuvo allí. Sólo algunas palabras, algunos sonidos huecos, algunas groserías.

8.-

Victoria De Stefano desató la memoria. En La noche llama a la noche hizo de la novela un personaje. Noveló la novela, la cabalgó con personajes que aún suben y bajan las escaleras de un país romántico, asido de la nostalgia. No se detuvo en el andamiaje aunque le dio cuerpo con huesos firmes. Una novela del país que ella vivió con la densidad de los gritos y susurros de aquellos días de los años sesenta.

Ese país, el dibujado aquí, el siempre a la orilla de un precipicio, no aprendió la lección. No entendió el cuento de Monterroso. O como dibujó alguien por allí: el dinosaurio no nos entendió, en la creencia de que quien trazaba la hora menguada estaba en el paraíso. Y de lejos veía a los demonios, vestidos con el traje de un tiranosaurio rex de metal.

9.-

Lo dijo Manuel Bermúdez en el pórtico que abrió en El invencionero de Denzil Romero: “El lector…va a tener la dicha de ver la reconstrucción de paraísos derribados por el tiempo”, y no falló el dictum de quien vio y leyó este país, porque Bermúdez y Romero lo pasearon, lo tuvieron al alcance de sus reflexiones, lo amasaron con manos amorosas y lo dejaron para que otros le siguieran los pasos. Sin embargo, la invención de país, la invención de esta anécdota, sigue siendo un estadio alucinante. Nada de lo que nos queda se puede decir que nos pertenece. Estamos de paso sobre el filo de un cuento, como en la saliva del tonto de la novela de Faulkner.

10.-

“Por El Valle del Lucero no se va a ninguna parte”, excelente entrada para leer Los caballos de la cólera, donde Eduardo Casanova nos vierte completos. Novela paisaje humano en el que destaca una tierra de espanto y miedo, crímenes y desolación. Un boceto de país que nos arrastra y nos ahoga. “Tierra pisada con dolor de siglos”, dice el autor. Los personajes recorren todas las páginas y se salen de ellas para someternos a las lecciones de una realidad emergente, tiesa, como el cuero aquel, como la porfía del poema hecho Cantata, como una marca en la frente. Son los caballos de la ira, los del apocalipsis, los de las tantas escaramuzas que se convirtieron luego en una épica enfermiza.

11.-

Israel Centeno parece venir de las sombras. Acosado por tantos personajes, ha recreado un país, el que carga a diario en cualquier parte del mundo. Criaturas de la noche lo empuja a decir de los extraños que se mueven en la niebla y corren hacia la luz en búsqueda de cómplices. La soledad los aturde, los hace innecesarios. Caracas es un cuento de miedo. En El Ávila alguien siempre espera. No sabemos.

12.-

Hay tantas tierras y una sola. En La otra isla hay siempre una sola isla, aunque Coche y Cubagua se peleen el derecho a ser llamadas como la Isla Madre. Francisco Suniaga la ha descubierto para este país que no termina de decirse como tal. Una navegación literaria que abarca los sueños y la realidad bajo el intenso sol testigo de un crimen. La noche también la vio a la orilla de la playa, desnuda y con algunos signos para investigar. La muerte, lo forense, nos ha hecho socios del miedo.

13.-

Un libro de notas. Un tomo que compendia un país, lo dibuja con sangre, con pólvora, con las huellas digitales de un grupo de hombres cuyo apellido era Falke. Federico Vegas lo traduce desde el presente, desde el ADN de un pariente que dejó su cuerpo, la  piel y sus huesos, en metió de la invasión, aquella de la década de los 20 del siglo XX. Una historia en libretas, entregadas el 13 de julio de 1929,un poco antes de aquella fallida aventura, como las tantas procuradas en esta tierra de ya poca gracia.

14.-

Aquí está un final, Los invencibles, de Rodrigo Blanco Calderón, un libro ciudad que calca la rutina, los pasos de unos personajes agitados por el fracaso, los sueños, la invención lo fantástico, suerte de pelotica de goma con guante profesional. Una línea de trabajo que ofrece el país de casi todos los días.

Los Caballos de Zapata

1.-

Más que caballos, los de Zapata son apariciones. Se trata de imágenes que hacen alusión al tiempo, a las riendas que alguien le propuso a la historia para intentar doblegarla. Jinete a pelo, centauro o bandolero que herró con los cascos los campos de un país empobrecido.

Caballos desmelenados, con el cuello torcido hacia el pasado, perseguidos por la centella del viento. Son caballos ilusorios, como los  prometidos por los patriotas, los realistas, los federales, los gomecistas y hasta por los Maisanta y Arévalo Cedeño regocijados en la espuma que el potro reventado regaba por las sabanas.

Sí, definitivamente, son caballos pegados a un hombre. Como aquellos que llegaron a México y fueron confundidos con dioses. Es Miguel Aceves Mejías bailando, adherido a la

silla, a la carne de la montura. El otro Zapata, de sombrero ancho y campesino. Es Florentino en plena carrera sobre el agua arenosa de la sed, mientras el diablo esbozado lo persigue para quitarle el escapulario de la Virgen del Socorro. Son caballos flamígeros, llenos de una poesía de sombras, lamidos por la noche de un tiempo terrible. Son caballos-hombres alucinados.

El caballo desatado del botalón, el caballo candela, el caballo humo, el caballo bajo la tormenta de la muerte, el caballo del escudo nacional, tan blanco como el caballo blanco de la patria, el caballo loco de nuestros abuelos, el caballo silencioso de Ledesma, el caballo de Zárate, el caballo de Boves, el caballo de Nicolás Llovera, el caballo maniático del Tuerto Vargas, el caballo cimarrón de la barbarie en Doña Bárbara, el caballo filósofo bajo un árbol incendiado, el caballo calavera de los lamederos del Guárico, el caballo bíblico del Apocalipsis. El caballo venezolano con el vientre abierto y las tripas pegadas de los mastrantales. El caballo díscolo y epiléptico de Páez.

Detrás de ese caballo de Zapata se fueron los hijos de la Loca Luz Caraballo, los mismos hijos que regresan a Pedro Pérez Delgado a pacer en Santa Inés con el de Zamora, mientras los cadáveres del día remueven el cielo enzamurado.

Como en la anécdota apureña: vientre refugio del perseguido. Caballo podrido, navío de la ancha corriente, en procura de salvar la vida.

Caballos, puros caballos. Un bosque de caballos, inocentes de quien los conduce. Bestias frutales del diablo. Caballos universales, criollitos, cuarto de milla reventado por el odio o la libertad.

2.-

Caballito de palo, el que aún jadea detrás de la puerta de la infancia. Ese está a punto de relinchar: el caballo más bonito de Aquiles, el que cagaba flores y retozaba con un paraíso en los ojos. Pero ese es otro caballo y otra historia.

Y así, los caballos de Zapata, los de Pedro León, los que dibujó y pintó y regó por el país hace unos años, a comienzos del siglo que comienza, a comienzos del siglo que nos consume entre caballos tristes en el Llano de Apure, en los arenales de los ríos que llegan y se cristalizan en la mirada de los esqueletos que el trópico siembra en toda la geografía de Rómulo Gallegos.

Los caballos de Zapata cuelgan de las paredes. Cocean en silencio de la paz de muchas casas y se sacuden el rocío de la locura de la guerra. Por allí anda la Independencia de Venezuela llena de palabras y silencios. Por allí andan los caballeros de las batallas, sordos de tanto ruido contemporáneo. Por allí, cerca, podemos ver a quienes daban con el rejo en los ijares del potro de quien se desapareció en la noche y sólo dejó el olor que el diablo frecuenta en cada pedazo de este continente. Caballos ahogados por su propio relincho. Relevados por las gusaneras, por el martirio de las llagas en las ancas, por la costura de la herida en los ojos, por las moscas en la gangrena de los cascos. Esos caballos siguen vivos detrás de los huesos de quienes aún andamos por estos predios ahumados.

Caballos fantasmales. Caballos de Calabozo y Guardatinajas. Caballos de El Miedo y de El Frío. Caballos de Monagas. Caballos marinos que salen de la arena y se sumergen en la linfa de todos los nombres de otros siglos. Caballos de Pedro León Zapata. Caballos arrejuntados con cabras, mulas y burros flautistas. Caballos de adorno, de cerámica pulcra. De lujos y crines contra el viento. Caballos fuera del poema. Caballos poemas. Caballos criminales. Inocentes. Caballos de Zapata, pues.

3.-

Más que caballos, los de Zapata son apariciones. Fantasmas que relinchan sin luna en los ojos. Con los belfos inflamados, leídos por los animales de la nocturnidad. Son caballos que llevan el sudor de todos los jinetes del tiempo. En uno iba el hombre sin cabeza. En otro un libertador. En otro el Llanero Solitario. Cada caballo merece su jinete. O mejor, cada caballo lleva un jinete en la conciencia, aunque no tenga conciencia ni jinete. Cada uno de estos caballos del pintor lleva en el trazo la sangre del olvido. Zapata nos recuerda el mundo a través de caballos. Los caballos de Zapata nos hacen caballos. Nos modelan menos personas porque perdimos el caballo en la huida hacia el poniente.

Los caballos de Zapata, el pintor, el dibujante, el hombre de este país, son una insignia, gestos y palabras de un país que se hizo caballo y no ha dejado de serlo, para dolor de quienes saben que el caballo es inocente. Aquellos hombres a caballo ya no son dibujables con el trazo que utilizan quienes creen que los caballos rebuznan. Y que los burros, los asnos y borricos, sobre todo los sabaneros, me disculpen. Es que hay tanta gente disfrazada de caballo que lo denuncian las ancas postizas.

INSULAS, ENTRE QUANOS

1.-

Una isla podría ser un imposible, un hecho anclado en medio de la memoria, de la nostalgia o de un tiempo que regresa lentamente cargado de climas y mareas. No en vano, Renato Rodríguez invoca a George Bernardo Shaw:  A fact needs not to happen to be true, it is enough to be possible.

Las islas navegan dentro de quien conoce las marcas dejadas por tantas miradas, contactos físicos y espirituales, pero más en quien ha sabido habitarlas. De allí que el narrador margariteño Renato Rodríguez, tan “navegado” él por tantos mundos, vuelva a la Ínsula de la Margarita desde la “Patria del Hombre”, Francia, para rehacer los hechos, pero sobre todo la Isla que lo vio crecer y vivir.

Para “armar el juego” de la memoria, Renato Rodríguez escribió, precisamente, Ínsulas (Fundarte, 1997), una novela que se teje a través de relatos en los que las islas son los ensueños de sus viajes. Desde una isla para el mundo y desde la memoria hacia la isla. Salir del Caribe para tocar Europa y desde el Viejo Continente fundar la Margarita de la memoria.

2.-

Este libro magistral, retocado con las anécdotas y referencias cultas de su gran aventura, es merecedor de un especial tratamiento. Renato Rodríguez es un narrador “isla” desde Al Sur del Equanil (Monte Ávila, Caracas, 1972)hasta La noche escuece (R.A.R, Caracas, 1985), sin dejar de mencionar su noveleta  Quanos (Monte Ávila, Caracas, 1997)., de la cual diremos unas líneas más adelante.

En esta aventura de Ínsulas aparece el niño que recoge la presencia de historias en un ambiente de asombros. Es decir, un ser humano que descubre el mundo con todos los sentidos, rodeado de agua por todas partes. Margarita, para referirnos al primer texto, “Pasar la mar”, es el paraíso perdido, el Milton que naufraga en la nata de la memoria, luego del autor someterse a muchos años de lejanía. Una isla distante de tierra firme, espacio desconocido por quien luego se hizo dromómano y escanciador de otros paisajes.

Toda isla tiene una personalidad particular. Mirada por todos los lados escupe mares y agiganta su nombre. Por esa razón, para el narrador margariteño de formación cosmopolita, el élan vital de Nueva Esparta está en Cubagua, en ese terrón deshabitado lleno de fantasmas, que tan diestramente Enrique Bernardo Núñez sembrara en los lectores venezolanos.

Escrita desde la cotidianidad, el tiempo y la memoria –esa alevosa migración-, la novela luce fortalecida gracias a la manera de decir de su autor, de manejar las situaciones en que personajes y el paisaje interior crecen y fortalecen las imágenes borrosas, casi perdidas de la infancia.

 

 

3.-

Renato Rodríguez es un viaje, muchas referencias ancladas en la imaginación. Pero el imaginario de nuestro narrador se multiplica en la medida en que sus lecturas forman parte de sus libros.

Después de un largo silencio, nos topamos con un escritor cuya madurez no nos sorprende, pero sí nos llena del vigor de su vocación.

Con Ínsulas, Renato Rodríguez nos revela ese anhelado regreso a los lugares donde la inocencia de un muchacho sigue siendo la mirada de su pequeño mundo, que una vez estuvo aislado del resto de la tierra, es decir, isla absoluta, soledad entre aguas y resacas, gaviotas y sueños a través de la ventana de una escuela.

4.-

(Quanos: casi despedida)

Renato ha muerto. Se acaba de marchar a las mareas tantas veces dichas. En uno de sus libros menos comentados, Quanos (Monte Ávila, Caracas 1997) el autor se pasea por imbricados personajes, con quienes comparte ficción y realidad. Al abrir el libro leemos el Prefacio: “He vuelto a las andadas. A pesar de la promesa hecha alguna vez a mí mismo, hete aquí que escribo de nuevo”. Había dejado Renato las palabras en silencio. Se encerró en un pueblito de Aragua y desde allí enviaba la energía de sus trabajos. Se quejaba de que algunos amigos decía que no sabía escribir. Pero este isleño era Renato/ relato, el hombre que contaba con muchas ganas y lo sabía hacer.

En Quanos leemos cuatro cuentos/ “quasi-novelas”, que así traduce la contracción. Son historias que podrían ser novelas cortas, “short-stories” que albergan una memoria lúcida, crecida, muy americana hablada en español, muy mestiza elaborada en sus tiempos en los estados Unidos. Son cuentos, relatos, brevedades no tan breves de las décadas de los 60 y 70.

Cada aventura lleva un nombre, una dedicatoria, una microbiografia. Allí están –reconocidos- Abigaíl Rojas, Julio ramón Ribeyro, Nelly baptista, Carlos Tossi y Juanito Martínez Pozueta.  Allí están y no están. Náufragos del tiempo, en Quanos cada uno se advierte. Los ´personajes aquí advertidos se pasean por el color de diversos paisajes, de tiempos perdidos y recobrados para favorecer los límites de la existencia. Cada relato es un regreso, como éste que acaba de protagonizar el autor de Al Sur del Equanil.

Renato Rodríguez acaba de resucitar. Entre Ínsulas van sus Quanos, sus novelas y su existencia.

LAS MUERTES DE MOLIERE
(Para quienes temen morir en escena)

1.-

Moliére –como se le conoce en el mundo teatral- murió varias veces en escena, pero en una sola se convirtió en el verdadero “actor”. Es decir, Jean-Baptiste Poquelin fue obligado por una enfermedad a morir “de verdad” una sola vez, y dejar constancia de que sabía morir o que al menos la muerte es genialmente histriónica.

“El enfermo imaginario”, una de las obras más celebradas del clásico francés, sirvió de telón de fondo funerario del propio autor. Moliére falleció durante la puesta de esta pieza que sigue siendo la “muerte” de un hipocondríaco que hizo casar a su hija con un médico para sentirse atendido sin dilación. Así, mientras el verdadero enfermo que era Moliére fallecía en proscenio, el público aplaudía y reía sin parar. La muerte triunfante, personificada por la misma muerte.

Innumerables veces quedó tendido el cuerpo muerto del personaje. Pero al cerrar el telón, el ingenioso comediante se levantaba con la muerte cerca, es decir, vivo él y viva la muerte. Estaba enfermo, gravemente amenazado por una dolencia que no era nada teatral o pública. Quizás se imaginaba –imaginario al fin- que la señora calva, la cantante amada de Ionesco, estaría lista para definitivamente despedirlo con un cerrado aplauso.

