RELATOS FASCISTAS, UN LIBRO BRUTAL Y REFLEXIVO
Violeta Rojo
Hay libros que son hijos de épocas complejas y de dolorosas experiencias. Libros que sólo pueden escribirse en “tiempos interesantes” como los de la maldición china. Relatos fascistas de Alberto Hernández es uno de esos libros, uno que viene de vivir en la Venezuela “revolucionaria”.
No espere el lector un libro divertido, que le permitirá relajarse leyendo buena literatura. Encontrará la buena literatura, pero también el reconocer eventos brutales, circunstancias fuertes que se hacen más terribles porque las hemos vivido, recibido por la prensa y la TV, comentado con espanto al llegar al trabajo. Este es un libro ficcional que tiene el referente preciso de la Venezuela en los últimos 14 años. Han sido años duros que quizás sólo puedan mostrarse en un libro brutal y reflexivo.
Los textos de Relatos fascistas de Hernández tienen una estructura interesante: cuentos breves y brevísimos unidos por un tema común: el fascismo cotidiano. No es de extrañar entonces que los epígrafes sean de Stalin, Goebbels, Pinochet, Guevara y otras joyitas. Estos epígrafes –que el lector duda si sean ficcionales o verdaderos- funcionan a su vez como minificciones paralelas. Por una parte acompañan el texto, por otra se pueden leer en sí mismas como aterradoras pequeñas piezas. Stalin dice sin pudor: “Una única muerte es una tragedia, un millón de muertes es una estadística (3). Goebbels no pierde el cinismo ya famoso por el lema de Auscwitz (“el trabajo os hará libres”) cuando dice “Gobernemos gracias al amor y no gracias a la bayoneta” (6). Mussolini declara: “Nosotros estamos contra la vida cómoda” (7), Pinochet no tiene empacho en afirmar: “Soy el general de los pobres” (29).
Estos epígrafes llevan a cuentos desoladores, en los que la muerte es el protagonista principal, en los que el acabar con los enemigos es la norma: “Es que hablaban mucha pendejada contra el jefecito, contra la patria, contra el joropo, contra nuestro futuro” (27), dice uno de los personajes para explicar que se acabe con los que piensan distinto. Los temas, aparte de la muerte constante que planea en todos los cuentos es el dolor, la tortura, el poder “esa mierda que hincha y hace a la gente más bruta” (10). Los personajes de Hernández están muertos en vida y o fueron muertos por el gobierno, o están en esa otra muerte conformada por el mundo sórdido de poetas de la revolución, ectoplasmas de enanos de espíritu, gente a la que le gusta estar al lado de un hombre fuerte, u hombres fuertes en sí mismos, llámense Adolfo, Saddam o el comandante que pulula por una ciudad destruida. El fantasma del 11 de abril (con sus misterios, desconciertos y esa sensación que todavía nos acompaña de que no entendemos qué pasó) es otro habitué de estos cuentos.
En esta realidad agobiante que nos presenta Hernández, la gente escapa relajándose frente a televisores apagados o tomando otras medidas, como en
ECO
Las revoluciones profundas, de largo curso y huella duradera, no la hacen escritores, sino oradores./ Adolfo Hitler
Cien horas llevaba el hombre frente al micrófono. Como no se le entendía lo que hablaba y la gente estaba agotada, ésta apagó los radios y los televisores, pero aún así el eco de la voz les entra por un oído y les sale por el otro. (45).
Como dije, Relatos fascistas no un libro fácil, ninguno con ese título puede serlo, pero es un libro necesario. Gracias a Alberto por drle forma literaria a estos duros tiempos que pronto llegarán a su fin.