2.-

El personaje -mimesis, farsa, máscara- continúa vivo, muriendo cuantas veces sea posible poner en escena la obra de quien, actor, quedó, definitivamente sobre las tablas, muerto. Personaje y actor se encuentran y se separan. Se encuentran en la muerte teatral. Se separan en la muerte histriónica, porque, tanto la muerte imaginaria como la verdadera suelen ser festivas y dolorosas. La permanencia del personaje supera la realidad, supera al actor. Esta separación, esta frontera, confirma la imagen de quien a diario tiene que “morir” para hacer creer que venció a la muerte. Quien en verdad murió por una enfermedad nada imaginaria, quedó eternamente fijado en la mirada de quienes no advirtieron que el actor había sucumbido, en la creencia de que había sido el actor. La perfección de la muerte provocó la risa, el aplauso.

La enseñanza es clara: la verdad no existe en una sola perspectiva. Son tantas las maneras de verla y encontrarla, aunque se fracase como Diógenes. Creer tenerla al alcance, es saber –si es que se sabe- que la razón podría ser la muerte. Límite entre el ahogo y la hipocresía.

El éxito es agonía. La muerte, en este caso, fue la culminación exitosa del dramaturgo francés. Murió para quedarse, más allá del actor. El personaje de “El enfermo imaginario” convirtió a Moliere en personaje histórico. De volver a ocurrir que quien encarna al personaje muere en escena, hace de Moliére pionero de la tragedia en plena comedia. ¿O acaso la muerte no es una comedia trasvertida?

3.-

¿Cuántas veces muere un hombre? El común afirma que se muere a diario, que el tiempo carga la muerte sobre sus hombros. Ver morir a alguien es parte del juego: morimos con quien muere porque repasamos su agonía. Vemos en la muerte ajena la propia. De manera que quienes ese día vieron morir de verdad al actor, supieron que la muerte de ellos estaba pendiente, seguía en la mirada imitativa del actor, toda vez que la muerte del actor se hacía festiva una vez salía el elenco a saludar y a agradecer los aplausos. Pero esa vez el actor no salió. El personaje quedó instalado en la memoria colectiva. La muerte, gozosa, aplaudió en el balcón más caro. Burguesa. La muerte eternizó al personaje: mató al actor. No obstante, personaje y actor también se confunden: Moliére fue creador del personaje y carnadura del actor. El pasaje de su muerte quedó intacta: pequeño dios contó su muerte, la celebró en público. Ambos, actor y personaje lograron tocarse, ser los mismos en la inequívoca presencia de la tragicomedia. Fiesta y dolor suelen compartir el mismo espacio. La muerte es fiesta en el teatro, burla en la cotidianidad, dolor en la memoria que se hace olvido, mas no el teatro. Pese a ser calificado de efímero, el arte de las tablas verifica sin pudor alguno que estamos vivos en medio de la muerte, o que la muerte es la vida del teatro o la vida en el teatro.

Moliére, con su muerte genial, sigue abofeteando a quienes lo han olvidado. Ser cortesano del teatro o majadero de los poderosos, deja muy mal a quienes no saben morir con dignidad en escena.

LA CEBOLLA Y LAS MATEMÁTICAS, ENEMIGAS DE LA HUMANIDAD

-a José Lira Sosa, con recuerdos del Nono Sucre-

1.-

Dos enemigas peligrosas.

Llámese cebolla a un objeto de consumo diario que agua el ojo y da mal aliento. Llámese matemáticas a una  extraña herramienta escolar muy dada a incursionar en los supermercados, que da muchos dolores de cabeza. Entonces, ¿qué utilidad pueden tener dos irreconciliables enemigas de la humanidad toda?

Si bien las matemáticas producen cefalea, no es menos cierto que provoca lágrimas por efecto del zumo de cebolla. (He llegado a pensar que todo país consumidor de cebolla lleva en el espíritu la semilla del fascismo, y todo manipulador de las matemáticas (en plural o singular) es un onanista oficioso que trata de demostrar con los números que el mundo es perfecto. O lo que es lo mismo, pretende demostrar con los números lo que no puede demostrar con el cerebro (¿se entiende? Está clarito, pues). Mi temor a ambos objetos –no sé a esta altura si lo son- es tal vez que no pueden nombrármelos porque sufro de temblores agudos, desmayos en algunos de los dedos de los pies y torceduras de ojos que me llevan a un paroxismo indetenible.

2.-

¿Cómo es posible consumir un tubérculo que tiene el mismo olor que emana de las axilas? ¿Cómo admirar las matemáticas (cálculo diferencial, suma, resta, multiplicación, y división, ecuación de primer grado, multiplicación de polinomios, teoremas y axiomas, madre mía) mientras el sindicato del transporte y demás congéneres se comportan tan mal con los que se dice portadores de reglas, compases y demás adminículos para geómetras y estudiantes de tales asuntos, así como de gastrónomos que tienen en la cebolla la Consagración de la Primavera de Stravinsky y algún tañío del Carrao de Palmarito? No se concibe. No puedo entender esa complicada retahíla de códigos y ese atornillado producto vegetal lacrimógeno.

Otro punto es la cocina donde el bendito aliño (¿se dice así?) tiene oscuros antecedentes criminales. Suerte de acólito de italianos revoltillos; mácula de platos gallegos, de majaderías buhoneras dotadas de perros calientes esquineros. Mortajas de sensiblería novelera.

La cebolla es un atentado a buen gusto, a nuestro refinamiento oligarca, escolástico y aristócrata, aun cuando Pablo Neruda le haya escrito una oda, que al parecer es otra cosa con jota. Las matemáticas son un atentado a la tranquilidad ciudadana, a las buenas costumbres morales, a las que hay que aplicarle la antigua Ley de Vagos y Maleantes, más allá de que Mercedes Sosa le haya dedicado tarima con aquella de que vivan cuando son los estudiantes sus víctimas.

La cebolla, en mancebía con los números, es capaz de provocar la caída de imperios y de sueños mal construidos, así como la gravedad de las dolencias prostáticas de muchos que se creen que no usan tal órgano. Fíjense ustedes, queridos lectores, que la mostaza –por ejemplo- es usada como arma terrible en manifestaciones y protestas. Qué dejarán para la cebolla y las matemáticas en un aula de clases o en un examen de orina, de conciencia, de heces, del objetivo cinco de filosofía o del corazón.

3.-

De nada nos vale nos vale ser tan civilizados si comemos cebolla, alimento de salvajes, pese a que se dice que ayuda a alejar los infartos, ¿y quién los manda a nacer con corazón en el pecho?

De nada nos vale hablar de poesía si usamos las matemáticas para saber el precio de las alcachofas o tratar de sacar las cuentas de los recitales que nunca nos pagan. De nada nos valen nuestras buenas intenciones si nos metemos una rueda de cebolla en la boca mientras le declaramos nuestro amor a Josefina, la soñada Jennifer López que nunca tendremos. No hay cosa más contraproducente que enamorar con cebolla. “Te invito a comer un perro”. Casi que ladra el seductor.

De nada nos vale leer a Pessoa, Cesaire, Gerbasi, Char, Cadenas, Montejo, Vallejo…grandes comedores de cebolla, sin nos preocupan los cálculos infinitesimales del costo de la vida o los párvulos senderos de la agonía de la tabla de multiplicar problemas, agonía y sinsabores, amén de cursilerías como la de “párvulos senderos de la agonía”.

Por esa razón (y muchas más), desde ahora y para decirlo en público, y desde siempre por escrúpulos, me declaro enemigo de número de las matemáticas y seguidor de los perfumistas, para alejar loe enconos de la cebolla.

Ambas pueden fácilmente tumbar la credibilidad de un cardenal. Y eso que no hemos hablado o escrito sobre la guanábana como fruto traidor, de sabor aguileño y que actúan en gavilla.

Cambio de sombras
ESO QUE LLAMAN HUMOR Y NOS QUEDA APRETADO

1.-

Se me exigió, casi con una pistola en una sien, que hablara de humor en esta Capilla Sixtina, pero del humor no se habla, se hace. Y mire cómo se hace. Como del amor, porque hablar de él es tan inútil como ver una película con  los ojos cerrados. O amar platónicamente (pobre Platón), lo cual nos podría conducir a la autocomplacencia, tan peligroso como quedarse solo con Jennifer López y no saber qué hacer. O a la autocontemplación, que podría ser mucho peor, por aquello de mirarnos en un espejo y creernos la última gota del desierto, por no mencionar la gaseosa. De modo que 4s necesario hacer el amor con humor, porque cuando eso ocurre se hace bien hecho. Evitemos, en consecuencia, las anfibologías para no ir a la cama con la cara arrugada y una rabia propia de quien ofrece mucho y da poco.

Sin embargo, para hacer el humor y hablar de él a la vez, me veo obligado a mencionar a un señor muy serio, muy circunspecto, muy yámbico, porque para Aristóteles existían poetas serios y poetas menores, estos últimos los que se burlaban del mundo y de la abuelita de los poetas serios. El mismo poeta serio dice que la risa es algo propio del hombre, aunque las hienas también saben reír, por lo que se descubre en cada carcajada rasgos del abuelo gorila que reía cuando un pájaro gracioso hacía de las suyas en la cabeza de algún descendiente de paquidermo. Cabe una pregunta darwiniana: ¿Si las hienas ríen, significa que descienden también de los gorilas? Vaya usted a saber.

2.-

La burla, según las malas lenguas, es una forma de venganza. Eso no quiere decir que todos los humoristas tengan enemigos regados por todas esas tierras de Dios, porque eso de hacerse humorista para vengarse de la gente es como ganarse la enemistad por anticipado. O lo que es lo mismo, recibir el odio a contra reembolso. Es decir, a vuelta de correo, electrónico o tradicional. La bula podría ser una venganza sublime, si llegamos  creer que nuestro enemigo es idiota. Cosa no muy difícil de imaginar.

En todo caso, imaginemos al general Gómez escribiendo décimas contra los factores que lo adversaban. O haciendo morisquetas para burlarse de Leoncio Martínez., Job Pim u otros clandestinos mamadores de gallo. Es como pedirle a Mugabe -o a Pinochet en sus tiempos- que escriba poemas contra Zapata, Quino, Aquiles Nazoa o contra la joven Rayma, tan en boga como Edo o Pam-chito. Fin de mundo.

Si usted le pregunta a Hipócrates (está muerto, pero no podemos hacer otra cosa) sobre el humor, éste le responderá que el humor es o son los líquidos del cuerpo, sin obviar los que llevamos al baño para desechar como meros trastos viejos. Hipócrates, quien sufría de hipus humoristicus, clasifica los humores en cuatro cómicos señores llamados humores cardinales, como si tuvieran que ver con la orientación geográfica de la gente, y son: sangre, flema o pituita, bilis amarilla y bilis negra o atrabilis. Algunos médicos de las nuevas promociones señala que humor es una materia cósmico-visual que tiene que ver con el ojo, de allí que contenga humor vítreo y humor acuoso. El primer pertenece a los humoristas, porque siempre están rompiendo los platos ajenos. El segundo pertenece a los serios aristotélicos, porque siempre están llorando. Cuando nos reímos, el vítreo se rompe y sale a oleadas el acuoso, que en los humoristas es la esencia del humor negro, porque tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe. Al salir el acuoso, sin querer, otros humores intentan el escape, por lugares que si son nombrados podrían provocar el repudio de quien esto escribe.

3.-

Hay que gente que no ríe ni que resucite el bufón de Enrique VIII. Hay gente demasiado seria, gente que no acepta la risa, la broma, el chiste verde o colorado, blanco o acromático u otras menudencias  de lesa humorada. Hay gente que nació vieja y seria, gente extraída con fórceps de nostalgias. ¡Ay de aquellos pobres humoristas que se metan con ella, con esa gente, digo, paran sus huesos en celdas oscuras, donde sólo ríen los ratones, las cucarachas y los fantasmas de lo que ya pasaron por allí¡.

Hay gente que nace sin risa. Y no tienen remedio porque la nalgada que recibió del médico/partero al nacer fue tal que aún les duele. Así serán toda la vida, serios, tristes de profesión. Pero hay otra gente –la gente- que de nada se ríe. Se burla de todo. Es el caso de quien habla en este instante. No le da vergüenza decir lo que dice.

Pese a todo, no queda más que decir, luego de obviar la perfección de quien imperfectamente les habla. Queda decir que el humor salva, como Dios. Parece herejía, pero es que el humor es herético.  Si hay algo más que decir, será bueno recordarlo en otra ocasión, cuando la faja del humor deje de apretarnos.

Periodismo y Literatura

MONTAIGNE: EL ENSAYO, TONTO, EL ENSAYO

Confieso que, a mí, tanta serenidad en una persona me impacienta
y me aburre un poco, pero no hay duda de que, en un campo específico,
el de la política, si prevaleciera la juiciosa actitud de Montaigne, habría
menos estragos en la sociedad y la vida de las naciones hubiera sido más
civilizada de lo que fue y es todavía.
                                                         Mario Vargas Llosa.

1.-

Largo otoño el de la Edad Media, como para oír la voz de Johan Huizinga en tanto en cuanto palabra y silencio se ataron de la misma mano. A través de una mirada periférica, el autor europeo atrapó el dominio caballeresco de William James, quien en “Las variedades de la experiencia religiosa” se atrevió a afirmar que “sentimentalmente, si no en la práctica, nos acogemos a la visión de la vida militar y aristocrática. Glorificamos al soldado como el hombre absolutamente llano, inencumbrado”, razonamiento que roz las orillas de ese pasado del cual emergió aquella literatura “desbaratada” luego por Miguel de Cervantes.

El sueño de heroísmo y amor, como titula el mismo Huizinga en su tratado de historia, se convirtió en una prueba para derribar con sorna o con la seriedad del silencio, todo el aparataje de esa oscura época, en la que y de la que, para felicidad de todos, nacieron los textos fundamentales de nuestras letras.

El contacto clásico sigue siendo base para recrear y fundar proposiciones que hoy están a la mano con nuestras angustias y embargos humanos. De allí que Miguel de Montaigne (1533-1592), quien, en clara oposición a la Edad Media, rechazó todo conocimiento absoluto, lo que le imprime fuerza a la denodada pasión de quienes lo leemos y apreciamos por conocer sus propias limitaciones. Oportunidad que nos brinda el autor gascón para decir que sus Ensayos tienen la facultad de analizar, medir y aquilatar, cualidad ésta que nos remite al origen, a la etimología latina, ligada ulteriormente al griego y  al sánscrito, en el sentido de aplicarse a cualquier ingenio, pero sobre todo al estudio y análisis de los minerales, específicamente al de los metales oro y plata, “para determinar la ley –lo fino, lo puro- de las monedas”. Pero Montaigne va más allá en su reconocida humildad: escribió por hábito de habla, “sin estudio ni artificio”, en su estilo “natural y ordinario”.

2.-

La curiosidad del ensayista francés se aproxima a todo: lo que está cerca y lo que está lejos le conciernen. Nada es desdeñable. Todo lo mirado, tocado, saboreado, olido, acariciado, intuido, enseña algo. De modo que lo absoluto se convierta en afán de multiplicidad.

Excepticismo, inclusive contra su propia búsqueda: terreno fértil para librarse de complacencias y orgullos, soberbias y miopía introspectiva. En medio de esta atmósfera, Montaigne vive para ejercer la “libertad para opinar de todo”. La Iglesia lo convirtió en carne de juicio por ser un escritor peligroso, de cuidado. Antidogmático, el genio de este traductor del tiempo continúa atado a la vigencia de su indagación.

Se desprende de su porfía, una declaración que lo fija definitivamente: “Yo no afirmo ni niego”. Ensaya, experimenta, recorre fértiles e infértiles lugares, sin teoría alguna: renace de una sombra que lo marca en otra, pero sin abandonar el aliento de la antigüedad clásica.

Este género, el ensayo, que no tiene en Montaigne su inventor, se remonta a tiempos alejadísimos, perdidos en la memoria. La antigüedad nos reseña su raíz en elucubraciones morales: diálogo entre los hombres que expresa una definición casi implícita.

En la trama de su desarrollo el sacerdote jesuita P. Mir, en su trabajo titulado “Prontuario”, logró un acercamiento en tano esbozo, proyecto o bosquejo como términos definitorios.

Paralelo a su desarrollo y crecimiento, la sociedad se ha visto envuelta en la madeja de los modelos comunicacionales, desde Aristóteles pasando por Shannon-Weaver hasta la tecnología japonesa y las llamadas redes sociales, tan caras hoy en todos los senderos del hombre.

Las primeras escuelas de periodismo, más de ensayo que de otra cosa, revelaron el carácter individual de una práctica alejada de los cánones de la universidad contemporánea, del academicismo tradicional, tan vapuleado en estos días. Si bien la función del periodismo es indagar, interpretar e informar, también es cierto que el ensayo transita por esos caminos. De allí que en 1903, Pulitzer se convirtió en el primer editor de un diario que ofrece financiamiento para la fundación de una escuela profesional de periodismo. Escuela que ya existía en Breaslau, Alemania, la cual ofrecía los cursos de Ciencia del periodismo, por 1806, intento que estudiaba la relación entre el periodismo (un ensayo) y la opinión pública (otro ensayo si nos atenemos a los cambios de una sociedad emergente).

3.-

En este punto podemos enlazar la opinión de Montaigne y de otros ensayistas en el sentido de que ese periodismo,  que sigue siendo el de hoy y será el de mañana con algunos cambios, informa, explica, interpreta y critica. Aproximación al fin, esté llena de detalles equívocos y anómalos que precisan de un estudio más pormenorizado, calmado y tenido como fuente de búsqueda permanente. En América latina, sin querer mirar muy atrás, nos topamos con “periodistas” que han sido ensayistas: el roce los convierte en practicantes y oferentes de un oficio afín. Henríquez Ureña, Mariátegui, Martí, Picón Salas, Briceño Iragorry, Octavio Paz, Borges, Sábato, Otero Silva, Sanoja Hernández, representan, entre otros, el signo más representativo de este carácter que en el fondo busca un solo objetivo: ensayar el mundo.

Pero así como la forma de ensayar amplía la manera de decir, también el periodismo busca fórmulas de avance. La información, como base empírica, nacida así, convertida en estudio, en indagación, tiene en la modernidad lo que los norteamericanos denominan el “new journalism”, el nuevo periodismo, o periodismo de investigación. El nuevo diarista o el escritor ocasional en periódicos desecha n tanto la información, ya de por hecho contenido en el cuerpo de la nota, para convertirse en una opinión que toca la realidad, la especulación y hasta la ficción. Viene al pelo el experimento informativo de Orson Welles a través de la radio. O los trabajos de Bolch y Miller, Carl Bernstein y Bob Woddward, quienes, en un alarde de labor investigativa escriben verdaderos ensayos para dar a conocer los pormenores de un evento que conmociona al mundo. No se descarta la especulación, la indagación, la búsqueda y hasta la curiosidad ingenua que lo acerca a la literatura. Ese periodismo americano entrega –con dudas por doquier- piezas de creación, donde la información real se confunde con los giros de la más descarada coloración ficcional, como las de Mario Puzzo, John Seigenthaler, Jack Newfield, quien laboraba en el diario “The Village Voice”, en Nueva York; Ed Bok y Mark Sullivan, quienes reventaron el tema de los narcóticos con verdaderos trabajos ensayísticos de contenido ficcional, ambos para el diario “Ladies Home Journal”.

4.-

En “El Cojo Ilustrado”, pintoresca y voluminosa publicación venezolana (1892-1915), encontramos los nombres, entre otros, de Lisandro Alvarado, Eloy González, Cabrera malo, Miguel Eduardo Pardo, Eugenio Méndez y Mendoza, Eduardo Calcaño, Sales Pérez, Alejandro Urbaneja, quienes hacían labor de ensayo con la más ingenua de las tradiciones. Nuestros diarias, décadas después, comenzaron a proporcionar otros contenidos, más allá de lo meramente informativo, lo que hace repetir la expresión del viejo Montaigne: “Yo no afirmo ni niego”, a lo que se podría agregar: El ensayo, tonto, el ensayo.  Ensayar: entrar y salir del error. Pensar.

PALABRAS QUE NO CABEN EN LA BOCA

1.-

Todavía nos acechaban algunos fantasmas, de esos que solían burlar las horas y convertirse en duendes o en fenómenos de la naturaleza, como un trueno o una lluvia pertinaz, tan brutalmente tropicales que hoy destacan en las primeras planas de los periódicos.

Estaban allí muchos nombres de vivos y muertos. Y ese día del año 78, ese día que ya no recuerdo el lugar de la semana, me tropecé con un tipo en la puerta del diario El Imparcial, en el mismo instante en que entraba el féretro de Alfredo Henríquez Arias, nuestro recordado “Charrito”, jefe de redacción del que fuera el decano de la prensa de Aragua.

-Este es el Nono Sucre, el amigo que te mencioné hace días- me dijo Asdrúbal Camejo, quien militaba en el MAS al lado de Nono y de otros personajes que luego alcanzaron esferas superiores en la política tanto regional como nacional.

El tipo me extendió una de las manos de saludar y me sonrió con cierto desgano. De inmediato, en medio de una timidez que aún no me abandona, la amistad se hizo, como la luz aquel otro cercano día del Génesis.

Enterramos al Charrito y luego escanciamos unas cervezas para celebrar el feliz viaje de quien fuera amigo de todo el mundo, quien seguramente así lo sigue siendo desde su esfera eterna.

2.-

Días después conocí la biblioteca del Nono Sucre, quien en realidad y en la ficción se llamaba y se sigue llamando José Antonio Sucre Millán, de los Sucre de oriente y de los Millán también de oriente.

-Bueno, es que yo soy un guaiquerí salao -me dijo en la sala de su apartamento.

Me quedé girando alrededor de la expresión y la acepté para siempre como el mejor vocativo de un hombre que viene de una isla pleno de sol y vientos marinos. Y claro, Nono tenía cara de guaiquerí, de indio del mar.

De ahí en adelante, hasta el día de su postrero aliento, Nono y quien esto escribe fuimos hermanos. Mi familia se hizo suya y la suya se hizo mía. Por él conocí a poetas, narradores, locos, borrachos y alucinados de este país, entre ellos al poeta José Lira Sosa, allá en su calle Guilarte de Porlamar. A Felito en Juangriego. A José Vicente Abreu en la Caracas de los 80. A tantos otros que hoy alimentan nuestros afectos. A su hermana Yaya y a su cuñado Domingo, también en la Isla, quienes me brindaron calor y afectos. A Belkys y a Leonel, a Luis Felipe, a Luis, entre los tantos que lo sobreviven y lo siguen nombrando.

3.-

Nono nació en 1942. No recuerdo el día aunque muchas veces lo celebramos, pero eso no importa. Tenía 68 años cuando partió el día de San José de este año, es decir, el 19 de marzo. Con Nono viajé y trabajé mucho. Escribimos a dos, a tres, a cuatro, a diez manos, de día y de noche. Leímos juntos mucha poesía y se nos olvidó el mundo muchas veces por alcanzar el significado de un verso, o la borrosa truculencia de un cuento.

El guaiquerí salao que fue Nono. El que lo sigue siendo, permanece en la memoria, en aquella que dejamos sembrada en periódicos y revistas. En El Imparcial, entre denuncias políticas, allanamientos y malas querencias. En El Aragüeño, cuando en el suplemento literario “En Letras Vivas” José Aloise Abreu y Santiago Rojas capitalizaban las publicaciones culturales de Maracay, en los primeros años la década de los 70, donde publiqué mi primer texto. En El Siglo, en El Carabobeño, en Notitarde, en La Prensa de Los Llanos, en aquel sueño que de revista devino librería llamado Umbra, donde respirábamos y nos ahogábamos con Eduardo Casanova, nuestro pariente poético y hermano de sangre y huesos.

Fueron más de treinta años de aventuras. De viajes, de flujos y reflujos. Y en esa jornada estuvieron sus hijos Joche, Tania y Piti y luego los otros muchachos que son los más muchachos de él : Alejandro, Valentina y Juan David. Y con ellos, doña Celia, ese ángel maravilloso, guaiquerí, margariteño y del Valle del Espíritu Santo, la madre de mi amigo, que también fue la mía, como la mía fue la de él. Sus hermanos mis hermanos y los míos los suyos. Su tierra la mía y mía la suya. La isla fue mía con sus mareas y mi llano con su inmensidad fue de él. Su Caribe y mi triste río Tiznados se encontraron en muchos paisajes.

Periodista conocedor del idioma, perfeccionista y sin miedo. Malcriado y amable, loco y cuerdo, áspero, amoroso, sobrio y embriagado. Poeta descuidado, ajustado a las deshoras. Un ser humano que andaba por el mundo, por nuestras calles, con su nombre bien puesto. Alunado, asoleado. Ese era mi amigo y hermano Nono Sucre.

Hay muchas más palabras para decir de él, pero esta noche no me caben en la boca.

(Maracay, en el CNP, entre amigos y duendes, la tarde del jueves 2 de junio de 2011)

FRANCISCO, EL DE ASÍS: DESNUDO COMO EL AGUA

1.-

La hermana muerte también fue asunto de alabanza, testimonia la fuerza vital de Francisco de Pedro de Bernardone, desnudo mientras el Cristo de San Damián pronuncia el único verbo que el de Asís llevó en su interior. El obispo Guido Segundo tuvo apenas tiempo para taparle las partes y hacerlo merecedor de la confianza de toda la fe.

¿Pudo más ese mapa espiritual porque Francisco, “el francesito” de Pedro de Bernardone y Juana Pica, arrojó a un lado todo el mundanal ruido para hacerse de los misterios del sacrificio? La respuesta, bastante obvia, afirma la fijación de su eternidad entre 1181 y 1182, cuando por vez primera levitó frente al silencio y sus lágrimas de recién nacido anunciaban la predestinación.

2.-

Tomás de Celano lo dibuja de esta manera: “De estatura mediana, tirando a pequeño; su cabeza, de tamaño también mediano y redonda; la cara, un poco alargada y saliente; la frente, plana y pequeña; sus ojos eran regulares, negros y candorosos; tenía el cabello negro; la cejas, rectas; la nariz, proporcionada, fina y recta; las orejas, erguidas y pequeñas; las sienes, planas; su lengua era dulce, ardorosa y aguda; su voz, vehemente, suave, clara y timbrada; los dientes, apretados, regulares y blancos; los labios, pequeños y finos; la barba, negra y rala; el cuello, delgado; la espalda, recta; los brazos, cortos; las manos, delicadas; los dedos, largos; las uñas, salientes; las piernas, delgadas; los pies, pequeños; la piel, suave; era enjuto de carnes; vestía un hábito burdo; dormía muy poco y era sumamente generoso”.

La imagen fotográfica es suficiente para apartarnos de un mal pensamiento, suficiente para decir que se estaba frente a un hombre hecho para la iluminación y la santidad.

3.-

Una poética divina apareció con el deambular de Francisco de Asís hasta Perusa. Las travesías a Espoleto, el viaje a Roma. El año de reclusión como preso de guerra. Esa patria donde la antigüedad refugiaba la desnudez, la pobreza, la alegría y la presencia de quien desde la altura renovaba diariamente el destino manifiesto de este “hermano menor”, criatura de las más pequeñas protegidas por las palabras del Nazareno.

Esa factibilidad del destino de Francisco de Asís tuvo en sus discípulos la motivación para construir la escuela de la bondad, del abandono por el otro, el que lleva el polvo en la piel, hambre en los ojos, soledad en el corazón, sed en las manos.

4.-

Regado como semilla por el mundo, este San Francisco, viboreante en sus viajes, es el emblema de la naturaleza, de la rebeldía juvenil, de la paciencia y de la belleza. No extraña entonces que su solo nombre inspire confianza, porque se trata de un héroe del espíritu. Francisco fue la antítesis de esa representación feudal y se hizo hombre en la medida de los dictados de su desapego terrenal.

Hombre letras, hacedor de cánticos, oraciones y documentos de absoluta inocencia, San Francisco de Asís refleja sus huellas en Santa Clara, Gil, Inés, Bernardo, Pedro Cattani, Beatriz. Referencia obligada del pueblo de Asís, es el poeta  latino Sexto Propercio y sus palpitaciones abarcan el clima de la Umbría, la Toscana y la Marca de Ancona.

El templo de Minerva, salvado de terremotos y sacudones del tiempo, es sólo una mirada, un estadio, un paseo porque san Francisco se reveló en las estrechas calles de ese vientre donde uno bebe en la voz del que clama.

En nuestros juegos lo vemos ser parte de las imágenes que conforman el pesebre, el nacimiento, invención de quien tenía en aquel Niño milagroso el centro de atención de todos los milagros.

TERCERA PERSONA

1.-

¿Cuántas veces no ha pasado que un poema condiciona el resto de la lectura de un libro? ¿Cuántas veces un texto se agita en  medio del sueño y nos obliga a levantarnos para tomar de nuevo el libro y hacerlo sitio de desvelo, ansia de madrugada y hasta vértigo de sombras como prueba de que otro sueño está en camino?

Con estos versos de Tibisay Vargas Rojas navegamos en el sopor del silencio, allá, muy adentro, donde dormimos con nuestros fantasmas: “Mira, este pequeño pájaro me observa/ sereno, puedo sentir/ que su cuerpo no tiembla, sólo palpita/ en un lenguaje que intuyo,/ mira, se acerca a la distancia de mi brazo/ detallo mi silueta en sus pupilas/ carentes de temor y desconfianza/ tan clara su presencia, su silencio…”. Y nadie me saca de la primera vez de esta inflexión que Tercera persona (Conac, Asociación Civil Editorial Guárico, San Juan de los Morros, sin fecha de edición), de la poeta nacida en san Sebastián de los Reyes y paisaje humano en la capital del estado llanero, quien desde hace tiempo ha sabido ser poeta, envuelta por las palabras y los sonidos que sus sueños y amaneceres le conceden.

Con este libro, con este pájaro de hojas blancas, nuestra autora revisa la casa, la carne de la casa, los lugares donde estuvo y donde creyó estar. Los lugares de su respiración, los sitios donde sentarse y dejar sentado con palabras el motivo de vivir y completar las líneas del poema, las líneas de la mano que traza las imágenes:

Siempre una página por escribir
siempre un espacio
sometido a la espera
al capricho de la permanencia
se ordenan en la despensa los víveres
cuelgan del closet
acicaladas galas para el baile
hacemos dieta
en aras de una hipotética esbeltez
y construimos
ladrillo a ladrillo de deseos
la casa de nuestros sueños
el libro galardonado
viajes y frases se elaboran
en la hábil condición de nuestra mente

El poema sigue invicto en el cuerpo de otro que le sigue en la página. Se desnuda frente a nuestra somnolencia. Nos atrapa hasta dejarnos en la pura piel de sus sonidos. La poesía de Tibisay Vargas Rojas suele provocar que estos se hagan una reconvención: nos llevan de la mano hacia el precipicio donde se advierte el final del verso. Vemos desde su altura la honda vereda de su afán. Digamos, la poeta se habla desde el texto y nos hace advertir su voz en la nuestra cuando, fantasmas al fin, pronunciamos cada palabra: “Estas líneas/ para quienes ignoran que tácitamente/ mañana/ es sólo el espacio virtual/ para las confesiones/ hoy/ el sitio del cuerpo que nos duele/ entre pecho y garganta/ sin hacerse palabra/ ayer/ el escenario de nuestra credulidad/ la evidencia de no contar/ entre el juego oral con comodines/ para el relato de la historia/ que postergamos”.

Esa primera persona del plural se hace tercera en la medida en que se convoca a quien es reflejo del texto, de su fuerza, de sus ganas de entregarse. No obstante, el libro cierra en primera del singular, razón por la cual es necesario afirmar que todas las personas gramaticales se congregan alrededor de un texto para multiplicarse, admitir que “Sólo es cierto que su paso me ha instalado/ en el incómodo espacio de esta sala de espera/ demasiado amplia para mi gusto”.

Alguien ha tocado a la puerta de este libro que es una casa de muchas voces, de terceras personas que han logrado habitarse. Fantasmas al fin, rondan los sonidos, los acosan, se los apropian, los dejan en las páginas para que suenen en cada lugar del mundo.

EL ESCRITOR Y SUS FANTASMAS

 1.-

A Ernesto Sábato le gustaban las entrevistas. No tanto porque apareciera en los diarios, sino porque le gustaba provocar el pensamiento de sus posibles lectores. Es decir, abría una puerta para inclinar balanzas y dejar que el peso de su opinión aportara voces y silencios. Sábato era un excelente polemista. Un hombre de respuestas. Su formación científica estaba presente en todas sus intervenciones.