«Poética del desatino»: Exaltación del silencio y el tiempo*
Edda Armas
(*publicado en el Papel literario. El Nacional, sábado 4 de julio)
Poética del desatino ancla en un espacio de oriunda y frenética libertad. Es corriente del pensar abrumado. Falta de prudencia por la urgencia del decir, lo que en este caso se celebra. Entresueño o entrenubes: orificio del ojo en todo caso, por el que Alberto Hernández pasa la agujilla para armar este nuevo traje, este nuevo libro. La permisibilidad que otorga la acción del desatinar: sea “fallar el tiro o la puntería” es lo que afila descomunalmente la punta de la agujagrafía en esta ocasión, pero paradójica y atinadamente, con el “don del acierto”, ya que la escritura hace un cristalino regalo al lector, al ubicarlo frente a las notas que podríamos llamar “al margen”, en protagonismo real. Memoria. Apunte. Idea para desarrollar. Lo que se duda. Lo que se exalta. Lo que se elige, lo que se reprocha o borra. Por tanto, intuyo, que el deseo que acá hizo realidad el autor, es el compartir lo que ha ido acumulando, reconociéndole un lugar. Acá tomó fuerza el sacar de las sombras y rincones: lo escindido. Lo que el autor llama “la zurrapa”, y que en el devenir de la lectura se aprecia como densa y carnal decantación reflexiva; de lo rumiado hacia dentro por años, en torno, alrededor, por encima y por debajo, en temas de importancia para todos: la estupidez, la muerte, el uso del adjetivo, el silencio, el sentido de las palabras, algunos nombres de la literatura de aquí o de más allá, o el cómo del poema no escrito aún.
Permitirse el humor, tal y como Alberto Hernández se lo permite. Cara directa del desvarío; a sabiendas de que no lo es, es el caso de este libro, una estrategia que coloca la palabra escrita cercana al lector de sus páginas. Ese lector capturado, ya libro en mano, pasará sus ojos por las letras del índice para advertir la densidad del bosque: Vértigos, Ajuste de cuentas, Paradojas, Limitaciones, Promesas, Iluminaciones, Necedades y Demiúrgicas, a manera de gavetas que podrán explorarse de manera aleatoria, sin peligro de perderse de nada, siendo –otra vez- una gran y redonda verdad aquello de “que las partes nos llevan al todo, siendo el todo más que la sumatoria de las partes”. Y es que, en el caso de Alberto, logra en la construcción de Poética del desatino, la sumatoria cómplice del poeta con el crítico (carril en el que se mueve con destreza y generosidad desde hace años, para bien de la crítica literaria en Venezuela) añadiendo entonces de manera precisa y exprofesa la intencionada observancia del periodista atento que lo habita. Es desde ese ojo, desde lo afilado de ese mirar –a la mejor manera del vértice- que estas páginas resumen lo que ha extraído de interminables lecturas, reflexiones, y también trances.
Así es. Y así lo hallarán, despellejadamente libre y personal, escribiendo lo que le dolía y duele, lo que percibía y percibe, lo que sopesa y calibra, lo que pasaba y sigue pasando por su cabeza, tras mirar lo de afuera, pero también aquello que se ha alojado en su corazón de escritor, porque también se permite revelar, marcar, ahondar, sus preferencias o dolientes cercanías con la obra de algunos autores, que de una u otra manera, en lo particular, han sido ejes desu concentrado mapa escritural, cuando de crónica o de críticas literaria se ha tratado, a la mejor manera de una Memoriabilia muy personal. Nombres acotados, como Renato Rodríguez, con su “Al sur del Ecuanil, que bien valió borrar el Ecuador”; Alfredo Armas Alfonso “con sus historias de golpes de estado, historia de la literatura: ficción y realidad en una competencia de heridas y gritos”; Cubagua, la novela de Enrique Bernardo Núñez –la que este año, por cierto, celebra sus 80 años-, recordándonos que “Dentro de su cuerpo, Leiziaga contiene otro cuerpo y la teoría del tiempo”; o Fernando Pessoa “y sus personalidades que obedecían a la frecuencia de las mareas”; o “escribir un recado donde hable Eliseo Diego”, o como “el demonio habita en la mirada inventiva del niño de Cassinelli”, según escribió Franz Kafka en la Muralla china; o el Diccionario del diablo “entre cuyas páginas encontró la agonía perdida su autor Ambrose Bierce, aunque alguien se la robó cuando llegó a la última página”; algunas acotaciones en Iluminaciones.