En El escritor y sus fantasmas, un libro de fragmentos, ensayos cortos e ideas para discutir, el recién fallecido narrador argentino nos deja un lugar donde es posible discernir, estar de acuerdo o no con sus posturas, pero -en definitiva- un libro para mover la inteligencia, sacar conclusiones, elaborar tesis, inventar y borrar emociones.

En la explicación que nuestro autor ofrece al comienzo, Sábato se pregunta: “¿Para quién escribo este libro?” Y responde: “En primer término, para mí mismo, con el fin de aclarar vagas intuiciones sobre lo que hago en mi vida; luego, porque pienso que pueden ser útiles para muchachos que, como yo en mi tiempo, luchan por encontrarse, por saber si de verdad son escritores o no, para ayudarlos a responderse qué es eso de la ficción y cómo se elabora…”, y sigue respondiendo, de la manera más amable. No ha dejado, en todos estos años, de respondernos.

2.-

Con El escritor y sus fantasmas conservo un pecado que debo confesar hoy: fue mi primer robo. Sí, saber que el libro existía, que era referencia en mis estudios universitarios, pero que no estaba al alcance de mi bolsillo, me propuse que estuviese al de una de mis manos. Y así. Una tarde, maletín en mano, me convertí, como en la novela de Markus Zusak, en un ladrón de libros. Fue en una librería de Maracay. En Caracas no pude hacerle frente a este delirio porque me entró todo el terror del principiante. Cuando llegué a la casa con el producto de mi fechoría, abrí la obra de Ernesto Sábato y comencé a leerlo como él me pidió que lo hiciera, como un muchacho, como lo que era. Y desde esos días de la década de los setenta, lo leo. Siempre lo reviso, lo sobo, lo paseo por la casa, lo acaricio, le quito el polvo, le hablo. Él me habla. Sábato me habla, me aconseja. Yo no sé, finalmente, si me hice escritor. Pero sí estoy agradecido de ese señor casi centenario que acaba que arrancar hacia las estrellas. Sábato, a pesar de su sapiencia, me enseñó a ser amable, comedido en algunas cosas, pese a que la inteligencia, cuando se muestra toda, se torna arte de pedantería. Me refiero a la inteligencia de Sábato, pues la mía (¿dónde estará?) casi no se siente, es un préstamo de tantos amigos y no tan amigos, de conocidos y desconocidos a quienes les he robado ideas para poder sobrevivir, como muchas veces también ha confesado Enrique Vila-Matas. Con El escritor y sus fantasmas pasé al estadio superior del crimen  organizado: practiqué lo que siempre planifiqué, robarme un libro sin que me descubrieran. Digo organizado con toda la impudicia del mundo porque me organicé muy bien para hacerlo, pero estaba demasiado solo, lo que hizo que madurara esta inclinación y me empujara a repetir la acción criminal, unas veces exitosa, otras fallida. Un día terminé frente a un policía que luego se echó a reír y hasta le pidió al librero que se quedara quieto. Se trataba de un policía extraño. Yo creo que había leído a Sábato o a Kafka. Y no me arrepiento de  haberlo hecho porque con la lectura del cuerpo del delito he aprendido y he enseñado algo: he sido profesor en muchas aulas, de adolescentes y de universitarios. Y Sábato ha estado allí, con sus duendes, con sus monstruos, con sus pesadillas, con su pesadumbre y su pesimismo, con su incertidumbre y sus rasgaduras filosóficas.

3.-

Más adelante, el tomo nos entrega un “Interrogatorio preliminar” donde el autor recoge muchas de las preguntas que le han formulado periodistas y lectores. Preguntas que tienen, por supuesto, respuestas que han servido para darle cuerpo a las páginas que en este instante tengo abiertas sobre la mesa. Sábato responde con precisión. A veces con demasiada precisión. Es un hombre de ciencia entregado a la magia de la literatura. Es un sabio que no se sale de su espacio. No corrompe el lugar donde habla. Dignifica a quien oye. Lo construye con sus palabras.

Entre las tantas preguntas escojo la última con su respectiva reflexión:

“-Usted que escribió que Borges es heresiarca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma de infinitos bibliotecarios hipostáticos, ¿sabe quién es Ernesto Sábato?

-No del todo. He tratado de averiguarlo escribiendo algunas ficciones. En ellas mis amigos y mis enemigos tienen una buena cantera para averiguarlo”.

Y, en efecto, lo he averiguado: Ernesto Sábato ha sido y es uno de los grandes escritores del siglo XX americano. Una de nuestras glorias civiles. Aunque a veces creo que no existió, que es una sombra de sus héroes, de sus tumbas abiertas, de sus exterminadores, de sus túneles oscuros. Nuestro fantasma personal. El ectoplasma de nuestra juventud.

4.-

La siguiente parte de este libro para “muchachos” habla de Las letras y las artes en la crisis de nuestro tiempo. En estas hojas el hombre es el sino de su angustia. Hombre y tiempo en medio de un caos que ya se ha instalado en nuestro espíritu. “La cosificación del hombre”, “La rebelión del hombre concreto”, “No crisis del arte, sino arte de la crisis”. Ensayos que hunden la daga en medio de dicotomías que han confundido a quien ya tiene algunos siglos sobre la tierra.

La parte final es una larga caminata por un tema que se repite, que se refleja en el agua, en el espejo, en el fondo de los ojos, en el alma del universo creador. Literatura, arte, cosmogonía, ciencia, personajes, corrientes literarias, la lectura y la escritura, dialéctica y sueños. Todo un compendio de emociones escrito en pocas líneas, como para que el lector se instale y no se despegue hasta cerrar la última página con el aliento de tantas ideas. De una idea multiplicada.

Desde aquel día de mi primer delito, desde aquella tarde frente a la fila de libros de diversas tapas y colores,  me enfrento a éste de verde tapa elegante, de sobria presencia que la  editorial Aguilar sembró en nuestros ojos de estudiantes. Se trata de la cuarta edición, la de mayo de 1971.  La avenida Miranda de Maracay me ha sabido perdonar. Creo que el propietario del negocio también. La librería estaba en ese camino diario de mis andanzas de malogrado aspirante a morgues, consultorios y pabellones quirúrgicos. Me quedé con las letras, con la literatura, con la locura, con esta maravillosa genética que sigue vapuleándome. Gracias al maestro Ernesto Sábato. A él y a sus fantasmas, tan amables.

El viaje eterno de Gonzalo Rojas

-O S C U R O-

 1.-

Caminamos por una calle y nos tropezamos con narices que respiran y flotan en el aire, como en aquel texto de Gonzalo Rojas, “Epístola explosiva para que la oiga Lefebvre (1917-1971)”, y entonces, cansado de mirar cielos y amar la vida y la muerte, sentimos que el tiempo ha pasado tan rápido desde aquel 1977 cuando supimos de este poeta chileno que  trabajó en Venezuela como docente en la UCV.

Al escribir en ese mayestático hincado por el calor social que nos envuelve, intento salirme del ruedo para pasar inadvertido. Pero no puedo con el plural y me hago individuo, pese al desgaste de quienes aún creen saberse parte del vientre colectivo.

Me interesa el tono de ese poema, me subleva pensar que soy yo quien camina por Valparaíso, feliz en Cerro Alegre. Me complace saberme objeto de las miradas que pasan a mi lado mientras converso con Gonzalo Rojas en el poema: “…el aire mismo es un exceso/ de nada, tú me entiendes, todo está lleno de nada,/ lleno/ como ese hueco del que nos reíamos/ leyendo a Kafka con el loco Borchers, ¿lo has vuelto a ver/ Juan Borchers?, hueco/ y rehueco todo, no hay piel para esconderse, no hay,/ por mucho lujo que chille, por mucho cemento/ que ondee en la cresta del cielo…”. Sí, toco levemente su saco de relleno y siento que me mira sobre la marea que alivia un poco la caminata por esa ciudad de pescadores y artistas.

2.-

Aquel año 77, joven aún, esta ciudad era un remedo de nuestras nostalgias. Una hora cualquiera cayó en mis manos Oscuro, una bella edición, como la mayoría de las hechas por Monte Ávila, donde vacié la angustia de no conocerlo hasta ese instante. Me acercó a Juan Sánchez Peláez y agregué a mi felicidad que ambos habían sido parte de las costillas del grupo la Mandrágora. Por ahí enfilé mi lectura, por la de saberme conquistado por esa sombra donde el surrealismo pergeñaba la presencia de un poeta chileno, retratado en el cuadro de Vicente Huidobro, publicado en la colección Altazor, para más felicidad.

Me inclino por los últimos poemas de la antología donde brillan Entre el sentido y el sonido, Qué se ama cuando se ama, Los días van tan rápidos y varios inéditos que forman parte del gusto de este instante. Por ejemplo, “Pericoloso”, dedicado a Manuel Bermúdez en Roma en 1974: “Qué rápida la calle vista de golpe, los espejos de los autos/ multiplicados por el sol, qué sucio/ el aire: / y esto era el Mundo?”. La pregunta queda colgada del ropero, en medio del hollín de aquella ciudad endemoniada, mientras la poesía continuaba su azar, su peligrosa intrusión en la cotidianidad del mundo.

Tanto tiempo el libro abandonado. Se deshoja con facilidad, se le caen las alas, pero sigue diciendo en cada texto lo que el poeta de 85 años nos quiso alertar o sacudir, ahora cuando estrena Premio Cervantes y sigue vivo bajo el techo de un pasillo donde hay un patio central y varios pájaros dementes en una fuente apagada.

3.-

Exilado en nuestro país, Gonzalo Rojas es hombre de constantes, como afirmara Reinaldo Villegas Estudillo: “Entre estas constantes destacaremos las que a nuestro juicio cobran mayor relevancia en el ejercicio creativo del autor…Es, en primera instancia, la preocupación dramática por ese correr vertiginoso, por ese transcurrir torrencial del tiempo…Asimismo, la angustia existencial universal, la inquietud que surge de la brevedad, de lo efímero de la vida, por lo fugaz que resulta el paso del hombre terreno…”.

Con razón lo sigo, a paso lento. Valparaíso nos ausculta, pregunta por el olor del mar en nuestra garganta. Un solo espasmo es suficiente para leer este poema y seguir vivo: “Del aire soy, del aire, todo mortal,/ del gran vuelo terrible y estoy aquí de paso a las estrellas,/ pero vuelvo a decirte que los hombres estamos ya tan cerca/ los unos de los otros/ que sería un error, si el estallido mismo es un error,/ que sería un error el que nos amáramos”.

A esta altura, a 25 años de la primera lectura de este poeta hoy anciano, sabio y hondo, vuelvo en primera persona a lidiar con sus pasos y a tratar de alcanzar su tono mientras lee en voz alta el término del mundo, tan infinito como la mirada vertiginosa y lenta en el lomo de un poema a punto de explotar el universo.

Hoy, cuando el poeta de Oscuro se despide, casi centenario, se nos recoge el mundo en los ojos, en la carne que nos queda para afirmar que se trata de una voz universal, muy nuestra.

Sí, oscuro y alejado a esta hora menguada, saludamos la eternidad de Gonzalo Rojas.

KAFKA EN LA ORILLA

-El mundo es una metáfora, Kafka Tamura- me dice Oshima al oído-.
Pero ¿sabes? Tanto para ti como para mí, esta biblioteca es lo único
que no es la metáfora de nada. Esta biblioteca es sólo esta biblioteca.
Eso quiero que quede bien claro entre nosotros.
Haruki Murakami

1.-

En efecto, el mundo es una metáfora, una extraña metáfora que en Kafka en la orilla (Círculo de lectores, Barcelona, España, 2002) encuentra explicación en el viaje de Kafka Tamura, basado en imágenes que tienen su origen en mitos y realidades extravagantes. Metáfora que se adhiere al significado de liberación, de escape del ghetto de aquella Praga donde el joven Kafka sufrió los rigores del padre/gobierno, del gobierno/padre. La metamorfosis sufrida por Gregorio Samsa  se podría explicar en la huída de Tamura (capítulos impares), quien asume el apellido del autor checo, el cual significa “Cuervo”, imaginario y asistido personaje juvenil que habita en la agitada vida del también adolescente de 15 años, protagonista de esta obra que ha dado mucho de qué hablar. Los cambios que sufre Kafka Tamura están centrados en la maldición de su padre, quien lo marca por el hecho de que él será asesinado por su hijo y éste terminará  acostándose con la madre. Edipo prefigurado, añadido por un referente que se hace visible en la historia alterna de Satoru Nakata.

Es una novela contada en dos espacios que no se tocan. Dos historias que se acercan sólo a través de una línea imaginaria. La vida de Tamura y la de Satoru, dos paralelas hacia un estadio donde la incertidumbre y la tragedia configuran un final trágico y onírico.

2.-

“-¿Y cómo se llamaba la canción?
-Kafka en la orilla del mar-dice Oshima.
-¿Kafka en la orilla del mar?
-Sí, Kafka Tamura. El mismo nombre que tú. Una curiosa coincidencia.
-No es mi nombre real. Aunque Tamura sí que lo es.
-Pero has sido tú quien lo ha elegido, ¿no es así?
Asiento.
He sido yo quien lo ha elegido y, además, hacía mucho tiempo que había decidido llamar así a mi nuevo yo.
-Y eso es lo que importa-dice Oshima.”

Así leemos en la página 207, donde se inserta la reciente identidad del personaje a través de la explicación a su amiga la bibliotecaria. Pero también se trata del título de un cuadro que Tamura vio en la oficina de la mujer que resultó ser su madre, la imagen de Electra.

Tamura vaga con “el joven llamado Cuervo”, subtítulo de esta obra de Murakami. Con este “Kafka”, el personaje del escritor nipón viaja de un extremo a otro de Japón para encontrarse con su sino: la realización de la maldición del padre. Se instala en una biblioteca donde encuentra refugio en una mujer, quien resulta ser la madre, y con la que se cierra el círculo de la profecía: se acuesta con ella. La señora Saeki, que así se llama la mujer, quien hasta la última página de la novela aparece como la voz que  conduce a  Tamura a un “mundo nuevo”, luego de despertar de un largo sueño.

Oshima, personaje travestido, el más próximo a Tamura, y quien atiende el servicio de la biblioteca de Takamasu, define la movilidad de quien está a punto de perder el mundo real:

“-Por más que huyas, no vas a ninguna parte.
-Es probable.
-Parece que has madurado-dice.
Sacudo la cabeza. No me salen las palabras.
Oshima se da algunos golpecitos en la sien con la goma de la punta del lápiz. El teléfono empieza a sonar, pero Oshima lo ignora”.

Se trata de la despedida. Desde ese punto Tamura desaparece en ese mundo nuevo que advirtió la señora Saeki, sombra de muerte que arrastra el complejo que el psicoanálisis tomó como base para sus estudios junto con el de Electra, mencionado en la página 232 para criticar el carácter “macho machista” de la tragedia de Sófocles.

La historia de Satoru Nakata (capítulos pares), un hombre de 60 años, pasó por la experiencia de un coma colectivo, luego del cual perdió la capacidad lectora y la inteligencia. No obstante, habla con los gatos. En su travesía se tropieza con un personaje paradigmático, Jhonny Walken (alusión al personaje del whisky, pero con una letra trastocada). Walken, personaje cruel y criminal, experto en matar gatos, es asesinado por Nakata, quien representa al padre de Tamura (por transferencia se cumple la profecía). Nakata, en consecuencia, será parte del otro yo de Kafka Tamura.

Este es un libro que vale la pena leer. En él hallaremos absurdos deliciosos, historias inexplicables que nos acercan al surrealismo, a una suerte de “realismo mágico” manejado con una naturalidad sorprendente en medio de eventos tan reales como la respiración. Este es el libro de una metáfora que nos sacude entre la realidad y un mundo realmente nuevo, escabrosamente nuevo.

Para este lector se trata de la mejor novela de este japonés quien ya está en la lista de obtener el Premio Nobel de Literatura.

JUAN BEROES, DE ARCILLA NUMEROSA


 1.-

¿Qué humedad de la noche visita los ojos de Juan Beroes, si la sangre infinita de su voz alimenta el amor de mundiales tormentas? Juego con los versos de este poeta nacido en Táchira para reconocerlo en una obra cuyo brillo destaca en cada uno de sus trabajos, apreciados en la medida de sus sonidos, en la permanencia de un eco poético cuya perfección clásica vertebra los rastros de un idioma que nos tutela en la lectura de sus páginas.

Mitigo el silencio con un solo día en la mirada: “¿Qué mañana de luz baja a su cuerpo/ y en húmedas, clarísimas campanas/ convierte su calor recién venido?”. Así conmueve la tierra del domingo.

Lo imagino sentado, con la ventana entornada mientras las voces del mundo promueven rostros, palabras, tensiones platónicas en las que Teresa de Jesús hila la música, el susurro castellano.

Entre la muerte y la eternidad lo hallamos, porque muy cierto es que tuvo vocación de intemperie. Bien lo dice entonces Vicente Gerbasi, el venido de la noche, el llegado a la luz, cuando toca la huella de Clamor de la sangre: “…un canto al amor y al cuerpo humano…Juan Beroes recrea el cuerpo humano, lo multiplica en la maravilla, lo ve en sus perspectivas cósmicas y lo eleva a sus misteriosas dimensiones”.

2.-

Y esa tensión en la que Platón como interioridad, “más que serenidad, es angustia lo que impulsa el lirismo de Beroes”, afirma el feliz culpable de Mi padre el inmigrante.

Lo asalto en el canto IX de Clamor de sangre: “Te desata la noche y tu cuerpo me llega/ ¿Qué furor te adelanta y te empuja a mis brazos?/ ¿Qué primitiva lucha viene a entregar tu vientre?// Hay crueldades primarias en tu llegar potente,/ gritos que enroscan y anudan tu garganta/ en mis huesos henchidos de universal ternura;/ hay criaturas que nacen del seno de tus senos,/ de tus caderas amplias como la luz del mundo// Y me riega la sangre que te aprisiona toda,/ la que baja a tus piernas embravecida y ronca,/ la que a tus manos sube para tocar la vida// Y claman en mis huesos los mutilados hombres,/ las antiguas ciudades heridas de repente,/ los ignorados seres que invaden nuestro cuerpo,/ lo sexos indefensos jadeando hasta romperse// Oh fuerza que así llagas el hondo de mi carne/ Oh vértigo de gritos y desatados llantos// Me nutro de las luchas que habitan en tu sueño,/ de tu avidez alzada sobre mi extraño origen;/ me nutro del estiércol que formas con la muerte,/ con tu liviana sangre que corre entre dos cuerpos// Me nutro de esos sueños que habitan en tu nombre// Porque, inmensa, desciendes ceñida de la noche,/ y la boche es la muerte que obscura te desata”.

Me he detenido en este poema porque sintetiza las constantes de Juan Beroes, porque nos recoge en los temas que ha logrado velar desde el cuerpo de una mujer, resumen de una aventura nocturna donde la muerte, el primitivo origen, la sangre y la noche se hacen trasunto erótico, estación de un poeta que necesita ser leído con la misma pasión con que miró pasar desde su ventana entornada el silencio, esa intemperie agreste a la que le sacó ventaja.

3.-

La humedad de la noche lo visita en los ojos de ese cuerpo, es el texto penetrado por el sonido y la música, la vibrante tensión.

Finalizo, para celebrarlo, con el soneto El poeta elogia el pie de su amiga: “Arbusto volador, nevada suma/ de nube sobre rosa y golondrina;/ ruiseñor desvelado que camina/ sobre los tibios hombros de la espuma// Recinto de cristal donde la bruma/ tañe cítaras mil con ala fina;/ céfiro de ese llanto que ilumina/ los cordajes del viento y de la pluma// Pero no toquéis ya su niño cielo,/ ni despertéis con voz hecha de vuelo/ su delicado césped de rumores…// Allá va, cual murmullo, sobre el prado:/ es el pie de mi amiga –pie dorado-/ que por andar descalzo os dejó flores”.

Valga un final para quien lleva nombre y apellido en las alforjas de la creación, vadea los ríos para arribar al cosmos y nos convoca para decirnos: “Soy de tiempo, de arcilla numerosa,/ de oído vegetal que yo levanto/ para escuchar tu luna que me habla”.

LA ÓPERA PRIMA DE FERNANDO RODRÍGUEZ

En algún lugar y tiempo de El libro de las horas, Rainer María Rilke escribió: Creo en todo lo antes dicho, en una suerte de desprendimiento de sus “sentimientos más devotos”. Así, vertido en palabras plenas de esta convicción, Fernando Rodríguez ingresa en el mundo de la poesía con Ópera prima, (Ediciones TalCual y Editorial Libros Marcados, Caracas 2010), trabajo que confirma que lo “antes dicho” ya era parte de esta primera aventura donde la poesía se  muestra con La mañana fresca y asoleada de todos sus sonidos.

Presentado en dos partes, La prosa del cielo y El tiempo de la prosa, el poemario recoge la presencia de Dios y de los hombres, quien habría cometido el crimen perfecto, el de haber dejado la horrible sospecha de una culpa, y el devenir de los sonidos humanos, aquel que Hace tanto ruido en este tiempo/ tanta palabra y tanta imagen/ que el silencio es oro verdadero.

Y así como el nacido en Praga dice amar “las horas oscuras” de su “ser”, nuestro poeta recorre los instantes de Dios, aquellos que ocupó para moldear la especie  y luego condenarla al sufrimiento por los siglos de los siglos, / a la culpa, el dolor y la muerte, la dividió en víctimas y verdugos. Y preguntarse, en medio del silencio del poema: ¿Quién quedaba en la escena/ sino el gran solitario, / a lo mejor aburrido y malhumorado/ ese día sin faenas?

¿Recorrían estas ideas “todo lo antes dicho” hasta convertirse en la primera obra o ya el poema había elaborado en el poeta su propio tiempo y memoria para colocarlo ante los ojos de quien hoy lo lee? Queda pensarlo, pero ya poco importa. Allí está el poema, pleno, vivo, angustiado, más como un ser vivo que como el artefacto que definiera Octavio Paz.

Una Ópera prima viene a ser, más allá de cualquier amago, la obra concebida con “lo antes dicho” y donde el autor vierte sus “sentimientos más devotos”, lo que hace Fernando Rodríguez con creces, con mirada frontal y periférica, porque si bien No retengo los rostros de los ciudadanos, es capaz de advertir El mismo desamparo en todos los hombres: los amados, / los conocidos, / los desconocidos, / la especie, la de ayer, ahora y mañana

Fernando Rodríguez es filósofo. Es decir, se trata de un hombre que ama y trabaja las ideas, que las almacena, las pule y luego las suelta, una vez saboreadas en el interior de su existencia. Este hombre que hoy nos visita con este poemario carga en su espíritu la suma de los hombres, la palabra. Por eso ha dicho: En síntesis, es propio de la especie humana/ que nos topemos con una ínfima parte suya/ y sin embargo seamos miembros plenos de ella.

Leemos una poesía donde estamos como lectores, como habitantes que vivimos ese “desamparo”, con la obsesión con la que también vivió André Gide, la de la idea de la muerte, tan tema de la poesía como el silencio. Por eso no deja de estar en los autores que ha leído, con los que ha respirado y se ha ahogado en la soledad, en aquella donde Dios se encerró mientras trataba de entender al hombre que hizo con las manos.

En estos versos están Goethe, Unamuno, Gide, Blaise Pascal,  Descartes, Machado, Saint-John Perse, Federico Riu, San Juan de la Cruz, Horacio, Spinoza, una presencia plural que nos regresa a Rilke: “Lo leo en tu palabra,/ en la historia de los gestos/ con que tus manos se redondeaban/ en torno al devenir, limitándolo, cálidas y sabias”.

La poesía es parte de esta ambición humana: el pensamiento resume la belleza, la exalta, la celebra. A veces la opaca, la regresa a su lugar de origen, al silencio, pero ya ha sido memoria, ha sido dicha, ha sido soñada, ha sido hecha voz.

Un paseo por “Corolario”: Que la vida sea un sueño/ sin principio ni fin/ es una hipótesis razonable. / Descartes la enunció en la Primera Meditación,/ esa breve caída de su alma tenaz:/ pero así como el día/ necesita de la noche,/ un sueño sin vigilia/ no es un sueño./ Es algo diabólico,/ inimaginable.

Se desliza el poema por el Soliloquio de Segismundo, de Calderón, y se acerca a la realidad cuando incorpora la vigilia, el instante entre un mundo y otro, entre la oscuridad y la sombra, lo “inimaginable”. No hay desperdicio: el poeta ensaya su presencia en un sueño –o fuera de él- como una “hipótesis”, lo que lo hace parte del regusto del autor, filosofa.

Otro paseo por estas líneas: Todos los hombres somos bilingües: / hablamos el dialecto de la vida/ y el lenguaje de la muerte. / Lo terrible, / dicen lo académicos, / es que son absolutamente intraducibles.  Un texto aforístico, develado por el contenido lleva a juicio los extremos de una conciencia: la vida y la muerte. Un texto de estudio, basado en ese  mayestático en el que se advierte un sujeto confundido bajo el cielo de Dios.
De ese ruido que el tiempo hizo palabras e imágenes, hasta alcanzar la impecabilidad del silencio, emergen Mondrian y Machado en un paisaje donde está También la perfección de un árbol/ del parque de la vecindad.
Recorro los pasos de esta parte del libro, la segunda, en la que la posteridad de un poema pasó por la acción de un instante que se creía irrelevante:

Pozo de lluvia
si  yo no hubiese
metido mi zapato en tus entrañas
tu brevísima vida
hubiese sido intrascendente y roma, casi una nada.
El sol te hubiese secado en minutos  fenecido incógnito,
en cambio viviste en la ira que me acompañó un buen rato.
Y ahora eres poema o antipoema.

El tiempo, el tiempo. Incorpora el autor –de familiar manera- el sustantivo antipoema. ¿Será por haberlo borrado, en anticipo con el pozo (¿lo antes dicho?), donde habitaba la imagen del poema, o a la manera de Nicanor Parra,  herramienta “imperfecta, irritante, corrosiva” como prefijara José Ibáñez Langlois en plena cara del autor chileno? Me dejo llevar por el sabor de los contenidos: La antipoesía es poesía, para disgusto de muy serios catedráticos fijados en la cartelera de los insectos con agujas de oro clásico.  Pero eso es  tema para otro pozo donde habitan poemas y hasta espejos.

El erotismo alcanza altura en algunos textos de este libro de Fernando Rodríguez. Una imagen feliz aturde el deseo: Pero nunca olvido,  / nunca olvido/ que se dio vueltas/ y me pidió que me adentrara en sus tersas colinas, en tiempos de juventud, en otros tiempos, ella más adulta.

Y la patria, la tierra donde se nace o se desnace, se vive y se desvive, se muere y se hace polvo el cuerpo y la memoria. El poeta se formula varias preguntas y cierra para decir de un país donde el dolor se afinca contra la memoria, contra los afectos. Por eso, A veces ella me deslumbra con amaneceres diáfanos/ y pájaros amarillos, al hablar de la patria, más allá de la áspera y diaria realidad.

Nos leemos en este hermoso libro de Fernando Rodríguez. La última página podría ser la primera. Volver a ellas, con la misma fuerza de sus imágenes y sonidos, habrá de ser la convocatoria de los futuros lectores.

Fuente: foto elaborada por el propio Juan Rulfo

EXTRANJERO

El recuerdo de mi padre es el de un enfermo que padecía de una herida
de Amfortas, un ´rey pescador´ cuya herida no quería curarse –el sufrir cristiano
para el que los alquimistas buscaban la panacea, el remedio. Y yo, como un Perceval
tonto, fui testigo en mi juventud de esta enfermedad y, como a Perceval,
el habla me falló.
(Karl Jung, citado por Francisco Rivera)

1.-

No era yo de esta tierra, así regresa a las hojas de un libro, a su segundo libro, el poeta caraqueño Adalber Salas Hernández. Y digo libro para decir también tierra de nacimiento o del morir, toda vez que se trata de una aventura en la que se juntan cuerpo y alma para expresar una patria que  existe porque duele, una intemperie donde de madrugada en madrugada/ voy arrastrando tu cadáver, // tu grito sedimentado, / tu hora imposible en todos los relojes…, al decir del padre, constante que alberga esta confesión: yo llegué aquí/ el día que empecé a pronunciar mi cuerpo. Imagen en la que “él”, quien escribe o quien desde “él” se expresa, ambula por estas páginas. Huérfano, nombrado en su carne, esta voz titula Extranjero (bid & co. editor, Caracas septiembre 2010), tomo en el que Salas Hernández –una vez más- asombra con su densa y sólida poesía.

La perfecta plenitud, destacada por Francisco Rivera, en Entre el silencio y la palabra, habita en este trabajo de Adalber Salas. Es una lucha de contrarios: “el desesperante diálogo entre el silencio y la palabra…” He aquí que el poeta se somete a decir del padre pero también a borrarlo, hablar del signo hostil que me dejaste/ y que ahora reclama ser devuelto a la ceniza. Un poco antes, en su primer ajetreo poético, La arena, el vidrio: Ascenso en tres movimientos, nuestro autor escribió: Sólo al morir seré respuesta, y por esa vía, sin aspavientos, entra en la incertidumbre, en la patria y el padre, o en la patria con el padre, en una peregrinación hacia el vacío:

afuera
en la calle
sólo un árbol sostiene la noche

Entonces, quebrantado por esta afirmación, el poeta crea la constante de un clima en el que la figura del expatriado vive a la intemperie, esta oquedad fósil que podría ser la orfandad, que, como afirma Armando Rojas Guardia, es “Vivir desterrado de la propia patria psíquica y espiritual”, lo que “constituye una consecuencia de la relación conflictiva con la figura paterna”.

Pero, ¿se trata de eso o de una figuración? El mismo Rojas Guardia aclara que “patria” significa “tierra del padre”, lo que hace más conflictivo el poema. Así, Salas desata esta imagen: Padre, / no sé qué es esto/ que sorprende en mis manos/ las ruinas impares de tu sombra. El recado está bien dicho: hay dos muestras para diagnosticar la razón del texto. Un referente “real”, inmediato asociado con el padre biológico y, por extensión, un referente simbólico, que nos enrostra lo que vemos, lo que sentimos: un mapa desleído, rayado, mutilado, multigrafiado, en ruinas, un país, un trozo de espíritu, una psiquis aturdida. Estos “padres” podrían negarse en tanto en cuanto la metáfora de ambos no se complemente. Es decir, podría especular que una es justificación para la existencia de la otra, pero que además se contraponen hasta juntarse: leo/ buscando entre las líneas/ una luz/ que borre mis ojos. Y seguidamente: Padre, / arden todavía las piedras de tu nombre, // aquí, / sobre mis párpados cerrados. Los poemas, mellizos, se hacen uno desde la distancia que los separa. Pero sí, vuelvo a especular, se analizan desde la ceguera, desde la sombra del destierro.

2.-

Una patria chica es revisitada por el autor. La voz enclaustrada en la casa, ¿una casa?: Camino de un cuarto a otro…Una casa en la que el personaje se permite ser casi nada, sujeto de castigo o intento de alejarse del dolor. Redención, sí, como destaca Rojas Guardia.

La muerte, sibilina, anda en la boca de quien escribe. De quien calca bajo los pies el nombre del desterrado, el que llega o se va, el que se reconoce en tierra ajena, en padre cuya carne también se reconoce  “en el envés del poema”. En el texto, en el poema, está la patria fundada.

Estas instancias, el padre, el tiempo abierto a temperaturas interiores, la muerte, el vacío, juegan el terco ajedrez de las palabras, en una suerte de reconocimiento, también despedida, ojos finales, patria y padre, borrosos.

3.-

Todo ser humano, más si es poeta, ha sido extranjero en el paisaje. En un paisaje donde el mismo sujeto es paisaje. En este caso, ausente. Por esa razón, Salas Hernández aborda el poema desde una pérdida. Es decir, desde su propia presencia/ ausencia física y espiritual: no busco la redención de mi cuerpo/ busco que mi cuerpo me redima.

El cuerpo pasa a otro cuerpo en el espíritu. Transfigurado, es el padre y también su silencio, su sombra. La patria solar, la de la casa, se advierte en la voz despojada, revelada en todas las páginas de este poemario. Una lectura de símbolos, permeable a la sinuosidad pese a su exactitud idiomática.

(Este lector, impresionista y hasta suicida, alcanza a ver a un sujeto que se deshace de muchas palabras para alcanzar un lugar impreciso. ¿Qué patria no está al borde del abismo? ¿Qué padre no se derrama con el hijo o se extravía sin éste en la tumba/ donde desemboca tu sangre exhausta?)