Gerbasi, Gallegos, Cantaclaro, Meneses, Francisco de Quevedo, Jorge Luis Borges, Diógenes, Contramaestre, Rafael Cadenas, Derrota, Liscano, Ezra Pound, Alfonso Reyes, Pepe Barroeta, Dulce maría Loynaz, Juan Rulfo, Vallejo, Rimbaud, Carlos Augusto León, Georges Bataille, Luis Alberto Crespo, Pierre Reverdy, Escritos para una poética, Juan Calzadilla, Juan Sánchez Peláez, Víctor Valera Mora, Teófilo Tortolero, Eugenio Montejo, Luis Barrios Cruz, Alejo Carpentier, Octavio Armand, Arnaldo Acosta Bello, Mario Briceño Iragorry, Garmendia, Los pequeños seres, Teresa de la Parra, Ifigenia, María Fernanda Palacios, Jaime Sabines, Adán y Eva, Disneyworld: algunas estaciones/ algunos domicilios re-memorados por el autor en Poética del desatino.
Asombros más que desatinos, resultan estos viajes medulares del pensamiento anotado por Alberto Hernández, en diferentes extensiones según el capítulo, pero incluso algunos breves, a la mejor manera del arte del aforismo (1), que ha tentado a escritores y artistas de todos los tiempos. Sea el caso de Los cien aforismos: la segunda visión del pintor Franz Marc (1880-1916), un verdadero testamento filosófico escrito durante su movilización como soldado en la I Guerra Mundial, un año antes de ser abatido por una bomba. O Voces, del maestro Antonio Porchia (1886-1968), un único libro de aforismos, editado la primera vez en 1943, con sucesivas reimpresiones hasta nuestros días, con el que “Porchia restituye al aforismo su exacta dimensión de aforismo, su identidad que no consiste en una mera enunciación abreviada, sino que responde a leyes propias que se fundan en esa necesidad de proveer a la lectura múltiple, que hace del aforismo un género poético irreductible a otras formas del discurso” (2). Y esta precisión nos resulta válida y genuinamente extensible, para los aforismos que llamándolos Dichos (3), viene publicando en nuestro país el maestro Rafael Cadenas, navegando a voz propia el arte reflexivo en brevedad.
Es entonces, en esta tradición con historia, que se apuntala con tino el nombre del poeta Alberto Hernández, con las 86 páginas del libro que hoy queda bautizado entre ustedes; exaltado su silencio y su tiempo detenido en el mirar del afuera desde el adentro, ensañada su palabra cuando escribe: “El silencio es verbal. Ninguna palabra tiene sentido si no obedece a su propio silencio”. Recórranlo pues, sin prisa, ya no la tuvo el autor al escribirlo; y sí temblor y sí dolor al apreciar que es lo que se decanta cuando evocas lo vivido; lo amado; lo que no quieres perder.
(Palabras leídas en la Librería Kalathos. Sábado 28 de mayo 2011).
Notas:
(1) Aforismo, según el DRAE: Sentencia breve y doctrinal.
(2) Cerrato, Laura. En: Prefacio a Las Voces abandonadas de Antonio Porchia. Pre-Textos, Valencia, España, 2001.
(3) Cadenas, Rafael. Dichos. Ediciones la oruga luminosa. Colección El Paso de la Danta. San Felipe. Venezuela, 1992.
Puertas de Galina
Dios, forma de círculo abierto y tejido del portal metido en los ojos del lector. La ambición de la palabra donde el paisaje establece conexión con aquello que se limita en la otredad del espacio o bien el espacio es una alteridad producida por el lenguaje. La Puerta (en su interpretación hermenéutica del signo) es aquí metáfora de la memoria para signar las condiciones en que se encuentra la voz del poema. Así cada poema es la descripción emocional de lo que se va haciendo portal, se va haciendo este lugar de lo simbólico. Si acaso el límite será el sitio que ocupa el portal, esto es, el sendero de aquello que identifica lo otro. Lo que está dentro será también el afuera del sujeto que se precipita sobre la lectura del poema: se va haciendo en él aquella realidad que rodea a la voz del poema, el sentido que lo define por medio de esta intersubjetividad entre el lector y la voz. De modo que la Puerta es signo de inmaterialidad a objeto de definir una mayor subjetividad con las cosas en el encuentro con la lectura. La puerta es también la naturaleza de las emociones: retorno, vigilia, cerrojo y portal no son más que signos cuyas significaciones constituyen la