Que la noche de Gerbasi sirva para esta lectura:

Padre,
hay un poema que pone fin a la noche,

una insólita geometría verbal
que recita nuestra sangre
sin decirnos.

Buscaré esos vocablos:
sé que con ellos sembraste
la tristeza fugitiva de mis pasos

y diste forma a los pájaros
que encienden sus ojos bajo mi lengua.

Termina este viaje con un temblor. A la intemperie, el poeta que es Adalber Salas Hernández cierra este instante con éxito. Se trata de un libro que nos hace huérfanos, extranjeros, limitados en nuestras divagaciones y muertes.

EL SUEÑO PROFUNDO DE BANANA YOSHIMOTO

El sueño me invade como la pleamar. Y no puedo resistirme.
Es un sueño profundo, sin límites; ni el timbre del teléfono ni el ruido
de los coches que pasan por la calle llegan a mis oídos.
No siento dolor ni soledad. El mundo del sueño es cuanto existe
B. Yoshimoto

1.-

Un microclima literario establece su abordaje en el éxito que se instala en un tema que en Japón ha comenzado a ocupar espacio: el cansancio de una juventud que tiene en el vacío una forma de mirar el mundo.

La muerte, ese liviano fardo que el pasado instala en el presente, mientras un cuerpo se aleja bajo  tierra. O ya hecho polvo se disemina sobre el mar, tranquilo, atado a su silencio. La muerte, voraz señora que altiva se mece en un columpio bajo un árbol. Y más adelante, en alguna página, Terako la recuerda en la mirada de Shiori: Un mundo que se desmorona o parece desaparecer ante los ojos de tres jóvenes que viven experiencias vitales, tortuosas, dolorosas, en los tres relatos que le dan cuerpo al tomo Sueño profundo (Círculo de Lectores, Barcelona, España 2007), de la narradora japonesa Banana Yoshimoto (Tokio, 1964), seudónimo de Mahoko Yoshimoto, autora también de Kitchen, libro que ganara el Newcomer Writer Prize en 1987. Un año después se alzó con el Izumi Kyoka para el mismo título. Además de estos libros ha publicado las novelas Tsugumi, N.P., y Amrita.

Terako duerme en el sueño profundo de la derrota, del desgano, a la espera de un amor que no llega, del hombre, Iwanaga, que a su lado no puede atarse a su deseo por no creer en compromiso alguno. Para completar esta realidad, vive el dolor de la muerte de su amiga Shiori. La desolación en el suicidio de esta mujer que practicaba el oficio de prostituta, especie de geisha moderna, actualizada por la mirada dulce y hasta ingenua de una narradora que flota sobre las palabras que reúne para vivir lentamente.

Dormir para olvidar, para borrar la soledad. “Únicamente me siento sola en el instante de despertar”. Y, en efecto, al despertar, aparecen preguntas, “un escalofrío que me recorre la espalda”. Terako, el personaje que ocupa parte de la historia, afirma para develar su desolación: “Ha muerto una amiga mía”. Shiori, la suicida. A pesar de existir “el hombre”, de estar con él, se siente sola, y así saber que llega al “fin de la noche”.

2.-

Sueño profundo es una historia donde el paisaje no existe. Los personajes se mueven entre sus reflexiones. Se trata de una narrativa sin ningún tipo de rebusques. Es decir, voz y cuerpo de la narradora conforman el referente más visible: quien habla construye el paisaje donde se desplazan los personajes. Diálogos y monólogos se ensamblan con las sombras de ese sueño del cual no quiere salir Terako: una metáfora del desapego, del desgano, de una generación que se agotó frente a la tecnología (habría que mirar hacia el lugar donde ocurrió el terremoto, así como el fondo marino donde comenzó el tsunami) ¿En qué sueño se despierta el personaje y se da cuenta de que ha desaparecido el motivo de su angustia, la vida en su entorno?

A veces, mientras piensas que no debes dormirte, te amodorras y tienes unas pesadillas terribles. Surrealistas. Sueños donde pierdo las monedas que he  ido reuniendo poco a poco, sueños donde las tinieblas entran por la ventana y me atenazan la garganta…, y el corazón me da un vuelco y me despierto aterrada. Tengo miedo

Miedo a despertar al lado de alguien que duerme. He allí “la visión tan desolada, angustiosa y salvaje”, afirma Terako.

Shiori entra y sale del espacio vital de Terako. Muerta, regresa: la viva despierta asustada. La muerte se burla, se lleva a Shaori. Ya no está, entonces. Mientras tanto, con los ojos puestos en el techo, hace el amor y sigue el curso del sueño, el de la pesadilla: “Me di cuenta de que la cabeza se me iba hundiendo poco a poco en el respaldo del sofá. Me desperté de un sobresalto e intenté hojear una revista, pero me di cuenta de que leía una vez tras otra el mismo párrafo…”

Terako duerme, entra en el sopor de las sombras. Flota entre hojas y algodón, en el negro de la inconsciencia. No obstante, algo le dice que aún era posible la vida: “Lo que deseaba, en aquel momento, era recuperar el amor vivo que antes sentía por aquel hombre alto que estaba de pie a mi lado. Por aquel hombre al que adoraba (…) Me siento como si acabara de despertar: es todo tan bello, tan límpido, que casi me asusta. Hermoso de verdad (…) Que todos los sueños del mundo sean apacibles por igual”.

Frente al río, que podría ser el mar que recién se alzó con olas de veinte metros, los dos, Terako e Iwanaga, ven caer del cielo el fuego de artificio de un tiempo que ya no regresará.

3.-

En “Los viajeros de la noche” Shibami narra parte de la vida de Yoshihiro, el hermano muerto. Hace de su recuerdo un relato en el que Sarah, una joven norteamericana forma parte de la existencia de un fantasma. Las dos mujeres sufren la ausencia del muchacho. Unas cartas abren el pequeño mundo de esta historia, en la que los tres personajes tejen sus experiencias. Una voz deja la afirmación: “El problema es la parte sucia de la vida”. La que les ha tocado, la que pasa y no se detiene, porque la muerte es un viaje en la memoria de los vivos. Otra afirmación abre un tajo: “Total, los grandes amores siempre acaban mal”, lo que prefigura la corta pasantía de Yoshihiro por la tierra. Dos mujeres que lo amaron, dos mujeres que formaron parte de ese Japón en el que las sorpresas de las tradiciones hacen parte de lo cotidiano.

4.-

El último relato, “Una experiencia”, es la historia de Fumi-chan, quien no puede dormir si no consume alcohol, que lo lleva a imbuirse en una música extraña que lo conduce a una nueva realidad.

Cada noche, al dormirme, únicamente pienso en esto. Por supuesto, sé que bebo demasiado y que no debería hacerlo, y siempre, durante el día, decido que beberé menos por la noche, pero cuando ésta llega, con el primer vaso de cerveza todo se acelera y ya me es imposible parar”.

Así, dice sin esconder nada, si bebe duerme. Y una vez dormida, puede escuchar la melodía que siempre llega para salvarla. En el fondo del sueño, allá donde la borrachera forma parte de ella misma, discute con alguien, con una mujer, suerte de rival que estuvo un tiempo en medio del camino por donde venía el hombre que amaba. A quien ya no recuerda.

Pues bien, se trata de un libro donde impera la tristeza, el paso de un vacío que se hace estado de ánimo en el lector. Personajes etéreos, casi gaseosos, lo que nos impulsa a afirmar que están inmersos en una profunda depresión.

Descripción interior de los personajes, porque el exterior casi no existe. Y así, pasivos, atmosféricos, parecen sombras que deambulan en el aire. Todo el libro construye un poema casi inasible.

EL PAISAJE SILENTE DE YASUNARI KAWABATA

La piedra era áspera y quebradiza, y la lluvia y el viento

habían borrado el perfil del relieve

Y. Kawabata (Kioto)

1.-

El mar entra y sale. El mar se queda estacionado, criminal. El mar entra, sale; sale, entra. Tsunami. Japón es un mar de ruidos, de profundidades traídas de más allá del mar. Japón es una muerte. Los gritos agudos, desde un puente, revelan el profundo silencio de quienes ya han muerto. Japón es un cementerio marino. Japón es una isla y otra isla, inundadas. Un poco antes, Japón fue un temblor, un largo temblor sin fiebre. Un temblor de la carne y de la sangre. Un temblor de tierra de 9 grados que trajo el mar desde lo más hondo y lo ubicó sobre los techos, las palabras y los sueños de aquel país de las antípodas, de aquel país donde el sol es naciente y el idioma entra y sale de los oídos como el mar.

En el mismo instante en que ocurría la tragedia, las hojas de Yasunari Kawabata temblaban en la sombra del sueño. Horas antes había pasado El país de nieve por mis manos, como una celebración a mis amigos Ednodio Quintero, Gregory Zambrano y Silvia González, recién llegados del país de las violetas, caídas del “tronco del viejo arce” donde “habían florecido”, como las vio Chieko al comienzo de la novela Kioto (Ediciones G.P., 1970, Barcelona, España). Supe de esa lengua de gigante, sucia y cargada de escombros, de restos de naufragios antiguos, de casas, vehículos, aviones y sonidos indescriptibles, de asombros desde los ojos mudos. Entonces, como si atendiera a un llamado me llegaron en recuerdo estas líneas de Kawabata:

“Cada primavera, en las pequeñas hendiduras del tronco, las matas echaban hojas y daban flores, casi siempre tres, cinco a lo sumo, cada una. Cuando las violetas hacían su aparición, cada vez que Chieko las miraba desde el porche o desde el pie del árbol, sentía en su corazón una sensación de soledad.

“Aquí nacieron, aquí viven y vivirán…”

También morirán, pero no para siempre. Un silencio pastoso cobijó la mañana de las primeras imágenes de la muerte. Japón era un poema trágico, un haikú momentáneo, un silbido agudo en los huesos.

2.-

Y entonces Kawabata. El país de nieve, mi lectura, lenta y silenciosa como el mismo libro, este mundo donde imperan lo sensorial, sonidos pulidos por el oído más fino, por la mirada más cultivada. Me quedo con la afirmación de Armel Guerne: “Uno cree leer una novela, cuando está viviendo un hechizo”…Así, “el arte diáfano, el hechizo impalpable, la ironía espléndida de la transparencia, la arquitectura invisible de esta “novela” en que todo ocurre más allá, sensiblemente, de lo que se dice en ella”. Y entonces, el mar, la novela criminal del mar, el ruido del monstruo bajo la tierra, la quebradura de la columna vertebral del antiguo dinosaurio que habita en el infierno tectónico del planeta. El paisaje de Yawabata entró en ebullición. Las islas que son Japón se desplazaron más allá de los sentidos. No hay tal realismo en estas páginas, es puro sueño pegado del abono de un país, de las raíces de los árboles, de los huesos de los muertos, de los ojos quietos de Buda. No fue un simulacro, una convención. Fueron la tierra y el mar. ¿Sería aquel tan pregonado Shinkankaku-ha que los críticos arrumaban en las páginas del neo-sensacionismo? No; esta vez fue otra cosa. La novela ocurre, ocurrió, sigue ocurriendo. Nagasaki e Hiroshima, ¿mon amour? están vigentes en el miedo que unos reactores estiran hasta más allá de las crestas del mar. Aquella nación de nieve quedó congelada en el silencio de Shimamura, mientras el tren se detenía frente a nadie. Por eso, “Las mariposas…echaron a volar en cuanto empezó a soplar el viento del norte”. No era el viento, era el mar precedido de aquel susto que aún queda en la boca del estómago de Komako. Tanto silencio en la habitación, tanta blancura en la calle. Tanto país del pasado en estas páginas. Y ahora la muerte, el mar, ese río de escombros y ruidos.

Pero Japón sigue siendo un país de silencio, un paisaje detenido frente a la tragedia. Un país vivo. Un país de tragedias: aquellas bombas, aquellas carnes colgantes, aquella niña desnuda, quemada por la radiación. Y ahora, el miedo, otra vez, una vez más. La novela que leo quema con la nieve, con el sudor de saber que aquel país de paciencia y silencio es hoy un libro roto, deshojado, como el árbol que se agitaba en el patio. Pero un país vivo. Un hermoso libro vivo, silencioso.

Y quedan Kioto y La danzarina de Izu, así como el Diario de un muchacho, Las bailarinas, La historia del sombrero de paja, Antes del invierno. Quedan, sí, en las manos de quienes elevan plegarias y las agradecen.

El mar, siempre el mar. Entra y sale, como un cuchillo. Sale, entra, flujo y reflujo. La marejada. El ruido sobre el silencio de aquel país de nieve, sobre la universal Kioto, sobre los huesos de Kawabata.

El mar entra y sale, viene y va, la resaca. El ruido, el silencio. La resaca del mar, la arena bajo los pies, frente al Universo, frente a la estrellas de aquella madrugada posterior al terror. La locura frente a frente: Komako en un arrebato de violencia. Shimamura aturdido…

Pero cuando quiso avanzar hacia la voz casi delirante, los hombres que se habían precipitado para quitarle de los brazos la inerte Yöko, los hombres que se apretujaban alrededor de ella, le rechazaron con tal fuerza, que estuvo a punto de perder el equilibrio y vaciló. Dio un paso para recuperarlo, y, en el mismo instante en que se inclinaba hacia atrás, la Vía Láctea, con una especie de rugido horrísono, se vertió en él.

La tierra, el mar bajo el cielo. Un ruido profundo, “horrísono”, entró y salió de Japón.

PARA DECIR DEL PRIMER DÍA DEL TIEMPO

1.-

¿Cuál fue la primera palabra que salió de la boca del hombre? ¿Cómo le sonó ese extraño comportamiento? ¿Soñaba, miraba el derrumbamiento de un bosque por efectos de un terremoto? ¿Estuvo consciente de la correspondencia entre lo que sonaba en sus adentros y la cosa designada? ¿A quién iba dirigido eso que emergía de su cuerpo? Todas estas preguntas, quizás parecidas a las de otro hombre un poco más avanzado, estaban presentes en quien ya había acumulado tras su sombra la experiencia de habla. Más que hablar, decir, por lo que tiene esta última palabra en la palabra que describe o narra.

El primer sonido humano articuló el asombro. Pasado ese proceso anímico, éste, quien imitaba los ruidos de la naturaleza animal o inanimada, comenzó otro proceso que enlaza la sencillez del evento sonoro con su significado. Entramos entonces en un campo que la filosofía “académicamente seria” tocó con cuidado porque roza la más popular “metafísica”. Para el primer hombre la palabra no era un producto físico, sino una esencia, una sustancia que provenía de lo desconocido, aliento misterioso, místico. El acto de decir no es profesión de inocencia porque “construir” palabras acarrea el riesgo de diferenciarse del resto de los seres vivientes: el animal que habla define las cosas, las nombra, deja de ser uno más para hacerse superior. Al nombrar descubre y encubre: tiene conciencia de lo que ve y no ve, huele y no huele, oye y no oye, palpa y no palpa, saborea y no saborea. Es decir, piensa, articula un universo que lo precipita al conocimiento.

La evolución de los seres vivos traía en su morral de viaje los códigos para posibilitar la palabra. Esta visión científica –o cientificante-  contrapuesta a la creacionista, se toca en un punto, cuando el hombre adquiere plena capacidad para saber de los poderes de la tierra y de los poderes del cielo. Evento que la sociología y la antropología manejan con acierto en el sentido de refrendar las relaciones colectivas, los acuerdos y convenciones para lograr que una palabra tenga correspondencia significativa con el objeto o fenómeno que se nombra. Los símbolos dejan de ser un secreto para revelarse colectivos, entendidos o confundidos por todos.

Quien nombra dialoga, se sale de él para verse en el otro que lo oye, lo traduce, lo traiciona. Desde este momento, el pensamiento precipita el desarrollo del pensamiento, de la confrontación, del intelecto. Quien piensa, habla. O disimula. O calla. Quien habla, construye. O destruye, pierde la infancia biológica, su propia evolución.

2.-

Biología y mística e enfrentan. Dueño del pensamiento, el animal intelectual se topa con las divinidades, sustancias inmanentes que trascienden en el tránsito del tiempo humano. Diseña un sistema para normatizar sonidos y significados. Sin embargo, la palabra mantiene misterios que la emparentan con la voz de los dioses, presencia invisible (creativa) que dio pie para la fundación de sociedades secretas devenidas en religiones, cuerpos colectivos sustentados en dogmas, claves y significados presentes en el momento de dirigirse a la divinidad. Es decir, el mentado religarse a través del rezo, de la oración. No en vano el “verbo” es el sustantivo más resaltante en los libros sagrados en todas las religiones.

De sujetarnos a la idea de la evolución, habremos de ser parte, junto con la palabra, de cambios, metamorfosis, nacimientos, crecimientos, muertes. Desapariciones, si las sociedades no las emplean o pierden sentido en la medida que aparece otra que sustituya a la anterior. De manera que entran y salen palabras del escenario. ¿Cuántas palabras quedaron sonando allá en el cuerpo lanceado de un guerreo? ¿Cuántas en la boca sangrante de un mutilado por una bomba? ¿Cuál vibró en aquel torpe animal primitivo que aún caminaba doblado? ¿Seríamos capaces de aceptar que seguimos siendo el primer hombre porque alguna de esas voces aún peregrinan por nuestro cerebro?

La idea del hombre creado, inventado por Dios, amasado con tierra contaminada, da pie para decir que el hombre nació hablando, que fue hecho a imagen y semejanza de un sujeto quien le dio aliento de vida y de pensamiento. Que todos hablaban igual al primero, que sólo existía una sola palabra para designar el objeto, cosa o fenómeno. Que más tarde los eventos espirituales lo hicieron caer en la tentación de ser más poderoso que quien lo moldeó. ¿Cuánto tiempo duró ese proceso? ¿Un día, una hora, una semana, un mes? ¿Cuántos siglos hacen falta para evolucionar desde Dios? Que el creador confundió la única lengua y la multiplicó para confundir. Aquí no tropezamos con una idea ingenua de la aparición de las lenguas. Ingenua pero comprensible: toda lengua tiene su raíz en otra lengua. ¿Acaso el silencio no ayudó a crear una? Evolucionan luego de ser creadas, como el mismo silencio. Aquí se “religan” las dos teorías. Volvemos a la primera pregunta: ¿Cuál fue la primera voz que sorprendió al hombre de las cavernas, ese Adán que antes gruñía, que se despertó luego de ser amasado por la mano de Dios o por el tiempo? ¿Cuál fue la primera palabra que Adán pronunció cuando vio a Eva? No sabemos. Lo cierto es que –se cual haya sido  el origen- hubo una motivación, una mirada, un sentir, un movimiento muscular, una algo que crecía en el interior de ese ser primigenio. ¿Sería una metáfora?

3.-

La primera palabra recogió el “absoluto”, es decir, la trascendencia, aunque la voz en sí misma como sustancia es inmanente. No se mueve si no se pronuncia. Y no evoluciona si no es utilizada en distintos contextos. En el mismo instante en que se pronunció, cambió, evolucionó. Fue sacada de su silencio, de su anonimato, y convertida en acción de habla, en fenómeno.

Juan David García Bacca, en sus comentarios sobre Hölderlin y la esencia de la poesía, de Martin Heidegger, afirma que “Jehová es el nombre que Dios se dio a sí mismo, al dar que hablar de sí al Pueblo Hebreo. Y dicen que era nombre secreto que ni se pronunciaba ni se escribía íntegro”. El mundo hebreo se traducía a través de la cábala, de modo que ese nombre misterioso formaba una tetralogía, una polisemia mística, un ritual verbal, porque es un Dios vivo, que se mueve, que mueve al mundo.

Más adelante, García Bacca añade: “Era nombre con virtud y poderes inmanentes, que no se podía tomar en vano, como nadie puede impunemente unir los dos polos de una batería eléctrica”. La fe, la creencia religiosa, da pie para que quienes lo pronuncien tiemblen con sólo nombrarlo.

Esa palabra, Jehová o Jahwé significa “¡Ah, Aquél”. El mencionado lingüista precisa: “Y Aquél es la forma poética de decir trascendente, absoluto. Y la virtud primigenia encerrada en ¡Ah, Aquél¡, Dios es Aquel, nos descubre en un abrir y cerrar de ojos, sin discurso, sin silogismos, sin teoría filosófica previa, lo que Dios es, con mayor respeto, alteza, distancia, originalidad, que lo que pudiéramos ver a través de anteojos conceptuales hechos de ser, sustancia, causa, principio, naturaleza”. La ilustración cristiana de Dios, de Jehová, de “¡Ah, Aquél¡”, es un ojo en el cielo, porque Dios es la mirada que cubre toda la tierra material y verbal.  Dios –desde esta perspectiva- fue la primera palabra, el primer verbo. Suscitó alguna respuesta: ¿Quién eres tú? La respuesta: ¡Ah, Aquél¡, el que mira, el que te mira.

Si nos atenemos a la teoría evolutiva, ¿cuál fue la primera palabra cavernícola mientras tenía a una mujer (¿era la suya?) colgada de los cabellos? ¿O rasgaba con los dientes uno de los muslos de un conejo mientras era sorprendido por un furioso saurio? Pudieron haber sido “Coño”, “Sabroso”, “Carajo”. Tres voces que contienen tres distintos estados.  La primera pudo haber querido expresar sorpresa, miedo, terror. La segunda una sensación física. La tercera,  cortejo, también sorpresa o alegría. Unidas las tres advertimos el torpe y tosco espíritu de la bestia que comenzaba a preguntarse quién era, ¿Por qué sueno por dentro? ¿Qué son esas cosas que salen por la boca? Tantas son las conjeturas, tantos los equívocos que dan para todos los ensayos que se han escrito y los que faltan por escribirse. Probablemente, el tipo no se preguntó nada. Sólo emitía eructos y pedos, y por esa misma razón se habría preguntado lo mismo.

4.-

Cual haya sido el origen, y no nos angustia tanto. Igual, hoy esperamos oír la primera palabra del hijo o el nieto que nos ve desde la cuna. Se preguntará el pequeño animal humano –desde su prehistórica mirada-: ¡quién será este tipo que me hace morisquetas? Y cuando logre acercarse a los hábitos de quien le da el pecho o lo enseña a nadar, lo llamará mamá o papá, que es lo mismo que decir ¡Ah, Aquél¡ él o la que habrá de mantenerlo hasta que se marche de la casa. Y as{i, cíclicamente hasta el fin de los días de esa generación y de otras.

En conclusión, la oralidad sigue siendo un misterio. Tanto hablamos que terminamos confundidos. He allí la gracia de la inteligencia, usarla tanto hasta llegar al primer hombre que apenas balbucea. Decir “piedra” es tan trascendente como decir “computadora” o “microcirugía”. La inteligencia conduce a la oscuridad de los primeros tiempos. O al silencio del caos.

5.-

Los signos gráficos de la palabra representan la borradura de la voz. O como destaca María Fernanda Palacios en Sabor y saber de la lengua, al citar a Roland Barthes: “Escribir es apartarse del signo como presencia y equivale a instaurar su falta”. Frente al evento efímero de la palabra oral, el hombre quiso dejar registro de lo pronunciado. Quiso dejar testimonio ante el futuro y ante la eternidad: ante el hombre por venir y el Dios que siempre estará. Así, comenzó a traducirse a través de imágenes que se aproximaban a lo dicho. Piedras, maderas, pieles de animales y hasta humanas sirvieron de tela de fondo para dejar una escritura que copiaba la realidad y los sueños, luego de haber sido cernidas por la lengua del diario decir. De allí la pictografía, la petrografía tan misteriosa hoy como los signos de la naturaleza para los que dejaron estos mensajes. No fue suficiente la copia de la realidad a través de dibujos, fue necesario traducir el pensamiento, no la realidad. El hombre cambió los trazos y creó, luego de muchísimos intentos, una escritura más cerebral, con más posibilidades combinatorias, articulada, sintáctica. Con los dibujos era difícil expresar muchas cosas a la vez, la sustancia de lo pensado, la densidad de lo soñado. Trazar un cazador frente a un feroz animal podría resultar no tan complejo, pero dibujarlo mientras tenía hambre o pensaba en las estrellas era harto complicado. Piedras que hablan, mensajeros del tiempo, evidencias de aquel sujeto desconocido que logró comunicarse con los dioses y con la modernidad que hoy nos somete.

Lisandro Alvarado estudió esta presencia antigua. En su antología de ensayos nos topamos con un capítulo titulado “Petroglifos venezolanos”, que podrían ser los de cualquier región de la tierra, si no fuera por los signos que las identifican con acciones, eventos y sentimientos de los hombres de este lado del mundo. En él escribe Alvarado: “sabido es el interés que han despertado entre los sabios esas piedras cubiertas de extraños signos que tanto abundan en varias regiones del continente americano”. El sabio nos ubica en un espacio y nos dice del misterio de esos sonidos pétreos, silenciados por la ausencia de sus hablantes. Esta expresión, repito, se acomoda en cualquier continente de la tierra, porque en todos existen muestras de mensajes antiguos sobre objetos. Alvarado nos enseña que estos signos representan inscripciones monumentales, “a semejanza de las que grabaron los antiguos pueblos de Asia y Europa”. Estas piedras pintadas, como se les llama en muchas zonas de nuestro país, son las mismas que adquieren forma de pirámides, menhires, dólmenes y tótems porque buscaban dejar un mensaje al futuro, es decir, trascender. No en vano en la Isla de Pascua los rostros que nos miran desde su dureza pétrea continúan siendo un misterio. ¿Qué mensajes contienen esos rostros, qué nos quieren decir? ¿Qué miran? ¿Qué nos quieren hacer ver hoy en este para ellos futuro que ya es pasado en nosotros? El toro de Altamira sigue presente en las plazas donde el arte de la tauromaquia nos lleva a la Grecia e Hispania primitivas. Lectura arqueológica que ha revelado las noticias más sorprendentes. E inclusive, de una complejidad tan resaltante como la encontrada en estatuas y túmulos de Grecia, Egipto, Asia, África y América, donde nos enredamos con mitologías y estudios del cielo que siguen siendo motivo de curiosidad para hombres de ciencia, metafísicos y artistas.

7.-

Los signos invasivos anulan la capacidad del hombre de quedarse en el pasado. Olvido lo obvio o lo tiene sólo para sustentarse, para sobrevivir, cubrir sus necesidades primarias. Los signos sustituyen todo. Como artificio busca, el humano, satisfacer otras necesidades, como la de comunicar y lograr belleza. La escritura verifica, mediante su evolución, lo que el mismo hombre ha sido y será. Teoría y estudios, de Aristóteles hasta nuestras últimas horas, hablan de la comprensión de los signos, de la doble cara de la moneda, de la palabra: significado y significante, Ferdinand de Saussure. La imagen, un poco más cerca, la tan afirmada por Octavio Paz.

La escuela de la semiótica y la semiología, pasando por la ambigua generativa y transformacional, hasta recalar en la desastrosa conductiva, la interesante genética, la reveladora del constructivismo, han tenido en el signo la puerta que permitirá la entrada al otro lado del espejo, al de su atrás, al de la multiplicidad babélica, tan tocada por el velo de ciertas escuelas anfibológicas.

Michel Foucault dice que “un signo puede ser natural (como el reflejo en un espejo designa lo que refleja) o de convención (como una palabra puede significar una idea para un grupo de hombres”. El autor de Las palabras y las cosas alude el enlace que permite entender su origen: “Un signo puede pertenecer al conjunto que designa (como la buena cara forma parte de la salud que manifiesta) o estar separado de él (como la figura del Antiguo Testamento son los signos lejanos de la encarnación y de la redención)”. La escritura se masifica en la medida en que las tradiciones y costumbres necesitan ser registradas como aquellos dibujos escritos sobre las piedras. Esta vez fue sobre tela, papiro, papel. Aparece el libro, ese permanente testigo que se nos ha regresado al primer hombre que hizo la pregunta y nos ha empujado al futuro, ese que casi nos alcanza si no fuera por el espíritu que se niega a ser aplastado por la banalidad y los excesos de la inteligencia tecnológica y científica. Pero una de las cuestiones que han ocupado más tiempo en el hombre ha sido la búsqueda de referentes que se convierten en belleza. La estética, esa escuela que hurga en el buen o mal gusto del ser, se adueñó de los libros, así como la ciencia y la humanística. La poesía arribó antes que todas las cosas, mucho antes que al escritura, mucho antes que la comprensión de lo oral. El libro, arma terrible para quien lo tiene como aliado, siempre ha estado amenazado por el avance de la tecnología, pero aún así permanece al lado de la cama o sobre el escritorio. Siempre se abre y muestra secretos ocultos, asombrosos, reveladores, sabios.

8.-

Hölderlin escribió que la poesía, “esta tarea, de entre todas la más inocente”, expresión que ha valido todo un libro en el que se involucró el existencialista Martín Heidegger, quien se pregunta: “¿Cómo y hasta qué punto es la más inocente de las tareas? Al hacer poesía comienza por aparecer con la discreta figura de juego, inventa sin trabas  su mundo de imágenes…”, pero más adelante afirma que la palabra es  “el más peligroso de los bienes”. Heidegger reflexiona: “La palabra es el peligro de los peligros, porque ella, precisamente, comienza por crear la posibilidad misma del peligro. Peligro es amenaza que al Ser hacen los entes”.

Contradicción: Si la palabra es el más peligroso de los bienes, ¿cómo puede ser la poesía la más inocente de las tareas? ¿Quiere decir entonces que la palabra hace peligrosa la inocencia de la poesía? Toda inocencia es peligrosa: ser inocente significa no ser culpable, de modo que ser inocente entraña un riesgo, un estado del alma que configura la culpa de hacer belleza. La belleza pierde su inocencia cuando es tocada por la poesía. O, sobre la artritis de las rodillas del ya anciano Rimbaud, ¿no será  todo lo afirmado anteriormente pura majadería? La belleza para algunos es una maldición, una llaga incurable.

INSTRUCCIONES PARA VOLVER A CORTÁZAR

Todos los juegos, el juego

1.-

Julio Cortázar sube una escalera y se pregunta quién lo sigue. Se vuelve ligeramente y “un” alguien verdoso y pequeño le sonríe. Cortázar sabe que está en la página 126 y no halla cómo salir. Cómo despegar de una vez y hacerse invisible. El juego ha comenzado. Pero confunde, bizquea y resuelve hacerle frente al objeto no identificado que lo intercepta:

“-Gran idiota –dice el fama-, no había que preguntar. Desde ahora lavarás mis pañuelos y yo ahorraré dinero”.

Es de imaginar que el autor, Julio Cortázar, sonreía cuando terminó este breve relato del libro Historias de Cronopios y de Famas, un tanto traído por lo pelos como todas las cosas de los sueños. Se trata de un libro incalificable. Humor, ironía, fábula, realidad, surrealidad sirven para cifrar algunas propuestas que nos acerquen a él, y si no ocurre, mucho mejor. Las páginas hacen el resto hasta la 155.

2.-

Desde esa entrada heideggeriana, Cortázar crea lo “metafísico-maravilloso”. O, según el decir de Manuel Durand, lo “maravilloso-biológico”, porque funda –en una atmósfera alucinante- un zoológico a través de nuevas palabras que se insertan en su estilo y en su español. Esa segunda parte del juego, donde lo lúdico, el ejercicio práctico de la imaginación, convierte a los objetos en verdaderos instrumentos de creación, desde una narratividad que cuestiona la realidad y la supera. Jamás hemos dejado de saltar la cuerda y mucho menos soñar que el columpio nos pertenece. Y hasta envidia sentimos cuando los niños no nos prestan el tobogán. Julio Cortázar apuesta al tobogán. Imagina los personajes que no le permitan envejecer. Eterniza el juego, porque la responsabilidad de quien crea, según la puesta en escena del existencialismo, es hacer el juego, motivar la existencia lúdica. De eso Cortázar hizo burla y literatura. Que podría ser lo mismo. Burla para crear y literatura para imaginar la gran trampa de su lenguaje.

3.-

El tercer capítulo del juego/ trampa de Cortázar se materializa en la no definición de sus personajes. Los cronopios, famas y esperanzas son objetos, pero juegan, hablan, se mueven. Hay conciencia en ellos, pero el autor no nos dice qué son ciertamente. Deja el juego en la adivinanza. O mejor, en el acertijo, porque presumimos que son claves que forman parte de eso que llaman el glíglico, es decir, construir un universo lingüístico desde palabras del idioma que usa. Pero son romper con la estructura sintáctica. Hablamos –entonces- de un lenguaje/ juego. Un español, un castellano lúdico que nos hace cómplices -hasta culpables o inocentes- según vaya nuestro gusto, de la ingenuidad de esa intuición de fundar otro idioma desde el propio. Rayuela teoriza sobre este mismo tema en sus personajes: Gregorovius, Oliveira, Morelli. Totalidad imaginaria.