racionalidad con aquel espacio limitado por este portal. Pero éste, en signo verbal, se halla abierto y sin murales, como si su figura en la imagen del lector adquiriera el sentido surrealista de su representación. Es decir, puertas representadas sobre espacios abiertos para rechazar cualquier rigor arquitectónico: aisladas de toda lógica en medio de la nada, puertas cuya soledad solo tienen cabida en la significación del poema. Decía que representan la racionalidad de la emoción, puesto que busca en el lector un diálogo con aquella subjetividad que ordena lo simbólico de la realidad, su alteridad y signo trasvertido. La puerta es un símbolo, insisto, en la construcción verbal del paisaje. El paisaje, el contexto donde la palabra se define: cualquier ciudad de España, Caracas o Calabozo se identifican con la escritura que la hace posible. La realidad existe porque es la escritura quien la funda en ese lenguaje que nos va descubriendo: la otredad, pero ésta además se identifica con lo religioso del poema. Dios se hace presente como instancia del dolor cuando el verso lo va signando en el desarrollo del poema, en la secuencia de una posible narración, cuya sintaxis se ordena en la memoria, en el referente de las palabras y en el recuerdo que tiene el lector de sus propias emociones, a veces, temores y su apego amoroso por aquel sentido urbano de la puerta, como si quisiera encontrar su diálogo con el libro, si entendemos que éste es la estructura necesaria para lo que está definido en el título del poemario. El tema se hace recurrente como lugar de la otredad la cual está del otro lado del portal. Un portal místico en la búsqueda de Dios. Todo es posible en el límite de una realidad con otra el cual impone la figura de la puerta, pero se saciará esta ambición a partir del vacío que se representa hasta hacerse en el poema una exigencia legítima de la escritura: el poema breve, otras, la prosa, siempre, la estructura simbólica de la palabra a objeto de decir, como lo sabemos de la poesía, el carácter simbólico del signo. Y a mi modo de entenderlo, de arraigo religioso: a juicio de la mirada/el mundo rueda en la cresta de Dios//pequeña arqueología de pasos,/roces del viento,//una puerta abre el temor/ y el tiempo lo sabe… y permite que este tiempo sea ficcional: una realidad que se abre ante otra diferente: el temor, el dolor y lo desconocido pueden estar del otro lado de la puerta, y lo están. Se transgrede el valor de la realidad y subvierte su orden real. No es hábitat sino de las emociones. Y la memoria es la sustancia con la que se verbaliza estas realidades en constante dinámica de contrarios. El residuo de la memoria es una abertura del sentido o una visión heterodoxa de las ciudades. Puerta será entonces memoria, oscuridad, silencio y vacío, pero además la emoción del paisaje con lo que se identifica gran parte, sino toda, la poesía de Alberto Hernández. Como espacio abierto la puerta es un signo de filiación con el paisaje para su lector. Pero paisaje de las emociones que tejen un modelo poético de este sustantivo, puerta, que se reescribe y se hace verbo en este divertimiento que todavía es la poesía y consigue, en la interpretación del lector, la condición humana a la que signa la palabra: Puerta del rey, Puerta de Salamanca, Puerta de Alcalá, Puerta de Compostela y Puerta de Lavapiés apenas algunos de los títulos de los poemas. Más adelante otros títulos un tanto evocadores del signo: Pasillo, Hendija o Visillo. Tomados aquí al azar son la representación de aquella relación con la puerta, su contenido, su espacio poético y el lugar de la memoria que ocupan, como si quisiera narrar aquel relato el cual pertenece a la voz del poeta, si se quiere, a las emociones que es de todos. Un gesto amoroso por el recuerdo que ahora ─me tomo la libertad─ hago mío.
Puertas de Galina
Alberto Hernández
Editorial Memorias de Altagracia, 2010
Puertas de Galina
GALINA: UNA CIUDAD DE PUERTAS INFINITAS
Gregory Zambrano
(Palabras leídas en la presentación de Puertas de Galina, de Alberto Hernández. Librería La Ballena Blanca, Mérida, 30 de septiembre de 2010).
I
Alberto Hernández, nos visita con sus versos, siempre trae una alforja llena de palabras donde guarda afectos y memorias. Alberto es poeta, narrador y cronista; desde hace muchísimos años ejerce el periodismo. Nacido en Calabozo en octubre de 1952, ha recibido diversos premios por su obra. Ha publicado La mofa del musgo (1980), Amazonía (1980), Última Instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de Superficie (1993), Nortes (1994), Intentos y el exilio (1996), Poética y desatino/Aforismos (2001), Eslovenia (2001), El poema de la ciudad (2003); el ensayo Nueva crítica del teatro venezolano (1981), la colección de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999), entre otros. En 2008 Ediciones Mucuglifo, de Mérida, publicó su poesía reunida bajo el título El cielo cotidiano. Poesía en tránsito. Alberto Hernández fue el entusiasta promotor de una aventura literaria llamada “Umbra”, y desde hace muchos años los afanes de su escritura desembocan en el suplemento “Contenido” de El Periodiquito, diario de Aragua, que se edita en Maracay. Otro de sus oficios ha sido promover nuevos talentos poéticos y recuperar del olvido a otros tantos, labor que logró a través de la editorial La Liebre Libre, empresa quijotesca que gestionó junto a los poetas Harry Almela, Rosana Hernández Pasquier y Efrén Barazarte. Recibió el Premio “Juan Beroes” en reconocimiento a la totalidad su obra literaria en el año 2000. Ha visitado la ciudad de Mérida en diversas ocasiones y participado en eventos como la Feria Internacional del Libro Universitario y la Bienal de Literatura “Mariano Picón Salas”. Alberto Hernández es, sin duda, un ferviente promotor cultural y un viajero que lleva como equipaje la palabra poética o más bien ésta es su pasaporte que no tiene fronteras y sí muchas geografías. Y para llevar esa presencia más allá del papel comparte su blog personal “Puertas de Galina” ( http://puertasdegalina.wordpress.com/) … (leer más)
I I
Hoy nos convoca su más reciente poemario Puertas de Galina (2010), que lleva el sello de la editorial caraqueña Memorias de Altagracia, dirigida por los escritores Israel Centeno y Graciela Bonet, en su colección “Celacanto”.
A Galina se llega desde el aire, la tierra, el fuego y el mar, a Galina se llega después del diluvio, después de la sed y la centella, a Galina se llega andando o montado sobre un potro brioso, que es la palabra. Y con la palabra ha estado bregando durante muchos años el poeta Alberto Hernández. Uno a uno ha ido entregando sus sueños y quimeras, sus preguntas y respuestas, sus silencios y esa gama de sentidos que decantan una pasión irrefrenable, como lo son las pasiones verdaderas.
¿Qué designios debo enfrentar ante la puerta abierta? ―se pregunta la voz que nos invita a franquear el umbral―. ¿Son acaso estos designios los que nos llevan a recorrer con sus versos un espacio que no existe pero que está allí, en el sueño y la vigilia, en la certeza y la duda, atravesando el hilo fino que separa la vida de la muerte? “Soy todas esas puertas, ese paisaje invisible”, nos dice. Y por ella entramos a su universo, lleno de dudas, de asombros, de silencios. Escribe el poeta en el pórtico de su libro: “este silencio, este líquido que corre por mis oídos tiene en mis próximas palabras una sola salida, un agujero de tinieblas por donde algo tiene que emerger”.
Puerta de rey, puerta hacia la voz de Arnaldo Acosta Bello, presencia acuática en la memoria, en el sueño, desanda los desvelos del poeta limpiándose el polvo de los caminos llaneros. Puerta de Salamanca donde las sombras corren río abajo devolviendo la eternidad a un hombre que se queda estacionado en los inviernos. Puerta de Alcalá, entrada y salida hacia el misterio. Allí está, frente a ella Madrid, la ciudad cabizbaja. Puerta de Compostela, hecha de silencios, cuya única certeza es el abismo, el paso de rostros sin facciones con gestos de agonía. Puerta de Lavapiés, entrada y salida de la resurrección. Puerta de ceniza, el gran incendio que sólo deja sombras, certeza de muerte envuelta en humareda.
III
Alberto Hernández nos acompaña con sus palabras incesantes. Viene de Calabozo, viene de Guardatinajas, viene de Maracay. Viene de México y España, viene del desvelo en justo pacto contra el silencio. Vive para la palabra, en sus poemas, en los afectos de tantos amigos dispersos en las más remotas geografías.