4.-

La cuarta instancia del juego cortazariano en Historias de cronopios y de famas (idea que se puede usar en Rayuela) es la concepción de universalidad, de totalidad. Fondo que nos conduce a una síntesis, a un sentido transmutante. El juego cambia el ánimo y el espacio, es una responsabilidad, un destino. Para Cortázar la poética de su trabajo literario reposaba sobre esa base. El juego, ejercicio de la inteligencia. Por eso cada escalón, cada subida, cada ascenso, es una tentación. “Las escaleras se suben de frente”, y  el juego, entre otros, que  obliga a ocultar la cara es, precisamente, el escondido. La mayoría de los divertimentos infantiles se hacen de frente; hacia el al revés es difícil.  Pero Cortázar nos hace imaginar una escalera para subirla de espalda. Nos entrega unos “objetos-quienes” que tienen sensibilidad, que danzan y se enfrentan, como en los juegos con los cuales inventamos un compañero o compañera a la muñeca huérfana. ¿Simbolismo, alegorismo, fabulismo, trampa que esconde alguna clave del horror? Nos quedamos con la idea de que, sin querer manejar la hipótesis de una temática, se aproximan a la burla, al humor, a la corrosión elusiva. O en mejores términos, a la absoluta libertad de ejercer la inteligencia como Dios o el Diablo mandan.

5.-

Borges, efecto espiral. “Pierre Menard autor del Quijote” también es Morelli. Aquella cita: “La literatura ya está escrita, sólo que los grandes autores son glosados; ser, los escritores, autores”. Los temas, el mundo gira y se repite. Así, cambiar no al hombre abstracto sino al lector concreto. El universo de las letras en nombres como los de Baudelaire, Mallarmé (desde la perspectiva de la crítica moderna) y el surrealismo, Joyce, Ezra Pound (desde el ángulo de la llamada crisis naturalista), crean el gran edificio del lenguaje, la utopía más añorada por la escritura, por los fabuladores y los poetas: la magia, la armadura encantatoria del verbo, un mundo que convoque y acerque más a la invención.

6.-

Esta utopía (haber escrito Rayuela, Historias de cronopios…)que ya no lo es porque es la realidad, y ninguna utopía, por serlo, no puede ni debe cumplirse, más allá de que si ocurre deja de serlo. Se hace realidad: tragedia o comedia. Vida o muerte. de esta manera entramos con Henri Michaux, Maurice Blanchot, a quienes Cortázar frecuentó en lecturas desde su nacionalidad en el francés.

Ha sucedido que Cortázar desechó la amargura que invadió a Michaux y creó personajes antipódicos, muy destacados por un destino real y manido: el bien y el mal, pero matizados por una atmósfera que los coloca en medio de cierto simbolismo a veces rechazado. Ese maravilloso-metafísico, capaz de erigirse en la fábula viviente, destacó la conciencia de unos extraños objetos/ seres que sienten y hablan para no ser oídos y se trasmutan en la lectura que hacemos de ellos.

7.-

La polifonía de Cortázar se hace más musical en Historias de cronopios y de famas…porque sus voces no se identifican en los personajes que felizmente inventó. No son personajes como tales. Son varios Cortázar en una mofa permanente. Interroga desde un sentido que crea una magnífica fuerza fabuladora e imaginaria. Desde un afuera que conmina a los “personajes” a ser objetos, simulaciones. Como Morelli, cada Cronopio, cada Fama y cada Esperanza es su propio narrador, desde las peripecias y juegos propuestos por un espectador de primera línea. Es decir, el otro yo del doctor Merengue. Es decir, Julio Cortázar.

MICROANTOLOGÍA DEL MICRORRELATO II

1.-

Reconozco que no tengo conocimiento del tomo uno de este trabajo de Vera Kukharava, encargada de recopilar las líneas de esta Microantología del Microrrelato II (Ediciones Irreverentes, España, 2010). Y lo digo sin ningún recato, toda vez que se nos hace difícil acceder a muchos libros de otros países. Una suerte de minificción se agrega a la larga anécdota de un mapa discordante, atajado por el silencio y por algunos quebraderos de cabeza. Para muchos, podría tratarse de un motivo para escribir una nueva antología sobre la felicidad de sabernos dueños de estas pequeñísimas historias arropadas por una solapa negra que le da cierto aire de misterio a este libro de los Irreverentes.

Entro y salgo, cierro la puerta. La abro. El libro nos recibe con un prólogo donde Kukharava se pasea por parte de la vida de los cuentos cortos, los cuenticos, los minicuentos, los microrrelatos, eso que también mencionan algunos estudiosos como los short stories, los short-short stories.  Advierte de su desapego a las novelas largas, porque siempre cuentan lo mismo. “Estamos cansados de llevar en la mano un montón de frases aburridas reunidas en 800 páginas que al fin y al cabo nos cuentan, una y otra vez, la misma historia…”. Habría que regresar y tomar por la brida el flaco caballo de don Quijote o andarle con cuidado a las historias de Luis Goytisolo. Que por ahí no vendría tanto el caso para este cronista. Revelarnos contra las páginas del Don Apacible de Mijail Cholojov. O correr sin descanso para evitar a Roger Martín Du Gard y esconder el ladrillo de Los Thibault. Tal vez: los días pasan y los personajes continúan colgados de los párpados de un lector a punto de corroborar si las horas existen. En todo caso, queda en el ambiente el clima de quien lee o duerme. Vale decir que en estos días de sobresaltos los libros exageradamente extensos servirían para nivelar mesas o mesones. No así Gargantúa y Pantagruel, pleno de microrrelatos o de gorduras narrativas que nos pierden y encuentran.  Queda afirmar, sin líneas de expresión aparentes, que todo es relativo. Que no hemos terminado de ver el mundo. Que la literatura siempre será una sabrosa peregrinación por las sorpresas. No dejemos en silencio esta antología, que ya ha comenzado a atrapar a quien esto rasguña.

2.-

¿Cómo hacer para definir el esfuerzo en cortas  líneas que condensan el universo, que lo hacen más inmenso e intenso en pocas palabras? La investigadora venezolana Violeta Rojo, quien se ha dedicado a estudiar la escritura de ficción corta o cortísima, en entrevista reciente, precisó que le sigue pareciendo “que la incapacidad de conseguir un nombre para estas formas breves es algo importante, porque demuestra que efectivamente es una forma literaria proteica, cambiante, des-generada e inasible”. Ciertamente, no pudo haberlo dicho mejor.

En esta antología de Ediciones Irreverentes nos topamos con “proteicos” nombres desconocidos para muchos de nosotros. La autora de esta bella aventura nos entrega las voces “inasibles” y alejadas de nuestro eco literario. Recoge muestras de poetas “cambiantes” que narraron o dejaron poemas narrados, como es el caso del inglés Yeats. Autores que nunca nos habían sonado. Autores que ya habían desfilado por nuestros ojos, como Ambrose Bierce, el del famoso y deslumbrante Diccionario del Diablo. No faltan Esopo, Kafka, Carroll, Swedenborg, Chejov, La Fontaine, Wilde, Babel, Samaniego, Proust, Tagore, Rolland, Juvenal, Darío, Güiraldes o Saint-Luc. Clásicos y casi clásicos. Fabulistas y fabuladores. Inventores e invencioneros. Realistas y soñadores. Locos y cuerdos. Toda una lista de narradores, poetas y pensadores que alguna vez miraron por una ventana y vieron el fin del mundo. O confirmaron la presencia de un dinosaurio en un Mac Donald´s. Con el respeto que se merece don Augusto Monterroso. O se alistaron en el diálogo de un gato y un ratón. Víctima y victimario. Ternura y crueldad. Pues bien, se trata este libro de un recado a los lectores que, sin saber del tomo I, tienen en éste una manera de entrar y buscar el anterior para pasar a formar parte de su respiración.

3.-

Vale comentar la presencia en estas páginas del escritor venezolano Juan Martins, quien vive en un escenario como dramaturgo y director de teatro. Hombre de relatos, microrrelatos, minicuentos y saltos al vacío cuando se trata de entender el mundo. “La herida del cerezo” es su presencia en la antología de Vera Kukharava. La elegancia de su texto nos invita a seguir leyendo estas hojas que se nos hacen primaverales, más allá del otoño de algunos autores.

De la primera a la última página. De la portada a la contraportada, viajamos en un libro de sabrosa textura. Una edición bien cuidada y agradable al tacto visual. Sólo una sugerencia: no sabemos de los autores. Una microbiografía de cada uno de ellos habría sido suficiente.  Buena razón tiene el Corán al decir que “Dios enseñó a Adán el nombre de todas las criaturas”.

Por ejemplo, sabríamos de Vásquez Rial, Miguel Ángel de Rus, García Tirado, Fernández Argüelles, Nelson Verástegui, Ignacio del Moral, Juan Patricio Lombera, Fornells, Gómez Rufo, María Zaragoza, Lera, Cortés Blanco, Fabricio de Potestad. Sólo para nombrar parte de los primeros que aparecen en el índice.

Una enjoyada mariquita se desliza lentamente por la lisa y plastificada portada del libro. El escarabajo podría ser Gregorio Samsa, en una suerte de lección digestiva. Traga letras y expulsa comas. Otro cortísimo relato para esta hermosa travesía irreverente.

Foto, de izquierda a derecha: Patricia Gonzalo de Jesús, Adriana Krásova y Vera Kukharava.

 

LA ÉTICA: ¿UN SERVICIO PÚBLICO?

1.-

Desde el Concilio Vaticano II, el tema de los medios de comunicación ha sido tratado por la Iglesia como un asunto que toca lo social. Desde esta perspectiva, los mismos mass media han destacado que le ética, el carácter deontológico de este servicio y la visión de mundo de los periodistas, toca puntos relevantes que tienen que ver con esta preocupación del Vaticano.

Es decir, más allá del fondo mercantilista y publicitario –sin olvidar lo propagandístico- los medios han intentado asumir su responsabilidad frente a una sociedad cada día más compleja.

“La información suministrada por los medios está al servicio del bien común. La sociedad tiene derecho a la información basada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad”. Esta tesis, sustentada por el Concilio Vaticano II, no se contradice con los manuales de ética periodística de los más importantes periódicos del mundo.

Esta dialógica, esta pertinencia entre la Iglesia y la ética, ha encontrado muchos escollos que han dado al traste con un verdadero encuentro entre los factores que mueven la sensibilidad y el ejercicio de una profesión tan delicada como la periodística. Gobiernos e intereses económicos han revelado intenciones que podrían torpedear la labor seria de quienes a diario se enfrentan con la realidad, con la verdad convertida en propiedad de quienes se creen “factótum” de la palabra y los hechos del día a día.

En lo concerniente a la ética en la publicidad, se concibe como un servicio público, útil en el desarrollo económico, no sólo de empresas y emporios comerciales, sino de sujetos individuales que atienden a este tipo de información, toda vez que una sociedad es una red de intereses que contribuye con el desarrollo colectivo y personal. La publicidad es una técnica de convencimiento por la vía de la persuasión, por la ruta subliminal. Por supuesto, quien la maneja debe procurar ajustarla a un comportamiento, cuyo impacto favorezca a todos los consumidores. Tanto así que el mismo Papa pablo VI llegó a decir que “Nadie puede escapar a la influencia de la publicidad”. Cuando afirmó esto no se estaba poniendo al lado de una campaña para prestigiar un producto manejado con fines publicitarios. Se refería al hecho de que vivimos entre mensajes y metamensajes, razón por la cual podemos aceptar el manejo democrático de su incidencia, en el sentido de que la comunidad puede escoger entre ls diversas opciones de acuerdo con sus intereses, sus materiales culturales y sus efectos.

La revelación más expedita para entender lo anterior lo encontramos en esta declaración del Pontificio Consejo: “la Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica”, en lo que se refiere a los “aspectos positivos de la publicidad política. Sin democracia esto es imposible, por supuesto, no debemos olvidar que la propaganda, tan cara a los regímenes populistas y totalitarios, suele ser disfrazada como publicidad para activar respuestas dadas a prolongarse en el poder. Este es uno de los lados malos, negativos, de la publicidad. Queda entonces que quienes ejerzan el oficio tengan una formación cultural y social lo suficientemente sólida para enfrentar las tentaciones de la maquinaria del poder económico y político. Una publicidad basada sólo en el lucro desfigura la función de este importante factor de los medios de comunicación.

Una vuelta de página nos permite hablar de la ética en la comunicación. Los diez más grandes diarios del mundo, entre ellos Le Monde, The New York Times, The Guardian, Folha de sao Paulo, El País y el ABC de España, El Universal de México, Clarín de Argentina, El Mercurio de Chile, han entregado a sus periodistas y lectores manuales donde la ética y la deontología refieren la debida conducta de los profesionales de la prensa.

2.-

El presidente del Observatorio de Medios de Chile, Marcelo Contreras, en el prólogo del libro de Camilo Taufic, titulado La autorregulación del periodismo: Manual de ética periodística comparada, dice: “Se ha llegado a afirmar que la mejor ley de prensa es aquella que no se dicta, pero lejos de ser una actividad desregulada o carente de normas, el periodismo más íntegro se rige por estrictos deberes autimpuestos, que no sólo establecen las “reglas del juego” para sus periodistas y el marco y límites para el propio medio, sino un compromiso explícito con la sociedad y la opinión pública, en cuanto a veracidad e imparcialidad”. Esta declaración no se contradice con el concepto de “comunión de personas y comunidades” que la Iglesia maneja con fundamentos. En efecto, la ética es un asunto personal y colectivo, va más allá de códigos o reglamentos, razón por la cual hay que concertar para construir un “marco cívico profesional”. En tal sentido, hablar de autorregulación y carácter público implica ahondar en el carácter social del ejercicio periodístico.

Para darle fuerza a lo señalado, el libro mencionado en líneas anteriores destaca sobre la búsqueda de la verdad: “La primera misión de un periódico es decir la verdad tan fielmente como la verdad pueda ser comprobada. En la búsqueda de la verdad, el periódico debe estar preparado incluso para sacrificar sus propias posiciones, si tal cosa es necesaria para el interés público”. Un viejo y sabio dicho popular, que tiene como fuente la Biblia, destaca: “Por la verdad murió Cristo”. La verdad y la vida son la fuente del cristianismo. La verdad y la vida atañen al tiempo de la justicia.

Los medios elaboran campañas, sobre este aspecto señala la fuente: “Este diario (se refiere a cualquiera de los mencionados en líneas anteriores) no realiza campañas ni a favor ni en contra de posiciones ajenas, sino que se limita a reflejar los debates que se dan al respecto en el seno de la sociedad”, lo que toca necesariamente el equilibrio, el cual “requiere la presentación de hechos relevantes sin distorsiones, en su contexto e incluyendo la visión de todos los actores involucrados en éstos. Es decir, el diario y los periodistas no deben tomar partido respecto de ningún tema, persona, organización, partido político o credo religioso”. Hablamos de la objetividad. Así, de la imparcialidad. Y de allí a rechazar las presiones de sujetos individuales, grupos políticos, económicos, ideológicos o religiosos. De allí, igualmente, y valga la seguidilla, la dignidad humana, tan en boca de poderes y nuevos profetas. La Iglesia, que es la voz del que clama, nos avisa sobre este asunto: la vocación es comienzo y fin, alfa y omega. Que nada perturbe el camino de la palabra, de la que sana y construye. La ética no es una fórmula, es una manera de respirar, de vivir, de mirar el paisaje, de hacerse parte de él. Si la soledad fuese un designio, no habría ética. Su invento, allá lejos en la inspiración clásica, tuco sustento en el colectivo, en la “polis”, en la “civitas”, en la reflexión urbana. Así, el sentido de la comunión. Del pan compartido. En algo se parece una nota de prensa en la que quien escribe enseña y recibe de la calle la retroalimentación. Para los cristianos, Dios siempre recurre al feedback. Quien no lo advierta admite que su soledad es tan ética como la de un grupo de hooligans en