Con estos versos nos sacudimos el polvo de los caminos, entramos y salimos intactos de los ríos, vemos perros y caballos, husmeamos en las pulperías, limpiamos el sudor y despejamos el polvo que nos recibe en cada pueblo, nos habita la memoria del viajero solitario, recorremos casas de anchos corredores, divisamos en el horizonte ciudades que de pronto se desdibujan. Entramos y salimos de nosotros mismos. Eso es Galina, más que una ciudad imaginaria, una mirada hacia lo que somos, a lo que hemos sido más allá del dolor de la carne y la duda. Existimos en la invocación del paseante llamado por sus misterios. Y como dice Eduardo Casanova: “lo más importante de Galina no son sus casas ni sus edificios ni sus monumentos ni sus muchas tarjas ni sus museos ni sus catedrales ni sus avenidas arboladas ni sus horizontes infinitos y sus aeropuertos, sino sus puertas”. (http://www.analitica.com/va/arte/oya/9247898.asp).
Como en el poema “Historia”, la puerta dejó de ser cuando apareció el miedo después de la guerra, pero allí sigue ella, en el hueco de la pared, para que entremos y contemos la historia de nuevo. En ese camino de piedras y hojas secas, seguimos el juego de la palabra que crea y recrea hasta el infinito este manojo de historias. La última puerta siempre será la primera, la que se abre hacia el misterio, la que inflama la llama del nuevo día:
Velado por la noche
por la brisa que sacude las horas,
mi cuerpo retorna al limpio aire
del silencio.
Quien entra
cierra la puerta.
El mundo se rompe bajo mis pasos.
Bienvenido poeta a esta geografía que también guarda tus pasos, el polvo de los caminos dejados atrás, los sueños convertidos en memoria, y el afecto de los amigos que acompañan tu vigilia.
Mérida, 30 de septiembre de 2010.
Alberto Hernández en Literanova
por Eduardo CASANOVA
Alberto Hernández, poeta, narrador y periodista llanero, nacido en Calabozo en octubre de 1952, ganador de muchos premios y autor de numerosos libros (“La mofa del musgo”, 1980, “Amazonía”, 1980, “Última Instancia”, 1989, “Párpado de insolación”, 1989, “Ojos de afuera”, 1989, “Bestias de Superficie”, 1993, “Nortes”, 1994, “Intentos y el exilio”, 1996, “Puertas de Galina”, 2001, “Poética y desatino/Aforismos”, 2001, y “Slovenia”, 2001, “Fragmentos de una misma memoria” y “Cortoletraje” -narrativa- y otras que el irreverente Altzheimer me ha escamoteado de la memoria). Poeta que trata el lenguaje como un instrumento mágico, y que mira el mundo desde la perspectiva de alguien que nació en un océano de tierra cruzado por ríos y por pájaros y por bichos con o sin uñas, unos amables y otros feroces, que cada día vuelven a crear el Sol. Inventor también de espacios literarios, como “Umbra” y “Contenido” (Suplemento de “El Periodiquito” de Maracay, en el estado Aragua, en donde desde hace ya mucho tiempo transcurren sus días. Y muchas de sus noches). En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por su obra literaria. En muchas actividades literarias lo han visto, mutante (en ocasiones con barba, lampiño en otras) y han oído su voz que es de los Llanos de Venezuela: en la Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y en la Universidad de Pamplona, Colombia. Y también en el Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios. Ha sido, es y será promotor de cultura. Muchos son los caminos que ha trazado para que sus amigos los recorran, y muchos los que ha recorrido, a veces solo, a veces bien acompañado, pero siempre con una visión llena de vida, de una vida que parte siempre del silencio para convertirse en poesía. Cronista de su tierra, que en sus manos se convierte en la tierra de todos nosotros y todos losotros. “Losotros”, dije, no “los otros” sino losotros, que son todos los que podemos mirar, ver, oír las palabras y la música plena de Alberto Hernández, poeta, narrador y periodista llanero, nacido en Calabozo en octubre de 1952, y destinado a la eternidad.
Es, pues, mi amigo, mi buen amigo Alberto, Alberto Hernández, con quien compartí muchas experiencias amables en mi tiempo de vida en Maracay. Y después de Maracay. Y ahora quiero compartir con todos los que visiten este espacio sus trabajos, sus obras, sus palabras, su talento. Inmenso como los Llanos. Enorme como los Andes y todas las otras montañas que contemplan las llanuras desde las cumbres, o desde cualquier altura.
El poema de la ciudad
MARACAY Y SUS SOMBRAS
Harry Almela
Decía el viejo Octavio paz, en su prosa recia y provocadora, que una literatura no existe mientras no haya cavilado acerca de sí misma. Esa reflexión debe saber ubicar –con mayor o menor inteligencia- los pliegues y rugosidades, los infiernos y los paraísos, los nombres y apellidos de los escritores que, en la continuidad de un escenario, han decidido mostrar la realidad de otra manera. Mutatis mutandi, estoy convencido de que un territorio no existe mientras no se construya su imaginario, su representación en el mundo de lo estético, sea cual sea el lenguaje que se escoja. Me atrevo a firmar, como corolario, que Maracay ha continuado su existencia en este libro de Alberto, donde la ciudad –sus esquinas y calles, su gente común y cotidiana- es el principalísimo actor, bajo la sombra de un general andino que propició sus metáforas arquitectónicas más duraderas, la ciudad de Maracay sobrevive a medio camino entre su presente como promesa, su presente e inestable talante militar y el infalible mañana del que habla Antonio Machado en unos versos.
No quiero decir con lo que llevo escrito que El poema de la ciudad es el primero que construye imaginario a partir de esta villa. No es por casualidad que la dedicatoria incluya el nombre de Erasmo Fernández, quien en su libro Caminatas nos diera ya una visión de Maracay desde el peligroso borde de los desencantados. La diferencia de tono estriba en que Caminatas se construye desde el ojo personal, desde la épica agreste de una mística civil que nos escruta desde un quicio. El poema de la ciudad agrega otras tesituras, expresadas en una épica colectiva de personajes y espacios, de rumores y sombras que, en su cualidad descriptiva, interroga acerca de las muy visibles ausencias en una ciudad que se descalabra lentamente y que ha visto fallecer sus personajes, empeñados ahora en preservar sus nombres y apellidos en las lápidas que sobreviven detrás de los muros del cementerio La Primavera.
Es en esta perspectiva que afirmo la fundación moderna de Maracay en el libro de Alberto. Lo moderno no está en las abiertas y despiadadas avenidas, en los centros culturales y comerciales, en el humo y el traje fino de sus proxenetas. Tampoco en su condición industrial. La modernidad a la que me refiero está en la capacidad y en el riesgo de señalar los sitios y las gentes por su nombre, donde los vocablos Japa japa y Malaussena, béisbol y Pasaje Catalán, Ateneo y pulpería toman la connotación primigenia, su sentido fundacional. Fundar en el imaginario sobre lo ya fundadao en la realidad. He allí el carácter moderno de El poema de la ciudad.
Queda mucho y poco por decir. Prefiero dejar en el ojo del lector la aventura de descubrir esa ciudad imaginaria que nos destroza poco a poco, la que odiamos en sus calles y cuyas sombras añoramos desde la lejanía. Hay demasiada proximidad entre los logros de este libro y mis gustos como para continuar comprometiendo una opinión. Alberto –al igual que muchos de los habitantes de esta exageración que ha dado en llamarse Ciudad jardín- ha optado por asumirse como maracayero más por acto de fe que como gentilicio natural. Esa condición de integrado por convicción personal está también presente en este canto, como quien se sabe ausente en un espacio y busca mostrar en público sus marcas de identidad.
Quizás sólo me atreva a agregar –y esto es una confidencia- que El poema de la ciudad es un libro que me hubiese gustado escribir.
Cambio de sombras
CARTA-PRÓLOGO PARA UN LIBRO DE CRÓNICAS
Elena Vera
Apreciado poeta:
Anoche, muy tarde, terminé de leer tu libro de crónicas Cambio de sombras. Durante algunos minutos quedé enredada en esa atmosfera nostálgica, pero con una pizca de humor o de ironía que lo envuelve. Paisajes, rostros, climas y amigos comunes danzaban en mi cabeza y de pronto me oí decir en voz alta: Pero qué bien escribe este poeta. Y es, querido amigo, que ya había leído tu hermosa poesía, pero nunca había tenido la oportunidad de leer tu prosa y en verdad es muy buena.
El ejercicio de la crónica, tú bien lo sabes, es un viejo modo de escribir redescubierto por los Modernistas; mitad periodismo y mitad literatura, ha proliferado en nuestro tiempo y se ha enriquecido con nuevos estilos, pero en verdad ha sido escasamente estudiado. Los “entendidos” en estas cosas de la literatura creen tontamente que es un género menor; sin embargo, yo estoy convencida de que es en estas notas escritas como al desgaire donde se reflejan mejor las vivencias, la hondura de pensamiento, los sentires y, fundamentalmente, la cultura acendrada de un escritor. A todo esto hay que agregar el talento literario y el estilo.
Tus crónicas me han conmovido porque ellas son el fruto de un espíritu cultivado, a través de ellas he podido asomarme a tu propio mundo. El mundo especial de un poeta. Entiendo que lo has ido construyendo lentamente, con tus fantasmas de la niñez, tus lecturas, la vida de tus seres más queridos y fundamentalmente de tu existencia y te felicito por ello: sólo el hombre culto sabe vivir a fondo la amistad porque “ninguna forma de amor respeta tanto la libertad del otro como lo hace la amistad”, según Francesco Alberoni, el gran sociólogo de origen italiano.
A veces, muy pocas veces, lamento haber nacido mujer, sobre todo cuando pienso en esas interminables conversaciones que tienen los hombres frente a unas cuantas cervezas y a la media luz sosegante de un bar sin las urgencias a que nos obliga (a las mujeres) la vida hogareña y los hijos. Sólo en esas largas “conversas” pueden intercambiarse sueños, recuerdos o proyectos literarios. Te envidio, Alberto, por las cervezas que te has tomado mientras yo no estaba y, sobre todo, por las sabrosas tenidas con Manuel Bermúdez (conversador insigne) o con José Antonio Silva y Rubén Páez (extraordinarios anfitriones), para nombrarte sólo tres de nuestros amigos comunes.
Reflexiones sobre el arte de escribir o sobre la palabra, libros de escritores llaneros como tú o de otros escritores amigos de Maracay, sucesos variados, recuerdos de tu infancia en Valle de la Pascua, reflexiones sobre libros o autores que te han marcado el alma. Todo eso está en tus crónicas. Celebro que hayas decidido recogerlas y publicar tu libro. Conoces bien nuestro idioma y saber usarlo. Te sugiero que no le des otro orden a tus crónicas. Déjalas así, como te fueron saliendo a puro roce de espíritu.
Querido poeta, recibe un fuerte abrazo y desde ya te auguro muchos lectores. ¿Acaso el éxito no consiste en eso?…Y no se te olvide, continúa escribiendo crónicas. Es tu diario de a bordo, lo que fijará para siempre las horas de tu vida. Espejo y correlato de la existencia y de los que te rodean. Cuando ya no estés sobre la tierra tal vez alguien dirá: “Por aquí anduvo un poeta…”
Caracas, 13 de febrero de 1991.
AMAZONÍA
José Antonio Sucre
Las palabras, hechizo y magia de la creación en manos de un hacedor de belleza, irrumpen con armonía y mesura en este hermoso poemario del poeta amigo Alberto Hernández. Su prolija generosidad hizo posible que escribiésemos este innecesario preludio a su libro, escrito con regocijo en medio del portentoso escenario de la Amazonía.
Su obra es el regreso a un tiempo de espesuras, forjado sin apremios, al margen de toda compulsión civilizatoria que degrada la elemental condición del hombre, que inmerso en su inocencia y sus costumbres seculares, procura, pese a los asedios de una agónica cultura, proseguir el desarrollo de su existencia vital: cantando y danzando para reafirmar su humana presencia.
Wanadi alumbra las noches unánimes maquiritares y piaroas, donde el silencio reclama su estancia como una nueva alocución denunciatoria de iniquidades antiguas y presentes. En ese deslumbre de heredad consustanciada, adviene entre rocas y follajes, toda la verdad de las etnias, simple y definitivamente auténticas, con su caudal de voces circundando el fuego en sus interminables ritos.
Deslumbrado por ese mundo, donde los límites de la realidad y los sueños se confunden para dilatar toda indagación, Alberto aprehendió por instantes la maravilla de una región, que precisamente no necesita de abalorios para surgir con toda su desnudez.
En lenguaje sencillo, exento de complicidades metafísicas y de anfibologías tan en boga por los poetas de academias, se entreteje la estructura del poemario, con un espaciado ritmo interior que infiere la totalidad.
Amazonía es una aventura auscultada en los zanjones de la imaginación, decantada con fluidez, ajena a toda ampulosidad expresiva: un soplo de poesía para vivirla y amarla.
La fotografías son de Alberto H.Cobo

Relectura